LA ETERNA ESPERA.
2. Saint Simmian
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
—¡No puedo soportarlo! ¡Sencillamente no puedo! —dijo lady Nonō Yakushi, abadesa de Saint Simmian, pronunciando las palabras con frustración mientras se sentaba en la silla tras su espléndido escritorio de roble.
Mordiéndose el labio con ansiedad, la hermana Ayame cogió un trozo de pergamino y abanicó el rostro de la mujer, al tiempo que buscaba en su mente las palabras adecuadas para calmar a su superiora. El mal genio de lady Nonō era bien conocido, lo mismo que su tendencia a tomar decisiones precipitadas cuando se salía de sus casillas. Lo mejor era tranquilizarla, a ser posible.
—Paciencia, madre, tenemos que tener paciencia —dijo al fin, y añadió esperanzada—: Dios ha creído que es conveniente ponernos a prueba y no nos pediría nada que no pudiéramos soportar.
—¡Pamplinas!
Nonō rechazó con irritación los argumentos de la hermana Ayame. La abadesa era inglesa hasta la medula. Se había hecho religiosa unos veinte años atrás para evitar casarse con un noble inglés que le era particularmente odioso.
Por desgracia, el convento era casi la única vía de escape, ciertamente muy popular, para las mujeres que no estaban satisfechas con sus opciones matrimoniales, y las posibilidades que había en Inglaterra por aquel entonces le habían parecido insuficientes para ella.
De ahí que hubiera terminado siendo abadesa de un convento en el centro de la salvaje Escocia. Era mejor que ser una simple hermana en una abadía en Inglaterra, había pensado entonces. Pero ya no pensaba lo mismo. El acento de aquellos paganos le crispaba los nervios tanto como si tuviera arena en las zapatillas.
Lady Nonō estaba hasta la coronilla de sus modales ordinarios y su manera de hablar. Tras veinte años de vivir allí, ya no tenía la paciencia necesaria para tratar a la escocesa que había llegado en busca de refugio, y de ninguna manera creía que hubiera sido por voluntad de Dios.
—No ha sido la voluntad de Dios la que ha enviado a Hinata Uchiha —golpeó su escritorio fuertemente con la mano—. ¡Ha sido el diablo!
La hermana Ayame la miró fijamente: su preocupación iba en aumento.
—¡No, madre, seguramente no!
—Sí. —La abadesa asintió con firmeza—. Ella es de la prole del diablo, te lo digo yo, y ha sido enviada para jugar con nuestra bondad y para hacernos caer en la tentación.
—¿Tentación? —La hermana Ayame no ocultaba el asombro que le producían semejantes palabras.
—Sí. Nos quieren hacer faltar a uno de los mandamientos.
—¿Qué mandamiento, milady?
—No matarás.
Ayame se quedó boquiabierta y con los ojos casi saliéndosele de las órbitas.
—¡Oh, Jesús! ¡No deberíais hablar así!
—Es cierto. —La abadesa sonrió con tristeza al ver el temor y la ansiedad que se dibujaban en el rostro de la otra mujer—. Yo estaría encantada de derramar su sangre.
—¡Milady!
—Sí, bueno… —Lady Nonō suspiró—. Esperemos que su caballero inglés la siga pronto y me libre de estos pensamientos pecaminosos. —Miró el escritorio para buscar un odre de whisky, mientras añadía entre dientes—: Antes de que yo haga algo.
La hermana Ayame frunció el ceño al ver a la abadesa bebiendo.
—Ella no se irá voluntariamente con su prometido. Ésa es la razón por la que está aquí.
—No, pero él puede llevársela por la fuerza.
—¿Llevársela? ¿Cómo? Ésta es una casa de Dios. No se permite la entrada a los hombres.
La abadesa tomó un largo trago de whisky, luego cerró el odre, antes de comentar secamente:—Los hombres a veces hacen cosas que no les están permitidas.
—Sí, pero la puerta es de metal y siempre tiene el cerrojo echado. Y el muro… él no será capaz de atacarlo.
—Quitarás el cerrojo, hermana.
—¿Qué de… cís? —tartamudeó Ayame.
—Cuando se les vea venir, desbloquearás la puerta.
—¿Yo? Pero… —Ayame la miró sin saber cómo reaccionar. Sencillamente, no podía creer lo que oía—. Pero le prometisteis refugio a lady Hinata. Ella pagó un…
—No pagó una suma suficiente, ni siquiera cercana a lo que debía. Las monedas que dio quizá sólo alcancen para reponer lo que rompió en sus primeros días aquí, no para mucho más.
