Capítulo 13
Esme le había prohibido a Emmett decirle al resto de la familia sobre lo que había sucedido con Harry Clearwater antes de la boda. - Puede decirles todo lo que desees después del desayuno - le había dicho -. Pero por mí, por favor, guarda silencio hasta entonces. No voy a ser capaz de soportar todos los rituales, el desayuno, el pastel de bodas, el brindis... si tengo que mirarlos a los ojos y saber que ellos lo saben.
Emmett se había visto enojado. - Esperas que te lleve al frente de esta iglesia y que te entregue a Facinelli, por razones que no entiendo.
- Tú no tienes que entender. Sólo ayúdame con esto.
- Yo no quiero ayudarte si el resultado es que te conviertas en la señora de Carlisle Facinelli.
Pero porque ella se lo había solicitado, Emmett había desempeñado su papel en la elaborada ceremonia con una expresión de dignidad. Con un movimiento de su cabeza, le había ofrecido su brazo, y habían seguido a Alice hasta el frente de la iglesia, donde Carlisle Facinelli estaba esperando.
El servicio fue felizmente corto y sin emociones. Sólo hubo un momento en el que Esme sintió una punzada de inquietud, y fue cuando el ministro dijo: "...si algún hombre puede mostrar una causa justa por la cual no puedan legalmente unirse en matrimonio, que hable ahora, o bien, de ahora en más, calle para siempre". Parecía que todo el mundo se calló durante los dos o tres segundos que siguieron a ese pronunciamiento. El pulso de Esme se aceleró. Se dio cuenta de que esperaba, anhelaba, escuchar la vehemente protesta de Harry sonando a través de la iglesia.
Pero sólo hubo silencio. Harry se había ido.
La ceremonia continuó.
La mano de Carlisle se sentía caliente mientras se cerraba en torno a la fría mano de Esme. Ellos repitieron sus votos, y el ministro le entregó el anillo a Carlisle, quien lo introdujo con firmeza en el dedo de Esme.
La voz de Carlisle era tranquila y estable. - Con este anillo, te desposo, con mi cuerpo, te adoro, y con todos mis bienes terrenales, te doto.
Esme no encontró su mirada, sino que se quedó mirando el anillo brillante en su dedo. Para su alivio, no siguió un beso. La costumbre de besar a la novia era de mal gusto, una práctica plebeya que nunca se llevó a cabo en St. George.
Por último, obligándose a sí misma a mirar hacia arriba a Carlisle, Esme se estremeció ante la satisfacción en sus ojos. Tomó su brazo, y regresaron por los pasillos juntos, hacia un futuro y un destino que parecían cualquier cosa menos benevolentes.
Carlisle sabía que Esme pensaba en él como un monstruo. Reconocía que sus métodos habían sido injustos, egoístas, pero no había otra manera de tener a Esme como su esposa. Y él no podía ni por un segundo arrepentirse de haberla alejado de Clearwater. Tal vez era amoral, pero era la única forma en la que sabía conseguir lo que quería en el mundo.
Esme era suya ahora, y él se aseguraría de que ella no se arrepintiera de haberse casado con él. Él sería tan amable como ella se lo permitiera. Y, en su experiencia, las mujeres perdonarían cualquier cosa si uno les ofrecía los incentivos adecuados.
Carlisle estuvo relajado y de buen ánimo el resto del día. Una procesión de elaboradas carrozas con adornos de oro y abundantes ventanas imperio transportaban la fiesta de boda hacia el Hotel Facinelli, donde un gran desayuno formal se celebraba en la sala de banquetes del hotel. Las ventanas estaban llenas de espectadores, deseosos de echar un vistazo a la escena brillante. Pilares griegos y arcos habían sido colocados por toda la habitación, envuelta en tul y masas de flores.
Un regimiento de sirvientes sacó bandejas de plata y copas de champagne, y los invitados se establecieron en sus sillas para disfrutar de la comida. Se les dio porciones individuales de ganso con crema y hierbas, y cubiertas con una costra dorada al vapor... cuencos de melones y uvas, huevos de codorniz dispersos profusamente en ensalada verde crujiente, canastas de panecillos calientes, tostadas, bollos, adosados de tocino ahumado... placas de bistec rebanadas en finas tiras de color rosa llenas de virutas fragantes de trufa. Tres pasteles de boda fueron preparados, revestidos de gruesa cubierta y rellenos de frutas.
