La mañana de Navidad Harry despertó enormemente ilusionado. Se le hacía extraño: a pesar de que hacía seis años que no vivía esas fiestas con los Dursley seguía sorprendiéndole recibir regalos que no fuesen un mondadientes o un par de calcetines usados. Reptó hasta el borde de su cama y vio apilados a los pies los obsequios de sus amigos. En lugar de abalanzarse sobre ellos, esperó a que acudiera Ron para abrirlos juntos como hacían desde primer año. Ni diez minutos tardó el pelirrojo en aparecer con los suyos.
–¡Feliz Navidad, Harry, vamos a ello! –exclamó con entusiasmo y ambos empezaron a rasgar papel.
Harry recibió de los gemelos un paquete de productos de Sortilegios Weasley, un jersey y dulces caseros de Molly, un kit para limpiar su saeta de fuego de Lupin y Tonks, un libro sobre el entrenamiento para ser auror de Hermione, dos cajas de ranas de chocolate y grajeas de todos los sabores de Ron, un equipamiento de quidditch personalizado para él de Sirius y Marlene y algo peludo y agresivo de parte de Hagrid.
–¿Qué diantres es eso? –preguntó Ron al ver el último regalo.
–No lo sé –reconoció el chico sin tocarlo–, podría ser un monedero pero creo que no voy a sacarlo de la caja… prefiero conservar mis dedos, ya sabes cómo es Hagrid.
Su amigo estuvo de acuerdo. Compararon sus regalos y empezaron a devorar los dulces.
–¿Eso es tuyo? –preguntó Ron señalando un pequeño paquete caído tras la pata de la cama de Harry.
El chico se agachó y lo cogió. Lo abrió con cuidado y de su interior salió una snitch dorada. Parecía vieja y tenía algo grabado. Probablemente usando una pluma afilada, alguien había tallado las iniciales "L.E.". El corazón de Harry dio un vuelco: reconoció la pelota. El curso anterior (durante las fallidas clases de oclumancia) vio un recuerdo de Snape en el que su padre comentaba que había robado esa snitch y garabateó en ella las iniciales de Lily. Según Lupin y Sirius, siempre andaba jugueteando con ella. El chico experimentó repentinamente una fuerte conexión con sus padres y tuvo claro que ese había sido el mejor regalo.
–¡Vaya, una snitch! –comentó Ron mientras diseccionaba una rana de chocolate– ¿Quién te la ha regalado?
–Eh… Supongo que Sirius… O Lupin, pero no entiendo por qué…
–¿Qué pasa conmigo? ¿Te ha gustado el….? –preguntó el animago junto al marco de la puerta.
Sirius se calló al ver el último obsequio. Harry no respondió porque había descubierto una pequeña nota en el fondo de la cajita:
Siempre guardo trofeos de mis víctimas: le quité esto a tu padre un día que estaba aún más subnormal de lo habitual. Te la devuelvo únicamente para que juegues con ella delante de Snape y los malos recuerdos le aboquen definitivamente al suicidio.
Lo leyó tres veces sin dar crédito. Ron le sacó de su ensoñación preguntándole de nuevo quién se la había regalado. "Eh… Creo que Bellatrix…" respondió él. Ron abrió los ojos asustado como si la hubiese invocado y fuese a aparecer, pero no sucedió. Sirius frunció el ceño incrédulo y se acercó. Soltó un exabrupto al reconocer la snitch. Leyó la tarjeta y certificó que era de su prima. Les contó que James un día apareció malhumorado y sin su preciada snitch, les dijo que la había perdido pero no reveló cómo. Al parecer se la robó Bellatrix.
–Yo no le he comprado nada a ella –murmuró Harry avergonzado.
–¡Qué le vas a comprar! –exclamó Ron– ¡Tiene ESTA mansión! –añadió abriendo mucho los brazos para indicar que Bellatrix poseía más tesoros que Gringotts.
Eso no hizo que el chico se sintiera mejor. Tampoco ayudó que su padrino comentara que a él Bellatrix no le había regalado nada (aunque a nadie le sorprendió, seguían odiándose). Realmente Harry era su favorito… O eso pensaron hasta que apareció Tonks muy contenta.
–¡Mirad qué vestido me ha regalado la tita!
La auror llevaba un vestido morado oscuro entre elegante y punk, con transparencias en los hombros, desgarrones en la espalda y tachuelas en la cintura. Pese al aire rebelde y desenfadado la prenda era de alta costura. Nunca habían visto a Tonks con algo así y resultaba tremendamente atractiva pero sin perder su esencia. A nadie más le quedaría bien un vestido semejante y sin embargo ella estaba espectacular.
–¡Hala, estás preciosa, Tonks! –exclamó Ginny apareciendo con Hermione.
