Advertencia: Capítulo con temática muy fuerte y/o sensible. Se recomienda leer con discreción.
XI. Incubo.
Jack llegó tan rápido como pudo al hospital. Un cabizbajo Will yacía sentado en la sala de espera, este se acercó a él y posó una mano sobre su hombro en señal de apoyo.
—Murió —soltó. Jack sintió un escalofrió recórrele su espalda—. Ese hijo de puta vino a matarla.
—Will... lo siento.
—¿Y de que me sirve un "lo siento", Jack? —el joven alzó su vista y cruzaron miradas. Sus ojos estaban cubiertos en un ligero tono rojo, había llorado sin cesar—. Solo quiero atraparlo y matarlo.
—Will, no puedes hacerle eso a Alan Gardner.
—Sí, sí puedo —respondió con una sonrisa aturdida—. Cuando lo tenga enfrente, le meteré una bala directo en la frente. Y créeme, estoy siendo noble, a comparación de lo que le hizo a Marlène...
El joven Graham no pudo continuar, colocó el torso de su mano sobre sus labios y dejó que las lágrimas volvieran a fluir. Sintió un interminable vacío en su interior; la impotencia le cobijaba y la rabia quería salir y destruir todo a su alrededor, pero el apoyo moral de Jack estaba con él, tenía alguien a su lado.
—¿Ya hablaste con el Doctor Lecter? —cuestionó, mientras se sentaba junto a él. Will negó—. Necesitamos avisarle...
—Elisa quedó huérfana —respondió, ignorando esa petición.
—Lo sé...
—¿Y ahora?
—Tenemos que atrapar a Alan y hacer que se pudra en la cárcel.
—Por mi cuenta corre que no se pudrirá en prisión. Se pudrirá en el infierno.
Residencia de Hannibal Lecter – Baltimore, Maryland.
Hannibal colocó la ropa de hospital dentro de una bolsa de basura, tenía que deshacerse de toda evidencia que lo involucrara en ese sitio. Su teléfono sonó, y sin inmutarse por ello, dejó la bolsa de lado y se acercó a atender al nocturno llamado.
—¿Diga? —contestó, buscando sonar lo más adormitado posible.
—Doctor Lecter, lamento molestarle.
—¿Qué sucede Jack? ¿Encontraron a Alan? —preguntó, con cierta mezcla de falsa y profunda esperanza.
—No... No, Doctor, sucedió algo terrible.
—¿Qué pasa? —fingió inquieto.
—Doctor... Alan mató a Marlène.
Silencio. Hubo un minuto de silencio en el que Hannibal parpadeó tranquilamente.
—¿Perdón Jack? —habló, buscando oírse confuso.
—Lo que me oyó decirle, Doctor. Alan vino y envenenó a Marlène. Ella agonizó por una hora y los médicos hicieron todo lo posible, pero no lo logró...
Una media sonrisa se dibujó en el rostro de Lecter.
—No puedo creerlo —continuó—. ¿Cómo dejaron que Alan se acercará a ella?
—Amenazó y amordazó a una de las enfermeras, después Will llegó, pero no pudo atraparlo.
La mirada de Hannibal se abrió levemente. Si se hubiera quedado por unos minutos más, Will le hubiera descubierto.
—Qué terrible... Eso dice que... —continuó, disfrazando sus palabras con alteración y tristeza—. Pobre de Elisa.
—Así es, Doctor.
—Tenemos que encontrar a Alan, lo más pronto posible.
—Tengo a todo un equipo trabajando en ello. Ya lo verá, pronto lo encontraremos.
Alan abrió la puerta de la pequeña habitación del motel donde se escondía y cuando la luz mercurial iluminó parte del lugar, y una helada brisa circuló, Elisa alzó su mirada. Ella estaba tirada en el suelo, con el hilo de las lágrimas sobre sus mejillas y sentía un dolor terrible. Al ver a su padre adentrarse en el lugar, se arrastró hacia la orilla de la cama. Ella sabía que no estaba a salvo, pero no había otra manera. Alan miró como su hija buscaba esconderse y no hizo nada por impedirlo, cerró la puerta y buscó lugar en el sillón.
—No te haré nada —mencionó en tono alto, mientras se acomodaba para seguir observando mejor. Elisa se sostuvo del colchón y se alzó para poder sentarse—. Te tengo una mala noticia —la niña le dio la espalda y se abrazó de sus piernas—. Mamá murió —Elisa no percibió lo que su padre le dijo, ocultó su rostro entre sus rodillas y volvió a llorar. Quería que todo esto terminará. Alan se alzó y se acercó con ella, se puso a su lado y contempló a su niña—. Ahora solo somos tú y yo —dijo, acercando su mano a su cabello—. Pronto nos iremos de aquí.
Los sollozos de la niña iban en aumento. Quería alejar la mano de su padre, pero el miedo era mayor. Alan le dio un beso en su cabellera, la recargó en su pecho y dejó escapar unas cuantas lágrimas recordando la agonía de su esposa y también la imagen de ese hombre que la había matado.
La recepcionista del motel veía el televisor, estaba aburrida y no había nada interesante que hacer por ahí. Cambiaba a cada canal hasta que llegó a los noticieros, rápidamente les ignoró, pero mientras volvía a cambiar, se detuvo a pensar, por un momento, lo que había visto fugazmente en las noticias. Regresó al canal, miró la nota que estaban presentando y quedó impactada al ver a uno de sus inquilinos en la pantalla. Subió el volumen y prestó atención.
—La policía está en búsqueda de Alan Gardner, asesino y violador, quien secuestró a su hija ayer por la tarde...
El corazón de la joven palpitó alocado al fijar sus ojos en la fotografía, era el inquilino que llegó con una llorosa niña. Tomó el teléfono y llamó a la policía de Baltimore.
