–¿Có… cómo? –preguntó Harry atónito– ¡Yo no puedo ser un horrocrux!
–Lo eres. Eso era lo que pretendía cuando quiso asesinarte de bebé: usarte para crear un séptimo horrocrux. Pero como falló, el pedazo de su alma que ya se había desprendido tuvo que alojarse en ti. Era solo una hipótesis, pero la comprobé en cuanto empecé a interactuar contigo.
Harry lo comprendió de golpe: por eso sentía esa extraña afinidad y casi veneración hacía Bellatrix. No se debía como creía él a que Voldemort implantara recuerdos falsos en su mente, sino a que directamente tenía implantado un trozo de Él. Pero si cuando el basilisco le mordió el horrocrux no se destruyó… con estar herido no era suficiente.
–Tengo que morir o Voldemort será inmortal para siempre –sentenció con tono lúgubre.
–¡No, Harry, tú no vas a morir! –exclamó Sirius de inmediato.
Bellatrix no dijo nada. Sirius se lanzó a asegurarle a Harry que encontrarían otra forma y no habría problema. El chico asintió más para tranquilizar a su padrino que a sí mismo. Cuando la mortífaga estaba a punto de levantarse para escabullirse, el animago le preguntó por qué no había destruido los tres que tenía.
–Porque corro el riesgo de que se dé cuenta. En teoría no siente nada si se destruye uno, pero su alma está ya tan corrupta que nunca se sabe… Quizá si me cargo los tres se lanzará a comprobarlos todos y tendremos problemas. Pero puedo ejecutar un fiendfyre en cualquier momento y solucionado. Hasta entonces…
La bruja recogió los tres objetos, se acercó al cuadro y el dragón volvió a acercarse. Los horrocruxes atravesaron el lienzo y Saiph los ocultó de nuevo en las montañas. Harry y Sirius no objetaron. Estaban tan sorprendidos y preocupados que no les dio tiempo ni a manifestar su desconfianza.
–¿Cómo te enteraste de su existencia? –preguntó Harry al fin.
–Por Slughorn. Necesité varios ingredientes para la poción de animaga, me colaba en su despacho para robarlos. En una de estas le vi abriendo una especie de caja de seguridad en la que guardaba un recuerdo. Lo vi y se trataba de su conversación con Tom Ryddle sobre los horrocruxes. Así lo supe. Se lo conté al viejo Dumbledore… a cambio de que me diera un par de clases prácticas sobre varios conjuros de su invención.
Harry asintió. Eso respondía a varias preguntas: ya sabía cómo consiguió Dumbledore ese recuerdo y también confirmaba que el mago había enseñado a Bellatrix personalmente. Pero aún le quedaban algunas dudas…
–¿Por eso cuando me enseñaste oclumancia te interesaban tanto los recuerdos sobre Dumbledore?
Bellatrix le miró y se mordió el labio con dudas. Al final simplemente respondió:
–No, no era por eso.
Los dos la miraron apremiantes, pero ella decidió que ya se había sincerado suficiente. Harry le suplicó que se lo contara alegando que estaban en el mismo equipo. Bellatrix se burló recalcando que seguían sin confiar en ella. El chico le recordó que acababa de contarle lo de los horrocruxes –el mayor secreto que conocía– porque creía que ella no estaba al tanto. La mortífaga ladeó la cabeza pensativa.
–Vamos, Trixie, ¿no se lo vas a contar a tu perrito favorito? –comentó Sirius con una sonrisa burlona.
No la llamaba así desde que tenían diez años. Su prima le miró con desprecio. Pero aún así, sorprendentemente funcionó.
–Lo que os voy a contar no se lo podéis revelar a nadie. A nadie. Ni a Dumbledore, ni a tus amigos, ni a tu fulana.
–No llames a Marlene…
–A nadie –le cortó Bellatrix–. ¿Lo juráis?
