VIII. Paradise.
Local de Antigüedades — Baltimore, Maryland.
Will Graham bajó del coche que Jack Crawford mandó exclusivamente para traerle. Notó el lugar acorazado de agentes del FBI, algunos cuántos policías locales ahuyentando a los curiosos y a los médicos forenses. Graham tragó difícilmente y se dirigió hacía ahí y, al llegar a los cordones, enseñó su placa del FBI dejándolo pasar sin problemas.
Por la puerta principal del local salía un angustiado Jack, con sus manos enguantadas, guardándolas en los bolsillos de su abrigo y su rostro luciendo ansioso de soltar las terribles noticias.
—Lo ha vuelto hacer —confesó, tan solo al tener a Will a menos de un metro de distancia.
—El imitador —aseguró.
Jack afirmó. Se hizo a un lado, extendió su brazo e invitó a Will adentrase en la tienda. Una vez ahí admiraron las antigüedades americanas, nativas e inglesas, aunque Will jamás había sido un acérrimo amante de lo histórico. Al fondo del local, en la trastienda, se encontraba el equipo de Crawford. Beverly Katz buscaba fibras y algún tipo de evidencia, Brian fotografiaba la terrible escena y Jimmy indagaba en detalles sobre el lugar. Will ignoró al equipo y sus ojos se concentraron en el cadáver en medio de la habitación.
—Christine Copana —soltó Jack—. Veintiocho años, historiadora graduada con honores de la universidad de Baltimore y diplomados en administración.
—Asesinada por el imitador —continuó Will, sin dejar de mirar al cuerpo.
Christine Copana yacía tirada en medio de la trastienda, su brazo derecho estaba alzado hacia la parte de arriba, en un ángulo de 90°. El izquierdo se encontraba a un aproximado de 190°. Bajo su cabeza se encontraba una destruida y ensangrentada figura de porcelana y a su alrededor se apreciaban ciertas antigüedades que formaban los números romanos. Su abdomen y caja torácica estaban abiertas en una forma de "T" y algo oscuro se adornaban dentro de ella. Brian dejó de lado la cámara fotográfica y miró a Will.
—Tiene insertada varias piezas de porcelana, traspasaron la piel para al final incrustarse en su cráneo. Ello la mató a los pocos momentos. El imitador diseccionó el abdomen y ascendió a la caja torácica; sacó su hígado y estómago. Todo fue a corte limpió.
—Entiendo.
—Y no hay huellas —continuó Jimmy.
—Ni nada que delate a nuestro amigo —siguió Beverly—. Las cámaras de seguridad no funcionan.
—¿Qué hay dentro de ella? —preguntó Will curioso, mientras se acerca a mirar a la mujer.
—Dejó dentro de ella un lindo reloj cucú diseño inglés; probablemente de principios de 1900.
Will se hincó a un lado del cuerpo y miró directo a la incisión. Con sus guantes puestos tocó la hinchada madera; lentamente extrajo el reloj cucú y al tenerlo en su poder lo contemplo. Era madera de caoba, la caja estaba adornada con hojas y pequeños pinos; unas pequeñas figuras de ardillas surgían en sus laterales y, al tope de la pieza, el adorno de una cabeza de un ciervo se imponía en la escultura. Will notó que este tenía marcado la hora 12:45. Extrañado por ello, Will se alzó, salió del espacio de cuerpo y apreció de nuevo la posición del cuerpo. Coincidía con la del reloj.
—¿Murió a las 12:45? —cuestionó.
Los tres forenses negaron.
—Murió alrededor de la una y media de la mañana.
—Pues el imitador marcó las 12:45.
Todos se extrañaron. Jack de acercó a Will, miró al reloj cucú y luego al cuerpo, quedando sorprendido por ello.
—¿Qué significa?
—No lo sé... —soltó nervioso, sin dejar de mirar al reloj.
Hospital John Hopkins – Baltimore, Maryland.
Lo prometido era deuda, Hannibal cumplió en llevar a Elisa a ver a su madre. Cuando la pequeña cruzó el umbral de la puerta y ambas se miraron, una inmensa alegría les abrigó. Elisa corrió hacia ella, le abrazó y Marlène sintió un leve dolor por tal acto, pero no le importó. Tenía a su hija en brazos.
—¡Mamá! —exclamó, mientras hundía su rostro en el pecho de su madre.
—¡Mi niña!
