LA ETERNA ESPERA.
16. Confesión
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Lo primero que Naruto sintió fue un terrible dolor de cabeza. Era tan fuerte que estuvo a punto de gritar, pero se controló porque sospechó que sólo serviría para aumentar el dolor. Después percibió una sensación pastosa en la boca y se preguntó qué demonios le había ocurrido.
No se sentía tan mal desde aquella vez en que se pasó tres días celebrando su ascenso… ¡Qué barbaridad! Vino, mujeres y música, durante tres días. La agonía que padeció después fue suficiente para convencerlo de que el alcohol debía consumirse con moderación.
¿Había olvidado esa lección y lo había vuelto a hacer? No lo recordaba. Lo último que recordaba…
Naruto trató de escudriñar en sus recuerdos. Había viajado a Sharingan para cumplir las órdenes del rey y casarse con Hinata Uchiha, la había perseguido por toda Escocia, había logrado regresar a Sharingan, se había casado con ella, se había acostado con ella y… hizo una pausa para dejar que los recuerdos acudieran a él.
Su esposa lo estaba convenciendo de que el matrimonio no iba a ser la aburrida y pesada carga que había temido. Ella era diferente. No era como las otras, siempre tan recatadas y remilgadas. Ella era… divertida.
Hinata jugaba con él, luchaba y reía, no se preocupaba si se despeinaba, tampoco si se le rasgaba el vestido o si se le rompían las uñas. Y al acampar camino a Rasengan no se había quejado por las incomodidades del viaje ni se había acobardado cuando él peleó contra sus atacantes…
De hecho, casi hubiera querido que lo hiciera. Naruto se había distraído durante la batalla porque le preocupaba que ella estuviera peleando a sus espaldas. Esa había sido una de las razones por las cuales no había podido mantenerse en pie cuando ella se tropezó con él y por eso se había caído contra…
Los pensamientos de Naruto se detuvieron de repente al recordar la espada que lo había atravesado.
La cabalgata que había seguido le resultaba borrosa, lo que recordaba era que se habían dirigido hacia Eberhardt. Sospechó que había pasado inconsciente buena parte del trayecto.
Bueno, eso explicaba por qué se sentía tan mal, pensó, luego abrió los ojos, miró a su lado y una maldición entre dientes llegó a sus oídos. Reconoció la habitación en la que había dormido durante su última visita a Eberhardt.
Sin embargo, no reconoció a la mujer que cosía sentada en la silla junto a su cama. Lo primero que pensó fue que se trataba de una de las sirvientas. El pelo oscuro salía debajo de una diadema, no alcanzaba a ver su rostro porque tenía la cabeza agachada, concentrada en la costura que tenía sobre el regazo.
El traje que llevaba no parecía de una sirvienta. Era de un estilo sencillo, pero de un material demasiado fino para ser de una empleada. Se preguntó quién sería y, acto seguido, se preguntó dónde diablos estaría su esposa.
Había sufrido una herida muy grave. ¿Sería mucho esperar que lo cuidara en lugar de dejarlo en las manos de una absoluta desconocida, fuera o no una dama?
Debió de moverse o hacer algún ruido porque la mujer alzó el rostro de repente para mirarlo. Abrió los ojos de par en par y dejó la costura a un lado para acercarse un poco más a la cama.
—¡Estás despierto!
Naruto la miró sorprendido. Un minuto no había sido suficiente para reconocer el rostro enmarcado por la diadema y el velo que llevaba, pero reconoció su voz de inmediato.
¡Rayos! La extraña morenita sentada a su lado era su esposa. Llevaba un vestido. ¡Y estaba cosiendo! Naruto abrió la boca y la cerró, luego volvió a abrirla, pero no supo qué decir. No tenía ni idea de qué decir.
—¿No puedes hablar? —adivinó Hinata—. No te esfuerces, tal vez estás muerto de sed. No has bebido ni comido nada durante días. Ahora te traigo un poco de caldo. Han mantenido un caldero sobre el fuego muchos días para cuando te despertaras. No vuelvas a dormirte. No tardo.
Naruto se quedó mirándola cuando se puso de pie y salió de la habitación, el traje azul oscuro se movía rítmicamente mientras caminaba. Lo único que podía pensar era en qué había pasado con su mujer; un pensamiento que lo acompañaría los próximos días.
Hinata cerró la puerta y corrió escaleras abajo. ¡Naruto había despertado! Casi no podía creerlo. Su esposo finalmente se había despertado, y lo había hecho de la manera más natural. De pronto lo había mirado y ahí estaba con los ojos abiertos.
—Lady Hinata, ¿qué…? —Lady Natahi se detuvo en la parte alta de las escaleras al ver a una Hinata nerviosa correr escaleras abajo y se apresuró a alcanzarla—. ¿Ha despertado?
—Sí.
—Gracias a Dios. —El alivio evidente de Natahi se tradujo rápidamente en una sonrisa esperanzada—. ¿Cómo está? ¿Qué ha dicho? ¿Le ha gustado tu nuevo vestido?
