II. Kata. (型 )
Consultorio audiológico en pediatría – Baltimore, Maryland.
—Nació con perdida severa, ello se debió a una infección no tratada en la madre durante el embarazo. Se encuentra entre el 71 y 80 de decibelio, esto se refiere a que solo percibe sonidos fuertes. Un ejemplo sería el sonido de una aspiradora o un tren; si nos referimos al habla tienen que ser cerca del oído, pero, a pesar de usar audífonos, la niña se guía mucho por el lenguaje de señas —El médico observó a Elisa quien yacía sentada en una de las sillas frente a su escritorio, a su lado estaba Jack Crawford y, detrás de la silla en donde ella se encontraba, estaba Hannibal Lecter—. ¿Llevaba consigo sus aparatos?
Desconcertado Jack miró a Hannibal, este exhibía una envidiable serenidad. El agente suspiró amargamente y retomó la vista al médico.
—No —respondió.
—Entiendo... Otro detalle —continuó el doctor—, no sé si lo habrán notado pero la pequeña también se guía mucho por el movimiento de los labios.
—¿La niña tiene amplio conocimiento verbal? —preguntó curioso Hannibal.
—Puede ser. La madre la llevaba a un colegio especial, aquí en Baltimore, desde los dos años. Sin embargo, este último año no pudo costearlo y la educó en casa.
—¿Entonces Elisa sabe pronunciar palabras? —ahora preguntó confuso Jack.
—Vocabulario muy básico, véanlo como a un nivel preescolar. Palabras como: mamá, papá, casa, perro, los colores etcétera. A veces habla, pero no sé sabe expresar y lo mezcla con el lenguaje de señas.
Elisa se recargó en el escritorio y comenzó a tocar la figura de una oreja con un canal auditivo.
—Y para rehacer otro par de aparatos, ¿cuánto tiempo se llevaría? —consultó Hannibal.
—Unos dos o tres días. Solo necesito realizar unos estudios auditivos a la niña, cosas que la pequeña ya está acostumbrada.
—¿Acostumbrada? —repitió Jack.
El médico exhaló terriblemente, extendió sus brazos sobre el escritorio, luego junto sus manos y con ansias observó ambos hombres.
—¿Sirve que les diga que los aparatos siempre desaparecían?
—¿Siempre? —espetó Hannibal.
—Eso decía la madre. Decía que solía quitárselos, perderlos o romperlos. Nunca le creí.
—Si nunca le creyó, ¿por qué no optó por una denuncia?
—Muchas veces intente hacerlo, agente, pero la madre se negaba. Jamás culpó al esposo. Decía que la niña era inquieta —en ello poso su mirada en ella—. Pero sé que esta pequeñita no es capaz de hacer desaparecer o romper sus aparatos.
Elisa sonrió y se alzó a mirar a Jack y Hannibal. Este último le respondió con sutileza.
—Su deber era hacer una denuncia, doctor —mencionó furioso Jack.
Él suspiró y agitó su cabeza levemente.
—Lo sé y me arrepiento de no hacerlo —dijo mientras se alzaba—. Espero y puedan atrapar a ese hombre.
—Téngalo por seguro.
Hannibal frunció con suavidad su ceño y, habiendo observado metódicamente al médico, se acercó a reposar sus manos en el respaldo de la silla donde Elisa se encontraba. La pequeña notó tal acción y tocó suavemente el dorso de una de sus manos. Impresionado por ello, él le miró.
«Así son mis orejas» expresó, al final apuntó a la figura y sonrió.
«Lo sé» respondió, mientras una suave y efusiva sonrisa cubría su rostro.
Residencia de los Gardner — Wolf Trap, Virginia.
Will Graham abrió de golpe la puerta de la habitación de Elisa y observó el lugar.
—Marlène descubrió lo que hacía con Elisa —bramó y caminó hacía la cama. Al acercarse se agachó y miró a la asustadiza niña; la mujer entró a la habitación y no paró de gritar. Él estiró su brazo, tomó a la niña y la sacó de su escondite—. Pero no iba dejar que me impidiera estar cerca de ella —Will volteó y le propinó un fuerte golpe en la cara—. Este es mi diseño.
Se acercó a la mujer, le tomó de los tirantes de su camisón y le sacó de la habitación, cerró la puerta y miró a la espantada niña. Tomó la hebilla de su cinturón y empezó a quitárselo mientras se acercaba a ella. Will no resistió, abrió sus ojos y visualizó la solitaria y descuidada habitación.
