XII. Devotion.

Hannibal llegó a casa. La lluvia no había cesado y el frío caló en su piel mientras apretaba con fuerza el volante de su coche. Su respiración era lenta y profunda, no había logrado controlarse del todo, más al recordar que tuvo que dejar a Elisa en el porche de la casa de Will Graham. No lo había pensado con claridad, simplemente actuó.

Mientras conducía en ocasiones miraba a la pequeña, quien iba acurrucada en el asiento, cubierta con su abrigó y aun con sus ojos vendados, lucía más tranquila y parecía estar dormida. La niña necesitaba momentos de paz y este era uno de ellos. Frenó el coche a la deriva de la carretera hacía la casa de Will Graham y Hannibal quedó absorto en sus pensamientos. De su mente no había podido borrar el rostro de aquel hombre, no el Alan, sino de ese Vladis que pronunció.

Soltó el volante y llevó de lleno su mirada a Elisa, quien no se había dado cuenta que se había detenido. Hannibal abrió la puerta y fue directo a la cajuela, las gotas de lluvia caían sobre su cuerpo, desvaneciendo la sangre que su rostro y brazos llevaban mientras que la que yacían en sus ropas se humedecía con cada gota que tocaba la tela. Sacó una enorme y gruesa manta, una que nunca había utilizado en casa, cerró la cajuela y se acercó al lado del copiloto. Abrió la puerta y Elisa despertó por la ventisca de aire que recorrió por su espalda, a pesar de llevar el abrigo de Lecter. La niña se alzó desconcertada, buscó quitarse la venda, sin embargo, Hannibal se lo impidió, tomó una de sus manos y en su palma escribió un "No."

Para su sorpresa Elisa obedeció y bajó sus manos. Hannibal hizo a un lado su abrigo y rápidamente cubrió a Elisa con la manta, la envolvió bien para que el frio no le afectara y anduvo su caminar hacía la residencia de Will. Lecter tenía esperanzas de no encontrarse con el joven Graham, y si lo hacía, lo mataría; dentro de él sentía que el aún se encontraba en el BAU como un loco buscando información. Y estaba en lo correcto. Al llegar a la residencia Graham esta yacía a oscuras, el destino estaba de lado de los dos y Hannibal aceleró la marcha hacía el pórtico de la casa. Una vez ahí corroboró que el sitio no estuviera húmedo y recostó a la niña cerca de la entrada principal.

El sonido de arañazos detrás de la puerta alertó a Hannibal, eran los perros de Will quienes intuyeron sus presencias. Sabía que los animales no podían hacer nada, ignoró sus aullidos y trató de cubrir bien a la niña para que el frio no le afectara en nada. Una vez terminado se alzó, miró por última vez a Elisa, recalcándose en su mente que la idea no era buena, pero era lo mejor que se podría hacer. Se dio la media vuelta y retornó a su vehículo para volver a casa.

Entró a su morada, la hielera que llevaba consigo le dejó sobre la mesa de su cocina y a paso lento se dirigió al cuarto de baño. Dentro encendió la luz y se miró al espejo distinguiendo la sangre que recorría su rostro, pasó las yemas de sus dedos sobre ella, extendiéndola más por su cara, llegó a su nariz y recordó el golpe que Alan le había proveído. Posó dos de sus dedos sobre la raíz y, apretando suavemente, iba bajando en busca del dolor hasta que lo encontró en medio del dorso. Aun no estaba inflamado ni hinchado, era una ventaja, para la mañana presentaría esos signos y no encontraba una cuartada perfecta para ello.

Quitó su mano del rostro y miró a sus ropas húmedas y adornadas en cantidades generosas del húmedo líquido carmesí. Empezó a desvestirse, y con un gran dolor, por la calidad de su ropa, buscó una bolsa para deshacerse de ella. Terminando con todo optó por un baño caliente y hacer desaparecer el resto de la sangre que cubría su piel.


Aún era de madrugada, Hannibal había terminado de deshacerse de cualquier evidencia que lo involucrara en las granjas de los Verger. Este se encontraba en su cocina y empaquetaba sus nuevas piezas de carne mientras, con una serenidad increíble, esperaba a que el teléfono sonara. La noche se desvanecía para darle la bienvenida a un nuevo amanecer, Lecter esperó sentando en su comedor cuando, alrededor de las siete y media, su teléfono sonó. Suspiró aliviado y rápido fue atender el llamado.

—¿Sí? —respondió alterado.

¡¿Do-doctor Lecter?! —se escuchó a un desesperado Will.

—¿Qué sucede?

Doctor... encontré a Elisa...

El rostro de Hannibal no emitió ninguna emoción y por dentro agradecía que Will ya hubiera actuado.

—¿De verdad Will? —Mencionó, fingiendo asombro—. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Qué fue lo que paso?

Y-yo... —se detuvo, y un silencio desesperante se formó—. No lo sé... estaba fuera de mi casa.

—¿Fuera de tu casa? —preguntó atónito.

Doctor, necesito que venga al hospital. Elisa está en emergencias y necesitan un responsable... usted es su tutor.

—Iré para allá.

Colgó, tomó un nuevo abrigo y salió de su residencia tan rápido como pudo.


