LA ETERNA ESPERA.
3. Puertas Abiertas.
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Hinata se apretó contra la pared y se maldijo por dejar que esas cosas sucedieran cuando no tenía su espada. Contuvo la respiración y trató de escuchar qué estaba sucediendo en la habitación, pero no pudo oír ningún ruido diferente al latido de su corazón.
Cuando el silencio pareció hacerse interminable, Hinata abrió la boca y respiró por ella con cuidado, recordando lo que había sucedido la última vez que había respirado por la nariz.
Después de varios minutos de silencio decidió que quien había abierto la puerta solamente había echado un vistazo y luego había seguido su camino. Hinata estaba a punto de empujar el tapiz hacia un lado y salir de allí cuando un ruido sordo llegó a ellas. Algo había golpeado contra uno de sus pies. ¿Habían descubierto su escondite?
—¿Lady Hinata?
Se crispó al oír el susurro al otro lado del tapiz y al reconocer la voz. Su dueña apartó la tela.
—¡Hermana Ayame! —Lanzó una mirada hacia la habitación vacía, tiró de la hermana y la hizo meterse con ellas tras el tapiz.
—¿Qué pasa?
—Hay hombres en la abadía.
—Sí, ya lo sé —suspiró la hermana Ayame—. Estoy buscándoos hace casi media hora para preveniros. El inglés ha venido.
Hinata parpadeó en la oscuridad.
—No. Son escoceses.
—No, yo los vi cuando llegaron a la cima de la colina, se trataba de ingleses.
Llevaban el estandarte del rey. Estoy segura.
—¿Conocéis a muchos ingleses que usen plaid? —preguntó Hinata, y percibió el desconcierto de la mujer en la oscuridad.
—¿Plaid?
—Sí, el hombre que vi llevaba un plaid.
—¿Un plaid? No. —Ayame movió la cabeza de un lado a otro con fuerza, removiendo el polvo—. Debéis de estar confundida.
—Hermana, él estaba de pie a una distancia no mayor de tres metros. Sus rodillas estaban desnudas. Os lo aseguro. Son escoceses los que han entrado en la abadía, por eso hemos escondido a lady Tenten. Es Kyōdai. No me cabe duda. Tenemos que sacarla de aquí. ¿Sabéis lo que le pasará si cae en sus manos?
El silencio que siguió a estas palabras fue largo y denso, después la hermana Ayame empezó a moverse. Estuvo fuera del tapiz en un abrir y cerrar de ojos. Hinata la siguió y la miró asombrada cuando la mujer empezó a tirar de sus vestiduras. Se quitó el hábito sin pensarlo ni un segundo.
—¿Qué hacéis? —le preguntó sorprendida.
—Dejé la puerta sin cerrojo —fue la respuesta triste de la hermana Ayame—. La madre Nonō me ordenó que lo hiciera. Tenía la esperanza de que el inglés se os llevara. Todavía está molesta por lo del cristal. Y por lo de la hermana Meredith.
Hinata maldijo. Había roto la licorera de cristal que la abadesa tenía en el escritorio el día de su llegada. Para evitar romper un plato que había en una mesita, había movido la espada que llevaba en su vaina, y con este movimiento había roto la licorera.
En cuanto a la hermana Meredith, Hinata estaba de rodillas ante el altar, orando, cuando la buena hermana entró y tropezó con sus pies, los cuales, a decir verdad, sobresalían más que todos los demás. La hermana Meredith se había fracturado la pierna al caer.
—Lo siento mucho —dijo Ayame afligida—. Ella me ordenó estar alerta a la llegada de vuestro prometido, despejar el jardín, disponer que todas fueran a la capilla grande y descorrer el cerrojo de la puerta. No pude negarme a obedecerla. Me amenazó con enviarme castigada a Inglaterra. Quise preveniros, pero no os encontré.
—Miró a Tenten, que salía, pálida, de detrás del tapiz—. Pensé que eran ingleses — dijo con tristeza, y el sentimiento de culpa enrojeció su rostro al advertir el miedo de la otra mujer. Luego se sacudió sus propios sentimientos con impaciencia y puso su vestimenta en las manos de Tenten.