Fuera de la residencia, el joven Graham contemplaba el solitario terreno a la vez que buscaba deshacer esas imágenes de su cabeza. Este evento se había tornado angustioso para él y, sumando el estrés y lo enloquecedor que era los eventos de Garret Jacob-Hobbs, Will sabía que necesitaría extender su terapia con Hannibal Lecter, y ante ese pensar exhaló angustiado.
—Nunca imaginé que tuvieras vecinos —interrumpió Beverly Katz, haciendo volver a la realidad a Will. Este volteó a ver a la joven forense.
—Es lo bueno de Wolf Trap, los terrenos son gigantescos.
Beverly lanzó una leve risa.
—¿Qué paso ahí? —cuestionó mientras se cruzaba de brazos. Will se mantuvo silencio y solo pudo negar con su cabeza—. Ya veo...
—Alan Gardner —habló— no es un homicida, pero es un maldito bastardo que merece ser, no encarcelado, sino asesinado.
—Gente como él me repudia. Cuando estaba en secundaria, tuve una compañera quien su padre abusaba de ella; jamás no lo dijo, pero cuando nos dimos cuenta, fue demasiado tarde.
Will observó curioso a Katz.
—¿Qué sucedió?
—Ella mató a su padre y fue a prisión —Will alzó un poco las cejas—. Al menos aquí, la madre se dio cuenta...
—Tarde, pero lo hizo —dijo con un suspiró, se dio la media vuelta y se encaminó hacia la casa, pero Beverly le llamó.
—Will, ¿todo bien? —cuestionó curiosa—. Sé que es una pregunta estúpida, considerando que ninguno de nosotros puede estar bien debido a lo que hacemos, pero ¿estás bien?
Él dejó escapar una bocanada de aire, pensando en una respuesta que fuera acordé, sin embargo, sabía que era imposible. Retomó la mirada con ella y con una melancólica sonrisa respondió.
—He estado peor.
Y se adentró a la residencia Gardner. Beverly dejó escapar un jadeo y siguió los pasos de Will.
—Me siento raro aquí —declaró incómodo Brian Zeller mientras tomaba fotografías a la cama de la pequeña Gardner, en lo que Jimmy Price pasaba una luz ultravioleta.
—No estamos acostumbrados a estos tipos de casos... Lo nuestro son homicidios.
—Siempre hay una primera vez para todo —mencionó Beverly, quien aparecía por la puerta—. ¿Evidencia?
—Como no tienes idea... —dijo Jimmy al apagar la luz.
—El tipo se pudrirá en prisión, de eso no hay dudas.
Will, quien se mantenía a margen, se recargó en el marco de la puerta y se dedicó a escuchar al equipo.
—Vaya... —soltó Beverly con terrible amargura y se puso a estudiar el lugar. Observó hasta que encontró un pequeño cajón en el cual encima yacía un adorno de un carrusel. Le llamó la atención, se acercó y le tocó con la yema de los dedos, provocando que este comenzara a girar y producir una pieza musical. Todos los presentes se estremecieron ante la música del objeto.
—¿Por qué tiene música? —preguntó confuso Brian.
—¿Qué la niña no es sorda? —prosiguió Jimmy.
—Así es —afirmó Will en tono molesto, mientras entraba a la habitación.
—¿Entonces por qué tener una caja musical?
—Escuchen la melodía —interrumpió Beverly. Todos mantuvieron silencio y obedecieron. Momentos después identificaron la tonada.
—"Para Elisa", de Beethoven —respondió Will.
—Así es... —dijo Beverly. El carrusel se detuvo y ella lo tomó. El objeto era una pieza de porcelana que lucía antigua, desgastada en su pintura y su fragilidad lo hacía vulnerable, sin embargo, aquella pieza demostraba ser invicta de muchos momentos. En ello Beverly notó en los adornos de caballos, leves gotas de sangre—. Esto nos servirá para evidencia —dijo mientras sacaba una bolsa de muestras.
Los chicos le miraron y retornaron a sus labores mientras Will se perdía en sus pensamientos, concluyendo los espantosos momentos sucedidos en esta habitación.
Durante las pruebas a la niña, Jack y Hannibal se admiraron por la paciencia que demostraba ante ellas. Ambos dieron fe a lo dicho por el médico; Elisa ya estaba acostumbrada.
Rumbo a la oficina de Crawford, este iba conduciendo y a su lado llevaba a Hannibal.