—Creo que exageráis, milady —respondió Ayame rápidamente—. Es cierto que rompió un par de cosas al principio, pero sólo porque su espada chocó contra ellas cuando caminaba. Ahora que le habéis quitado la espada, no ha roto prácticamente nada.
—Yo no diría que el pie de la hermana Meredith es «prácticamente nada». Ayame hizo un gesto al recordar el pie de la pobre hermana Meredith.
—Oh, sí, pero lady Hinata no tuvo intención de hacer daño a la hermana Meredith. Fue un accidente.
—Todo es un accidente en relación con lady Hinata. —Lady Nonō hizo un gesto de disgusto.
Desgraciadamente, era cierto. Lady Hinata parecía estar predispuesta a los accidentes, por tanto la hermana Ayame intentó otra estrategia.
—Ella tiene buen corazón, madre. Lo que pasa es que es tan inusualmente alta que no sabe cómo manejar su cuerpo, y como creció en compañía de su padre y su hermano se siente insegura en un ambiente femenino.
—Juro por la fe que tengo en el Santo Dios, Ayame, que tendrías una palabra amable y una pizca de simpatía hasta por una víbora —refunfuñó, y miró a la monja—. Ya tienes instrucciones mías, hermana. Cuando veas aproximarse al inglés, ordenarás a las trabajadoras que se retiren del jardín. Cuando todas estén dentro, quitarás el cerrojo de la puerta.
—Pero…
—¡No me vengas con peros, Ayame! Ya he dado mis órdenes y debes cumplirlas, si no lo haces tendré que enviarte a Inglaterra, desterrada en señal de vergüenza.
Ayame se quedó estupefacta. Ella también era inglesa, pero había entrado en la orden porque tenía vocación y no para escapar de un matrimonio desagradable. Como hija de un barón de menor rango, no había tenido la oportunidad de elegir dónde servir al Señor.
La habían enviado a Escocia porque allí la necesitaban. Ayame había servido a su Señor y a la gente de allí lo mejor posible. A diferencia de la abadesa, ella encontraba a los escoceses buenos y valientes, y tenía muchas amigas entre las otras hermanas, la mayoría escocesas.
No tenía deseos de regresar castigada a Inglaterra, junto a su familia. Sin embargo, tampoco quería traicionar a lady Hinata. Esta le agradaba, a pesar de sus modales rudos y su torpeza. En su opinión, había un cierto espíritu batallador y un sentido del honor en Hinata Uchiha que eran admirables. La escocesa también tenía un encanto agreste y agradable sentido del humor.
Quizá había alguna forma de proceder sin desobedecer las órdenes, pero sin traicionarla.
—¿Has oído eso? —Shion se detuvo y movió la cabeza.
—Alguien está sollozando.
—Puede. —Hinata, adelantándose, siguió los suaves sollozos hasta llegar a la puerta de la capilla. Se detuvo un momento. No quería importunar a nadie, pero sentía que le era imposible ignorar los conmovedores sonidos. Respiró profundamente y abrió la puerta.
La capilla era el lugar en el que todas las monjas y las hermanas que todavía no habían hecho los votos se reunían para recitar los maitines y las laudes, lo que Hinata había hecho cumplidamente durante dos semanas.
Cinco horas de oración al día en esa enorme habitación, iluminada solamente con velas en el altar y algunas más puestas a lo largo de las paredes laterales. La cantidad de velas que usaban le habría dado el brillo de la luz del día a una habitación normal, pero en la capilla apenas lograban proporcionar un suave resplandor.
Quizá debía ser así, pensó Hinata, apartando los ojos de las paredes, como lo había hecho desde la primera vez que entró; se atrevía a mirarlas sólo cuando ya estaba dentro del radio de acción de la tenue luz.
Tras una breve inspección se dijo que no desearía que hubiera una mejor iluminación que le permitiera contemplar la tapicería. Se trataba de decoraciones religiosas en las que aparecían Cristo y muchos santos. Por desgracia, parecían representar los aspectos más horripilantes de sus vidas, o más exactamente, de sus muertes. Estaban la crucifixión de Jesús, la decapitación de Santa Bárbara, el martirio de Santa Úrsula junto con las once mil vírgenes, y un retrato de Santa Catalina cuando la estaban descuartizando en la rueda.
