XIV. Kaishi. (開始)
Alana Bloom estacionó su coche frente a la residencia de Will Graham. La joven Doctora bajó del vehículo y caminó por el sendero mientras mecía una bolsa de plástico, llegó al pórtico y vio a Will, sentado en una mecedora con dos de sus perros a sus pies.
—Traje comida china —saludó con una sonrisa.
—Gracias por venir Alana —respondió Will con una desanimada sonrisa.
Ambos entraron a casa y Alana acogió a todos los canes con leves caricias en sus cabezas mientras Will preparaba la mesa, una vez listo los dos tomaron asiento y degustaron la comida.
—Hacía mucho que no comía esto —dijo Will, una vez probó los rollos primavera—. Que delicioso.
—Sabía que te gustaría —confesó Alana con una sonrisa, dejando al aire sus fideos en los palillos chinos—. Y dime, Will, ¿qué era lo que querías contarme?
El joven Graham siguió masticando, buscó una servilleta y cubrió su boca mientras pasaba el alimento. Alana le observó pero Will sabía que esa mirada no era solo de una amiga preocupada, también de una psiquiatra ansiosa de saber que ocurría.
—La vi —confesó, una vez paso el alimento.
—¿Abigail? —cuestionó confusa.
Will afirmó suavemente.
—¿Cómo...? ¿En dónde? —continuó ansiosa.
—En un bar que frecuento, pero no era ella.
Alana quedó atónita por unos momentos, parpadeó rápidamente y miró confusa a Will.
—¿Perdón?
—No era Abigail... bueno, sí lo era, pero no la Abigail real.
—¿Me estás diciendo que fue una...?
—Alucinación —continuó por ella—. Se te están cayendo los fideos.
Alana bajó su mirada hacía los palillos y confirmó ello; trató que los fideos no llegaran al suelo y los deposito en la vasija de comida.
—Lo siento —dijo con una sonrisa nerviosa, Will dibujó una delgada línea mientras movía su cabeza—. Yo... Will, ¿estás seguro de lo que viste?
—Cien por cierto, Alana.
—¿Y es la primera vez?
—No estoy seguro.
—¿Cómo no puedes estarlo?
Will dio otro mordisco al rollo primavera y se encogió de hombros y Alana no quedó satisfecha con esa respuesta.
—Muchas veces —habló una vez pasó la comida— he soñado con ella. Tantos han sido mis sueños que no puedo ya distinguirlos de la realidad.
—Will, yo...
—No quiero que me hagas una sesión, Alana —interrumpió—. Solo quiero alguien que me escuche —La doctora sonrió tiernamente para luego llevar sus fríos fideos a la boca, desde que había tomado asiento no había probado mucho de la comida—. Creo saber lo que piensas —continuó al verla comer, Alana alzó sus ojos hacía él—. Piensas que no estoy bien, pero creo que no es necesario analizar ello, tú y yo lo sabemos. Solo quiero encontrarla, Alana.
—Will, no quiero sonar ruda, pero cuando se descubrió el cuerpo de Nicholas Boyle, Abigail desapareció sin dejar rastro. ¿Qué te da entender eso?
—Ella no lo mató, sabes que no hay pruebas —soltó, como si de un padre furioso se tratase.
—Es verdad, no hay pruebas. Pero una gran prueba fue el haber desaparecido.
—Alguien más mató a ese chico, y el que lo hizo, buscó inculpar a Abigail y le hizo algo.
Will dejó caer sus palillos en el plato y buscó una nueva servilleta, Alana no despegó sus ojos ni un instante, analizó cada acción de su cuerpo, su rostro. Era una mezcla de fascinación y tristeza.
—¿Puedo preguntarte que es lo que sueñas con respecto a ella?
Graham suspiró amargamente.
—A veces la veo en los páramos, corriendo por los alrededores, sé que está huyendo. ¿De qué o quién? No lo sé. Otras veces, está sentada frente a mí, como lo estas tu conmigo ahora, solo me sonríe. Y otras estamos en el rio, queriendo pescar... Nunca logramos tener un pez.