Marlène acogió a su hija en sus brazos, colocó sus manos sobre su pequeño mentón y alzó su rostro para verle mejor. Elisa resplandecía de una manera diferente, se veía una autentica felicidad en su rostro; no era solo por verle, había algo más. Apreció los nuevos aparatos en sus orejas, estos parecían ser de gran calidad, mejor de los que ella solía conseguir.
—Te vez hermosa, mi vida —dijo. Elisa sonrió y comenzó a mover sus manos para platicar con ella.
Hannibal tomó asiento frente a ellas y les observó en todo momento. Estuvo taciturno, leyendo cada cosa que la pequeña le contaba a su madre y como esta respondía. Elisa llegó a olvidar su presencia y ello le importuno.
—Gracias —mencionó Marlène. Hannibal posó su mirada en ella, sin generar ninguna expresión—. Por cuidar de Elisa.
Sin palabras Hannibal respondió con un leve asentimiento y madre e hija siguieron conversando.
Diez minutos después un nuevo invitado se unió a la reunión. Will llegó con un gran ramo de tulipanes, lilas de Casablanca y helechos, un gusto que Lecter sabía que no provenía de él. El joven Graham quedó confundido al ver a Hannibal, luego, extrañado y en parte contento al ver a la pequeña con su madre.
—Buen día —saludó.
—Buen día, Will —respondió Hannibal, mientras le observaba con una fingida sonrisa.
—Hola Will —con una expresión alegre, Marlène le recibió.
—Pensé que los niños no podían acceder a visitas.
—Uno de los médicos en jefe era compañero mío, cuando éramos practicantes. El me concedió el permiso para pasar a la niña.
Will alzó las cejas y admiró las influencias de Hannibal. Una vez junto a la cama, Elisa miró a Will, luego a las flores y al final a su madre quien no alejó la vista del joven. La niña tocó al pecho de su mamá y está reaccionó. Ella movió sus manos y Hannibal vio lo que la niña pregunto.
—¿Qué pasa? —cuestionó Will con un gesto nervioso.
—Dice que tú eres el vecino que tiene a los perros y qué le agradaron tus mascotas. Quiere volver a ir a tu casa a jugar con ellos.
Marlène finalizó con una ligera curvilínea en su boca, Elisa retomó la vista con él y en su rostro se dibujó una gran felicidad.
—Cuando quiera ir. Elisa es siempre bienvenida —concluyó, de buena fe.
Un silencio les cubrió mientras Hannibal soportaba la escena con amargura. Aclaró su garganta, se acomodó en su asiento y miró al ramo.
—Hermosas flores —habló. Los dos avergonzados adultos volvieron en sí.
—¡Cierto, lo olvidé! —alzó el ramo y apenado, lo extendiendo a Marlène—. Son para ti.
A la joven mujer se le pintaron las mejillas en un delicado rojo, soltó a su niña y le tomó con manos temblorosas.
—Gracias Will, no te hubieras molestado.
—No es molestia —contestó, igual de apenado.
Hannibal recargó su barbilla sobre una de sus manos, parpadeó lentamente y no dejo de mirar como a esos dos se les subía la sangre a las mejillas. Sabía que se habían enamorado. Lo supo desde que Will había testificado sobre el caso Gardner y había apreciado el primer ramo de flores en esa habitación.
—Marlène, ¿me permite que ponga el ramo en el florero? —interrumpió Hannibal, sin perder la cortesía.
Ambos reaccionaron y ella, aun cubierta en vergüenza, aceptó su favor. Extendió el ramo, Hannibal se alzó y lo tomó y los dos agradecieron su gesto. Elisa miró curiosa el momento, no comprendía lo que pasaba, pero le encantaba ver a todos ahí. Se sentía segura y protegida.
—Me alegra que al fin estés con Elisa —mencionó Will. Ella sonrió.
—Extrañaba tanto a mi niña —dijo, mientras la volvía a tener en sus brazos.
—Te dije que tenías que mejorar para verla. Y lo has logrado.
—Sí, tenías razón.
Hannibal les daba la espalda, retiró las marchistas flores del jarrón y cómodo el nuevo con una delicada quietud.
—Necesito preguntarles —continuó Marlène—, ¿han encontrado a Alan?
Will negó angustiado y ella comenzó a sentirse nerviosa.
—Aún está desaparecido. Seguimos buscándolo, no te desesperes.