Hinata parpadeó. Se había olvidado por completo de su transformación, aunque le había dedicado dos días a la misma. Lady Natahi le había ayudado con entusiasmo.
Había organizado un grupo de sirvientas para confeccionar el vestido de inmediato y había sugerido que fuera algo muy sencillo para que pudiera hacerse más rápidamente.
Las mujeres apenas lo habían terminado unas pocas horas antes, y Hinata se lo había puesto y había esperado pacientemente mientras Natahi le arreglaba una diadema azul oscura y un velo sobre la cabeza.
Se sentía muy incómoda con la indumentaria, pero sabía que se acostumbraría con el tiempo. También extrañaba su espada, pero lady Natahi había insistido en que no debía usarla.
Pero lady Natahi no se había limitado a eso. También la estaba entrenando en comportamientos femeninos, tales como la manera apropiada de dirigir el servicio, los intríngulis del manejo de una propiedad grande y la costura. Hinata estaba practicando esta última habilidad cuando Naruto se despertó.
—¿Hinata? ¿No le ha gustado?
—No lo sé —admitió—. No puede hablar. Creo que es por su garganta. Está reseca por la falta de líquido.
—Oh, sí, claro. —Natahi empezó a bajar por las escaleras—. Quédate con él, yo iré a por el caldo.
—Gracias.
Hinata se apresuró a regresar por donde había bajado para entrar de nuevo en la habitación. Cuando estuvo en la puerta hizo una pausa. «No corras ni des zancadas», se recordó a sí misma.
«Camina como una dama». Natahi le había repetido varias veces este consejo en su esfuerzo por ayudarla a ser más elegante.
Sacudió la cabeza, abrió la puerta y entró en la habitación, obligándose a dar pasos cortos y controlados. Era una verdadera lata, pero Naruto merecía una esposa adecuada, y las esposas adecuadas no caminaban a zancadas como los hombres.
«Trata siempre de sonreír con serenidad. Los hombres se ven enfrentados a pruebas y tribulaciones durante el día y valoran tener una esposa con una sonrisa tranquilizadora».
La voz de su anfitriona resonaba en su cabeza, y al mirar hacia la cama se obligó a esbozar lo que esperaba fuera una sonrisa tranquilizadora. Se sintió aliviada al ver que Naruto seguía despierto y no había vuelto a sumirse en su sueño sepulcral.
—Lady Natahi te traerá un poco de caldo —le dijo, tratando de hablar con suavidad, como hacía lady Natahi. Bueno, cuando no estaba bramando.
Naruto miró a su esposa, y le extrañó su forma de hablar y cómo se había suavizado su voz. En realidad estaba preciosa. El color del traje le sentaba bien, pero él echaba de menos la forma en que sus pantalones se ceñían a sus finas curvas.
Después le miró el rostro y el pelo, y pensó que sabía lucir la diadema y el velo, aunque su pelo era igualmente hermoso cuando lo llevaba recogido atrás, y mucho más hermoso cuando caía sobre sus hombros por las noches…
Sí, estaba preciosa, pero no se parecía a su Hinata. ¿Y dónde estaba su espada? Decidió guardarse la pregunta mientras se recuperaba. Cuando por fin quiso hablar, se dio cuenta de que tenía realmente seca la garganta. Sólo recuperó la normalidad dos días después.
Pero, en realidad, no era por eso por lo que no hablaba. Ésa fue simplemente la excusa de la que se sirvió.
Naruto no hablaba porque no sabía qué decir. Todos los demás hablaban todo el tiempo. Hinata le relató su viaje a Eberhardt, su llegada y cómo lo había cosido Natahi.
Menma le relató la búsqueda de sus atacantes y los movimientos diarios en Eberhardt.
Natahi le contó lo que había pasado en Eberhardt desde su última visita.
Sin embargo, nadie le explicó qué le había pasado a su esposa. El cambio no se limitaba al vestido. Todo su comportamiento era diferente. Ya no practicaba con las espadas diariamente en el patio como hacía en Sharingan, pasaba el tiempo sentada a su lado, insistiéndole en que descansara y cosiendo lo que fuera que estaba haciendo.
Por lo general, con una mueca horrible en la cara que alternaba con una sonrisa forzada que se ponía en los labios cada vez que lo miraba. Ahora caminaba dando saltitos y hablaba con una voz tan baja que tenía que esforzarse por escuchar… cuando decía algo.
Naruto recordaba cariñosamente tenerla en sus brazos durante la noche, contándole sus relatos juveniles y escuchando los pocos detalles que ella estaba dispuesta a contar sobre los suyos.
En verdad, era él quien hablaba, sólo ocasionalmente lograba sacarle una historia a ella. Pero ahora no decía nada. Hinata se limitaba a sonreír con la sonrisa más espantosa y forzada que había visto en su vida, y Naruto la miraba y se preguntaba qué le había sucedido.
Por fin, al tercer día, se atrevió a plantear la pregunta. Menma pasó a hablar con él y Hinata se excusó para bajar a hablar con Natahi. Su amigo empezó a decirle que todavía no habían encontrado a sus atacantes pero que seguirían buscándolos.