Hospital John Hopkins – Baltimore, Maryland.
Will llenó la papelería de defunción de Marlène. Jack estuvo a su lado todo el tiempo, cual padre preocupado por las emociones de su hijo. Los ojos de Will no pararon en derramar lágrimas y de su boca ya no surgieron palabras. Se necesitaban testigos del fallecimiento y Jack unió su firma en el papeleo. Una vez terminado se dispusieron a retirarse y Jack se ofreció a llevar a Will a Wolf Trap. Este no negó ni aceptó la oferta, simplemente se dejó llevar sin poder deshacer la agonía de Marlène en su cabeza. Dentro del coche, y Jack dispuesto hacerlo arrancar, llegó una señal de la radio.
—Aquí Crawford —respondió. Will observó por el rabillo del ojo.
—Jefe tenemos un reporte de avistamiento de Alan Gardner.
Will sintió como la adrenalina recorría su cuerpo a la par que Jack le miraba sorprendido.
—¡¿Dónde?!
—En un motel cerca de Loch Raven boulevard.
—¡¿Y qué esperan?! ¡Vayan con suficientes unidades! ¡Eviten sirenas o cualquier cosa que Gardner pueda sospechar, los veo pronto allá!
Tan pronto Jack guardó el intercomunicador, haló la palanca del acelerador y anduvo hacía aquella avenida, la cual no se encontraba tan lejos del hospital.
La joven recepcionista fumaba intranquila mientras le interrogaba el equipo de Crawford. Beverly trató de controlarla, pero la joven se reprochaba, sabía que debía haber llamado desde el momento en que ese sujeto llegó con la niña en brazos. Jack y Will bajaron veloces del coche, se acercaron y el equipo les notificó los hechos.
—Habitación 403, tenemos todo rodeado —mencionó Jimmy—. No sé ha percatado, podemos entrar en cualquier momento.
Will no espero más, comenzó a correr y de su funda sacó su arma. Jack observó confundido e impactado la escena, se fue detrás de él con la intención de detenerle, sin embargo, sabía que sería imposible. Desenfundó su arma e hizo señas a su gente para que se prepararan. Will se colocó junto a la puerta mientras la rabia y la impotencia emergían sobre él; buscó controlarse y a su mente vino un fugaz plan para recuperar a la niña. Patear la puerta, disparar (si era necesario) y tomar a la niña en sus brazos. Era sencillo, nada complicado. Y así esta pesadilla terminaría.
Jack se colocó a sus espaldas, le tomó de su hombro y él volteó a verle. Crawford lucía sereno, había calculado un plan igual que él, pero era probable que fuera diferente al que su cabeza no dejaba de repetir. Jack hizo un leve movimiento, era la orden para que Will actuara, se colocó frente a la puerta, cogió una gran bocanada de aire y le dio una estruendosa patada.
—¡Alan Gardner! —gritó.
Aquel hombre saltó asustadizo de la cama y a su lado estaba la pequeña Elisa llorando y temblando de miedo. Ante esa escena la sangre de Will hirvió de cólera.
—¡Alejase de la niña! —continuó Jack, apuntando con su pistola mientras se ponía al lado del joven Graham.
Alan observó a los agentes con pavor y aversión mientras se cuestionaba como lo habían encontrado.
—¡No te lo vamos a repetir bastardo! —Siguió Will—. ¡Aléjate de Elisa!
Él obedeció. Dio pasos pequeños lejos de la cama, mirando por encima de su hombro a su asustadiza hija.
—Soy su padre.
—¿Con que descaro te atreves a decir eso? —cuestionó Jack asqueado.
—Mejor cierra esa puta boca —sugirió Will.
—¡Elisa! —gritó Jack. La niña distinguió el llamado y miró hacia ambos agentes—. ¡Ven con nosotros! —clamó mientras extendía una de sus manos.
La niña se levantó de la cama y se acercó hacia ellos. Ambos observaron como la pequeña caminaba adolorida y los dos se sintieron sobrecogidos. Elisa sintió tranquilidad en su interior, el dolor físico pasó a segundo plano; habían venido a salvarla. Acercándose a ambos ni Jack ni Will notaron como Alan, disimuladamente, colocó su mano sana en un bolsillo de su abrigo. La pequeña se acercaba a Jack, sonrió mientras las lágrimas seguían brotando y, sintiendo la libertad, Alan sacó un revólver. Will se percató tarde de ello, Alan apuntó y le disparó a Jack Crawford. El disparo fue en un abrir y cerrar de ojos, la niña gritó horrorizada mientras veía como el agente caía. Will bajó su arma, se acercó a Alan y le surtió un puñetazo a su cara, como aquella vez en el Heaven's Night, Alan soltó el arma, Will lo agarró de sus ropas y buscó alzar su rostro para verse cara a cara.
—¡Maldito infeliz! —exclamó.
—Vaya... ¿solo sabes dar golpes en cara? Eres un pésimo agente.
Will no resistió y le dio otra golpiza quebrando su nariz. Alan cayó al suelo, poso su mano sobre su rostro y buscó limpiar la sangre, sin embargo, Will se colocó a su lado y empezó a patearlo con tremenda fuerza. Mientras Alan se retorcía en dolor, el joven Graham tocó lo más fondo de sus emociones; su mente decía que solo quería matar a Alan. Quería que este pagará por todos sus actos y de las peores maneras posibles.
Elisa estaba en shock. Al distinguir el cañón del arma y ver a Jack en el suelo emanando una suficiente cantidad de sangre, aquel estruendo se quedó grabado en su mente; como aquella vez en casa, cuando sus padres discutían. La niña ya no pudo derramar más lágrimas, las pesadillas le habían consumido y no podía escapar de ellas.
