Bellatrix y Sirius se besaron como si acabasen de salir de Azkaban, como si nunca nadie antes les hubiese mostrado el más mínimo cariño. Hubo intensidad, pasión y risas nerviosas por lo absurdo de la situación.
–Aquí no –murmuró ella cuando Sirius intentó desabrocharle el vestido.
Él estuvo de acuerdo, pero no veía dónde sería mejor. No le apetecía encontrarse a nadie por los pasillos en ese estado… Y desde luego a su habitación no podían ir, sería un peculiar regalo de Navidad para Marlene. Bellatrix le agarró y los apareció en su dormitorio. Sirius nunca había estado en esa habitación. Estaba decorada en todos verdes y plateados, con muebles a medida y todo tipo de artefactos misteriosos. Había un cuadro impresionante de Bellatrix transformándose en jaguar del que le hubiese encantado saber más. Pero no pudo ser porque la bruja volvió a besarle mientras le desabrochaba la camisa.
–Esto solo será esta noche –le advirtió ella mientras él le mordisqueaba el cuello–, solo sexo y nada más.
Sirius asintió, estaban de acuerdo. Él tenía novia y ella estaba casada. Pero en ese momento no podía pensar en nadie más.
-Entonces hagamos que sea legendario -respondió con su sonrisa burlona mientras le desataba el vestido.
Bellatrix gruñó apreciativamente sin dejar de besarle. En cuanto se deshicieron de la ropa le empujó a la cama y se tumbó sobre él. Sirius aprovechó para observar con detenimiento su espectacular figura y su piel de porcelana. Era absolutamente perfecta. Le excitaban especialmente sus tatuajes –era otra cosa que tenían en común– y sentía gran curiosidad por su significado; pero decidió posponer la conversación sobre arte corporal…
Bellatrix se inclinó sobre él y le besó, esta vez de forma lenta y profunda sin dejar de arañar suavemente sus hombros como para cerciorarse de que era real. Sirius respondió al beso y le acarició la espalda. Deslizó una mano hasta sus muslos y empezó a subir lentamente friccionando allá donde la mortífaga deseaba. La bruja cerró los ojos con la respiración agitada mientras le mordisqueaba el cuello. Sintió cómo los dedos de su primo exploraban su cuerpo y gimió con placer.
–Joder, Siri… –jadeó.
El mago sentía tal necesidad que casi le dolía: su prima también sabía muy bien dónde tocar. Había en sus gestos una mezcla de pasión y delicadeza de la que Sirius jamás la creyó capaz. Utilizó la mano que le quedaba libre para masajear sus pechos. Los gemidos de su amante fueron tan gratificantes que pronto necesitó las dos manos. Aunque eso significó desatender la zona inferior… Bellatrix se separó de su boca y protestó:
–¡Eh! Ya sé que mis tetas son geniales, pero…
–Son perfectas –murmuró él con voz ronca mientras las masajeaba con habilidad y le lamía el cuello–, todo en ti es perfecto.
Bellatrix rió suavemente y susurró que eso se lo diría a todas. Él negó con la cabeza reclamando de nuevo sus labios.
–Te aseguro que no. Soy un gran amante, nena –replicó con arrogancia–, pero nunca hago cumplidos que no piense. No he estado con ninguna chica tan maravillosa como tú.
La mortífaga no necesitó más. Deslizó la mano por los abdominales de su primo, bajó hasta su cintura y en pocos segundos se aproximaron al éxtasis. Ya no fueron capaces de pronunciar nada más allá de gemidos, gruñidos y exclamaciones de "¡Ahí, Siri, justo ahí!" y "¡Joder, Bella, sí!". Intentaron prolongarlo lo máximo posible, ninguno de los dos había sentido jamás una conexión tan profunda. Cuando el mago advirtió que ya no aguantaba más, su prima estuvo más que de acuerdo y terminaron al unísono. Se quedaron jadeando durante varios minutos, con los ojos fijos en el techo y dificultad para respirar.