—Ya quiero que encierren a ese infeliz... —cerró sus ojos y suspiró terriblemente. Elisa le miró y se aferró a ella—. Tengo miedo —confesó.
—¿Por qué?
—Tengo miedo de que intente volverle hacer algo a Elisa... que nos encuentre, que me mate y se lleve a Elisa... —apegó a su hija a su pecho y colocó sus labios sobre su cabeza. La pequeña cerró sus ojos y dejó que el calor de su madre le reconfortara—. Quiero verlo muerto —expresó, haciendo esta una plegaria para Hannibal.
Will colocó una de sus manos sobre la de ella, esa acción les agradaba y se miraron a los ojos. Antes de que Will pudiera abrir su boca, Hannibal habló.
—No tiene de que preocuparse Marlène. Debemos confiar en Will y el agente Crawford.
Se dio la media vuelta y una sonrisa lucía en su rostro. Ella cabeceó.
—Es verdad...
—No desesperes Marlène —finalizó Will.
Hannibal retomó a su asiento, esta vez ambos no soltaron sus manos hasta que el tiempo, que ellos consideraron justo, pasó.
—Marlène —empezó Hannibal—, ¿tiene algún lugar a donde ir, una vez le den de alta?
Ella parpadeó sorprendida.
—No —respondió nerviosa.
—¿No tienes familiares, en otros lados? —interrogó Will.
—No, ninguno. Mi madre falleció un año antes de que Elisa naciera y ella era mi único familiar.
—¿Entonces no tienes donde quedarte?
Ella ladeó su cabeza.
—La verdad, había pensado que, una vez terminado esto... mi niña y yo nos iríamos de aquí —al escuchar esas palabras Hannibal se mostró alerta—. A donde fuera, pero alejarnos de esta ciudad.
Hannibal se mantuvo apacible, no obstante, una ansiedad comenzaba a acumularse por dentro.
—Podrías vivir conmigo —confesó Will, consiguiendo que Lecter controlara aquel sentimiento—. Sé que Wolf Trap no te recordara los mejores momentos, pero tú y Elisa tendrán un lugar donde vivir.
Marlène sonrió y volviendo a tomar la mano de Will le agradeció por ello.
Ambos hombres dejaron que las dos disfrutaran un momento a solas y mientras ambos se encontraban en el pasillo, Will se recargó en la pared y Hannibal se detuvo a verle.
—¿Sucede algo? —indagó.
—El imitador volvió atacar —soltó, mirando al techo.
Hannibal trató de ocultar su leve sorpresa.
—¿Qué fue esta vez?
—La dueña de una tienda de antigüedades, en el centro de Baltimore. Le abrió el abdomen y el pecho, llevándose el hígado y el estómago y le introdujo un reloj y dejó su cuerpo como la forma de uno.
Esta vez alzó sus cejas y Will retomó la vista al frente.
—Es interesante.
—¿Lo crees? —cuestionó extrañado.
—Me refiero al hecho del reloj. ¿Por qué le introdujo uno?
—No tengo la mínima idea. Mientras venía para acá me estuve quebrando la cabeza en un por qué, y nada. No puedo saber cómo es que piensa ese tipo.
—Tal vez sea el tiempo —dijo. Will arqueó una de sus cejas.
—¿Tiempo?
—Dices que fue la dueña de tienda de antigüedades, ¿qué te hace pensar? En el tiempo. Cuando uno va a una tienda de antigüedades es como un viaje por el tiempo.
—Sí, tienes razón —dijo dejando caer sus brazos—. Pero sé que esto no tiene nada que ver por el simple hecho de "sentirte viajar en el tiempo."
—¿Qué es lo que piensas? —interrogó, sintiendo en el fondo una gran curiosidad.
—No lo sé... eso intento, pero no lo sé. Tal vez… percibo impuntualidad.
—¿Impuntualidad? —cuestionó mientras arqueaba su ceja.
—Si... tal vez, hubo algo en esa mujer que le molesto. Algo relacionado a la falta de horario... —se detuvo y mordió su labio inferior— pero tal vez esté equivocado.
—Tal vez nunca lo sabremos —Will ladeó su cabeza y volvió a mirar al techo. Si supiera que estaba en lo correcto—. Will —llamó, buscando cambiar el tema—, quiero preguntarte algo, y espero y no lo tomes a mal.
—¿Sobre qué?