Hospital John Hopkins – Baltimore, Maryland.

Hannibal llegó en menos de media hora, aún era temprano y el tráfico no había surgido. Entró desesperado a la sala de emergencia y advirtió a un ansioso Will, caminando de un lado a otro.

—¡Will! —Este volteó y agradeció ver a Hannibal—. ¿Dónde está Elisa?

—Sígueme —pidió y ambos aceleraron sus pasos.

Recorrieron un largo y deslumbrante pasillo hasta que vislumbraron una habitación, Hannibal percibió desesperados gimoteos, sin duda eran de Elisa, y preocupado aceleró más su caminar hasta rebasar a Will. Llegaron a la entrada, no sobre pasaron del marco de esta, Hannibal vio a una desesperada Elisa, moviéndose de un lado para el otro de la camilla y evitando que el médico y la enfermera le tocasen. Una de las enfermeras vio a ambos hombres y preguntó si alguno de ellos era el padre.

—Yo soy su tutor —respondió exasperado Lecter.

—Pase —ordenó la enfermera.

Hannibal entró veloz, se acercó hacia la camilla y Elisa alzó su llorosa mirada y vio como él aparecía a su lado. Increíblemente la pequeña se controló, de sus ojos no pararon de brotar las lágrimas, pero al verle sintió una inmensa tranquilidad.

—¿Qué es lo que pasa? —demandó Lecter.

—Es un ataque de pánico. El señor que trajo a la niña nos dijo que fue secuestrada.

El médico miró con ojos pocos amistosos a Will.

—Si, es verdad —afirmó Hannibal.

Ante ello y dentro de él, Will agradeció por ello al Doctor, se dio la media vuelta y se alejó de la habitación para dejar de sentir que le juzgaban con las miradas. Hannibal le comentó al médico los síntomas de estrés que la niña experimentaba, los abusos físicos que había y su sordera. El médico mencionó que harían varios análisis a la niña y tenía que quedarse con ella, debido a ser su tutor.

Logrando controlar el ataque que sufrió, Elisa detonaba un poco de serenidad. Sus mejillas estaban coloradas al igual que la punta de su nariz, ella volteó a ver a Hannibal, quien yacía sentado en una silla a lado de su camilla, y alzó sus manos para llamar un poco más su atención. Hannibal lo notó y la miró.

—¿Qué sucede? —preguntó a la par que movía sus manos.

Elisa respondió en una seña que se acercara y confundido Hannibal le obedeció. Una vez que lo tuvo cercas Elisa se desplazó un poco de la cama y respiró fuertemente, él descubrió lo que la niña había tramado. Elisa repitió varias veces su estruendosa respiración en busca de un aroma, aquel aroma que distinguió en el granero. Hannibal dejó a relucir una cara confusa, aunque dentro de él sabía la intención de la niña.

«Elisa» formó con sus manos. Ella lo notó y paró de respirar tan brusco. «¿Qué haces?»

La niña se alejó un poco de él y le vio. Ella había pensado que la persona que la liberó anoche había sido él; en el poco tiempo que vivió con Hannibal su fragancia se había vuelto familiar para ella, la había olfateado muchas veces, no podía confundirla, pero al buscar descubrió que Lecter desataba un diferente aroma, una nueva loción que no había distinguido antes. Y su mente infantil se vio envuelta en confusión.

Hannibal mantuvo la interrogante en su rostro, no obstante, por dentro sonrió tranquilamente. Volvió acomodarse en su silla y contempló lo confusa que la niña se veía. Él sabía que Elisa le había descubierto y no podía arriesgarse. Deshizo aquella fragancia, que tanto adoraba, y optó por una nueva que había encontrado en su recamara.


Granjas de la Familia Verger — Ala Noreste de Owings Mills, Maryland.

Tan pronto apareció el sol, Molson y Mason mandaron a la desdichada Margot para verificar si Alan Gardner había abandonado las granjas. La joven caminaba a paso torpe y cansado, pensando que su llamada nocturna no había sido tomada en cuenta. Cuando despertó esperaba ver un montón de autos del FBI estacionados en la entrada de su mansión, pero ese deseo fue desvanecido cuando despertó y miró a la ventana, descubriendo que la entrada estaba tan pulcra como siempre lo fue.

Agotada de pisar sobre el lodo, al fin llegó al granero que le indicaron y, con un suspiro agotador, abrió la enorme puerta del granero. Mientras abría percibió el chillar desesperante de los cerdos; quizá tenían hambre, una vez verificara todo el lugar los alimentaría y se iría, pero ese plan cambió al poner un pie sobre el granero.

Su primer descubrimiento fue el cadáver del cordero, recostado sobre un enorme charco de sangre; y, para terminar de horrorizar a la joven Margot, en medio del lugar pendía el cuerpo de un desfigurado Alan Gardner, con sus manos alzadas y amarradas con cuerdas, como si de Jesucristo en la cruz fuera, y abierto desde su garganta hasta el fin del abdomen dejando a relucir el interior de su cuerpo.

La joven dejó escapar un grito de terror ante lo que veía. Salió corriendo del granero y fue en busca de su padre y hermano, para mostrarles aquella terrorífica escena que no saldría pronto de su mente.


