VII. Mezzanotte.
Hannibal abrió la puerta de su consultorio y extrañado miró a Jack Crawford sentado y esperando.
—Buenas tardes, Crawford.
—Buen día Doctor. Veo que le sorprende mi visita.
—No le esperaba. Por favor, pasé.
Gustoso Jack se alzó de la silla y se adentró al consultorio. Ya dentro observó el lugar y quedó maravillado por cómo había cambiado en los últimos meses.
—Solo son más libros —soltó Hannibal, dejándolo extrañado por tan repentinas palabras. Fue como si hubiera leído su mente—. La planta de arriba tendrá más libreros, tan pronto como logre traerlos —finalizó con una sonrisa—. Por favor —señaló a una de las sillas y Jack le obedeció—. ¿Vino?
—No, gracias. Aún estoy en horas de servicio.
Cortés Hannibal tomó asiento a la silla adjunta.
—¿A qué debo su visita, Jack? Acaso, ¿hay novedades con respecto a Alan Gardner?
—Me temo que aún no, Doctor Lecter.
—¿Nada ha surgido? —preguntó extrañado.
—Nada. Estamos planeando una visita aquel bar que nos mencionaron en la residencia Verger. Pero no quiero apresurar las cosas, tal vez Alan pudo ser informado y ya no pise ese lugar; quiero llevar todo lo más discreto posible.
—Me parece bien su idea, me alegro qué pensará así. Ya que ha mencionado a la familia Verger, no me gustaría que solo nos quedemos con la imagen que ellos nos dieron —mencionó agrio.
—¿Sospecha de ellos? —cuestionó intrigado ante el tono con que Hannibal soltó aquellas palabras.
—Solo digo que no hay que confiarnos de los allegados a Alan. Cómo dice, cualquiera puede ser un informante.
—Es verdad...
—Pero olvidemos unos momentos el trabajo y, dígame, ¿qué le trajo por aquí? Ya que no creo que desee una consulta —dijo con una sonrisa.
Jack respondió igual.
—No, Doctor. Mi visita es para comentarle que mi esposa y yo le hemos comprado algunas cosas para la pequeña Elisa.
Hannibal mantuvo su sonrisa mientras se acomodaba en su silla.
—Gracias por tan noble acto.
—Quiero ayudar, no solo con atrapar a ese bastardo, de todas las maneras que sean posibles.
—Me recuerda a Will, Crawford. Él también está empeñado ayudar por todos los medios.
—Sí, lo he notado... Hablando de Will, me gustaría preguntarle si ya lo considera apto para volver al caso.
—¿Le hace mucha falta? —preguntó irónico.
—¿Me vería como un idiota si lo niego?
Hannibal no pudo contener una carcajada y la dejó escapar junto a una risa mordaz; Jack le acompañó, pensando que era una risa típica, sin imaginarse que el Doctor Lecter realmente se burlaba de él.
—Oh Jack, si realmente le necesitas, puedo darte luz verde. Pero recuerda que Alana también fue parte de esta suspensión.
—Hablaré con ella y lograré convencerla.
—Te deseo suerte con ello.
—Creo que la necesitaré —mencionó aun sonriente. Poco a poco las risas fueron desvaneciéndose—. Doctor Lecter —continuó—, ¿qué día podemos dejarle lo que le compramos a la niña?
—Pensé que lo traía con usted.
—No realmente, es que... —se detuvo y rascó su nuca— A Bella le gustaría conocer a Elisa.
El Doctor cambio su semblante a uno serio.
—¿Ya hablado con su esposa sobre la custodia temporal?
—No… no, aun no. Bella solo quiere conocer a la niña, convivir un poco de ella...
—¿Siente lastima por ella? —interrumpió.
Jack suspiró terriblemente ante esa cuestión.
—No me gustaría decirlo de esa manera.
—Lo entiendo Jack, sin embargo, debido a las circunstancias de Elisa, es algo natural generar esos sentimientos. No debemos sorprendernos o preocuparnos en crear esas emociones, somos humanos, es parte de ello.
—Entiendo, pero suena muy duro, muy forzado... Dígame, ¿acaso usted la acogió por lastima?
Hannibal no se inmutó, sabía que vendría esa respuesta.
