Sirius no sabía qué sentía por Bellatrix. Si la quería o la odiaba. Si eran celos o recelo. Si la desconfianza era real o infundada. Si la valoraba como amiga, como prima, como amante o algo más. Lo único que tenía claro era que la echaba de menos. Cierto que no habían pasado apenas tiempo juntos, pero aún así saber que estaba en la mansión antes le tranquilizaba. Ambos estaban solos (aunque él tenía a Harry y ella a Bóreas, pero la compañía era limitada) y se enfrentaban a un futuro bastante precario. Pero ahora ya no; ahora Bellatrix volvía a tener a su marido, una familia y una motivación para luchar. Y a él se le había escurrido entre las patas incluso el pequeño consuelo de dormir enroscado junto al jaguar.
No habían hablado de su acalorada sesión de sexo. De nuevo había sido sexo y nada más. Ambos se habían imbuido tanto de su mitad animal que ahora los guiaban sus instintos y nunca su raciocinio: se dejaban arrastrar por sus pasiones para evitar así cualquier diálogo o disyuntiva moral. Y Bellatrix parecía satisfecha con ese sistema. Él intentó centrarse en Marlene, pero se descubría suspirando aliviado cada vez que la rubia se marchaba a alguna misión. Así que ni se le ocurría fantasear con un futuro juntos, de momento era más una unión por supervivencia, por no tener que enfrentarse a la cama vacía y al futuro desierto.
Al principio creyó que Bellatrix fingía, que el afecto conyugal era una farsa (pese a la aguda observación de Harry sobre la no-estancia de Lestrange en Azkaban). Pero por desgracia encontró pruebas de lo contrario. Fue una tarde que bajó a la Biblioteca en busca de un libro que le había pedido Shacklebolt. Mientras se perdía entre las estanterías, no le extrañó descubrir a Rodolphus en un sofá leyendo junto a uno de los ventanales. Lo que sí le sorprendió fue ver que junto a él descansaba el jaguar como si de un gato mimoso se tratase. Tenía la cabeza apoyada en su regazo y ronroneaba de placer con los ojos cerrados mientras él le acariciaba el cuello.
-¿Querías algo, Black? –le preguntó Rodolphus sin levantar la vista del libro.
Sirius se dio cuenta de que llevaba varios minutos contemplándolos. El animal abrió los ojos y gruñó mirando al intruso. Sirius sacudió la cabeza, dio media vuelta y se marchó.
-Vaya injusticia: yo pido que me rasquen la panza cuando me convierto en Canuto y me dicen que es raro… Y la trastornada de mi prima tiene su propio esclavo -mascullaba por los pasillos-. Lo llego a saber y acepto un matrimonio concertado.
Desde ese día evitó con más intención visitar la biblioteca. Sin embargo no consiguió esquivarlos. Una noche, cuando Marlene ya dormía, se escabulló de la cama en busca de whisky. Como en el salón habitual no encontró, vagó en busca de otro. Fue a parar a la habitación refugio de Bellatrix. Y ahí estaban, en la misma posición. En cuanto se acercó, el jaguar gruñó. Rodolphus ni se inmutó.
-¿Dónde hay whisky? –preguntó con brusquedad.
El mortífago no levantó la vista del libro. Sirius sintió una punzante rabia al verse ignorado, pero comprendió que esa no era su casa y esas no eran las formas. Pensó en marcharse, pero de verdad, de verdad necesitaba alcohol. Así que tragándose su orgullo le preguntó a Rodolphus dónde podía encontrar whisky ya que su reserva personal se había agotado. Con un gesto de varita del rubio, una botella salió de uno de los aparadores y voló a las manos de Sirius.
-Gracias –respondió él dispuesto a marcharse.
Pero entonces optó por fastidiar a su prima. Se lo merecía: tenía un rascador personal, no podía encima dejarla disfrutar de tanta paz. Se sentó en un sofá frente a ellos e invocó un vaso para servirse el alcohol. Rodolphus había retomado su lectura pero el jaguar no dejaba de emitir un gruñido de baja intensidad. Sirius le dedicó una sonrisa y se arrellanó más en el sofá. Al final el jaguar se rindió y cerró los ojos mientras Rodolphus le rascaba el cuello. Pese a que los odiaba –sin saber ya por qué motivo- era hipnótico contemplarlos. Estuvieron en silencio largos minutos, hasta que Sirius, ya algo borracho, comentó:
-Es mejor detrás de las orejas.
