IV. Empty.

¿Diga? —respondieron al otro lado de la línea.

—¡Al fin contestas! —clamó Alan Gardner quien trataba de ocultarse de la gente—. He estado tratando de localizarte estos últimos días.

Sabes que el FBI te está buscando, ¿verdad?

—Si lo sé —bramó—, lo sé perfectamente. Y por ello necesito que me ayudes.

Estas solo en esto, Gardner —soltó.

—¡¿Qué?!

Lo que oíste.

—¡No puedes hacerme esto! ¡He sido tu mano derecha desde hace cuatro años!

Lo sé, pero tengo que dejarte.

—No me hagas esto... Eres mi única salvación.

Un silencio incómodo se formó.

Mucha suerte, Alan —finalizó.

—¡No, Mason!

Y colgó. El joven Mason Verger acomodó su saco, por casualidad alzó la vista hacia los escalones y, escondida entre la barandilla, estaba su hermana menor. Él sonrió cínicamente y ella, al descubrir las intenciones de aquella sonrisa, se alzó y corrió a la planta alta.

—¡Oh, Margot! —exclamó a canto, mientras ascendía en los escalones.


Residencial de Hannibal Lecter – Baltimore, Maryland.

—¿Así que ya tiene sus aparatos? —cuestionó curiosa Abigail, mientras veía a Elisa colorear.

—Ahora se te será algo más sencillo comunicarte con Elisa.

—¿Y me escuchara bien?

—Se le facilitara percibir el sonido.

Abigail no podía dejar de lado la peculiaridad del momento, se colocó detrás de la niña y extendió sus brazos, Hannibal miró preocupado el momento y se mostró en alerta, la joven cogió velocidad e hizo un fuerte estruendo con sus manos, Elisa soltó su crayola y se alzó confundida y asustada; miró a todos lados hasta que notó a Abigail a sus espaldas.

Hannibal no ocultó su coraje ante el acto de la joven Hobbs, quien no dejaba de sonreír por lo ocurrido. Elisa también sonrió, sin comprender el porqué de lo que había pasado, y retomó a sus dibujos. Abigail alzó su vista y se cruzó con la mirada hostil del Doctor Lecter.

—¿Qué? —soltó extrañada.

—No vuelvas hacer eso.

—Tenía curiosidad.

—Solo no lo hagas —insistió enfurecido. Ante ese tono ella sintió el miedo recorrer su cuerpo, agachó su cabeza y un movimiento afirmativo surgió—. Bien, me retiraré a preparar la merienda. Cuida de Elisa.

—Si...

Hannibal paso de lado y dejo el lugar. Abigail alzó la cabeza y volteó a ver a la niña que no había parado de dibujar. La joven tomó el libro, donde aprendía el lenguaje de señas, y se sentó a lado de la pequeña. Extrañada prestó atención a lo que ella hacía, eran dibujos de cerdos y corderos muertos. La joven Hobbs tomó uno de los dibujos, lo examinó y con un leve golpeteó de sus dedos sobre el hombro de la pequeña, hizo que volteara a verle.

—¿Por qué haces eso? —preguntó a la vez que movía sus manos. Ella comprendió la cuestión mas no respondió, y Abigail se extrañó—. ¿Elisa?

La niña negó con su cabeza y retomó a los dibujos.


La hora de la merienda llegó. Entre ambas recogieron las crayolas y dibujos de la pequeña y a la mesa llegó un plato con una gelatina blanca adornada en frambuesas, moras y salsa de zarzamoras. Elisa miró asombrada su platillo y Abigail halagó la presentación.

—Qué lindo se ve, ¿qué es?

—Panna Cota —respondió Hannibal con una sutil sonrisa—, es un postre típico italiano; con lleva crema de leche, azúcar y jarabe de caramelo. Las frutas son para darle dulzón y color. Me temó que esta no es la receta original, ya que la hice más al gusto de un niño —dijo mirando a la maravillada pequeña.