—No lo voy a negar, en un principio sí. La lastima me abrigó en su momento, pero en estas semanas que he convivido con la niña, puedo garantizar que ello no solo me motiva a ayudarle.
—¿Qué le motiva?
La presencia que del Doctor Lecter detonaba era estoica, jamás se doblegó. Dentro de él sus verdaderas razones tan personales; tan dolorosas; tan imperdonables, lo hacían ayudar y tener a Elisa a su lado.
—Me motiva el saber que puedo ayudar hacer una niña realmente alegre, feliz, dispuesta a superarse, sin importar su sordera —se detuvo y miró a un punto muerto en la habitación. A su mente llegaron esos recuerdos que tan celosamente había guardado en una pequeña habitación en su memoria. A través de la puerta un eco infantil emitía angustiosamente «Anniba,» y Hannibal resintió ello. Volvió en sí, retomó la vista con Jack y aun con la amarga punzada de sus memorias, término—: Y una vez supere sus conflictos, esperare a que un día llegue y me agradezca por haberle vuelto a la vida.
Por unos momentos Jack observó extrañado a Hannibal.
—Entiendo —soltó.
En el fondo Lecter sabía que él no le comprendía, pero ya no era bueno hablar de ello.
—Crawford, que le parece sí, este sábado, usted y su esposa me acompañan a una cena en mi casa.
—¿Una cena? —mencionó curioso para sí mismo—. Hace mucho que no me invita a una de sus maravillosas cenas, Doctor.
Hannibal sonrió.
—Creo que es buen momento para una, así usted y su esposa podrían convivir con Elisa.
—Excelente idea —dijo con una sonrisa.
—Me alegro de que le guste la idea. ¿Algo en especial para la cena?
—Por favor, Doctor Lecter, sorpréndanos.
Y Hannibal ensanchó su sonrisa ante el deseo de Jack Crawford.
Instalaciones Psiquiátricas Port Haven — Baltimore, Maryland.
Abigail y Elisa caminaban por los jardines echando un vistazo a las plantas y flores que adornaban el lugar. La joven Hobbs, un tanto agotada por pasear con la niña, buscó asiento en uno de los asientos y dejó que la niña siguiera contemplando las hierbas que había por ahí. Elisa fue hacía los tulipanes, cogió uno, lo arrancó y fue corriendo hacia Abigail para entregárselo con una sonrisa.
—¡No puedes cortarlas! —exclamó, moviendo sus manos con un «no.» Elisa borró su alegría y la tristeza junto a la pena se apoderaron de ella. Abigail resopló cansada—. Bueno, ya no importa —continuó mientras tomaba el tulipán—. La guardaré, pero recuerda que no debes hacer eso. ¿De acuerdo?
La joven colocó la flor en la orilla de su oreja, alzó la cara con la pequeña y le sonrió. Elisa recuperó su sonrisa y degustó el cómo Abigail posaba el tulipán, el cual se revolvía en su castaña cabellera. Mientras la flor se perdía entre sus cabellos, la niña prestó atención a la chalina que cubría su cuello y, descubriéndose un poco, apreció una abultada herida. Elisa apuntó a su cuello, luego al de Abigail, quien se extrañó y veloz acomodó la chalina.
—No es nada —respondió.
«¿Te duele?» con curiosidad preguntó.
—No... Siempre —mencionó incomoda.
«¿Qué pasó?»
—Un accidente. Y ya no vuelvas a preguntar —recriminó.
—¡No! —exclamó a la vez que movía su cabeza.
Abigail suspiró terriblemente, en ese momento, escuchó como una de las enfermeras le llamaba, diciéndole que tenía visitas. Imaginando quien o quienes podrían ser, se alzó del lugar, estiró su mano para que Elisa la tomara y regresaron al instituto. Llegando al área de visitas la chica quedó extrañada al descubrir su visita.
—¿Usted...?
—Me alegra al fin encontrarte a solas, Abigail —saludó una joven y audaz Freddie Lounds—. Aunque no del todo a solas —continuó mientras miraba a la pequeña niña—, ¿no eras hija única?
—Es... una larga historia.