A él le resultaba mucho más agradable que le rascaran ahí, sin duda era el mejor sitio. No creyó que Rodolphus le contestara, pero el mortífago murmuró:
-No, eso no le gusta. Mira.
Subió su mano a la cabeza del jaguar y se centró en la zona de las orejas. Enseguida el animal gruñó, alzó la pata y de un zarpazo bajó el brazo de Rodolphus a su cuello.
-No controla su fuerza… –comentó retomando su lectura-. Ni sus garras. Tengo más cicatrices por no rascar en el lugar correcto que por fallarle a Voldemort.
Sirius sonrió sin poder evitarlo. Quería odiarlos, pero eran la pareja más adorable que había visto. Continuó bebiendo en silencio. Dos vasos después decidió que necesitaba comprobarlo, pero sus amigos jamás le harían el favor. Esas cosas eran más sencillas con un desconocido… Aunque el marido de su prima (con la que se había acostado) era la peor opción posible. Por otro lado parecía que a Rodolphus todo le daba igual, así que…
-Por curiosidad científica y para certificar que Bellatrix no entiende de los sitios óptimos para ser rascado…
Se transformó en perro y se acercó al sofá. Creyó que Rodolphus le ignoraría y lo hizo. Sin embargo, pese a no levantar la vista, levitó el libro y con la mano que le quedó libre le acarició el cuello. "¡Oh, sí!", pensó el animago cerrando los ojos, "¡Maldita sea, tiene razón, el cuello es mejor que detrás de las orejas! Aunque igual es porque…". En ese punto soltó un aullido de dolor y su pensamiento se esfumó. Abrió los ojos y comprobó que el jaguar le había dado un zarpazo y le miraba profundamente indignado. ¡Qué era eso de robarle a su rascador! Bellatrix no pensaba compartir a su marido.
Sirius no supo si era por hacerla rabiar o porque Rodolphus Lestrange era el mejor acariciador de animales del mundo, pero no se movió. Sucedió a tal velocidad que su cerebro ni siquiera procesó cuándo el jaguar se abalanzó sobre él. Rodaron por el suelo varios metros. Se dieron zarpazos, se mordieron, se pisotearon, se persiguieron… Rodolphus ni siquiera los miraba. De hecho, parecía más tranquilo ahora que podía leer en paz mientras los dos primos corrían entre los árboles demostrando que eran verdaderamente animales.
No se provocaron ninguna herida -y no fue fácil, ya que el jaguar tiene el mordisco más potente de los grandes felinos-, aún así fue agotador. Cuando dieron el conflicto por terminado Rodolphus se había ido a dormir hacía rato. No se dirigieron ni una mirada de despedida: ambos se marcharon hacía sus respectivas habitaciones en su forma animal con la cabeza bien alta y agitando el rabo. Probablemente por el agotamiento tras el conflicto, durmieron profundamente.
Sirius se hizo adicto a ese juego. Cuando todos salían a sus misiones y Harry estaba ocupado con sus estudios, vagaba por la casa en su forma canina. En la biblioteca solía encontrar a los Lestrange y él se acercaba intentando que el mortífago le acariciara como a su prima. Era tan divertido que el pensamiento de "Esto es demasiado raro" había quedado sepultado. Ella le atacaba y entonces se perseguían.
Pero un día Bellatrix estaba demasiado cansada (o deseaba demasiado su ración de caricias) y se rindió. Así que aprovechando lo enorme que era el sillón, el perro se acomodó al otro lado de Rodolphus. El mortífago hechizó el libro y los periódicos que estaba consultado para que levitaran y sus páginas se pasaran solas. Con la mano derecha acariciaba al jaguar y con la izquierda al perro. A él también debían gustarle los animales y después de vivir con Voldemort ya ninguna situación le resultaba incómoda.
Se convirtió casi en un ritual para los tres, de forma natural y sin hablarlo nunca. De hecho, resultaba más incómodo para el resto de habitantes, como comprobaron una tarde que Lupin apareció en la biblioteca buscando a Sirius. En su lugar encontró a Rodolphus, tan desinteresado en la realidad como de costumbre, con un enorme y fiero animal negro a cada lado. Ambos ronroneaban satisfechos, el perro agitaba sus patas y el jaguar se mordía la cola de placer.
-Buenas tardes, Rodolphus, ¿sabes dónde…? –empezó el hombre lobo.
Se interrumpió al comprobar que los bultos negros no eran mantas ni cojines. Los miró con la mandíbula a medio abrir y murmuró:
-Es que no voy ni a preguntar.