En el granero los Verger contemplaron el cuerpo de Gardner, Margot no quiso volver a entrar a ese lugar, que de por sí ya odiaba, ahora esto era una nueva razón para no volver a ingresar nunca a ese desdichado lugar.

—Esta limpió —habló Molson, después de varios minutos de observar el cuerpo.

—Ni un solo órgano. Solo los huesos y músculos —continuó Mason.

—Quien quiera que hiciera esto, es un genio —dijo como si de una obra de arte se tratase.

Mason miró a su padre por el rabillo del ojo y tragó con cierta dificultad.

—¿Qué hacemos?

—Hablar al FBI.

—¿Estás seguro?

—No tenemos otra opción. Si nos deshacemos de esto pueden dar con la granja. Es mejor decir que lo encontramos y hacernos los mártires.

—Como tú ordenes, padre.

Y ambos siguieron contemplando la obra que se les dejo.


Hospital John Hopkins – Baltimore, Maryland.

Will se preparó un café muy cargado de la máquina expendedora cuando, a través del rabillo de su ojo, vislumbró una silueta femenina. Volteó y vio como Beverly Katz se acercaba a él.

—Escuché que encontraste a la niña.

—Si —afirmó, al momento que pasaba el primer sorbo del café—. Apareció en el pórtico de mi casa.

—¿Alguna idea de cómo paso?

—No —y volvió a dar un trago.

—Bueno, será un misterio, pero no como el que te vengo a contar.

—¿A qué te refieres?

—Encontraron a Alan Gardner.

Will, que estaba a punto de dar otro sorbo a su café, se detuvo y miró sorprendido a Katz.

—¿Dónde?

—En las granjas de la familia Verger.

Esta vez el joven Graham parpadeó suspicaz.

—¿Me estas tomando el pelo, Bev?

—¿Crees que vendría hasta acá, solo para hacerte una jugarreta?

Él negó suavemente.

—¿Y por qué dices que es un misterio?

—Tendrás que verlo por ti mismo.


El camino fue silencioso, ninguno de los dos supo que decir para hacer florecer alguna platica, así que se abstuvieron. Llegaron a los terrenos de los Verger, Will y Katz bajaron del coche y vieron como Jimmy y Brian interrogaban a los dos hombres de la familia.

—Buen día señores —saludó Will a espaldas de sus compañeros. Ambos se sorprendieron y le saludaron debidamente, ahora él estaba a cargo.

—Buen día señor...

—Graham, agente Graham. Mi compañera me informó que Alan Gardner apareció en sus graneros.

—Así es —replicó Molson.

—Lo estábamos interrogando, Will —irrumpió Brian y este le miró severamente.

—¿Cómo se dieron cuenta de ellos señor Verger?

—Mi hija, Margot, encontró el cadáver esta mañana.

«¿Cadáver?» Pensó impactado—. ¿Cómo qué cadáver?

—Yo te llevo, Will —mencionó Katz mientras palmeaba su hombro.

Will afirmó y se disculpó con los Verger; Jimmy y Brian continuaron con el interrogatorio.

Pasaron la enorme puerta del granero y su primer encuentro fue el cordero. Will le vio con cierta aflicción y luego alzó su vista para ver la obra maestra en la que Alan Gardner se había convertido. Will quedó inerte, sus ojos no creían lo que veía, Alan estaba muerto y no había sido por su propia mano.

—Te lo dije —soltó Katz, haciéndolo volver a la realidad.

Él la miró, luego comenzó a caminar y entre más se acercaba, más contemplaba el cuerpo de Gardner. Se detuvo y quedó bajo el cadáver; con su cabeza alzada miró a su desfigurado rostro, uno de sus ojos estaba hundido mientras que el otro brillaba como una perla de lo fuera de su órbita que estaba, su cabeza lucía aplastada junto a su nariz desfigurada y su boca torcida. Era arte. Y no fue por él. Bajó la mirada para contemplar el interior de su cuerpo, una cavidad oscura estaba presente; las costillas se adornaban en sangre y musculo, y la falta de sus órganos vitales hacía contemplar su columna vertebral.

—Fue él... —confesó Will al aire. Katz le escuchó.

—¿El imitador?

—Si... pero, esto es extraño.

—¿Extraño?

—Su patrón nunca es similar —confesó—. Sin embargo, en cada uno de sus actos hay un castigo, una humillación. Aquí fue más allá de esas cosas.

—¿A qué te refieres, Will?

—Que tenías razón Bev. Esto es todo un misterio.

Ambos agentes se miraron y su concentración fue interrumpida por el chillar de los cerdos. Los dos miraron a los animales que yacían desesperados, tal vez era por las presencias que había en el lugar, aun así, Will se percató de algo que nadie había notado. Se acercó a los corrales y contempló a los animales, descubriendo algo que le heló la sangre.

—¿Qué pasa? —cuestionó extrañada Beverly.

—El Destripador no se llevó todos los órganos.

—¿Por qué los dices?

—Le dio algunos a los cerdos.

Sorprendida ante lo dicho, Beverly se acercó al lugar y pasmada vio como los cerdos tenían sus hocicos llenos de sangre.