Freddie Lounds analizó a la niña, notó los aparatos auditivos, deduciendo con sencillez el problema auditivo; calculó que la cría andaría entre los cinco y siete años y ese aire infantil que detonaba no lograba encajar con la joven Hobbs, por mucho que le tomara con fuerza de su pequeña mano. Elisa veía maravillada a la joven mujer, quien rondaría en sus veinte, su extravagante vestimenta la hacía lucir como una especie de hada madrina y su cabellera ondulada, era la que más cautivaba a la niña. Era enorme, lo caireles estaban ondulados perfectamente y el color rojizo hacían verse como aros en fuego.
—¿Cómo te llamas? —interrogó Lounds.
La niña se extrañó.
—¿Qué quiere? —se interpuso Abigail.
—¿Cómo se llama la niña?
—Elisa —respondió, mientras la ponía detrás de ella.
—No imagine que fueras tan protectora.
—No lo soy. Si no le cuido bien, me va mal.
—¿Ahora eres niñera?
—Temporal, pero esto no viene al caso. ¿Qué quiere?
Sin borrar su sonrisa, Freddie Lounds tomó asiento e invitó a las chicas a que le siguieran. Abigail le obedeció, sentó a Elisa a su lado y le dio unas hojas de periódico y unas plumas para que se entretuviera.
—Abigail, me gustaría que me consideradas como una amiga para ti —la joven no pudo contener una risa burlona. Freddie le ignoró—. Han tratado de mantenerme lejos de ti, pero quiero que sepas que mis intenciones han sido buenas.
—¿De verdad? —preguntó irónica.
—¡Por supuesto! Por eso estoy aquí, aprovechando este momento para poder ofrecerte mi hombro.
—¿A qué se refiere?
—Quiero ayudarte, Abigail. Quiero ayudarte a que alces tu voz —confusa la chica arqueó una ceja—. Estoy dispuesta ayudarte a que escribas un libro, sobre tu padre.
Hannibal arribó al psiquiátrico y, para su encanto, encontró ambas jovencitas armando un rompecabezas.
—Buenas tardes.
Abigail alzó la mirada y al notarlo Elisa copió su acción. Sonrió al ver a Hannibal y alzó su mano a modo de saludo. Su respuesta fue reciproca.
—Hola.
—¿Eso es un tulipán? —ameno preguntó.
Tan rápido surgió aquella interrogante, la joven movió sus manos en busca de la flor. Se le dificultó remover la flor de su cabellera y al lograrlo, la aventó hacía la mesa.
—Si —contestó agotada.
—Interesante.
—Me lo dio Elisa.
—¿Ah sí?
—Si. Salimos a caminar a los jardines y la arrancó para mí.
El Doctor Lecter tomó asiento junto a la sonriente niña, le preguntó el motivo de aquel regalo y Elisa respondió con su infantil franqueza.
—¿Entendí bien? —indagó confusa la joven.
—¿Qué entendiste?
—Algo como hermana.
—Así es —respondió Hannibal con leve movimiento de cabeza—. Elisa te considera su hermana mayor, y te quiere por ello —Abigail miró extrañada a la alegre niña. Ella no respondió y retomó a terminar el rompecabezas que habían armado—. ¿Pasa algo? —cuestionó al presentir su incomodidad.
—No, nada.
Hannibal examinó a la joven quien trataba de hacer encajar una pieza errónea en el rompecabezas. Elisa golpeteó el dorso de su mano, ella alzó la mirada y le entregó una de las piezas, Abigail la tomó y la colocó en el lugar en el que trataba y descubrió que esa era la pieza correcta.
—Percibo celos —de la nada mencionó Hannibal. Abigail alzó una mirada confusa.
—¿Perdón?
—¿Tienes celos de Elisa?
—¿Yo?
Él arqueó una ceja. No le creía.
—Tu pregunta es algo, redundante.
—Pues… me tomó por sorpresa...
—Solo hablamos tú y yo.
—No estoy celosa —respondió tensionada.
—¿En serio?
—De verdad. No comprendo porque cree ello; lo de hermana fue nuevo. Sabe que soy hija única, nunca tuve hermanos, así que es raro para mí.
—Entiendo —dijo, sorprendiendo a la joven.
—¿De verdad?
—Por supuesto, Abigail. Comprendo cómo te sientes, pero sé que esto será una buena terapia para ti.