Se giró y se marchó. Sirius se partió de risa por dentro pensando en lo rocambolesco que resultaba aquello. Sin embargo, una noche se encontró a Bellatrix sola, bebiendo whisky en su forma humana.
-Dame un poco –pidió él.
-¿No te vale con robarme a mi marido que también tienes que robar mi whisky? –le espetó ella.
-Es que tu marido tiene unas manos de oro.
-No te haces una idea –respondió Bellatrix con una sonrisa sucia.
Por lo que fuese, cinco minutos después estaban desnudos sobre la alfombra realizando otro acto bastante animal. Al terminar, como siempre, se marcharon sin mirarse. En esa ocasión Sirius se sintió más culpable: pese a intentar con todo su ser odiar a Rodolphus no lo conseguía. Pero es que su prima y el magnetismo que irradiaba por cada poro de su piel resultaba irresistible. Con ese pensamiento se justificó a sí mismo y su mal engrasado sentido de la moral quedó satisfecho.
Dos días después volvió al sofá en forma de perro para que el marido de su prima/amante le rascara el cuello. Pero ese día algo cambió. Canuto estaba casi dormido del placer y la relajación, así que tardó en reaccionar. Al parecer Rodolphus estaba intentando que Bellatrix volviera su forma humana.
-Bella, Bella, transfórmate.
El jaguar emitió un gruñido de protesta.
-No te voy a contar nada así, mi tolerancia ante lo absurdo no alcanza para conspirar con un felino gigante.
Le costó unos minutos más de negociación, pero al final una Bellatrix humana bastante enfurruñada apareció a su lado. Sirius la imitó, quedaba muy raro ser el único animal. Rodolphus les mostró varias noticias de periódicos que había consultado esos días. Había ejemplares del Profeta pero también de diversas publicaciones mágicas de Gales, Irlanda y Escocia.
-Mirad, todos estos artículos hablan de criaturas mágicas que de normal viven en soledad pero últimamente parecen comportarse en forma gregaria.
-Bueno… Los gigantes sí que viven en grupo, aunque sea por supervivencia… -apuntó Bellatrix hojeando uno de los reportajes sobre el incremento de miembros de las familias de gigantes- Y los hombres-lobo también.
-Pero mira, esta noticia es de trolls –apuntó Sirius cogiendo otra-, esos sí que no se juntan nunca. Ni los kappas…
-Ni las arpías, ni las banshees, ni los boggart –enumeró Rodolphus señalándoles un artículo tras otro.
Comprobaron que todas esas noticias trataban de avistamientos de grupos de criaturas a las que de normal nunca se veía en grupo.
-Llevo varias semanas recopilándolos, no llaman la atención porque como veis son artículos pequeños (en muchos casos una simple columna) de diferentes periódicos y fechas. Es difícil darse cuenta a no ser que sepas lo que buscas…
-¿Pero por qué es interesante? –preguntó Sirius- ¿Por qué se comportan así?
-Por la guerra –apuntó Rodolphus-, se están preparando.
-No es posible. Los trolls son muy estúpidos, es difícil alterar su comportamiento… Y además es una guerra de magos y brujas, las criaturas mágicas no tomarán partido porque no tienen nada que ganar –elaboró el mago.
Bellatrix, que leía a toda velocidad un artículo tras otro, abrió la boca finalmente y murmuró: "Lo tiene". Su marido asintió. Su primo le pidió un poco de desarrollo.
-Voldemort tiene el chivatoscopio de Grindelwald. Supongo que gracias a Nagini, lo conseguiría ella y lo han guardado en secreto. Se están preparando para la guerra intentando reunir aliados.
Sirius guardó silencio unos segundos procesando la información. Al final apuntó con cautela:
-Si realmente pudiera hacer eso… Si realmente pudiese reunir a una sola raza de esas, podría lanzarse a la batalla ya mismo. No tenemos nada que hacer contra un ejército de inferis o kappas…
-No tiene el chivatoscopio completo. Ya te dije que está formado por varias piezas y sé con seguridad que no las tiene todas. Tendrá la carcasa y alguno de los elementos que la forman… Basta con eso para empezar a manipular las mentes de las criaturas, pero lo necesita entero para controlarlas por completo, sobre todo a las más agresivas. Si lo consiguiera… Con la varita adecuada y los conjuros que conoce podría dominar hasta dragones, Sirius.