Las hermanas se dedicaban a bordar tapices cuando no estaban en oración. Hinata sabía que estaban trabajando en un cuadro de la decapitación de San Esteban. Como habían terminado los martirios más horripilantes de mujeres, ahora empezaban a dedicarse a los de los hombres.
En fin, pensó que a ella no le incumbía lo que estaba pasando, pero luego abrió los ojos y se decidió a mirar a la mujer que estaba arrodillada ante el altar. Al principio creyó que se trataba de una de las hermanas, que sollozaba porque la abadesa le había impuesto algún castigo, pero se trataba de lady Tenten, la otra mujer que estaba allí en busca de refugio, la única aparte de Shion y ella.
Era inglesa y había llegado justo la tarde anterior. Hinata había oído muy poco acerca de ella. Nadie le había dicho por qué lady Tenten buscaba refugio, pero sospechaba que tendría que ver con algún marido desagradable, o algo parecido. Si hubiera sido para evitar algún matrimonio insostenible, habría buscado amparo en una abadía inglesa, en lugar de viajar hasta aquel lugar perdido en medio de Escocia.
Se dio cuenta de que ya había pasado demasiado tiempo allí y Shion empezaba a impacientarse por saber de qué se trataba. Hinata se internó más en la capilla, asegurándose de que su prima la seguía. Se dirigió al pasillo central y hacia la mujer que estaba de rodillas ante el altar.
—¿Cómo piensas sacarla de la abadía? Naruto hizo un gesto de despreocupación.
—Ella saldrá inmediatamente, en cuanto me vea.
—¿Lo hará? —Neji parecía dudarlo.
—Con seguridad.
—Ya veo. —Neji reflexionó un instante—. Entonces, ¿por qué razón se escapó a la abadía?
—Todavía no me había visto y no tenía ni idea de cómo soy y cuál es mi apariencia —respondió Naruto rápidamente.
—Ah —asintió Neji—. Entonces, cuando vea tu hermoso rostro…
—Caerá de hinojos, como una ciruela madura, y se postrará a mis pies.
—Claro que lo hará —respondió Neji, divertido.
—Las mujeres siempre han reaccionado favorablemente al verme.
—Eso es lo que he oído.
—Es una maldición, en realidad.
—Claro. Te compadezco, y te acompaño en el sentimiento —dijo Neji secamente y luego añadió—: Hay una sola cosa que me preocupa.
—¿De qué se trata?
—¿Cómo podrá ver tu hermoso rostro y quedar abrumada? Estará dentro de los muros de la abadía, y nosotros fuera. Solamente a los hombres santos les es permitido cruzar las puertas.
Naruto frunció el ceño.
—Todavía no lo sé. He estado pensando en ello desde que salimos del castillo de Uchiha, pero… —se en cogió de hombros antes de mirar al hombre que cabalgaba tras él— no es mi problema, en realidad. Se supone que tú eres el encargado de arreglarlo todo. Yo sólo tenía que viajar a Sharingan para la ejecución.
Neji no pudo evitar que se le escapara una sonrisa divertida.
—Es una ejecución, ¿verdad?
—Muy posiblemente.
—Seguramente eso mismo pensaba Menma mientras viajaba —dijo Neji encogiendo los hombros—, no obstante, mira lo felices que son Natahi y él ahora.
Una sonrisa nostálgica se dibujó en su rostro al pensar en su amigo, Menma de Aneford, en su pequeña esposa Natahi y la calurosa despedida que le dieron.
—Sí, parece estar muy feliz. Y sin embargo, él estaba seguro de que Natahi sería una arpía. ¿No lo sabías?
—No.
—Sí. Juraba que su primer esposo se había matado para no tener que ir a casa y cumplir con su deber.
—¿De veras?
Neji parecía irritado. Con una rápida mirada, Naruto notó que su rostro se había puesto tenso y se acordó de que el hombre era primo de la pequeña Natahi.
—Claro que eso fue antes de verla por primera vez. En cuanto vio lo hermosa que era, sintió un gran alivio. Sin embargo, eso pasó con Menma y Natahi, pero lady Hinata parece estar muy lejos de ser de la misma clase.
Neji puso los ojos en blanco.
—Ni siquiera la conoces. Naruto se encogió de hombros.
—Es una escocesa. Y una Uchiha —añadió secamente—, eso es todo lo que necesito saber.
—¿Cuál fue la causa del rompimiento de tu padre con Fugaku Uchiha? — preguntó Neji—. Tengo entendido que hubo una época en la que fueron como hermanos.