—Ah... gracias.
Hannibal sonrió sutil y dejo creerle que había aceptado aquellas falsas palabras.
—Abigail —llamó, buscando cambiar el ambiente— esta tarde realizaré algunas compras. ¿Te gustaría acompañarme?
—¡Por supuesto! Quiero respirar un poco del aire citadino.
Céntrico de Baltimore, Maryland.
Hannibal, acompañado de ambas niñas, se encontraban en una de las tiendas preferidas de este. La tienda se dedicaba a vender las más finas y excéntricas especias, verduras y carnes para cualquier platillo gourmet. Dentro del local, Elisa observó todo con curiosidad mientras iba detrás de Hannibal, Abigail se dispuso a conseguir lo restante de la lista, nutriéndose de información sobre los alimentos.
Al otro lado de la calle, buscando esconderse de la multitud que iba y venían, Alan Gardner caminaba sin rumbo con su brazo izquierdo vendado y maldiciendo en voz baja por lo cansado que se encontraba. Había vagado por días, no tenía a donde ir y la única persona en la que confiaba lo había traicionado. Se detuvo en una cabina telefónica, estaba dispuesto a insistir en que lo recibiera y que recordara como los había ayudado. Tomó el aparato, colocó las monedas y comenzó a marcar, pero hubo algo que llamó su atención.
Movió su mirada hacía el local frente a donde se encontraba, lanzó el teléfono y cruzó la calle para poder afirmar lo que vio. Ocultó su rostro con el cuello de su abrigo y se asomó por el cristal del local, quedando sorprendido ante lo que vio. Miró a su hija, al lado de una joven chica qué se le hizo conocida, más no recordaba de dónde; Elisa lucia diferente, no parecía ser su hija y tuvo que fijar su mirada para poder afirmar si era ella. Detonaba un aire fresco, un cambio de guardarropa superior al que su madre le tenía, parecía una niña de familia adinerada; alguien le cuidaba bien. Sin despegar la mirada, ideó un rápido plan para llevarse a la pequeña, si estaba al lado de esa jovencita no le sería difícil arrebatársela, pero mientras buscaba actuar vio como un hombre se acercó a ellas y su idea se fue a la borda tan rápido como analizó aquel sujeto. Ese tipo le llegaba en estatura, unos cuantos centímetros de más; se veía una persona refinada, en solo observar su vestimenta elegante, que en su vida podría pagar; Alan terminó de sacar sus conclusiones. Él debía ser con quien Elisa vivía y a su cabeza vino un ¿por qué?
Habían terminado de realizar las compras, Alan se alejó del lugar y continuó su caminata sin rumbo. Una vez lejos de ellos, los buscó con la mirada y vio como los tres subían a un Bentley de último modelo. Quedó asombrado. El coche avanzó y dio la media vuelta en la primera calle. Alan trató de memorizarse las placas y ponerse en marcha para recuperar a su hija.
Motel Barts – Baltimore, Maryland.
Freddie Lounds indagaba en los periódicos que había recolectado en estas últimas semanas. La intrépida mujer tenía en alerta su instinto de reportera, en cuando vio a la niña se le hizo conocida, sin embargo, no recordaba de dónde. Expandió todos los periódicos sobre su cama averiguando que podría ser cuando prestó la atención al televisor. Estaban las noticias locales y una nota llamó su atención, tomó el control remoto y subió el volumen.
—En otras noticias la policía se encuentra en búsqueda del homicida y violador Alan Gardner, por atacar a su esposa e hija...
En la pantalla salió la foto del hombre junto a su mujer e hija, quienes estas estaban censuradas, pero Lounds identificó a la perfección a la niña. Resolvió su duda y para ella el caso no tenía relevancia, no era lo suyo, pero lo que llamaba su atención era ¿por qué se encontraba con Abigail Hobbs? Su instinto no se había apagado del todo.
Residencia de Hannibal Lecter – Baltimore, Maryland.
El Doctor Lecter abrió su directorio, comenzó a mirar a cada tarjeta de presentación que tenía en ella. Leía cada nombre y a su mente venían las imágenes de aquellas personas que alguna vez conoció, en buenas o malas circunstancias. Elisa cenaba un plato de galletas y un vaso de leche y curiosa observó a Hannibal, quien había olvidado su presencia leyendo aquellas tarjetas. Momentos después escogió una tarjeta, cerró su directorio y miró a la niña. Ella le sonrió y respondió de la misma manera.