Alan empezó a escupir sangre, temió que algún órgano hubiera sido reventado y Will no paraba, no dejaba de pensar en Marlène y solo quería verlo muerto.
—¡Will...! —clamó un adolorido Crawford. El joven agente se detuvo y volteó impactado hacía su amigo. Jack alzó levemente su cabeza y miró a su mejor agente—. ¡Detente!
Por momentos Will quedó estático y Alan lo tomó como una oportunidad. Cogió las pocas fuerzas que le quedaban y empujó a Will, logrando tomar a la espantada Elisa. Graham volvió alzar su arma y al mirar a Alan vio como este tenía una navaja cerca del cuello de la nena. Will se vio en shock.
—Si te acercas más... La mató.
A la habitación entraron Katz, Price y Zeller con sus armas alzadas. Al descubrir a Jack en el suelo Beverly se agachó para asistirlo.
—Suéltala —demandó despavorido Will.
—¡Aléjense todos! —gritó—. ¡Déjenos en paz!
—Por el amor de Dios, Alan, suéltala.
Gardner comenzó a caminar hacia atrás. Elisa sentía la punta de la navaja en su cuello, dolía, y un hilo de sangre fue deslizándose. Will no dejó de apuntar mientras sus manos temblaban y su cabeza trabajaba velozmente.
—¡Aléjense...! —insistió.
—Deja a la niña. Y no te haremos nada.
—¿Ah no? —Cuestionó, con una sonrisa alocada y bañada en sangre—. ¿Tú me lo garantizas?
—Solo déjala...
—Si te acercas más, la navaja ira a su garganta.
Will no soportó, por momentos cerró sus ojos y la imagen de Garret Jacob-Hobbs, teniendo en brazos a Abigail, se hizo presente. Un sudor frio recorrió la frente del joven, otra vez volvía a pasar lo mismo, y no quería. Will abrió sus ojos y la imagen seguía viva, en veces se deformaba, miraba a los Hobbs y luego a los Gardner. Estaba aturdido. Si ese hombre cumplía su cometido no se lo perdonaría.
—Por favor —suplicó Graham—. Suéltala.
Alan veía aterrorizado a todos los presentes. Nadie había bajado sus armas y la punta de la navaja se encajaba más en la piel de la niña, haciendo que ella gritara adolorida.
—¡Qué la sueltes, carajo!
El hombre miró a sus espaldas y descubrió la ventana con la salida de emergencia, caminó de reversa y arrastró a Elisa.
—Si hacen algo... la mato... —soltó a su hija y abrió la ventana—. No nos sigan.
Volviendo a poner la navaja en su cuello, Alan tomó a su niña y salieron de la habitación. Al no ver más a ambos, Will bajó el arma y pataleó uno de los muebles, mientras que de sus ojos las lágrimas brotaban. Había vuelto a fallar a su promesa.
Will iba en la ambulancia y yacía al lado de Jack. Los paramédicos no se detenían en atenderle, colocaron un respirador en su rostro y buscaron controlar la sangre que emanaba de su hombro. Alan había sido muy torpe en usar el arma y el disparo no afecto de gravedad a Crawford, sin embargo, estaba herido y había sido su culpa. Todo lo que había pasado era su culpa. Había planificado todo y nada salió como esperaba. Will ocultó su rostro entre sus rodillas y se martirizó en pensar que era un inútil con lo que había pasado en el caso Hobbs y ahora con este. Jack giró un poco su cabeza, se sentía atrapado entre la realidad y la anestesia, pero logró contemplar al joven Graham y apreciar su sentir. Quería decirle que no se torturara, que había hecho lo mejor que pudo, pero sabía que no era posible. No de momento.
El timbre no dejó de sonar y una extrañada Margot Verger se vio en la necesidad de atener al llamado a su puerta. La joven demandó paciencia y pareció importar poco, abrió la enorme puerta y quedó sorprendida al ver frente a ella el cañón de un revolver.
—¿Dónde está tu hermano? —cuestionó furioso Alan.
Margot sintió al miedo recorrer su cuerpo, bajó un poco la mirada y vio a una temerosa niña. Tardó unos momentos en descubrir que era la pequeña a la que su padre y hermano llamaban "sonrisas."
—¿Alan Gardner?
—Margot, ¿tan pronto me olvidaste? —soltó con una asquerosa y sangrienta sonrisa.
—¿Qué quieres?
—Solo quiero hablar con Mason. Y si no me dejas pasar, te juro que te meteré una bala en medio de los ojos.
La joven Verger se hizo a un lado, Alan bajó el arma y arrastró a la niña al interior.
—Mason no está —confesó al cerrar la puerta.
—¿Tu padre?
—Ambos no están. Se encuentran en un evento social.
—Y como siempre te excluyeron... que lindos. ¿Llegaran pronto?
—No lo sé —respondió sin dejar de observarles aterrorizada.
—De acuerdo. Dame la llave de los graneros, y cuando llegue tu hermanito, dile que quiero verlo —Margot quedó paralizada y vio a la pequeña, al no obtener respuesta Alan hizo un sonido con el arma y ella volvió en sí—. La llave.
Y ciegamente ella obedeció.
Hannibal llegó al hospital, genuinamente sorprendido por la llamada de Will Graham. El Doctor arribó a la sala de espera y apreció a un decaído Will, sentado en una esquina y con su cabeza descansando sobre sus rodillas. Cuando Hannibal atendió el teléfono no comprendió lo que Will le decía, entre balbuceos y un llanto imparable sus pocas y entendibles palabras fueron que Jack había sido hospitalizado, encontraron a Alan y Elisa, Marlène había muerto y que todo había sido su culpa. Mientras le veía, Hannibal tragó difícilmente y se acercó a él y Will sintió su presencia, no se molestó en alzar la cabeza y esperó a que él hablara.