—Sobre tu relación con Marlène Gardner.
Ante ello Will volvió a bajar su cabeza y miró a Hannibal, casi alterado.
—¿S-sobre Ma-Marlène?
—Así es.
—¿P-por qué?
—Me llama la atención, el cómo se tratan.
—Pues, ella es mi vecina y la estoy apoyando...
—Percibo otros sentimientos y van más allá de una simple amistad. —Will sintió que sus mejillas ardían, tanto que no evitó en tocarlas y Hannibal mostró una maliciosa sonrisa—. ¿Te gustaría hablar de ello? En una sesión, por supuesto.
—Tal vez... —soltó nervioso.
En esos momentos una enfermera paso y miró a los dos, se detuvo y le informó que estaba la visita pronta a terminar. Hannibal agradeció y retomó la mirada con Will.
—Te veré este viernes —se despidió.
Y Will llevó una mirada fastidiosa hacía él.
Elisa dejo caer unas cuantas lágrimas al despedirse de su madre. Ella le prometió que pronto estarían juntas, ya no faltaría mucho para ello. Y con un beso en la dulce mejilla de su hija, se despidieron. Will se despidió de ambos y Elisa se despidió en un movimiento corto de manos que Marlène tradujo como un: "Hasta pronto."
Will miró una última vez a Marlène y le repasó su oferta de vivir con él.
—A Elisa le encantan los perros, se divertirá con ellos —alegó, esperanzado a que ella aceptara su oferta.
—Gran razón, Will.
—¿Lo harás?
—Lo haré —aceptó con una hermosa sonrisa—. Además, tenemos una cena pendiente.
—Es verdad.
—Te veré pronto y gracias por todo, Will.
—Ya te dije, agradéceme cuando este tipo ya este pudriéndose en prisión.
Y con unas leves sonrisas ambos se despidieron.
Will dejó el hospital, una vez fuera miró la hora y se dio cuenta que iba tarde hacia una cita que había planeado desde hacía varios días, y no quería llegar tarde a su destino.
Residencia de Hannibal Lecter – Baltimore, Maryland.
Elisa se encontraba sentada, coloreando como era ya su costumbre. Estaba feliz de poder ver a su madre y no paró de demostrar su alegría a través de sus dibujos. Mientras ella estaba entretenida, Hannibal se encontraba en la cocina guardando parte de la carne que degustaría este sábado; envolvió delicadamente el blando hígado y alisto el estómago para poder cocinar las partes carnosas y jugosas de dicho órgano. Teniendo preparado todo, se dispuso a listar la cena para Elisa.
A la mesa llegó un budín de pan de banana y chocolate blanco, adornado en una copa cristalina en forma de flor y cubierta por leves tiras de cacao. La niña quedó admirada ante lo que tenía enfrente, tomó su cuchara y cogió un pedazo, el cual al llevarlo a la boca sus papilas bailaron en un mar de sabor placentero.
—Bañado en caramelo de maracuyá, cubierto en espuma de coco, el pan de banana y chocolate crean una sensación tropical maravillosa —mencionó, mientras Elisa le miraba contenta por lo que comía—. Sabía que te gustaría.
«¡Gracias!» una vez bajó su cuchara, respondió.
Elisa prosiguió su cena sin que Hannibal despegará la vista de ella. Comenzó a recordar en las palabras de Marlène en irse de Baltimore para siempre. El solo hecho de que ello viniera a su memoria hizo que Hannibal experimentara la ansiedad, ese sentimiento del cual se había desecho hace años, ahora lo volvía atormentar. Se perdió en sus pensamientos y dejó que aquella bien cerrada habitación del palacio de sus recuerdos volviera a estremecerle. No quería perder a Elisa, no quería volver a sentir aquello que padeció cuando con Mischa. Y Hannibal estaba dispuesto a todo por ello.
Heaven's Night – Edmondson, Baltimore, Maryland.
Will llegó temprano al club Heaven's Night. Entró al local y miró como las mesas estaban alistadas para sus habituales clientes. En el escenario un grupo musical se alistaba para su jornada nocturna y en la barra atendía un hombre musculoso con gran barba quien limpiaba los tarros de cristal, sin dejar de mirar a Will que, bajo su criterio, era un enclenque comparado a las bestias que atendía todos los días.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó.
Will volteó a verle y se acercó hacia él, mientras mostraba sutilmente su placa del FBI.