Naruto asintió y después, incapaz de seguir guardando silencio en relación con su esposa, preguntó: —¿Qué le ha pasado a mi esposa?
Estaba un poco ronco, pero ya no le dolía la garganta al hablar. Para su desagrado, lo único que había tomado era unos pocos sorbos de caldo. Pero le había suavizado la garganta y esa mañana le habían permitido comer algo sólido.
—¿Qué ha pasado con…? —empezó a preguntar Menma, desconcertado—. No sé qué quieres decir.
Naruto se movió en la cama con impaciencia. Menma no la conocía antes y quizá no se daba cuenta del cambio en su comportamiento. Por desgracia, Shion y Pequeño Killer B, que sí la conocían, no estaban allí para preguntarles.
Le habían informado de que la pareja había ido a visitar a la familia de Pequeño Killer B.
—¿Hirieron a mi esposa durante el ataque? —preguntó.
—No.
Naruto frunció el ceño.
—¿Se ha golpeado en la cabeza después de que llegáramos aquí, mientras yo estaba inconsciente?
—No —repitió Menma, que ahora no salía de su asombro por las preguntas.
—Ya veo —dijo Naruto—. Entonces, ¿qué diablos habéis hecho con mi esposa? Menma se quedó de una pieza.
—¿Yo…? Nada. ¿Qué…?
—Lleva un vestido —señaló—. Un vestido, Menma. Está cosiendo, o tratando de hacerlo. ¡Dios Santo! ¿Qué ha pasado mientras yo estaba inconsciente?
—Yo… ¿nunca usaba vestidos antes de venir?
—No —afirmó Naruto—. No llevaba vestido cuando llegamos, ¿o sí?
—No, pero pensé que quizá se debía a que estabais viajando y…
—No traíamos una carreta llena de baúles que pudieran estar llenos de vestidos, ¿o sí?
—No —dijo Menma dándose cuenta de lo que pasaba.
—Bueno, ahí lo tienes entonces. —Naruto sacudió la cabeza y añadió—: Exceptuando el día de nuestra boda, ella no ha usado un vestido desde que la conocí en la capilla de Saint Simmian. Hasta ahora —reconoció—. Hinata no usa vestidos. No cose. No camina a saltitos, ella da zancadas. ¿Y dónde está su maldita espada?
—No lo sé. —Menma miró a su alrededor buscando el objeto en cuestión—. ¿Cómo es?
—Como una espada, Menma —dijo Naruto secamente—. Especialmente fabricada para ella, un poco más pequeña y más ligera que la espada de un hombre, pero, por lo demás, exactamente igual a todas las espadas que has visto.
Menma se encogió de hombros, impotente.
—No me fijé la noche en que llegasteis, teníamos tanta prisa y tanta angustia… Y no he visto mucho a Hinata desde vuestra llegada. Tu esposa ha estado aquí contigo casi todo el tiempo, cuidándote como le correspondía.
—Bueno, seguramente Shion no estuvo aquí todo el tiempo antes de irse con Pequeño Killer B a…
—¡Ay, sí! —exclamó Menma—. He visto la espada de Shion. Muy bien hecha y perfecta para su tamaño. —Hizo una pausa y lo miró con interés—. ¿Quieres decir que Hinata tiene una espada parecida?
—No sólo tiene una espada parecida sino que generalmente lleva pantalones como Shion, camina con pasos firmes y seguros como Shion y… son como copias exactas, excepto que Shion es pequeña y rubia y mi Hinata es alta y esbelta, y tiene ese hermoso pelo negro azabache.
—Ah. —Menma asintió lentamente y luego movió la cabeza—. Yo no la he visto así. Como te he dicho, no la miré detenidamente la primera noche debido a la preocupación que tenía por ti, y como ha estado aquí casi todo el tiempo desde entonces… Me parece fascinante.
—Es fascinante. O lo era, antes de llegar aquí. Desde que desperté en esta cama,
ella ha… —Suspiró, impotente. Se estaba volviendo una chica. Como Natahi—.
¡Natahi!
—¿Qué? —preguntó Menma alarmado cuando Naruto se incorporó en la cama.
—Natahi —repitió Naruto con tristeza—. Tu pequeña esposa tiene que haberle influido. Está haciendo que mi Hinata se vuelva una chica.
Menma alzó bien las cejas.
—¿No era una chica cuando te casaste con ella?
—Sí, pero… bah, tú sabes lo que quiero decir. Era una mujer, pero fuerte y divertida.
—Natahi es fuerte y divertida. —Menma empezó a lanzar una mirada desafiante.
—Sí, pero Hinata… ¿De dónde ha sacado el vestido? —se interrumpió Naruto. Menma frunció el ceño.
—Creo que Natahi ordenó a las sirvientas que le hicieran el vestido — admitió; luego añadió de mala gana—: Me imagino que ha pasado algún tiempo con Hinata durante estos días antes de que despertaras.
—¡Ajá! —Naruto apartó las sábanas lejos e intentó sentarse en el borde de la cama.
—¿Qué haces?