Como era la costumbre, Esme se sirvió en primer lugar, y Carlisle sólo podía adivinar el esfuerzo que le tomó a comer y sonreír. Si alguien se daba cuenta a lo que estaba sometida la novia, habría supuesto que el evento era abrumador para ella, o tal vez que, como todas las novias, estaba nerviosa al anticipar la noche de bodas.
La familia de Esme la miraba con protectiva preocupación, en particular Bella, quien parecía sentir que algo andaba mal. Carlisle estaba fascinado por los Swan, las conexiones misteriosas entre ellos, como si compartieran un secreto colectivo. Casi se podía ver la comprensión sin palabras que pasaba entre ellos.
Aunque Carlisle sabía mucho acerca de la gente, no sabía nada acerca de ser parte de una familia.
Después de que la madre de Carlisle se hubiera fugado con uno de sus amantes, su padre había tratado de eliminar todo vestigio de su existencia. Y había hecho todo lo posible por olvidar que incluso tenía un hijo, dejando a Carlisle con el personal del hotel y una serie de tutores.
Carlisle tenía pocos recuerdos de su madre, sólo recordaba que había sido hermosa y que tenía el pelo rubio-dorado. Ella parecía siempre estar saliendo, lejos de él, siempre escapando. Recordó llorar una vez, agarrándose a su falda de terciopelo, y ella había tratado de lograr que él la soltara, riendo suavemente ante su persistencia.
A raíz del abandono de sus padres, Carlisle había tomado sus comidas en la cocina, con los empleados del hotel. Cuando estaba enfermo, una u otra de las sirvientas había cuidado de él. Vio a las familias ir y venir, y él había aprendido a verlos con la misma indiferencia con que el personal del hotel las veía.
En el fondo, Carlisle albergaba sospechas de que la razón por la que su madre lo había dejado, la razón por la que su padre no quería tener nada que ver con él, era porque él no era digno de ser amado. Y, por lo tanto, no tenía ningún deseo de ser parte de una familia. Incluso si, o cuando, Esme le diera hijos, Carlisle nunca permitiría que nadie se le acercara lo suficientemente como para formar un lazo afectivo. Él nunca se dejaría encadenar de esa manera. Y, sin embargo, a veces tenía una fugaz envidia hacia los que eran capaces de ello, como los Swan.
El desayuno avanzaba, con interminables rondas de brindis. Cuando Carlisle vio los hombros de Esme caer traicionándola, dedujo que ya había tenido suficiente. Se levantó y dio un discurso breve y amable, ofreciendo su agradecimiento por el honor de la presencia de los invitados en un día tan importante. Era la señal para la novia a retirarse junto con sus damas de honor. Pronto sería seguida por la sociedad en general, que se dispersaría para asistir a una variedad de diversiones por el resto del día.
Esme se detuvo en el umbral de la puerta. Como si pudiera sentir la mirada de Carlisle sobre ella, se volvió para mirar por encima de su hombro. Una advertencia brilló en sus ojos, y lo excitó al instante. Esme no sería una novia complaciente, ni él había esperado que lo fuera. Ella intentaría una compensación exacta por lo que él había hecho, y él la consentiría... hasta cierto punto. Se preguntaba cómo reaccionaría cuando fuera con ella esa tarde.
Carlisle tuvo que separar su mirada lejos de su esposa, porque fue abordado por Jacob Black, cuñado de Esme, un hombre que lograba mantenerse relativamente discreto a pesar de su tamaño y aspecto sorprendente. Era un gitano Romaní, alto y de pelo negro, cuyo austero exterior esconde una naturaleza de oscura intensidad.
- Jacob - dijo Carlisle en forma agradable -. ¿Le ha gustado el desayuno? El Romaní no estaba de humor para charlar. Miró a Carlisle con una mirada prometedora de muerte. - Algo está mal - dijo -. Si has hecho algo para dañar a Esme, te encontraré y arrancaré tu cabeza de...
- ¡Jacob! - Fue una exclamación de alegría que vino de Emmett cuando se apareció de repente junto a ellos. Carlisle no se perdió la forma en que Emmett golpeó con su codo contra las costillas del gitano en señal de alerta. – Todo encanto y ligereza, como de costumbre. Se supone que debes felicitar al novio, phral (hermano, en Romaní). No amenazar con desmembrarlo.