Alana sonrió con pesadumbres y colocó su mano sobre la de él. Al sentir el calor de la delicada mano de la doctora Bloom, Will posó su otra mano sobre la de ella, agradeciendo el apoyo que le brindaba.
—Gracias...
—No es nada.
Alana y Will caminaban alrededor de los terrenos de este, una vez terminada su comida. Los perros iban delante de ellos y jugueteaban entre ellos; Alana prestó atención a un pequeño can entre la manda.
—¿Es nuevo? —preguntó mientras le apuntaba.
—Sí, se llama George. Elisa y yo lo encontramos hace unas semanas, estaba abandonado en el basurero del minisúper.
— ¡Oh! ¿Aun te visita Elisa?
—Cada semana.
—Vaya...
—¿Por qué? —inquirió.
—No pensé que todavía viniera por acá. Ya sabes, Wolf Trap no le ha de traer lo mejores recuerdos.
—Bueno, Elisa ha llevado una excelente terapia.
—Es verdad —soltó Alana con un largo suspiro. Will se extrañó.
—¿Qué pasa?
—Ha mejorado mucho, desde que deje de asistir sus terapias —confesó, sintiendo como un peso se liberaba de su espalda.
—No te desestimes, Alana. Mientras estuviste ahí, le ayudaste bastante.
—No lo sé, siento que no fui de mucha ayuda.
—¿Por qué?
—Muchas veces, Hannibal y yo chocamos con los métodos para tratar a Elisa. Si no fuera porque el trabajo en el FBI me aumento, probablemente la niña no estuviera de excelente como esta.
—Ambos han hecho un buen trabajo, es verdad que Hannibal continuó y a su manera, pero tú hiciste lo mejor que pudiste.
Alana mostró una media sonrisa.
—Hace unos días la vi, Jack la llevó a la oficina. Y cuando la vi, pensé: si hubiera seguido con las terapias, ¿se vería como se ve hoy? Es una niña diferente.
—Alguna vez Jack me contó que ha tenido recaídas.
—Es algo normal, pero Hannibal las ha sabido llevar.
—Qué bueno, por ambos. Pero en serio Alana, no te desalientes. Eres una excelente doctora y me queda muy claro.
—Me alegra saberlo Will, y espero que no digas eso porque no te cobro.
Ambos sonrieron.
—Para nada. Jamás mentiría, me conoces.
—Es verdad, las mentiras no son lo tuyo.
—Por cierto, ¿cómo va todo por allá?
—¿En el FBI? —cuestionó y él afirmó—. Pues, lo de siempre, un caos. Llega caso tras caso, asesinos tras asesinos.
—Sí, lo usual.
—¿Por qué? ¿Jack ya te ha buscado?
—No, aun no. Pero tengo el presentimiento que pronto lo hará.
—¿Y aun no estás listo?
—Nunca lo he estado, Alana, nunca.
Residencia de Hannibal Lecter – Baltimore, Maryland.
—¿Logró algo Doctor? —cuestionó desesperado Jack Crawford mientras veía a Hannibal verter una generosa cantidad de vino tinto a la comida. Las llamas aparecieron en la sartén y el crujir del aceite y el vino se hizo eco en la habitación.
—Me temo que no Jack. Lo siento —Crawford agachó el rostro y suspiró terriblemente—. No se ponga así Jack. Créame, estoy de su lado y mi sentir es igual al suyo.
—No quiero que Elisa vaya a un colegio público.
—Tenemos que aceptarlo y dejarla ir —dijo, acomodando la sartén en la estufa—. No vamos a sobreprotegerla siempre.
—Lo sé Doctor, lo sé. Pero quiero que ella entienda los riesgos que puede pasar.
—Yo hablé de ello con ella, y está preparada para cualquier adversidad.
—¿Esta seguro?
Hannibal ladeó su cabeza.
—Elisa es muy inteligente, no dude de ello Jack.
