XIII. Passionné.

2003

Consultorio de Hannibal Lecter – Baltimore, Maryland.

—Estoy asustado —confesó Jack Crawford, sin despejar la mirada de las tenues llamas de la chimenea.

—No eres el único, Jack —afirmó Hannibal, mirando a su copa con vino.

—Bella cree que estoy exagerando —dijo con una leve sonrisa, agitó su vaso y le dio un tragó—. Pero yo sé que no estoy exagerando.

Hannibal le acompañó con una sonrisa.

—Estas preocupado, y créeme, yo te comprendo. Pero tenemos que aceptarlo, es la decisión de Elisa y tenemos que respetarla.

Jack suspiró, bajó la mirada y no paró en agitar el vaso.

—No estoy seguro de ello, Doctor Lecter.

—Si Elisa quiere ir a una escuela común, tenemos que dejarla.

—No quiero que vaya a una —Hannibal alzó la vista y le miró suspicaz—. Se lo que está pensando —soltó ante esa mirada—, cree que la estoy sobreprotegiendo.

—Seré honesto contigo Jack, yo haría lo mismo. Pero Elisa es una niña inteligente, lo ha demostrado. Si ella quiere convivir con personas oyentes, es capaz de hacerlo.

—No dudo de ella, para nada, pero tengo miedo de como pueda actuar los demás chicos con ella.

—Lo entiendo… —respondió Hannibal mientras se acomodaba en su silla.

—Eso es lo que me preocupa. Usted debe de saberlo Doctor, la gente actúa indiferente ante lo que ellos no consideran normal. Y Elisa aun no entiende ello.

Jack humedeció sus labios, pasó saliva y dio el último gran sorbo a su bebida. Hannibal se mostró pensativo; ahora él miraba a la chimenea, y admirado, estaba de acuerdo ante la preocupación de Jack.

—Puedo hablar con ella, si te parece bien.

—Justo le iba pedir eso.

—Pero no creo hacerla cambiar de opinión.

—Confió en usted, Doctor Lecter.

Hannibal sonrió y le dio el ultimo tragó a su copa.

Ambos terminaron su plática. Jack tomó su abrigo y estaba listo para retirase.

—Sabe, se supone que no debo decirle esto, pero ya tenemos los resultados del colegio de Elisa.

—¿Y cómo le fue? —inquirió con mucho interés.

—Primer lugar de su generación —dijo Jack con orgullo.

Si en ese momento Jack se sentía orgulloso, la alegría y felicidad de ello no cabía dentro de Hannibal Lecter.

—Me alegro por ello.

—Se supone que no debe saberlo aún. Elisa quiere decírselo.

—Fingiré Jack. Pero la verdad, esa noticia es inevitable no poder celebrarlo, tanto que prepararé una excelente cena para este sábado.

Por unos momentos Jack se mostró confuso ante ello.

—¿Sábado?

—¿Acaso lo olvido? —Cuestionó extrañado Hannibal.

Jack cerró los ojos y tronó sus dedos.

—¡Oh sí, la cena! Lo había olvidado.

—Lo supuse.

—Lo siento, es que he estado tan ocupado estas últimas semanas.

—¿Mucho trabajo?

—Demasiado. Nuevamente el Destripador.

—¿En serio? —fingió.

—Si. Mató a dos personas.

—Qué mal —dijo, mientras guardaba una de sus manos en el bolsillo de su pantalón—. ¿Siguen sin saber quién pueda ser? —Jack negó impotentemente—. Es una pena.

—Hacemos lo mejor que podemos.

—¿Y Will Graham no ha tomado los casos?

—No ha querido regresar. Dice que está cómodo dando lecturas en la academia y quiero respetar su decisión.

—Creo que es lo mejor. Después de los casos Hobbs y Gardner, Will merecía un buen descanso.

—Pero sé que algún día lo necesitare —continuó mientras se ponía su abrigo—. Él lo sabe y sé que teme por ese día.

—Esperemos que no sea tan pronto.

—Si… —soltó desanimado.

—Bueno, espero y pronto atrape al Destripador, Jack.

—Gracias Doctor.