- No es una amenaza - murmuró -. Es una promesa.
Carlisle encontró la mirada de Jacob directamente. - Le agradezco su preocupación por ella. Le aseguro que voy a hacer todo lo que esté en mi poder para hacerla feliz. Esme tendrá todo lo que quiera.
- Creo que un divorcio podría encabezar la lista - Emmett reflexionó en voz alta.
Carlisle le dirigió una mirada fría. - Me gustaría señalar que su hermana se casó conmigo voluntariamente. Harry Clearwater debería haber tenido los cojones para venir a la iglesia y alejarla de mí a la fuerza si era necesario.
Pero no lo hizo. Y si él no estaba dispuesto a luchar por ella, no la merece. - Vio en el parpadeo rápido de Jacob, que había conseguido un punto a su favor -. Además, después de pasar por todos estos esfuerzos para casarme con Esme, la última cosa que quiero hacer es maltratarla.
- ¿Qué esfuerzos? - el Romaní preguntó con desconfianza, y Carlisle se dio cuenta que aún no había sido informado acerca de la historia completa.
- No importa - le dijo Emmett a Jacob -. Si te lo dijera ahora, sólo harías una escena embarazosa en la boda de Esme. Y que se supone que ese es mi trabajo.
Se intercambiaron una mirada, y Jacob murmuró algo en romaní. Emmett sonrió levemente. - No tengo idea de lo que acabas de decir. Pero sospecho que es algo sobre maltratar al nuevo marido de Esme y enterrarlo en el bosque. - Hizo una pausa -. Más tarde, viejo amigo - dijo.
Una mirada de triste comprensión pasó entre ellos.
Emmett le dio una breve inclinación y se fue sin decir una palabra más a Carlisle.
- Y ese fue uno de sus mejores estados de ánimo - comentó Emmett, mirando a su cuñado con triste afecto. Él volvió su atención a Carlisle. De repente, sus ojos se llenaron del cansancio que un hombre debería tardar varias vidas en adquirir -. Me temo que ninguna cantidad de discusión va a disipar la preocupación de Jacob. Ha vivido con la familia desde que era un niño, y el bienestar de mis hermanas es todo para él.
- Yo me ocuparé de ella - dijo Carlisle.
- Estoy seguro de que lo intentará. Y, lo crea o no, espero que tenga éxito.
- Gracias.
Emmett se centró en él con una mirada astuta que habría preocupado a un hombre con una conciencia. - Por cierto, yo no me iré con la familia cuando partan hacia Hampshire en la mañana.
- ¿Tiene negocios en Londres? - Carlisle preguntó cortésmente.
- Sí, unas pocas obligaciones de última legislatura. Y un poco de búsqueda de arquitectura, es un hobby mío. Pero sobre todo me quedo por el bienestar de Esme. Usted ve, yo creo que ella querrá dejarlo muy pronto, y tengo la intención de acompañarla a casa.
Carlisle sonrió con desprecio, divertido por el descaro de su nuevo cuñado.
¿Emmett tenía alguna idea de cuántas maneras diferentes Carlisle podría arruinarlo, y la facilidad con que lo podía hacer?
- Ve con cuidado - Carlisle dijo en voz baja.
Era un signo de ingenuidad, o bien de valor, del que Emmett no se inmutaba.
En realidad sonrió, aunque no había nada de humor en la frase. - Hay algo que no pareces entender, Facinelli. Has conseguido adquirir a Esme, pero no tienes lo necesario para mantenerla. Por lo tanto, no voy a estar muy lejos. Voy estar ahí cuando ella me necesite. Y si le haces daño, tu vida no valdrá un centavo sangriento. Ningún hombre es intocable, ni siquiera tú.
Después de que una criada había ayudado a Esme a cambiarse su vestido de novia por una simple bata, le trajo una copa de champagne helado y, con mucho tacto, se retiró. Agradecida por el silencio en los apartamentos privados, Esme se sentó en su tocador y desprendió su cabello lentamente. Le dolía la boca de tanto sonreír, y los pequeños músculos de su frente se sentían tensos. Ella bebió el champagne e hizo un proyecto de cepillarse el pelo con movimientos largos, dejándolo caer en olas de caoba.
Las cerdas se sentían bien contra su cuero cabelludo.