—¿Cómo está Jack?
—En cirugía.
—¿Ya le avisaron a su esposa?
—Si. No tarda en llegar.
Hannibal suspiró agotado, en el fondo le importaba poco Jack, quería saber sobre la niña.
—Will, ¿qué pasó con Alan Gardner?
—Escapó.
Ante esa revelación Hannibal sintió como la sangre paró de fluir sobre su cuerpo. Dejó caer sus brazos, tomó asiento en una de las sillas y quedó mirando a la nada, pensando en la pequeña. Will se extrañó por el repentino silencio, alzó un poco su mirada y observó a un pasmado Hannibal.
—Lo siento —soltó. Él no respondió—. Lo intenté, lo intentamos... pero ese bastardo le disparó a Jack y luego tomó a Elisa de rehén y.…
—¿Rehén? —interrogó, volviendo en sí y sobrecogido.
—Si... estuvimos a punto de salvarla, pero fue cuando Gardner le disparó a Jack, tomó a la niña, le puso una navaja en el cuello y yo... —se detuvo, pasó saliva y miró fijamente a Hannibal—. Yo vi a Garett Jacob-Hobbs —y ante ello Hannibal no cerró sus ojos y dejó escapar un suspiró amargo—. Lo sé... —sonrió nervioso— Lo sé, Doctor, no estoy bien. Fui un imbécil.
Hannibal movió su mirada y analizó al joven agente, su labio inferior temblaba y sus ojos no dejaban de derramar lágrimas.
—¿A dónde se fue? —demandó, ocultando su furia.
—No lo sé... he pensado, no he parado de pensar... pero no puedo. Ya no puedo —y agachó su cabeza.
—Tienes que poder, Will.
—Ya lo intenté, Doctor Lecter.
—No pares —exigió. Will era su última esperanza para salvar a la niña, sin embargo, sus emociones chocaban con su habilidad para comprender a los criminales y Hannibal sabía que no debía hacer así.
Will negó y escondió más su rostro y ante lo sucedido, Lecter sintió una necesidad de golpearle. Dispuesto alzarse de su lugar y encomendar su acción, a la sala de espera llegó una angustiada Bella Crawford.
—¡¿Dónde está Jack?! —preguntó, con lágrimas en los ojos.
Will se alzó y se acercó a ella, Bella se dejó llevar por el impulso y abrazó al joven con tremenda fuerza, y sintió ser atrapado en un halo de responsabilidad por lo ocurrido a Crawford. Hannibal contempló por momentos la escena, luego les ignoró y su mente reflejó a la pequeña y asustadiza niña. ¡Oh su pequeñita! Se había tardado en salvarla, como aquella primera vez.
Granjas de la Familia Verger — Ala Noreste de Owings Mills, Maryland.
Elisa se encontraba sentada sobre varios bultos de paja, respiraba agitada, sus mejillas y nariz estaban coloradas; sus lágrimas parecían haber terminado, ya solo le quedaba gemir por lo adolorida y aterrorizada que estaba. Miró todo el lugar y llegaron pésimos recuerdos. Frente a ella estaban los corrales con ciertos cerdos, que en ningún momento pararon de chillar por la abrupta interrupción a su sueño, y en ocasiones la niña observaba como los cerdos asomaban su enorme y rosado hocico. Alan estaba en medio del lugar, esperando paciente a que Mason Verger cruzara esa puerta y encararlo por haberle abandonado a su suerte.
Margot Verger esperó paciente a que su familia llegara. Desde que Alan apareció no despegó la mirada de la ventana, y, cuando las luces del coche pasaron sobre ella, se alzó rápidamente en busca de su padre y hermano. Los Verger bajaron de su lujoso Corvette y miraron a la menor de su linaje preocupada.
—¿Qué tienes Margot? —demandó su padre.
—Quiero hablar con Mason.
—Lo que tengas que hablar con él es delante de mí presencia. Lo sabes.
La joven tragó difícilmente y poso la vista en su hermano.
—Alan Gardner está aquí.
Ambos varones miraron asombrados.
—¡¿Qué?!
—Llegó hace una casi una hora. Trae a su hija consigo y está en los graneros del ala noreste.
Molson se acercó veloz a su hija, y al estar frente a frente, le proporcionó una fuerte cachetada. Margot no lo vio venir, todo sucedió tan rápido y la joven no reaccionó ante la golpiza de su progenitor.
—¡¿Cómo carajos dejaste que ese hombre entrara en nuestro hogar?! —gritó, pero la chica no respondió—. ¡Contéstame!
—¡Me amenazó con una pistola! —Respondió a llanto.
—¡Eso no es excusa!
—¡Quiere ver a Mason! —defendió—. ¡Me dijo que fueras al establo!
El joven Verger miró a su padre, mientras que el llanto de su inútil hermana cubría el lugar. Molson tomó el brazo de su hijo y lo condujo al interior del hogar, dejando olvidada a Margot.
—¡Escúchame bien! —Exclamó, volteando a ver a su hijo—. Vas a ir al granero, hablaras con ese idiota de Gardner y lo sacaras de nuestra casa antes de que el FBI llegué.
—Pero padre...
—Pero nada Mason. Por tu culpa Alan no puede controlar sus impulsos, no tiene autocontrol como tu hijo. Iras a ese granero y lo sacas de esta casa.
Mason parpadeó veloz, sin dejar de mirar el rostro angustiado de su padre. Segundos después el afirmó con su cabeza y su padre se retiró del lugar. Mason estuvo inmóvil por momentos, no era que estuviera preocupado igual que su padre, para nada, su retorcida mente ideaba un plan, uno tan terrible para hacer la estadía de los Gardner muy placentera.
