Nota: Actualizaré este fic los jueves. Se me olvidó ponerlo, pero como siempre mi versión de Sirius es la del libro; el actor lo hizo muy bien pero para mí es mucho más feo, mayor y dulce que en los libros, prefiero al original.

Millón de gracias a los que habéis seguido y comentado el primer cap. Ojalá se os aparezca Bellatrix en la próxima tormenta.


Bellatrix se repuso al instante y le miró con desprecio sospechando que era un farol. Y lo era: Harry no podía conectar con Voldemort a su antojo, era pésimo con la magia de la mente… Pero cerró los ojos y fingió concentrarse. Al segundo tuvo que abrirlos porque la mano de Bellatrix se cerró con fuerza en torno a su garganta.

–Ni se te ocurra –siseó.

Harry confirmó que el miedo a que su Señor se enterase de su "reunión" era real. Eso terminó por desestabilizarlo del todo: ¿Qué demonios pretendía hacer Bellatrix a espaldas de Voldemort?

–Se acabaron los juegos –le espetó la bruja clavándole la varita en el cuello–. Si tengo que asesinarte a ti, a lo que te quede de familia y a los aurores que vengan será un inmenso placer.

Extrajo de su bolsillo una poción blanquecina y le ordenó que se la tomara. Harry entendió que no tenía opción. Además, seguía habiendo una parte de su alma que… Se lo bebió. Le invadió una extraña sensación de indiferencia que nunca había experimentado.

–Poción anestesiante, neutraliza tus emociones y pensamientos durante unas horas. Recordarás lo sucedido pero sin emociones ni sensaciones. Si alguien se mete en tu mente, no podrá interpretar los recuerdos y no los verá.

–¿Quiere decir que…?

–Quiere decir que tus nulas habilidades como oclumente son legendarias –le espetó ella–. Y ahora vamos.

La slytherin se giró hacia el ave del trueno y empezó a susurrarle indicaciones que él no logró escuchar. Harry pensó en intentar huir, pero algo lo retenía ahí clavado. No podía dejar escapar otra vez a la asesina de Sirius. Su cerebro iba a velocidad de snitch. ¿Bellatrix le había dado esa poción para que Voldemort no pudiese acceder a sus recuerdos o era otra persona la que le preocupaba? ¿Por qué ella, su más fiel seguidora, iba a ocultarle algo? ¿Cuál era su verdadero plan? ¿Realmente tendría que ver con Sirius o…? No pudo darle más vueltas porque la bruja tomó con delicadeza una pluma azulada de la cola del ave y esta emprendió el vuelo. Volvió a mirarle y le soltó:

–Sabes aparecerte, ¿verdad?

–No. Tengo dieciséis, no podré hacerlo hasta dentro de un año.

–Maldito inútil… –masculló la morena con rabia.

–Oh sí, un inútil que ha vencido a tu Señor unas…

La bofetada sonó por encima de la tormenta que seguía rugiendo. Harry se acarició la mejilla dolorido.

–No comentas el error –siseó la mortífaga retorciéndole el brazo tras la espalda– de creer que soy uno de tus estúpidos profesores o amigos. A mí me vas a hablar con respeto y me vas a obedecer.

Harry sintió un escalofrío y no se atrevió a replicar. La mortífaga le liberó y le agarró del brazo con brusquedad indicándole que lo haría ella mediante aparición conjunta. El joven iba a abrir la boca para preguntar pero fue tarde. Sintió una enorme presión por todo el cuerpo, como si estuviese siendo aplastado y tuviese que atravesar un tubo muy estrecho por el que no cabía. No lograba respirar. Cuando creyó que iba a desmayarse, se encontró en el atrio del Ministerio junto a la estatua de una bruja. Dos magos de seguridad vigilaban la sala. Antes de que reaccionaran, Bellatrix ya los tenía bajo imperio; les ordenó que los ignoraran y echó a andar con decisión. Harry casi tenía que correr para seguirla.

–¿Cómo lo has hecho? Es imposible aparecerse en el Ministerio.

