III. Agrodolce.
Hospital John Hopkins – Baltimore, Maryland.
Will Graham llegó con un gran ramo de flores a la habitación 304. Quedó estático en el umbral de la puerta y contempló a la inconsciente Marlène Gardner. La joven mujer, de largos cabellos cobrizos, aún se encontraba en estado crítico; los doctores temían que no sobreviviera la segunda cirugía, pero lo estaba logrando, a un ritmo lento e iba por buen camino. Will tragó difícilmente y sus pies respondieron a sus deseos adentrándose en la habitación, sin despegar la vista de ella.
—H-hola —saludó nerviosamente—. So-soy tu vecino, Will Graham. Traje flores para animarte —dijo mientras extendía el ramo y una tonta sonrisa cubría su rostro.
No hubo respuesta. Will desvaneció su sonrisa, golpeteó su frente ante la estupidez que había hecho y buscó un jarrón para acomodar las flores. Una vez cumplida la misión floral, Will tomó asiento en un pequeño sillón, contempló a Marlène con una profunda angustia y, mientras le observaba, a su mente llegó un recuerdo de principios de año, justamente en primavera.
A las cercanías con Baltimore existe una pequeña tienda departamental donde Will siempre acudía por su despensa básica. El joven Graham se mostraba indeciso ante llevar unas cuantas latas de atún o prepararse una comida decente, y entre tanto debatirse, Will optó por el atún, aumentando las bolsas de croquetas y se dispuso a dejar el local. Fue hacer fila a la única caja disponible y, delante de él, había una joven mujer con larga y familiar ondulada cabellera cobriza. Will no tuvo descaro en examinarle y después tomó atención a las cosas que llevaba; si comparaba su carrito Will quedaba como un completó tacaño ya que ella llevaba una despensa completa. La cajera no tardó en atenderla y el chico que empaquetaba las provisiones terminó. Ella dejó el lugar y el joven Graham le observó salir.
Will manejaba rumbo a casa y mientras escuchaba la radio, en la única estación que alcanzaba la zona de Wolf Trap, se enteró de la última noticia con respecto al secuestro y asesinato de una adolescente llamada Reneé Winn, la cuarta víctima del "Verdugo de Minnesota."
Un terrible suspiró surgió a la vez que venía la interrogante: ¿por qué no lo habían buscado para ese caso? Y en lo que su mente navegaba esa cuestión pudo apreciar un vehículo detenido a lado de la carretera. Disminuyó la velocidad y miró aquella angustiada mujer de cabellos cobrizos observando el motor de su vehículo. Will siguió avanzando, pero el remordimiento lo hizo alzar la vista al retrovisor y mirar de nuevo. Suspiró amargamente, detuvo el coche y dio reversa. Ella presenció aquel sonido, volteó extrañada y vio como el coche se detenía a su lado, el joven bajó el vidrio de la puerta del copiloto y le miró.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó con una forzada y algo honesta sonrisa. Ella respondió igual.
—Si, por favor.
—Déjame estacionarme —Will acomodo su auto detrás, bajó y ella se asomó para observarle—. ¿Qué es lo que le pasa? —preguntó mientras se acercaba.
—Es el motor, está haciendo un ruido raro —dijo, mientras él se detenía a su lado. Guardaron silencio y escucharon la máquina.
—Sí, hay algo afectándole. Permíteme examinarlo.
—Claro —soltó mientras se hacía a un lado.
Will sonrió nervioso y se acercó a revisar. El sonido que emergía era un tanto curioso para él, sin embargo, tenía una leve idea a qué podría deberse. Casi maravillada ella no dejaba de mirar a Will por lo atento que estaba en su labor de ayuda.
—¿Sabes de motores? —cuestionó curiosa por el enfoque que demostraba.
Will alzó la vista.
—Sí, arreglar motores es mi pasatiempo.
—¡Oh! —exclamó—. ¿Y a qué te dedicas?
—Soy profesor —respondió mientras retomaba la vista al motor.
—¿En serio? —cuestionó sorprendida. Will afirmó con su cabeza—. Yo también... Bueno, era. ¿En dónde das clases?
—En la academia del FBI —dijo, inexpresivamente. La mujer se mostró sorprendida y ante ello Will decidió continuar—: Y tú, ¿dónde eras maestra?
