LA ETERNA ESPERA.
17. Te Amo
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Hinata se movió instintivamente para poner su espalda contra la de Naruto mientras los hombres los rodeaban. Echó de menos su espada, que no había vuelto a utilizar desde que llevaba vestido.
Sólo contaba con su sgian dubh. No era mucho, pero se aseguraría de que, al menos, le sirviera para proteger la espalda de Naruto mientras éste peleaba con los que estaban del otro lado. Además se acordó de que esos hombres no querían hacerle daño a ella, sus órdenes eran matar a Naruto. Si lograba protegerle la espalda, él sólo tendría que defenderse de nueve hombres.
¡Estupendo! Estaba pensando eso cuando oyó unas risas un poco más allá del claro y vio a su padre y a su madrastra entrar en la cañada. Su alegría se desvaneció al advertir la batalla que empezaba a tener lugar.
Pero antes de que ninguno de los dos pudiera reaccionar, Pequeño Killer B entró cabalgando en la cañada procedente de otra dirección. Shion iba con él, dándole besitos en el cuello, pero se detuvo de repente cuando el gigante maldijo y tiró de las riendas de su caballo.
La prima de Hinata se dio cuenta de lo que estaba pasando y se irguió enseguida.
El padre de Hinata y Shion reaccionaron a la vez. Shion bajó de su montura al tiempo que Fugaku Uchiha bajaba de la suya. Los dos atacaron, con Pequeño Killer B pisándoles los talones; entonces, se oyó la voz de lady Mikoto, que gritaba:
—¡Greenweld está muerto!
El padre de Hinata, Shion y Pequeño Killer B disminuyeron su impulso pero no se detuvieron. Los hombres de Greenweld, que ya los habían visto, se quedaron quietos, dudando.
Parecía que no sabían si concentrarse en Naruto y Hinata, en los otros tres que se aproximaban a pie o en la mujer que todavía montaba orgullosamente sobre su caballo y gritaba con voz firme:
—¡Greenweld está muerto! Lo atraparon en el pasadizo de Sharingan cuando estaba atacando. Luchó hasta la muerte en lugar de rendirse. —Calló un momento para dejar que sus palabras tuvieran efecto; luego añadió—: A su muerte, yo soy su única heredera. Ahora me debéis lealtad a mí.
El padre de Hinata, Shion y Pequeño Killer B se quedaron de pie esperando, preparados por si era necesario contraatacar.
—Soy consciente de que estabais obedeciendo las órdenes de Greenweld al atacar a Hinata y a Naruto —continuó—. Y no os castigaré si bajáis vuestras armas y os vais de inmediato.
Puesto que los hombres dudaron y se miraron mutuamente, lady Mikoto dijo con impaciencia:
—Ya habéis perdido tres de vuestros hombres. ¿Preferís morir aquí mismo en lugar de servirme?
Finalmente, los hombres de Greenweld bajaron sus armas y se quedaron quietos, sin saber qué hacer.
—Estáis libres para regresar a Greenweld a uniros a los que están allí. Y si me servís bien y lealmente no volveremos a mencionar esto nunca.
Los hombres dudaron un rato más, luego se internaron en los bosques como si fueran uno solo. Naruto esperó un instante, luego los siguió con su suegro y con Pequeño Killer B. El trío regresó unos minutos después; parecían más tranquilos.
—Sus caballos no estaban lejos. Ya se han ido. Hinata se sintió aliviada.
—Bueno —dijo Fugaku Uchiha entre dientes.
Se miraron unos a otros; nadie había sufrido ningún daño.
—¿Qué hacíais vosotros por aquí? —preguntó Hinata a su padre mientras guardaba su sgian dubh.
Uchiha respondió: —Hace algunos años, cuando vine con tu madre, descubrimos este lugar. Venía a enseñárselo a Mikoto.
Hinata movió la cabeza lentamente, luego miró a Shion y a Pequeño Killer B.
—¿Y vosotros? ¿Qué hacíais por aquí?
—Uno de los hombres me habló de este lugar cuando dije que quería tener un rato a solas con Shion —respondió Pequeño Killer B.
Hinata se dio la vuelta y, arqueando las cejas, le dijo a su esposo: —Un lugar secreto, ¿eh? Creo que tu secreto ya no existe, milord.