Algo sorprendidos por el secretismo, ambos asintieron. Bellatrix sabía que eran hombres de palabra, por la tontería de los gryffindors de la honestidad y todo eso… Así que cogió aire y confesó:
–Dumbledore no va tras los horrocruxes, tampoco Voldemort. Quieren otra cosa.
-¿El qué? –inquirió Harry.
-El chivatoscopio de Grindelwald.
–¿Cómo? –preguntó Sirius desconcertado– Se sabe que tenía una calavera con la que transmitía sus visiones, pero nada de un chivatoscopio…
–Lo guardó en secreto. Era muy inteligente y sabía lo peligroso que sería que se lo robaran. No era como el resto de esos chismes, que tan solo detectan cuando hay magos tenebrosos cerca. Lo diseñó el propio Gellert. Utilizó diversos materiales para tallarlo: huesos humanos (posiblemente del cadáver de Merlín, ya que la famosa calavera era suya), piedras y cristales con propiedades mágicas y otros que nunca reveló a nadie.
–¿Encontró el… el cadáver de Merlín? –preguntó Sirius epatado.
–Así es, sus huesos conservaban bien la magia y le fueron muy útiles para sus proyectos.
Harry no sabía si sentirse admirado o asqueado. Bellatrix prosiguió la explicación. Además de detectar a las personas poco fiables, el chivatoscopio de Grindelwald tenía otras propiedades:
- Al hacerlo girar sobre la palma de su mano doblegaba la mente de toda criatura que estuviese cerca y la sometía a su voluntad. Así es como armó su ejército de inferi: no está en la naturaleza de esos monstruos obedecer, simplemente matan, pero él logró que le reconocieran como amo. De haber tenido tiempo hubiese podido controlar a trolls, dragones, gigantes…
–¿Por qué no tuvo tiempo?
–Estaba trabajando en ello cuando en una de sus visiones supo que Dumbledore se enfrentaría finalmente a él. Entonces retomó la búsqueda de las reliquias de la muerte.
–¿Las qué? –inquirió Harry.
Bellatrix puso los ojos en blanco ante su incultura y Sirius murmuró que luego se lo explicaría. La bruja continuó:
–Y así fue: Dumbledore lo derrotó y lo encerraron en su propia prisión. El resto son elucubraciones: anticipando su derrota, debió esconder el chivatoscopio. Creo que separó las piezas que lo conformaban para que nadie más lograra juntarlo. Hasta donde yo sé nunca volvió a aparecer y solo Dumbledore y Voldemort saben de su existencia. Llevan décadas buscando las piezas: Voldemort por su poder para dominar a las masas y Dumbledore supongo que para evitar que lo consiga Voldemort. Posiblemente ambos tendrán alguno de los fragmentos necesarios para volver a montarlo…
Los dos magos la miraban sin saber qué preguntar primero. Sirius quiso saber si alguien había acudido a la fuente: Gellert podía seguir vivo en la prisión de Nurmengard. Bellatrix negó con la cabeza. Grindelwald fue un gran oclumente y jamás confesaría nada. Tras su derrota, lo único que deseaba era la muerte. Cualquier intento de hacer hablar a un anciano que lo perdió todo décadas atrás sería una pérdida de tiempo.
–Claro… Ir hasta los Alpes, buscar dónde demonios está la prisión (no aparece en los mapas) y encontrarte con un viejo que no va a contarte nada sería bastante deprimente –murmuró Sirius–. ¿Y cómo te enteraste tú? ¿Por Voldemort?
Ella negó con la cabeza.
–¿Sabéis quién fue Vinda Rosier?
–La lugarteniente de Grindelwald –respondió su primo.
–La lugarteniente de Grindelwald... –repitió Bellatrix– Y mi abuela materna.
–¡¿Cómo?! –exclamó Sirius– No puede ser, yo lo hubiese sabido. No conocí a tu abuela porque vivía en Francia pero se llamaba Isabelle, ¿no?