La carne llegó a su punto y Hannibal se dispuso hacer la presentación del platillo estelar de la noche: Solomillo de ternera con demiglace de manzanas reineta. Crawford observó detalladamente el cómo Lecter preparaba el platillo; la delicadeza con la que deslizaba el demiglace, el cómo acomodaba todo con una perfecta simetría. Las comidas de Hannibal Lecter eran piezas de arte. Y no cualquiera tenía el placer de comerlas.
—¿Podría ayudarme Jack? —preguntó una vez terminó con el platillo principal—. Yo llevare la Coratella y el vino.
—Claro —confirmó, una vez volvió en sí.
Jack tomó el plato principal y se fue detrás de Hannibal.
En el comedor Bella y Elisa esperaban de ambos. Las dos conversaban con alegría hasta que Bella notó como llegaba su esposo y el anfitrión de la cena.
—La cena esta lista —dijo Hannibal mientras acomodaba todo en la mesa junto a Jack.
—Que bien se ve y huele —confesó Bella con una gran sonrisa.
Elisa contempló la comida con admiración, adoraba comer en casa de Hannibal Lecter. Desde que era pequeña siempre admiró como Lecter cocinaba, no gustaba de ofender la cocina de su madre Bella, pero la comida de Hannibal siempre era de otro nivel; el sabor, el aroma, la presentación todo era digno de admiración. La pequeña observó como Hannibal le servía su plato de Coratella Con Carciofi, aquel platillo que amaba degustar cada vez que se daba la oportunidad. Elisa alzó su mirada y le sonrió a Hannibal, quien respondió de la misma manera.
Hannibal término de servir a Elisa y continuó con Bella, quien veía deslumbrada el platillo principal.
—Maravilloso platillo —confesó.
—Gracias Bella. Debo confesar, que la carne de esta noche, proviene de un excelente animal —dijo con una sonrisa y recordando su caza de hacia unas noches.
—Siempre escoge a los mejores animales, ¿no es así?
—Para ocasiones como esta, siempre busco la mejor calidad —Todos sonrieron—. Jamás decepcionaría a mis comensales.
Hannibal sirvió el vino, le entregó una copa a Bella y luego a Jack; para la niña un vaso de jugo de moras y frambuesas. Llegó a su lugar, tomó su copa y la alzó, llamado la atención de los presentes.
—Hoy esta cena es especial. Está noche brindaremos por Elisa y su excelente desempeño escolar —todos posaron sus ojos en ella; sus mejillas se pintaron en un exuberante rojizo, consciente de lo que pasaba, Bella colocó una de sus manos sobre su larga cabellera y le sonrió—. Nos ha demostrado ser una niña de gran inteligencia y estamos orgullosos por ello, y esperemos que en esta próxima y nueva etapa escolar se sigan cosechando logros y éxitos —Hannibal alzó un poco más su copa, y una sonrisa cubrió su rostro—. Por Elisa.
—Por Elisa —continuaron los Crawford, mirando orgullosos a su pequeña.
Ella apretó sus labios, queriendo ocultar su emoción. Los adultos dieron un tragó al vino y la niña les acompañó con su jugo. Hannibal se mantuvo sonriente y se dio inicio a la extraordinaria cena. Elisa tomó su tenedor y comenzó a degustar de su Coratella, Hannibal le observó discretamente, se sentía orgulloso por la cena de hoy y más al ver aquella sonrisa en el rostro de su pequeña.
Desde que los Crawford adoptaron a Elisa, cada mes Hannibal les invitaba a una cena en su hogar. Con los años se volvió una costumbre, un sábado de cada mes visitaban su hogar para una despampanante cena, y Hannibal, cada vez que una ocasión especial lo ameritaba, iba en búsqueda de la mejor carne para degustar.
Las conversaciones en la mesa eran triviales y sin un gran interés para el anfitrión, pero siempre que tuviera a su pequeñita en su mesa, nada importaba. Las cenas eran totalmente para ella.