—¿Lista para ir a dormir? —preguntó, a la vez que movía sus manos.
Elisa afirmó y le dio el último al trago a su vaso de leche.
No hubo ningún problema en arropar a la niña, ella cayó dormida pronto. Y Hannibal se alistó para una salida nocturna.
La noche era fría y húmeda y Hannibal Lecter conducía hacía su próximo destino. Detuvo su coche, acomodó sus guantes y preparó una pequeña hielera. Comenzó a caminar por las heladas calles y, por un instante, contempló la luna llena que adornaba el cielo de medianoche. Era hermosa, una enorme perla blanca, como las lunas que recordaba de su infancia. Aquel recuerdo resulto ser hermoso como agrio, un suspiró surgió y continuó su caminar a su destino.
La dueña de la tienda de antigüedades, la señorita Copana; de unos veintiocho años, se encontraba revisando las ventas del día de hoy. Estaba cansada, quería irse a casa y dormir, no obstante, tenía que terminar la contabilidad del negocio. Soltó su pluma, aventó la calculadora y colocó sus manos en su cuello para masajearlo y dejar de lado el estrés. Mientras se controlaba, un ruido en la trastienda la hizo alterarse.
Cogió uno de los paraguas de venta, la alzó a la altura de su pecho y miró fija a la parte trasera; sabía que era de noche, estaba en el centro de la ciudad y Baltimore, últimamente, no era el distrito más seguro de América. La señorita Copana se maldijo, pero a la vez memorizaba en haber cerrado todas las puertas del lugar. Se armó de valor y con una voz disfrazada de seguridad llamó:
—¡¿Quién anda ahí?!
No hubo respuesta.
Copana comenzó a dar pasos pequeños, ya no hubo más ruidos y eso le preocupo. Pensó en llamar a la policía, sin embargo, si había alguien esperando a robarle las ganancias del día no se lo iba a permitir. Primero muerta a que le robaran lo poco que había ganado. Se acercó a su teléfono, al descolgarlo y pegarlo a su oreja, quedó paralizada en descubrir que no había línea. El pánico se apodero de ella. Volvió alzar su paraguas y se armó de valor y caminó hacia la trastienda, dispuesta a enfrentarse a quien estuviera ahí.
—¡Si hay alguien es mejor que salga! ¡He activado la alarma! —gritó—. ¡La policía no tardará en llegar!
Siguió caminando, esperanzada a que su intruso se rindiera con su falsa amenaza, y mientras se me acercaba a la parte trasera, más se guiaba a su fatídico final. Copana entró a la bodega, estaba oscura y desesperadamente busco el interruptor. Encendió las luces y no vio a nadie ahí, solo una caja en el suelo exponiendo como una figura de porcelana había sido destruida. Copana suspiró aliviada como a la vez entristecida por la pieza perdida.
Se dio la media vuelta y con horror miró a un hombre recargado en la pared. Copana no tuvo tiempo para gritar, aquella persona, con gran agilidad, cubrió su boca y le tumbo al suelo provocando que ciertas piezas de porcelana se encajaran en la cabeza de la joven. El dolor que sintió fue fugazmente horrible, los ojos de la joven quedaron en blanco y la sangre empezó a esparcirse alrededor de la pieza. Sin tiempo que perder, él sacó un bisturí de su hielera, alzó la camisa de la mujer y empezó a diseccionar en su abdomen.
Elisa despertó de golpe, toda la habitación estaba a oscuras; no recordaba donde estaba. Las lágrimas recorrieron sus mejillas y el llanto se hizo presente. Llamó a su mamá, pero ella nunca llego. Desesperada buscó algún enchufe hasta que dio con la lámpara de su mesita de noche, le encendió y miró a su alrededor. No era su habitación y recordó que no estaba en casa. Salió de la cama y caminó hasta huir de la habitación. El pasillo estaba oscuro, pero no le importó, bajó los escalones hasta llegar a la planta baja y encendió las luces del lugar. Miró la sala de estar y recordó donde se encontraba, en donde ella consideraba el castillo del Doctor Lecter.