-Demasiado arriesgado, aunque los controle lo arrasarían todo –apuntó Rodolphus-. Además no los necesita: el poder de Voldemort sumado al del invento de Grindelwald podría suponer que controlara a los magos y brujas. A todos. Para que nos matáramos entre nosotros y cumpliésemos su voluntad. Al fin y al cabo somos una raza más y en absoluto la más poderosa…
Hubo varios minutos de angustioso silencio. Sirius intentaba buscar una explicación, cualquier cosa que invalidara esa teoría, pero siendo realista y conociendo a Voldemort encajaba demasiado bien. A no ser que… ¿Y si el chivatoscopio no existía y todo era un invento de Bellatrix? Hasta ese día lo había pensado, pero ni siquiera la mortífaga tenía control sobre la prensa internacional y todos esos artículos confirmaban que sucedía algo extraño.
Un piso más arriba Harry también estaba molesto. Incluso paranoico: mientras caminaba de un lado a otro de su habitación (le llevaba casi un minuto dado su tamaño), tuvo la sensación de que alguien había revuelto entre sus cosas. Lo cual sería complicado porque él era bastante desordenado y había convertido su cuarto en una leonera… De todas maneras esa era la menor de sus inquietudes: hacía semanas que no sabía nada de Dumbledore, ya solo acudía a algunas reuniones y a él apenas le dirigía la palabra. Había querido preguntarle por los horrocruxes, si los seguía buscando o sabía algo más, y también por su mano: le prometió contarle la historia "más adelante" pero eso no sucedió. Empezaba a sospechar que el director lo evitaba (como siempre), lo cual confirmaba la veracidad del discurso de Bellatrix.
-No quiere hablar sobre los horrocruxes porque en realidad lo que busca es el chisme de Grindelwald –murmuraba Harry-. O quizá lo que no quiere es contarme que se está muriendo y me va a dejar solo… Claro que tengo a Sirius… y Bellatrix también está siendo de ayuda, pero a este problema (como a todos los demás) me arrastró Dumbledore…
Hasta Sirius, que solía restarle importancia a esas conspiraciones y dudaba bastante de la palabra de su prima, le concedía la razón en ese asunto. Sin embargo, tuvo oportunidad de resarcirse durante una reunión de la Orden. Dumbledore acudió y Snape también. El profesor de pociones echaba humo por su inusualmente grande nariz. Al llegar a la mansión se había encontrado a Harry jugueteando con la snitch de su padre que le legó Bellatrix. El flashback de su archienemigo le llegó tan raudo a Snape que le apuntó con su varita en un gesto instintivo. Tuvo la mala suerte de que Sirius y sus siempre certeros puñetazos estaban también en el recibidor. Cada vez que lo veía recordaba cómo hacia tres años Snape quiso entregarlo a los dementores y que despidieran a Harry y a sus amigos para que a él le dieran una Orden de Merlín. Maldito cobarde…
-De verdad, Quejicus, te estás llevando ahora todos los palos que no te pude dar de joven…
Por suerte antes de que recibiera otro golpe apareció Dumbledore, que les ignoró como si fuese normal que Snape estuviese besando el suelo. Les indicó que por favor no se demorasen: quería llegar pronto a la cena para que Sprout no le robara su ración de pavo. Así que unos más sonrientes que otros acudieron a la sala de reuniones. El tema era el de siempre: no sabían dónde se encontraba Voldemort –hacía semanas que Snape no sabía de Él- y eso era peligroso. Lupin y Marlene hacían cábalas sobre posibles escondites. La bruja pensaba que estaría en el extranjero reclutando seguidores y el hombre-lobo por el contrario sospechaba que no querría alejarse de Harry, pues su deseo era matarlo cuanto antes.
-Estoy con Remus, Voldemort es un cobarde –apuntó Sirius-. Cada día que pasa Harry conoce más hechizos y se hace más fuerte, querrá matarlo cuanto antes.
-Creo que exageramos el valor de Potter. El Señor Oscuro tiene cosas más importantes que hacer que acecharlo entre los arbustos… Lleva meses sin intentar nada –recordó Snape.
-Porque Harry lleva meses sin salir de casa –apuntó Sirius-. Yo antes intentaría matar a alguien en Hogwarts o en Gringotts que en una mansión protegida por prima. Estará todo lo mal de la cabeza que queráis, pero con los maleficios protectores es infalible.
Tuvieron que estar de acuerdo en eso.