—Y-yo —nerviosa respondió—, yo era maestra de preescolar, en Baltimore.
—¿Y por qué lo dejaste? —inquirió mientras se alzaba y le miraba.
—Por mi hija.
Ambos se miraron y Will notó como las mejillas de ella se adornaban en un ligero tono rojizo.
—¿Sabes? —Prosiguió él—, no te he dicho mi nombre.
—Ni yo —continuó con una sonrisa nerviosa. Ella se acercó y extendió su brazo—. Marlène Gardner.
—Will Graham —respondió y tomó su mano para saludarle.
—Creo que somos vecinos, ¿no?
—Parece... Te he visto, en el minisúper.
—Igual yo. Mucho gusto en conocerte, vecino.
—Igualmente vecina.
Los dos se sonrieron con los nervios a flote y soltaron sus manos. Will miró alrededor mientras Marlène trataba de controlarse.
—Necesito una llave —habló Will—, tengo una en mi cajuela, deja voy por ella.
—¡Claro! Has lo que tengas que hacer.
Varios minutos después Will encontró la falla en el motor, era una avería por el cambio de aceite; sugirió llevarlo a un mecánico, ya que el arregló que él hizo no le duraría mucho tiempo. Marlène sonrió y sus mejillas se pintaron en rojo.
—Muchas gracias, Will. ¿Alguna manera en que pueda pagarte?
—N-no, no —balbuceó.
—¡Por favor!, no me sentiría bien si...
—De verdad, así está bien.
—Con algo Will... —insistió.
Will le miró. Marlène mostró una cara de súplica, demasiado tierna para que él pudiera soportarla. El joven Graham sintió un poco de incomodidad, pero a la vez le gustaba, y no sabía porque.
—Pues, ¿una cena sería un buen pago? —preguntó, mientras recordaba sus compras de latas de atún.
—¿Una cena? —se cuestionó.
—¿Mala idea?
—Está bien —dijo con una sonrisa—. ¿Qué te gusta?
—Sorpréndeme.
—Tengo varias ideas en mente. ¿Alguna fecha en especial para la cena?
—El día que tú puedas.
Ella volvió a sonreír.
—¿En tu casa o en la mía?
—Donde sea, por mí no hay problema.
—¡Oh, bueno! Will, tú tienes mascotas, ¿cierto? —impensadamente soltó.
—Sí, unos perros. ¿Por qué?
—Bueno, cuando pasó por tu casa, mi hija siempre observa a tus perros. Le agradan los perros.
—Entonces, un día de estos, en mi casa. Tú, tu hija y yo.
Marlène sonrió y Will le acompañó. Los dos sintieron revoloteos en sus estómagos, pero ninguno de ellos imaginó que aquella cena jamás sucedería.
Residencia de Hannibal Lecter – Baltimore, Maryland.
—¿Qué es esto? —preguntó curiosa Abigail.
—Un libro —respondió Hannibal, ocultando la obviedad.
—Sí, lo sé. Pero ¿para qué?
—Lee el título.
—Comunicación a través del silencio —obedeció—. ¿Es para aprender hablar con Elisa?
Hannibal sonrió mientras buscaba tomar asiento en la silla principal de su comedor. La niña, estaba sentada frente a Abigail y se encontraba dibujando.
—Eres muy observadora.
Ella sonrió sarcásticamente.
—Entonces… ¿Así aprendió el lenguaje de señas?
—En parte. Esto te ayudará a un entendimiento básico con Elisa.
—¡Oh, veamos! —exclamó emocionada. Abigail golpeteó la mesa y, gracias a la vibración, la niña alzó la cabeza—. ¡Mírame! —le mencionó. Elisa soltó sus crayolas y prestó atención. Abigail abrió el libro y comenzó a leer las primeras páginas—. Bien... comencemos con: Hola —La joven alzó una de sus manos y, con un suave movimiento, representó un "hola." Elisa se sorprendió, sonrió y respondió al saludo—. Vaya, esto se ve fácil —dijo animada.
Hannibal mantuvo con su sonrisa.
—Por lo que veo, ambas estarán muy entretenidas esta tarde.
—¿No me ayudará?
—Aprende lo básico y después te enseñaré el resto.