Naruto guardó silencio por un momento, luego admitió:
—No estoy seguro. Mi padre nunca habla de ello. No obstante, tiene que haber sido algo muy sucio, porque, desde que puedo recordar, siempre se ha referido a él con mucho desdén y le pone unos motes horrendos.
—Hmmm. —Neji miró hacia los árboles que estaban en el camino y, dejando a un lado su curiosidad, dijo—: Quizá el obispo Sarutobi sea de alguna utilidad para lograr que tu prometida salga de la abadía.
—¿Qué has dicho, hijo mío? —Al oír su nombre, el obispo espoleó su caballo y, colocándose entre los dos hombres, pasó la mirada del uno al otro con curiosidad.
—Naruto y yo estábamos discutiendo cómo sacar a la chica de la abadía. Pensé que era posible que vos nos ayudarais en esta empresa.
—Caramba. —El rostro del obispo Sarutobi denotaba preocupación mientras analizaba el problema, luego sus cejas blancas y espesas se elevaron y una sonrisa seca se delineó en su rostro, haciendo que las arrugas que lo surcaban se movieran de forma casi cómica.
—Es cierto que, como hombre de Dios, me permitirán atravesar las puertas que permanecerán cerradas para vosotros. Supongo que podré hablar con la mocosa, pero eso será todo lo que pueda hacer —advirtió—. No puedo obligarla a salir de su refugio.
—Gracias, obispo —dijo Naruto y se preguntó si todavía sería posible escapar del matrimonio. Si lo hacía porque ella se obstinaba, le debería gratitud a la moza. Quizá podría enviarle unos dulces o un Kinkaku de tela.
—Allí está.
Cuando Neji hizo el anuncio, Naruto miró hacia delante. En ese momento salían de una arboleda y estaban a no más de cincuenta metros del muro de piedra que rodeaba la abadía. Enderezándose sobre la montura, espoleó al caballo hacia delante. En los próximos minutos encontraría a su prometida o habría fracasado y sería un hombre feliz. Ya era hora de que su futuro se definiera.
Al llegar a la puerta, Naruto se bajó del caballo y se dirigió rápidamente hacia la campana. Estaba a punto de tirar de la cuerda cuando un crujido entre la puerta y el muro llamó su atención. Frunciendo el ceño, se acercó y le dio un leve empujón a la pesada hoja de madera.
Ésta crujió, como protestando, pero se abrió unos dos centímetros. Naruto se puso en guardia y cierta desazón se apoderó de él. Algo no iba bien; y con un gesto de desagrado, echó mano de su espada.
—La puerta está abierta.
—¿Qué? —Neji se bajó del caballo y se le acercó.
—No. —El obispo movió la cabeza—. Tienes que estar equivocado, Naruto. La puerta siempre está cerrada. Hay demasiadas personas que buscan refugio en el interior para… —estaba diciendo esto cuando se detuvo al ver que un suave empujón de Neji hacía que la puerta se abriera un poco más. El prelado se quedó perplejo, luego murmuró contrariado—: ¡Bueno! Esto no parece muy seguro.
Naruto empujó la puerta y ésta se abrió por completo. Su mirada se dirigió hacia los jardines desiertos antes de contemplar el edificio que estaba más allá.
—No, no es un lugar seguro en absoluto.
—¡Maldición! —El obispo se bajó del caballo y se unió a los otros dos hombres, que estaban mirando a través de la puerta.
—¿Qué pensáis? —preguntó Neji. Todos contemplaron la exuberancia de la vegetación florecida.
—Los jardines están vacíos. ¿Deberían estarlo?—Naruto miró por encima de su hombro. El obispo estiró el cuello para atisbar hacia el interior al tiempo que movía la cabeza.
—No. Las sirvientas o las hermanas que todavía no han hecho sus votos deberían estar cuidándolos a esta hora. Lady Nonō Yakushi dirige Saint Simmian, y es una mujer estricta, casi varonil, que no tendría…
—Mirad —dijo Neji interrumpiendo al obispo—, hay cestos tirados al azar. Es como si hubieran interrumpido bruscamente su trabajo.
—Parece preocupante. —El murmullo inquieto de Pequeño Killer B llamó la atención de Naruto hacia el hecho de que todos los hombres que venían con ellos habían bajado de sus caballos y estaban amontonados a su alrededor, tratando de ver aquel lugar santo que normalmente les estaba vedado.