-¿Y si Voldemort está buscando algo más? –aventuró Harry mirando al director- Si va a haber una guerra necesitará todas las armas posibles, con la de veces que ha fallado no se arriesgará a luchar sin tener una snitch bajo su manga… -comentó blandiendo la de su padre ante un Snape que aún se frotaba la adolorida mandíbula.
A todos les extrañó que el joven interviniera. No siempre acudía a las reuniones (prefería ahorrarse las discusiones y escuchar los resúmenes de Sirius insultándolos a todos) y cuando lo hacía apenas intervenía, prefería dejar hablar a los adultos. Así que cuando sugirió que Voldemort igual tenía un arma secreta a todos les chocó bastante. El director le miró con sorpresa y Snape con desconfianza.
-¿Qué te hace pensar eso? –preguntó lentamente el maestro de pociones.
El chico se encogió de hombros como si fuese una idea al azar. Lo que buscaba era provocar a Dumbledore para que se diera cuenta de que aunque lo dejase al margen, tenía sus fuentes.
-No sé, siempre anda buscando cosas. La piedra filosofal, su diario, la profecía… Cuando resucitó buscó hasta huesos de su padre, le gusta aparecer siempre con algún accesorio nuevo para sorprender –comentó con sorna.
Sirius sonrió mientras el resto sopesaban su idea. Sin embargo, Snape seguía sin fiarse. Sospechaba que había algo más tras su opinión y le picaba la curiosidad. Entonces Harry se dio cuenta de que le miraba a los ojos y de inmediato vació su mente tal y como le había enseñado Bellatrix. Eso sí que sorprendió a Snape, que profirió un respingo.
-Vaya, vaya… Por fin has aprendido oclumancia… -sentenció sin lograr ocultar su admiración- ¿Estrechando lazos con la tita Bellatrix?
-Si así fuera, tendría usted que replantearse su profesión: una mortífaga demente sería mejor profesora que usted.
El rostro de Snape se volvió del mismo tono que Kreacher, hasta sus rostros se asemejaban en ese momento. Sirius no pudo reprimir una carcajada y le dio una palmada orgullosa a su ahijado. Snape no se atrevió a insultar a Harry delante de tantos testigos, así que miró a Dumbledore esperando que le recordara que debía respetar a sus mayores. Pero el director no lo hizo, ignoró esa parte por completo. Sin embargo, contempló a Harry con curiosidad renovada, como si fuese un peón descartado que había vuelto al tablero transformado en alfil.
-Bueno, es ya tarde –murmuró Lupin intentando reducir la tensión-. Creo que debéis volver a Hogwarts para llegar a la cena, Albus.
-¡Ah! Sin duda, sin duda –respondió el director sonriente-. Si te viene bien, Harry, mañana tendremos otra clase particular.
El chico asintió y se despidieron. Marlene y Lupin acompañaron a los invitados a la chimenea.
-¿Qué crees que quiere enseñarte? –le preguntó Sirius a Harry- Lleváis meses sin tener una de sus clases.
-Sospecho (y espero equivocarme) que lo que pretende es que yo le enseñe cosas… Pero mañana lo veremos.
Su padrino no pudo preguntar más porque sus amigos volvieron y acudieron al comedor para cenar todos juntos. Cuando los demás se hubieron acostado, Sirius no encontró a su prima en su guarida habitual. Con un homenum revelio supo que estaba en uno de los bosques de la mansión. Le costó poco encontrarla sentada en uno de los bancos junto a la decrépita fuente de piedra. Antes de que ella pudiera insultarte, la besó con enorme gratitud.
-¿A qué viene esto? –preguntó Bellatrix cuando se separaron.
-A que gracias a tus lecciones de oclumancia con Harry, Snape ha vivido un momento de profunda humillación. Y por mucho que te odie, Trixie, eso merece mi eterna gratitud.
"Yo no…" empezó a justificar la bruja. Pero optó por encogerse de hombros y quitarse la capa. Besó a Sirius y empezó a desabrocharle la camisa. Sin separarse de ella, el animago transformó sus capas en una gruesa manta sobre la que cayeron uno sobre el otro. Ya casi desnudo, el mago preguntó con cautela:
-¿Pueden vernos desde la mansión?
-Bueno… Está bastante lejos, algo podrían distinguir, pero con mucho esfuerzo. Además… ¿qué es la vida sin riesgos, Sidi? –respondió ella con una sonrisa pícara.
Él no necesitó más y mostró su aquiescencia de la forma que ambos más disfrutaban.