—Poneos mis hábitos.
Hinata alzó las cejas al percibir el tono de autoridad patente en la voz de la hermana. No le sorprendió en absoluto que Tenten respondiera de inmediato y empezase a quitarse su propio vestido.
—Cambiaremos de vestidos y luego os mostraré un pasadizo secreto para salir de aquí. —La hermana Ayame ayudó a lady Tenten a desvestirse, mientras hablaba—
. Si nos encontramos con ellos, el hábito puede protegeros. Los hombres no suelen mirar a las religiosas. Podemos engañarlos con el cambio.
Dándose la vuelta mientras las mujeres se cambiaban la ropa, Hinata se acercó a la puerta y pegó la oreja por si se oían ruidos en el pasillo. Shion la siguió y las dos se quedaron allí un momento.
Luego Hinata se miró de repente y frunció el ceño al ver la vestimenta que llevaba. Aquel atuendo limitaría sus movimientos si se encontraban en dificultades, y todo parecía indicar que las habría.
Hizo un gesto a Shion para que la relevara en la puerta, se quitó el vestido y utilizó su puñal para cortar el camisón blanco que llevaba por debajo. Luego rasgó la tela alrededor de su cuerpo, hasta que la parte baja del camisón cayó formando un pequeño montón alrededor de sus pies.
Después se metió el camisón, ahora mucho más corto, dentro de los pantalones escoceses que llevaba bajo la vestimenta. Hinata y Shion llevaban en casa, por lo general, pantalones escoceses y una túnica corta. Habían decidido llevar vestidos cuando estuvieran en la abadía, para no escandalizar a las monjas.
Pero ahora que habían llegado las dificultades, la sensibilidad de las monjas era menos importante que el sentido práctico. Si necesitaban pelear o correr, podrían hacerlo con mucha más facilidad con pantalones que con vestidos.
Cuando terminó esos arreglos, Hinata cogió un trozo de tela para recoger su negra cabellera y luego reemplazó a Shion en la puerta. Ella vigilaría mientras Shion hacía los mismos cambios a su atuendo.
—¿Dónde diablos está todo el mundo?
Naruto se encogió de hombros ante la pregunta de Neji. Los jardines estaban vacíos, también la entrada, el corredor y todas las habitaciones que habían revisado hasta el momento. La abadía estaba tan silenciosa y vacía como una tumba.
Todo parecía fantasmagórico, pensó al llegar a otro pasillo lateral vacío.
Hizo una pausa y se dio la vuelta para mirar a los hombres que lo seguían. Neji, Pequeño Killer B, el obispo y veinte tipos armados, todos con la curiosidad dibujada en los rostros mientras contemplaban detenidamente el santo interior de la abadía. No los culpaba. No se trataba de un lugar que pudieran visitar todos los días.
Respiró profundamente, movió la cabeza y echó un vistazo hacia el pasillo principal.
—¿Qué es eso? —preguntó Neji mirando hacia atrás, al lugar por el que habían pasado un instante antes.
—La capilla —dijo Naruto—, juraría que la puerta estaba cerrada cuando la vi antes.
—No puede ser. Acabamos de mirar dentro y está vacía.
—Hmm. —Siguió mirando fijamente hacia aquella puerta. Su instinto le decía que debían revisarla una vez más. Un guerrero aprendía muy pronto a confiar en sus instintos.
Dándose la vuelta de repente, se dirigió hacia el lugar de donde venían, hizo una pausa tras dar unos pasos y ordenó a los hombres de armas que continuaran buscando a cualquier habitante de la abadía. Cuando siguió su camino, era consciente de que Neji, Pequeño Killer B y el obispo lo seguían de cerca.
Hinata se estiraba para mirar hacia el corredor. Su prima le dio un leve codazo. Shion había terminado de adaptar sus vestimentas, de modo que tampoco llevaba las molestas faldas; la hermana Ayame y Tenten, por su parte, habían terminado el intercambio y se dirigían hacia ellas.