El rechinar de la enorme puerta del granero hizo reaccionar a Alan. Elisa distinguió el sonido, por el eco que este generó, y volteó hacía aquel lugar para ver a un elegante y serio Mason quien miró a sus invitados.
—Buenas noches, Alan —saludó con una enorme sonrisa mientras se acercaba a ellos.
—Al fin llegas, Mason.
Elisa quedó paralizada por el miedo.
—Mi hermana me dijo que querías hablar y aquí estoy —dijo, extendiendo sus brazos. Mason percibió el miedo en la pequeña y no ocultó una descarada sonrisa, ladeó un poco su cabeza y, sin dejar de mirar a la niña, le saludó—. Hola sonrisitas, me alegra verte.
—Tenemos que hablar —interrumpió Alan. Mason movió sus ojos hacía él.
—Creí que ya habíamos aclarado todo.
—Por supuesto que no. ¡Me dejaste cuando más te necesitaba, Mason! Te fui fiel todos estos años y me dejaste a mi suerte.
—¡Oh, Alan...!
—¡Oh nada! —interrumpió—. Por una mierda, Mason, fui tu maldita mano derecha. Gracias a mi hiciste la mayoría de tus fantasías realidad.
—Alan... oh, Alan... —suspiró terriblemente— Creo que aquí estamos mal. Gracias a mí —hizo énfasis—, tú hiciste realidad tus perversiones. Si no hubiera sido por mí, no hubieras hecho lo que hiciste a sonrisas —Alan le miró fríamente—. Y, para serte honesto, con o sin tu ayuda hubiera hecho lo que me gusta hacer y lo sigo haciendo.
—Eres un desgraciado, Mason.
—Gracias por el cumplido. Pero no te tortures, Alan, hiciste realidad lo que querías. Mírate ahora, prófugo de la justicia. Pobre de ti...
—¿Me vas a entregar? —preguntó sorprendido.
—Debería hacerlo. Pero con sonrisitas aquí, tengo una mejor idea.
Mason volvió a mirar a la niña, Alan frunció su ceño y también la miró y ella, al ver como aquellos hombres tenían una mirada cazadora, comenzó a temblar y gemir adolorida.
—¿Qué tienes en mente? —cuestionó Alan.
—Tengo a un amiguito de tu hija, que estoy seguro de que le alegrara ver.
Mason se dio la media vuelta y regresó a la entrada, desapareció por unos momentos y llegó estirando una cuerda con gran ímpetu. Elisa miró horrorizada a su pequeño Algodón, aquel cordero del cual se había encariñado hacía unos meses atrás.
El cordero berreaba con desesperación cada vez que Mason estiraba su cuerda, Elisa bajó de la paja, se acercó a su padre y empezó a estirar la manga de su abrigó y gimoteó con ruego de que pararan de lastimar a Algodón. Alan le ignoró y Mason y el cordero quedaron frente a la familia. La niña miró a su amiguito, tan desesperado como ella en querer su libertad, y ella volvió a rogar a su padre, esperanzada que un lado compasivo saliera de él.
—Creí que ya lo habías matado —soltó Gardner.
—Para nada. Es parte de nuestro espectáculo y veo que tu niña no se puede contener por ayudarle.
—¿Qué piensas hacer?
—No comas ansias, Alan. Espera y veras —Mason volvió a estirar la cuerda y el cordero quedó en medio de los tres—. Saluda a tu amiguito, sonrisas —llamó con su tétrica sonrisa.
Elisa le miró y luego a su padre, con más fuerza volvió a estirar la manga y un grito desesperado surgió. Alan volvió a ignorarla, la tomó de su muñeca y la empujó hacía el animal. La niña logró que más lágrimas salieran de sus ojos, se acercó con Algodón y lo abrazó con fuerzas. Colocó su rostro en su lomo y lloró por el bienestar de su amiguito, quien sus berreos no pararon en ningún momento. El rostro de Mason Verger se llenó de una excitación indescriptible y Alan lo notó.
—¿Mason?
—¿Lo extrañaste pequeña? —preguntó. Elisa no alzó su rostro—. Si me oye, ¿verdad?
—Trae aparatos de excelente calidad.
—Maravilloso. Alan, sostén la cuerda —Mason le entregó la cuerda y él obedeció.
El joven Verger comenzó a caminar y buscó en los percheros de la pared cercana a los establos de los cerdos y Alan no dejó de mirarle desconfiado. Mason tomó un machete y regresó con ellos. El cordero se había tranquilizado y Elisa se sentía mejor ante su estado. Sin que ella lo percibiese, Mason agarró el pelaje del cráneo del animal y alzó su cuello al aire, Elisa miró aterrada lo que ese tipo hacía y Algodón volvió a berrear exasperado, mientras sus patas delanteras pataleaban a la nada.
—¡No! —gritó la niña.
—Sostenla —ordenó Mason y Alan obedeció.
Tomó a su hija, ella extendía sus brazos y buscó alejarse del agarre de su padre, pero le era imposible. Mason no dejó de sonreír, movió un poco al animal para que estuviera frente a Elisa, quien lloraba y sollozaba más alterada que un principio. Mason colocó el arma cerca del cuello del animal y, de un corte limpió, abrió la garganta del mísero cordero. Ante esa imagen Elisa se mostró en completo shock.
Mason no soltó el pelaje del animal, dejó que la sangre fluyera y que la niña fuera testigo del fatídico final de su amigo. El cordero no paró de patalear, lentamente dejó de moverse con brusquedad; Mason era un experto en finalizar la vida de un animal y, al saber que la agonía de este había terminado, soltó el pelaje y dejó que se desplomara en el suelo mientras Elisa veía con horror el último aliento de Algodón.