El día fue pesado para Elisa, ir y venir de un piso a otro en el hospital había sido agotador. Hannibal estuvo con ella en todo momento y ello la hacía estar templada. Mientras estaban en el elevador, para volver al área de pediatría, la puerta se abrió en uno de los pisos y Bella Crawford entró, viendo sorprendida al Doctor Lecter y como llevaban a una niña en camilla.

—Buenas tardes, Bella —saludó Hannibal con su distinguida cortesía.

—Buenas tardes, Doctor Lecter —respondió y miró a Elisa, quien también le veía y muy fija—. Hola —saludó mientras agitaba su mano.

Elisa respondió con algo de pereza.

—Bella, ella es Elisa.

—¡Oh! —exclamó impactada—. ¡Al fin la encontraron! ¿Cómo fue que...?

—Will Graham la encontró.

—Gracias a Dios —suspiró—. Jack tiene que saberlo.

—¿Cómo se encuentra Jack? No he podido pasar a visitarlo, tengo que estar al lado de Elisa.

—Mucho mejor. Está recuperándose rápidamente.

—Me alegro. En cuanto tenga un tiempo libre, iré a visitarle.

—Muchas gracias, Doctor Lecter.

Y con sonrisas discretas ambos dieron fin a la conversación.

Bella llegó a la habitación de Jack, este se encontraba sentado en la cama, con un cabestrillo en su brazo y mirando el televisor, el cual estaba en silencio.

—¿Cómo te sientes? —preguntó, mientras le daba un beso en su sien.

—Adolorido, pero bien —dijo con una agradable sonrisa.

—Jack, te tengo una buena noticia.

—¿Qué sucede?

—Elisa Gardner apareció.

—¿En serio? —preguntó sorprendido.

—Si. Está internada en el hospital, le acabo de ver y el Doctor Lecter esta con ella.

—Dios mío —soltó aliviado—. ¿Sabes cómo la encontraron?

—Solo me dijo que Will Graham la encontró. El Doctor Lecter me dijo que vendría a verte y tal vez te explique todo.

Jack mostró una sonrisa calmada y dentro de él le daba las gracias a Will por haber completado su misión.


Elisa yacía recostada de lado en la camilla, chupaba uno de sus pulgares y solo movía sus ojos para ver todo el lugar. No había podido dormir y no quería dormir, a pesar de lo cansada que estaba. Hannibal le analizaba, el trauma que la niña tenía había sido enorme y no sería fácil poder controlarla. Ella sintió el peso de su mirada y alzó la suya, los dos se contemplaron por unos momentos.

—Ma...má —mencionó. Hannibal parpadeó rápidamente.

—Ella vendrá pronto —mintió, con una cálida sonrisa. La pequeña aun desconocía la muerte de su madre y decirle de ello sería otro golpe emocional.

—¿Abi?

—También, pronto vendrá a verte.

Elisa volvió a chupar su pulgar y apartó su mirada para dar una ojeada a un punto fijo en la habitación. Estuvo así por varios minutos, sus parpados caían y ella luchaba hasta que no pudo más y durmió. Al notarlo Hannibal cubrió completamente a Elisa con la sabana, retiró su mano de su cara y la acomodo para que durmiera a gusto. Completada su labor, volvió a tomar lugar en su silla, se acomodó y quedó mirando a la nada. Él también estaba agotado, no había dormido en más de cuarenta y ocho horas, y lentamente, el también cerró sus parpados hasta sentir que se reconciliaba con el sueño.

No paso mucho tiempo para que Hannibal fuese despertado por unos desesperados lamentos, parpadeó fugazmente y notó como la niña se zarandeaba en la camilla; aún estaba dormida y era probable que tuviera pesadillas. Sus quejidos iban en aumento y aterrado por su sentir, su única acción fue tomar una de sus manos, ella abrió los ojos al sentir aquella acción y giró la cabeza para ver a Hannibal, quien le sonreía débilmente. Elisa respiró agitadamente y trató de controlarse, veía como este movía sus labios, parecía decirle que todo estaría bien.

—Tranquila, mi niña. Aquí estaré contigo, siempre —Hannibal sonrió y una música provino en el palacio de sus recuerdos. Lentamente comenzó a tararearla, a pesar de que la niña no le escuchaba—. Ein Männlein steht im Walde ganz still und stumm —comenzó a cantar—; es hat von lauter Purpur ein Mäntlein um. ¿La recuerdas? Adorabas esa canción.

Siguió y Elisa parecía entender que lo que Hannibal hacia para ella. Cantaba solo para ella.


Algunos días pasaron, en uno de ellos Will visitó a Jack para contarle lo sucedido y dejó al agente totalmente sorprendido por todo lo dicho. Will dio por terminado su tarea en el BAU, no quería saber de más casos y se lo hizo saber a Jack y también sus planes a futuro.

—¿Piensas adoptar a Abigail Hobbs y Elisa Gardner? —cuestionó sorprendido.

—Mi plan era irme con Marlène, Abigail y Elisa. Marlène ya no está. Solo tengo a Abigail y Elisa.