—Suena delicioso —mencionó Abigail con una sonrisa.

Hannibal tomó asiento en la silla principal y observó ambas jóvenes damas.

—Disfrútenlo.

Abigail agarró el tenedor y lo deslizó con delicadeza, tomó el pedazo y lo degustó en su paladar. Meticulosamente la pequeña observó y copió las acciones de la chica, quedando maravillada ante el postre que comía. Elisa admiraba el platillo, las frutas eran lo que más llamaba su atención, nunca las había visto y curiosa tomó una frambuesa. La niña posó la vista con Hannibal, alzó su tenedor y una interrogante surgió en su rostro.

«¿No te gusta la frambuesa?» preguntó curioso Hannibal.

Elisa parpadeó y bajó el tenedor.

«¿Fresa?»

«No, frambuesa» continuó sonriente. «Es parecida a la fresa, pero no es el mismo sabor.»

Siendo novedoso para ella volvió a coger el tenedor y se llevó a la boca la fruta. La pequeña no evitó una ligera mueca, por el sabor agridulce de la fruta; abrió sus ojos y sin dejar de mascar encontró el gusto dulzoso. Hannibal no despegó su mirada de la niña, su sonrisa se mantenía, pero, dentro de él, un bello y a la vez amargo recuerdo nubló su mente. Elisa curvó sus labios y su dulce e inocente sonrisa fue una respuesta de gusto y agradecimiento hacía la merienda. Abigail se mantuvo comiendo en silencio, sin dejar de ver aquel momento.

La joven ya había percibido que el Doctor Lecter sentía una empatía hacia la niña y eso le incomodaba. Y mientras las sonrisas deslumbraban el lugar la joven analizó su incomodidad para, al final, darse cuenta que sentía celos. Esos celos de hermana mayor cuando la hermana menor se llevaba toda la atención, y no le gustaba sentirse así.

—¿Todo bien, Abigail? —cuestionó Hannibal.

La chica volvió en sí y los miró.

—S-sí, si —respondió nerviosa—. ¿Por qué la pregunta?

—Estabas ausente.

—Lo siento, es que... me puse a recordar cosas, y me fui.

Hannibal no dejo de mirarle, parecía que le analizaba y ella sintió un poco de temor.

—No deberías presionarte, no es bueno para tu salud mental.

—Lo sé Doctor, lo siento —dijo con una sonrisa fingida.

Elisa posó su mano sobre la de Abigail, quien le miró extrañada por tal acción. La pequeña sonreía, se veía tan tranquila y, de repente, abrió sus labios y en una voz pausada llamó:

—A...bi.

Y a la joven Hobbs no le quedo más que sonreír.


BAU — Quántico, Virginia.

—¿Cómo van con los análisis? —interrogó Jack Crawford, mientras entraba al lugar. Sus agentes voltearon a verle.

—¿Cuál de todos? —preguntó Jimmy.

—Gardner.

Los tres se levantaron de sus sillas. Beverly fue por las bolsas de evidencia, Brian sacó las fotografías y Jimmy preparó la mesa.

—¿Por dónde quieres empezar?

—Por el principio, es lógico Jimmy.

—Cierto...

—Hicimos un análisis de luz ultravioleta —continuó Brian mientras sacaba las fotografías y se las entregaba a Jack—, en la habitación de la niña hay evidencia de que Alan Gardner estuvo ahí, sin embargo, también tenemos un inconveniente.

—¿Cuál inconveniente?

—¿Marlène Gardner se defendió con una pistola? —continuó Beverly.

—¿Por qué tu pregunta?

—Porque encontramos este revolver debajo de la cama —dijo mientras alzaba la bolsa.

Jack lo tomó y le examinó.

—Marlène fue herida de gravedad con un arma blanca, no hubo rastros de un arma.

—Creemos que ella atacó a su esposo con el arma.

—Si —continuó Jimmy—, encontramos sangre, no solo de ella, también de Alan Gardner.