Un silencio se formó, nadie pronunció nada. La pequeña Elisa no contuvo que grandes gotas de lágrimas volvieran a resbalar sobre sus mejillas. Mason sonrió satisfecho de su acción, aventó el machete y se acercó a la pequeña, a quien sostuvo de igual manera que al cordero, alzó su rostro y saboreó sus lágrimas. Al sentir lo húmedo y áspero de la lengua, Elisa perdió toda razón. Los chillidos de algodón quedaron impregnados en su memoria, siendo este uno de los pocos sonidos que recordaría toda su vida, al igual que la sensación de aquella lengua sobre su rostro. Alan no dijo nada, solo observó incomodo a Mason. No era la primera vez que veía una obra terrible de su parte, sin embargo, por primera vez, sintió lastima por su hija.
—Puedes quedarte esta noche aquí, Alan —habló mientras se alzaba para verle—. Para mañana no quiero verte aquí. Si te llego a encontrar, llamaré a la policía.
No respondió. Una vez hecha la advertencia Mason salió del granero y satisfecho regresó a casa.
Hospital John Hopkins – Baltimore, Maryland.
Will, Hannibal y Bella Crawford esperaban pacientes por una noticia acerca de Jack. El médico no había salido para darles informes y después de esperar varias horas, algunos asistentes salieron empujando una camilla donde Jack Crawford se encontraba. Los tres se alzaron, se acercaron y el médico apareció detrás de sus asistentes.
—¿Son familiares?
—Yo soy su esposa.
—No se preocupe, todo salió bien. Extrajimos la bala y reconstruimos los tejidos nerviosos, pero nada grave. Necesita reposar.
Bell suspiró aliviada y en su mente le agradeció a Dios por dejarle a Jack con ella.
—¿Puedo ir con él?
El médico afirmó con su cabeza y Bella se fue junto a la camilla y miró a su esposo. Will y Hannibal les siguieron con la mirada hasta que desaparecieron por el pasillo. Media hora pasó y Bella bajó del piso para buscar a los dos y no tardó en encontrarlos.
—Doctor Lecter, Will —llamó. Ambos se alzaron de sus sillas.
—¿Cómo está Jack? —preguntó Will, desesperado.
—Tranquilo. El médico me dijo que si tenía pronta recuperación dentro de una semana podía salir.
—Me alegro escuchar ello, Bella —dijo Hannibal con una sonrisa cortés.
—Gracias. Baje para darles esto —continuó alzando un juego de llaves—. Son de la oficina de Jack. Me pidió que te las diera a ti, Will, para que continúen buscando a Elisa —el joven miró por segundos las llaves—. También me dijo que le avisaras al equipo que no se detengan.
—Cl-claro. Y-yo me encargaré —mencionó tomando torpemente las llaves.
—Y gracias por estar aquí. De verdad, se los agradecemos.
—No es molestia, pronto vendremos a ver a Jack. Y cualquier cosa, infórmenos Bella.
Ella movió suavemente su cabeza y ambos se retiraron. Una vez fuera del hospital Hannibal miró curioso a Will.
—¿Necesitas que te lleven?
—No... No —respondió nervioso—. Estaba pensando ir al BAU.
—¿A estas horas?
—No podemos parar con esto, Doctor. Lo sabe mejor que nadie.
—Es verdad. ¿Quieres que te lleve?
—Por favor.
Oficina de Jack Crawford – Quántico, Virginia.
Will abrió la oficina y junto a Hannibal se adentraron, encendieron las luces y sin tiempo que perder el joven se dispuso a buscar lo necesario para seguir el caso. Will indagó todos los cajones del escritorio de Jack y Hannibal le veía con terribles ansias, en el fondo sentía una necesidad de abatirlo y hacer todo por sí solo, pero se admiró de su increíble paciencia y dejó que él siguiera con lo suyo.
—Faltan cosas —mencionó Will agotado.
—¿Otro lugar donde puedas revisar?
—Tal vez en la sección de archivos, o en las oficinas de Katz o Zeller.
—No perdamos tiempo.
Will aventó los cajones y salió despavorido de la oficina. Mientras Hannibal veía desaparecer a su paciente, el teléfono sonó. El timbre siguió inundando el lugar y sorprendido Hannibal sacó su pañuelo del bolsillo de su chaleco y contestó a la curiosa llamada nocturna.
—Oficina de Jack Crawford —mencionó, sin pegar el aparato a su oído.
—Agente Crawford —habló una voz femenina—, se dónde está Alan Gardner.
—¿Quién habla? —respondió sorprendido.
—No puedo revelar mi identidad. Solo le diré que vaya a las granjas de ala noreste de la familia Verger. Ese sujeto se encuentra ahí.
Apuntó de pedir más información aquella persona colgó. Segundos después Hannibal hizo lo mismo y guardó su pañuelo donde iba. Quedó absorto unos momentos, creyendo que podría ser una broma, pero su instinto le pedía que confiara, que fuera a ese lugar, sin embargo, tenía que escaparse de alguna manera de Will Graham. Se dio la media vuelta y salió de la oficina en busca de este. Caminó unos cuantos pasos y escuchó en una pequeña oficina un alboroto de cajones, abrió la puerta y vio a Will que estaba como loco buscando los archivos.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó.
—No. Estoy bien. Si quieres, puedes irte.
Hannibal alzó ambas cejas sin ocultar su sorpresa. Will estaba tan enfocado en ello que era seguro que olvidaría su presencia.
—¿Seguro? —insistió, por no verse tan evidente.
—Sí, muy seguro. Mañana puedes ayudar temprano.
Igual de sorprendido Hannibal cerró la puerta y sin protestar siguió las órdenes de Will.