—Voy a vestirme. ¿Dónde está mi traje?
—Aquí. —Menma cogió una tela blanca que estaba sobre la silla y se la pasó—. Aquí está tu túnica. Tu jubón y tus pantalones deben de estar por aquí. Pero no creo que debas levantarte todavía.
—Tengo que hacerlo. —Naruto cogió la túnica y empezó a ponérsela—. Tengo que alejar a Hinata de Natahi antes de que la estropee por completo.
—¿Estropearla? —Los ojos de Menma se achicaron, mirándolo con frialdad—. Mi esposa no está estropeando a la tuya. La influencia de Natahi sólo puede serle provechosa a Hinata.
—Hinata no necesita la ayuda de nadie. Era perfecta como era. ¡Me gustaba así! —Naruto terminó de ponerse la túnica, y se quedó asombrado al ver que tenía un brazo más largo que el otro.
Una de las mangas que daba a medio camino entre el codo y la muñeca mientras que la otra le cubría completamente los dedos de la mano. Entonces vio la aguja con un poco de hilo que colgaba del dobladillo.
—¡Ja! —Menma señaló el hilo y la aguja—. Esta es obra suya, ¿no? ¿Ves? Necesita entrenamiento. Tendrías que agradecer a mi Natahi que se haya dignado a dedicar su tiempo a enseñarla.
Naruto miró con ira a su viejo amigo, luego se le acercó, pero sintió que las piernas le temblaban al caminar. Sin prestar atención a eso, puso un dedo sobre el pecho de Menma y le espetó:
—Yo tengo sirvientas para que cosan. Mi esposa es perfecta como es.
—¿Naruto?
Al volver la vista hacia un lado, se encontró con Hinata y Natahi, de pie en la puerta, mirándolos. Sintió pánico por un momento, ¿habrían oído su conversación? No, a juzgar por las sonrisas en sus labios, acababan de llegar.
—¿Qué haces levantado? —Hinata se acercó a la cama y titubeó un poco al ver la túnica.
Una mueca se dibujó en sus labios, y él pensó que la había oído murmurar que tenía que esforzarse aun más, pero luego se interpuso entre él y Menma y lo obligó a volver a la cama. Él la dejó. Parecía mejor volver a la cama voluntariamente que dejar que las piernas le flaquearan.
—Tienes que recuperar las fuerzas. Te estás recuperando de una herida muy grave.
—
Sí —dijo Menma con frialdad—. Cuanto más pronto te recuperes más pronto podrás irte a tu casa.
—No será lo suficientemente pronto para mí —gruñó Naruto en respuesta. Los dos hombres se miraron durante un momento, hasta que Menma se dio la vuelta y salió dando un portazo.
Hinata y Natahi intercambiaron miradas de asombro, luego se dedicaron a lo importante y ayudaron a Naruto a volver a la cama.
—¿Has podido averiguar por qué están tan enfadados? —preguntó Hinata. Estaba con Natahi junto a las escaleras del castillo de Eberhardt, contemplando a sus esposos que se ignoraban el uno al otro obstinadamente.
Naruto, montado en su caballo, con gesto adusto y la espalda muy derecha, se negaba deliberadamente a mirar a Menma, quien, de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, miraba con tristeza hacia los escalones, determinado a no mirar a su amigo.
No habían vuelto a hablarse desde que Natahi y Hinata entraran en la habitación mientras Naruto gruñía: «Mi esposa es perfecta como es».
Hinata se había sentido muy complacida con el elogio, pero entonces había advertido que los hombres se miraban fijamente y luego Menma había dicho que era necesario que Naruto se recuperara pronto para que se pudiera ir a su casa.
La respuesta de su esposo no había sido más entusiasta, y en ese momento se había dado cuenta de que algo andaba mal entre los dos amigos, pero no sabía qué, y eso la molestaba.
Naruto había pasado los últimos cuatro días en la habitación e insistía en que ella permaneciera con él. Cuando trató de averiguar cuál había sido la razón del disgusto, él no quiso contárselo.
Durante las dos cortas charlas que había podido tener con Natahi desde entonces, se enteró de que Menma estaba también muy enfadado, pero tampoco decía por qué. Las mujeres se habían esforzado por saber de qué se trataba, pero ninguna de las dos había tenido éxito.
—No. Lleva unos días muy enfadado y no quiere ni oír hablar de Naruto. Hinata movió la cabeza, cada vez más preocupada.
Naruto y ella salían hacia Rasengan ese día. Naruto consideraba que seis días eran suficientes para recuperarse e insistía en partir.
Natahi y Hinata habían tratado de convencerlo de que se quedara un par de días más antes de arriesgarse a viajar, recordándole su delicado estado de salud y el hecho de que Pequeño Killer B y Shion no habían regresado todavía.
Pero no pudieron convencerlo. Y Menma no las había ayudado, todo lo contrario: dijo que la mayoría de los guerreros habían regresado después del tiempo libre que Naruto les había dado y que podían escoltarlos hasta Rasengan para asegurarse de que llegaran a salvo.