Carlisle aún no había entrado al apartamento. Esme consideraba lo que le diría una vez que apareciera, pero nada vino a su mente. Con lentitud de ensueño, vagó por las habitaciones.
A diferencia de la formalidad de hielo de la zona de recepción, el resto de las habitaciones había sido decorado de telas y colores cálidos, con abundantes lugares para sentarse, leer, relajarse. Todo era inmaculado, los cristales pulidos a una claridad asombrosa, las alfombras turcas limpias y perfumadas con hojas de té. Había chimeneas de mármol o de madera tallada y hogares de baldosas, y muchas lámparas y apliques para mantener las habitaciones bien iluminadas en la noche.
Un dormitorio extra se había añadido para Esme. Carlisle le había dicho que podía tener tantas habitaciones para su propio uso como ella deseara... los apartamentos habían sido diseñados de manera tal que los espacios de conexión se pudieran abrir con facilidad. La colcha de la cama era de un suave tono azul, las sábanas de lino estaban bordadas con pequeñas flores azules. Pálido satén azul y cortinas de terciopelo envolvían las ventanas. Era una hermosa sala femenina, y Esme habría tomado gran placer en ella, si las circunstancias fueran diferentes.
Intentaba decidir si estaba más enojada con Carlisle, con Harry, o con ella misma. Tal vez con los tres por igual. Y ella estaba cada vez más nerviosa, sabiendo que no pasaría mucho tiempo hasta que Carlisle llegara. Su mirada se posó en la cama. Se aseguró a sí misma de que Carlisle no la obligaría a someterse a él. Su maldad no se prestaría a la cruda violencia.
Su estómago se redujo cuando oyó a alguien entrar en los apartamentos.
Tomó una respiración profunda, y luego otra, y esperó hasta que la silueta de grandes hombros de Carlisle apareciera en la puerta.
Él hizo una pausa, mirándola con un rostro impasible. La corbata había sido eliminada, la camisa abierta, revelando la fuerte línea de su garganta.
Esme se obligó a sí misma a no moverse mientras Carlisle se le acercaba. Él llegó a tocar su pelo brillante, dejando que se deslizara entre sus dedos como fuego líquido. - Nunca lo había visto suelto antes - dijo. Estaba tan cerca que podía oler una pizca de jabón de afeitar, y el aroma del champagne en su aliento. Sus dedos rozaron su mejilla, detectando el temblor dentro de su quietud.
- ¿Tienes miedo? - le preguntó en voz baja.
Esme se obligó a encontrar su mirada. - No.
- Tal vez deberías tenerlo. Soy mucho más amable con las personas que me temen.
- Lo dudo mucho - ella dijo -. Creo que es todo lo contrario.
Una sonrisa curvó sus labios.
Esme estaba desorientada por la compleja mezcla de emociones que Carlisle despertaba en ella, el antagonismo y la atracción, la curiosidad y el resentimiento. Alejándose de él, se fue a su tocador y examinó una caja de porcelana con tapa dorada.
- ¿Por qué te decidiste a hacerlo? - Le oyó preguntarle en voz baja.
- Pensé que era lo mejor para Harry. - Sintió una punzada de satisfacción al ver cómo eso le molestó.
Carlisle casi se sentó en la cama, con una postura informal. Su mirada no se apartó de ella. - Si hubiera habido otra opción, habría hecho todo esto por la vía ordinaria. Me gustaría haberte cortejado abiertamente, ganarte justamente. Pero tú ya te habías decidido por Clearwater. Esta era la única alternativa.
- No, no lo era. Podrías haberme dejado estar con Harry.
- Dudo mucho que alguna vez se hubiera ofrecido para ti. Él te engañó, y a él mismo, asumiendo que podría persuadir a su padre a aceptar la unión. Deberías haber visto la cara del viejo cuando le mostré la carta, estaba mortalmente ofendido por la idea de su hijo teniendo como esposa a alguien tan por debajo de él.
Eso dolió, como tal vez Carlisle había previsto, y Esme se congeló en el lugar.
- ¿Entonces por qué no dejaste que todo siguiera su curso? ¿Por qué no esperar hasta que Harry me hubiera abandonado, y después te presentabas para recoger los pedazos?
- Porque había una posibilidad de que Clearwater se hubiera atrevido a huir contigo. Yo no podía correr ese riesgo. Y sabía que tarde o temprano te darías cuenta de que lo que tenías con Clearwater no era más que un encaprichamiento romántico.
