Acompañado de la fría noche en la soledad de su habitación, solo le hacían recordar lo que le faltaba en esta vida. Tenía ya 32 años y estaba completamente solo, sus riquezas eran lo único que tenia.

- ¿Acaso moriré solo? ¿No tendré descendencia? Se preguntaba. El Duque de Grandchester. Un hombre cuya riqueza era inmensa siendo comparada únicamente con la del Rey.

- Mi señor, le traje su té. Dijo uno de sus tantos sirvientes.

- Déjalo sobre la mesa.

- El sirviente obedeció y haciendo una reverencia se disponía a marcharse.

- ¡Espera! Llama a Edmundo y dile que quiero que organice una gran fiesta donde todas las damas solteras estén presentes.

- Por supuesto, mi señor ¿Cuándo lo quiere?

- ¡Hoy mismo!

- ¿Hoy? pe…pero eso es casi imposible.

- ¡La quiero para hoy!

- Oh… Está bien mi señor, se hará como usted diga.

Con destreza el hombre encargado había puesto a todos sus hombres a cargo a organizar esa fiesta donde las damas solteras eran las principales invitadas.

Al llegar la noche; todo estaba perfecto, el hombre había hecho un estupendo trabajo, todas las damas estaban presentes, jovencitas de buen apellido acompañadas de una chaperona.

Cuando el baile empezó vio a cada mujer con curiosidad sin embargo no terminaba de convencerse, todas eran mujeres comunes. Aburrido salió a su amplio jardín cuando de pronto un pequeño movimiento llamo su atención. Se acerco donde los arbustos y al mover las hojas vio lo que pensaba era una ninfa, una hermosa mujer de cabellera rubia, su retro era iluminado por la luz de la luna, era tan perfecta como una muñeca de porcelana pero lo que más capto su atención eran esos labios carnosos y el un pequeño lunar sobre ellos.

Mi Lady Dijo haciendo una reverencia. - ¿Pero que está haciendo una joven dama aquí sola?

- Oh lo siento mi señor.

- No se disculpe ¿Y por qué no nos acompaña con su presencia?

- Vera…yo…

- Oh perdone mi falta de educación.- ¿Cuál es su nombre joven dama?

- Me llamo Eleanor… Eleanor Baker.

- ¡Señorita! Una mujer algo mayor apareció corriendo agitada. Cuando la mujer vio al Duque hizo una reverencia disculpándose por su comportamiento.

- ¿Por qué no ingresan? Aquí es demasiado oscuro.

- Si, así lo haremos mi señor.

- El Duque se retiro al gran salón donde esperaría a la dama que acababa de conocer.

- ¡Venga señorita!

- Margaret, por favor no me obligues. Yo no quiero entrar.

- Pero señorita, su padre me obligo a que usted entrara.

- Tú sabes que yo no podría amar a ese Duque, mi corazón solo puede amar a un solo hombre.

- Usted sabe que ese amor está condenado, su padre jamás permitirá que se desposada por un simple campesino.

- ¡Pero lo amo! Por favor déjame ir, Margaret. La pobre joven soltaba un par de lagrimas, odiaba tener que aparentar ante la sociedad donde l único que les importaba era el buen apellido y que tuvieras dinero de lo contrario eras alguien que no valía la pena.

- Señorita, hay un montón de mujeres. Solo entre ya verá que él no la escogerá.

- Tomando aire, Eleanor apretó los puños y miro a Margaret quien con la mirada le suplicaba que entrara.- Esta bien, lo hare.

Durante aquella noche el Duque ya había hecho su elección y estaba seguro que ella era la mujer indicada, se veía saludable por lo que estaba convencido que le daría un hijo varón fuerte para continuar su legado.

- ¡Sí! ¡Si quiero casarme contigo! Gritaba de emoción la jovencita, quien en secreto se había escapado de la guardia de su casa para encontrarse con su ser amado.

- Oh, Eleanor no sabes cuánto te amo.

- ¡Señorita!

- Oh, me ha encontrado.

- Debes regresa, tu padre se pondrá furioso si no regresas a casa.

- No sabes cuánto espero que estemos casados e irme contigo.

- Pronto, mi vida. Dijo el hombre dándole un beso cálido en la frente.

- Prometo que volveré pronto. Dijo Eleanor despidiéndose de su amado.

Cuando estuvo frente a Margaret, Eleanor vio algo raro en su mirada.

- ¿Paso algo? Dijo Eleanor.

- Señorita tiene que acompañarme.

- ¿Mi padre está bien?

- Si, solo venga conmigo al llegar lo sabrá. Y dicho esto Eleanor fue llevada de vuelta a su hogar.

Su cabeza empezó a dar vueltas cuando vio a aquel hombre de pie hablando con su padre.

- ¿Padre me llamaba?

- Oh, Eleanor… No sabes la felicidad que siento por mi hija mayor. Eres mi orgullo.

- Eleanor no podía quitarle la mirada al hombre que estaba frente a ella.

- Hija, creo que ya conociste al Duque de Grandchester.

- Si, lo conocí anoche en el baile.

- Bien, pues debo decirte que el Duque ha quedado encantado contigo y me ha pedido tu mano en matrimonio.

- Eleanor sintió que le temblaban las piernas, era como si hubiera caído en un vacio.

- ¿Mi mano?

- Así es, tu matrimonio será dentro de cuatro semanas.

- ¿Cuatro semanas? Pregunto la joven.- Padre pero…

- Eleanor… Me estás diciendo ¿pero?