Bellatrix abrió una de las ventanas con un gesto de su varita para que entrara el aire. Durante unos minutos no se atrevieron a mirarse: habían disfrutado más que nunca pero repentinamente les invadió el miedo a haberse entregado demasiado. Permanecieron bajo las sábanas mientras Bellatrix jugueteaba nerviosa con su pulsera nueva, lo único junto con su colgante de calavera que no se había quitado.
–Nunca creí que reconocería esto de mi prima la trastornada pero… Has estado impresionante, nena, eres incluso mejor que yo.
Bellatrix sabía que alguien tan arrogante (e idiota) como Sirius jamás manifestaría eso de forma tan llana. Así que se giró hacia él y le aseguró que él tampoco la había defraudado. El mago sonrió ampliamente, la besó de nuevo y acarició sus hombros. Antes de que le volviera a subir la excitación, decidió que ahora que ya la conocía físicamente necesitaba averiguar todo lo posible de ella. Con ninguna mujer antes le había surgido esa necesidad pero... "Bah, es familia, es normal que me interese" se justificó mentalmente. Así que se incorporó ligeramente y la hizo sentarse sobre su cintura. "Cuéntame el significado de tus tatuajes" murmuró acariciándole el que llevaba en la cintura. Bellatrix nunca se los había explicado a nadie, pero decidió hacer la excepción.
–Me los hice en el callejón Knockturn, para fastidiar a mis padres. La hermana mayor de una compañera tenía un local. Están hechos con tinta mágica –explicó–, como ves, se mueven por la zona en la que están, brillan si los acaricias…
Sirius asintió fascinado. Él se los hizo en locales muggles, así que los suyos eran estáticos. Además, los de Bellatrix eran finos y elegantes, con líneas muy suaves.
–Este de la cintura es una pantera, por mi versión animaga… Como me transformé sola y no podía verme a mí misma creí que era una pantera. Hasta que tres años después me transformé ante Rod no supe que era un jaguar negro.
Sirius iba a reírse de su desconocimiento de sí misma, pero sabía lo duro que era convertirse en animago, él no lo habría logrado solo. Así que simplemente asintió con una suave sonrisa y acarició al animal que montaba guardia en su cintura. Le preguntó por qué quiso convertirse en animaga y a qué edad lo hizo. Ella se encogió de hombros, murmuró que a los dieciséis y solo por curiosidad. Él sospechó que mentía pero no preguntó. Siguió con la explicación:
–El del tobillo es una serpiente venenosa… Me gusta porque es gracioso: se enrosca sobre sí misma, se pasa el día dando vueltas ahí –comentó divertida.
–Es genial, pese a ser un león me gusta. Menos mal que se mueven solo en su zona, sería inquietante que viajaran por todo el cuerpo –comentó acariciándole el tobillo–. ¿Te lo hiciste por Slytherin?
Ella negó con la cabeza:
–Me lo hice para recordarme que pase lo que pase, cualquier serpiente está a mis pies y puedo aplastarle la cabeza.
Sirius asintió sorprendido. Aquella marca era para Bellatrix el recordatorio de que se pertenecía a sí misma y no a Voldemort. No se lo dijo, pero estaba seguro de que el único tatuaje del que se arrepentía era la marca tenebrosa.
Sin moverse de su cintura, su prima se giró ligeramente y comentó con rapidez que el de la espalda era un dragón porque le gustaban los dragones. Sirius le pidió que se girara para verlo mejor pero ella se negó. Tras unos minutos de negociación, Bellatrix se resignó y se giró. Él le apartó el pelo con cariño y contempló el dibujo sobre su omoplato derecho. Era sin duda el más bonito de todos: la silueta de un dragón volando sobre el cielo nocturno. El animal batía sus alas y las estrellas que lucían tras él tillaban de forma intermitente. Sirius comprobó que no eran puntos al azar, sino constelaciones reales. Solo había dos puntitos que brillaban permanentemente y estaban perfectamente definidos. Por las clases de astronomía supo ubicar a qué estrellas correspondían.
–¿Llevas… llevas tatuadas las estrellas de Bellatrix y Sirius? –preguntó en un susurro.