Su prima negó de nuevo y comenzó con otra historia:
–Vinda creía profundamente en la preservación de la sangre y cuando conoció a Gellert creyó que junto a él lograría su propósito de desterrar a los sangre sucia. Él la trataba como a una igual, no era como Voldemort conmigo: la respetaba y la tenía muy en cuenta. A cambio de unirse a su causa, ella le pidió algo había deseado toda su vida: asegurar que el apellido Rosier perdurara. Él se lo concedió y tuvieron una hija a la que llamaron Druella.
–¿Tu madre era hija de Grindelwald? –preguntó Sirius atónito.
–Sí, pero no la criaron ellos. Mi abuela quería preservar el apellido, pero no albergaba ningún deseo de ser madre. Así que le entregó el bebé a su hermana Isabelle que la crió como si fuese suya. No le mintió: Druella sabía quién era su madre, pero por seguridad era mejor mantenerlo oculto. Tras la derrota de Grindelwald Vinda fingió su muerte a manos de los aurores. Logró engañarlos y huyó a Francia donde se cambió de nombre y se encerró en el castillo de los Rosier del que ya nunca salió. Mi madre fue a visitarla un par de veces. No tenían buena relación, al fin y al cabo Vinda la abandonó, pero compartían valores y apellido, así que…
–¿Le habló a Druella del chivatoscopio?
–No. A los catorce años mis padres se cabrearon conmigo y me enviaron a pasar el verano a un "Centro de Reeducación para Jóvenes Brujas Trastornadas" en Francia. El nombre era un eufemismo porque "Cárcel de Menores Dirigida por Sociópatas" sonaba menos comercial –ironizó ella.
–¿Qué hiciste para que te mandaran ahí?
–Me salté la reunión familiar de principios de verano para comerme la boca con alguien que no tenía la sangre muy pura… Bueno, en realidad sí: era puramente muggle.
–¿Perdón? –inquirió Sirius incrédulo– ¿Te liaste con un muggle? ¿Tú? ¡¿La gran noble y ancestral Bellatrix Lestrange?!
–Una. Una muggle –corrigió ella burlona–. Se llamaba Eleanor y estaba tan tremenda que me dio igual que fuese muggle. ¡Es que ni siquiera me gustan las mujeres! Pero lo de esa chica era… A veces me pregunto qué fue de ella.
Viendo las mandíbulas descolgadas de los dos magos, la bruja volvió a la realidad.
–El caso es que el Centro no me gustó y opté por escaparme al segundo día. Fue mi primer fiendfyre –recordó con una sonrisa melancólica–. No quería volver a casa y sabía que el castillo de los Rosier estaba por esa zona, a las afueras de Marsella. Mi madre siempre nos decía que llevaba años deshabitado (jamás nos habló de Vinda), así que decidí pasar ahí el verano.
–¿En un castillo deshabitado? ¿Tú sola con catorce años? –preguntó Harry.
–Sí –respondió ella encogiéndose de hombros–. Siempre he estado sola, me pareció un buen plan. Pero resultó que no estaba deshabitado… El susto que nos llevamos mi abuela y yo al encontrarnos una noche en uno de los salones fue grandioso. A ambas se nos cayó la botella de whisky. Quiso echarme, a esas alturas solo deseaba estar sola, pero la reconocí. Siempre me han fascinado las artes oscuras y Grindelwald fue un gran exponente, así que lo sabía todo sobre él. Le advertí que o me dejaba quedarme sin avisar a mis padres o haría pública su milagrosa resurrección.
–Eso, chantajeando a tu yaya –comentó Sirius burlón.
–Vinda me trató con desprecio e indiferencia la primera semana. La segunda me encontró cotilleando su biblioteca privada y quiso castigarme. Y ahí, queridos bebé y pulguitas, fue cuando le enseñé a la buena de Vinda lo bien que sienta recibir un crucio a los ochenta años.
–Joder… –exclamó su primo– ¿Qué hizo ella? ¿Te echó?
Bellatrix negó y sonrió con orgullo.
