LA ETERNA ESPERA.
Prólogo
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Una amplia sonrisa iluminaba el rostro de Hinata al atravesar las puertas y entrar en el patio interior del castillo de Uchiha. Tiró de las riendas del caballo y, cuando éste se hubo detenido, saltó al suelo y volvió la mirada hacia sus dos primos con aire triunfal.
—Se te ve muy feliz —dijo Obito mientras bajaba del caballo—. Yo tenía la esperanza de que, si te dejaba ganar, lograría sacarte una sonrisa. Me alegro de que las cosas hayan funcionado.
—¿Dejarme ganar? —repitió Hinata enfadada—. ¡No es cierto! He ganado en franca lid. ¡Tú lo sabes bien, Obito Uchiha!
—Si tú lo dices, cariño… —respondió él rápidamente.
Hinata frunció el ceño: la sonrisita burlona de su primo le producía una gran irritación. Estaba tratando de fastidiarla. Lo sabía. Y lo había logrado.
Gruñendo, se lanzó sobre la espalda de Obito cuando éste pasó pavoneándose a su lado. Como llevaba pantalones, pudo saltar de modo que echó las piernas alrededor de su cintura. Le tendió un brazo sobre el hombro y lo agarró con fuerza mientras golpeaba su negra cabeza con la mano libre.
Hinata era una mujer muy alta, tan alta que habría podido derribar a muchos hombres con un ataque de ese tipo, pero Obito provenía del mismo tronco, era más alto que ella. Riéndose divertido, le sujetó las piernas para evitar que se cayera y volvió la mirada hacia su hermana, que bajó de su caballo y se dirigió hacia ellos.
—Vosotros dos sois tal para cual —dijo Shion, sonriente—. Pero no puedes engañarnos pretendiendo que la hiciste sonreír porque la dejaste ganar, Obito. Lleva sonriendo desde que logramos trazar el plan para librarnos de Namikaze.
—Sí. ¡Eso es! —dijo Hinata tirando del pelo de Obito.
—¡Estás tirándome del pelo! —gruñó él, balanceándola sobre su espalda—.¡Éste es el método de lucha más femenino que conozco!
Un grito atravesó la puerta que acababan de cruzar y Obito se detuvo a mirar. Hinata siguió la mirada de su primo, y abrió más y más los ojos al ver un carruaje y al menos veinte jinetes que entraban lentamente en el patio del castillo.
Frunció el ceño cuando comprobó que su padre encabezaba el grupo. Después vio a su hermano cabalgando con Sakura, su esposa, que iba montada delante de él. La pareja llevaba el mismo paso que el carruaje. Hinata adivinó, al menos, una cabeza que se asomaba por la ventana del carruaje, pero no pudo ver nada más.
—¿Qué sucede? —preguntó Shion.
Hinata le dio una palmada en el brazo a Obito para que la soltara. Una vez en el suelo, se dirigió hacia los jinetes.
—No sabía que habían salido del castillo.
—Me pregunto de dónde vienen —murmuró Shion. Hinata movió la cabeza.
—No pueden venir de muy lejos. No anduvimos fuera mucho tiempo, y ellos estaban aquí cuando salimos.
—Salieron para traer a lady Ōtsutsuki —explicó la sirvienta, que apenas podía respirar mientras corría por las escaleras hacia ellos. Hinata creía que se llamaba Samui. Era una de las nuevas empleadas que Sakura había traído del pueblo.
—¿Lady Ōtsutsuki?
—La madre de lady Sakura —dijo Samui, con aire preocupado—. Ha escapado del tal Greenweld que la obligó a casarse con ella, y cuando venía de camino parece que enfermó o sucedió algo, porque sólo logró llegar hasta el límite de nuestras tierras. Uno de sus sirvientes vino hasta el castillo para avisar de que se necesitaba un carruaje para traerla el tramo que faltaba. Lady Sakura, Sasuke y lord Fugaku salieron de inmediato a buscarla.
Al oír la noticia, Hinata inclinó la cabeza y se dio la vuelta, porque la comitiva ya se detenía ante ellos. Miró en silencio a su hermano, que ayudaba a su esposa a bajar del caballo.