–Un maleficio de invocación a la sangre. La última vez Dumbledore me atrapó con esa maldita estatua… Así que dejé una muestra voluntaria de mi sangre. Mi Señor me enseñó un maleficio para lograr aparecerme así en lugares prohibidos. Y ahora cállate –le espetó en un siseo.

Aquello le generó dos dudas a Harry: la primera era si Dumbledore conocería ese conjuro. Seguro que sí, habría protegido Hogwarts contra él… Sin embargo los ineptos del Ministerio no eran tan sagaces. La segunda era si tras la batalla del Ministerio, la mortífaga ya contaba con tener que volver y por eso dejó su sangre. Como no iba a obtener respuestas, no preguntó.

Siguió a Bellatrix de forma casi mecánica, como en una pesadilla. Quizá se hallaba en la mente de Voldemort, le ocurría a menudo. Sí, eso tenía sentido… Aunque lo de que fuese la bruja quien le diese órdenes a su Señor sonaba muy descabellado…

Antes de darse cuenta habían alcanzado la Cámara de la Muerte del Departamento de Misterios. Sortearon los conjuros protectores con una facilidad que a Harry le preocupó. Pero cualquier reserva se esfumó cuando contempló de nuevo el velo por el que cayó su padrino. Se acercó. Llegaron a él voces que susurraban y le incitaban a cruzar la enorme cortina negra que ondeaba en el arco de piedra. Por el rabillo del ojo le pareció que Bellatrix también entraba en trance. Al parecer los muertos también intentaban seducirla a ella… Pero no con suficiente fuerza, ya que sacudió la cabeza y agarró a Harry del hombro clavándole las uñas.

Eso devolvió al chico a la realidad, que observó cómo la mortífaga sacaba un puñal de su bota. Se acercó al arco y murmuró un conjuro. Harry ahogó una exclamación al ver como un charco de sangre relucía en el suelo.

-Perfecto, la primera parte ya está -murmuró la mortífaga para sí misma.

Seguidamente, con otro encantamiento y un golpe con el puñal consiguió soltar una piedrecita del arco. La guardó en su bolsillo satisfecha. Al parecer eso no tenía que ver con el ritual, debía ser otro proyecto personal. Entonces se giró hacia Harry.

–¿Conoces las runas antiguas?

–Más o menos…

Bellatrix le miró con una mezcla de rabia y desesperación ante su ineptitud. Él casi se sintió avergonzado… hasta que recordó con quién estaba.

–Es igual, empezaré yo. Para que el ritual funcione tú solo tienes que dibujar la runa de Ehwaz que tiene forma de M. Creo que pese a tu inutilidad podrás hacerlo… -comentó la bruja con desprecio.

–¿Cómo qué dibujar? ¿Qué ritual? ¿Y si no me da la gana de…?

–Cállate y obedece. Ya es la hora.

Harry miró el reloj. Las tres de la madrugada.

–Hay que dibujar las runas con sangre sobre el arco. La primera tiene que hacerla un familiar del muerto, la segunda un heredero y la tercera la persona que lo mató. Así que yo haré la primera y la tercera y tú la segunda.

Sin darle tiempo a replicar, la mortífaga empuñó su varita y realizó varios complicados movimientos. Emanó de ella una luz oscura que se enroscó en el arco de piedra y la cortina de oscuridad empezó a temblar. Con profunda concentración empezó a recitar:

En la hora de brujas cuando la luna de sangre empañe el cielo,

a la muerte podrá burlar aquel que marchó tras el velo.

Rozó su muñeca con la varita y emanó un hilo de sangre. Con poca delicadeza, hizo lo mismo con la Harry. Después, mojo dos dedos en su propia sangre y acercándose al arco para dibujar las runas prosiguió:

Thurisaz, destruir para regenerar, trazada por la sangre de un familiar.

Ehwaz, los cambios como evolución, marcada por la sangre de quien heredó.

Solewu, el sol al final del camino, impresa en la sangre de quien la luz apagó.