También había dicho que podían enviar a uno de los hombres a informar a Pequeño Killer B de que Naruto iba camino a casa y que podía reunirse allí con él, en lugar de regresar a Eberhardt.
—¡Hinata! —exclamó Naruto mirando hacia el grupo con fastidio—. Termina de dar las gracias a lady Natahi y partamos. Tenemos que recorrer una distancia de medio día para llegar a casa.
Hinata se volvió hacia Natahi. Pensó abrazarla, pero nunca había sido partidaria de las despedidas emocionales, por tanto se limitó a sonreír.
—Muchas gracias por todo.
—Con muchísimo gusto, Hinata. —Natahi le dio unas palmaditas en el hombro y bajó con ella las escaleras—. Si logras saber por qué están tan enfadados los hombres…
—Haré lo que pueda —prometió Hinata.
Sonriendo, Natahi la abrazó rápidamente, luego dio un paso atrás para dejarla montar en su caballo.
Fue una operación difícil para Hinata. Como estaba acostumbrada a montar a horcajadas, era torpe y lenta montándose de lado. Naruto la miró con disgusto, luego le lanzó una mirada acusadora a Menma y dirigió su caballo hacia la puerta.
Fue una larga cabalgata para Hinata. No sólo estaba incómoda, sino que Naruto había permanecido silencioso y triste durante el viaje. En poco tiempo iba a conocer al padre de Naruto y de repente se sentía nerviosa al pensarlo.
¿Qué pasaba si no le agradaba? ¿Si se olvidaba de levantarse un poco la falda, se enredaba y se caía en el momento de saludarlo? ¿Si la odiaba tanto a ella como parecía odiar a su padre?
Se torturó con esas preocupaciones todo el camino, por lo que fue casi un alivio llegar. Aunque todo saliera mal, pronto pasaría. Los malos tragos, cuanto antes mejor.
Naruto ordenó a los hombres que se dirigieran al establo, pero la llevó a ella directamente a la puerta del castillo.
Hinata miró con cautela cuando se abrieron las puertas y un hombre mayor y delgado apareció en la parte superior de la escalera. Por su palidez y apariencia frágil, supuso que debía de tratarse del conde.
Estaba haciendo acopio de valor para saludarlo cuando su padre apareció al lado del hombre y le dio el brazo para ayudarlo a bajar las escaleras. Lo seguía lady Ōtsut… lady Uchiha, se corrigió a sí misma, luego Pequeño Killer B, Shion y el obispo.
Su nerviosismo se desvaneció. Ya no se sentía tan sola ni tan nerviosa. Además, se distrajo por todo lo que estaba pensando. No había señal alguna de animosidad entre los dos viejos, lo que sugería que habían saldado las diferencias, sin importar por qué habían surgido.
Y quería saber cómo les había ido en el viaje a la Corte y cómo había recibido el rey inglés la noticia del matrimonio de su padre con lady Ōtsutsuki.
También quería saber cómo le había ido a Shion con la familia de Pequeño Killer B. Esperaba que le hubieran agradado a su prima y que hubieran sido amables con ella.
Naruto bajó del caballo y se acercó a ayudarla, pero ella se bajó antes de que él llegara y salió corriendo para reunirse con su prima y su madrastra, que se adelantaron a saludarla.
Esperó a que las mujeres se abrazaran, y cuando hubieron concluido los saludos, tomó su esposa de la mano y se volvió para presentársela a su padre.
Hinata saludó a su suegro con cortesía y a su padre con un movimiento de cabeza; hecho esto, corrió junto a las mujeres y las tres se pusieron a hablar muy animadamente de todo lo que había sucedido mientras habían estado separadas.
Naruto suspiró cuando las puertas del castillo se cerraron tras ellas. Parecían tres mujeres normales. Incluso Shion llevaba un vestido. Su fascinante novia había desaparecido.
Tenía la esperanza de que, si la apartaba de la maligna influencia de Natahi, volvería a ser la misma de antes. Por desgracia, ése no había sido el caso.
Por el contrario, parecía haber redoblado los esfuerzos para ser más femenina en su presencia. Ahora casi nunca maldecía, apenas lo había hecho una vez durante los dos primeros días después de que él despertara.
Suspirando de nuevo, se volvió hacia los cuatro hombres que seguían de pie junto a las escaleras. Cada uno de ellos miraba a las mujeres con diferentes expresiones.
Su padre parecía tener curiosidad, Pequeño Killer B parecía desconcertado, el obispo sonreía bondadosamente y Fugaku Uchiha parecía horrorizado. Naruto lo comprendía. El pobre hombre estaba tan asombrado como él cuando la vio por primera vez al despertar en el castillo de Menma.
Se acercó a su padre.
—Padre. —Lo tomó por los brazos en un medio abrazo y se sorprendió haciendo un gesto de desagrado al notar cuánto peso había perdido. La enfermedad no había sido una disculpa para no ir a Sharingan. Estaba enfermo de verdad y, por lo visto, aún estaba recuperándose.
—Es encantadora —dijo el conde de Namikaze.