—Y lo veré mañana para la sesión de Elisa.

—Claro, hasta mañana Doctor.


Residencia de Will Graham — Wolf Trap, Virginia.

Will preparaba dos sándwiches de mantequilla de maní y jalea. Chupó el restante de sus dedos y fue en busca de dos vasos y el cartón de leche en el refrigerador. Sirvió todo para la merienda y salió al pórtico de su casa.

—¡Elisa! —llamó.

A lo lejos, en el llano terreno, se encontraba Elisa jugando con sus perros. Will volvió a llamarle y ella alzó su cabeza en medio de los cinco perros que tenía a su alrededor; la niña alzó su brazo indicándole que ya iba y reunió a los perros para ir a casa. Se levantó de la tierra, limpió sus ropas y cargó al más pequeño de los canes, a quien había llamado George. El resto de los perros llegó con Will y se reunieron a su alrededor agitando sus colas llenas de alegría al ver a su dueño, y él les acarició su pelaje debidamente. Elisa llegó y miró sonriente a Will, este alzó su vista y respondió de la misma manera a la niña, o más bien, casi adolescente.
Habían pasado seis años. Seis años desde la merecida y fatídica muerte de Alan, la defunción de Marlène y la repentina desaparición de Abigail Hobbs. Y tan rápido pasó ese tiempo que Will no reparó que Elisa ya estaba dejando atrás la niñez. Elisa, aportando el apellido Crawford, tenía casi trece años. Tan pronto pasaron los momentos en que su padre biológico le había secuestrado y maltratado, Jack y Bella Crawford habían discutido el asunto de la adopción y muy seriamente. Ambos tenían un matrimonio de varios años, sin hijos de por medio, pero con Elisa las fibras de la paternidad fueron tocadas y el interés por la niña creció, y creció hasta llegar a la adopción. Los Crawford pensaron demasiadas ocasiones que el Doctor Lecter adoptaría a la niña, también Will tenía planes, pero ninguno de los dos lo hizo. Bajó las influencias y conocidos de Jack, para el mes, ellos ya figuraban en el acta como padres de la niña.

—Lávate las manos —dijo Will, a la par que movía sus manos.

—Si —respondió la niña, con un tono de voz muy suave.

Elisa bajó a George, le dio una última acariciada a su cabeza y entró a la casa para obedecer a Will. Una vez ella entró Will le siguió el paso y dejó que sus perros entraran y comenzaran a merendar. Elisa llegó a la planta baja y tomó asiento en el comedor, esperando a que Will sirviera. Una vez los platos ya estaban en la mesa, Graham se sentó junto a ella.

—Espero y te guste —mencionó con un torpe movimiento de manos.

Will había practicado el lenguaje de señas pero no le dedicaba el tiempo que se debía, y Elisa, conforme fue creciendo, fue adaptando los sonidos y timbres de voz a sus oídos con sus aparatos y mejorando la lectura de labios.

—Gracias Will —habló con una sonrisa.

—Tu voz es bonita —confesó, dándole un tragó al vaso de leche.

—Gracias —replicó aun sonriente—. Todos me dicen eso.

—Y es porque es verdad.

Elisa ensanchó su sonrisa y empezó a merendar. Al dar el primer bocado a su sándwich un piquete de nostalgia le invadió; masticó lentamente y Will lo notó.

—¿Sucede algo?

La pequeña bajó su sándwich y con cierta pena miró a Will, confesando su sentir.

—Las… las extraño.

Will tragó difícilmente, soltó su vaso y viendo tristemente a la pequeña también se confesó.

—Yo también, Elisa. Yo también.

Un incómodo silencio se forjó y, para que este no se extendiera, Will sacudió su mano en la cabeza de Elisa revolviendo su castaño cabello.

—Te prometo que encontraré a Abigail —dijo, siendo esta una promesa hecha desde hacía seis años.


Jack llegó a Wolf Trap, Elisa salió corriendo de la casa y fue abrazarlo con todas sus fuerzas.

—¡Mi niña! —exclamó correspondiendo aquel abrazo. Un sereno Will salió detrás de ella y tambien sus perros a hacer compañía—. Hola Will —saludó amablemente.