Ella se encogió de hombros incómoda. Se apartó de su cintura y volvió a tumbarse en su lado de la cama dándole la espalda. Sirius tardó unos segundos en reaccionar. Finalmente, la obligó a mirarle y se giró hacia ella mostrándole su propia espalda. En esa zona llevaba un único tatuaje: un dibujo infantil de un dragón con un saco.
–Fue el primero que me hice. Cuando salí de Azkaban no recordaba el motivo, creí que era un dibujo que hice cuando era pequeño y me hizo gracia. Pero hace unos meses recordé de dónde salió.
Bellatrix no dijo nada. Acarició con las yemas de sus dedos la silueta del dibujo que hizo en la primera postal que le regaló a su primo: el dragón con un gorro de Santa Claus que robaba juguetes para quedárselos y tener muchos juguetes. Fue incapaz de comentar nada. Sirius, viendo que la cosa se ponía demasiado intensa para ambos, volvió a girarse. Se tumbó sobre ella, le abrió las piernas y comentó:
–Ya que esto va a ser solo una noche… Mejor será que la aproveche y te demuestre mi amplio abanico de aptitudes.
–Adelante, Siri –respondió ella con una sonrisa torcida.
Estuvieron mostrando y demostrando su gran repertorio de habilidades hasta que se quedaron sin fuerzas (y ambos eran muy enérgicos). Fue ya de madrugada cuando se encontraron jadeando e incapaces de moverse. Pese a la extenuación, no se veían capaces de dormir. Sirius pensó que debía irse, ninguno de los dos querría despertar acompañado a la mañana siguiente; les sería mucho más sencillo fingir que no había ocurrido y mantener las distancias. Pero no quería hacer sentir mal a su prima. La entrada de un cuervo por la ventana le dio la salida. El pájaro soltó un paquete alargado sobre el regazo de Bellatrix y se marchó.
–¡Sabía que Rod lograría enviarme algo! –exclamó ilusionada.
Ese fue el punto de inflexión. Sirius murmuró que iba a picar algo de cena y le dio las buenas noches. La bruja respondió distraída mientras abría el regalo de su marido. Antes de salir, el mago vio que se trataba de una daga con piedras preciosas en la empuñadura: Rodolphus conocía bien los gustos de su mujer.
-Me alegro por ella, al menos es feliz con él… aunque le acabe de ser profundamente infiel –murmuró con sorna para sí mismo.
Decidió pensar en problemas más inmediatos: apenas se podía mover. Estuvo a punto de llamar a Didi para que le llevase una poción vigorizante, pero logró arrastrarse a la ducha. Después se acostó en la cama donde Marlene ya llevaba horas durmiendo.
A la mañana siguiente Harry y Sirius se despidieron de Ron, Hermione y Ginny. Habían pasado muy buenas vacaciones pero a ellos Hogwarts les esperaba. Lupin y Marlene habían partido a sendas misiones. El exprofesor quería averiguar la posición de los hombres–lobo: ellos no sabían quién mató a Greyback, su líder, y toda la especie de hallaba bastante revuelta. No estaba claro a quién culpaban ni por qué bando tomarían partido. Por su parte, Marlene era la encargada de comprobar las lealtades de San Mungo: no sabían si Voldemort querría controlarlo para liquidar más fácilmente a sus enemigos, temían que estuviese ejerciendo presión sobre la directora. Así que se marcharon a primera hora e informaron de que probablemente tardarían en volver.
A Sirius le molestaba ser el único sin funciones de campo, pero como estaba con Harry que le pedía ayuda cada poco rato, estaba bastante más calmado que en Grimmauld. De hecho, era su ahijado el que estaba de peor humor. Llevaba semanas sin saber nada de Dumbledore ni de su búsqueda de horrocruxes, sospechaba que le estaba dejando al margen. Como siempre, como cada año. Por mucho que fuese costumbre, le molestaba igual. Compartió sus inquietudes con su padrino, que si bien estuvo de acuerdo en la falta de comunicación, alegó que sus razones tendría el director.
–Ya, pero me desquicia no poder ayudar en la búsqueda –protestó el chico–. Es mi vida la que está en juego, soy yo el que tendrá que enfrentarse a él.
