XV. Gioventù.
Academia del FBI - Quántico, Virginia.
En la sala de lectura reinaba la oscuridad, la única luz que alumbraba el lugar era el proyector que enseñaba las peores imágenes de asesinatos registradas en el FBI. La imagen que perduró más en pantalla fue la de un joven, parcialmente degollado, con varios golpes en su rostro y torso y, como una cereza sobre el pastel, mutilado de su miembro.
Will Graham acomodó sus anteojos y observó a los presentes, los estudiantes de la academia se mostraban fríos, serenos ante las fotografías que miraban; si querían llegar a ser agentes sus cabezas deberían de estar exentas de cualquier tipo de pensamiento, algo que Will conocía y raras veces funcionaba en él.
—Clifford Hill, veintitrés años, recién graduado de arquitectura; su asesino fue a quien se le conoció como "el castigador de Memphis." —Will guardó silencio y continuó moviendo las diapositivas. Entre cada nueva imagen, mejor se apreciaban los detalles de en cuello—. Ustedes, como próximos agentes, deben tener en cuenta los motivos de un asesino para matar, en este caso vemos como este "castigador" ejecuta a sus víctimas conforme a sus mayores pecados. El de Clifford, solo visitar burdeles.
Will acomodó sus anteojos y continuó con las diapositivas y la plática a los futuros agentes. Sin que este lo notara, a la sala de lecturas entró Jack Crawford y observó en silencio la clase de Will. Minutos después, Will apagó el proyector y la luz fue encendida; se giró para posar la vista en los estudiantes y con asombró descubrió a Jack, quien le sonrió levemente.
—Es todo por hoy —habló, sin despegar sus ojos del agente—. Pueden retirarse.
Los estudiantes obedecieron, tomaron sus libretas y en orden dejaron la sala de lecturas, despidiéndose formalmente de su catedrático y el agente.
—Jack —saludó Will nada amistoso. Crawford ladeó su cabeza respondiendo aquel saludo—. ¿A qué debo tu honorable visita? —cuestionó mientras acomodaba sus anteojos.
—Supongo que ya lo imaginaras —dijo, al estar cercas de él. Jack tomó sus anteojos y los acomodó.
—Gracias —mencionó Will incómodo.
—De nada —respondió con una sonrisa.
—¿Qué se te ofrece?
—Te necesito, Will.
Graham suspiró amargamente, se dio la media vuelta y se dirigió a su escritorio.
—Ya conoces mi respuesta.
—Lo sé Will pero, de verdad, te necesito.
—¿Cuántas veces no has venido a verme? Diciendo que me necesitas.
—Después de la doceava vez, perdí la cuenta.
Will volteó a verle y negó levemente.
—Ya conoces mi respuesta.
—Por favor Will, escúchame.
—Jack...
—Solo unos minutos —interrumpió.
El joven Graham alzó su vista al techo y suspiró desesperadamente.
—Cinco minutos.
—Gracias —dijo mientras se acercaba a su escritorio. Una vez ahí colocó un legajo frente a él—. Esta mañana llegó el cuerpo de una mujer sin rostro —Will alzó su vista con el ceño fruncido y Jack abrió el legajo mostrándole las fotos. Will contempló cada fotografía su rostro no género ninguna expresión, pero en su interior la llama de la curiosidad comenzó a encenderse—. Como puedes ver, quien la matara, retiró la piel en corte limpio; no hubo errores, dejó el musculo al aire. Si lo notas, también se llevó los parpados y...
—Vanidad —soltó, y Jack se detuvo en seco.
—¿Perdón?
—Vanidad —repitió—. El asesino busca la vanidad. ¿Ya forjaste un perfil psicológico?
—Aun no.
—Hazlo —dijo mientras guardaba las fotos.
—¿Me ayudaras?
Will cerró el legajo y lo tomó.
—Ya veremos —confesó, se alzó de su silla y salió de la sala de lecturas mientras Jack le miraba retirarse.
Hannibal escuchó como tocaron a la puerta de su consultorio. Curioso dejó de lado su lápiz, se alzó de su escritorio y fue atender el llamado. Abrió la puerta y descubrió a su compañera y colega Alana Bloom.
—Hola —saludó la doctora con una gran sonrisa.
—Buen día Alana, es un placer verte —respondió Hannibal con una cautivadora sonrisa.
—Lo mismo digo. ¿Puedo pasar?
—Adelante —dijo mientras se hacía a un lado.
Alana entró y Hannibal cerró la puerta.
—¿A qué debo tu visita?
—Vengo a pedir un poco de tu asesoría.
—¿En qué puedo servirte? —inquirió mientras le ofrecía asiento. Alana mantuvo su sonrisa y tomó lugar en el sillón.
—Llegó un caso, un tanto turbio, y Jack me pidió realizar un perfil psicológico pero quiero una opinión adicional —reveló mientras le miraba.
Hannibal sonrió ampliamente.
—Con gusto seré esa opinión.
Un sonido interrumpió las sonrisas de ambos y Alana fijó su mirada hacía la parte alta del lugar, descubriendo a Elisa con un libro en mano. La jovencita sintió el peso de la mirada y movió sus ojos, revelando a la Doctora Bloom. Ambas se miraron extrañadas por un momento, luego la joven sonrió y alzó su mano para saludarla; Alana respondió de la misma manera.
—¿Estás en sesión? —preguntó extrañada al retornar su mirada con él.