—Santo Dios… —dijo lady Tenten, sorprendida al ver que también habían cambiado sus vestidos—, qué distintas parecéis con pantalones.
Hinata sonrió al oír el comentario, soltó suavemente la puerta para que se cerrase, y se volvió para examinar a las dos mujeres. Podría decir lo mismo de ellas. Las dos estaban totalmente distintas tras el cambio. Con el pelo y cada centímetro de su cuerpo escondidos bajo el hábito de la monja, Tenten tenía una belleza etérea.
Era atractiva antes, pero su belleza se había transformado de alguna manera, para convertirse en una dulzura pura e inocente. La hermana Ayame, por su parte, era un completo desastre. Su expresión, de ordinario serena, era un gesto duro, tenso. Su cabeza rapada era sumamente extraña sin la toca.
Hinata miró a su alrededor, luego se movió hacia la parte delantera de la habitación para coger el pañuelo inmaculadamente blanco que cubría la mesa en la que estaban las velas.
—¿Qué estáis haciendo? —La hermana Ayame se acercó al ver que las velas caían al suelo.
—Si alguien os viera a las dos juntas, se daría cuenta del cambio inmediatamente
—señaló Hinata—. Tenemos que cubrir vuestra cabeza.
—Oh. —La hermana Ayame cayó en la cuenta de que tenía la cabeza rapada.
Hinata pasó su mano sobre ella y le puso el pañuelo. Luego se lo ató bajo la barbilla e hizo una pausa para admirar su trabajo. Desgraciadamente, tales esfuerzos pusieron en evidencia su poca experiencia en asuntos relacionados con la vanidad femenina y con la moda.
No tenía habilidad ninguna en esos menesteres. Masculló entre dientes, porque no quedó convencida con el arreglo, pero Tenten salió en su ayuda y asumió la tarea. Cuando la inglesa terminó, Hinata miró a la hermana e hizo un gesto de satisfacción.
—Vamos. Tenemos que recoger los aceros de nuestras habitaciones y luego encontrar la salida de la que habláis.
—¿Los aceros de las habitaciones? —La hermana Ayame la miró perpleja—.
Pero si la madre Nonō cogió vuestras espadas.
—Nosotras las recuperamos y ahora las necesitamos para escapar.
—No, no podemos arriesgarnos —protestó de inmediato la hermana.
—¿Pensáis dejarnos marchar sin protección?
Mordiéndose el labio, la hermana Ayame miró con desconsuelo y luego suspiró.
—Yo las recogeré entonces. Hinata sacudió la cabeza.
—No dejaré que os arriesguéis por nosotras.
—Estáis en peligro por mi culpa —dijo la hermana Ayame—. Además, ellos no se atreverán a hacer daño a una novia de Dios.
Hinata esbozó una ligera sonrisa.
—Vuestro aspecto ya no es el de una monja, hermana. La monja se miró el vestido, sobresaltada.
—Sí, bueno, pero si me veo en peligro puedo quitarme esto. —Hizo un gesto señalando el pañuelo que llevaba en la cabeza—. Entonces sabrán que soy una religiosa.
Hinata abrió la boca para discutir, pero la hermana Ayame negó con la cabeza.
—No pienso discutir más con vos. Voy yo y no hay nada más que decir.
—Yo voy también —dijo Tenten, y se apresuró a seguir a la hermana cuando ésta se dirigió a la puerta.
—¡No! —La hermana Ayame se volvió hacia ella—. Esto tampoco es seguro para vos.
—No podrán reconocerme, porque llevo vuestra vestimenta —dijo Tenten—. En realidad, es posible que yo esté más segura que vos. Además, hermana, seguramente no podréis cargar las espadas sola. Es necesario esconderlas en vuestra falda, y sería demasiado incómodo.
Tenía razón, por supuesto, y Hinata sonrió, divertida, cuando la hermana Ayame se dio cuenta y accedió con tristeza.
Después de recomendarles que tuvieran mucho cuidado y actuaran con rapidez, les dijo dónde podían encontrar las espadas. Tras asegurarse de que nadie se acercaba, abrió la puerta para dejarlas salir y las observó hasta que doblaron la esquina al final del corredor.
