VI. Wata. (綿)
Residencia de Jack Crawford – Baltimore, Maryland.
—¿Qué tienes? —preguntó curiosa Bella a su marido. Jack, quien tenía su mirada fija a un punto de la habitación, reaccionó al sentir la mano de su esposa sobre su brazo y un leve sonido surgió de su garganta—. ¿Ha pasado algo?
—¿Algo? —respondió extrañado.
—Has estado muy serio esto días, ¿todo bien? —insistió.
Jack mostró una media sonrisa y tomó la mano de su esposa.
—Hace unos días, llegó un caso… algo complicado.
—¿Complicado?
Él afirmó apretando con fuerza su mano.
—En todos estos años, he estado rodeado de casos inenarrables y he conocido varios tipos de asesinos, pero llegó un caso que hizo pensar en muchas cosas.
Bella se mostró atenta y de la misma manera que él apretó su mano.
—Dime —rogó.
—En este caso, está involucrada una niña que tiene siete años y es sorda.
La cara de Bella se vio cubierta por la pena y angustia, Jack le acompañó en su sentir y le contó lo que la niña y la madre habían sufrido.
—¡Dios mío! —Exclamó con tremendo pesar.
—Si —continuó con un terrible suspiró—. La pequeña ha sufrido mucho.
—¿Cómo es posible que su propio padre...? —se detuvo y sintió asco de solo recordarlo—. ¿Por qué existe gente así?
—A veces yo también me preguntó lo mismo —suspiró y miró a su esposa—. Solo puedo pensar que mi deber es encarcelar a todo ese tipo de personas, si es que puedo llamarles así. Por ahora, debo buscar a ese sujeto y que pague por todo.
—Sé que lo harás.
Jack sonrió levemente.
—Bella, quería comentarte algo más.
—¿Sí?
—Cómo te dije, el Doctor Lecter está manejando una tutoría temporal sobre la niña. Me dijo que podría apoyar con algo de ropa. ¿Quieres ayudarme?
—Claro —sonrió gustosa—. ¿Qué te parece, si mañana hacemos las compras? Si no estás ocupado, por supuesto.
—Me parece perfecto —dijo mientras le daba un beso—. Gracias.
Hospital John Hopkins – Baltimore, Maryland.
Unos golpeteos a su puerta hicieron volver en si a Marlène Gardner. Ella volteó asustada y observó a una persona conocida.
—¡¿Will?! —cuestionó sorprendida.
—Hola —saludó mientras entraba a la habitación—. ¿Cómo estás?
—Bien —dijo, mientras se acomodaba con dificultad en la cama y Will tomó asiento junto a ella—, adolorida pero bien.
—Veo que te estas recuperando rápido.
—Sí, ya quiero salir de este lugar...
—Entiendo —mencionó con una leve sonrisa, ella respondió igual—. Marlène, vengo a platicar sobre tu esposo —y ella soltó un quejido.
—¿Estás llevando el caso? —Preguntó, aun lastimada—. Porque ayer vino un agente y un doctor.
Will cambió su semblante, consciente que ellos ya habían avanzado en esto.
—Así es, yo estoy involucrado —mintió, aunque no era una mentira del todo—. Llegaste a mi casa pidiendo ayuda y eso estoy haciendo.
—No recuerdo haber llegado a tu casa —masculló algo confundida.
—Tu esposo te hirió y estabas en shock, es normal que te sientas así. Fue un milagro que pudieras conducir.
Marlène colocó una de sus manos sobre su frente, trató de recordar ello pero su mente se cubría en una cortina de humo.
—Lo bueno es que pude llegar. Cuando Alan me atacó, lo único que pensé fue en ti, en llegar contigo... A como fuera, pero llegar.
—Y lo lograste —respondió, mientras tomaba su mano libre. Ella se estremeció.
—Will, de verdad, gracias por ayudarnos... yo, no sé qué hubiera pasado si... —se detuvo, sintió un nudo en su garganta y sus ojos se cubrieron por las lágrimas.
—No me agradezcas aun, Marlène. Por ahora, necesitas recuperarte para que puedas ver a Elisa —ella cabeceó mientras buscaba controlarse.
—Gracias...
Y él sonrió.
—Marlène, necesito que me digas, ¿qué fue lo que hablaste con las personas que vinieron a verte?
—¿No te han informado?
—De momento, no. Por ello vine para escuchar la historia de tus propios labios. Necesito que me cuentes todo para buscar a Alan y poderlo encarcelar.
La joven mujer sintió un terrible vacío dentro de ella, volvió a recordar y le hacía sentir miserable, la peor madre y mujer del mundo; cogió una gran bocanada de aire y exhaló lento sin soltar la mano de Will. Marlène comenzó a contar cómo había descubierto la verdad y Will percibió repulsión ante lo que le narró.