—Es tu vida Will, no voy a juzgarla. Pero no creo adecuado que juntes a Hobbs con Gardner.

—A fin de cuentas, me estas juzgando, Jack.

Él suspiró.

—Solo quiero que pienses bien las cosas. ¿Qué vas a hacer con dos niñas?

—Criarlas. Abigail pronto ira a la universidad, Elisa podrá ir al colegio al que iba. Yo seguiré dando clases en la academia. Todo está calculado.

Jack ladeó su cabeza no muy convencido.

—Y, hablando de Elisa, ¿ya sabe lo de su madre?

—No —confesó con una sonrisa nerviosa.

—¿Nadie ha hablado con ella?

—El Doctor Lecter y Alana sugirieron no darle ese golpe tan brusco, después de todo lo que paso.

—Entiendo. Ellos son los psiquiatras y hay que obedecer.

—Así es.

Jack suspiró.

—¿Y después?

—¿Después qué?

—¿Qué vendrá?

—No lo sé. De momento, Jack, yo me retiro de estos casos —confesó inquieto. Jack solo le miró—. Te he ayudado en mucho y creo que es suficiente, por ahora.

—¿Qué hay del Destripador?

—Lo siento.

Fue todo lo que pudo decir.


Hannibal despertó ante unos golpeteos en la habitación del hospital, se alzó un poco de su silla y miró a Alana bajó el dintel.

—Hola —saludó con una cálida sonrisa.

—Hola Alana —respondió, un tanto cansado.

—Luces fatal.

—He estado aquí por dos días.

Alana entró a la habitación y vio como Hannibal sostenía la mano de una adormitada Elisa.

—¿Cómo está?

—Se está recuperando, físicamente hablando.

—Entiendo —y tomó asiento en la camilla—. ¿Quieres que cuide de Elisa? —Preguntó—. Para que vayas a tu casa y descanses.

—Si me retiro, Elisa entrara en un estado de pánico.

—Está muy apegada a ti, ¿no? —Hannibal ladeó suavemente su cabeza—. Y tú a ella.

—Es una buena niña que ha sufrido mucho. Solo quiero apoyarla.

—Lo sé —mencionó maravillada—. Hannibal —continuó, un tanto seria—, ¿ya sabe lo de su madre?

—No. No podemos darle esa noticia tan abruptamente.

Ahora ella ladeó su cabeza y miró preocupada a Hannibal.

—Pronto será el funeral.

—Yo hablaré con ella.

—De acuerdo.

La niña poco a poco abrió su mirada y contempló a Alana junto a ella. Sonrió delicadamente y Alana le respondió igual.

—Acepta mi oferta, Hannibal —insistió—. Yo cuidaré de ella.

Lecter no estaba muy convencido de ello, pero si necesitaba retirarse a su casa, tomar un baño y descansar en una cama.

—Bien, acepto —finalizó con una sonrisa.

Hannibal soltó la mano de Elisa y se alzó de la silla, la pequeña se puso en alerta y ella tomó asiento en la camilla. Él habló con ella, le dijo que la Doctora Bloom estaría un tiempo con ella, en lo que él volvía y la niña, con un puchero desalentador, le rogó que no se fuera. Pero no lo convenció.

«Volveré pronto. No pienso dejarte y lo sabes.» Le dijo con una tórrida sonrisa.

De mala gana Elisa aceptó aquellas palabras, miró como Hannibal desaparecía a través del umbral de la puerta mientras una animosa Alana le sonreía junto con un suave movimiento de labios que le decía que no se preocupara, todo saldría bien.


Hannibal llegó a casa, tomó un baño, se cambió de prendas mas no decidió tomar un descanso. Quería hablar. Necesitaba hablar. Salió de su morada y condujo durante veinte minutos a la residencia de una vieja amiga.

Tocó el timbre de la elegante casa, espero paciente y al oír el sonido de unos tacones trató de mostrar su mejor sonrisa. La puerta principal se abrió, una rubia despampánate y elegante fue quien le recibió.

—Buenas tardes, Bedelia —saludó con su refinada cortesía.

—Hannibal —contestó, casi hechizada—. Hacía mucho que no venías por aquí.

—El día es perfecto para una plática entre colegas.

Bedelia posó una media sonrisa en su rostro.

—Pasa. ¿Gustas vino blanco?

—Por favor —respondió con una inmensa alegría.

Hannibal tomó asiento en el sillón, se cruzó de piernas y esperó paciente a que ella llegara con las copas. El estruendoso ruido de sus tacones se hizo presente y a su lado se mostró una copa de fino cristal llena hasta la mitad.

—Gracias.

—¿A qué debo tu honorable visita? —cuestionó, tomado asiento frente a él.

—A pasado mucho desde nuestra última platica —ella afirmó suavemente—. Y hay mucho que contar.

—Debo imaginármelo —dijo, agitando con delicadeza su copa—. Cuéntame, ¿qué ha surgido?

Hannibal dio un tragó al vino y fue como un renacer para él, humedeció sus labios y contempló a su colega.

—Surgió un caso, del FBI —ella ladeó su cabeza—. Abuso doméstico y violación.

—No es tu tipo —confesó.