La sangre de ambos brillaba en el arco de piedra cuando la morena concluyó el conjuro: "Nune aut nunquam, Sirius Black veni ad me". De su varita emergió otro haz de luz, esta vez blanco, que envolvió la cortina y detuvo en seco su eterno vaivén. Harry contemplaba la escena sin respirar. Al principio pensó que podían estar invocando a Satán, pero al final Bellatrix había pronunciado el nombre de Sirius. ¿Existía alguna posibilidad de que…? No, era imposible. Tenía que ser una retorcida pesadilla.

La piedra absorbió la sangre de ambos y también el charco del suelo desapareció. Cuando la cortina empezó a sacudirse con violencia, Bellatrix murmuró:

–Ya está, nos largamos.

El chico pensó que era broma. Evidentemente no iban a marcharse sin ver qué sucedía… Sin embargo, la mortífaga sacó de su bolsillo la pluma del ave del trueno y Harry comprendió que la había convertido en un traslador. La apretó fuerte y desaparecieron.

Segundos después se hallaban de nuevo en el callejón de la calle Magnolia. Había dejado de llover. Aún así Harry seguía empapado por el chaparrón previo. La sangre le goteaba por la muñeca, le dolía la cabeza por las apariciones y sentía el corazón acelerado. Sujetó a Bellatrix del brazo para evitar que desapareciera. La mortífaga se liberó de un golpe y abrió la boca dispuesta a insultarle, pero él se adelantó:

–¿Qué hemos hecho? ¿Por qué no nos hemos quedado?

–Porque nadie tiene que saber lo que ha pasado –respondió ella con frialdad–. Él tampoco. Si no te hago olvidar es porque entonces te harían preguntas y se darían cuenta de que tienes un sospechoso vacío. Más te vale que se te dé bien mentir.

–¿Pero sobre qué? No puede ser verdad que Sirius…

–Ese imbécil habrá aparecido en la Cámara de la Muerte tal y como cruzó. Supongo que buscará a algún auror de confianza o a Dumbledore porque él tampoco lo entenderá. No se explicarán lo que ha sucedido y por el bien de todos, más te vale que no lo relacionen conmigo.

–¿Porque Voldemort se enfadaría?

–¡Que no digas su nombre, mestizo repugnante! –protestó la morena– No te incumbe saber lo que haría mi Señor. Pero ten claro que si en la ridícula Orden se enteran, le matarán de nuevo por miedo a que le haya revivido para alguna siniestra misión. Y contigo tampoco estarían contentos por colaborar conmigo…

–¡¿Por eso lo has hecho?! ¿Para qué quieres que…?

–¡Ya basta! –bramó la mortífaga.

Arrojó varita al suelo la varita de Harry y le dio las últimas órdenes:

–Vuelve a casa y finge que no ha pasado nada. Cuando descubran que al auror que te vigilaba le ha alcanzado un rayo, comprobarán que estés bien. Haz tu vida normal y cuando el imbécil de mi primo aparezca, más te vale montar el show de tu vida. No se lo cuentes a nadie y a él mucho menos. Te juro que si lo haces, te torturaré a ti y a cualquier persona por la que jamás hayas sentido el más remoto aprecio. Ya ves la facilidad con la que te he encontrado, sabes que cumpliré mi palabra.

Sin más, se oyó un ligerísimo "crack" y la mortífaga desapareció. Harry se quedó ahí paralizado durante un tiempo indefinido. Cuando recuperó la consciencia, recogió su varita y echó a correr a casa. Nada más llegar se quitó la ropa, se secó con una toalla, se vendó la muñeca y se metió a la cama temblando.

Cuando despertó era casi medio día. Había tenido una pesadilla extrañísima de que Bellatrix le obligaba a volver al Ministerio para resucitar a Sirius. En cuanto volviera a Hogwarts le pediría a la enfermera Pomfrey pociones para dormir sin soñar. Aunque la realidad tampoco era mejor que sus delirios oníricos…

Recogió el ejemplar del Profeta que Hedwig le había traído y comprobó que dormitaba tranquila en su jaula. Hojeó el periódico, más de lo mismo: ataques por todo el país y el Ministerio tomando medidas (como encarcelar inocentes) completamente inútiles. Sacudió la cabeza y fue ducharse antes de desayunar. Cuando se quitó la enorme camiseta heredada de Dudley, descubrió su muñeca vendada. Levantó las gasas con cuidado. Un corte poco profundo brillaba sobre su piel.

