V. Cynisme.
Marlène miró horrorizada a Hannibal Lecter. A la habitación entraron Jack junto a una enfermera, Hannibal soltó la mano de la mujer y se alzó del lugar para que la enfermera le atendiera. Unos momentos después la enfermera declaró que Marlène estaba sufriendo un ataque de nervios, necesitaba reposar y ambos hombres, dispuestos a dejar el interrogatorio para otro día fueron detenidos por la misma Marlène.
—No se vayan —rogó. Hannibal se mostró alerta.
—Señora Gardner, necesita reposar —demandó la enfermera.
—Por favor, no se vayan... por favor —insistió con sus nervios a flote.
Jack y Hannibal se miraron en busca de una respuesta. El agente cabeceó ligeramente y Lecter obedeció ante ello. La enfermera, no aprobando lo decidido de su paciente, se retiró; no sin antes advertirles a ambos hombres que solo tenían quince minutos. Los dos se posaron al pie de la cama en lo que Marlène trataba de controlarse.
—Señora Gardner —habló Jack—, será mejor que descanse y nosotros vendremos cuando se encuentre mejor y...
—No. Es ahora —alzó su vista y fijó la mirada en Hannibal, logrando que este se estremeciera—. ¿Cuántas sesiones lleva mi hija?
—Acabamos de empezar esta semana —soltó con cierto alivio.
—¿Serán muchas?
—Dependerá de cómo Elisa avance.
—¿Y ha mencionado algo?
Jack miró a Hannibal y este suspiró. Llevando su abrigó entre manos, lo colocó sobre la base de la cama y, de uno de los bolsos de su abrigo, saco unos cuantos papeles.
—Se rehúsa a comentar, pero ha hecho estos dibujos. Tal vez a usted le digan algo —desdobló los papeles y se los entrego.
Marlène los tomó y los miró con mucho recelo.
—Este lugar es donde trabaja ese bastardo.
—¿Es una granja? —cuestionó Hannibal.
—Si... —pausó nerviosa— él es capataz de las granjas de la empacadora de carne de la familia Verger, en Owings Mills.
—Eso explica los cerdos —mencionó Jack. Hannibal soltó un suspiro amargo.
—¿Alan solía llevar ahí a Elisa?
—Si.
—Marlène, ¿alguna vez notó algún comportamiento extraño en su hija?
—No —mencionó mientras negaba con la cabeza.
—¿Esta segura? —insistió Hannibal.
—Mi niña, ella siempre estaba alegre. A pesar de todo ella siempre sonríe... No sé porque nunca busco una manera de decirme lo que su padre le hacía.
—Los niños se expresan de diferentes maneras, Elisa lo está haciendo a través del dibujo.
Ella afirmó.
—Señora Gardner —continuó Jack—, ¿de verdad nunca hubo un indició en que usted sospechara de su esposo?
—Lo juro. El solía estar muy atento a lo que yo hacía y siempre procuraba ayudarme en casa, pero lo hacía para ocultar sus actos... Lo único que él me forzó hacer fue renunciar a mi trabajo.
—¿En que trabajaba?
—Era maestra en el instituto para sordos en Baltimore. Yo trabajaba ahí y me daban una beca para Elisa, pero él me obligó a renunciar y por cosas muy estúpidas. Decía que yo ya no atendía la casa, estaba descuidando el hogar y sus necesidades, y renuncie. Debido a ello no pudimos costear el instituto, así que decidimos que Elisa tomaría clases en casa.
—¿Y Alan comenzó a llevar a Elisa a las granjas?
—Así es, más de lo usual.
—Entonces, creo que haremos una visita a la familia Verger —dijo Jack, con una leve sonrisa en su rostro.
Mansión de la Familia Verger — Este de Owings Mills, Maryland.
El agente Crawford y el Doctor Lecter había descendido del automóvil y caminaron por el enorme jardín que adornaba la entrada principal de la mansión Verger. Hannibal quedó encantado por el excelente cuidado que tenía el jardín y también por los tulipanes y los jazmines que daban vida al sitio. Llegaron a la entrada principal, Jack tomó la aldaba y golpeteó con fuerza. La puerta se abrió en menos de un minuto, dejando a ambos maravillados.