—De acuerdo —Abigail retomó la vista al libro y leyó las siguientes páginas—: "Elisa —empezó a la par que movía sus manos—, yo soy Abigail. Mucho gusto."
«Hola Abigail» respondió.
Hannibal se alzó de la silla y se retiró de la habitación.
Hospital John Hopkins – Baltimore, Maryland.
Alana Bloom entró a la habitación 304 y descubrió a Will sentado en el sillón y con una mirada perdida, encontrándose perdido en sus recuerdos. Ella se acercó y el joven reaccionó ante el sonido, algo estruendoso, de los tacones.
—Hola —saludó.
—Hola Alana... —respondió un tanto agotado— ¿Cómo supiste que...?
—Jack me lo dijo.
—¡Vaya! —exclamó irónico.
—Will, Jack me contó cómo te sientes con respecto a esto.
—Alana, por favor —rogó.
—Sé que no quieres comentarlo, pero no quiero que sientas una responsabilidad como con Abigail Hobbs.
—No es responsabilidad —mencionó mientras pasaba sus manos sobre su rostro.
—Si lo es, y no quiero que te sientas así.
—¿Así como?
—Mal —soltó preocupada.
—No me he sentido mal, ni con Abigail ni con Marlène.
—Will...
—Alana —mencionó serio. Ella le miró sorprendida—. Por favor.
La Doctora Bloom suspiró con amargura y buscó sentarse a un lado de él. Este se acomodó para que pudiera caber en el sillón y le miró.
—Está bien, no me digas nada —dijo serena—. Pero quiero que te quede claro una cosa, Will
—¿Qué cosa?
—Quiero que sepas que has salvado tres vidas. Abigail, Marlène y Elisa. Eso es lo que importa —Will sonrió con sorna—. ¿Por qué esa cara?
—Creo que pude haber salvado a las tres antes y sin que hubiera incidentes peores de por medio.
—¡Eh! —exclamó Alana mientras le tomaba de su barbilla y lo obligaba a mirarle a los ojos. El joven Graham quedó estático por unos momentos—. Will, eres una buena persona, has ayudado antes y has logrado evitar que peores cosas sucedan.
—Un claro ejemplo fue matar a Garret Jacob-Hobbs.
—Will —mencionó molesta—, no quiero que sientas que hiciste algo terrible.
—Eso no cambia nada —respondió, mientras sutilmente alejaba su rostro del de ella.
Alana no pudo evitar un amargo suspiro, cerró sus ojos y deseó que Will comprendiera el lado bueno de sus acciones, sin embargo, ello sería difícil. Había sido empujado muy lejos sobre sus actos.
—¿Dónde está Elisa? —preguntó, buscando evadir el tema.
—Con Hannibal
—¿Con Hannibal? —soltó extrañado.
Alana afirmó con su cabeza.
—Hannibal tiene una tutoría temporal sobre Elisa. Pensé que ya sabías.
—No… ¿Cómo la obtuvo?
—Jack se la concedió. Lo hizo por el hecho que sabe manejar el lenguaje de señas.
—¿Y Elisa se fue con él? ¿Tan fácilmente?
—La niña le tiene algo de confianza, ello es porque entiende su manera de hablar.
—Ah…
—Mañana comenzare la terapia formal con ella —mencionó Alana mientras volteaba a verle.
—¿Y estás lista?
—Hannibal me apoyará. Las sesiones serán en su consultorio, él se será mi traductor… —dijo con una sonrisa.
—Espero y puedan ayudarla.
—Será un proceso largo, pero confió en que saldrá adelante.
Alana y Will se sonrieron, y dejaron que el tiempo de visita transcurriera esperando el milagro de que Marlène Gardner pudiera despertar.
Consultorio de Hannibal Lecter – Baltimore, Maryland.
Elisa miraba el lugar con gran asombro, ese sitio era más grande que la sala de estar y la cocina de su casa juntas. Había demasiados libreros adornando cada pared y estaban repletos de libros, en diferentes tamaños y colores. Había un segundo piso y la niña apreció como yacían más libreros, sin embargo, no todos se mostraban llenos, parecía que apenas los estaban acomodando. Elisa retomó la vista al frente y una figura decorativa llamó su atención. Sintiendo curiosidad volteó hacía donde se encontraban Alana Bloom y Hannibal Lecter. Ambos doctores se encontraban sentados y conversaban; ello lo notó por el movimiento en sus labios, y aprovechando la distracción se acercó hacía esa figura y la contempló.