Había empezado a cerrar la puerta de nuevo cuando un ruido que pareció sonar al otro lado del corredor llamó su atención. Era el primer hombre que había visto, el escocés de pelo claro.
Había aparecido por una esquina del pasillo justamente cuando Tenten y la hermana Ayame desaparecían por la otra. No creyó que las hubiera visto, pero a ella sí. Estaba segura de ello.
Maldiciendo su mala suerte, Hinata golpeó la puerta y se volvió para prevenir a Shion.
Al llegar al corredor, Naruto siguió su camino, pero de repente se detuvo, sorprendido. El pasillo estaba vacío como la primera vez que había caminado por allí, pero ahora un escocés de pelo largo estaba en la puerta de la capilla.
Les daba la espalda y miraba hacia el otro extremo del corredor. Con curiosidad, Naruto miró en la misma dirección y perdió la oportunidad de ver la cara del desconocido. El golpe repentino de la puerta de la capilla le hizo saber que habían descubierto su presencia.
Maldiciendo, desenvainó la espada y se puso en guardia frente a la puerta de la capilla, justo cuando Neji llegaba a su lado.
Tenía la sospecha de que habían atrancado la puerta, pero se sorprendió al ver que se abría con sólo tocarla. Movió el pomo y se precipitó en la habitación, con la espada lista, consciente de que los otros hombres entraban tras él.
Por un momento, todos se quedaron perplejos porque, como antes, la habitación parecía vacía.
—Nadie. —Neji frunció el ceño y miró a su alrededor—. ¿Qué has visto que te ha hecho correr hacia aquí?
—Un escocés que estaba de pie ante la puerta. Me ha visto y ha dado un portazo.
—Ya. —Neji miró en todas las direcciones una vez más—. Bueno, en cualquier caso ahora no está aquí.
Naruto se detuvo junto al banco situado cerca de la puerta y recogió uno de los
plaids que estaban allí.
—No me dio tiempo a verlo bien.
El obispo frunció el ceño al ver el plaid.
—Bueno, ¿dónde se habrá metido? Naruto dejó caer el traje.
—¿Habrá un pasadizo secreto por aquí?
El obispo puso cara de pocos amigos ante semejante posibilidad. Miró, inquieto, las paredes y los tapices que las cubrían.
—No lo sé. Por supuesto, es posible que uno de los tapices oculte un pasadizo
secreto, o tal vez…
Naruto se puso en guardia al notar que el prelado se quedaba callado repentinamente. Siguió su mirada, dirigida a la imagen de la crucifixión de Cristo. Durante unos instantes, tanto el obispo como él escrutaron las paredes…
Todos los tapices de la habitación iban desde el suelo hasta el techo, pero el que el obispo estaba mirando, el de la crucifixión, no alcanzaba a llegar hasta abajo. Le faltaban un par de centímetros porque había un bulto que lo separaba de la pared. En la parte de abajo se veían dos pares de botas.
Naruto levantó su espada, hizo un gesto a los otros hombres y luego se movió hacia el tapiz. Hizo una pausa al llegar junto al bulto, esperó hasta que los otros hombres se situaron a su alrededor y luego gritó:
—¡Salid de ahí!
Hinata maldijo entre dientes. Desde el principio temió que su escondite no resistiera un examen detallado, pero tuvo muy poco tiempo para encontrar uno nuevo después de cerrar la puerta de la capilla. Shion y ella intercambiaron una mirada triste, luego Hinata dio un paso y se asomó parcialmente, para que el enemigo la viera.
Fue entonces cuando pudo verlos con claridad. Bueno, a uno de ellos, pues su atención estaba centrada en el hombre que se encontraba de pie, frente a ella, y por lo tanto no vio a los que lo acompañaban.
El que tenía frente a ella era, por su prestancia, más que suficiente para captar la atención de cualquier persona.
Hinata no había visto nunca a Kyōdai, pero si el hombre que estaba frente a ella era Kinkaku, Dios había sido realmente bondadoso al crearlo.