—¿Qué pasará ahora? —preguntó el Doctor, ocultando su ansiedad.
—No lo sé. Hemos buscado si hay familiares y nada ha surgido —Hannibal cabeceó suavemente—. Y no estoy seguro de mandarla a una casa hogar.
—Haces bien en cuestionarte, Jack.
—¿Qué sugieres?
—Debido a su condición, no es lo más adecuado.
—¡Ah! —Suspiró—. No puedo dejarla para siempre en la estación, aunque...
—¿Aunque?
—Will se ofreció a cuidarla.
—Will ya lleva la carga de Abigail Hobbs y ahora, sumar a Elisa, sería convertirlo en una bomba de tiempo.
Ante esas palabras Jack mordió su labio inferior.
—Tienes razón —respondió, casi afligido y miró a la niña a través del retrovisor. Ella iba contemplando el paisaje con gran asombro y, al notar esa expresión, daba a entender que nunca había visto algo similar. Jack sintió una punzada de lastima sobre su pecho, suspiró y decidió sacar una idea que llevaba dentro de él—: Confieso que, he pensado en usted como su tutor, ya que maneja el lenguaje de señas, pero también lleva a la chica Hobbs sobre tus hombros.
Hannibal sonrió para sus adentros ante tal revelación. Primera vez, en todo su tiempo trabajando a lado de Crawford, que escucha algo lógico, coherente y que le regocijaba en júbilo.
—Es verdad, también manejo la tutoría de Abigail. Aunque, sin que lo tomes a mal, no soy una bomba a punto de explotar.
Jack dejo escapar una leve pero sarcástica sonrisa.
—Pero dos sería una gran carga.
—Abigail sabe cuidarse, hay ventaja en ello.
—Sí, pero Elisa es una niña con discapacidad y hay que estar al pendiente veinticuatro por siete. ¿Eso no afectaría su rutina?
Ahora Hannibal miró de reojo a la niña. Odiaba reconocerlo, Jack tenía razón, Elisa implicaba ser cuidada con mucho recelo y eso afectaría muchos aspectos de su vida, principalmente, su más preciado pasatiempo.
—¿Qué hay de la Doctora Bloom? —soltó Jack. Hannibal movió confundido su mirada.
—¿Alana?
—La niña la sigue mucho.
—Es probable que la niña busque una figura maternal, en lo que su madre despierte, sin embargo, Alana está dedicándose a hacer valer su doctorado y una vida estable.
Jack se encogió de hombros.
—Siento que es una buena opción.
—Necesitarías preguntarle. Debido a su condición, te declinará sutilmente —Otro suspiró se hizo presente, ellos hacían sentir a Jack Crawford estresado. Un silencio se había formado y, para evitarlo, a la mente de Hannibal vino una interrogante que, si bien iba odiar sugerirla, tenía que hacerla—: ¿Y qué hay de ti y tu esposa?
Jack algo sorprendido retomó la vista en él.
—¿Bella y yo? —Preguntó, más para él que para Hannibal—. Vaya... n-no, no me lo había cuestionado.
—Tú eres una buena opción, eres una persona estable.
—Bueno... —continuó mientras rascaba su nuca— tendría que hablar con Bella, ah... ¿sabes? En todos estos años de matrimonio, nunca hemos tenido hijos y...
—Habla con ella —interrumpió Lecter, evitando aquella historia sin interés.
—Eso haré, pero... no podría llevarme a la niña. No hoy.
—Si te sirve puedo llevarla a mi casa, por unos días, en lo que lo pláticas con tu esposa —soltó, ocultando la esperanza.
—¿De verdad?
—Por supuesto. Si no llega a suceder, tomaré la tutoría.
—¿Está seguro Doctor?
—Jamás había estado tan seguro —mencionó con una sonrisa.
Jack le observó curioso y luego al camino. Después de unos momentos, aceptó la oferta.
—Está bien.
Hannibal sonrió.
—No te preocupes, Jack. Cuidaré bien de Elisa.
—Lo sé, como le dije, usted también eres un buen candidato. Confió en usted.
Hannibal movió su mirada hacia la entretenida niña quien, al sentir el peso de ella, volteó para cruzarse con esos ojos. Elisa le sonrió y Hannibal respondió de la misma manera.
Residencia de Hannibal Lecter — Baltimore, Maryland.
