IX. Erreur.
Hannibal atendió al tan desesperado llamado a su puerta a altas horas de la noche, quedó sorprendido al ver a Will Graham bajó el umbral de su puerta. Lucía agitado, desaliñado y el aroma a alcohol era demasiado potente para la fina nariz de Lecter; apreció la mano derecha del joven, estaba hinchada y ensangrentada.
—Se me escapó —confesó, con una terrible angustia atascada en su garganta.
—¿De quién hablas?
—Alan Gardner. Lo tuve frente a mí y lo dejé ir...
Hannibal no mencionó palabra, tomó al joven Graham de los hombros y lo acogió en su hogar. Lo sentó en una de las sillas de su distinguido comedor notando que no dejaba de temblar y un sudor cubría su rostro.
—Te traeré una toalla y algo caliente.
—¡No! —bramó. Hannibal se detuvo y le observó susceptible—. No. Estuve a nada de atraparlo.
Will ocultó su rostro entre sus manos y Hannibal distinguió unos leves sollozos.
—Llamaré a Jack —soltó, en un tono seco.
—Vi a Garret Jacob-Hobbs. Lo vi en el rostro de Alan —sin conmoverse Hannibal le analizó—. Se burló de mí... De todos... Cuando reaccioné, ya había huido.
—Entiendo —mencionó, ocultando la indolencia. Dio la media vuelta y fue a realizar la llamada a Crawford.
Will no paró de temblar, sentía como una brisa helada recorría el lugar y percibió el dolor en su mano. No le había molestado en ningún momento y ante la sensación recordó los golpes que le había dado a Alan Gardner. Lentamente movió sus manos y, a través de sus dedos, observó a la pequeña Elisa mirándole intranquila. Will quitó las manos de su rostro y ambos se observaron.
Hannibal tomó su teléfono y marcó a la casa de Crawford, esperó paciente y después del quinto timbre un adormitado Jack le atendió.
—¿Diga?
—Jack, buenas noches.
—¿Doctor Lecter? —cuestionó extrañado.
—Lamento irrumpir su sueño, pero necesito que venga a mí casa.
—¿Qué ha pasado?
—Will arribó a mi casa, está alcoholizado y con ciertas alucinaciones. Dice que intentó capturar a Alan Gardner, pero no lo logró.
—¿Cómo demonios...?
—Si soy honesto con usted —interrumpió— me preocupa el estado emocional de Will. Y temo por Elisa.
—Entiendo Doctor Lecter, deme unos veinte minutos y estaré con ustedes.
—Gracias Crawford —y colgó.
Elisa se acercó a Will quien intentó alejarse de una manera irreflexiva. La pequeña se asustó al ver su actitud, pero en ello, colocó su mirada en la mano derecha del joven, estaba hinchada y con algo de sangre. Elisa apuntó y luego movió sus manos.
—P-perdón. No te en-entiendo.
Elisa insistió, pero rápido se dio por vencida. Apuntó con uno de sus dedos a la mano y este observó preocupado. Will notó la sangre, el dolor le importaba poco. En todo su recorrido su mente se turbo con la imagen de Garret Jacob-Hobbs; olvidó que había golpeado a Alan, olvidó que había disparado un arma y colocó su mano sana sobre su rostro y concibió el frío de su sudor. Respiró agitadamente, buscó controlarse, sin embargo, le era imposible hasta que sintió un calor sobre su mano adolorida. Movió sus ojos, Elisa había posado sus pequeñas manos sobre la suya, parecía consolarle.
—Gr-gracias.
Elisa sonrió y Will sintió un poco de paz en su caótico interior.
Hannibal llegó al comedor y para su terrible sorpresa miró aquella escena. Por segundos quedó inmóvil, luego caminó, se acercó a ellos y Will le contempló. Elisa volteó y Hannibal le tomó de sus hombros.
«¿Qué haces despierta?» preguntó, molesto y preocupado.
«Pesadilla» respondió apenada.
—¿Qué pasa? —indagó Will. Hannibal le ignoró.
«Regresa a la cama» ordenó.
Elisa negó, volteó a ver a Will y luego a él, y preocupada movió sus manos.
—¿Qué dijo? —insistió.
—Está asustada por tu estado.
—Di-dile que estoy b-bien —mencionó con una angustiosa sonrisa.