Esme le dirigió la mirada de desprecio más puro. - ¿Qué sabes tú del amor?
- He visto cómo las personas se comportan cuando están enamoradas. Y lo que vi en la Iglesia esta mañana no era nada cercano a ello. Si se hubieran realmente amado, no habría habido fuerza en el mundo que pudiera evitar que salieran de la iglesia juntos.
- ¡Tú no lo habrías permitido! - Replicó ella, indignada.
- Es verdad. Pero habría respetado el esfuerzo.
- A ninguno de nosotros le importa un bledo tu respeto.
El hecho de que hablara de Harry y de ella juntos... "nosotros"... causó que la cara de Carlisle se endureciera.
- Cualesquiera que sean sus sentimientos por Clearwater, tú eres mi esposa ahora. Y él va a ir a casarse con alguna heredera de sangre azul, como debería haberlo hecho en primer lugar. Ahora todo lo que queda por decidir es cómo vamos a seguir tú y yo.
- Yo preferiría un matrimonio sólo de nombre.
- Y no te culpo - dijo Carlisle con calma -. Sin embargo, el matrimonio no es legal hasta que no te haga mía en la cama. Y, por desgracia, yo nunca dejo asuntos legales pendientes.
Él iba a insistir en sus derechos, entonces. Nada podría disuadirlo de conseguir lo que quería. Los ojos y la nariz de Esme le picaban. Pero ella preferiría morir antes que llorar en frente de él. Ella le lanzó una mirada de asco, mientras su corazón latía hasta que sintió sus reverberaciones en las sienes y las muñecas y los tobillos.
- Me siento abrumada por tal declaración poética. De todos modos, vamos a terminar el contrato. - Ella comenzó con los botones dorados en el frente de su bata, sus dedos rígidos y temblorosos. Su aliento temblaba en su garganta -. Todo lo que pido es que lo hagas rápido.
Carlisle se apartó de la cama con gracia y caminó hacia ella. Una de sus manos calientes tomó las dos de ella, y sus dedos se quedaron inmóviles. - Esme. - Esperó hasta que ella se atreviera a mirarlo. Un brillo de diversión había en sus ojos -. Me haces sentir como un vil violador - dijo -. Es justo que sepas que yo nunca obligué a una mujer. Un simple rechazo es probablemente suficiente para disuadirme.
Estaba mintiendo, su instinto se lo decía. Pero... tal vez era verdad.
¡Maldito sea por jugar con ella como un gato con un ratón! - ¿Es eso cierto? - Preguntó ella con ofendida dignidad.
Carlisle le dirigió una mirada inocente. - Recházame y lo averiguaremos.
El hecho de que un ser humano tan despreciable pudiera ser tan guapo era prueba de que el universo era muy injusto, o al menos estaba muy mal organizado. - Yo no voy a rechazarte - ella dijo, empujando su mano -. Y tampoco voy a entretenerte con un teatro virginal. - Ella continuó desatando los botones de su bata -. Y me gustaría terminar con esto, así no tendré nada que temer.
Lentamente, Carlisle se quitó el abrigo y se fue a dejarlo en una silla. Esme dejó caer se bata al suelo y se quitó las zapatillas. El aire fresco se esparcía por debajo del borde de su fino camisón, y sintió como si tuviera hielos alrededor de sus tobillos. Apenas podía pensar con la cabeza llena de temores y preocupaciones. El futuro que una vez había esperado, se había ido, y otro se estaba creado, uno con infinitas complicaciones.
Carlisle la conocería de una manera en que nadie nunca la había conocido, o lo haría jamás. Pero no sería nada como los matrimonios de sus hermanas... sería una relación basada en algo muy diferente al amor y la confianza.
La información que su hermana Nessie le había dado acerca de la intimidad conyugal había sido adornada con flores y rayos de la luna, con la más elemental descripción del acto físico. El consejo de Nessie había sido en confiar en su marido, y relajarse, y comprender que la cercanía sexual es una parte maravillosa del amor. Nada de eso tenía relevancia en la situación en la que Esme ahora se encontraba.
La habitación estaba en completo silencio. Esto no significa nada para mí, pensó, tratando de hacerse a sí misma creerlo. Se sentía como si estuviera en un cuerpo extraño mientras deshizo el camisón y se lo pasó por encima de su cabeza, y lo dejó caer sobre la alfombra en un montículo inerte. La piel de gallina la asaltó en todas partes, la punta de sus pechos estaban contraídos por el frío.