—Estoy buscando a un cliente tuyo.
—¡Oh, tranquilo amigo! —Exclamó dejando de lado la taza—. No quiero problemas.
—Y no los tendrás, si cooperas conmigo.
—¿A quién buscas?
Will sacó una foto del bolsillo de su chamarra y la colocó sobre la barra. El hombre observó la foto y distinguió al tipo.
—¿Alan Gardner? —preguntó, más para él.
—¿Si lo conoces?
—Lo vi en las noticias. ¿Mató a su familia? —Will no respondió, se mostró severo—. Mira, atiendo todas las noches a demasiados borrachos, frustrados y drogadictos. No tengo memoria para recordarlos a todos.
—Tienes que, a este sujeto le gusta llamar la atención.
—Todos los días alguien llama la atención en este bar, pero si te sirve de consuelo, pregúntale a Isabella —dijo, apuntando con su cabeza hacía el escenario—. Ella trabaja aquí todas las noches cantando para los simios que tengo que atender. Su hermosa voz calma hasta la más feroz bestia, tal vez ella pueda ayudarte.
Will tomó la fotografía, le pidió al hombre que le sirviera una cerveza helada y fue directo al escenario en busca de Isabella. Los músicos, bañados por una tenue luz azul neón y un telón carmesí, alzaron sus ojos hacia el agente.
—¿Quién es Isabella? —preguntó.
De entre el mar de instrumentos una mujer, de tal vez treinta años; delgada, cabello alborotado y oscuro, vistiendo un enorme vestido negro y labios pintados en un rojo fuego, apareció y miró a Will.
—¿Sí? —cuestionó, algo nerviosa.
—Me gustaría hablar contigo, por favor —mencionó mostrando su placa.
Isabella junto a sus músicos se miraron extrañados, pero ella obedeció las ordenes; era una agente del FBI y no debía atosigarlo demasiado. Ambos fueron a sentarse en la barra, Will tomó la cerveza que había ordenado y le dio un gran trago antes de hablar con ella.
—No debería de tomar —dijo confusa.
—Solo es una. No me afecta —afirmó.
—¿Y en que puedo ayudarle?
—¿Conoce a este tipo? —interrogó, sacando la fotografía de Gardner. Isabella tomó la imagen, la observó y su ceño se frunció con desprecio—. ¿Si lo conoce?
—¡Es un mal nacido! —clamó furiosa—. Alan, ¿verdad?
Will asintió.
—¿Es cliente frecuente de aquí?
—Si. Ese imbécil siempre genera problemas. Una vez estaba tan borracho que no podía ni con su alma, trató de arrancarme el vestido en una de mis canciones. Quería ver si mis pezones estaban jugosos.
—¿Y qué paso?
—Jason lo sacó a patadas del bar —dijo mirando al bar-tender—. Desapareció por un tiempo, pero luego regreso, como si nada hubiera pasado.
—Suele ser muy problemático…
—Siempre —dijo con burla sarcástica—. A pesar de que tiene prohibido acercarse al escenario y a los camerinos, siempre suele beber hasta perderse y genera disputas por la mínima cosa.
—¿Es como una afición para él?
—Es un tipejo que no tiene nada mejor que hacer. Se siente un gran macho, cuando es solo un hombre frustrado.
—¿A qué se refiere?
—Este tipo cree que este lugar es un prostíbulo. Muchas veces me propuso tener sexo, sin embargo, el Heaven's Night no es un lugar de esos —se detuvo y respiró profundo—. Este lugar es como un paraíso, donde tus penas y angustias desaparecen por una noche. Muchos monigotes lo confunden con un bar de mala muerte, pero para mí, este es el lugar donde mis problemas desaparecen y me hacen sentir como lo que soy, un ser humano con esperanzas y sueños.
—¿Es por eso por lo que cantas aquí? —preguntó.
—Si. Durante muchos años he soportado humillaciones y deseos sexuales de muchos hombres, pero no me importan, tengo a mis músicos y al dueño del bar que me defienden. Mientras mi voz sea escuchada por alguien, el paraíso sigue ahí.
—Creo entender.
—Deberías quedarte a vernos actuar y comprenderás al Heaven's Night. Tal vez, en los momentos que este aquí, pueda surgir algún milagro.
—¿Insinúas que Alan Gardner aparecerá? —cuestionó escéptico.