Su pelo, como vio fugazmente minutos antes, era rubio, pero semejante descripción era del todo insuficiente. Un poco más corto que la negra cabellera de su hermano, el pelo le llegaba a aquel caballero a los hombros, formando olas doradas en las que se reflejaban las luces de las velas que iluminaban la habitación.
Era soberbio, tenía un brillo dorado que, estaba segura, sólo podría poseer un ángel. Su rostro también era fascinante, con ojos azules y profundos, y unas pestañas doradas que acariciaban sus mejillas cuando parpadeaba. Una nariz recta y fuerte, labios de contornos definidos, la barba corta y dorada y tres marcas de bigotes en cada mejilla hacían de él el hombre más atractivo que jamás había visto Hinata.
Casi esperaba ver unas alas desplegándose en su espalda y una aureola sobre su cabeza, pero, pensó tontamente que los ángeles no podían tener un cuerpo tan maravilloso. Al menos, ninguna de las imágenes que había visto lo tenía.
En los cuadros y en los tapices en los que se representaban a los ángeles, esos seres eran delgados y de huesos finos. El hombre que tenía enfrente no habría podido ser descrito así. Era más alto que ella, sus hombros, el doble de los de ella, la parte superior de los brazos casi tan gruesa como los muslos. No. Más gruesa aún.
Y sus piernas eran fuertes y bien formadas, como bien dejaba ver el corto plaid que llevaba.
¡Maldición! Dejó escapar un pequeño suspiro. Casi valdría la pena morir por pasar una noche en su cama, pensó al recordar que Tenten le había dicho que planeaba matarla.
Naruto observó fijamente a la criatura que lo miraba desde el borde del tapiz y frunció el ceño. La iluminación de la capilla era insuficiente y el escocés sólo había sacado la parte superior de su cuerpo, por lo que sólo se le veían un brazo y un ojo.
Era suficiente para saber que no se trataba de un soldado. Era delgado y poco musculoso, y le faltaba lo que identificaba a cualquier guerrero.
No se le veía su espada. Naruto pensó que ésa debía ser la razón de que se hubiera escondido en lugar de hacerle frente. Se movió, impaciente, al ver que el silencio continuaba y que el hombre permanecía medio escondido tras la tela.
—He dicho que salgáis —dijo en tono brusco y se movió amenazadoramente. El escocés pareció responder a su reto, pero luego se volvió a quedar quieto.
Hinata estaba confundida. Mientras estuvo escondida del todo tras el tapiz, éste amortiguó las palabras del hombre y no pudo captar su acento. Ahora sí. Era inglés, no escocés. Miró desconcertada a Shion.
El acento del hombre también confundía a su compañera, que se encogió de hombros.
Hinata volvió a mirar al hombre, abrió la boca para decir algo y enseguida lo pensó mejor. Quizá fuese un escocés que había sido educado en Inglaterra. No era infrecuente que esto sucediera. Muchos herederos escoceses habían sido educados allí, ya fuera por parientes ricos o en la Corte misma.
Dejando de lado esas consideraciones, miró de nuevo a Shion y levantó la mano tras el tapiz para cogerlo por la parte alta. Le lanzó a su amiga una mirada expresiva, y luego dio un paso adelante desde atrás del tapiz. Shion comprendió lo que tenía que hacer, levantó la mano y se deslizó por el otro lado.
Naruto estaba a punto de ordenar de nuevo al escocés que saliera de su escondite cuando éste salió de repente. Con consternación, se dio cuenta de que se trataba de una mujer al ver sus ojos de color grisáceos y sus rasgos obviamente femeninos.
El movimiento del otro lado del tapiz llamó su atención y vio a la mujer que salía por el otro lado. Pequeña, rubia, bien formada y hermosa. Justo en el momento en que Naruto volvió la mirada hacia la más alta, Neji dejó escapar un grito de asombro.
Naruto lo miró, y al ver señales de alarma en su rostro, se dio la vuelta a toda prisa, pero ya era demasiado tarde.