Margot Verger colgó el teléfono público de donde llamó. Ni su padre ni su hermano se percataron de su ausencia; estaba lejos de casa, por si al FBI se le ocurría rastrear la llamada. Suspiró aliviada y agradeció de que su padre aun tuviera el número de ese agente del FBI. Estando en casa y viendo como su hermano se dirigía hacia las granjas, se debatió en hablar o no con los agentes. Tenía miedo, siempre había tenido miedo de su padre y hermano, pero ahora, al ver a la pequeña niña y verse reflejada en ella, se armó de valor e hizo un acto de nobleza para detener toda esta situación. Pero al igual esperaba que esto pudiera sacarla de su propio infierno.
Hannibal condujo por una desolada carretera lejos de la que se tomaba para llegar a la mansión Verger. Apagó su vehículo, salió y se dirigió hacia su maletero en busca de su material quirúrgico. Ya con todo en mano, comenzó a caminar por lo gigantescos terrenos de la familia Verger.
La luz de luna era su guía ante el enorme campo; la hierba cubierta en fino rocío humedecía las bastillas de su pulcro pantalón y el aire corría en una sensación helada, congelando los sentidos de Lecter. Tenía que llegar, tenía que salvar a su pequeña.
No había contado cuánto tiempo llevaba sobre aquel terreno cuando, a la lejanía, distinguió el granero del ala noroeste. Hannibal aceleró la marcha y poco a poco llegó aquel lugar. Sintió su corazón atascado en su garganta mientras una adrenalina fluía por sus venas a la par de una cólera interminable.
Llegó a la entrada, la puerta estaba abierta y se adentró siendo recibido por unos sollozos que resonaban en todo el lugar. Para el resto de la bienvenida Hannibal contempló un cordero, que era el que Elisa tanto protegía, degollado y sobre un enorme charco de sangre. Hannibal se hincó y vio mejor al inerte animal, pero no se conmovió ante su cuerpo, solo le preocupaba la reacción que la niña tomó por su muerte.
—¿Quién es usted? —se escuchó entre las sombras y Hannibal se preparó.
—Alan, vengo por Elisa.
Ante la tenue luz apareció un agotado y descuidado Alan Gardner, aun con el cabestrillo en brazo y la sangre cubriendo su rostro y ropas.
—¿Nos conocemos? —preguntó extrañado.
—No lo creo.
—Si... —soltó mientras se acercaba a él— Lo he visto. Usted es quien cuida a mi hija —Hannibal se mantuvo sereno—. ¿Verdad? —no respondió y Alan mostró una sonrisa irónica—. ¿Cómo demonios, dio con mi paradero?
—Por favor, deme a Elisa.
—¡Claro que no! —exclamó irónico—. Elisa es mi hija.
—Usted no merecer ser padre, Alan. Lo que le ha hecho es aberrante.
—Y a usted que le importa.
—Demasiado. Pero dejemos de lado esta inútil conversación y, le pido amablemente, que me dé a la niña.
—Váyase al carajo —dijo, mientras se daba la media vuelta.
—Alan —llamó Hannibal y este se detuvo—. Me están cansando su irrespetuosidad, es la última vez que se lo pido, deme a Elisa.
Este volvió a girarse y miró furioso a Lecter.
—¡¿Usted para que quiere a mi hija?! Largase de aquí antes de que le haga lo mismo que a ese cordero.
—¿Usted mató a Algodón?
—¿Cómo sabe...? —Chasqueó su lengua—. ¡Qué más da! De todas formas, se iba a morir.
—¿Lo mató delante de Elisa? —Alan no respondió y miró severamente a Hannibal—. Lo hizo —afirmó, en tono colérico—. Última vez. Deme a la niña.
Desesperado por la actitud formal y seria de esa persona, Alan tomó la horca que había a sus espaldas y le apuntó a Hannibal. Él arqueó su ceja ante la repentina acción y Alan se sorprendió por su falta de miedo.
—Se los he dicho hasta el cansancio. Déjenos a mí y a mi hija. Mataron a mi esposa, dejen que nos vayamos los dos.
—Pero si usted la mató, Alan.
—¿Qué? —cuestionó incrédulo.
—Usted fue a su habitación de hospital y la envenenó. No le bastó con perforarle los intestinos, así que, terminó con su vida.
—Y-yo... yo no maté a Marlène —dijo nervioso—. Sí, la golpeé y la ataque, pero fue cuando se enteró de lo que hice a Elisa. Yo... nunca quise matarla —Hannibal frunció su ceño ante esas palabras, pero dejo que continuara—. Yo... yo no estoy bien. En un principio no quería lastimar a mi hija, fueron impulsos que no pude controlar y... ese cabrón de Verger me orilló a hacerlo.
—Alan, usted es un pederasta reprimido —mencionó Lecter, sin dejar de lado la pronunciación de ese análisis.
Ante ello Alan bajó la horca y golpeó su cabeza.
—¡No estoy bien! —exclamó.
—El primer paso es aceptarlo, Alan. Ahora, que ha hecho un gran avance, le repito que me dé a Elisa. Por el bien de ella.
—No... No les voy a dar a mi niña. Ella es mía.
Esas palabras lograron que la sangre de Hannibal hirviera en una violencia inenarrable. Sabía que no le daría a la niña y le importaba poco si Alan estaba cuerdo o no. Ante su flaqueó se acercó a él, le arrebató la horca y la lanzó. Alan y Hannibal quedaron frente a frente y, apreciando los golpes que Will le había dado en el pasado, se preparó para plasmar su firma en ese horrible ser. Alzó sus puños y empezó la lluvia de golpes. Alan descubrió que esos golpes eran más fuertes que los del agente del FBI, dolían, ardían, casi le quemaban y lo hicieron caer sobre la paja.