—En momentos difíciles, todos retornan a un pequeño pedazo del paraíso.
Isabella se alzó de su asiento y Will quedó confuso, pero obedeció a la mujer y esperó por la noche.
Entrada la noche y Will habiendo tomado un par de cervezas, el lugar se llenó de todo tipo de gente, desde algunos con cara de maleantes hasta gente que lucía de una alta sociedad. Will comenzó a cuestionarse si debió quedarse ahí; era un profesor del BAU y apoyaba al FBI. Si alguien le veía ahí le cuestionarían sus puestos laborales. Dio otro tragó a su cerveza y como por arte de magia aquellas inseguridades se fueron al demonio. Una música suave empezó a inundar el lugar, Will clavó su mirada al escenario, el grupo de Isabella comenzaría a tocar y los aplausos inundaron el bar.
—She wore blue velvet, bluer than velvet was the night. Softer than satin was the light, from the stars...
Un asombrado Will prestó atención a la música y como el delicado piano y el saxofón hacían juego con la letra que Isabella entonaba. La mujer estaba profunda en su canción, detonaba un amor por lo que desempeñaba y Will comprendió sus palabras sobre el Heaven's Night. Mientras los chiflidos y aplausos volvían a sonar y a opacar la melódica canción, Will notó a un eufórico hombre entre la multitud. Entregó toda su atención a él y descubrió como este tenía un brazo vendado. Dejo de lado su cerveza y se alzó en ir hacia aquel tipo. Entre más se acercaba su visión se estabilizaba y distinguió ese perfil, era Alan. Isabella tenía razón, todos volvían a su pedacito de paraíso.
—¡Alan Gardner! —gritó.
Aun con el escándalo de aplausos y demás, él percibió el llamado. Volteó y Will y Alan, por primera vez, se miraron a los ojos. Como si Alan presintiera de dónde provenía ese sujeto, se dio la media vuelta y buscó escapar, Will reaccionó y se echó a correr, golpeando algunos de los clientes y ello poco le importó. Alan chocó con un camarero, haciendo que este tirara copas de alcohol. Will logró alcanzarlo y lo tomó del mango del cuello.
—¡Estas arrestado, maldito infeliz!
—¡¿Quién demonios eres tú?! —arrogante clamó.
—FBI —dijo, mostrándole su placa.
Alan se mostró en shock ante ello, pero sin dejarse de intimidar, con su mano libre pudo proporcionarle un golpe a Will en la boca de su estómago. Graham sintió el dolor recorrerle el cuerpo, algunas mujeres clamaron impactadas por lo que acaban de ver y eso le dio tiempo a Alan para escapar de sus manos. Will no iba dejar que ese bastardo escapara, recuperando un poco de aire, se alzó y se fue detrás de él. Salieron por la parte trasera del local y Will logró sostenerlo de una manga de su abrigo, le hizo darse la media vuelta y el proporcionó un golpe directo al rostro.
—¡Eso es por Marlène! —gritó. Volvió a sostenerlo y con una gran fuerza acumulada tiró otro golpe a su cara. Esta vez rompiéndole la nariz y parte de sus dientes delanteros—. ¡Eso es por Elisa!
Ya en el suelo Alan gritó adolorido y sintió la sangre en su boca, la cual hizo perder el miedo que tenía.
—¡¿Y qué más piensas hacerme, matarme?! —cuestionó con una abrumadora carcajada. Y Will quedó estático.
Por unos momentos el rostro de Alan se tornó en el Garret Jacob-Hobbs. Su psicópata sonrisa y los agujeros en su pecho se plasmaron en la cara y cuerpo de Gardner. La tensión abrazó a Will y sus piernas lentamente flaqueaban, lo que veía le resultaba espantoso y tormentoso. Y cuando Alan se reía por montón, Garret se burlaba de él.
—¿Qué te pasa, niño bonito? —Cuestionó, mezclándose su tono de voz con la del difunto padre de Abigail—. ¿Acaso eres un cobarde?
Will desenfundó su arma y apuntó directo al rostro de Alan-Garret. Su mano temblaba y su mente se debatió en jalar o no el gatillo. Will cerró sus ojos, desvió unos centímetros la pistola y la disparo sin tener un claro pensamiento en su mente. Alan se aterrorizó ante ello y duramente se alzó y salió huyendo del lugar. Una vez más había logrado burlar a la muerte.
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