Moviéndose al mismo tiempo, las dos mujeres, la grande y la pequeña, agarraron
el tapiz y tiraron de él hacia adelante. El pesado tejido cayó sobre los hombres. Naruto apenas logró dar un paso hacia un lado mientras el tapiz caía. Pero no fue suficiente para salvarse completamente, porque la pesada tela decorativa le cayó en el hombro y le hizo tambalearse hasta caer en el suelo.
Tan pronto como el tapiz se soltó de la pared y cubrió a los hombres, Hinata dio una voz a Shion y corrió hacia la puerta para intentar escapar. Un grito encolerizado de su prima la obligó a girar sobre sus talones, y la consternación se apoderó de su rostro cuando vio que el tapiz no había cubierto a todos los hombres.
Uno de ellos, gigantesco, que estaba un paso o dos detrás del obispo, cubriendo las espaldas de los otros, se había librado por completo del polvoriento tapiz que envolvía a los demás. También había logrado atrapar a Shion cuando corría junto a él y la tenía asida, con sus brazos como tenazas alrededor del cuerpo de la joven.
La alzaba en vilo y parecía ser inmune a los puñetazos que le propinaba, a las uñas que le clavaba y a las patadas enfurecidas que le daba. Estaba atrapada.
Hinata, maldiciendo, miró rápidamente a su alrededor, dispuesta a encontrar alguna manera de ayudar a su prima; pero no pudo ver nada adecuado. Cuando había decidido desistir de la búsqueda, oyó un nuevo grito de Shion, que en esta ocasión la estaba previniendo; miró a su alrededor y vio que el hombre que llevaba el plaid se había liberado del tapiz y se dirigía hacia ella.
Hinata alzó un banco y se lo lanzó justo en el instante en el que se abría la puerta de la capilla y lady Tenten y la hermana Ayame entraban corriendo. En sus rostros se reflejaban la excitación y la alegría por el éxito alcanzado, pero la consternación se apoderó de ellas cuando vieron el caos que reinaba en la capilla.
Sin molestarse por explicar lo que era evidente, Hinata cogió las dos espadas que las mujeres le tendían y les ordenó que salieran de la habitación. Luego se volvió para hacer frente al hombre del plaid.
Naruto disminuyó su ímpetu al ver las espadas con las que tenía que lidiar. Su primera reacción fue de sorpresa. La mujer sostenía las espadas como si estuviera acostumbrada a hacerlo, lo que le llevó a darse cuenta de que eran más pequeñas y menos pesadas que las normales.
Era evidente que habían sido hechas de encargo para la mujer que estaba frente a él y para la que estaba dando tantos problemas a Pequeño Killer B.
—Deteneos —dijo Naruto cuando las espadas estuvieron una contra otra. Primero había pensado que la persona que estaba en la capilla era un hombre escocés, sin duda alguna el que había entrado antes a la abadía, pero ahora sabía que se trataba de una mujer cuya descripción coincidía exactamente con la que había hecho Neji de su prometida.
Empezó a darse cuenta de que la mujer con la que estaba enfrentado no era sino Hinata Uchiha. Era demasiado parecida a la descripción, no podía ser otra. Ojos grisáceos, una hermosa cabellera de color negro azabache, bien formada. Sí, por fin estaba frente a su prometida. Y ella llevaba pantalones.
—No quiero haceros daño —murmuró cuando logró captar su atención.
—Yo tampoco —contestó Hinata con suavidad, pero levantó una de las espadas y la dirigió a él.
La brutalidad de su ataque tomó por sorpresa a Naruto, que al principio se dedicó a defenderse. Al cabo de unos instantes se dio cuenta de que era ella quien dirigía la lucha, y se las había ingeniado para que cambiaran tanto de posición que ella se aproximaba ya al lugar en el que forcejeaban Pequeño Killer B y su amiga.
Antes de que Naruto pudiera hacer algo, la mujer había cubierto el último trecho entre ella y el hombre y le había dado una patada con el pie derecho, sin dejar de batirse. Naruto hizo un gesto de asombro al ver que el pie de ella chocaba ferozmente con la pierna izquierda de Pequeño Killer B.