Haciendo una mueca, Naruto miró a las otras dos parejas.
—Si bien aprecio vuestra ayuda para librarme de los hombres de Greenweld, os agradecería que nos dejarais hacer nuestro picnic.
—Oh, vaya, no seas tan poco hospitalario, chaval. —Fugaku Uchiha envainó su espada y se acercó a la manta, donde estaba la bolsa con la comida—. ¿Qué tenemos aquí? Vino, frutillas, queso y…
—Hinata y yo estábamos hablando de su repentino deseo de usar trajes y olvidar su espada —dijo Naruto con gravedad.
Para su gran asombro, Fugaku Uchiha corrigió su ímpetu anterior. Sacudió la cabeza, se dio la vuelta y montó en su caballo. Luego llamó a Shion y a Pequeño Killer B, diciéndoles:
—Venid, vosotros dos. Tendréis que buscar otro lugar para vuestras travesuras. Mi hija y mi yerno tienen asuntos que resolver.
Shion no necesitó que se lo dijeran dos veces, tomó a Pequeño Killer B de la mano y tiró de él hacia su caballo. Hinata notó el alivio en el rostro de su prima y supo que estaba deseando que regresara a su antiguo ser.
Aunque Shion había vuelto de la visita a sus nuevos parientes con un vestido, sólo había sido un cambio temporal de comportamiento por respeto a su nueva familia, y enseguida volvió a vestirse como siempre.
Esperaba que Hinata hiciera lo mismo que ella y estaba deseando que volvieran a practicar juntas. Las dos parejas salieron de la cañada tan rápido como habían llegado y se fueron sin decir mucho más.
Durante un buen rato, Hinata miró a su esposo, que mantuvo la cabeza agachada mientras los oía alejarse. En cuanto estuvo seguro de que se habían ido, se relajó.
Luego pareció darse cuenta de que todavía tenía la espada en la mano y la dejó en el suelo junto a la manta, asegurándose de que estaba a su alcance.
—Ahora —dijo mirándola—, como estaba diciendo antes de tan abrupta interrupción…
Naruto se movió para ponerse de pie frente a Hinata y tomó su rostro tiernamente entre sus manos.
—Hinata, me gustas como eres. No quiero cambios. No quiero una esposa que sonríe como una tonta, tampoco una costurera, porque no quiero llevar túnicas torcidas durante el resto de mi vida.
—¿Tampoco quieres que cosa y haga esas labores para ti? —Parecía horrorizada—. Pero las otras esposas hacen todo eso para sus esposos y…
—Déjalas —la interrumpió Naruto—. Me parece estupendo que lo hagan, pero yo tengo sirvientes para que se ocupen de eso. Te quiero como esposa, no como sirvienta.
—Pero si no hago todas esas cosas, ¿qué puedo hacer?
—Puedes ser tú: fuerte, divertida, ágil como un gato, espontánea en la conversación, inteligente, hermosa… —Naruto calló al ver las lágrimas en sus ojos—. ¿Estás llorando? —preguntó alarmado.
—No —negó Hinata limpiándose las lágrimas, luego dijo sin poder contenerse—: Me estás elogiando. Nunca antes me habías elogiado. Creí…
Naruto sonrió con picardía y le limpió las lágrimas. Para ser un hombre que se jactaba de tener experiencia con las mujeres, ciertamente lo había fastidiado todo desde el principio. Suspirando, sacudió la cabeza.
—Hinata, lo que acabo de decir no son elogios. Es la pura verdad. Te prometo que siempre te voy a decir la verdad.
Ella levantó las cejas.
—¿Y los elogios no son la verdad?
—No —admitió—. Suelen ser exageraciones, adulación deliberada dirigida a lograr algo. Yo los he usado mucho con las mujeres… Tenía que pensarlos, inventarlos, ¿comprendes? Pero contigo, lo que digo me sale espontáneamente porque es cierto. Te respeto y te amo demasiado para andar por ahí fabricando maneras de meterme bajo tus faldas o, en el futuro, tus pantalones.
Hinata lo miró fijamente un rato tan largo que él empezó a preocuparse y preguntó: —¿Qué pasa?
—Has dicho que me amas.