Ella fue hacia la cama, volvió las cubiertas y se deslizó dentro; subiendo la ropa de cama hasta sus senos, se recostó sobre las almohadas. Sólo entonces miró a Carlisle.
Su marido se había detenido en el acto de desabrochar un zapato, el pie apoyado sobre una silla. Ya se había quitado la camisa y el chaleco, y los músculos de la espalda estaban largos y tensos. La miró por encima del hombro, sus gruesas pestañas entreabiertas. Su color era alto, como si su piel hubiera sido enrojecida por el sol, y los labios estaban separados, como si hubiera olvidado algo que había estado a punto de decir. Soltando una respiración que no fue del todo estable, se volvió a su zapato.
Su cuerpo estaba muy bien hecho, pero Esme no obtuvo placer del mismo. De hecho, se molestó. Ella habría preferido unos pocos signos de vulnerabilidad, un toque de suavidad en la cintura, un conjunto de estrechos hombros, cualquier cosa que lo pusiera en desventaja. Pero él era delgado y fuerte y perfectamente proporcionado.
Aún vestido con su pantalón, Carlisle se acercó a la cama. A pesar de sus esfuerzos por parecer indiferente, Esme no podía evitar que sus dedos acariciaran los bordados en las sábanas.
Su mano fue a su hombro desnudo, la punta de sus dedos a la deriva hasta la garganta y de regreso. Hizo una pausa cuando se encontró con una pequeña cicatriz casi invisible en el hombro, el lugar donde una bolita de escopeta la había quemado. - ¿Por el accidente? - preguntó con voz ronca.
Esme asintió con la cabeza, incapaz de hablar. Ella se dio cuenta de que él se familiarizaría con cada pequeño y exclusivo detalle de su cuerpo... ella le había dado ese derecho. Encontró tres más cicatrices en su brazo, acariciando cada uno, como si pudiera calmar aquellas lesiones producidas hace ya mucho tiempo. Lentamente, su mano tomó un mechón de pelo que estaba a la deriva en un río de caoba fino sobre su pecho, siguiendo su camino por debajo de las sábanas y mantas.
Se quedó sin aliento al sentir el roce del pulgar sobre su pezón, dando vueltas en él, enviando olas de calor a la boca de su estómago. Su mano izquierda la dejó por un momento, y cuando tomó su pecho otra vez, el pulgar estaba húmedo de su propia boca. Otra caricia, otro círculo, la humedad aumentando la caricia. Sus rodillas se elevaron un poco, sus caderas cosquilleaban como si su cuerpo entero se hubiera convertido en un contenedor de sensaciones. Con la otra mano, se deslizó suavemente por debajo de su barbilla, inclinando su cara hacia la suya.
Se inclinó para besarla, pero Esme volvió la cara.
- Soy el mismo hombre que te besó en la terraza - le oyó decir -. Te gustó bastante entonces.
Esme apenas podía hablar con su mano ahuecando su pecho. - Ya no. - Un beso significaba más para ella que un gesto meramente físico. Era un regalo de amor, de afecto, o por lo menos de gusto, y no sentía ninguna de esas cosas por él. Él podría tener el derecho a poseer su cuerpo, pero no su corazón.
Sus manos la abandonaron, y ella lo sintió empujándola suavemente hacia un lado.
Esme obedeció, su pulso acelerado, mientras se unía a ella en la cama. Se recostó a su lado, con los pies extendidos mucho más allá de lo que ella abarcaba del largo del colchón. Se obligó a aflojar el agarre de sus dedos sobre las mantas a medida que él las separaba de su cuerpo.
La mirada de Carlisle se deslizó sobre su cuerpo delgado, al descubierto, las curvas de sus senos, la unión de sus muslos. El calor surgía por todas partes, una calidez que se profundizó cuando él la atrajo hacia sí. Su pecho estaba caliente y duro, con una cubierta de pelo que le hacía cosquillas a sus pechos.
Esme se estremeció a medida que su mano se movía a lo largo de su columna vertebral, presionándola más cerca. La intimidad de estar tan unida contra un hombre semidesnudo, respirando el aroma de su piel, era casi más de lo que su aturdida mente podía comprender. Presionó una pierna contra sus piernas desnudas al separarlas, la tela de su pantalón se sentía suave y fresca. Y la sostuvo así, su mano acariciando lentamente su espalda hasta que el temblor de los dientes disminuyó.