En cuanto echó pie a tierra, Sakura corrió hacia el carruaje. Sasuke la siguió rápidamente. Hinata vio a su hermano montarse en la parte trasera del carruaje y agacharse para recoger lo que inicialmente parecía un pesado saco de tela.
Sólo cuando estuvo de nuevo en el suelo y caminó hacia ellos, Hinata pudo ver que se trataba de una mujer. La larga cabellera que caía junto a los brazos reveló su sexo. La cara estaba tan maltratada que era imposible distinguirla.
Si lady Ōtsutsuki había tenido alguna vez parecido con su adorable hija, no existía el más mínimo rastro de ello. Tenía el rostro hinchado y amoratado, un labio herido y la nariz tan inflamada que Hinata supuso que estaría fracturada. A pesar de los cuidadosos movimientos de Sasuke, la mujer emitía gemidos de dolor, lo que hacía presumir que todo su cuerpo estaba muy lastimado. El viaje debió de ser infernal.
Hinata desvió la mirada del rostro destrozado de la mujer hacia su hermano. Era inútil tratar de preguntar algo. Estaba enfurecido. Con curiosidad, Hinata tomó el brazo de su padre, quien seguía a Sasuke por las escaleras. Tiró de él hacia atrás y esperó un momento antes de decirle en voz baja:
— Samui ha dicho que se trata de la madre de Sakura.
—Sí —respondió él en un tono cortante. La ira que se percibía en su voz era similar a la de Sasuke.
—¿Qué le ha pasado?
—Greenweld —dijo Fugaku con indignación—. El inglés la golpeó y ella se vio obligada a escapar para sobrevivir.
—¿Y vino hasta aquí? —preguntó Hinata, asombrada, pensando que tenía que haber un lugar más cercano en Inglaterra donde habría podido buscar refugio.
—Ahora somos parientes, por Sakura. Ella sabía que podíamos protegerla del bastardo de su marido, y que no se la entregaríamos cuando viniera a buscarla —dijo Fugaku con tristeza; luego siguió al resto de la comitiva por las escaleras y entró en el castillo.
El patio quedó más silencioso que nunca cuando las puertas se cerraron tras ellos.
—Estaba pensando que es una lástima que no partáis hoy —dijo Obito en voz baja, alejando a Hinata de las puertas cerradas.
—Sí —dijo Shion—. Como están tan distraídos con la madre de Sakura, no se darían cuenta de nuestra marcha.
Hinata asintió y luego movió la cabeza.
—¡No! Seguimos con los mismos planes. Saldremos mañana. Es posible que tampoco noten nuestra ausencia durante un rato. El trato que le dio Greenweld a lady Ōtsutsuki seguramente los mantendrá ocupados y entretenidos durante unos cuantos días.
—¡Ya! — Obito miró hacia las puertas cerradas con el ceño fruncido y sacudió la cabeza—. Maldito inglés. Malditos bastardos que golpean a las mujeres. —Miró a Hinata, con ojos que echaban fuego—. Si Namikaze se atreve…
—No lo hará —lo interrumpió Hinata con firmeza.
Shion le dio un codazo a su hermano, tratando de sacarlo de su repentina actitud sombría. —Hinata no estará esperándolo aquí para que la trate de ninguna manera. ¿No recuerdas los planes que hemos hecho?
—Sí —dijo Hinata con una sonrisa forzada—. Ya era hora de que lo hiciéramos. No voy a quedarme sentada aquí esperándolo.
Esto pareció irritar aún más a Obito.
—Maldito idiota. Lo sentirá cuando por fin te vea y se dé cuenta de lo que perdió por su demora en venir a buscarte. Entonces intentará cortejarte.
—¡Sin duda! —dijo Hinata secamente, y empezó a caminar hacia la zona de prácticas—. Una amazona escocesa. Todos los caballeros ingleses quieren casarse con una.
Obito la agarró de brazo y la obligó a detenerse y volver su mirada hacia él. Su expresión era dura e irritada.
—Debió venir a buscarte al menos hace seis años. ¡Si se hubiera tomado la molestia de conocerte, si ese idiota hubiera sabido lo hermosa que eres…!
Hinata hizo un leve movimiento con la cabeza y trató de mirar hacia otro lado, pero él la tomó por la barbilla, la hizo detenerse y la obligó a sostener su mirada.