—Sí —dijo Naruto entre dientes, controlándose para no decir que cuando llevaba pantalones era más en cantadora—. Ella…
—¿Qué demonios has hecho con mi hija?
Naruto se dio la vuelta para enfrentarse a la mirada iracunda de Fugaku. Un estremecimiento de horror le recorrió el cuerpo al sentirse culpado por algo que ni si quiera a él le gustaba, y respondió secamente:
—Yo no he hecho nada. Así estaba cuando me desperté después de la herida. —Mostró su disgusto con un gesto—. Creo que todo esto es cosa de Natahi.
—¿Natahi? ¿Lady Eberhardt? —preguntó el obispo sorprendido.
—Sí.
—No. —Fugaku reflexionó al ver el evidente disgusto de Naruto y sacudió la cabeza—. No. Ella ha estado con otras damas antes y no la han cambiado así. Tiene que ser algo más.
—Menma confesó que Natahi había dedicado algunas sirvientas a la tarea de confeccionarle el vestido… los vestidos —se corrigió a sí mismo, porque Hinata había salido de Eberhardt con tres vestidos y la promesa de que los otros serían enviados cuando estuvieran terminados—. Incluso llegó a admitir que Natahi había pasado mucho tiempo con ella antes de que yo despertara. Tuvo que ser Natahi. —Su expresión se volvió más adusta cuando añadió—: Pero a Menma no le gustó que se lo dijera. Se tomó como una ofensa personal que me disgustara que Hinata se estuviera convirtiendo en una versión más alta y con pelo oscuro de su esposa.
—¿De veras? —comentó Fugaku con interés.
—Sí. Incluso estuvimos a punto de pegarnos. —Naruto hizo un gesto de desagrado—. No nos hablábamos cuando Hinata y yo partimos.
—Hmmm. No parece muy diferente a la disputa que tuvimos hace veinte años—le dijo Fugaku al padre de Naruto—. Arregla las cosas con Menma, no dejes que la ira se encone. Él ama a su esposa, así como, evidentemente, tú amas a la tuya. Los dos os habéis puesto a la defensiva ante una posible ofensa a ellas.
—Yo no… —Naruto empezó a negar que amaba a su esposa, luego hizo una pausa y miró a Fugaku. Le gustaba, la respetaba, y lo había hecho desde el principio.
También había disfrutado mucho de su compañía desde el día de la boda, pero esos jugueteos y revolcones… las cosquillas y su inteligencia y su ingenio…
Dios Santo, llevaba la túnica torcida. Hinata había hecho todo lo posible por reparar su costura, pero todavía estaba un poco torcida y él, que solía negarse a llevar prendas que no estaban en perfecto estado, se la había puesto igual. Estaba enamorándose de su mujer. O, como había sugerido Fugaku Uchiha, ya lo estaba.
Y quería recuperarla.
—Creo que alguien tendrá que explicarme cómo era Hinata antes del viaje — dijo el conde—. A mí me parece perfecta.
—Sí, lo es —dijo Fugaku entre dientes—. Pero tú no la conociste antes. Era muy parecida a tu esposa. Llevaba pantalones, no se ponía vestidos y montaba a horcajadas, no en silla de mujer. Creí que iba a caerme al verla montada como una dama.
—¿Cómo mi madre? —preguntó Naruto, sorprendido al escuchar algo de su madre.
—Seguro que no te acuerdas mucho de ella —dijo Fugaku—. Pero tu madre era muy parecida a Hinata y a Shion. Era una guerrera. Hermosa y fuerte.
El conde de Namikaze asintió.
—Sí, lo era. Hermosa y fuerte, pero femenina hasta la médula.
—Como mi Hinata —dijo Naruto—. Al menos como era antes. —Miró a Fugaku—. Quiero recuperarla.
El obispo se aclaró la garganta y preguntó: —¿Le has preguntado por qué ha cambiado tan de repente? Naruto hizo un movimiento de incomodidad.
—Llevaba un vestido cuando desperté.
—Entonces, en algún momento, mientras estabas inconsciente… —murmuró Fugaku.
—Era la misma Hinata antes de que Shion y yo partiéramos a visitar a mi familia —intervino Pequeño Killer B para ayudar a aclarar las cosas.
—Entonces fue durante los dos últimos días en que estuve inconsciente —dijo Naruto haciendo un movimiento de cabeza—. Durante el tiempo en que Menma dijo que Natahi pasaba largos ratos con ella.
Fugaku Dunbar volvió a sacudir la cabeza.
—No veo por qué, chaval. Como he dicho, ha tenido trato con muchas damas, incluso Sakura, a quien ella quiere mucho, trató de influir para que Hinata fuera más femenina, pero mi hija nunca hizo caso de esas cosas. Tiene que haber algo más.
Todos guardaron silencio. Reflexionaron. De repente, Pequeño Killer B dijo: —Tal vez tenga algo que ver con lady Koyuki.
Naruto alzó la cabeza al oírlo.
—¿Lady Koyuki?
—Sí. Shion me dijo que lady Koyuki trató de insultar a Hinata, pero que ella la puso en su lugar. —Se encogió de hombros—. Es posible que dijera algo que la afectara mucho.