—¿Qué desean? —saludó la joven sirvienta.
—Buenas tardes, señorita —contestó Jack mostrando su placa y credencial—. FBI. Queremos hablar con el señor Verger.
—¡Oh! —exclamó sorprendida—. Por favor, denme un momento.
La sirvienta cerró la puerta y ambos se miraron.
—Demasiado grande este lugar, ¿no cree Doctor?
—He visto lugares más grandes —respondió con una sincera sonrisa.
Unos momentos después la puerta se abrió y la joven y ahora cabizbaja sirvienta, les ofreció el pase. Los dos entraron y quedaron asombrados por el decorado de la estancia. Este lugar tenía un estilo victoriano, los muebles eran de madera de roble; Hannibal lo percibió solo por el olor. En la pared estaba una enorme pintura de la familia Verger: El padre junto a su mujer y sus dos pequeños hijos; un varón, tal vez de seis años, rubio y ojos azules. La siguiente era la hermana, probablemente de cuatro años; castaña clara y ojos del mismo color. Mientras seguían dejándose maravillar por el lugar, el sonido del reloj del péndulo los hizo volver en sí y descubrir que ya eran las seis de la tarde.
—Buenas tardes oficiales —saludó el patriarca al pie de la escalera.
—Buenas tardes, Señor Verger. Somos el Doctor Hannibal Lecter y el agente Crawford.
El hombre, quien lucía estar en sus cuarenta era esbelto, un aproximado de metro setenta, con cabellera rubia ceniza, una mirada confianzuda junto a unos anteojos casi cayendo de su nariz, le sonrió a los dos hombres y comenzó a descender los escalones.
—FBI —soltó con un leve canturreó—, que sorpresa tenerlos por acá. ¿Acaso alguien me ha hecho una demanda civil? —preguntó con una sonrisa cínica. Ante esa sonrisa Hannibal identificó el carácter de ese hombre: hostil y gustoso por el control sobre todo y todos.
—¿Alguien busca demandarle señor Verger?
—Por favor, llámeme, Molson. Y he decirle agente que tengo muchos enemigos en el mercado. Cualquier excusa es buena para que quieran mandarme al FBI.
—Bueno, Molson, puede estar tranquilo. No hay ninguna demanda contra usted.
—Me alegra saber eso —dijo al poner el último pie sobre el suelo—. Entonces… ¿a que debo su honrosa visita?
—Estamos aquí por uno de sus empleados; Alan Gardner.
—¿Alan Gardner? —se cuestionó, y por unos momentos, quedó pensativo—. Me suena el nombre, pero no logró identificarlo.
—Sabemos que es capataz de una de sus granjas.
—Sigo sin hacerlo.
—Tiene una hija sorda.
—¡Oh! —exclamó animoso—. ¡La pequeña sonrisas!
—¿Sonrisas? —cuestionó curioso Hannibal.
—Si. Ya sé de quien me hablan, el capataz del área noreste. Su hija es una pequeñita que siempre sonríe. A mis hijos y a mí nos daba una alegría verla; la teníamos muy consentida.
—¿En serio?
—Claro. ¿Pero a qué se debe esto?
—Señor Verger...
—¿Qué dijimos agente? —interrumpió sonriente.
—Molson —soltó Jack con una sonrisa fingida—. Buscamos a Alan Gardner por homicidio y abuso de un menor.
El patriarca Verger cambió la sonrisa por un rostro llenó en seriedad.
—Dios —susurró—. No puedo creerlo.
—Queremos saber si ha presentado a trabajar estos últimos días.
—Tendrían que preguntarle a mi hijo, Mason. Él es el encargado del área noreste de nuestras granjas y empacadoras.
—¿Podríamos hablar con él?
—Por supuesto. Por favor, síganme.
Llegaron a los terrenos del ala noreste. Entraron al área de los establos donde se podían apreciar a los cerdos más toscos, encerrados y tirados en el suelo esperando a su destino. Al fondo del lugar apreciaron la silueta de un joven, quien parecía estar atento a las listas de los próximos cerdos a ser convertidos en carne.