—¡Vaya, por Dios! ¡Vaya, por Dios! ¡Vaya, por Dios! —El obispo sacudió la cabeza y movió los párpados con aire preocupado—. Algo no anda bien, sencillamente, algo no anda bien.
—Vos dijisteis que hay muchos que buscan refugio aquí. Quizás alguien ha entrado y… —Neji dejó sin terminar su teoría.
Naruto empujó todavía más la puerta, hasta que se abrió por completo, y empezó a entrar tímidamente.
Una cosa era que su novia se escapara para no casarse con él, y otra que alguien se la robara o le hiciera daño. No iba a quedarse allí como un idiota, y dejar que eso sucediera. No era su estilo.
Hinata se sorprendió por la expresión de recelo en el rostro de la otra mujer. Tenía el pelo castaño, la piel pálida y salpicada por unas cuantas pecas. De tanto llorar, su cara estaba manchada. Hizo un gesto de disgusto al verlas acercarse.
Hinata se detuvo un momento y miró, incómoda, en otra dirección. Quería darse la vuelta y salir, pero no pudo. Tenía un defecto: en el fondo de su corazón, era tierna.
Era un fallo que ella y su hermano habían tratado de corregir a lo largo de los años. Habían fracasado en su intento. No podía alejarse de un animal o un hombre herido, no podía ignorar el llanto de dolor y no podía dejar a aquella inglesa llorar desconsoladamente, como lo había estado haciendo hasta un momento antes.
—Lady Tenten, soy lady Hinata —dijo de pronto, a modo de saludo.
—¿Lady Hinata? Sí, la hermana Ayame me ha hablado de ti. —Sus facciones se suavizaron al ponerse de pie. La emoción se convirtió en sorpresa al darse cuenta de la estatura de Hinata, que le sacaba no menos de treinta centímetros—. Ya llevas aquí dos semanas ¿no es cierto?
—Sí. Tratando de evitar casarme con un perro inglés —dijo Hinata, fingiendo aburrimiento.
Tenten la miró asombrada, luego empezó a reír.
—Y yo estoy empeñada en escapar de un matrimonio con un cerdo escocés.
—¡No! ¿De veras? —Hinata sonrió y luego siguió—: Entonces, ¿por qué no fuiste a una abadía inglesa?
Tenten hizo una mueca de disgusto.
—Me escapé en Escocia. Busqué el refugio más cercano que pude encontrar.
—¡Oh! —Hinata movió la cabeza—. Bueno, no temas, aquí estás a salvo.
—Sí. —Con las palabras expresaba acuerdo, pero con el gesto lady Tenten se mostraba dudosa.
Cuando Shion movió los pies detrás de ella, Hinata recordó de repente la presencia de su prima e hizo un gesto de disgusto por sus propios malos modales.
—Soy demasiado tosca. Esta es mi prima Shion. Ha insistido en acompañarme para asegurarse de que permanecería a salvo en caso de que me metiera en problemas.
Cuando Tenten miró a Shion, Hinata también se volvió para contemplarla, y la vio tal como debería de estar viéndola la otra mujer. Su rubia prima era totalmente opuesta en estatura y color, era incluso más pequeña que Tenten.
Hinata pensó que la insistencia de su prima en acompañarla para «mantenerla a salvo» le resultaría extraña a cualquier persona que nunca la hubiera visto pelear. No tenían por qué saberlo, pero Shion era un gato salvaje en la batalla.
—Es una chica bastante sanguinaria. —Hinata se sintió obligada a explicarlo—. Y muy ágil y atlética, también. Demuéstralo —sugirió.
Asintiendo, Shion se giró, como si fuera a salir de la capilla, dio varios pasos atrás y, de repente, dio tres saltos mortales seguidos. Después del último, se irguió justo frente a Tenten y le tocó el cuello con un pequeño puñal que tenía en la mano.
—¡Dios mío! —dijo la inglesa casi sin aliento.
Hinata y Shion rieron mientras la más pequeña metía el puñal en sus botas de piel de venado.
—¿Puedes enseñarme a hacer eso? Shion se encogió de hombros.
—Es impresionante verlo, pero no demasiado útil en una batalla verdadera. La flecha de un arquero me habría alcanzado en mitad del salto, mucho antes de que yo hubiera alcanzado su cuello con el puñal.
—Oh. Entonces no me enseñarás. —Tenten hizo un gesto de decepción. Hinata y Shion intercambiaron miradas.