Su boca trazó el lado tenso de su cuello. Pasó mucho tiempo besándola allí, investigando el hueco detrás de su oreja, el borde de la línea de su cabello, la parte delantera de su garganta. Su lengua encontró el agitado latido de su pulso, demorándose hasta que ella gritó y trató de alejarlo.
Sus brazos se cerraron, una mano llegando hasta la curva de sus nalgas desnudas, manteniéndola apretada contra él.
- ¿No te gusta eso? - Preguntó contra de su garganta.
- No - dijo Esme, tratando de poner sus brazos entre ellos.
Carlisle la apretó contra el colchón, con los ojos brillantes de atracción diabólica. -No vas a admitir que te gusta nada de esto, ¿verdad?
Esme sacudió la cabeza.
Una mano sostuvo el lado de su cara, el pulgar cepillando sus labios cerrados. - Esme, si no hay nada más acerca de mí que te guste, al menos dale a esto una oportunidad.
- No puedo. No cuando recuerdo que debería estar haciendo esto con... él. - Por más enojada y resentida como lo estaba, Esme no podía decir el nombre de Michael.
Aún así, provocó más reacción en Carlisle de lo que ella había esperado.
Apretó su mandíbula, su mano cerrándose fuerte, aunque no en forma dolorosa, sus ojos se dilataron con furia. Ella lo miró, desafiante, casi retándolo a hacer algo terrible, para demostrar que él era tan despreciable como ella pensaban que lo era.
Pero la voz de Carlisle, cuando finalmente habló, fue escrupulosamente controlada. - Entonces voy a ver si puedo lograr sacarlo de tus pensamientos. - La ropa de cama se apartó con cruel insistencia, quitándole cualquier medio para ocultarse. Ella comenzó a sentarse, pero él la mantuvo abajo. Su mano estaba curvada por debajo de su pecho, ahuecándolo hacia arriba, y él se inclinó hasta que su aliento cayó contra su pico en ligeras y repetidas sacudidas.
Él trazó la aureola con su lengua, la cogió cariñosamente con sus dientes, jugando con la sensible carne. Delicia corría por sus venas con cada remolino y lamida y suave tirón. Esme mantuvo sus manos apretadas en puños mientras las mantenía a sus lados. Le pareció importante no tocarlo voluntariamente. Pero él era hábil y persistente, provocándole profundos impulsos, y su cuerpo estaba aparentemente inclinado a elegir el placer por sobre los principios.
Ella llegó hasta su cabeza, el pelo espeso y suave corriendo entre sus dedos. Jadeante, lo guió hasta su otro pecho. El cumplió con un murmullo ronco, sus labios abriéndose sobre el calor de su pecho. Sus manos se deslizaban sobre su cuerpo, trazando las curvas de su cintura y sus caderas. La punta de su dedo medio dando vueltas al borde de su ombligo, y tejiendo una ruta de caricias por todo su plano estómago, a lo largo del valle donde sus piernas estaban presionadas juntas... desde las rodillas hasta la parte superior de sus muslos... y volviendo a recorrerlo.
Acariciándola suavemente, Carlisle le susurró: - Ábrete para mí.
Esme estaba quieta, resistiendo, jadeando como si cada aliento fuera arrancado de su garganta. La presión de las lágrimas se levantó detrás de sus ojos cerrados. Experimentar algún tipo de placer con Carlisle parecía una traición. Y él lo sabía. Su voz era suave contra su oído cuando dijo - Lo que pasa en esta cama es sólo entre nosotros. No hay pecado en entregarte a tu marido, y nada ganas por negar que disfrutas lo que yo podría darte. Deja que suceda, Esme. No tienes que ser virtuosa conmigo.
- No estoy tratando de serlo - dijo vacilante.
- Entonces déjame tocarte.
En su silencio, Carlisle empujó las piernas sin resistencia hasta separarlas.
La palma de su mano corría a lo largo de la cara interna de su muslo hasta que su pulgar cepilló suavemente sus rizos privados. Los ritmos irregulares de sus respiraciones resonaban a través de sala en silencio. El pulgar situado en sus rizos, rozando un lugar tan sensible que ella se retiró con una protesta apagada.