–Me dijo que era la hija que desearía haber tenido. Una guerrera, no una madre y esposa devota preocupada únicamente por las apariencias. Durante el resto del verano me enseñó todo lo que aprendió de Grindelwald y me habló del chivatoscopio. Volví siempre que pude hasta que murió hace diez años. Le prometí que no dejaría que la preciada creación de Gellert cayera en manos del mago que le derrotó o en las del mago que predijo que le asesinaría un día.
–¿Grindelwald predijo que Voldemort le asesinaría?
–Sí. Por eso cuando me presentaron a Voldemort, pese a la desconfianza que me generaba, acepté que fuese mi maestro para obtener información. Y para aprender de él, eso también. Cuando vi sus recuerdos me emocioné creyendo que quizá la copa y el guardapelo tenían algo que ver con el chivatoscopio… Fue una decepción conseguirlos y comprobar que no escondían piezas de nada, sino que eran horrocruxes.
–¿Cómo supieron Voldemort y Dumbledore de la existencia de ese objeto? –inquirió Sirius.
–Voldemort lo supo por Nagini, esa serpiente sabe mucho más de lo que parece… Y Dumbledore porque, bueno, al haber sido amantes compartieron cama y también confidencias.
–¡¿PERDÓN?! –chilló Harry– ¿¡Dumbledore estuvo con el dictador genocida más peligroso de todos los tiempos!?
–Sí, podemos decir que Gelly lo ensartó con su varita cárnica –comentó la bruja divertida.
Sirius se echó a reír pero tuvo que confirmarle a Harry que él también oyó rumores aunque nunca quiso creerlos. Bellatrix concluyó su discurso:
–Esa ha sido mi misión siempre. Llevó décadas buscando el chivatoscopio como le prometí a mi abuela (no es que sea yo una sentimental, es que lo de controlar a las bestias no suena mal), pero no lo he conseguido. Aunque a estas alturas ya me contento con saber que Voldemort y Dumbledore seguramente tampoco lo completarán.
–Dumbledore es muy poderoso –apuntó Harry–, si alguien puede…
–Dumbledore va a morir –sentenció la mortífaga–, le quedan pocos meses. Lo que me has contado sobre el anillo horrocrux ha completado el puzle: Voldemort lo maldijo para que envenenase a quien se lo pusiese, conozco el maleficio. Por eso ahora tiene la mano negra, inerte… Es un milagro que todavía siga vivo. Calculo que no llega al verano.
–¡NO! –exclamó Harry– ¡No es posible, no nos puede abandonar, no me puede dejar solo!
Hubo un debate de varios minutos en los que el chico se negó a aceptar la evidencia. Finalmente abandonó el salón a toda velocidad intentando contener las lágrimas. Por desgracia, no creía sus propias declaraciones: aquello concordaba con el extraño comportamiento del director durante los últimos meses, sus ansias por acelerar la búsqueda de los horrocruxes y su decrépito estado físico. Ahora lo entendía todo y necesitaba estar solo. Su padrino lo comprendió, así que no lo siguió y se quedó mirando a su prima. Optó por recurrir al humor como hacían siempre:
–¿Así que Eleanor, eh? ¿Cómo encaja eso con tu venerado Toujours Pur?
–A mí me dejaba llamarla Nellie –respondió Bellatrix con una sonrisa-, fue mi primera relación, aunque solo duró unos meses. Su familia tenía una pastelería en la calle que da al Caldero Chorreante y la conocí yendo ahí. Siempre he creído en la pureza de sangre, pero en ningún sitio está escrito que no puedas poner en pausa tus ideales para comerle la boca a una adorable muggle.
-Siempre has estado fatal, Trixie –respondió su primo también sonriendo.
-Lo sé, Sidi.
Hubo una pausa tras la que Sirius murmuró:
-Quizá murió en la primera guerra.
-¿Qué? –preguntó Bellatrix desconcertada.
-Eleanor, tu amiga. Voldemort mató a cientos de muggles durante la primera guerra, sobre todo a los que vivían próximos a zonas mágicas.
Por un segundo, el rostro de la mortífaga se ensombreció. Pero enseguida le miró con indiferencia y comentó: "Era solo una muggle". Sirius casi se lo creyó.