—Pero puedo enseñarte algo un poco más útil —dijo Shion. El rostro de Tenten se animó de inmediato.
—¿De veras? ¿Lo harías?
—Sí.
—¡Dios mío! Eso sería maravilloso. Si Kyōdai viene a buscarme, podría defenderme.
Hinata hizo un gesto de sorpresa.
—¿Kyōdai? ¿Lord Kinkaku?
Tenten hizo una mueca de disgusto.
—Sí.
Hinata reflexionó por un momento.
—No he oído nada que indique que sea tan malo. En cambio, el tipo con el que iba a casarme yo es un perro de la peor calaña.
—¿Con quién ibas a casarte? —preguntó lady Tenten con curiosidad.
—Namikaze.
—¿Lord Naruto Namikaze?
—Sí. ¿Lo conoces? —preguntó Hinata.
—Sí. Bueno, no, nunca me he cruzado con él, pero sí he oído hablar de él. Lo llaman el Ángel. Dicen que es muy bien parecido, y encantador. Se dice que tiene el rostro de un ángel y la lengua del diablo, y entre los dos habrían podido convencer incluso a santa Inés de que se acostara con él. —Tenten frunció el ceño—. ¿Por qué no quieres casarte con él?
—Es inglés. —Al ver el desconcierto de la otra, Hinata sonrió como pidiendo disculpas—. Bueno, no es sólo que sea inglés. También es un bellaco.
—Oh. —Tenten dudó y después preguntó—: ¿Lo conoces?
—No, pero mi padre conoció a su padre. Fueron amigos. Por esa razón se arregló el matrimonio, pero luego el conde se mostró como el bellaco que es y… — Hinata se encogió de hombros.
—¿Qué hizo el conde de Namikaze? Hinata apretó los dientes.
—Bueno, en realidad nunca lo he sabido, pero tuvo que ser algo grave, porque mi padre lo odia desde entonces y lo maldice en cuanto puede.
Como Tenten seguía frunciendo el ceño y parecía dispuesta a replicar, Hinata hizo un movimiento de insatisfacción y preguntó:
—¿Por qué estás huyendo de lord Kinkaku? En realidad no he oído nada malo de
él.
—¡Ay! —La expresión de Tenten se nubló—. Estoy segura de ello. Sabe ocultar muy bien quién es en realidad. Hasta engañó a mi padre. Tanto, que estuvo de acuerdo con el matrimonio, pero cuando íbamos camino al castillo de Kyōdai, lo escuché hablar con uno de sus hombres. Nos habíamos detenido para acampar durante la noche y creyeron que estaba dormida. Estaban discutiendo la manera en la que planeaban terminar con el matrimonio tan pronto como llegáramos a su fortaleza, para que pudiera casarse con otra mujer.
Hinata levantó las cejas.
—Si planeaba terminar con el matrimonio, ¿por qué se casó?
—Por mi dote. Mi padre es muy acaudalado y fue muy generoso con mi dote.
—Pero si renuncia al matrimonio, no puede conservar la dote.
—Podría, si el matrimonio termina porque yo muero.
—¡No! —Hinata se quedó boquiabierta—. ¡No se atrevería! Tenten asintió con tristeza.
—¿Dijo eso? —insistió la escocesa.
—Estaban discutiendo la mejor manera de hacerlo. No acababan de decidir si rompiéndome el cuello y tirándome por las escaleras para que pareciera que se me había roto en la caída, o si rompiéndome el cuello en el bosque y diciendo que me había caído del caballo.
—¡Qué bellaco! —Hinata se volvió hacia su prima e hizo un gesto—. ¿Te lo imaginas, Shion?
—No, es una suerte que no estuvieras dormida —dijo Shion sacudiendo la cabeza.
—Sí —estuvo de acuerdo Hinata—. ¿Qué hiciste entonces?
—Inicialmente, nada. Tenía que seguir fingiendo que estaba dormida, para que no se dieran cuenta de que conocía sus planes.
—Claro.
—Pero, en cuanto hubo una oportunidad, nos escapamos.
—¿Nos?
—Mi doncella estaba conmigo.
—¿Estaba?
—Sí, bueno, la envié a casa para informar a mi padre. Cuando él se entere de los planes de Kyōdai, vendrá en mi ayuda de inmediato.
—Pero ¿qué pasa si la atrapan antes de llegar a él?
La preocupación nubló el rostro de lady Tenten brevemente, pero luego sacudió la cabeza.