El gigante lanzó un gruñido y soltó a la mujer que sostenía, tratando instintivamente de agarrarse. De pronto, sintió que caía sobre el suelo de la capilla. Le habían zancadilleado con extrema habilidad. La pequeña mujer se echó ágilmente a un lado para evitar que la aplastara y quedó en pie junto a la mujer de pelo oscuro. Luego cogió la segunda espada.
—¿Qué pasa aquí?
La hermana Ayame y lady Tenten se encogieron con aire culpable ante la puerta de la capilla al oír la voz de la abadesa. Habían oído las órdenes de Hinata, pero no habían obedecido del todo.
Se habían alejado hasta dejar la capilla, pero no estaban dispuestas a llegar más lejos. Medio escondidas en el pasillo, tras dejar la puerta abierta, observaban la conmoción desatada en el interior de la capilla y veían cómo lady Hinata y su prima se enfrentaban al hombre del plaid.
Ayame y Tenten se dieron la vuelta para mirar a la abadesa, que se aproximaba por el corredor con un aire feroz, muy poco tranquilizador para ellas.
—¡Madre! —consternada, la hermana Ayame observó a la mujer, luego dirigió su mirada culpable hacia la capilla—. Los escoceses han invadido la abadía. Lady Hinata y lady Shion los están rechazando.
—¿Qué? —La abadesa la miró con recelo—. Se suponía que debías dejar entrar a los ingleses, no a los escoceses. Dios mío, Ayame, ¿qué has hecho?
—En realidad, no ha hecho más que obedeceros —rezongó lady Tenten amargamente—. Sólo abrir la puerta según vuestras órdenes, para permitir que unos hombres se llevaran a unas mujeres que habían buscado protección en el interior de estas paredes sagradas.
Lady Nonō se puso tensa ante la acusación y lanzó una mirada de reproche a la hermana Ayame. Ella se movió lentamente hacia la puerta y la abrió un poco más, para contemplar la batalla que tenía lugar en el corazón de la abadía. En ese momento Pequeño Killer B se levantaba y se unía a Naruto para enfrentarse a las mujeres armadas.
—¿Qué pasa aquí? ¡Ésta es la casa de Dios! ¿Por qué lucháis aquí como si estuvierais en una taberna?
Hinata se quedó helada al oír aquel grito áspero. Lo mismo les ocurrió a los otros combatientes. Sin dejar de enfrentarse a los dos hombres, en guardia ante ellas, le lanzó a la abadesa una mirada enfurecida y cargada de un desdén evidente.
—Abrid la puerta al diablo y él entrará —dijo con impaciencia—. Vos ordenasteis que se desatrancara la puerta, no os lamentéis porque el pretendiente deshonesto haya entrado, y ahora nosotras estemos defendiendo a lady Tenten del hombre que quiere asesinarla.
La abadesa miró de pronto a los dos hombres armados, sus ojos se detuvieron primero ante el atuendo escocés del más apuesto y pequeño, y luego en la vestimenta inglesa del más grande. También notó la confusión que apareció en los rostros de los hombres al escuchar las palabras de lady Hinata.
—¿Cómo sabéis que son los Kyōdai? Uno de ellos lleva un traje inglés.
Hinata miró al hombre más alto, y por primera vez se dio cuenta de que, en efecto, llevaba atuendo inglés. Había pasado por alto ese hecho, sumida en el fragor de la batalla.
—Y uno lleva plaid —dijo, y luego miró con desdén a aquella mujer con aire de gran señora que estaba en la puerta de la capilla—. No obstante, quizá tengáis razón. Si bien es verdad que nunca habría pensado ver a un inglés llevando atuendo escocés, tampoco había pensado ver a una abadesa a la que le importaran tan escasamente su Dios y sus ovejas, y que estuviera dispuesta a lanzar a éstas a los lobos, como habéis hecho vos.
Lady Nonō se puso totalmente colorada, luego palideció de repente mientras recorría la habitación con su mirada. Curiosa ante la reacción de la abadesa, Hinata se volvió a mirar a los demás hombres, que se habían esforzado por liberarse del tapiz que los cubría y estaban sacudiendo sus vestidos.