—Entonces, ¿huyó herido de gravedad?

—No exactamente.

—Según Will, sufrió un disparo en el hombro —siguió Beverly— y, ante ello, atacó a Marlène con una navaja de bolsillo.

—Luego del disparó y herir a su mujer, huyó.

—Y este sujeto anda libre, ¿con una bala en su hombro?

—Es lo más seguro.

Jack alzó una de sus cejas.

—Pero ello no afecta a inculparlo de abuso sexual, es solo que, ya han pasado cuatro días y si tiene una bala incrustada en el hombro...

—Puede generar una fuerte infección, que lo carcomería.

—Pues lo quiero vivo para encerrarlo en prisión —soltó molesto.

—Si jefe.

—Mantengan la evidencia para cuando se vaya a un juicio —Los tres afirmaron con sus cabezas—. Los veré luego.

Y Jack salió del lugar.


Al llegar a su oficina, y sentado en una de las sillas, estaba un ido Will Graham. Jack se adentró y el sonido de la puerta lo hizo volver.

—Hola.

—Will, me alegra verte. Pensé que estabas dando lecturas.

—Nos les haré mucha falta.

—¿Qué pasa?

—Supe que Marlène despertó —mencionó nervioso.

—Si...

—Supongo que la interrogarás.

—Supones bien.

—Quiero ir contigo.

—Lo siento Will, me temó que no me podrás acompañar.

El joven Graham le miró asombrado, en el fondo no esperaba una respuesta negativa.

—¿Por qué?

—Decidí seguir algunos consejos y, de momento, quiero que mantengas tu distancia con Marlène Gardner.

—¿Y esos consejos fueron de Alana y el Doctor Lecter?

—¿Importa? —cuestionó tajante—. Will, no me lo tomes a mal, pero... estas tomando este caso muy personal, como lo has hecho con Garret Jacob-Hobbs. Por una temporada quiero que estés alejado de ambos casos.

—No puedes quitarme tan fácilmente —soltó furioso mientras se alzaba de la silla y se ponía frente de él.

—Sí, sí puedo —contestó tranquilamente. Se hizo a un lado y caminó a su escritorio.

—¡Son mis casos!

—¿Perdón? Son míos y me asistes en ellos.

Will resopló con fuerza.

—No puedes alejarme de esto, lo sabes.

—Si. Por eso quiero que te tranquilices para que pienses con claridad y me ayudes a ir tras Alan Gardner.

En esos momentos se escuchó como la puerta se abría, ambos miraron y descubrieron a Hannibal Lecter. Este se detuvo al sentir aquellos ojos en él.

—Buenas tardes, Jack, Will —saludó, un poco extrañado.

Graham no respondió, pasó de lado y salió de la oficina. Hannibal repudió los modales de Will, pero otro día se hablaría de ello. Retomó la vista en Jack, quien saludó con un leve movimiento de cabeza.

—Gracias por venir, Doctor Lecter.

—Gracias a usted Crawford, por considerarme para esto —dijo con una sonrisa.

—Pronto es hora de visita y Marlène está un poco estable. Ambos podremos interrogarla.


Hospital John Hopkins – Baltimore, Maryland.

El dolor físico que sentía Marlène no se comparaba al que sentía en su corazón. Con una mirada perdida, y su comida sin ser tocada, ella no dejaba de llorar por todo lo que había sucedido. Unos leves toques a la puerta la hicieron voltear y observó a dos hombres bajo el dintel.

—Buenas tardes, señora Gardner —saludó el hombre de piel morena, siendo cubierto por un enorme abrigo oscuro.

—Buenas tardes —respondió algo atontada.

—Permítame presentarme, soy el agente Jack Crawford y él es el Doctor Hannibal Lecter —este último, un hombre que emitía elegancia saludó cortés. Ella respondió de la misma manera—. Nos gustaría hablar con usted, si es que se encuentra en una buena condición.