—Jack —respondió con leve ladeó de cabeza.

—¿Qué tal se portó esta pequeña?

—Excelente. Es un ángel.

—Me alegra escuchar eso —dijo, mientras miraba con una sonrisa a Elisa.

« Siempre me porto bien » señaló, con una divertida risa.

Y ambos hombres sonrieron, aunque uno más que otro.

—Gracias por cuidarla, Will.

—No agradezcas. Sabes que me gusta hacerlo.

Jack movió suavemente su cabeza, sabiendo que ello era una promesa que había realizado a la difunta Marlène.

—¿Quieres que vuelva a venir la próxima semana?

—Por supuesto. Solo quería saber, ¿si podríamos cambiar los días a los viernes?

—¿Viernes? —preguntó curiosa Elisa.

Jack alzó sus manos y le completó lo que decían en la conversación, Will se vio admirado como él manejaba el lenguaje de señas; se sentía un inútil. Ella se mostró un poco pensativa, luego alzó su cabeza con un sí.

—Perfecto.

—Ve por tus cosas —dijo Jack. Y Elisa obedeció.

Los canes siguieron a la jovencita y entraron de nuevo a la residencia Graham. Will y Jack quedaron solos y una tensión flotó en el aire; ambos miraban por todo el lugar y buscaban que sus ojos no se cruzaran, pero les fue imposible.

—¿Qué tal va todo en la academia? —se animó Jack.

—Bien. Todo normal, uno que otro holgazán por ahí pero bien.

—Me alegro.

—¿Y tú? —continuó Will, por ser formal.

—¿Yo?

—Sí, tú. ¿Cómo van los casos?

—Pues Zeller y Price me tienen harto —Will no evitó una sonrisa—, Katz es la más centrada de los tres, agradezco a Dios por ella. Todo va con normalidad, excepto…

—¿Excepto? —insistió.

—Tú lo sabes, Will.

El joven Graham agachó el rostro y rascó su nuca, sabía a lo que Jack se refería pero no, no iba a volver. Aún no. La puerta principal se escuchó y ambos enfocaron sus miradas en ella, Elisa se despidió de todos los perros, uno por uno. Una vez terminó su despedida se acercó a los dos.

—¡Lista!

—Muy bien jovencita, despídete de Will.

Elisa le miró y le dio un abrazo, algo que lo tomó por sorpresa pero lo acepto.

—Gracias por hoy, Will.

—No hay de que, y, antes de que se me olvide… —dijo mientras buscaba en el bolsillo de su pantalón— Esto es para ti —Will extendió su mano y le entregó un billete de cinco dólares. Elisa comenzó a negar su cabeza pero él le detuvo—. Es por ayudarme con mis perros.

Elisa miró boquiabierta a Will luego a Jack, quien con un leve movimiento de cabeza le indicó que los aceptara.

—Ok. Gracias.

Will se despidió de Elisa con una sonrisa. Y ambos salieron de los terrenos en Wolf Trap para ir a casa.


Will verificó que sus mascotas estuvieran descansando, y una vez hecho, salió de casa, fue a su coche y condujo por la oscura carretera hasta llegar a su destino.


Heaven's Night – Edmondson, Baltimore, Maryland.

Entrando en aquel club nocturno las notas de un suave y melancólico piano recibieron a Will Graham. Este se detuvo y contempló aquella cantante que hacía tiempo conoció. Isabella relucía en el escenario, como siempre lo hacía, su bella y melodiosa voz era una especie de bálsamo para él.

—Shadows fall so blue. As lonely as I do. Blue, blue star…

La música terminó, los aplausos se hicieron eco y las palmas de Will se unieron a ellos. Isabella agradeció a su público y dejó el escenario mientras Will se acercó a la barra; el bar tender, una vez lo reconoció, le saludo como el cliente frecuente que se había convertido.

—¿Lo de siempre, Will?

—Por favor, Jason —respondió, mientras se recargaba en la barra.

—A la orden.