—¿Qué dijo? —preguntó Naruto.
—Dijo que la había visto practicar con la espada, y luego dijo algo así como que para ti sería interesante estar casado con una amazona y que si habías cambiado el juego erótico por el juego con las espadas para entenderte con ella.
—Zorra —dijo Fugaku, disgustado.
—Sí —añadió el conde, luego murmuró pensativo—: Koyuki … ¿no coqueteaste con ella antes de que se casara? Viniste a casa a pasar la Navidad el día de tu ascenso y ella estaba aquí. Se había detenido con su familia a pasar un par de días de camino a su boda, yo percibí que algo había pasado entre vosotros dos.
—Sí —dijo Naruto, rezongando casi en voz alta—. Lady Koyuki tiene una lengua viperina. Es una víbora.
Fugaku Dunbar volvió a sacudir la cabeza.
—Muchas mujeres han tratado de asestarle golpes a Hinata, pero ella siempre ha sabido ponerlas en su lugar y seguir tan campante. ¿Por qué sería diferente ahora?
—Tal vez porque está enamorada de Naruto —dijo Pequeño Killer B, y Naruto lo miró con interés—. Su reacción cuando te hirieron fue bastante reveladora. No se alejaba de tu lado, se quedó sentada mirándote día y noche porque deseaba que vivieras. Ella te quiere.
—¿Y tú crees que querría cambiar por amor a Naruto? Pequeño Killer B se encogió de hombros.
—Menma quiso parecerse a Naruto para complacer a Natahi cuando se casaron. Tal vez Hinata pensó que si se parecía a Natahi complacería a Naruto.
—Sí —asintió Fugaku Uchiha—. Puede que tengas razón. De hecho, es la única explicación que parece tener algún sentido.
—Bueno, pues ahí lo tienes. —El conde tomó a Naruto por el brazo y lo dirigió hacia las escaleras—. Todo lo que necesitas es hablar con ella y saber qué pasa. Dile que la quieres tal como es y que no tiene que cambiar. Todo se arreglará.
Naruto ayudó a su padre a subir las escaleras; las palabras que debía decirle a su esposa le daban vueltas en la cabeza. Cuando llegaron a la puerta del castillo, ya lo tenía pensado. Sabía exactamente qué le diría, lo único que necesitaba era encontrar el momento adecuado.
Fue más fácil pensarlo que hacerlo. Muchos parientes habían ido a Rasengan a visitar a su padre al saber que estaba enfermo. Con la cantidad de tías, tíos y primos bajo el mismo techo, además del obispo y lord Uchiha y su nueva esposa, Naruto sintió como si no hubiera lugar para él.
Hinata y él tuvieron que dormir en el salón principal con los parientes menos importantes y con los sirvientes.
—Hinata, en realidad has progresado mucho en la costura. Pero ¿no preferirías practicar en el patio con Shion? —preguntó lady Mikoto con gentileza.
Hinata se obligó a sonreírle a su madrastra.
—No. Me gusta estar aquí cosiendo con las mujeres —mintió.
La verdad era que estaba harta de estar cosiendo con las mujeres, tanto que a veces creía que iba a dar un grito. Además, era muy incómodo practicar con la espada llevando falda. La estúpida prenda se le metía siempre entre las piernas.
—Hinata —dijo lady Mikoto con suavidad—, tu padre está muy preocupado por ti. Piensa que no eres feliz.
Hinata fijó la vista en la tela en la que estaba practicando diferentes puntadas e hizo una mueca. Su padre no se equivocaba. Lo estaba pasando muy mal. Pero cada vez que pensaba olvidarse del cuento de la feminidad, se acordaba de Naruto gritando
«Mi esposa es perfecta como es» y se renovaba su determinación de ser lo que él quería. En ese momento llevaba dos días comportándose así, por lo que pensó que quería decir que estaba satisfecho con el cambio. Tenía la esperanza de que llegara a amarla.
—¿Esposa?
Hinata dio un brinco al sentir que Naruto aparecía a su lado de repente y trató de sonreír para complacerlo.
—Sí. ¿Esposo?
—Ven. —Tomándola del brazo, la hizo ponerse de pie y la llevó hacia el salón principal.
—¿Hay algún problema? —preguntó Hinata, al notar con preocupación la determinación de Naruto.
—No, pero quiero hablar contigo —respondió él—. He querido hacerlo desde que llegamos a Rasengan. No obstante, no hemos podido estar un momento a solas desde entonces y no parece que ninguno de los invitados piense marcharse pronto… —Hizo un movimiento con sus hombros—. He decidido que tenemos que encontrar un lugar en el que podamos hablar.
Para entonces ya estaban saliendo del castillo. Hinata vio los caballos ensillados e hizo un gesto de disgusto.
—¿Adónde vamos?
—A un lugar secreto en el que sé que podremos estar solos.
—¿Fuera de las murallas?
La pregunta de Hinata era redundante. Difícilmente necesitarían caballos si el lugar estuviera dentro de las murallas de Namikaze.