–¿¡Pasó de verdad!? –se preguntó con angustia.

Todo (a excepción del sentido común) parecía apuntar a que sí. Pasó el día sin salir de su habitación, dándole vueltas a lo sucedido y decidiendo con quién contactar. Recordaba las amenazas, pero no iba a obedecer a una mortífaga… El problema era que dudaba que alguien le creyera: ¿Por qué iba Bellatrix Lestrange a llevarlo de excursión y a devolverlo a su casa sano y salvo? Le dirían que fue una pesadilla, que Voldemort se había metido en su mente o le había poseído. Quizá Dumbledore le creería, pero… En su cabeza no paraba de repetirse el dato que ojalá no le hubiese revelado la morena: de no ser porque Dumbledore incumplió los deseos de sus padres, él y Sirius habrían vivido como una familia.

Para acentuar su angustia, la noche siguiente una lechuza le entregó una carta. Reconoció al momento la elegante caligrafía. Rasgó el sobre y leyó a toda velocidad. El propio Albus Dumbledore le informaba de que estuviera preparado pues a la tarde siguiente iría a recogerlo para llevarlo a La Madriguera. De camino esperaba que le ayudase con un asunto del que no especificaba nada.

–Lo sabe –murmuró Harry asustado–, sabe lo que sucedió y me va a…

Ni siquiera sabía qué haría Dumbledore. Obviamente se enfadaría porque hubiese salido de noche bajo la lluvia a perseguir a una mortífaga... Pero ¿qué más? ¿Le expulsaría de Hogwarts? ¿Le obligaría a quedarse encerrado con los Dursley hasta que se volviera loco como hizo con Sirius? Antes de que Harry llegara a una conclusión, Dumbledore llegó a Privet Drive. Tras una escena considerablemente tensa con los Dursley, salieron a la calle. El joven contempló sin apenas verlas el resto de casas cuadradas con sus perfectos jardines. No se atrevía a mirar al anciano a la cara.

–¿Cómo estás, Harry?

Él se encogió de hombros con incomodidad. No quería hablar de ello, pero quizá lo necesitaba… Le confesó que se sentía profundamente triste, echaba de menos las cartas de Sirius y hablar con él. Estaba cansado de perder a todo el mundo.

–Pero también sé que debo luchar por ellos, no puedo permitir que hayan muerto en vano. Sirius, mis padres y Cedric no querrían que me rindiera.

–Estarían orgullosos de ti, pocos poseen tu fortaleza y tu valor.

Harry asintió con la mirada perdida incapaz de añadir nada. Decidió que todo lo referente a Bellatrix no había sucedido, así que no tenía por qué contar nada. Entonces reparó en la mano ennegrecida de Dumbledore y le preguntó qué le pasaba.

–Ah… –murmuró el mago mirándose la mano– Una historia para más adelante. Ahora debemos reclutar a Horace.

Harry entendió que no iba a recibir explicaciones, así que mostró su aquiescencia. El director le contó que debían conseguir que Horace Slughorn, un antiguo profesor, aceptarse volver a impartir clases en Hogwarts. El estudiante aceptó el reto casi con alivio por dejar atrás sus angustias personales.

El mago que los recibió convertido en un sillón no le cayó muy bien. Parecía cobarde, elitista y pagado de sí mismo… Aunque tampoco era peor que la mayoría de profesores del colegio, no iba a protestar. Además era loable que hubiese dedicado tanto esfuerzo transformativo para librarse de Dumbledore; en ocasiones a Harry le hubiese venido bien esa técnica…

Cuando consiguieron que accediera a dar clases, el director llevó por fin a Harry a la Madriguera y lo dejó en manos de la señora Weasley. Como sus amigos ya dormían, prefirió no despertarlos. Así que tras una cena de cinco platos, Molly le permitió acostarse. Esa noche Harry volvió a soñar con sangre, runas y truenos.