—¡Mason! —gritó su padre. Este alzó la vista y le miró acompañado de dos extraños.
—Padre, me alegra verte por estos lares —respondió con una sonrisa hipócrita. El joven era la viva imagen de su padre. Una cabellera rubia, ojos azules y una sonrisa que detonaba la desvergüenza.
—Hijo, te presentó al agente Crawford y al Doctor Lecter. Son del FBI.
—¿FBI? —preguntó maravillado—. ¿A que debemos este honor?
—Buscan a tu capataz.
—¿Alan? —cuestionó incrédulo.
—Así es —habló Jack—. Buscamos a Alan Gardner y queremos saber, ¿ha venido a presentarse?
—No agente. Alan Gardner tiene casi una semana que no se presenta a trabajar. Con decirle que ya lo di de baja y estoy en busca de un nuevo capataz.
—¿Cuándo fue la última vez que lo vio?
—La semana pasada.
—¿Y cómo vio a Alan?
—Lo de siempre. Es un tipo que le gusta hacerse el rudo, pero para mí es un pobre diablo.
—¿Por qué? —interrogó Hannibal.
—Alan actuaba de maneras extrañas, siempre solía platicar conmigo de sus frustraciones sexuales.
—¿Frustraciones? —repitió extrañado Jack.
—Si. Él me decía que su esposa no... No lo satisfacía. Empezó a ir a prostíbulos, pero ni así lo lograba. De repente comenzó a hablarme que tenía ciertas fantasías con jovencitas, ya saben, menores... —Jack afirmó con su cabeza y Hannibal se mantuvo atento— Pero ya no supe más. Hasta esta semana que no se ha presentado.
—Hijo, los agentes buscan a Alan por intento de homicidio y abuso de menores.
Mason quedó pasmado ante ello.
—¿Entonces lo hizo?
—¿Hacer qué? —cuestionó Hannibal.
—Abusar de un menor.
—Si. Y fue su propia hija.
—¿Sonrisitas? —soltó sorprendido. Hannibal le miró seriamente, odiaba ese sobrenombre y lo único que lograban era provocarle más rabia.
—¿Alguna vez convivio con Elisa Gardner?
—Si, la pobre esta sorda y me daba algo de lastima, pero es una buena niña. Un angelito.
—¿Nunca notó un comportamiento extraño en ella?
—Para nada. Ella siempre sonreía y estaba alegre, jamás vi algo raro en ella. Las veces que Alan la traía aquí le gustaba jugar con los cerdos y ver los caballos de Margot.
—¿Margot?
—Mi hija menor —soltó Molson.
—¿Cree que podamos hablar con su hija?
—Me temo que no, agente. Mi pequeña está en un curso de equitación en Canadá. No regresa hasta el próximo mes.
Jack cabeceó ligeramente mientras Hannibal no dejaba de analizar al joven Verger quien, al sentir el peso de esa mirada, la preocupación comenzó a recorrer su cuerpo.
—¿Algo más que deseen saber, agentes?
—¿Alguna idea a donde pudo ir Alan Gardner?
—¿Hijo?
—Él siempre iba a un bar a las fuerzas de Baltimore; Heaven's Night se llama. Tal vez ahí lo han visto.
—Muchas gracias, joven Mason.
Él sonrió y retomó a sus papeles y de nuevo fue interrumpido.
—Una pregunta más —continuó Hannibal—. ¿Solo crían cerdos?
—También los caballos de mi hija.
—¿De casualidad han criado corderos?
Molson y Mason se miraron extrañados. El joven negó con la cabeza y volvió a los papeles.
—No Doctor, nunca hemos criado corderos.
Hannibal alzó su cabeza, se dio la media vuelta y comenzó a caminar y Molson escoltó ambos hombres. Mason alzó un poco su vista y no despegó la vista de Hannibal Lecter, sin dejar de sentir un escalofrío por su cuerpo.
—Muchas gracias por su atención, Molson.
—Esperemos que nuestra información les sirva de algo, si ese tipo llegara a pisar mis tierras, les llamaré.