Naruto parpadeó. Lo había hecho. Lo había hecho aunque no lo había pensado. No obstante, ahora que lo había dicho y ella no se lo había tomado a broma, decidió dejar las cosas así.
—Yo también te amo —admitió Hinata, y Naruto sintió que empezaba a sonreír, pero ella añadió—: Pero no creo que me guste.
Esto mató su sonrisa.
—¿Qué quieres decir con que no crees que te guste?
—Duele. Aquí. —Hinata se señaló el pecho, luego espetó—: Y me da miedo, Naruto. No me gusta tener miedo. Nada me había dado miedo antes. Nada me había asustado tanto como tú. Si te pierdo, o si me dejas, yo…
—Eso es parte del amor, Hinata —dijo él con dulzura—. Sólo temes perder algo cuando crees que es valioso. Y ese temor demuestra que sabes lo mucho que vale lo que tienes. Nos amamos. —Le pasó un dedo por la cara—. Yo te amo. Estás a salvo conmigo. No tienes que tener siempre las defensas listas, o ser siempre fuerte cuando estás conmigo. Y no tienes que cambiar. Me gustas como eres.
Hinata sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y apartó la vista, avergonzada, pero Naruto la cogió por la barbilla y le hizo mirarlo a la cara.
—No quiero que tengas miedo de ser quien eres. Si temes algo, o si te sientes herida por algo, quiero que me lo digas, y entre los dos haremos todo lo posible para que seas feliz.
«Y entre los dos haremos todo lo posible para que seas feliz».
Hinata lo miró mientras asimilaba todo el significado de esas palabras. Entre los dos. Juntos lograrían ser felices. Como una pareja, como marido y mujer, como un equipo.
Eran dos partes de un mismo ser todo lo que uno hiciera le afectaría al otro. Se dio cuenta de que había encontrado su lugar. Sintió que había pasado toda su vida tratando de encontrar un lugar, tratando de encajar, tratando de ser amada por quienes la rodeaban.
Pero Naruto le estaba diciendo que la quería como era, dulce y fuerte. No tenía que cambiar.
—¿Hinata? —preguntó Naruto, preocupado—. ¿Estás bien?
¿Bien? La pregunta resonó tan fuerte en su cabeza que casi la hace reír. ¿Bien? Sí. Estaba bien. Estaba tan llena de alegría que se sentía explotar. Con una enorme sonrisa, Hinata se tiró contra su pecho y lo abrazó con tanta fuerza que la sorprendió oír una especie de quejido. Luego le dio un beso rápido y fuerte en los labios antes de enderezarse y decir:
—Sí, esposo, estoy muy bien. —Lo besó de nuevo, luego se echó hacia atrás diciéndole—: Quiero que sepas que yo también haré todo lo posible para que seas feliz. Si alguien te hace daño, o si sientes temor, o si quieres algo, tienes que decírmelo, y así los dos juntos nos aseguraremos de que tú también seas feliz.
Naruto sonrió y la apretó contra su pecho, acunándola hacia atrás y hacia adelante mientras le cogía la cabeza con una mano. Después de un momento, el balanceo se hizo más lento y él se echó hacia atrás diciendo:
—Quiero algo.
—¿Ya? —exclamó Hinata sorprendida; luego movió la cabeza—: Dime.
—Quiero hacer el amor contigo hasta que ninguno de los dos pueda más.
—¡Ah! —Hinata se mordió el labio para evitar reírse, luego le puso un pie tras el tobillo y lo empujó un poco hasta hacerlo caer sobre la manta. Acto seguido, le pasó una pierna por encima y se montó a horcajadas sobre su cuerpo—. Creo que
entre los dos podemos hacernos cargo de eso.
—¿Eso crees? —preguntó Naruto divertido, cogiendo varios mechones de su pelo y enrollándolos en su mano para tirar de ella hacia él.
—Sí —respondió ella, luego sonrió y dijo—: ¿Esposo?
—¿Sí? —preguntó él, mirándole los labios fijamente.
—Creo que, después de todo, me va a gustar este asunto del matrimonio.
Naruto la miró sorprendido, luego sonrió y, con la misma seriedad, dijo: «Creo que a mí también, mi amor», para luego besarla finalmente.