Odioso por ello Hannibal hizo caso de las palabras del joven Graham y le dijo a Elisa que estaba bien, que no se asustara por nada. El rostro de la pequeña fue cubierto por la angustia y pesar; miró a Will, no convencida de esa terrible sonrisa. Él hacia su mayor esfuerzo por verse bien, su rostro expresaba desesperación y ahogo. Elisa regresó la mirada con Hannibal, dijo algunas cosas y él se agachó para poder cargarle mientras que Will presenció sorprendido aquella escena.
—Dice que no tiene sueño —comentó, ante esa mirada. Will ladeó su cabeza—. Crawford viene para acá.
El joven colocó sus brazos en la mesa y recargó su rostro en ellos. Elisa posó su cabeza en el hombro de Hannibal viendo con tristeza a Will y dejaron que el tiempo pasara.
Hannibal caminó alrededor de la habitación tratando de dormir a Elisa, ella cabeceaba y adormitaba, pero en momentos se despertaba, miraba a Hannibal y este preguntaba qué era lo que pasaba. Elisa miró a Will, parecía que había caído en los brazos de Morfeo, su respiración era trémula y ciertos balbuceos surgían.
—Ma... Marlène... per-perdón...
Hannibal posó su mano en la cabeza de la niña, la recargó a su hombro y trató de que no viera más a Will.
—Estará bien —falsamente prometió.
El timbre sonó y Hannibal, sin soltar a Elisa, se alzó para atener a la puerta.
—Gracias por venir, Crawford —saludó, una vez abierta la puerta.
—¿Dónde está Will? —demandó molesto.
—Pase —y obedeció. Hannibal cerró su puerta—. Creo que adormito en el comedor. No deja de mencionar a Alan y Marlène.
—¿La niña está bien? —preguntó, mirando a la pequeña en los brazos de Lecter.
—Perfectamente. Despertó por una pesadilla y descubrió a Will, pero nada que pasara a mayores.
—Me alegro —dijo con sosiego.
Hannibal extendió su mano e invitó a Jack hacía el comedor. La respiración de Will hacía eco en el lugar, el frío pareció desaparecer, pero en su mente las imágenes de Garret Jacobs y Abigail Hobbs; Alan, Marlène y Elisa Gardner le golpeaban horriblemente. Una mano se posó sobre su hombro y exaltado, Will alzó todo su cuerpo. A su lado estaba Jack y no le miraba con buenos ojos.
—Eh, hola —saludó con una risa nerviosa.
—El Doctor Lecter me llamó.
—Lo sé... y ya lo sabes.
—Me enteré de un reporte de tiroteo en el Heaven's Night —dijo. Hannibal alzó sus cejas ante ello—. ¿Fuiste tú?
—Si —afirmó—. Pero no herí a nadie.
—Lo sé, pero disparaste un arma, en un lugar público.
—Estábamos afuera.
—¿Quiénes?
—Alan Gardner y yo. Lo golpeé —dijo, mostrándole su puño—, dos veces. La segunda le rompí la nariz y unos dientes.
—¿Y qué más paso? —cuestionó, como si de un padre preocupado se tratase.
—Luego, vi el rostro de Garret Jacobs-Hobbs. Se plasmó en el de Alan. De ahí ya no recuerdo nada.
Jack dirigió su mirada a Hannibal y este fingió mostrarse preocupado.
—Doctor, ¿está bien?
—Debido al incidente Hobbs, esto se ha vuelto algo común en él. He tratado de erradicarlo, sin embargo, el proceso ha ido lento.
—Estoy bien —soltó Will, mientras se alzaba de la silla—. Solo quiero atrapar a ese infeliz.
—Y lo harás Will —alegó Hannibal—. Pero necesitas no tomar los casos tan personales.
—No los tomo personales...
—Si lo haces —afirmó Jack. Y este le miró—. Al menos el caso Hobbs y Gardner.
Will tragó difícilmente y miró la hora en el reloj que pendía en la pared.
—Es tarde... Elisa tiene que dormir.
—Todos. Todos tenemos que dormir —aclaró Jack.
El joven ladeó su cabeza y buscó salir de la habitación. Jack y Hannibal fueron detrás de él a paso pausado.
—¿Realmente cree que este bien? —insistió Crawford.