Elisa degustaba su Coratella, sabía delicioso, pero ese platillo no se comparaba al primero que probó hacía seis años. Su primera Coratella, un sabor genuino y que hasta la fecha sus papilas no habían vuelto a saborear. Desconocía el porqué de ello, pero aquel platillo estuvo envuelto en algo especial, algo que nunca podría descubrir y que sólo Hannibal sabía. Tal vez, en alguna oportunidad, le preguntaría que fue lo que aquel platillo contuvo.
Una crème brulêe de vainilla y compota de frutas fue el postre de la noche. Todos disfrutaban del último platillo, la plática era simple, Jack era quien más hablaba, pero Hannibal fue adecuado para que el ritmo de la conversación se fuera rumbo a la pequeña.
—¿Y algún plan para estas vacaciones? —cuestionó, con cierta pizca de curiosidad.
Los Crawford se miraron con cierto escepticismo, no habían pensado en nada para estas vacaciones, es más, no tenían intenciones de realizar algo importante este verano.
—Creo que este año, estaremos en casa —mencionó Jack.
—La verdad, no planeamos nada —confesó Bella con una nerviosa sonrisa.
—¡Oh! —Exclamó Hannibal, ocultando su falta de interés—. Es una pena, leí que este verano será excelente para visitar la costa.
—Este año se nos será difícil.
Elisa observó con detalle, tratando de leer los labios de cada uno, hasta lograr seguir el ritmo de la conversación que los adultos llevaban.
—¿Playa? —preguntó, llamando la atención de todos.
—Si cariño —mencionó Bell mientras movía sus manos—. Hablamos sobre nuestras últimas vacaciones.
Elisa alzó su cabeza y sonrió.
« Fueron unas grandiosas vacaciones. » formó con sus manos. « Me gustaría volver a ir, la playa es muy bonita. »
—Esperemos y el próximo año —dijo Jack. Y ambos se sonrieron.
—¿Y algún plan para estas vacaciones, Elisa? —cuestionó Hannibal al momento que le observaba.
Elisa parpadeó unos segundos y luego miró al Doctor Lecter.
—Dormir —confesó con una apenada sonrisa.
Hannibal ensanchó su sonrisa por la honesta e inocente respuesta de la niña. Jack y Bella también sonrieron, mientras está última le daba un beso en su cabeza.
—Suena bien —dijo Hannibal—, y es justo, después de tan excelente empeño escolar un descanso es merecido.
—Se lo merece, pero aun así, no se excentara de ayudar en la casa —declaró Jack, en un tono paternal severo.
Elisa entrecerró sus ojos y miró a su padre, para nada alegre de esa opción.
—Hablando de ayuda —continuó Hannibal—, a mí consultorio llegaron nuevos libreros y necesitaré ayuda para poder acomodar todos mis libros.
« Es verdad » soltó Elisa, « prometí ayudarle. »
—Siempre y cuando tus padres te den el permiso —dijo mirando a los Crawford.
La pareja observó a la pequeña, quien se veía animosa en cumplir la promesa.
—Bueno... —empezó Bella.
—¿Y tiene alguna disponibilidad, Doctor? —interrumpió Jack. Bella le observó seriamente.
—Los miércoles tengo un espacio de hora y media libre, si les parece adecuado.
—Yo... —continuó Bella. Jack volvió a interrumpirle.
—A mí me parece perfecto —Dijo, llevando a la boca un pedazo de la crème. Bella le miró seriamente y un leve sonido provino de su garganta, Jack alzó su mirada y vio la furiosa mirada de su mujer—. ¿Tú qué opinas, Bella?
Un amargo suspiro provino de ella y apuntó de hablar, ahora, Hannibal le interrumpió.
—Lamento interrumpirle, Bella, pero mi oferta es la misma de la última vez. Un día a la semana Elisa me ayuda a organizar mi librería y prometo pagarle.
—Doctor Lecter, yo...
Elisa tocó el brazo de su madre y Bella volteó a verla.
« ¿No quieres que le ayude al Doctor Lecter? » Cuestionó con una inmensa tristeza.
Bella negó, cerró los ojos y dejó escapar otro suspiro.
—De acuerdo —accedió, no muy convencida.