—No. Solté todos los caballos de ellos antes de partir.
Hinata y Shion cruzaron miradas; luego la escocesa pequeña tomó la palabra.
—¿Cómo lograste hacer todo eso? Me consta que ningún escocés se quedaría sentado mientras recogías tus cosas, soltabas las bestias y luego huías como si nada.
—Sí. Bueno. —Dudó un instante—: Si hubieran podido detenerme estoy segura de que lo habrían hecho, pero Madge, mi doncella, tiene un conocimiento especial de las hierbas. La mañana después de oírlos hablar de matarme, le conté lo que había escuchado y le dije que teníamos que escapar. Ella preparó la sopa esa noche y le echó unas hierbas para hacer que durmieran profundamente. Mientras estaban inconscientes, recogimos, soltamos las bestias y escapamos. La envié sola a casa y me dirigí a este lugar con otro caballo, para que pensaran que ella viajaba conmigo. Me aseguré de que pudieran seguir mi rastro. Casi no tendrán que molestarse buscándolo. Pero Madge irá a casa y traerá a mi padre.
—¿Dejaste a propósito huellas para que te siguieran? Tenten asintió.
—Para que no siguieran a mi criada. Esto está cerca. Si me hubiera dirigido a casa con Madge, quizá nos habrían alcanzado antes de llegar. Sabrían que yo me había enterado de sus planes. No me dejarían escapar de nuevo, y además, lo más posible es que me hubieran matado de inmediato.
—Sí, pero no era necesario que dejaras un rastro para que te siguieran hasta aquí, ¿no?
—Yo quería que me siguieran a mí, para asegurarme de que Madge llegaba a casa de mi padre —dijo Tenten con tono lastimero—. Pensé que, desde luego, estaría a salvo aquí, pero ahora no estoy tan segura. Empiezo a sentir mucha angustia.
Al ver que los labios le temblaban ligeramente, y temiendo que rompiera a llorar de nuevo, Hinata se apresuró a tranquilizarla.
—Desde luego que aquí estás muy segura. Ni si quiera un perro asesino como Kinkaku Kyōdai se atrevería a profanar un recinto sagrado. Y, aunque lo hiciera, la abadesa no lo dejaría entrar. Estás a salvo aquí hasta que tu padre llegue. Como yo.
Puesto que todavía podía ver el temor reflejado en el rostro de la inglesa, trató de ingeniárselas para distraerla—: No estábamos haciendo nada de particular. Si tienes tiempo, quizá Shion y yo podríamos enseñarte un par de trucos para defenderte.
—¿Lo haríais? Eso sería estupendo. No era consciente de lo ignorante que soy en esas lides hasta que me vi en peligro. Realmente, deseé saber cómo manejar una espada la noche en la que escuché los planes de Kinkaku. Habría podido ponerme de pie y matarlo allí mismo.
—Entonces, vamos al jardín, que allí hay más espacio. —Hinata encabezó la marcha hacia la puerta de la capilla y la abrió. Al empezar a caminar por el corredor, se quedó como congelada, dio un paso atrás y automáticamente dirigió la mano hacia la vaina vacía.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Tenten ansiosamente cuando Hinata cerró la puerta y retrocedió en la capilla.
—Ven. —Con expresión preocupada, agarró del brazo a la más pequeña y la atrajo hacia la izquierda, segura de que la seguiría sin preguntar nada.
—¿Qué pasa? —Tenten se sobresaltó—. ¿Qué has visto?
—He visto a un hombre en el corredor. —Tras detenerse junto al primer tapiz, Hinata soltó a la mujer y tiró del inmenso tejido que estaba en la pared. Shion adivinó su plan, pasó por delante de ella y se deslizó tras la imagen de Cristo en la Cruz.
Hinata miró a Tenten.
—Métete ahí —le ordenó. Como la inglesa dudó, la agarró del brazo para forzarla a hacerlo.
—Shion te protegerá desde el otro lado. Yo me quedaré en éste.
—Pero ¿por qué necesito protección? —Tenten se detuvo tras el tapiz y se dio la vuelta para mirarla—. ¿Has visto a Kinkaku?
Hinata negó con la cabeza.
—No he reconocido al hombre, pero llevaba un plaid, y como somos las dos únicas refugiadas aquí y el hombre que me busca a mí es inglés… —Se encogió de hombros, sin terminar la frase.
Tenten no necesitaba más explicaciones. El pánico se reflejó en su rostro, se deslizó del todo tras el tapiz, dejando solamente el espacio justo para que lo ocupara la figura, mucho más grande, de Hinata.