—Exacto. No lo es. Hasta que me mandaron llamar para tratar a la víctima. Una niña de siete años y es sorda.

Bedelia apretó sus labios mientras buscaba acomodarse en su sillón.

—No eres experto con los niños.

—Para nada. No es a lo que me enfoco, pero fue especial.

—¿Especial? —preguntó curiosa—. ¿En qué aspecto?

—En la niña.

La rubia sentía por donde iría esta conversación.

—¿Qué tiene esa niña de especial, Hannibal?

Hannibal agachó un poco el rostro, miró al contenido de su copa y la giró suavemente. Bedelia esperaba paciente a que Lecter hablara, sin embargo, su silencio se había vuelto un tormento.

—Ella volvió, Bedelia —reveló, alzando su mirada con ella.

—Hannibal, ella no puede volver y lo sabes.

—Eso creí, hasta que la vi. Sus ojos, su piel... su cabello se volvió castaño, pero puede cambiar y su sordera... es inteligente. Podrá hablar y convivir con personas oyentes...

—Hannibal —interrumpió—. Tú lo sabes. Tú lo viste, ella murió.

—Es verdad. Yo lo vi. Lo vi todo. La extrañé cada noche, cada día; no pude dormir por mucho tiempo, hasta que a todos ellos lo vi muertos... especialmente a Vladis. Y después de tantos años, la vida, a quien consideraba una injusta, me la ha devuelto. Por momentos pensé que la volvería a perder, pero lo hice, la salve. Y ahora esta devuelta conmigo.

Bedelia observó estremecida a Hannibal, tanto tiempo de conocerlo y saber su verdadero ser, siempre le causaba terror, pero ahora, más allá del terror había algo que le incomodaba.

—¿Cuál es su nombre? —soltó evasivamente.

—Mischa.

—No. Su verdadero nombre.

—Elisa.

—Es un bonito nombre.

—Es duro llamarla así.

—¿Y qué piensas hacer?

—Empezar desde cero. Siempre quise enseñarle a leer, a dibujar... Pronto lo haré —mencionó alegre.

—¿La niña no tiene padres?

—Su padre abuso de ella mucho tiempo y su madre era una joven ofuscada.

—¿Y qué fue de ellos?

—Me encargué de los dos —respondió con una cruda honestidad.

Bedelia quedó turbada ante esa revelación, sabía "el cómo" Hannibal se había encargado de ellos. Dio un tragó al vino y buscó calmar sus nervios ante lo que acababa de escuchar.


Hannibal llevaba a Elisa de la mano; ambos vestían de negro. La niña había pasado todo un tormento en el hospital estando bajo observación y tratamiento, pero en el trayecto obtuvo nuevos audífonos. Elisa pedía a su madre, nadie tuvo el valor de confesarle la verdad hasta que Hannibal lo hizo unas horas antes de ir al funeral. Él le había dicho que su madre dormía y que ya no despertaría y a partir de esas palabras Elisa, creyendo comprenderlas, no volvió hablar en su lenguaje de señas y ni en su poco vocabulario que manejaba. Se mantuvo en total silencio.

Los dos caminaban y en veces Hannibal la observaba, pero ella se veía terriblemente serena. Y eso no era bueno. La niña tenía que fluir. Llegaron a la funeraria, los presentes solo eran Jack y su esposa Bella, Alana Bloom y Will Graham, quien había hecho lo posible por mantener sus lágrimas donde debían. Elisa miró a todos, luego el lugar y al final a la caja color caoba que adornaba el centro. La pequeña se soltó de la mano de Lecter y comenzó a caminar hacia el féretro, ignorando la mirada curiosa de los presentes.

Al llegar miró a su madre y tal como Hannibal le dijo, ella estaba dormida. La observó por varios minutos en total silencio, por momentos creyó que despertaría, pero nada pasaba. Colocó su mano sobre el ataúd y comenzó a golpear la madera, emitiendo gemidos desesperados. Todos se preocuparon ante esa reacción y Hannibal se acercó a ella; sus sonidos y golpes se intensificaban llegándose a convertir en gritos desesperados y estruendosos golpeteos. Elisa le rogaba a su madre que despertara, la quería a su lado, pero no lo hacía. La niña comenzó a gritar desesperada y Hannibal la tomó de sus manos y la alejó del féretro.

—Por un demonio, ¿por qué la trajeron? —fue la pregunta a voz baja que realizó Will. Alana le miró y colocó su mano sobre su brazo mientras le miraba angustiosa.

La joven Doctora se alzó y se acercó hacía ellos, buscando consolar a la pequeña. Los Crawford no se quedaron atrás realizando la misma acción que la Doctora Bloom. Elisa se sentía abrumada, ya no comprendía lo que pasaba, y ocultó su rostro en las ropas de Hannibal.

—Necesita aire —fueron las únicas palabras del Doctor.

Todos se hicieron a un lado y Hannibal caminó junto a la niña para sacarla de ese lugar.

Hannibal tenía en brazos a la niña, lloraba sobre su hombro sin intenciones de parar. El resto del día fue cruel para ella y Will, ambos amaban a Marlène y no aceptaban su partida. Pero mientras que los Crawford, Alana y Will estaban presentes en el entierro, a la lejanía, Elisa y Hannibal caminaban por el lugar, viendo las tumbas que llamaban la atención de la niña.