Ambos se despidieron y salieron de la residencia. Mientras regresaban al coche, Hannibal tuvo un impulso en mirar hacía una de las ventanas del segundo piso y, entre las finas cortinas, miró a una jovencita que les observaba temerosamente. Al notar a Hannibal, ella cerró las cortinas y él supo que los Verger mentían. Y de una manera terrible.
—¿Qué opina de la familia Verger, Doctor? —cuestionó Jack sin dejar de mirar a la autopista.
—Son peculiares —soltó con honestidad.
—Yo diría extraños. No me sentí a gusto con lo que dijeron.
—Ni yo Jack, pero al menos tenemos una pista. El Heaven's Night.
—Mandaré a uno de mis agentes para que investigue.
—Me parece perfecto.
—Doctor Lecter, me gustaría preguntarle algo —dijo.
—Adelante.
—Sé que lleva una sesión con la niña, pero, me gustaría saber, su opinión con respecto a ella.
—¿Sobre qué, Jack?
—El comportamiento de la niña, ¿es así como lo describieron su madre y los Verger?
—Es verdad, sin embargo, ello es un mecanismo de defensa que ella misma ha forjado. Elisa piensa que, al sonreír, todo quedará solucionado y nadie le discutirá ni le preguntará absolutamente nada.
—¿Y cree que Elisa se pueda recuperar?
—Por supuesto, tomara un tiempo, pero la Doctora Bloom y yo nos encargaremos de ello.
—Gracias Doctor Lecter.
—No me agradezca aun Jack. Hágalo cuando Elisa se haya recuperado del todo —Jack lanzó una leve sonrisa—. Perdóname por mi intromisión, Jack, pero ¿por qué la cuestión?
—Una simple curiosidad.
—Siento que esto va más allá de una curiosidad.
—Veo que no puedo engañarlo, Doctor —ambos sonrieron—. La verdad, me gustaría apoyarle con Elisa. De cualquier manera.
—Muchas gracias por ello Jack, tal vez le moleste con un poco de ropa. Por lo demás no se preocupe.
—Bien, cuente con ello.
Residencia de Will Graham — Wolf Trap, Virginia.
—Así que… ¿también nos cuidaras? —cuestionó extrañada Abigail, mientras veía a Will preparar unos sándwiches de jalea y mantequilla de maní.
—En veces, ¿por qué? ¿No te gusta la idea?
—Un poco.
Will alzó la vista hacia Abigail, descubriendo que se veía algo incomoda.
—Sé que no te agrada estar conmigo —ella ladeó la cabeza lentamente—, pero créeme que me preocupo por tu bienestar y también el de Elisa.
—No mataste a su padre.
El joven Graham soltó un quejido amargo.
—No, no lo hice.
—¿Y lo piensas hacer?
Él dejo caer el pan que tenía en la mano y miró Abigail, no molesto, sino decepcionado.
—Ve con Elisa y paseen a los perros en lo que termino esto, por favor.
—Bien —dijo desganada la joven.
Ella se acercó a Elisa, quien estaba recostada en el suelo de la sala jugando con uno de los perros de Will. Abigail llegó y le toco su espalda, ella volteó y sonriente le miró.
—¡Vayamos a jugar con los perros! —exclamó, mientras movía las manos.
Elisa afirmó, se alzó del suelo y golpeteando a sus muslos, llamó a los perros. Los tres movieron sus colas de alegría. Salieron al terreno y se dispusieron a jugar con unas pelotas con los canes. Al estar solo Will golpeó sus mejillas y exasperó terriblemente. No comprendía porque Abigail le rechazaba tanto, él se había decidido a encargarse de ella de buena fe, hacerla su protegida, pero ella se negaba. Estaba resentida a pesar de haberle salvado.
Mientras veía a las chicas por la ventana, notó como Elisa admiraba y quería mucho Abigail, como si fuera su hermana mayor. Y a su caótica mente vino una idea, demasiado loca para su propio gusto; adoptar a Abigail y Elisa. Sería maravilloso tenerlas en casa y escuchar sus risas. Eso lo hacía sentir gran júbilo. Y mientras estaba navegando en su fantasía notó como un vehículo se estacionaba en su porche, Abigail y Elisa observaron curiosas y vieron como descendían Jack y Hannibal. Las niñas se acercaron a ellos y los perros solo movían sus colas en forma de bienvenida. Will se dispuso a salir de la casa a recibirles.