–Lo sé, tienes razón –concedió su padrino–. ¿Pero qué quieres que hagamos? No tenemos ninguna pista, ni siquiera sabemos seguro qué objetos pueden ser o si tan siquiera estarán ocultos en este país… Igual por seguridad Voldemort los lleva siempre bajo la túnica.
–¡Ese es el único sitio donde no estoy dispuesto a buscar! –exclamó Harry horrorizado.
Ambos rieron con amargura. Con ciertas dudas, el chico decidió expresar el pensamiento que llevaba días rodándole la cabeza:
–Creo que deberíamos contárselo a Bellatrix. Igual ella puede ayudarnos.
Sirius tardó un rato en contestar. Finalmente le recordó que Dumbledore solo le dio permiso para contárselo a Ron, a Hermione y a él.
–Ya, pero las circunstancias eran distintas. ¿Quién mejor que ella puede saber algo sobre el carácter de Voldemort? Por un motivo u otro ha pasado muchos años con él.
–Pero es muy peligroso, Harry. Hasta el final no podremos estar completamente seguros de que está de nuestra parte, de que sus acciones no tienen un motivo último… Bellatrix es extremadamente inteligente y paciente si se trata de cumplir un plan.
–Bueno, en el peor de los casos, ¿qué podría pasar? ¿Qué le contara a Voldemort que andamos detrás de sus horrocruxes? Igual eso le ponía nervioso y le hacía cambiarlos de lugar…
–¿Y si nos da información falsa y es una trampa?
–He perdido la cuenta de la de trampas a las que hemos sobrevivido este año –comentó Harry.
Su padrino tuvo que estar de acuerdo con eso. Prosiguieron el debate durante toda la mañana. Finalmente por la tarde decidieron que poco más podían perder…
–¿Estará en casa? –preguntó el chico.
–Supongo que estará entrenando. Vamos a mandarle una nota y que aparezca si le da la gana.
Sirius invocó tinta y pergamino y escribió un mensaje rápido. Con un gesto de su varita lo convirtió en un cuervo de papel que salió volando del salón. Harry había visto ese sistema de comunicación con los memorándum del Ministerio de Magia. El resto de la tarde lo pasaron debatiendo lo poco que ya sabían sobre los horrocruxes y conjeturando sobre todo lo demás. Cuando ya casi se habían olvidado de ella, apareció Bellatrix. Les miró con gesto interrogativo y Harry le dijo que querían contarle una cosa. Con cierta desconfianza y mirándolos de uno a otro, Bellatrix tomó asiento.
Bastante nervioso y sin mucho orden Harry le reveló todo: desde lo sucedido con el diario de Ryddle hasta los recuerdos que Dumbledore recopiló sobre el pasado de aquel huérfano. La mortífaga escuchó con atención, sin intervenir y sin permitir que su rostro mostrara ninguna emoción. Harry terminó el relato con las conjeturas a las que habían llegado: que quizá había uno en Hogwarts, que otros debían ser la copa y el guardapelo que Voldemort conoció cuando trabajó en Borgin&Burkes y que Dumbledore había destruido el anillo. Terminó con la esperanza de que ella diera su opinión, pero seguía sin abrir la boca.
–¿Bueno, qué? –le preguntó al final Sirius– ¿Alguna idea?
–Sí, alguna tengo –respondió ella con lentitud.
–¿Y? ¿Dónde pueden estar? –inquirió Harry con rapidez.
Bellatrix los miró de nuevo a ambos. Ella también tenía problemas de confianza… Pero al final pareció superarlos y comentó como si nada:
–Aquí, los tiene Saiph.
–¿Perdón? –preguntó Harry.
–¿Quién es Saiph? –se sumó Sirius.
La bruja se levantó del sofá y se acercó al enorme cuadro que presidía la pared del fondo. Acarició al dragón y murmuró algo que los dos magos no lograron oír. La criatura empezó a sobrevolar el paisaje montañoso hasta descender a una de las montañas. Desapareció hasta convertirse en un punto negro que se introdujo en lo que parecía ser una cueva. Estuvo ahí casi un minuto. Después, el punto negro se fue ampliando hasta que el dragón quedó de nuevo perfectamente definido. Empezó a volar hacia delante, en dirección contraria al paisaje, como si pretendiera salir del lienzo. Llevaba algo en las fauces. Cuando el cuadro se convirtió casi en un primer plano del imponente rostro del dragón, este abrió las fauces. Para sorpresa de Harry y Sirius, tres objetos salieron del lienzo y cayeron al suelo.