—Marlène, ¿tú heriste a Alan con una pistola? —preguntó, una vez terminado parte de la historia.
—Si —afirmó—. Se había encerrado en la habitación de Elisa, ella seguía ahí. Escuché como mi hija lloraba; traté de tumbar la puerta, pero no pude y recordé el revólver que él tenía. Fui por el arma, la recargue y llegue a la habitación, de un disparo rompí la perilla y cuando entre... —pausó, las lágrimas querían salir—. Estaba sobre ella, Will. Solo pensé en matarlo, quería verlo muerto. Cuando me vio con el arma, se burló de mí, me dijo que no iba ser capaz de dispararle, pero vi a mi niña... Estaba llorando, gritando, me pedía ayuda y lo que hice fue halar el gatillo. Quería darle en la cara, en medio de sus ojos, pero fallé. Le di en el hombro y cayó al suelo. Tiré el arma, fui directo a Elisa, iba a cargarla cuando sentí un fuerte dolor en mi vientre...
—Fue cuando te atacó —interrumpió Will. Ella alzó su cabeza, las lágrimas comenzaron a caer.
—Del resto ya no tengo memoria.
—Está bien, no te preocupes.
Will mostró una leve sonrisa, en ningún momento soltó la mano de Marlène, y ella agradeció desde lo más profundo de su alma y corazón.
—Will, ¿podría pedirte algo?
—Claro.
—¿Podrías cuidar de Elisa?
—Bueno... Yo, intente cuidarla, pero...
—Sé que el Doctor que vino a verme la está cuidando.
—Si, el Doctor Hannibal Lecter. Creo que está cuidando bien de ella.
—No lo dudo, pero no le tengo confianza.
Will se extrañó ante ello.
—¿Por qué? Bueno, conozco al Doctor Lecter, es un hombre un tanto excéntrico y brutalmente honesto, pero no es mala persona.
Ella sonrió.
—Créeme que note eso en él, aun así, no le tengo confianza. Por favor, Will… quiero que tú, si algo me llegará a pasar, te encargues de mi hija.
—¿Qué te puede pasar? —preguntó algo crédulo.
—Tal vez Alan me busque. Al agente y el Doctor Lecter les dije dónde trabajaba y puede que lo hayan ido a buscar.
—¿Dónde trabaja Alan?
—En Owings Mills, en las granjas de la empacadora Verger.
Will se mostró pensativo y Marlène le observó curiosa.
—¿Conoces ese lugar?
—La familia Verger son los más ricos de Baltimore —ella cabeceó—. ¿Qué hace Alan ahí?
—Es capataz. Pero Will, por favor, prométeme que cuidaras de Elisa.
Ella posó su otra mano sobre la de Will, él la observó y le prestó atención a su rostro. Marlène no había perdido su belleza, pero si su brillo. Cuando la vio, detenidamente, aquella tarde de primavera, era una mujer hermosa llena de vida y Will sintió paz en él, algo con lo cual no había lidiado hacia un largo tiempo. Ahora veía a Marlène destrozada, decepcionada, acabada y no le gustaba verle así.
—Lo prometo, Marlène —respondió con una franca sonrisa.
—Gracias Will, de verdad gracias... No sé cómo pagarte lo que haces por nosotras.
—Aún me debes una cena —dijo, buscando animar el ambiente. Y ella lanzó una leve carcajada.
—Es verdad...
—Cuando todo esto termine, quiero que tú y Elisa vayan a mí casa y hagamos esa cena.
—Por supuesto, Will. Es una promesa.
Ambos sonrieron, jamás soltaron sus manos y una sensación eléctrica recorrió sus cuerpos. Mientras ambos se contemplaban un leve golpe interrumpió su momento, los dos soltaron sus manos y, bajo la moldura de la puerta, se encontraba el Doctor Lecter.
—Buen día, señora Gardner, Will —saludó a este último un tanto sorprendido.
—Doctor —respondió Marlène. Will se mostró serio.
—¿Interrumpo algo? —preguntó con cierta intriga.
—No —contestaron a la par. Hannibal no les creyó y se adentró a la habitación.
—Que sorpresa verte por aquí, Will.
—Lo mismo digo Doctor —dijo y se alzó de la cama—. ¿Viene a platicar con Marlène?
—Correcto.
La mujer miró intranquila a ambos hombres.
—¡Qué bien! —Exclamó con una sonrisa, mientras guardaba sus manos en los bolsillos de su pantalón—. Adelante.
Will se hizo a un lado y tomó asiento en un pequeño sofá que había ahí. Hannibal no le despegó su molesta mirada, pero buscó controlarse.
—Me gustaría hablar con la señora Gardner, a solas—recalcó aquello último.
—Doctor Lecter, yo también soy parte de este caso, por favor no se limite.