—No sabría decirle con exactitud, Jack. Tengo registrado lo de las alucinaciones, pero se han excedido. Necesitaría revisarlo lo más pronto posible.
—Mañana tiene cita, ¿no?
—Por supuesto.
—En cuanto pase la sesión, deme un informe.
—Lo tendrá al momento Jack.
—Gracias, Doctor Lecter.
Y Hannibal ladeó su cabeza en modo de respuesta.
Will y Crawford salieron de la residencia, Hannibal y Elisa les observaron hasta que ambos se retiraron. La niña alzó su mano diciendo adiós, pero gracias la oscuridad no notó que ambos se habían despedido. Lecter cerró la puerta y miró a la niña.
—Hay que dormir. Mañana será un largo día.
Ella cabeceó y colocó su cabeza sobre su hombro en busca del tan apreciado sueño.
Consultorio de Hannibal Lecter – Baltimore, Maryland.
—¿Quieres hablar? —cuestionó Hannibal mientras miraba duramente a Will.
El joven tenía su vista en el suelo, humedeció sus labios y su cuerpo tembló.
—Tengo que, ¿no?
—Sabes que no es obligación, pero sería bueno hacerlo.
—¿Y qué quieres que diga?
—Hablemos de lo que paso anoche.
Will alzó su cabeza y se recargó en el sillón, una leve y rigurosa sonrisa cubrió su rostro.
—¿Del Heaven's Night?
—De Alan Gardner —corrigió.
—Anoche lo dije. No sé qué más quieren que diga.
Hannibal se cruzó de piernas y miró a Will.
—Mientras dormías en mi comedor, no dejabas de pronunciar el nombre de Marlène —Este frunció el ceño—. ¿Qué te parece si hablamos de ella?
—¿Qué quieres que diga? —preguntó con una sonrisa nerviosa.
—Sé que te atrae, Will. Ese día en el hospital lo dejaste muy claro.
—No afirme nada.
—Pero tampoco lo negaste. No hay nada de malo en sentirse así. Debo reconocer que Marlène es una mujer muy hermosa.
El joven Graham sintió hervir su sangre ante esas palabras.
—¿Te gusta? —exigió, sin ocultar la cólera en sus palabras.
—No —alegó Hannibal—. Pero no voy a negar algo que es verdad.
—Pues es verdad, Marlène Gardner es muy atractiva.
—¿Ves? —inquirió sarcástico.
—Pero más allá de eso, tiene algo más.
—¿Qué? —incauto cuestionó.
—Tiene algo que me atrae...
—¿Qué es lo que te atrae?
—No puedo describirlo... —mencionó, dejando escapar una sonrisa socarrona.
—Tienes que.
—Ella es... —se detuvo y tragó difícilmente— Es como un ángel —ante eso Hannibal arqueó una ceja y disimuló su burla—. Si, un ángel. Es como una luz, en mi vida...
—Los ángeles son seres de pureza, destinados a la protección del ser humano. Pero también son mera ficción.
Will carcajeó.
—Marlène no es ficción.
—¿Qué imaginas con ella, Will?
—¿Imaginar? —interrogó, curioso—. ¿Se refiere a...?
—Para nada. Hablo de un futuro.
—Y-yo... he imaginado cosas, si... Tal vez, una familia...
—¿Familia?
—S-sí. Marlène, Elisa y Abigail —Hannibal le miró suspicaz—. E-es una lo-locura —continuó, ladeando su cabeza.
—No lo es —soltó.
—Tengo esa idea, desde hace tiempo... Me gustaría una familia, siento que ellas son esa familia.
Hannibal colocó una de sus manos bajo su barbilla y observó analíticamente a Will.
—¿Y por ello golpeaste a Alan Gardner?
—¿Eh? —volvió en sí.
—Por ello golpeaste a Alan. Sentiste tan personal ello que no resististe en atacarlo.
—Si —confirmó Will, con un aire satisfactorio—. Al tenerlo frente a mí, sentí que podía hacerlo pagar... sentí que podía vengar a Marlène y Elisa, pero todo paso tan rápido... Solo quería obrar bien...
Un silencio cubrió el lugar y ambos se miraron esperando a que alguien dijera una palabra.
—Puedes hacerlo, si te comportas de la manera que Jack requiere.