Hannibal se detuvo y ante ello, con uno de sus pies Alan lo golpeó en sus tobillos haciendo que cayera de rodillas al suelo. Alan se arrastró por la horca, al notarlo Hannibal se alzó y evitó que él le insertara los picos en su pecho, sosteniendo con ambas manos el palo de la horca. Los picos estaban muy cercas del rostro de Hannibal, el pico de en medio casi rosaba su nariz, pero su fuerza era mayor a la del desgastado sujeto, empezó hacer para atrás la horca y Alan quedó impactado. Una vez lejos de su rostro, Hannibal le dio un rodillazo en la boca del estómago y Alan soltó la horca. Lecter la tomó y la encajó en uno de sus pies provocando que Alan gritara con sufrimiento.
El doctor respiró profunda y agitadamente, miró con una sonrisa déspota su acción, pero esa victoria se fue desvaneciendo al ver como Alan sacaba la horca de su pie. La lanzó a un lado y miró el machete, lo tomó y se abalanzó contra Hannibal. Este cayó al suelo, sosteniendo la mano donde el machete se encontraba. Alan golpeó con su frente el rostro de Lecter, justo en su nariz, se debilitó un poco pero no se inmutó, ni siquiera al sentir la sangre recorrer sus labios. Hannibal recuperaba fuerzas y de una patada alejó a Alan de su cuerpo, se alzó un poco y buscó desesperado algún arma que pudiera defenderle, a sus espaldas encontró una pala y la cogió velozmente.
Alan se sentía confuso, su nariz estaba destrozada y la sangre emergía con un aroma potente a hierro. Al alzarle para buscar a Hannibal, no percibió una paliza directa a su rostro. Volvió a caer y un quejido quejumbroso fue su respuesta. Hannibal se puso a su lado, alzó la pala y con gran presteza, volvió a golpearlo en el rostro. Nuevamente repitió su acción y las gotas de sangre rebotaron sobre su ropa, su rostro y el resto del lugar. No paro ni un momento, el cuerpo de Alan empezó convulsionar, sin embargo, Hannibal no planeaba detenerse. Cada vez que alzaba la pala la viscosidad de la sangre se venía con ella y, contemplando el casi desfigurado rostro de ese hombre, miró a uno de sus fantasmas del pasado. Uno que había puesto en el olvido por mucho tiempo.
—Vladis... —susurró. Ese rostro que durante su juventud lo torturó cada noche en sus sueños, en sus dibujos, en el rostro de cualquier sujeto que pasaba a su alrededor. Uno de los mayores detonantes de su ser—. Por Mischa —soltó.
Y Hannibal terminó de aplastar el rostro de Alan contra la pala, escuchando como su cráneo se partía en dos y una pequeña detonación de sangre surgió. Lanzó la pala y agotado comenzó a respirar el aire que le faltaba.
El silencio se hizo presente, Hannibal cerró sus ojos y la puerta del palacio de sus memorias retumbó con gran fuerza. La evitó. Abrió sus ojos y fue en busca de su material quirúrgico para actuar sobre el cuerpo.
Una vez termino su nueva obra de arte percibió el llanto de la pequeña. Se dio la media vuelta y comenzó a guiarse por el sonido de los lamentos. Iba acercándose hacía un montón de paja empaquetada y un sonido crujiente lo hizo detenerse. Se detuvo y miró los aparatos auditivos que le había conseguido a la niña. Ese bastardo se los quitó. Continuó, se asomó y miró a Elisa, estaba arrinconada con sus ojos vendados; su vestido maltratado y ensangrentado. Hannibal suspiró aliviado, agradecido de verla a pesar de su condición; se hincó y ella sintió su presencia, asustándose y creyendo que era su padre. Hannibal acercó su mano al rostro de la pequeña y al sentir el roce se estremeció buscando huir de esa persona, de nuevo sintió el roce de las yemas sobre sus mejillas. No era la mano de su padre. Se calmó un poco y dejó que esa mano le consolara.
De manera fraternal Hannibal acarició su colorada mejilla y Elisa se mostró confusa. Se acercó más y la niña distinguió un conocido aroma, una fragancia familiar. Hannibal se percató de lo sucedido, extendió sus brazos y abrazó a la pequeña, quien empezó a llorar desconsoladamente.
—Ya terminó —mencionó en su susurro. La niña no percibió ningún sonido—. Es hora de irnos.
Elisa dejó que esa persona la cargara y Hannibal sintió consuelo por tenerla consigo. La acurrucó en su pecho y comenzó a caminar para dejar el lugar.
Ignoró el cadáver de Alan; su promesa estaba cumplida y, por última vez, miró aquel pequeño cordero. Se acercó a él y cerró sus ojos que delataban el horror que había sufrido. Hannibal abrió la puerta y una ligera lluvia se hizo presente, cubrió a Elisa con su abrigo y dejó que las gotas purificaran sus emociones.
—Pronto estaremos en casa, mi pequeña.
Y continuó caminando para alejarse de ese horrible lugar.
Will llegó al amanecer a su casa. Frenó el coche que tomó prestado y miró extrañado como un enorme bulto estaba sobre la puerta de su hogar. Salió veloz del coche y se acercó para escuchar como sus perros ladraban desesperados. Llegó y descubrió que era una enorme manta, lo desenvolvió con impaciencia y sorprendido miró a Elisa dentro de ella.
—¡Dios mío! —exclamó, tanto aterrado como maravillado.
La niña abrió sus ojos, la luz del sol caló sobre ellos y confundida miró a un alterado Will, que no paraba de mover sus labios. Elisa se sintió tranquila al verle, además, no evitó llorar por todo lo que había vivido estos días, se abrazó del joven Graham y este también la tuvo en sus brazos, agradecido por su repentina aparición.
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