Todos estuvieron de acuerdo y el pelo de la metamorfomaga se volvió de un rosa brillante. Hizo una exagerada reverencia para dar las gracias y tropezó de nuevo con el baúl de Harry. Lupin la sujetó a tiempo de evitar el accidente. Para sorpresa de todos, al hombre–lobo Bellatrix también le había regalado un par de túnicas. Según la nota que las acompañaba era porque no quería indigentes bajo su techo, pero aún así al mago le pareció un bonito detalle.
–¿Y con qué insulto ha justificado tu regalo? –le preguntó Sirius a Tonks.
La metamorfomaga se encogió de hombros y respondió que ni idea. A ella Bellatrix no le había escrito nada; había deducido que el regalo era suyo porque nadie más que conociera podía pagar un vestido así. Pero sospechaba que se debía a la confesión de que le entristecía no sentirse tan atractiva como el resto de chicas. Prefirió guardarse la información para ella. Además, sería raro comentar que se lo había regalado como agradecimiento por decirle que Marlene desnuda estaba mucho peor que ella…
–A mí ni se me pasó por la cabeza comprarle nada –reconoció Tonks–. ¡La he visto como tres veces en los dos meses que llevamos aquí!
Eso hizo que Harry aún se sintiera peor: Bellatrix les había hecho regalos a ellos tres pero a ella nadie le había comprado nada. Por su parte Sirius estaba herido en su orgullo: él desearía haber tenido algo suyo con una nota con insultos, hubiese sido bonito…. De hecho, internamente había soñado con recibir una postal con dibujos, aunque Bellatrix ya no era la niña inocente que conoció. Así que tampoco le sorprendió ni comentó nada.
Bajaron a desayunar y siguieron intercambiando presentes, compartiendo dulces y riendo bajo el árbol de Navidad. Tonks buscó a Bellatrix para que al menos comiera con ellos, pero Didi le indicó que no estaba en casa. Así que se resignó e hicieron la comida de Navidad todos los demás. Por la tarde, Harry salió a pasear con sus amigos: al día siguiente volvían al colegio y deseaban aprovechar el tiempo que les quedaba.
Como Marlene marchó a visitar a sus compañeros franceses que estaban en la ciudad, Sirius decidió buscar a su prima. Siempre que le preguntaban por ella a Didi les aseguraba que estaba fuera, pero él sospechaba que era no siempre era verdad. Miró primero en la biblioteca y no la encontró. En las salas de entrenamiento tampoco estaba. Así que sin subir a la última planta que les estaba vetada, le quedaba una sola opción.
–¿Qué puerta era? –murmuró para sí mismo.
Como coautor del mapa del merodeador se orientaba bastante bien, así que pronto encontró la sala indicada. Recordó que Harry le explicó que había que tener verdadera necesidad de huir para que se abriera… Bien. Desde que murió James él siempre tenía esa necesidad; la realidad era demasiado deprimente. Efectivamente la puerta se abrió. Observó el jardín, tan hermoso y tranquilo como lo recordaba, pero no vio a su prima. No obstante sintió que estaba ahí. Quizá fuese su magia o que la conocía porque era su sangre, pero lo sabía.
–Bella –comentó mirando los árboles–, sé que estás aquí. Baja y hablamos.
No hubo reacción alguna. Así que el animago sacó de su chaqueta una botella de alcohol y se sentó con calma en uno de los sofás.
–Bueeno, pues ya que estoy solo me voy a beber esta botella de whisky añejo que he robado de… Ah, ahí estás.
Por el tronco de un frondoso olmo se deslizó el jaguar. Aun en su rostro animal se notaba que no estaba nada contenta. Volvió a su forma humana, asió su varita y antes de que pudiera cruciarle su primo le mostró la botella. No era de la colección de Bellatrix. La compró él uno de los días que salió a "una misión súper secreta de la que nada puedo decir si quiero mantener el orden mundial". Hacía cosas así continuamente, le tenían muy harto con los encierros así que mentía con total descaro. Ese whisky era muy caro. Tanto, que cuando le ofreció un vaso la mortífaga no pudo resistirse y se acomodó con rabia en otro sofá.
Tras dejar pasar los minutos de silencio de rigor, Sirius comentó que era un detalle haberles hecho obsequios a Harry, Tonks y Lupin. Bellatrix se encogió de hombros como si no tuviese nada que ver. Él insistió:
–No has bajado a ver los regalos. Dora quería darte las gracias y que comieses con nosotros.
–¿Para qué iba a bajar? –respondió con sorna– Nunca nadie me regala nada. Salvo Rod, pero viviendo con Voldemort dudo mucho que pueda enviarme nada… Así que sería como tu miserable calcetín de la chimenea, siempre vacío.