—A veces es difícil... Pero tú también lo sabes, Alan Gardner se merece más que unos simples golpes en la cara.
—Es verdad. Se merece la muerte.
Instalaciones Psiquiátricas Port Haven — Baltimore, Maryland.
—Ya te había dicho que no puedes arrancar las flores —mencionó Abigail mientras tomaba a Elisa de sus manos. La niña miró molesta a la joven—. Aunque te enojes. No puedes y se acabó —aquello último se lo advirtió a la par que movía sus manos.
Elisa hizo un berrinche, se cruzó de brazos y se molestó con Abigail. La joven Hobbs estaba cansada de cuidar la niña; a veces se ponía tan insoportable que le desesperaba, pero sabía que tenía que soportar ello y esperaba con ansias que la tutoría de la niña le fuese retirada al Doctor Lecter lo más pronto posible.
«¡Quería darte una!» mencionó.
—¡Pero ya te dije que no puedes arrancarlas! —Elisa le sacó la lengua y Abigail se mostró perpleja—. Que terca eres...
—Abigail —llamaron a sus espaldas.
La chica volteó algo aterrada y para su sorpresa vio a Freddie Lounds.
—¿Qué hace aquí?
—Vengo hablar contigo, sobre lo que comentamos el otro día. ¿Te gustaría salir por un café? —En ello miró a la niña—. Puedes llevar contigo a tu amiguita —finalizó con una sonrisa.
Las tres se encontraban en un café cercas del psiquiátrico, Freddie consiguió un permiso especial para sacar Abigail por un par de horas, ello era una ventaja de conocer al director del lugar. Abigail observó a su taza de café espumoso mientras Elisa comía una rebana de pastel y Freddie les observaba con impudicia.
—Un libro —soltó Abigail.
—Ajá. Un libro que cuente tu verdad.
—¿Es narrar todo lo que me ha pasado?
—Sin omitir detalle alguno.
—¿Incluye a mis tutores?
—Especialmente a Will Graham.
La joven alzó una desconfiada mirada.
—Sé que hablas de él en tu columna.
—¡Oh! —exclamó—. ¿La has leído?
—El Tattle-Crime se ha vuelto una comidilla en todo Baltimore.
—Me alegra saberlo —dijo con una gran sonrisa mientras daba un trago a su café—. Pero, volviendo al tema, ¿qué te parece la idea?
Abigail volvió agachar la mirada y en ello miró a Elisa quien le observaba extrañada.
—¿Habrá dinero?
—El morbo vende. Así que tenlo por seguro.
—Me interesa —dijo, alzando la vista y mirando fijamente a la pelirroja.
—Excelente —finalizó Lounds con un brindis.
Abigail apreció un escalofrió recórrele su cuerpo, poso sus ojos en Elisa y parecían juzgarle, a pesar de no comprender lo que acaba de pasar. La joven Hobbs tomó de su café y agradeció que el calor de este controlará sus escalofríos, pero tenía un presentimiento que nada de esto saldría bien. Por muy lindo que ello sonara. Mientras su cuerpo se confortaba con el calor, Abigail movió la vista hacía la calle y frente al local notó a un hombre de apariencia errante y con su brazo en un cabestrillo. Quedó extrañada y Freddie Lounds lo distinguió, buscando que era lo que la joven veía. El sujeto se dio la media vuelta y comenzó a caminar ignorado el momento que acaba de pasar.
—¿Lo conoces? —interrogó Lounds. Abigail negó.
—Solo nos miraba.
Abigail tomó la mano de Elisa y la apretó con fuerza, no sabía porque, pero ese hombre no le daba buena espina.
Freddie regresó a las niñas al psiquiátrico animosa porque Abigail aceptará su oferta y mientras caminaba por la calle percibió que alguien iba tras ella. En el fondo no le extrañaba, sabía que tenía a la policía y a sus rivales tras sus talones, sin embargo, un impulsó la hizo voltear y descubrió quien le seguía no era los tipos de los cuales estaba acostumbrada a lidiar. Siguió a paso firme hasta que el sonido de las botas se hizo más cercano. Freddie buscó entre su bolso y sacó una navaja de bolsillo, lista para lo que tuviera que pasa. Sintió como la empujaron hacía un callejón, su delgado cuerpo se estremeció contra la pared de concreto, haciendo que soltara su navaja, y la joven Lounds quedó frente a frente a un tipo que ya había visto en las noticias.