En un principio Elisa se mostró reacia ante ir con Hannibal. Ella había pedido a su mamá, ya habían pasado tres días, no la había visto y nadie se molestó en buscar una explicación por su ausencia. Las lágrimas cubrieron su rostro, pero Hannibal logró calmarla, prometiéndole que pronto vería a su madre y que, a donde irían, conocería a una persona muy especial. La pequeña Elisa, controlando su llanto, confió en Hannibal por raro que esto pareciera; ella confiaba plenamente en él. Tal vez su confianza se debía a que era la única persona con la que podía comunicarse, en la ausencia de su madre. Elisa tomó la mano de Hannibal y ambos dejaron la oficina de Crawford.
El camino fue rápido y tranquilo, Elisa ya no lloraba y se dejó maravillar por la vista citadina. Al arribar a la casa Lecter, la niña quedó sorprendida por lo enorme que se veía; ante sus ojos infantiles su fachada exterior era como los castillos de sus libros para colorear. Hannibal notó su expresión y, como si hubiese leído su mente, presentía que Elisa, bajo su techo, se sentiría en un castillo.
Hannibal ayudó a la niña a desabrochar su cinturón, le ofreció su mano y la condujo a su morada.
Dentro de la casa de Lecter, la impresión de Elisa aumento al ver lo extravagante y exótico que era el interior. En las paredes yacía el más colorido tapiz que sus pueriles ojos hubieran visto; adornados con demasiadas y explicitas pinturas que no lograba comprender, debido a su edad. La estancia principal era enorme y estaba adornada por la más fina y exuberante mueblería. Elisa volteó a ver a Hannibal, quien acomodaba las dos maletas con cosas de la niña en un armario, ella se acercó y estiró la manga de su saco.
«¡Vive en un castillo!» expresó con gran entusiasmo.
Hannibal sonrió, tal vez por la inocencia, y terminó de acomodar las maletas.
«No lo es» Contestó. «Antes, solía vivir en uno.»
Elisa le vio maravillada, como si de un rey se tratase y, mientras pasaba ese momento, Hannibal percibió un sonido proveniente de su cocina.
«¿Recuerdas la persona especial de la que te dije?» le preguntó. Elisa afirmó. «Vamos para que la conozcas.»
Hannibal extendió su brazo y abrió su mano para que la niña le tomará; ella obedeció y ambos se dirigieron a la cocina. Dentro de la habitación la joven Abigail Hobbs se encontraba sentada, con sus manos sobre su rostro, sintiéndose cansada de remorder su conciencia con todos los eventos que surgían a su alrededor.
—Buenas tardes, Abigail —escuchó a sus espaldas.
Asustada volteó y miró al Doctor Lecter.
—Buenas tardes —respondió con desdén. A Hannibal pareció molestarle el tono con el que la joven le había respondido, pero lo dejo pasar, y ella trató de controlar sus nervios. Abigail analizó a su tutor y notó algo detrás de él—. ¿Qué trae consigo? —cuestionó extrañada.
Hannibal movió su cabeza y observó lo asustadiza que estaba la niña.
—Llevo conmigo a una persona con la cual te puedes llevar muy bien —dijo. Se hizo a un lado y dejó a la vista a la pequeña Elisa. Abigail no mostró sorpresa, más bien, una curiosidad ante lo que veían sus ojos.
—¿Es una niña? —soltó, recelosa.
—Su nombre es Elisa. Es sorda —citó.
La joven Hobbs alzó ambas cejas.
—¿Sorda?
—Así es. «Elisa» llamó. Ella, igual de sorprendida, no dejaba de ver a Abigail hasta que notó la insistencia de Hannibal. «Elisa, ella es Abigail. Ambas pueden ser muy buenas amigas.»
Elisa sonrió, regresó la mirada con ella y alzó una de sus manos y la movió.
—¿Qué me dijo? —preguntó curiosa.
—Dijo, "hola."
Abigail sonrió desconfiada y agitó su mano en forma de saludo. Hannibal volvió hablar con la niña, diciéndole que la joven, de momento, no podía hablar como ella pero que pronto lo haría y Elisa mostró una esperanzada sonrisa.
—¿Qué le dijo?
Hannibal le ignoró. Este guío a Elisa junto Abigail y se decidió a preparar algo de comer. La joven Hobbs no podía evitar su indiscreta mirada hacía la niña y ella también le miraba con peculiaridad, especialmente a la chalina que cubría su cuello. Hannibal preparaba los utensilios y él también se dispuso a mirar, con algo de fascinación, a ambas niñas.