Hannibal suspiró amargamente, desvió la vista de él, tomó una silla y se sentó junto a la cama.
—¿Cómo se encuentra?
—Mejor, gracias. ¿Y mi hija?
—Su pequeña está bien, señora Gardner —ella sonrió, sin ánimos—. Pronto la traeré para que le vea.
Will rodó sus ojos y una risita burlona surgió de sus labios. Hannibal le miró por el rabillo del ojo, molesto por esa actitud tan desconsiderada.
—Se lo agradezco...
—Señora, el motivo de mi visita es para que me confirme algo con respecto a su esposo.
Marlène exhaló agotada, ya no quería hablar más sobre ese bastardo.
—¿Sí?
—Investigamos el trabajo de su marido, no ha pisado el lugar en más de una semana, pero los dueños nos dijeron que él suele frecuentar un bar a las afueras de Baltimore. El nombre de Heaven's Night, ¿le es familiar a usted?
La joven mujer abrió sus ojos, se mostraba sorprendida por ello y negó lentamente. Will grabó aquel nombre en su cabeza sabiendo que ese lugar sería su próxima prioridad.
—Lo siento. Nunca me contó de ese bar, es más, nunca sabía a donde iba a perderse.
—Gracias, señora Gardner —dijo Hannibal con una sutil sonrisa.
Los dos se despidieron de ella y salieron de la habitación. Caminando por el pasillo, Hannibal observó severamente a Will y este no evitó el peso de aquella mirada.
—¿Qué? —demandó furioso.
—No deberías haber venido —soltó. El joven Graham rodó sus ojos.
—Ni tú, ni Alana son mis niñeras.
—Es verdad, pero lo que hacemos es para tu bienestar.
—Si realmente les importara mi bienestar, me dejarían acabar esto y encontrar a Alan Gardner.
—Necesitamos que estés estable para ello.
—Ya lo estoy.
—No —dijo Lecter secamente.
Will abrió su boca, luego la cerró y miró desmoralizado a Hannibal.
—No me van a alejar de esto y lo sabes.
El Doctor Lecter se mantuvo firme y dejó que la seguridad del joven cayera lentamente. Will no lo resistió, se dio la media vuelta y se alejó de él, buscando ignorar lo sucedido. La figura de Will despareció en el elevador y Hannibal retomó a la habitación de Marlène quien, sorprendida, le miró.
—¿Pasa algo? —cuestionó aterrada.
—Necesito hablar con usted, Marlène.
El cuerpo de la joven mujer comenzó a turbarse. La voz grave y profunda del Doctor Lecter sonó en tono serio y lúgubre.
—¿Sí? —preguntó aterrada.
Hannibal se adentró a la habitación y volvió a retomar su lugar, ella no parpadeó en ningún momento.
—Lo que quiero hablar con usted, no podría decírselo delante de Will Graham —ella tragó difícilmente—. Ya sabrá a lo que me refiero, ¿verdad?
—¿Sobre matar a Alan? —nerviosa interrogó. Hannibal cabeceó suavemente—. ¿Hablaba en serio?
—No me gustan las mentiras, Marlène. Mis palabras fueron y son sinceras —Ella quedó petrificada—. Usted falló, déjeme a mí terminar lo que empezó.
—¿P-pero c-cómo es...?
—Lo que le diré, quedara solo entre usted y yo. Si, por alguna razón, le llegara a decir a alguien sobre esto, me veré en la necesidad de matarle a usted también —La sangre que fluía en el cuerpo de Marlène quedó congelada ante esas palabras, su piel palideció y los nervios le consumieron terriblemente—. Marlène —continuó al verla así—, las personas como su marido me repudian, y lo que él le hizo a Elisa no tiene perdón. Así que, él no merece estar seguir con vida, ¿verdad? —Ella cabeceó lentamente—. ¿Entonces?
—Y-yo, le escuchó —con terror respondió.
Hannibal se despidió cortésmente de Marlène, ella no respondió. Él salió de la habitación, ignorando la descortesía de la mujer y miró la hora, su próxima consulta sería pronto.
Al presentir al silencio acobijarse en ese pequeño cuarto, Marlène comenzó a llorar y rezar, cosa que no había hecho desde que era una niña, con gran jubilo. No sabía que pensar de Hannibal Lecter. ¿Era un ángel o el mismo diablo? Su cabeza empezó a debatirse, pero si él cumplía lo que le había dicho y como lo haría, no le importaba nada. Absolutamente nada. Alan pagaría por lo que le había hecho a Elisa, no con cárcel, si no con la misma muerte.
Consultorio de Hannibal Lecter – Baltimore, Maryland.