El bar tender se dio la media vuelta y fue en busca de la cerveza que Will bebía. Le entregó una botella helada y le abrió frente a él. Will agradeció y dio el primer tragó, sintiendo como el frío liquido recorría su seca garganta; la sensación fue dolorosa y agradable. Concibió como una mano tocó uno de sus hombros y sorprendido se giró y descubrió a una alegre Isabella.

—¿Te asuste?

—Algo —soltó, pasando lo que había tomado de cerveza—. ¿Cómo estás?

—Bien, ¿y tú? Te notó algo desanimado.

—Estoy que ya es ganancia —confesó y dio otro tragó a su cerveza—. ¿Quieres?

—No puedo, horas de servicio. Vine a saludarte, hacía mucho que no platicamos.

—Lo sé… Veo que todo va bien por aquí.

—Así es. El bar se ha vuelto un lugar más tranquilo, desde que te volviste un cliente frecuente.

—Si supieran que solo soy un académico —se mofó. Ella sonrió.

—Pero estas en el FBI y has trabajado en campo.

—Me retiré del campo hace seis años —y finalizó de golpe su cerveza—. Pero si, estoy en el FBI.

Isabella le observó, recargó su brazo en la barra y sus ojos color miel se incrustaron en él. Will sintió la presión de su mirada y sus ojos azules se cruzaron con los de ella.

—Will —habló—, ¿siempre que vienes, buscas tu pedacito de cielo, verdad?

El joven Graham tragó difícilmente.

—He seguido tus consejos Isabella. No me han funcionado.

Ella sonrió lánguidamente.

—Van a funcionar Will. Pronto encontraras a esa muchacha, y luego, al amor de tu vida —él dejó escapar una sonrisa ingenua—. ¡No te burles! —Exclamó mientras le daba un leve golpe en su pecho—. Sé que lo harás.

—Gracias por la motivación, me hacía mucha falta.

Y ambos sonrieron.

—Debo volver al escenario. ¿Seguirás aquí?

—Un rato.

—Bien. Espero que cuando termine, tengas más oportunidad de charlar.

Will cabeceó suavemente e Isabella se retiró para volver a bañar el lugar con su mágica voz.


Después de dos botellas de cerveza y un bar con menos gente, Will tenía sus brazos extendidos y su espalda descansaba sobre la barra; veía al escenario, los músicos de Isabella tocaban un armonioso jazz mientras ella descansaba. El joven Graham suspiró agotado, ya sentía la necesidad de ir a casa cuando, fijó su mirada al centro del bar, específicamente en la zona cerca del escenario. Distinguió una cabellera castaña familiar, se alzó de su lugar y mantuvo sus ojos en esa nuca, hasta que, esa persona giró levemente su cabeza y le miró por el rabillo del ojo. Will se vio paralizado y esa persona movió más su cabeza dejando visible la mitad de su rostro. Will Graham quedó sobrecogido al ver ese rostro, el rostro de Abigail Hobbs.

Abigail no había cambiado en nada; su rostro fulguraba su juventud y una delgada línea se dibujó en sus labios. Escéptico ante lo que Will miraba, su cuerpo reaccionó ante los impulsos de ir tras la joven, y mientras daba sus primeros pasos un mesero se interpuso en su camino, a punto de caer Will logró sostenerse y a la bandeja del joven. Pidió disculpas y al levantar su mirada vio como Abigail salió del bar; sus piernas tomaron velocidad y Will salió disparado del lugar. Estando fuera la helada brisa recorrió su cuerpo, siendo esta un descenso a su adrenalina, y Will miró a todos lados en busca de la joven Hobbs, pero el lugar estaba desértico.

—¿Abigail? —se cuestionó, sin dejar de girar en su propio eje.

—¡¿Will?! —Escuchó a sus espaldas y esperanzado volteó y notó a una preocupada Isabella—. ¿Will? —clamó, acercándose a él—. ¡¿Qué pasó?!

Isabella tomó los brazos del joven Graham; estaba agitado y alterado, posó una de sus manos sobre su rostro y sintió su piel helada.

—Y-yo…

—Te vi salir despavorido del lugar. Como si hubieses visto un fantasma —mencionó intranquila.