Caminando por el sendero del cementerio, Will y Hannibal, este último aún con la niña en brazos, iban en silencio dejando que la fría ventisca pegara en sus rostros.

—Quiero adoptar a Abigail y Elisa —confesó Will, tomando por sorpresa a Lecter.

—Interesante decisión.

—Tramite la papelería. No soy apto para ello.

—¿Tan pronto te negaron todo?

—Me consideraron una persona inestable para criar hijos.

—Lo siento —fingió.

—¿Tú piensas adoptar a Elisa?

—No lo sé, no lo había considerado.

—Por algún momento pensé que sí.

Hannibal no respondió.

—¿Y ahora qué harás?

—Seguir compartiendo la tutoría de Abigail contigo y apoyar a Elisa.

—Bien —dijo en tono seco, una vez llegó a su auto.

—Te veré después.

Hannibal ladeó su cabeza y vio como Will se retiraba del lugar, sin ánimos de seguir en la vida. Antes de partir Jack se acercó a Lecter y lo detuvo mientras subía a su coche.

—¿Qué sucede Jack?

—¿Podría ir a mi oficina esta tarde, Doctor? Necesito contarle algo muy delicado.

—Claro Jack. En la tarde estaré con usted.


Oficina de Jack Crawford – Quántico, Virginia.

Hannibal llegó a la oficina, tocó la puerta y Jack le atendió al momento.

—Gracias por venir, Doctor.

—Un placer. Dígame, Jack, ¿qué es lo delicado que tiene que contarme?

—Por favor, tome asiento —y obedeció—. Doctor, ¿y Elisa?

—Con Abigail.

—¿Después de lo que paso la sigue dejando con ella?

—Jack... por favor.

—En serio Doctor... —paró y suspiró amargamente—. No quería decirle esto en el cementerio, pero encontraron anoche el cuerpo de Nicholas Boyle.

Hannibal no ocultó su sorpresa, aquel sujeto era quien Abigail mató y le ayudó a ocultar el cadáver.

—¿Nicholas Boyle? —fingió confuso.

—Si. El hermano de Cassie Boyle, la chica que fue encontrada muerta en la casa de campo de los Hobbs.

—Y amiga de Abigail.

—Correcto.

—¿Qué pasa con él?

—Doctor Lecter, tengo sospechas que Abigail Hobbs mató a este chico.

—Pero son solo sospechas, Crawford.

—Es verdad. Pero no quitare el dedo del renglón, Doctor. Es por ello, que le pido, que mantenga a Elisa alejada de ella.

—Si eso le incomoda Jack, lo haré.

Un abrupto silencio se formó y Jack observó rigurosamente a Lecter, ya que le sorprendió su tan sencilla respuesta.

—Doctor Lecter, me gustaría preguntarle otra cosa.

—Dígame.

—¿Usted piensa adoptar a Elisa?

Hannibal parpadeó veloz, Will ya le había hecho ese cuestionamiento y realmente no lo había pensado. Adoptar a Elisa no era una mala idea, la quería a su lado y así forjar a su pequeña hermana, pero la realidad era cruel y Hannibal estaba consiente de no poder cría a la pequeña con su tan prominente estilo de vida. Si la quería a su lado, sabía que sus fiestas de socialité, con el tiempo, se convertirían en fiestas más familiares, casi infantiles. Su trabajo podría verse recortado para complacer a la pequeña con cualquier gusto y, lo primordial, su otra vida ya no podía pararla. Podría hacerlo por temporadas, como usualmente lo hacía, pero mientras ella crezca y comience a razonar con mayor habilidad, habría momentos en que lo cuestionaría y no podría engañarla para siempre.

—¿Doctor? —interrumpió Jack.

—Debo ser honesto con usted, Jack, no. No lo había pensado.

—¿Pero si le interesa?

—Sí, me interesa. Por desgracia, tengo una rutina de vida a la cual no creo adaptar bien a Elisa.

—Entiendo.

—Usted mismo la ha visto. A veces tengo que dejarla con Abigail para poder realizar cosas importantes.

—Sí, sí.

—Pero ¿a qué debo su pregunta?

Jack observó analíticamente a Lecter y pensó por un largo minuto.

—Bella y yo... queremos adoptar a Elisa.

Esa confesión retumbó en la cabeza de Hannibal como un eco terrible. Miró perplejamente a Jack y buscó cambiar su semblante, pensó por unos segundos, los Crawford no eran una mala idea, no como él o como Will. Eran una pareja estable, buena posición económica, la niña llevaría un estilo de vida adecuado y no sonaba tan mal.

—Me alegra escuchar ello, Jack.

—Lo hemos platicado desde que estaba en el hospital, pero no hemos convivido con la niña. Ella está más apegada a usted y queremos conocerla mejor, para que nos tenga confianza.

—Aún hay una cena pendiente —recordó.

—Es verdad. Estoy seguro de que lo que hubiera preparado para aquella cena ya se echó a perder.

Ambos sonrieron.