—¿Alan Gardner? —interrogó. Él no respondió—. ¡Vaya! —Sonrió déspota—. Un homicida y pedófilo... Lo siento, pero no eres mi tipo.
—¿Cómo se llama la chica con la que estabas?
—¿Para qué? ¿A caso te atrae?
—¡¿Cómo se llama?! —demandó en un tono que no llamara la atención.
—Abigail Hobbs —soltó fría.
—¿Hobbs? —se cuestionó—. ¿La hija del verdugo de Minnesota?
—Así es.
—¡¿Qué carajos hace mi hija con ella?!
—Yo que sé. ¿Por qué no vas y se lo preguntas a sus tutores?
—¿Quiénes?
—Will Graham y el Doctor Hannibal Lecter.
—¿Y dónde están?
—Psiquiátrico Port Haven.
Alan soltó a la pelirroja y tomó la navaja que Lounds dejó caer. Estaba a punto de retirarse, pero retomó lugar con Lounds y, con su mano libre, le asentó un golpe al rostro dejándola tirada en el suelo.
—Gracias, señorita Lounds —se despidió con una sonrisa indecorosa.
Freddie colocó sus manos a su rostro y sintió como un hilo de sangre brotó por su nariz, cuando elevó la mirada Gardner había desaparecido.
Hannibal y Will llegaron al psiquiátrico. Abigail y Elisa armaban un rompecabezas, era lo mejor que podían hacer. Al ver a sus tutores la joven confesó la oferta que Freddie Lounds le había ofrecido y que aceptó sin el consentimiento de ambos. Will y Hannibal no recibieron esa noticia con una grata alegría, especialmente Lecter. El Doctor no pudo concebir el acto de la joven, con la mirada le asesinaba, sabía que ponía en riesgo su trabajo, su vida y su más preciado secreto.
—¡¿Por qué a-aceptaste algo así de esa mu-mujer?! —clamó Will, sin ni siquiera parar de temblar.
—Quiero dinero —respondió mientras le pedía a Elisa una pieza del rompecabezas.
—Y lo vas a tener Abigail —continuó Lecter—, pero no de esa manera.
—Ustedes no me pueden obligar a decir que puedo o no hacer.
—Sí, si podemos. Somos tus tutores —afirmó Hannibal.
—Pues ya acepté.
—Pues hablaremos con Freddie Lounds, antes de que abras la boca —continuó Will.
Abigail poso unos ojos llenos en ira a Will, se alzó de la silla y los tres le miraron.
—Tú no tienes ningún derecho sobre mí.
Graham quedó paralizado y Hannibal suspiró agotado.
—Abigail —habló este último.
La joven tomó a la niña de su mano y ella quedó sorprendida, se alzó y miró confusa a todos los presentes.
—¡Ninguno! —gritó.
Y Abigail comenzó a caminar, Elisa le siguió el paso y no dejo de ver a un angustiado Will y aun molesto Hannibal.
Ambas salieron al jardín. Abigail se sentó en una banca, soltó la mano de la niña y colocó las suyas sobre su rostro. Unos lamentos surgieron y Elisa pudo apreciarlos, la niña se acercó a un arbusto y cortó una de las flores que había allí, se acercó con Abigail y la colocó sobre su cabellera castaña. La joven se estremeció por ello y distinguió la flor que le regaló.
—Te dije que...
«Ya lo sé. Pero te hará sentir bien.» Interrumpió con una dulce sonrisa.
Abigail suspiró, acomodó la flor en su cabello y miró a Elisa.
«¿Se ve bonita?»
Elisa ladeó su cabeza.
—¡Abigail Hobbs! —clamó una voz masculina.
Ella se asustó ante el llamado, se alzó de la banca y comenzó a buscar quien le había llamado. No era Will ni el Doctor Lecter, posó la mirada al frente y vio aquel hombre que había visto con anterioridad en el café.
—¿Quién es usted? —exigió nerviosa.
Él se acercó más y al tener una mejor visión Elisa tembló despavorida. Era su padre. La niña se escondió detrás de Abigail, quien sentía el temor irradiar de la pequeña.
—Dame a esa niña —ordenó.