Bellatrix se marchó para hacer vaya Merlín a saber el qué y él se fue a dar una vuelta por los bosques para procesar los nuevos descubrimientos. Como Marlene y Lupin seguían en sus respectivas misiones, por la noche Harry y Sirius cenaron con Nymphadora y su padre. A los primeros se les hizo raro actuar como si nada después de lo que les había contado Bellatrix (sobre todo lo referente a Dumbledore), así que estuvieron bastante callados. Si los Tonks los notaron raros debieron atribuirlo al clima de guerra y no hicieron comentarios.
Harry optó por acostarse pronto con la esperanza de que la mañana infundiese algo de luz sobre sus ánimos. Sirius se quedó un rato bebiendo con Ted que le habló de Andrómeda, de Lupin como novio de su hija y de sus angustias por la guerra. El animago asintió distraído incapaz de prestarle atención.
-Bueno, me retiro. Mañana he quedado con Kingsley para visitar a unos parientes en Irlanda que igual pueden unirse a la Orden.
-Muy bien, buenas noches –murmuró Sirius.
Se sirvió otro whisky y dejó que su vista vagara por los ventanales. Fuera nevaba con profusión y pese a la chimenea hacía bastante frío. No obstante, gracias a que el alcohol lo calentaba él no sentía nada. Reflexionó sobre Dumbledore y Grindelwald, sobre los horrocruxes y el chivatoscopio, sobre el alma de Harry ligada a Voldemort… Cuando la angustia lo superó, su mente buscó un tema que le hiciese sentir mejor.
Bellatrix se parecía más a él de lo que nunca hubiera pensado: sus padres la castigaron (o lo intentaron) por relacionarse con muggles, se hizo tatuajes para fastidiarlos y siempre se sintió sola. Eso también le pasaba a él, incluso cuando tenía a James. Obviamente deseaba que la guerra terminara y todo se solucionara, pero llegado ese momento, ¿qué sería de él? Harry formaría su propia familia al igual que Remus y Tonks. Él se quedaría solo, sin trabajo ni ocupación. Sí, su ahijado le invitaría a comer los domingos, ¿pero qué haría el resto de la semana?
-Beber hasta perder la escasa consciencia que tengo –masculló con amargura.
Chasqueó la lengua con fastidio. Aquello ya no era Hogwarts, ni tan siquiera Azkaban; aquello era su vida y resultaría hasta el final un cúmulo de infortunios vacío de contenido. Tras esa conclusión, decidió que por esa noche ya estaba lo suficientemente borracho. Se arrastró hasta su habitación y se acostó.
Despertó una hora después con una pesadilla en la que tenía que torturar a Harry para sacar a Voldemort de su cuerpo. Se levantó de la cama empapado en sudor. Tras darse una ducha para relajarse, se transformó en perro y decidió vagar por la casa (fuera seguía nevando y hacía demasiado frío). Sin darse cuenta llegó hasta una puerta que se abrió ante él. Se trataba del jardín interior en el que Bellatrix solía reposar. A esas horas la mortífaga estaría en la cama (o en la calle matando gente), así que entró.
Como era de noche, toda la habitación había oscurecido, solo la luz de las estrellas titilaba donde debería haber estado el techo. En un rincón ardía un generoso fuego. Ese rincón estaba alejado de la zona ajardinada y decorado como un salón normal: con una alfombra de pelo y un par de sofás. Se acercó y comprobó sorprendido que en la alfombra dormitaba el jaguar que ya le era familiar (literalmente). Le hizo gracia que Bellatrix también durmiese mejor en su forma animal. En cuanto se le acercó, abrió un ojo y gruñó con fastidio.
El perro lo meditó unos segundos. Finalmente, agitando la cola alegremente se pegó a la animaga y se hizo un ovillo junto a ella. Bellatrix volvió a proferir un bufido de protesta, pero no se movió y cerraron los ojos. Esa noche ambos descansaron sintiendo el calor y la protección de quien tan solo unos meses antes fue su enemigo mortal.