–Gracias, Saiph –murmuró la morena acariciando el retrato.
El animal lanzó un rugido de aquiescencia y se alejó para seguir viajando por su cuadro. Sirius y Harry lo miraban boquiabiertos. Bellatrix levitó los objetos con su varita y los colocó sobre la mesa de café.
–El guardapelo de Salazar Slytherin, la copa de Helga Hufflepuff y la diadema de Rowena Ravenclaw –comentó como si nada.
Estaban intactos, no parecían haber sufrido ningún intento de destrucción. Harry no podía apartar la vista de ellos, sus ojos no daban crédito, debía ser una broma.
–Claro que falta Nagini… Pero no podía llevármela así tal cual, Voldemort hasta duerme con ella. Y el séptimo también lo tengo por aquí, ese será divertido de destruir…
–¿Es una broma? –consiguió articular Sirius al fin.
–¿Crees que habríamos diseñado toda esta parafernalia de esconder algo dentro de un cuadro con un dragón que solo responde ante mí para gastarte una broma? Vaya ego tienes, Siri…
–No me llames Siri –advirtió él.
–Es verdad, te llamaba Sidi –comentó ella divertida al recordar que no sabía pronunciar la erre.
–¿Tú y quién más? –interrumpió Harry antes de que lo estropearan todo discutiendo.
–Rod. Es muy bueno dibujando y el único en quién podía confiar completamente. Tardó meses en pintarlo y no le conté para qué era. Él tampoco preguntó, ¡por eso somos el matrimonio perfecto!
–¿Cuánto hace que los tienes? ¿Cómo te enteraste?
–Voldemort me enseñó legilimancia y en el proceso algunas veces entré en su mente. No vi cómo los creaba, pero sí el recuerdo del que me has hablado: cuando una clienta de Borgin le enseñó la copa y el guardapelo. También sabía que Hogwarts es el único lugar que alguna vez fue su hogar, así que creí que estarían ahí. Encontré la diadema en mi último año. Y, para mi sorpresa, al año siguiente Él mismo me entregó la copa para que se la guardara en Gringotts. Ahí sentí remordimientos por traicionarle, al fin y al cabo me dio una parte de su alma…
–¿Y cómo conseguiste el guardapelo? –inquirió Sirius.
Bellatrix dibujó una sonrisa torcida y respondió:
-Por tu elfo favorito.
La mortífaga les habló de Kreacher, su amo Regulus y la cueva de los horrocruxes. El joven traicionó a Voldemort por maltratar a su elfo y murió tratando de sustraer el guardapelo. Le ordenó a Kreacher que huyera y lo destruyera. Cuando Kreacher vio que para cumplir la misión necesitaba ayuda, se la pidió a su persona favorita. Bellatrix prometió encargarse de ello y él le entregó el horrocrux con gran alivio.
–Así que ya ves, Sidi, por eso es importante ser amable con los elfos.
En esa ocasión su primo no protestó por el apodo ni por la burla. Estaba demasiado impactado con el relato sobre su hermano. Al final Regulus murió como un héroe y no como un cobarde… esa diferencia era vital para él. Se quedó sin palabras y no supo qué más decir. Así que fue Harry quien retomó el interrogatorio:
–¿Y el otro?
–¿El anillo de los Gaunt? –preguntó ella– De ese no tenía ni idea, no sabía nada de la choza de los Gaunt. Y gracias a Morgana… Por suerte fue el viejo Dumbledore quien lo encontró.
A Harry le extrañó el alivio de Bellatrix por librarse de tratar con ese horrocrux, pero lo dejó para más adelante puesto que no era esa su pregunta.
–No, me refería al séptimo horrocrux, el que dices que será divertido de destruir. ¿Cuál es?
Con una sonrisa macabra, la mortífaga respondió:
–Tú, bebé Potter.