Era la figura de un ciervo con enormes astas; este detonaba liderazgo, dominio, peligro y una curiosidad en la pequeña. Mientras lo admiraba sintió unas manos sobre sus hombros, asustada volteó y vio a la Doctora Bloom con una cálida sonrisa sobre su rostro.
«Ven, corazón» leyó a través de sus labios.
Elisa no opuso resistencia y se dejó guiar hacía el enorme sillón, donde anteriormente ambos se encontraban hablando. Ambas se sentaron y observaron como Hannibal acercaba una silla para quedar frente a ellas.
«Elisa» figuró Hannibal. Ella prestó atención. «La Doctora Bloom y yo queremos platicar contigo.»
La niña movió en un sí su cabeza mientras Alana colocaba uno de sus brazos alrededor de sus hombros.
—Pregúntale sobre sus padres —indicó.
Hannibal obedeció y empezó a mover sus manos. Elisa frunció su ceño quedando a flote una incomodidad. La pequeña, lentamente, alzó sus manos y respondió a lo que él le había comentado. Alana miraba analítica el momento.
—¿Qué dijo?
—Solo me preguntó por su madre. Esta ignorado a su padre.
—Dile que su madre pronto estará con ella. Dejemos, por un momento, fuera a su padre —Nuevamente realizó el acto. Elisa replicó mostrándose ansiosa, Hannibal respondió—. ¿Qué te dijo?
—Quiere ver a su madre. Le dije que pronto estará con ella.
Alana suspiró y acurrucó a Elisa más a su cuerpo, buscando mostrarle apoyo y seguridad.
—Me comentaste sobre unos dibujos —dijo. Hannibal afirmó—. Elisa está bloqueando sus recuerdos y una manera de plasmarlos es con sus dibujos, tratemos de hablar sobre ellos.
Hannibal se alzó de su lugar y se dirigió a su escritorio, buscó en una carpeta que había creado para la niña y sacó unos cuantos papeles. Regresó a ellas y le entregó los dibujos a Alana.
—Los hizo ayer —mencionó mientras retornaba a su asiento. La niña miró hacía sus creaciones—. Abigail notó la peculiaridad en ellos y me los hizo saber.
Alana miró el primer dibujo, era una enorme casa pintada con rojo y blanco, probablemente un granero; en ella había cerdos y al parecer corderos. Había dos personas y una pequeña niña, que en definitiva era su representación y un adulto, probablemente su padre.
El siguiente dibujo era el mismo granero, esta vez, los animales yacían muertos especialmente los corderos. La pequeña niña de los dibujos derramaba lágrimas.
El tercer dibujo era dos adultos, uno vestido en blanco y otro en negro. Detrás de ellos estaban colgando los cerdos, en sus ojos se veían unas enormes equis y parecían sostenerse por medio de ganchos.
Alana tragó difícilmente mas no mostró su sorpresa.
—No creo que sean solo peculiares, Hannibal —confesó seria, mientras alzaba su vista.
—Lo sé, Alana. Me temo que, más allá del estrés postraumático, nos enfrentamos a un cuadro de extrema violencia —Elisa seguía mirando hacía sus dibujos y Alana le observó— debido al abuso físico y sexual...
—¿Le has preguntado el porqué de los dibujos? —interrumpió. Él se molestó ante tal evasión, igual le perdonó.
—No. Espere a que hiciéramos la terapia.
—Pregúntale, por favor.
Hannibal alzó ambas cejas ante el comportamiento de su colega, pero obedeció. Elisa movió la vista y notó lo que él le decía. Ella respondió de una manera que le sorprendió.
—¿Qué pasó?
—Me evadió.
—¿Cómo que te evadió?
—Dijo que solo los hizo porque sí, pero se puede notar lo tensa que esta.
—Tal vez no debemos de forzarla tanto —sugirió—. Necesitamos tiempo.
—Si dejamos que el tiempo avance, reprimirá sus recuerdos.
—Lo sé, pero...