A la niña se le escapó un chillido de alegría, llevó sus manos a su rostro y retomó la vista a su Crème Brulêe, preparándose para volver a comerle. Hannibal observó de reojo a Bella, quien paró de comer su postre.
—No se preocupe Bella, sabe que siempre he cuidado bien de Elisa.
—¡Oh! No piense así Doctor, confió en usted —dijo con una falsa sonrisa.
Hannibal acompañó la sonrisa de su comensal. Hannibal Lecter sabía que Bella Crawford no confiaba en él, siempre lo había sabido y por ello se había apegado más a Jack, para estar al pendiente de la vida de la niña. Durante el primer año que Elisa empezó su vida con ellos, Bella notó como él trató de influenciar su crianza. Nunca hizo algún comentario a Jack, pero empezó a celar a la niña, asistía a las terapias y hubo ocasiones en que no se organizaban las cenas, y fue cuando Hannibal buscó actuar de otra manera, estar más al lado de Jack Crawford, aunque a él no le gustara esa idea. Jack era más distraído, velaba por Elisa, sí, pero no era similar a su esposa y para él era una gran ventaja. A lo largo de estos seis años Hannibal había influenciado la vida de la niña por medio de Jack, y todo iba de maravilla, salvo ocasiones en las que Bella se interponía, pero al final él resultaba ser el ganador.
Al final de la cena, Elisa miró a su madre y le sonrió tiernamente y a modo de gracias por dejarle ir a apoyar al Doctor Lecter con sus libros.
Residencia de Jack Crawford – Baltimore Maryland.
Bella yacía recostada en la cama, mirando a un punto fijo en la habitación. Jack se encontraba en el cuarto de baño alistándose para dormir. Terminada su rutina salió del cuarto y notó lo sería que se encontraba su mujer.
—¿Sucede algo? —preguntó. Bella volvió en sí y observó a su esposo.
—Si.
—¿Qué pasa?
—Jack, ¿por qué el Doctor Lecter no adoptó a Elisa?
Él miró perplejo a su mujer, la pregunta le había caído de sorpresa.
—Bueno, Bella, no recuerdo si te lo conté, pero el Doctor Lecter me dijo que no se sentía seguro de darle una vida adecuada a la niña.
—Pero él tiene una posición económica muy estable, mejor que nosotros.
—Lo sé… —suspiró— Sabes, por mucho tiempo pensé en ello. Y Tal vez no adoptó a Elisa porque en el fondo se siente culpable que bajó su tutoría fuera secuestrada.
—¿Tú crees eso? —cuestionó mientras ladeaba su cabeza.
—Lo siento muy factible. Además —dijo mientras tomaba asiento junto a ella—, desde que conoce a Elisa ha sido un apoyo para ella —Bella arqueó su ceja, no convencida de las palabras de su marido—. ¿Por qué tú pregunta?
—No recuerdo si alguna vez te pregunte —mintió.
Jack alzó ambas cejas y palmeó una de las manos de su esposa.
—¿Sucede algo más?
—Sí, Jack —afirmó severa—. ¿Sabes? No me gustó que no me tomaras en cuenta, para que Elisa fuera ayudarle al Doctor en su consultorio.
—Si te tome en cuenta.
—Una vez le confirmaste. Jack —continuó molesta—, yo no soy ningún adorno; Elisa también es mi hija.
—Bella, claro que no eres ningún adorno y siempre te he tomado en cuenta para con Elisa y todo. No te molestes, probablemente fue un desliz de mi parte, pero pensé que no habría ningún problema por ello.
Jack alzó su mano y le plantó un beso en su dorso, Bella se mantuvo con su ceja arqueada, mas no negó que le agradó aquel detalle.
—No lo vuelas hacer, Jack —mencionó—. Si deje ir a Elisa es porque casi me lo suplicó.
—Y porque no resististe aquellos ojitos… Lo sé, me ha pasado.
—Jack —y colocó su otra mano sobre la de él—, estamos haciendo lo mejor para criar a Elisa, no quiero que las cosas se vayan para abajo, ni nada.