—¡Vaya sorpresa!
—Hola Will —saludó Jack.
—¿Ya me removieron el castigo?
—Lo siento Will —soltó Hannibal.
—Me lo imaginaba.
Jack vio a Elisa, a quien saludo de una manera muy paternal, y ella no se negó. Mantuvo su distancia con Abigail Hobbs, pero de igual manera le saludo.
—Venimos por las niñas —mencionó Hannibal.
—¿Dónde estuvieron?
—Por ahí.
—¿Tiene que ver con Marlène Gardner?
—Lo siento Will, no puedo decirte.
El joven suspiró amargamente, sin embargo, sabía que esos asuntos involucraban a los Gardner.
Will les puso sus sándwiches para llevar y la plática entre los adultos no duro demasiado y se retiraron de la residencia Graham. Dejaron a Abigail en el sanatorio donde ella residía; tenía que volver, eran las reglas. La pequeña Elisa se mostró necia ante su partida, no quería que se fuera y unas cuantas lágrimas escaparon.
—¡Abi!
Y ella le prometió que volvería.
—Doctor Lecter —llamó Jack, mientras manejaba—. Tal vez esto que le diga, le pueda molestar, pero me gustaría que mantuviera alejada a Elisa de Abigail Hobbs.
—¿Por qué?
—La joven es sospechosa de ser cómplice de su padre, sé que usted y Will manejan su tutoría, aun así, me gustaría que este alejada de Elisa.
—Jack debe comprender una cosa, Abigail es una víctima como lo fueron todas las chicas que mató Garret Jacob. Además, Abigail y Elisa han congeniado muy bien; se comprenden.
—Lo dudo...
—Por favor, Jack.
—Solo prométame que vigilara a Elisa cuando este con Abigail.
—Si le hace sentir bien Jack, lo haré.
—Gracias...
Y el resto del camino fue en silencio.
Mansión de la Familia Verger — Este de Owings Mills, Maryland.
Margot Verger yacía al borde de su cama, abrazándose a sus piernas y llorando en silencio. Su hermano mayor abotonaba la camisa de su pijama y miraba de reojo a su hermana.
—De nada sirve que llores —ella no respondió—. Papá dice que eres una inútil, pero yo siempre he creído lo contrario.
—Déjame sola —rogó.
—Solo trato de animarte.
—Que te vayas, Mason.
El joven rodó sus ojos y salió de la habitación de su hermana. Para su sorpresa, en el pasillo, miró a su padre quien lucía preocupado.
—¿Qué pasa?
—Tengo una duda, hijo.
—¿Sí?
—Viste como ese Doctor te observaba, ¿cierto?
—Si.
—Notaste que te analizaba.
—Si —insistió furioso.
—Perfecto. Porque ese Doctor, sospecha de nosotros.
—Me lo temía.
—Hijo —dijo paternalmente, mientras se acercaba a él y colocaba sus manos sobre su rostro—. Tú eres mi mayor orgullo, tú serás el que me dé un heredero y gobierne este negocio. Así que no quiero perderte por tus satisfacciones.
—Si padre, es por ello por lo que mentí. Es por ello por lo que deje toda la culpa a ese idiota de Gardner.
—Lo sé hijo, pero recuerda que tú también tuviste mucho que ver con esa niña. Si en algún caso te llegaran a involucrar, será nuestro fin.
—No te preocupes padre, esa niña no nos inculpara.
—¿Tan seguro estas?
—Esa pobre desafortunada no abrirá la boca con tal de salvar a su amiguito.
—¿El cordero? —cuestionó extrañado.
—Si padre, ese cordero que me regalaste.
—¡No puedo creerlo! —Exclamó con una gran carcajada—, sí que los niños son unos tontos.
Mason sonrió descaradamente y su padre no dejo de reírse por la inocencia de esa niña.
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