Él la sostuvo más cerca contra sus duros músculos y la suavidad de su cabello. Bajando nuevamente, sus caricias separaron suavemente los pliegues de su carne. Un impulso irresistible le llegó de presionarse a sí misma contra su mano. Pero se obligó a permanecer pasiva, aunque el esfuerzo por mantenerse quieta era agotador.
Encontrando la entrada a su cuerpo, Carlisle acarició la suavidad hasta que hubiera provocado una mancha caliente de suero. Él la acariciaba, mientras uno de sus dedos se introdujo en su interior. Asustada, Esme se puso tensa y gimió.
Carlisle la besó en la garganta. - Shhh... No estoy haciéndote daño. Tranquila. - Acarició dentro de ella, su dedo suavemente doblándose como para instarla a que se moviera hacia él. Una y otra vez, tan pacientemente. El placer adquirió una nueva tensión, sus miembros cubriéndose de capas de sensación. Su dedo se retiró, y él comenzó a tocarla con sus dedos húmedos.
Sonidos subían a su garganta, pero ella los tragó de nuevo. Ella quería moverse, torcerse en el calor inquieto. Sus manos se morían de ganas de acariciar los tensos músculos de sus hombros. En cambio, se mantuvo con quietud martirizada.
Pero él sabía cómo hacer que su cuerpo respondiera, cómo persuadir el placer de su carne que no lo deseaba. Ella no podía evitar mover las caderas hacia arriba, profundizando sus talones en la docilidad suave del colchón. Él se deslizó a lo largo de su parte frontal, besándola más y más, su boca midiendo las distancias a través de su cuerpo. Cuando besó la suavidad de sus rizos privados, sin embargo, ella se puso tensa y trató de alejarse.
Su mente se tambaleaba. Nadie le había hablado de esto. No podía ser correcto.
Mientras se retorcía, sus manos se deslizaron por debajo de su trasero, agarrándola en su lugar, y su lengua la encontró en mojados y fluidos movimientos. Con cuidado, la guió a un ritmo pausado, instándola a elevar su cuerpo, una y otra vez, mientras la tomaba en contramedidas voluptuosas. Una boca malvada, una lengua despiadada. Su aliento caliente fluyendo hacia ella. El sentimiento creció y creció, hasta que llegó a una cumbre imprevista, y se expandió en todas direcciones. Un grito se le escapó, y otro, mientras densos espasmos rodaban a través de ella. No hubo escapatoria, no hubo forma de contenerse, ya no había vuelta atrás.
Y él se quedó con ella, prolongando el descenso con suaves lamidas, extorsionando unos últimos espasmos de placer mientras ella yacía temblando debajo de él.
Luego vino la peor parte, cuando Carlisle la tomó en sus brazos para consolarla... y ella lo dejó.
No podía dejar de sentir lo excitado que estaba, su cuerpo tenso y sólido, su corazón latiendo rápido por debajo de su oreja. Él pasó su mano por la curva suave de su columna vertebral. Con una punzada de reacia emoción, ella se preguntó si iba a tomarla ahora. Pero Carlisle la sorprendió diciendo: - No voy a forzar el resto en ti esta noche.
Su voz sonó extraña y espesa ante sus propios oídos. - Tú... no es necesario que pares. Como te dije...
- Sí, quieres acabar con esto - dijo Carlisle con sarcasmo -. Así no tienes nada que temer. - Liberándola, él rodó hasta apartarse, y se quedó a su lado, ajustando la parte delantera de su pantalón con ocasional despreocupación. La cara de Esme flameó -. Pero he decidido dejar que temas un poco más. Sólo recuerda que si tienes alguna idea acerca de pedir una anulación, voy a tenerte de espaldas y a despojarte de tu virginidad antes de que puedas pestañear. - Empujó suavemente las mantas hasta cubrirla, y se detuvo -. Dime, Esme... ¿pensaste en él en lo absoluto hace un momento? ¿Estaba su rostro, su nombre, en tu mente mientras yo te tocaba?
Esme sacudió su cabeza, negándose a mirarlo.
- Eso es un comienzo - dijo en voz baja. Apagó la lámpara y se fue.
Ella quedó sola en la oscuridad, avergonzada, saciada y confusa.
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Hola, Hoy decidi subir tres cap, y este es el segundo, es mi regalo de navidad además pido disculpa por no subir tan seguido.