- Yo… no padre. Dijo agachando la mirada.

- Conmigo no le faltara nada, señorita. Dijo Richard Grandchester.

- Estoy segura que no.

- Muy bien entonces todo está arreglado. Dijo el padre de la joven.

Cuando el Duque se marcho Eleanor corrió a su habitación encerrándose cayendo sobre su cama donde empezaba a llorar amargamente, su voz era un sollozo que debía callar para sí misma. Su padre había tomado una decisión y no había nada que pudiera hacer excepto…

Debía jugarse su última carta, haría lo que sea por George.

- Padre puedo hablar con usted. Dijo Eleanor entrando al despacho de su padre.

- Oh mi querido hija, mi orgullo. Claro que podemos hablar.

- Padre sobre esa boda yo… yo… No amo al Duque.

- ¿Y acaso el amor tiene algo que ver con el matrimonio? El matrimonio solo es un acuerdo entre dos familias por conseguir un bien común.

- Pero padre… yo amo a otro.

- ¿Qué?

- Así es padre. Yo me enamore de otro hombre y quiero ser su esposa.

- ¿De que estás hablando, Eleanor? Dijo el hombre mayor con seriedad.

- Padre se que te enfadaras pero yo lo amo, él es un hombre trabajador que trabaja la tierra.

- ¡¿Un campesino?!

- Por favor padre… Yo lo amo… no me obligue a casarme con el Duque. ¡PLAF! Un golpe sordo se escucho. Eleanor traía la mejilla roja con una marca. Con lágrimas en los ojos se llevo su palma a su mejilla.

- ¡MI HIJA NO SERÁ ESPOSA DE UN CAMPESINO! ¡NO LO PERMITIRE! ¡JAMÁS! AHORA MISMO TE IRAS A TU HABITACIÓN Y NO SALDRAS HASTA EL DIA DE TU MATRIMONIO. ¡Margaret!

- Sí, mi señor.

- Quiero que vigilen a mi hija y pobre si sale sin mi permiso porque tú pagaras las consecuencias.

- Como usted diga, mi señor. Asustada la mujer asintió.

Eleanor fue encerrada en su habitación sin posibilidad de salir recibiendo solo los alimentos a través de Margaret. Las hermanas menores de Eleanor querían verla pero su padre se lo había prohibido. En ese momento Eleanor ansiaba a su madre pero ella ya no estaba en la tierra. Como la extrañaba.

Destruida con su dolor solo hizo una última cosa más.

Aquel joven campesino se encontraba arando la tierra cuando a lo lejos vio que alguien se acercaba.

- ¿Es usted George?

- Si, señora soy yo.

- Esto lo manda la señorita Eleanor. Dijo Margaret entregándole una carta al joven.

- George abrió el sobre y sacando la carta reconoció la letra de su querida Eleanor pero había algo extraño en ella. Su letra era temblorosa.

- Margaret solo vio como el hombre se había quedado mudo y dejando caer la carta de sus manos se le acerco a ella.

- Por favor, dígame que no es verdad.

- Lo siento muchacho. Es lo mejor. Margaret se dio la vuelta dejando a aquel pobre campesino arrodillado quién con sus lágrimas mojaba la tierra que acababa de arar.

El tiempo paso y la boda se dio lugar en el castillo del Duque, donde uno de los invitados fue el mismísimo Rey. Eleanor con el corazón hecho pedazos acepto su sentencia diciendo ¡Si acepto! Ante la multitud.

Al pasar un año de matrimonio Eleanor había escuchado que aquel campesino se había ido lejos vendiendo sus tierras.

Cuando creía que su vida no tenía salvación, pronto se entero de su embarazo. Una parte de ella estaba feliz porque al fin evitaría esos encuentros en su lecho con el Duque, si era un varón al fin tendría esa paz.

Y así pasaron los meses y una noche entre truenos y la intensa lluvia nació el futuro heredero Grandchester.

Eleanor no podía ver a su hijo, aunque sabía que él no tenía la culpa de nada, no podía sentir aquello que llamaban amor de madre.

Aquel niño fue creciendo siendo igual de estirado que su padre, el pequeño Terry era consentido en todo y con apenas 7 años sabía que algún día todo eso sería suyo.

Sin embargo había una persona cuya vida se iba apagando lentamente. Una noche se levanto tapada solo por un albornoz salió del castillo y tras una larga caminata vio lo que era el agua caer, miro al cielo encontrándose con unas luces volar era la primera vez que veía a aquellas hadas del bosque.- Lamento no haber llegado ser una buena madre para mi hijo, por favor cuiden de él y pidiendo perdón dejo su vida caer por esa cascada.

Días después su cuerpo fue encontrado por los guardias de Richard y confirmando que se trataba de Eleanor su cuerpo fue llevado ante el Duque quien ordeno su sepultura.

La reciente tragedia se había vuelto la comidilla del pueblo todos hablaban del suicidio de la mujer del Duque. Algunos aseguraban haber visto su espíritu en el bosque otros decían que una mujer con el cabello suelto siempre aparecía sobre la cascada pero luego la figura desaparecía misteriosamente. Historias que con el tiempo fueron desapareciendo.

Continuará…

Hola chicas, bueno estamos de vuelta con el primer capítulo de esta historia espero que sea de su agrado. Díganme en los comentarios que les parece este nuevo inicio.

El siguiente capítulo se viene con la aparición de un personaje que traerá grandes problemas para nuestro Terry. Bye bye besos.