Elisa miró a la figura del ciervo y era increíble como este llamaba toda su atención. Unos brazos rodearon sus hombros, ella se estremeció y volteó para mirar a la Doctora Bloom. Ella le sonrió y, percibiendo leve el tono de su voz, le dijo:
—Ven corazón, el Doctor Lecter y yo queremos platicar un poco contigo.
La pequeña obedeció, la siguió y tomaron asiento en el enorme sillón. Hannibal estaba frente a ellas, una sonrisa adornaba su rostro y generó una confianza en Elisa, dando por iniciada la sesión había comenzado.
En el transcurso de esta, Elisa se vio un poco más cooperativa a la primera vez, sin embargo, el tema de su padre y la granja Verger se vio envuelta en tensión. Ella se mantuvo reacia.
—Pregúntale por los animales, si llegó a ver una muerte u algo —sugirió Alana. Hannibal obedeció y le cuestionó sobre los animales de la granja Verger. Elisa tardó en responder—. ¿Y?
—Dice que nunca vio nada, pero está mintiendo.
Y era verdad. La pequeña se refugió en su propio escudo de mentiras, pero sus acciones la delataban. Ella había visto cosas terribles en ese lugar.
—Menciónale los dibujos, dile que no le crees por lo que ella hace.
Hannibal cuestionó a la niña y ella se petrificó ante lo que él le revelo.
«Entonces, ¿por qué tus dibujos, Elisa?»
«¿Mis dibujos?» preguntó fingiendo curiosidad.
«Tus dibujos dicen lo contrario. Has visto cosas horribles donde trabaja tu papá. Quiero que me digas ¿qué has visto?»
La niña agachó la mirada y Alana se extrañó.
—¿Qué pasa?
—Elisa —llamó Hannibal, en un tono severo. La niña alzó un poco la vista—. No mientas —ordenó.
—¿Hannibal? —Cuestionó Alana, mientras acercaba a Elisa a su pecho—. ¿Qué dijimos de la rudeza? —este miró a su colega y a través de la mirada delató una terrible molestia.
—No acordamos nada, Alana.
—Pues no quiero que la trates así. Elisa —habló mientras tomaba su rostro para mirarle—, preciosa, no respondas si aún no estas lista.
Hannibal suspiró amargamente. Y la terapia se fue sin rumbo alguno.
Alana se retiró una vez terminado la hora de Elisa. Ambos quedaron solos. Hannibal se encontraba en su escritorio realizando notas con respecto a hoy mientras que Elisa continuó mirando la figura del ciervo. En momentos Hannibal ponía atención a la niña y le daba curiosidad lo que ella sentía por esa figura. Terminó su papeleo, se alzó de su silla y se acercó y Elisa sintió su presencia, mirándole algo temerosa.
—¿Te gusta? —preguntó, mientras movía sus manos. Elisa afirmó—. Es un ciervo.
«Ciervo» repitió.
—Correcto.
«Es lindo.»
—¿Te gustan los animales? —ella volvió afirmar—. ¿Qué animales te gustan? —la niña no contestó—. ¿Te gustan los ciervos?
«Los perros,» soltó. «Y los algodones.»
Hannibal se extrañó ante esa última palabra.
—El algodón no es un animal. —Elisa movió veloz su cabeza dando a entender que sí—. ¿Cómo es ese animal? —preguntó curioso.
«Pequeño y blanco. Es mi mejor amigo.»
En ese momento Hannibal creyó relacionar lo que la niña le dijo. Los corderos de sus dibujos.
—¿Me hablarías de tu amigo? —Ella negó rápidamente—. ¿Por qué no? —Elisa parpadeó por unos momentos y retomó la vista a la figura. Lecter quedó pasmado ante la actitud de la niña, a quien no dejo de mirar ni un segundo—. Elisa —llamó y pareció ignorarle—, puedes confiar en mí. —La niña retomó su vista en él—. Todo lo que tengas que decir, no se lo diré a nadie más, quedara entre tú y yo.
«¿Nadie?» preguntó.
—Solo tú y yo —afirmó.
«Me dijo que, si decía algo, algodón iría al cielo.» formó con demasiado temor.
Hannibal se hincó para quedar más a la altura de la niña y la miró a los ojos.
—¿Quién te dijo eso? ¿Tu papá? —La niña ladeó al cabeza—. ¿No fue solo tu papá? —ahora negó—. ¿Quién más te dijo eso?
—No... Poder... —habló difícilmente—. No.
—Necesito que me lo digas, Elisa. No podré ayudar algodón, si no me lo dices.
Los labios de Elisa comenzaron a temblar, sus ojos se vieron cubiertos en lágrimas y, poco a poco, rodaron por sus mejillas. La niña abrazó a Hannibal, quien por unos momentos quedó estático ante ello, reaccionó y acogió a la pequeña para poder consolarle.
—Mi pequeña... —susurró adolorido por no poder ayudarle como él realmente quería.
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