—No podemos dejar que eso suceda, Alana.
—¿Y qué sugieres? —preguntó con una sonrisa burlona—. Hannibal, no la vamos a someter a tales memorias, sería un shock para ella.
—Si es la única manera en la que podremos ayudarle, hagámoslo.
—Hannibal —mencionó molesta—, no voy a dejar que hagas lo mismo que hiciste con Abigail —Él le miro—. Yo soy la psiquiatra de la niña y no te lo voy a...
—Ambos lo somos Alana —interrumpió—. Y, eso que dices que hice con Abigail, la he hecho afrontar mejor la situación en la que se encuentra. Quiero ayudar a Elisa, me duele hacerla tocar fondo, pero si eso ayuda a encarcelar a su padre, lo haré.
—No tienes que ser rudo con ella... es una niña.
—No es rudeza, Alana. Tienes que recordar que, como psiquiatras, a veces necesitamos tocar el fondo de nuestros pacientes.
—¿Aunque sean niños?
—Así es.
Alana se alzó del sofá y miró terrible a Hannibal.
—Me niego a exponer a Elisa a esto y no quiero que tú lo hagas como con Abigail.
—Me temo no prometerlo.
—Pues deberías hacerlo.
Hannibal observó fríamente a su colega, quien no paro en retarle. Elisa observó aterrada la escena ya que le resultaba familiar, era similar a cuando su madre se peleaba con su padre, y ella odiaba esos momentos. Tomó uno de sus dibujos y lo alzó hacía Alana, sus labios empezaron a temblar y con dificultad y algo doloroso tono de voz mencionó:
—Gra... gran... ja... —Ambos doctores quedaron sorprendidos ante la repentina habla de la niña, posaron sus miradas en ella y vieron como su cuerpo temblaba y las lágrimas querían brotar—. ¡Gran...! ¡ja! —exclamó difícilmente.
Alana se hincó y tomó el dibujo, posó una de sus manos sobre su rostro y trató de consolarla.
—Tranquila pequeña...
—Dijo granja —mencionó Hannibal, más para él que para Alana.
Ella volteó a verle, pero ni se inmutó.
—¿Te suena a algo? —cuestionó duramente.
—No, pero tenemos un avance.
Alana frunció su ceño extrañada ante lo sucedido.
Después de la sesión Elisa y Hannibal quedaron solos. Alana tenía más trabajo y ella se retiró, no sin antes, advertirle de nuevo a Hannibal sobre sus métodos. Él despidió a su colega con cortesía más no prometió nada. Lecter miró a la pequeña, que se había recostado en el diván y miraba hacía la ventana. Hannibal sintió un poco de angustia por lo que había logrado en la terapia, generar un conflicto para hacer sentir presión a la niña. Sí fue una manera muy ruda de su parte. Se alzó de su silla, se acercó a la pequeña y, con un amargo recuerdo, posicionó sus dedos sobre su cabellera. Elisa se movió un poco para verle, un tanto extrañada, pero no mostró miedo o incomodidad. Hannibal posó una leve sonrisa sobre su rostro, en esos instantes veía a su Mischa, y se sentía mal por hacerle daño.
—Perdóname mi pequeña —dijo, sin dejar de acariciar su cabello.
Elisa pareció comprender, sin embargo, no hubo ninguna reacción de su parte, dejó que Hannibal le consolara y regresó la vista hacía la ventana para admirar el color carmesí de las enormes cortinas que adornaban ese magnífico lugar.
El teléfono de la oficina sonó y algo molestó por la interrupción, Hannibal alejó sus dedos de la cabellera de la niña y fue atender el llamado.
—¿Diga?
—Doctor Lecter, soy Jack Crawford.
—Buenas tardes, Crawford —saludó ante los pésimos modales del agente—. ¿En qué puedo ayudarle?
—Doctor, buenas noticias —sonó esperanzado.
—¿Encontraron a Alan Gardner? —interrumpió con una leve sonrisa.
—No, Doctor Lecter. Marlène Gardner ya despertó.
Y al escuchar aquellas palabras Hannibal sintió una apuñalada a su pecho. Su leve sonrisa se esfumó, no pudo evitar en ver a la niña y sentir como de nuevo iba a perder a su pequeña Mischa.
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