—¿Quién carajos es usted? —demandó.
—Eso no importa, solo dame a la niña.
Abigail colocó su brazo sobre Elisa y ella se aferró a él.
—No —soltó.
Alan sacó la navaja y le apuntó a Abigail.
—Si aprecias tu vida dámela.
—No... Abi —chilló la niña.
—¿Eres su padre? —Cuestionó mientras miraba a Elisa—. ¿Verdad?
—Escucha, sé que lo que se siente cuidar de una niña sorda. Es tedioso y cansado, y necesita una atención total —Abigail escuchaba atentamente, pero en ningún momento soltó a Elisa—. Hazte un favor y dámela. Te ahorras muchos problemas. —Ella negó y Alan suspiró.
—Si no se marcha, gritaré.
—¿Y quiénes vendrán? ¿Tus tutores? ¿Crees que van a venir por ti? Claro que no, vendrán por Elisa. A ti te ignoraran.
—Lárguese ahora —mencionó con voz ronca.
—Abigail, si me das a la niña no tendrás que sufrir por ella. Vamos, yo sé que quieres dármela —dijo, extendiendo su mano.
Elisa comenzó a llorar y no paró de pronunciar "Abi", volviéndose una súplica para ella. Abigail empezó a debatirse mentalmente; Alan tenía cierta razón, ella estaba agotada de cuidarla y de que Lecter le prestara más atención a la niña que ella, pero al mirar el pánico que infundía Elisa, ese cuestionamiento le martirizó horriblemente.
—¡Doctor Lecter, Will! —clamó, para sorpresa de Alan.
Gardner se acercó hacia Abigail y Elisa gritó. En la sala de visitas ambos hombres escucharon el llamado de Hobbs y el llanto de la niña, salieron despavoridos del lugar y a la lejanía miraron a Alan Gardner propinarle un golpe en la cabeza a Abigail. Ambos corrieron, Hannibal más aterrorizado que el propio Will, y al ver como Alan cargaba a Elisa y comenzaba a correr, la furia se apodero de ambos. Elisa derramó sus lágrimas, golpeó las manos de su padre y clamaba a Abigail. Al ver como Hannibal y Will se acercaban a la joven, volvió a gritar algo que no se comprendió en el momento porque su padre le tapó la boca.
—¡Cállate!
Will tomó Abigail en sus brazos y Hannibal siguió corriendo detrás de Alan.
—¡¿Estás bien?! —llamó preocupado. Miró un rastro de sangre en la frente de Abigail y ella ladeó levemente su cabeza. Will la alzó y la sentó en una de las bancas—. Espera aquí.
Will sacó su pistola y se fue detrás de Hannibal para ayudarle.
Alan llegó a la puerta trasera del psiquiátrico, que era por donde había entrado, y de reojo notó como Hannibal se acercaba a él y veloz cruzó el umbral de la puerta. Alan se dirigió a la calle, sintiendo como Lecter le pisaba los talones, pero para su sorpresa, un disparó junto a él le perturbo. Will lo había aturdido con su arma y le suplicó a Hannibal que siguiera. Sin perder tiempo se acercó a él y miró a Elisa, quien no dejaba de golpear a su padre con sus débiles e infantiles manos.
En esos momentos Hannibal recordó su infancia, las memorias de su pequeña hermana siendo acorralada por aquellos hombres, hambrientos y agotados, junto a la chimenea de su hogar. Esas memorias hicieron que él se desconcertara.
«¡Mischa, Mischa!» gimió su versión joven.
Alan se recuperó del aturdido disparo, Will comenzó a correr y Hannibal, al sentir la presencia del agente, volvió en sí y logró sostener a Alan de su chamarra. Este trató de zafarse y Will sostuvo a Elisa, alejándola de los brazos de ese hombre, no obstante, Alan, a pesar de estar herido, tenía gran fuerza. Alan le dio un rodillazo en la boca de su estómago a Hannibal, luego con la navaja en mano rajó el pecho de Will y dejó a los dos abatidos para la lucha. Alan se dispuso a correr y el llanto de Elisa se fue convirtiendo en un eco que poco a poco fue disminuyendo. Ambos se perdieron en la multitud de gente y los hombres miraron con terror, especialmente Hannibal quien su mirada de odio emanaba por el error que había sido cometido.
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