La voz de la mortífaga sonó burlona y, pese a lo triste de su sentencia, Sirius sonrió. El día anterior le había mentido tan tranquila diciéndole que no recordaba lo de los calcetines. Ese día debía estar más amargada y no le apetecía ni mentir.
–En mi calcetín siempre había algo –la corrigió él extrayendo de su capa otro paquete y ofreciéndoselo.
Bellatrix frunció el ceño desconcertada. Él alzó las cejas incitándola a que lo aceptara y la bruja lo cogió con desconfianza. Entonces sacó su varita.
-No me digas que vas a… -murmuró Sirius.
Efectivamente: su prima realizó un conjuro para asegurarse de que era inofensivo y no trataba de asesinarla. El animago puso los ojos en blanco por la desconfianza pero no le sorprendió. Lentamente y sin dejar de vigilarle de reojo, Bellatrix abrió el paquete. El envoltorio no era muy bonito y la caja tampoco era gran cosa, así que no tenía muchas expectativas. Sin embargo, la pulsera que contenía quitaba el aliento. Representaba a una pantera (acaso un jaguar) con las fauces abiertas. Era de plata pura cubierta de diamantes, con dos esmeraldas por ojos y piedras de ónix simulando las manchas.
–¿Ves que tiene la boca abierta? –explicó Sirius inclinándose sobre ella– Es para almacenar sustancias dentro. Solo caben unas gotas, pero será suficiente. Ya sabes, alguna poción sanadora, veneno por si necesitas defenderte, veritaserum… Lo que quieras, no se saldrá. Solo quien la lleva puede liberar la sustancia que sea.
Bellatrix alzó por fin la vista, intentando superar la conmoción.
–¿De dónde la has sacado? –susurró.
–Bueno… Como apenas me dejan salir de casa, me aburro bastante. Ya sabes que siempre fui un genio en transformaciones, así que decidí fundir las joyas de mi madre (nunca entenderé por qué no me desheredó) y crear algo mejor. La he hecho yo.
No resultaba en absoluto tan sencillo como la explicación daba a entender. Transformar un objeto en otro es sencillo si eres habilidoso, pero a un nivel general, no con ese detalle. Aquella pulsera tenía que haberle llevado semanas –posiblemente meses– de lentas transformaciones, moldes, hechizos para fundir el metal, tallar las piedras y otros tantos para incrustarlas. La orfebrería de los duendes era tan codiciada porque eran los que más paciencia y destreza poseían para trabajar las joyas; a los humanos les costaba mucho más. Y Bellatrix lo sabía.
–¿Por qué? –preguntó poniéndosela con manos temblorosas– Yo no te he comprado nada.
Ahí fue su primo quien se encogió de hombros.
–No lo sé. Harry insiste en que me has salvado la vida varias veces… Con que una sea cierta ya mereces que te regale algo –apuntó con sorna.
Bellatrix no respondió, por unos segundos su primo temió que se echara a llorar. Él no era bueno gestionando esas situaciones. Creyó que le daría las gracias y lo dejaría pasar, pero sin embargo la morena llamó a Didi. Le susurró que le llevase algo que Sirius no captó a una de las salas de entrenamiento. La elfina asintió y desapareció.
-Ven -le ordenó a Sirius levantándose.
El animago obedeció sin entender qué sucedía. La siguió hasta una de las salas de entrenamiento del segundo piso, ninguno de los invitados había entrado nunca en ella. Era como las otras, solo que estaba completamente vacía, sin ningún instrumental. Con un gesto de la mano de Bellatrix, la puerta se bloqueó y quedaron solos.
–Aquí tiene, ama –murmuró Didi apareciendo con una caja de cartón.
Bellatrix la aceptó y la elfina murmuró que se iba a servir la cena antes de que Kreacher se le adelantara. Con ojos brillantes, la duelista le tendió la caja a su primo. No estaba en buenas condiciones: lucía bastantes arañazos e incluso pequeños agujeros en la tapa. Parecía contar con varios maleficios protectores. Aquello sí que parecía peligroso. Sirius lo miró con recelo.
–Eh… ¿No decías que no me habías comprado nada?
–No lo he comprado.
-Ya…- murmuró él igual de preocupado.
Su prima le indicó que lo abriera con cuidado y eso tampoco lo tranquilizó. Solo porque ella parecía muy ilusionada y no quería decepcionarla, levantó la tapa. Ahogó un grito de sorpresa al ver lo que contenía. El contenido también empezó a chillar. Sirius no supo cómo reaccionar.
–¿Te gusta? –preguntó Bellatrix ansiosa– Así puedes cerrar ese asunto por fin…
El primer impulso del mago fue besar a su prima hasta ahogarse. Pero en el último segundo se contuvo porque no quería que se sintiera utilizada como la vez anterior. Así que en su lugar, asintió con una enorme y sincera sonrisa. Era el mejor regalo que podía haber recibido.