Will quitó su mano y retomó la vista a lo lejos del sitio, Isabella posó sus manos sobre la de él y apreció el frio y sudor de su piel.

—La vi —soltó, casi aterrado.

—¿A quién?

—A ella. A-Abigail, estaba sentada, frente al escenario y…

—Will —llamó, este volteó con ella—. No había nadie sentado cercas del escenario.

—Pe-pero la vi. Estaba ahí… era ella.

Will Graham se llevó su mano libre a su boca y sus ojos se cristalizaron ante la realidad revelada, Isabella abrigó sus emociones y le abrazó. Will no dejó de mirar a la nada, esperanzado a que las palabras de Isabella fuera un cruel mentira, pero ella insistía que lo que había pasado no había sido real sino un desalmado producto de su imaginación.


Consultorio de Hannibal Lecter – Baltimore, Maryland.

¿Qué es lo que le preocupa, señora Campbell? —preguntó sereno el Doctor.

La mujer yacía sentada frente a él, sosteniendo con angustia su fino y delicado pañuelo, evitando derramar lágrimas.

Es… es sobre mi marido. Sé que habló mucho de él en la sesiones pero…

—No se preocupe —interrumpió con una leve sonrisa.

Ella ladeó su cabeza y relajó la tensión que llevaba en mano.

Gracias —respondió en leve susurro, aun así Hannibal le escuchó—. Él, él es demasiado posesivo… me altera y me he vuelto muy nerviosa por ello.

Hannibal prestó total atención a lo que le decía la señora Campbell, una mujer de no más de treinta y cinco años, con una larga cabellera castaña clara y un elegante guardarropa. Mientras la débil y delicada voz de la señora Campbell sonaban alrededor de su consultorio, su voz fue quebrada por una leve risa proveniente detrás de la puerta principal. Hannibal reconoció esa risa, esa dulce e infantil risa. Una leve línea se formó en su rostro y volvió a concentrarse en la señora Campbell, que ya le quedaban quince minutos de su sesión.

Señora Campbell —comenzó Hannibal una vez ella se desahogó—, mi consejo ante esta situación sería denunciar a su esposo.

Pero…

Es lo mejor, será un peso menos para usted. Consideré el divorcio y empezar desde cero.

Hannibal siguió dando consejos base ante la desesperada señora, y ella no muy convencida dijo que lo pensaría de aquí a la próxima sesión.

Al otro lado de la puerta, en la pequeña sala de espera, Jack y Elisa platicaban con lenguajes de señas. En momentos Elisa no evitó reír pero siempre buscó que el sonido de su voz fuera lo más baja posible. Ambos se divertían, platicaban sobre las cosas graciosas que pasaron en las últimas vacaciones familiares. Jack y Elisa congeniaron muy bien desde que le adoptó. En un principio la niña se vio reacia ante él, parecía no quererle y le comprendía, tenía los traumas por su padre biológico pero Jack le demostró que era una buena persona y un buen, y algo sobreprotector, padre.

La puerta se abrió, ambos controlaron sus risas y vieron como una hermosa mujer salía de ahí.

Buenas tardes —gesticuló cortes y ambos respondieron igual.

Sostenido al marco de la puerta estaba Hannibal, despidió a la señora Campbell con su clásica cortesía y miró a su siguiente paciente.

—Jack, Elisa —saludó, mirando a esta última con una inevitable sonrisa—. Pasen.

—Gracias Doctor Lecter.

La niña se alzó y tomó su pequeño bolso, el cual había sido un regalo de Hannibal en su cumpleaños anterior, y ella pasó primero mirando a Lecter con su puritana sonrisa. Jack le siguió con la vista al frente, y una vez dentro del lugar, Hannibal cerró la puerta.

—Llegaron más temprano de lo usual —mencionó Lecter una vez el click de la puerta se escuchó.

Jack volteó a verle apaciblemente mientras Elisa observaba el consultorio, notando nuevos libreros en la parte superior.

—Sí, hay un asunto el BAU y tengo que estar antes de las cinco.

—Entiendo Jack, sabes que no debes preocuparte por Elisa.