Reconoció sorprendida al obispo y a lord Hyūga; nunca había visto al prelado con aquella expresión de confusión, disgusto e ira con la que miraba ahora a lady Nonō.
—Monseñor… —musitó la abadesa débilmente, pero el obispo la cortó.
—Lo he escuchado todo, señora, cada una de las palabras, mientras estaba tratando de salir de debajo de ese maldito tapiz. No aumentéis vuestros pecados diciéndome ahora mentiras.
—Pero, yo…
—¿Habéis dejado franca la puerta para que todo el mundo pudiera entrar? —concluyó el obispo cuando la voz de la abadesa se apagó, llena de impotencia.
—¡No! —gritó ella enseguida, recuperando suficiente ingenio como para defenderse—. Ha sido la hermana Ayame quien ha quitado el cerrojo a la puerta.
—Obedeciendo vuestras órdenes —dijo Hinata, que no quería que la mujer se librara echando la culpa a la otra. Envainó la espada y se volvió hacia el obispo. —La hermana Ayame no quería quitar el cerrojo a la puerta, pero no podía negarse a obedecer una orden directa. Dejó paso libre sólo porque lady Nonō la amenazó con enviarla desterrada y en vergüenza a Inglaterra si no hacía lo que se le ordenaba. Ella vino a avisarnos en cuanto pudo.
El obispo movió la cabeza, dejando ver así que comprendía.
—La hermana Ayame no tiene nada que temer, no será ella quien regrese a Inglaterra castigada.
Todos comprendieron exactamente lo que el obispo quería decir, incluida lady Nonō, que dio un grito y cayó de hinojos ante el obispo.
Hinata hizo un gesto de disgusto ante aquel despliegue indigno, luego miró a lord Neji y después se volvió hacia los otros dos hombres. Ambos habían vuelto a envainar sus espadas, aunque permanecían tensos y alerta. No se requería demasiado esfuerzo para saber quién era el hombre que llevaba el plaid.
¿Quién más viajaría con lord Hyūga? Además, la descripción que había hecho lady Tenten del hombre había sido muy exacta. Con el pelo claro y hermoso como un ángel o algo por el estilo. Ciertamente, era todo eso y más.
Un hombre extraordinario. Tenía unas rodillas magníficas, como notó de nuevo, luego frunció el ceño al darse cuenta de lo que estaba pensando. Era el hombre que no había ido a buscarla durante tantos años, el hombre que había dejado muy claro que no quería casarse con ella.
Había sido necesaria una orden del rey para que al fin acudiera, y ella no quería a ese hombre, y menos siendo, como era, inglés. Y encima, un Namikaze.
Además, aunque hubiera sido capaz de olvidar y dejar a un lado todo lo demás, no había forma de evitar el hecho de que, sin duda, él la encontraría totalmente inapropiada como esposa. Era necesario echar una sola ojeada a su hermoso rostro para darse cuenta de ello.
Su prometido era divino, perfecto y evidentemente estaba acostumbrado a mujeres también divinas y perfectas. Hinata no se engañaba con respecto a su persona. Era demasiado alta, demasiado delgada, demasiado varonil, tanto en su apariencia como en su educación y sus conocimientos, como para aspirar siquiera a considerarse una mujer normal.
No sabía cómo ser una dama, y dudaba, incluso, que los demás la vieran como una verdadera mujer. Había pasado demasiados años en compañía solamente de hombres. Hombres y Shion, pero Shion, como ella, también carecía de los refinamientos de una dama.
No, pensó con tristeza, él no la querría… y ella no deseaba oírlo decir eso. Si bien le faltaban las cualidades y los refinamientos de una dama, desde luego no le faltaba orgullo, y no le gustaba oír cómo la rechazaban.
Hizo un gesto a Shion para que la siguiera, le dio la espalda al hombre y caminó hacia la puerta de la iglesia. Por el camino, se detuvo a recoger la tela rasgada de su traje.
También recogió la de Shion y se la lanzó; luego siguió la marcha y sólo se paró cuando unos dedos se aferraron a su brazo.
—¿Adónde creéis que vais?