—¿Cómo crees que han entrado? —preguntó la inglesa mientras el tapiz caía sobre ellas. Sin duda, desde fuera el tapiz se vería abultado, raro. Era un escondite que no resistiría un registro minucioso, pero Hinata esperaba que fuera suficiente.
Con la tenue iluminación de la habitación y las imágenes sangrientas de los tapices, tenía la esperanza de que quien entrara buscando algo echaría simplemente un vistazo veloz y se iría.
No que ría enfrentarse al enemigo sin su espada, especialmente porque no sabía cuántos eran. Lo único que había visto era un hombre, pero estaba de perfil, al final del pasillo, hablando con alguien a quien ella no había podido ver. Quizá fueran muchos.
—No ha habido ninguna advertencia. No he oído gritos, crees que… —Las palabras desesperadas de Tenten se detuvieron de repente cuando Hinata se le acercó y le tapó la boca con una mano.
—Lección número uno para la defensa propia —susurró—: cuando una está escondida, tiene que permanecer silenciosa, porque si no lo hace, ¿para qué esconderse? ¿No te das cuenta? —Al percibir el asentimiento de la otra mujer, Hinata soltó la mano. Se quedó muy quieta cuando oyó que la puerta de la capilla se abría.
Tras el tapiz todo era oscuro y sofocante, el aire pesado estaba lleno de polvo y moho. Hinata se esforzaba para oír algo, pero el silencio era tan denso como el polvo tras la imagen de Cristo.
Al soltar el aire que estaba reteniendo, Hinata respiró, e inmediatamente se cubrió la boca y la nariz con una mano. Había inhalado polvo y estaba a punto de estornudar. Maldiciendo en silencio, se mordió el labio y se pellizcó la nariz tratando de distraerse o al menos de retrasar el estornudo.
El sudor empezaba a correr sobre su frente a causa del esfuerzo, cuando por fin escuchó un suave chasquido de la puerta. Su explosivo estornudo se oyó inmediatamente, y Hinata salió de detrás del tapiz, sacudiéndose la cara para quitarse las trazas de polvo que todavía se aferraban a su piel.
Shion y Tenten la siguieron.
—¡Maldita sea! Ese estornudo casi nos cuesta la vida.
—Hemos estado cerca. —Shion entreabrió la puerta y puso el oído por un momento. Al no oír nada, la empujó un poco más para inspeccionar con la vista—. No hay nadie —dijo en voz baja mientras cerraba la puerta.
Hinata, asintió, y señaló con un gesto hacia su espalda.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Tenten cuando Shion se les acercó. Hinata permaneció silenciosa un momento, luego dijo:
—Tenemos que llegar a nuestras habitaciones.
—¿Para qué? —Tenten miró a la una y a la otra. Shion asentía.
—Mi espada —dijo Hinata haciendo una mueca—. La abadesa me la quitó. La de Shion también.
—Pero si se las llevó…
Shion se encogió de hombros.
—Nosotras las volvimos a coger. Mientras ella roncaba durmiendo la borrachera.
—¿Borrachera? ¡No! ¿La abadesa bebe?
—Sí. —Hinata no mostró ninguna preocupación por ello—. Desde luego, es capaz de beber como el mejor de los guerreros.
—Sí —corroboró, gesticulando, Shion.
Tenten sacudió la cabeza al ver la crudeza de la expresión de las dos mujeres.
—Vamos, pues. —Hinata siguió a Shion hacia la puerta, pero se detuvo de repente, se dio la vuelta y se dirigió a Tenten—: Quizá debas esperar aquí.
Vendremos a buscarte.
—No. —La inglesa sacudió la cabeza firmemente—. Cuando más segura me he sentido desde que oí los planes de lord Kinkaku es estando en vuestra compañía. Quiero seguir con vosotras.
Hinata apretó los dientes y pensó un rato, luego asintió.
—Bueno, entonces vamos. —Hizo un gesto a Shion, que todavía estaba junto a la puerta. La mujer acercó su oído a la superficie de madera, luego frunció el ceño y regresó rápidamente.
—Viene alguien.
Maldiciendo enojada, Hinata agarró a Tenten del brazo para meterla tras el tapiz. Hizo una pausa allí para dejar que Shion entrara primero, luego empujó a la inglesa rápidamente y se metió ella, justamente cuando la puerta se abría.
Continuará...