—Sí, lo sé Doctor, pero no sé a qué horas salga y Bella también tiene un compromiso laboral…

—No te preocupes. Si te parece yo llevó a Elisa a casa.

—¿Esta seguro Doctor?

—Por supuesto Jack, no te preocupes. Sabes que Elisa es mi última cita el día de hoy. Yo la llevó a casa —finalizó con una leve sonrisa.

—Gracias Doctor Lecter. Elisa —llamó y ella se estremeció. El lugar era tan tranquilo que los sonidos se oían bien—. Ven —ella se acercó—. Voy al trabajo, después de tu plática el Doctor Lecter te llevara a casa —la jovencita afirmó con su cabeza—. Pórtate bien.

« Siempre » trazó con su leve sonrisa.

Jack posó sus manos en el rostro de Elisa y le dio un beso en su frente; ella colocó sus manos sobre sus muñecas y aceptó el apapacho de su padre. Hannibal desvió un poco su mirada y dentro de él soportó los celos. Jack se despidió y salió del consultorio.

Elisa se mantuvo de pie contemplando el lugar, como siempre lo hacía desde niña.

—Elisa —llamó Hannibal. Ella volteó y vio como este tomaba asiento en la silla de su escritorio.

—¿Nuevos? —preguntó, apuntando a los libreros de la parte superior.

—Si —respondió con una leve sonrisa—. Pronto los llenaré.

La pequeña apretó sus labios mientras buscó lugar frente a él.

—¿Puedo ayudarlo?

—Por supuesto.

Y ambos sonrieron. Elisa tomó asiento sin dejar de mirar ansiosa a Hannibal, este se imaginaba el porqué de esa emoción.

—Ya terminé la escuela —habló, a la par que movía sus manos.

—¿En serio? —cuestionó, comprendiendo a donde iría la conversación. Elisa meneó la cabeza en un sí mientras sus mejillas se elevaban por la sonrisa que dibujó, Hannibal no pudo evitar acompañar esa sonrisa—. ¿Y qué tal te fue?

Elisa agachó la cabeza y comenzó a buscar en su bolso hasta sacar un pequeño papel el cual le entregó. Hannibal lo tomó y le abrió para ver su contenido, en el venía las calificaciones finales de la niña; gozoso Hannibal presenció la excelencia académica de Elisa. En todas las materias sus calificaciones eran sublimes a excepción de las matemáticas, la cual era dos puntos por debajo de las otras materias, él lo comprendía debido a que Elisa no era buena con los números pero siempre se esforzaba, y lo había logrado.

« Fui primer lugar de mi generación. » describió sin controlar su alegría.

Hannibal le observó sin deshacer su sonrisa.

—Estoy orgulloso de ti.

Elisa sonrió dichosa de las palabras de Hannibal, ya que, para ella, el saber que él estaba contento con sus esfuerzos la hacía sentir una maravillosa e indescriptible satisfacción. Hannibal dobló la hoja y se la regresó a la niña y la guardó.

—Esto amerita una celebración.

—¿De verdad?

—Por supuesto, te esforzaste y lo lograste.

—¿Será una cena? —preguntó curiosa.

—En parte —confesó, sin dejar de reír.

—¿Algo más? —insistió sorprendida.

—Si tú así lo deseas.

—¿De verdad?

Hannibal afirmó. Elisa se vio pensativa, movió su cabeza y buscó el piano que tenía, lo miró por unos momentos y después retomó la mirada con él. Con cierta pena apuntó hacía el lugar donde el piano se encontraba y Hannibal comprendió su petición.

—Vayamos —mencionó mientras se alzaba.

Elisa le siguió y ambos tomaron lugar frente al piano. Hannibal levantó la tapa que cubría las teclas y la niña prestó total atención a sus movimientos; Hannibal posó sus dedos sobre las teclas y empezó a tocar "Für Elise" de Beethoven. La pequeña sonrió complacida y colocó sus manos en la madera cercana a las teclas para disfrutar de la vibración que generaba la melodía, Hannibal le miró y ella sintió el peso de su mirada, alzó la vista y con una sonrisa le agradeció por su pequeño regalo de graduación.


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