—¿Crees que es sensato? ¿Y si los hombres de Greenweld nos atacan de nuevo?
—Hay muy pocas posibilidades de que eso suceda. Seguramente ya se habrán enterado de que Greenweld está muerto y se habrán retirado.
No parecía preocupado, por tanto Hinata dejó correr el asunto y se concentró en montarse y mantener se derecha en la silla para mujer mientras él la conducía fuera del patio.
El lugar secreto era una cañada llena de peonías. Hinata sonrió al ver las hermosas flores salvajes cubriendo el suelo al bajarse de su montura y caer en los brazos de Naruto.
Casi le riñe porque no debía esforzarse para recibirla y ayudarla a poner pie en tierra, pero estaba mucho mejor y había recuperado sus fuerzas en los últimos días en Rasengan. Su rostro había recuperado su color normal, y Hinata sabía que había estado practicando con los hombres en el patio, recobrando sus fuerzas.
—Es hermoso, ¿no? —le preguntó Naruto mientras sacaba una manta y una pequeña bolsa que había colgado de su montura.
—Sí —asintió Hinata mientras él la tomaba de la mano y la llevaba hacia el centro del pequeño claro. La soltó, tendió la manta en el suelo y le indicó que se sentara.
Luego se sentó junto a ella, abrió la bolsa y sacó un poco de queso, pan, frutas y un odre de vino. Era evidente que intentaba dejar la charla para después de comer, lo que hizo que Hinata se pusiera más y más nerviosa. Parecía tan triste y tan determinado al acercársele en el salón principal…
—Pensé que querías hablar conmigo —dijo.
Naruto levantó la mirada y vio la ansiedad dibuja da en el rostro de Hinata. Tenía la misma expresión que la noche de su boda, como si esperara que fuera a suceder algo poco placentero y sintiera deseos de salir corriendo.
Dudó un momento, luego agachó la cabeza y puso la comida y el vino a un lado. Quizá lo mejor era despachar la parte desagradable primero. Después de estudiar la forma de empezar, le preguntó:
—Hinata, ¿por qué no has vuelto a ponerte tus pantalones?
Ella pareció confundida; abrió la boca, la cerró y luego preguntó: —¿No prefieres que lleve faldas?
—¿La verdad?
Ella asintió.
—No —respondió él con firmeza—. Te prefiero desnuda. Hinata abrió los ojos de par en par, luego sonrió, y él continuó: —Ante todo desnuda —dijo con firmeza, después te prefiero con esos pantalones viejos y ajustados que dejan ver todas las curvas de tu cuerpo.
Ella rió al oír su franqueza.
—También te prefiero feliz —dijo—. Y aunque sé que piensas que esa sonrisa falsa que llevas puesta todo el día es muy femenina, no es así. No eres feliz. Yo quiero que seas feliz.
—Sí soy feliz —afirmó, pero no era buena para mentir. Naruto le tomó las manos.
—Hinata…
—Tú también estás feliz. Te oí decirle a Menma que yo era perfecta así. Entonces los dos estamos felices. —Se encogió de hombros.
Naruto se sintió totalmente perdido. No tenía idea de qué estaba hablando. «Mi esposa es perfecta como es». Las palabras hicieron eco en su cabeza, y cerró los ojos.
Era lo último que había dicho en la discusión con Menma que había sido interrumpida por Hinata. Y ella, que no había oído el resto y llevaba puesto un vestido los dos últimos días y se estaba esforzando al máximo para parecer una dama, pensó que era así como le parecía perfecta.
—Hinata, lo que estaba diciendo es que eras perfecta como eras antes. Cuando te conocí, antes de que te pusieras esas absurdas vestimentas que llevas ahora.
Ella levantó las cejas, incrédula.
—¿De verdad?
—Sí.
—Pero te obligué a seguirme por toda Escocia. Puse mi pie sobre tu entrepierna.
Yo…
—Bueno, no me refería exactamente a esa parte, aunque de todos modos fue un cortejo interesante —confesó—. Hinata, lo que quiero decir es que me gustó lo que vivimos entre el día de la boda y el ataque camino a Rasengan. Admiraba y respetaba tu fortaleza, tu habilidad y tu inteligencia, y también valoraba tu belleza. Cuando nos casamos y dejaste de huir, formamos una pareja estupenda. Nos llevábamos bien en la cama, descansábamos uno en brazos del otro y hablábamos por la noche, podíamos jugar, luchar, divertirnos y hacernos cos… —hizo un movimiento de hombros—. Echo de menos todo eso. Echo de menos la risa y la diversión. Te habías relajado conmigo… y eso también lo echo de menos.
—Yo… —Hinata se interrumpió para soltar un grito—: ¡Maldición!
Naruto se echó hacia atrás sorprendido cuando ella lo empujó a un lado y sacó el sgian dubh de su cinto. Sólo le llevó un instante darse cuenta del problema.
Parecía que los hombres de Greenweld no se habían retirado después de todo. Estaban entrando en la cañada.
—¡Maldición! —gritó, haciéndole eco y poniéndose de pie.