—Porque eres hermosa, Hinata. Sé todo lo que has sufrido por su negligente comportamiento. Te ha humillado con su renuencia a venir a buscarte. Sé que seguramente piensas que su demora ha sido por tu culpa. He podido observarte; he visto en ti señales de sufrimiento.
Hinata bajó los ojos. Se sentía incómoda, porque la pena y la vergüenza de las que él hablaba la abrumaban. Fue prometida a Namikaze cuando era una niña. Y Obito tenía razón: ese hombre debió ir a buscarla hacía muchos años.
Pero no lo había hecho, y cada año que pasaba su humillación aumentaba. Había tratado de ocultarlo cuidadosamente, dando a entender que no le importaba.
¿Por qué iba a querer casarse, al fin y al cabo?
El matrimonio coartaría la libertad de la que gozaba. Tendría que llevar trajes en lugar de los pantalones con los que corrían Shion y ella por todas partes. Y, sin duda alguna, a él no le gustaría que ella practicara con el arco y la flecha y con la espada en el patio de su castillo, ni la dejaría cabalgar compitiendo con los hombres. Se había reído del matrimonio ante todos los que la escuchaban.
Pero, por supuesto, no había podido engañar a Obito; posiblemente tampoco a Shion. Ellos habían visto su dolor y la inseguridad que el desinterés de Namikaze le había causado. ¿Sabía algo de ella? ¿La había visto desde lejos, sin que ella se percatara? ¿La encontraba repulsiva? ¿Por qué no venía?
Sí. Su aparente confianza escondía una enorme pena, humillación e inseguridad. Luego supo que finalmente iba a buscarla para casarse con ella porque el rey se lo había ordenado. El dolor y la humillación se transformaron en ira.
¿Venía a buscarla porque el rey se lo había ordenado? ¡Al diablo con la orden! A ella no le apetecía casarse con un hombre que no la quería, que se había visto obligado porque tenía sobre sí la espada del rey. ¡Maldición! Ella no iba a estar sentada esperándolo como una imbécil.
Respiró profundamente y contuvo el aire casi un minuto, después exhaló lentamente y, con sonrisa forzada, dijo:
—Bueno, quizá las cosas son como dices. Pero se acabó. No estaré aquí cuando por fin llegue a buscarme, ¿de acuerdo? Shion y yo cabalgaremos lejos a primera hora mañana.
Como Obito permaneció rígido, con expresión sombría, ella levantó una ceja y, con una sonrisa, le preguntó: —¿Estás seguro de que no quieres acompañarnos? —Durante un momento pensó que su primo no iba a salir del mal humor que ella estaba tratando de desvanecer, pero poco a poco aflojó los brazos y pareció relajarse. Incluso logró sonreír un poco.
—¿A la abadía? ¡Oh, sí! —dijo con ironía, y luego sacudió la cabeza—. Aunque la idea de ser el único hombre entre tantas mujeres es encantadora, no me apetece llevar un traje de religiosa para lograrlo. —Su sonrisa se hizo más amplia cuando Hinata y Shion rompieron a reír sonoramente ante semejante idea—. No, tengo que quedarme, por mucho que me duela estar sin vosotras.
—Para dolor, el que yo tengo en el culo después de tanto trajín. —Hinata rió—. Sin duda vas a disfrutar de mucha paz cuando te dejemos tranquilo.
—No, no es así —respondió con seriedad—. Te echaré de menos, de eso puedes estar segura.
Hinata sonrió mientras Obito le echaba un brazo alrededor de los hombros y la acercaba hacia él, luego hizo lo mismo con Shion y dijo: —A ti, por otra parte, sí que no voy a extrañarte en absoluto.
—Bueno. Yo tampoco te echaré de menos, hermano —dijo enseguida Shion secamente.
—¡Bueno! —Obito empezó a conducirlas hacia el área de prácticas—. Vosotras cuidaos y no os metáis en problemas.
—¿En qué clase de problemas puede uno meterse en una abadía? —preguntó Hinata, divertida—. Me preocupas más tú. Sin nosotras para distraerte, no habrá quien te libre de meterte en líos.
Continuará...