Caminó por todas partes y continuó encendiendo todas las luces, pero nunca lo encontró. Estaba sola en ese lugar y el miedo se apoderó de ella. Elisa llegó al comedor, tomó asiento en una de las sillas y siguió llorando. Había tenido una pesadilla y la soledad empezaba hacer más dura que el mal sueño.
La media noche pasó a convertirse a las tres de la mañana y Hannibal llegó a casa. Para su sorpresa, descubrió como esta detonaba una gran iluminación. Bajó del coche, se aseguró de no tener ninguna mancha que le delatase y tomó consigo la hielera para logar esconderla. Entró por la puerta de su amada cocina, acomodó veloz la hielera en el refrigerador y salió al comedor, listo afrontarse cualquier cosa que fuese, pero lo que encontró fue a la pequeña Elisa, asustada y llorando. Por segundos se extrañó, luego se preocupó. Se acercó a ella y la tomó de sus hombros, estremeciéndola y volteó a verle.
«¡No lo encontré!» mencionó alterada.
«¿Qué haces despierta?»
«¡Mataron a algodón!»
«¿Quién?»
Elisa no pudo contestar, el llanto la volvió nuevamente su presa y desesperada exigió a su mamá. Hannibal intentó controlar el ataque que sufría la pequeña; había sido una pesadilla, eso le quedaba claro. Logró tenerla entre sus brazos y comenzó a caminar alrededor del lugar. Mientras le reconfortaba le prometió que nada malo le pasaría a su amigo, también le dijo que cumpliría la promesa de llevarla con su madre, pero quería que le dijera quien, además de su padre, le había amenazado. Necesitaba nombres. Tenía sus sospechas, sin embargo, no podría hacerlas valer si ella no intentaba decirlo. Elisa colocó su barbilla en el hombro de Hannibal, se había calmado un poco y no hubo respuestas de su parte.
—Te dije que podrías confiar en mi —habló, muy cerca de su oído. Elisa quedó impresionada por su tono de voz, en todo este tiempo, no había logrado entonarlo bien y ahora, que había hablado tan cercas, la dejó maravillada—. Siempre te voy a ayudar, cada vez que lo necesites. Pero quiero que confíes en mí —Hannibal esperó por unos momentos y no obtuvo respuesta. Movió ligeramente su cabeza y observó a la niña, ella seguía acomodada en su hombro y con la mirada a un punto fijo—. ¿No confías en mí? —La pequeña movió un poco su cabeza y sus miradas se cruzaron. Ella afirmó—. ¿Entonces me dirás quién te ha lastimado? —Elisa regresó la vista al frente. La verdad era que no estaba lista para hablar—. De acuerdo —finalizó con un suspiró amargó.
—Papá —soltó la pequeña.
—Lo sé.
—A...migo.
—¿Amigo de tu papá? —indagó. Elisa movió su cabeza—. ¿Cuál es su nombre?
Y su respuesta fue encogerse de hombros. Hannibal posó una de sus manos sobre la cabellera de la niña, a manera de reconforta, y continuó caminando hasta que paró cerca de una ventana. Miró al cielo y recordó la luna llena. Seguía tan hermosa como hacía unas horas.
—Mira —llamó. Elisa se alzó y prestó atención a donde Hannibal observaba—, la luna. ¿Te gusta? —Ella volvió a mover su cabeza—. Es hermosa, ¿verdad? —en esta ocasión Elisa sonrió—. No siempre se disfruta una vista así. Recuerdo, cuando era más joven, donde yo vivía la luna se apreciaba a gran manera. Y nunca deja de sorprenderme.
—Luna —dijo, moviendo sus manos. Hannibal sonrió.
—Así es. Prometo que, algún día, te llevaré a un bello lugar para que puedas apreciar mejor su belleza.
Elisa cabeceó alegremente y ambos contemplaron a la luna, hasta que la nena volvió a reconciliarse con el sueño. Después de esa noche, Elisa no se vio perturbada por las pesadillas, al menos por un largo tiempo.
N/A:
Muchas Gracias por leer. Se agradecerán sus comentarios, criticas que me ayuden a mejorar, opiniones y/o sugerencias :3