—Elisa estará aquí un par de días —habló y Abigail alzó su mirada.
—¿Qué le pasó?
—Tú y ella tiene mucho en común.
—¿Sobre qué? —inquirió un tanto sarcástica.
—En que sus padres fueron seres ruines.
Abigail tragó difícilmente.
—¿Su padre también mató jóvenes?
—No —respondió mientras sacaba unas frutas del refrigerador—. El padre de Elisa abuso de ella.
La joven solo pudo guiar su mirada hacia la niña, quien veía fascinada el lugar.
—¿Y por qué luce tan tranquila?
—Está en un periodo de estrés agudo —respondió, mientras colocaba un par de fresas sobre la tabla de cortar—, puede que en cualquier momento entre en estrés post traumático y afecte su estabilidad.
—¿Y usted va a ser su Doctor?
—Soy —corrigió—, junto a la Doctora Bloom.
—Interesante —sonó confundida.
Hannibal posó la vista en la joven y parecía no mostrar ningún tipo de conmoción, más bien, se veía pensativa.
—¿Sucede algo?
—¡No! —exclamó con una pasible sonrisa.
Él prosiguió a cortar las fresas, su mirada se posó en la niña quien lucía un poco descuidada en su rostro y cabellera.
—Hazme un favor, Abigail.
—¿Sí?
—Ayuda a la niña a tomar un baño, en lo que yo preparo la merienda.
—Ah... ¿y cómo se supone que me va a oír? ¿No debe de usar unos aparatos en los oídos?
—Elisa puede leer los labios, no tendrás mucho inconveniente. Yo después te ayudaré a que comprendas el lenguaje de señas —ella cabeceó suavemente—. Y con respecto a los aparatos, para pasado mañana estarán listos.
Abigail aceptó las palabras que dijo Lecter y le obedeció. La joven tocó el hombro de la niña y ella le miró.
—Ven —dijo con un tono rudo y pausado—, acompáñame.
Abigail alzó su mano y sin dudarlo Elisa la aceptó.
—Su ropa está en el armario de la estancia —mencionó Hannibal mientas las veía retirarse.
—¡Esta bien!
Abigail obedeció y se fueron al cuarto de baño en el segundo piso.
La joven hablaba en tonos sosegados y Elisa parecía comprenderle a la perfección. La niña estaba dentro de la bañera, lucía alegre y divertida mientras que por la cabeza de Abigail pensaba como ahora era niñera; tomó un champú y lo abrió para limpiarle el largo cabello a la niña.
—No. Te. Vayas. A. Mover —enfatizó cada letra. Elisa se quedó quieta y miró como ella vertía una generosa cantidad en la palma de su mano. Abigail pasó el líquido sobre su cabeza y empezó a tallar suavemente—. Tranquila...
Elisa sintió cierta brusquedad en sus movimientos, pero dejo que siguiera. Y entre tanto frotar la espuma iba creciendo y de ella empezó a emerger burbujas. La pequeña fisgoneó a su alrededor e impresionada descubrió aquellas pompas, chilló de felicidad y Abigail se había espantado por esa acción. Sintió que había hecho algo malo, pero al ver como una sonrisa iluminaba el rostro de la niña, quedo pasmada por unos segundos. Elisa comenzó a jugar con las burbujas y una risa inundo el deslumbrante y a la vez lúgubre hogar.
Hannibal se mantenía atento a lo que preparaba, Dorayaki; una receta dulce japonesa. Mientras elaboraba la mezcla, las risas llegaron hasta la cocina interrumpiendo su concentración. Por un momento pensó que Abigail había hecho algo malo, después de agudizar el oído percibió las risas. Risas infantiles, aquellas que había olvidado hacía muchos años. Hannibal sintió como sus memorias volvían a estremecerle y ya no quería recordar. De momento no, pero era tarde, dentro del palacio de sus recuerdos llegó un añorado momento de su amada Mischa. ¡Oh, su pequeña Mischa!
Dejo de lado los utensilios y se recargó sobre la barra para evitar otro golpe por las memorias de su niñez, pero las risas de la pequeña Elisa siguieron siendo crueles.
«Ahora no... Ahora no...» Pensó.
Hannibal apretó con fuerza la mesa. Las venas de sus manos y brazos se remarcaron y empezaron a palpitar con violencia. Mischa había muerto, sí. Ahora Mischa estaba aquí. Sus risas cubrían su casa. Mischa había vuelto. Su pequeña hermana había regresado en un molde diferente.
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