—¿Dónde está mi hija? —demandó.

—Señora Gardner —habló Hannibal—, su hija se encuentra conmigo, bajo una tutoría temporal y...

—¿Tutoría? —interrumpió.

—Si —continuó, buscando ignorar aquella cuestión.

—¿Por qué tiene a mi hija?

—Señora Gardner —interrumpió Crawford, ella volteó a verle—, estamos aquí para que nos pueda decir que fue lo que pasó entre usted y su esposo.

Marlène ignoró a Jack y volvió a mirar a Hannibal.

—Mi hija necesita un cuidado especial y...

—Lo sabemos, señora Gardner. Usted no se preocupe, se manejar el lenguaje de señas, y créame, Elisa está bajo excelentes cuidados.

—Señora Gardner —prosiguió Jack—, la situación en la que usted y su hija han estado involucradas es demasiado seria. Necesitamos hacerle unas preguntas, ya que su esposo se encuentra fugitivo.

La mujer miró con terror a ambos hombres; sentía que la juzgaban, comenzó a temblar y las lágrimas brotaron. Jack y Hannibal se miraron, uno más preocupado que el otro, pero alguien tenía que actuar y Lecter se adelantó. Se acercó a Marlène y, delicadamente, tomó una de sus manos. Ella se estremeció ante tal acto.

—Marlène, tranquilícese —dijo, adornando cada palabra con un falso tono de seguridad.

—¿Q-qué tipo de doctor es usted?

—Soy psiquiatra.

—¡Dios mío! —Susurró para si—. Mi niña, ¿está en terapia?

—Si.

Las lágrimas siguieron cayendo y ella apretó con más fuerza aquella mano.

—Es mi culpa. Yo... debí verlo, debí notarlo y no lo hice.

—¿Qué no vio, Marlène?

—El daño que le hacía a mi hija...

—¿Cómo lo descubrió, señora Gardner? —interrumpió Jack. Hannibal le miró severamente.

—Y-yo, i-iba a lavar ropa —soltó con nervios—. El muy bastardo no lo ocultó.

—¿Qué no oculto?

—La ropa interior de Elisa. Yo la vi, tenía sangre... una niña de siete años aun no menstrua —se detuvo y buscó respirar—. Él, él siempre solía lavar la ropa, según quería ayudarme, pero lo ocultaba —en ello una risa nerviosa se combinó con el llanto—. Ocultaba lo que le hacía a nuestra hija... ¡Su hija! —gritó—. ¡¿Qué clase de padre le hace eso a su hijo?!

Las lágrimas de Marlène cayeron con más intensidad, no pudo controlarse y Hannibal soltó su mano.

—Jack —habló—, busca una enfermera.

Preocupado por la reacción de la mujer, el agente obedeció y los dejo solos. Ante esa declaración Hannibal sintió como algo de dentro de él se encendía. La ira; la rabia; la furia; un asco hacía la persona que había hecho tales actos. No era la primera vez que los experimentaba, pero si había pasado mucho tiempo en que sentía aquellas emociones unirse.

—Es mi culpa —soltó angustiada.

—Es verdad, es su culpa Marlène —dijo y ella le miró impactada—. Usted falló como madre, no cuido de Elisa y dejo que ese hombre abusara de ella.

—Traté de matarlo —confesó, sintiendo una rabia por las palabras mencionadas—. Traté para que mi hija volviera hacer mi niña alegre...

—Y no lo logró. Escapó y a usted casi la mata —la mujer hizo de lado su mirada, ante lo poderosa que era la de él—. Marlène —llamó—, ¿sabe a donde pudo haber huido Alan? —aun temblorosa negó con la cabeza—. Necesito que piense, que recuerde algún sitio a donde pudo huir.

—¿Y qué hará usted? ¿Matarlo? —preguntó incrédula.

Hannibal mostró una impecable serenidad, sostuvo de nuevo la mano de Marlène y mirándole a los ojos le respondió.

—Si.


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