—No te preocupes amor, Elisa es buena niña y siempre nos ha obedecido.
—No me refiero a su comportamiento.
—¿Entonces?
—Me refiero a que alguien más quiera cambiar el modo en que la educamos.
—Bella, no te preocupes, nadie ha cambiado nuestra manera de educarla. Ni antes, ni ahora, ni nunca.
Jack le sonrió, se acercó y le dio un suave beso en sus labios. Bella aceptó aquel beso y sonrió débilmente, sospechando que aquellas palabras eran una ruin mentira.
BAU – Quántico, Virginia.
El fin de semana paso rápido para Jack Crawford, una vez entró a su oficina notó como Beverly Katz detuvo la puerta.
—Buen día Jack —saludó con una gran sonrisa.
—Buen día Bev. ¿Qué sucede?
—¿Podrías acompañarme a la morgue? Llegó un cuerpo que tienes que ver.
—Apenas van hacer las ocho.
—Lo sé, créeme —respondió igual de sonriente—. Llegó anoche, Jimmy y Brian lo analizaron y me dijeron que tenías que verlo.
—¿Acaso fue el Destripador?
—No, el cuerpo tiene todos sus órganos.
—Bien… vayamos —finalizó mientras dejaba su maletín en su escritorio.
Ambos se condujeron hacía la morgue. Cuando llegaron, Jack apreció aquel cuerpo, cubierto enteramente y con una enorme mancha de sangre sobre el rostro.
—Buen día Jefe —saludó Brian.
—Buenos días —continuó Jimmy.
—Buenos días —respondió ocultando su desgana—. ¿Qué tenemos?
—Es una mujer, treinta y tres años. Su nombre es Brianna Sanders, ama de casa y vendedora de catálogo.
—De acuerdo…
—Sus vecinos la encontraron en el porche de su casa, sentada en una silla, sin cara.
—¿Sin cara? —cuestionó mientras arqueaba su ceja.
Brian ladeó su cabeza, apuntando hacia el cadáver, y Jack le obedeció. Una vez juntó a la plancha, Zeller removió la sabana y Crawford quedó extrañado ante lo que vio. El rostro de Brianna Sanders estaba mutilado, su piel había sido removida, al igual que sus pestañas, cejas y labios. Sus músculos estaban expuesto al igual que sus globos oculares, tan solo de verlo sintió como su cuerpo se estremecía.
—Fue un corte limpió —empezó hablar Zeller—. Tajó el rostro con un cuchillo, tal vez uno tourné, ese estilo de cuchillo es para cortes precisos, por ello el corte es perfecto en los ojos.
—¿Cómo demonios paso esto?
—Según los informes —continuó Katz—, murió alrededor de las cuatro de la mañana. El asesino dislocó su cuello, luego procedió al acto y la acomodó en su porche.
—¿Cuánto pudo haberle llevado cortar el rostro?
—¿Así de fino? Una hora —dijo Price.
—Tiempo suficiente para no ser visto.
—Correcto.
Jack agachó el rostro y suspiró amargamente. Los tres le miraron extrañados, se veía pensativo.
—Iré por él —confesó, varios minutos después.
—Dudo que quiera venir —mencionó Brian con una risa irónica.
—Es hora. Ya es la hora.
—No creo que lo convenzas —afirmó Katz.
—Lo haré. Guarden el cuerpo, nos veremos en la escena del crimen.
Crawford dejó caer sus brazos y abandonó la morgue. Beverly resopló sorprendida mientras miraba a sus compañeros.
—Te apuesto una cerveza, a que no lo trae consigo —dijo Prince a Zeller, este sonrió.
—Que sean dos.
—Hecho.
—¡No sean así! —exclamó Katz.
—¿Por qué te ofendes Bev?
—Sí, ¿cuántas veces Jack no ha ido por él, y no lo consigue?
—Muchas, demasiadas —afirmó—. Pero ahora, siento que será diferente. Lo va convencer y será un nuevo inicio para todos.
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