–¿Cómo quieres hacerlo? –preguntó ella– ¿Al estilo ejecución? ¿O prefieres un duelo para prolongar su agonía?
–No merece morir con dignidad… –murmuró él pensativo– Pero lo de prolongar la agonía suena bien, ¡vamos a ello!
Sin ningún miramiento, volcó la caja. Una rata grisácea a la que le faltaba bastante pelo cayó al suelo sin dejar de chillar. Intentó correr a toda velocidad, pero el hechizo de Sirius la alcanzó antes. Peter Pettigrew, decrépito y enfermizo, apareció ante ellos. Seguía teniendo rasgos y actitudes ratoniles y se veía en sus ojos un pánico sin igual. Temía a los Black por separado, pero la imagen de Bellatrix y Sirius juntos y sonrientes era casi más temible que Voldemort. No perdió el tiempo en suplicar, sabía que sería estéril, así que intentó al menos ganarse a uno:
–¡Sirius, viejo amigo! –exclamó con una falsa alegría que sonó como un graznido– Siento haber huido aquella noche pero… Era lo más seguro. No te puedes fiar de ella, sigue trabajando para el Señor Oscuro, tiene reuniones privadas con él y…
Dos hechizos le hicieron de nuevo volar por los aires. Sin ponerse de acuerdo, ambos Black habían decidido silenciarlo. Con enorme desprecio, la bruja le arrojó una varita. El hombre se arrastró ansioso a por ella.
–Levántate y vamos a terminar esto como debió suceder aquella noche –le ordenó el moreno.
–Pero, Canuto…
Colagusano confirmó que suplicar era peor, ponía muy nerviosos a los dos primos. Ellos querían acción, no excusas patéticas, y además no tenían un pelo de tontos. Así que no le quedó otra que batirse en duelo con el que fue uno de sus mejores amigos. Bellatrix se sentó en un lateral y los contempló distraída mientras jugueteaba con su nueva pulsera. Pronto pensó que hubiese sido más digno matarlo sin darle opción de defenderse: Sirius era mucho mejor mago, no tenía ninguna oportunidad. Aún así, el moreno prolongó bastante el duelo, humillando y torturando lentamente al hombre que traicionó a los Potter.
De vez en cuando Sirius miraba de reojo a su prima y veía su expresión de fervor enfermizo al verle torturar al patético Colagusano. Por primera vez, no le resultó despreciable sino adorable en ella. Pero pese al placer compartido, hubo un momento en que no lo pudo prolongar más pues su oponente no lograba ni ponerse en pie.
–Avada kedavra –murmuró Sirius.
Fue la primera vez que usó ese hechizo. Y no falló. Peter Pettigrew pagó su traición como debería haber sucedido tres años antes si Harry no se hubiese entrometido. Transformó su cadáver en un montón de huesos y después lanzó un incendio. Mientras observaban embelesados como ardían, Sirius le preguntó a su prima cómo lo había atrapado y si Voldemort lo echaría de menos.
–Desconfiaba de mí, intentó hablarle mal de mí a Voldemort... Ya sabes que esa es su técnica: vender a quien haga falta para ganar puntos. Vivía en la Mansión Malfoy desde que Snape se marchó a Hogwarts, pero salía a hacer encargos. Una de esas veces lo atrapé. Al tenerlo en forma de rata, Voldemort no pudo localizarlo por la marca, así que supongo que lo dieron por muerto. Ni lo buscarán ni lo echarán de menos.
–Es lo que merece –respondió su primo satisfecho–. Ya tuvo un precioso funeral con todo el mundo llorando mientras yo celebraba mi cumpleaños en Azkaban.
Bellatrix estuvo de acuerdo. Pocos minutos después, no quedaron del traidor ni las cenizas. Sirius miró a su prima y sentenció:
–Es el mejor regalo que me han hecho en mucho tiempo. Bueno, también me hubiese gustado mucho una postal como…
No pudo continuar. Bellatrix le besó todavía excitada tras el asesinato. Él se quedó paralizado sin saber si responder. La bruja se detuvo y frunció el ceño, pero lo comprendió al instante:
-No te voy a abofetear –comentó con sorna.
-Ah bueno, quería estar seguro –respondió Sirius-. Este rostro tan perfecto no puede permitirse más…
Bellatrix volvió a reclamar su boca con ansia (y con ganas de callarlo). Sirius respondió al beso y la estrechó entre sus brazos confirmando que eran las mejores Navidades que había vivido en décadas.
Nota: Muchas gracias a quienes seguís la historia, me hace súper feliz y vuestros comentarios me animan a seguir.
To the "I love" guest: thank you for always supporting my fics. And don't worry, the Christmas cards will be important in the future.