—Puedo organizar una cena para este sábado. Usted y su esposa podrán convivir con Elisa.

—Lo agradecería mucho, Doctor.

—No es necesario.

—¿Algo en que pueda cooperar?

—Usted no se preocupe, yo tengo una carne de excelente calidad para la cena.

Los dos volvieron a sonreír.

—Doctor Lecter, antes de terminar, otra pregunta.

—¿Sí?

—Seguirá llevando la terapia de Elisa.

—Si ustedes así lo desean, sí. Puedo continuar con ello.

—Gracias Doctor, confiamos en usted.

Y Hannibal dejó a relucir su mejor sonrisa.


Instalaciones Psiquiátricas Port Haven — Baltimore, Maryland.

Abigail y Elisa armaban un rompecabezas, ambas no tenían ganas de salir al jardín, al menos por un tiempo. Hannibal llegó a la sala, Elisa sonrió y Abigail giró su cabeza para verle.

—Qué bueno que llega —le recibió. Lecter no se veía de buen humor, la joven Hobbs lo notó y se preocupó por ello—. ¿Pasa algo? —confesó preocupada.

—Abigail. ¿Por qué desenterraste a Nicholas Boyle?

La joven palideció ante esa cuestión, ella se alzó de su silla y miró aterrada a Hannibal.

—Y-yo... yo no lo desenterré.

Hannibal se acercó a ella, posó ambas manos en su rostro y con sus pulgares acarició sus mejillas.

—No me mientas. Sabes que odio las mentiras.

—Yo... yo lo hice —confesó.

—¿Por qué?

—Porque... quería algo interesante para el libro —Hannibal alzó suavemente su cabeza y una leve sonrisa apareció en su rosto. Elisa miró confusa el momento, pero decidió volver armar el rompecabezas. Ante el silencio que se creó Abigail habló—: ¿Piensa matarme?

—Lo siento mucho, mi niña —respondió, mientras sus pulgares buscaban desaparecer las lágrimas que caían en las mejillas de Abigail Hobbs.


Residencia de Hannibal Lecter – Baltimore, Maryland.

El sábado llegó. Hannibal se encontraba en su cocina preparando todo para la cena de esta noche. La carne que degustarían sus invitados era la que había obtenido de Alan Gardner. Hannibal vertió una cantidad generosa de vino sobre la sartén y las llamas se hicieron presente. Elisa miró impactada y Hannibal sonrió ante su expresión.

—¿Te agradó? —preguntó. Ella ladeó la cabeza, aun sorprendida.

Elisa no había vuelto a sonreír en mucho tiempo y Hannibal siempre buscó una manera de hacerla sonreír, pero le era imposible, la niña extrañaba a su madre y no podía con ello. Lecter tomó uno de los riñones y comenzó a trocearlos en pequeños cubos mientras Elisa observaba en como trabajaba en la cocina, le encantaba ver a Hannibal preparando todo tipo de comidas, pero aun así las sonrisas no aparecían.

El timbre de la casa sonó y Hannibal limpió sus manos. Una vez hecho se acercó a Elisa y acomodó la boina rojo canela que lleva en su cabeza.

—Luces preciosa.

«Gracias.»

Hannibal sonrió desganadamente y fue atender al llamado a su puerta. Abrió y recibió a los Crawford, estos entraron a la residencia y pasaron directos al comedor, una vez tomaron asiento, Elisa llegó y los miró.

—Hola Elisa —saludaron, a la vez que movían sus manos.

—Hola —respondió de la misma manera.

—Por favor, relájense. La cena casi esta lista —mencionó Lecter con una encantadora sonrisa.

Elisa se sentó junto a Bella, quien le sonreía de una manera maternal y Jack contemplaba ambas damas, esperando una grata respuesta por parte de la niña. Hannibal apareció con los platillos a degustar: El primero era Coratella Con Carciofi, el siguiente fue Peceto al verdeo con vino tinto y otro más se sumó a la fiesta: Corazón con champiñones al vino.

—¡Vaya Doctor! —Exclamó Jack—. Esta noche se ha lucido.

—Muchas gracias, Jack. Todo ha sido preparado con la carne de un solo animal.

—¿De uno solo rindió para tanto? —cuestionó sorprendida Bella.

—Así es. Este animal había sido preparado para servir en una excelente cena, espero y lo disfruten.

Hannibal sirvió con gracia el vino y para Elisa un vaso de jugos de arándanos. A los adultos les sirvió un poco de todo y a Elisa le sirvió la Coratella Con Carciofi. La niña miró maravillada su plato. Hannibal se colocó frente a su silla, esperando a que sus comensales dieran el visto bueno a sus platillos. Bella y Jack probaron maravillados su comida y, como siempre, halagaron le arte culinario de Lecter, solo faltaba la niña.

Elisa tomó un poco de su platillo y se lo llevó a la boca, mascó por unos momentos y quedó maravillada por el sabor, llevó su mirada con Hannibal y después de un largo tiempo Elisa volvió a sonreír. Lecter no evitó una gloriosa y satisfactoria sonrisa en ver la alegría en el rostro de su pequeña, estaba satisfecho por ello y cumplir las expectativas de su anhelado y magistral platillo.


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