—No —afirmó con una sonrisa—. Elisa está ayudándome acomodar mis nuevos libreros.
—¡Oh!
—Elisa —llamó en un tono alto y profundo.
Ella le miró y se acercó a la barandilla. Hannibal dio unos pasos y alzó su vista para observarle.
« ¿Se va a ocupar? » cuestionó, antes que el dijera algo.
« Un par de minutos. »
« ¿Me salgo o...? »
« No » interrumpió, « no tardare. De momento sigue leyendo y practicaremos las palabras que no entiendas.»
Elisa sonrió, afirmó con su cabeza y tomó asiento retomando la vista al libro. Hannibal devolvió la mirada a su colega, quien había presenciado el momento con mucha curiosidad.
—¿Comenzamos? —interrogó.
—Cla-claro —mencionó nerviosa.
Alana tomó sus carpetas y empezó a extender sus papeles; Hannibal se sentó a su lado y emprendió a revisar lo hecho por su colega. Con ojos curiosos y buscando no verse tan evidente, Elisa miró sobre el libro como ambos doctores trabajaban; ello le trajo memorias de cuando ambos le impartían terapia, siempre terminando en una especie de conflicto entre los dos. A ella no le agradaba mucho cuando las discusiones surgían, pero estaba agradecida con la Doctora Bloom por ser tan atenta y amable con ella.
Hannibal tenía en mano las fotografías de la víctima y ninguna expresión se vio forjada en su rostro, pero por dentro, admiró el trabajo de aquel asesino.
—Como vez, tajó todo el rostro en un solo corte —Hannibal ladeó su cabeza—. Se llevó cada centímetro del rostro; mi teoría es que es alguien obsesionado con la belleza. Esta es la víctima —mencionó Alana al sacar la foto de la mujer, antes de su fatídica muerte—. Una mujer hermosa, su rostro era la definición de lo perfecto, bien cuidado y sin ninguna imperfección.
—Tu perfil no es erróneo —mencionó sin despegar la vista de las fotos de la morgue.
—¿Lo crees?
—Apoyo tu redacción, pero también debes ver, que el asesino no solo puede estar obsesionado con la belleza superficial.
—¿Te refieres a...?
—Un asesino guiándose por la vanidad.
—Oh —soltó Alana—. No lo había pensado de esa manera.
—Es algo que debes tener siempre consiente, Alana. No mires con obviedad, busca a fondo y encontraras más detalles —dijo Hannibal con una sutil sonrisa.
Alana le respondió de la misma manera y aceptó la opinión de su colega y mentor.
La Doctora Bloom se retiró, despidiéndose de Elisa de una manera muy cálida; y una vez Hannibal cerró la puerta notó como Elisa bajó los escalones, con cierto miedo. Él se acercó con ella y le ayudó en los últimos escaloncillos.
—Gracias —dijo con una sonrisa, la cual fue correspondida.
—De nada. ¿Cuánto leíste?
—Cuatro capítulos.
—Maravilloso, has mejorado mucho tu habilidad de lectura —las mejillas de Elisa se tornaron rosadas—. ¿Anotaste las palabras que no comprendiste? —Ella afirmó y sacó la hoja donde había realizado sus apuntes, se la entregó a Hannibal y este la leyó, contando un total de ocho palabras—. Practiquemos, en lo que llega tu padre por ti. La próxima semana seguiremos acomodando los demás libros.
—¡Si! —exclamó alegremente, mientras Hannibal le ofrecía su mano para conducirla hacia el asiento. Ella aceptó con inmensa alegría.
El anochecer casi se aproximaba, los niños del vecindario jugaban al futbol en la calle; todos se divertían, ignorado ese hecho que la noche ya casi llegaba. Mientras los niños chillaban y parloteaban, un estruendoso y perturbador grito les perturbó. Observaron a sus alrededores, buscando quien había generado tal grito, pero nadie se veía. Otro grito se hizo presente, esta vez se escuchó cerca de ellos, y todos se juntaron para defenderse y entre los arbustos una mujer salió, gritando desesperada y con el rostro luciendo un escalofriante color carmesí. Todos los niños se asustaron ante la repentina presencia, la mujer no paró de gritar, sus manos rozaban su rostro, pero su desgarrador grito siguió perturbando a los infantes. La mujer se hincó en medio de la calle, los niños notaron que el carmesí de su rostro era sangre; ella disminuyó sus gritos y cayó al suelo. Todos se acercaron a ella y descubrieron que su rostro se apreciaba la carne interior, los músculos; sus parpados no se encontraban y sus ojos eran dos cuencas blancas. Su rostro había sido removido sin piedad.
Hannibal y Elisa se encontraban en el escritorio, la niña trataba de pronunciar las palabras que había escrito, pero algunas de ellas se le dificultaban. Hannibal dibujaba y escuchaba atento a la jovencita cuando presenció un resoplido agotador. Él detuvo el movimiento de su mano y alzó su mirada con ella; Elisa sintió el peso de aquella mirada y alzó su vista.
« No puedo » confesó.
—¿Por qué no? —inquirió un tanto serio. Ella se encogió de hombros—. Debe haber una razón.
La jovencita colocó sus brazos en el escritorio y recargó su mentón en ellos, observó a Hannibal con profunda tristeza, y sintiéndose intimidado por esos ojitos azules, dejó de lado su lápiz y posó su mirada en ella.
—No puedo... —respondió, apuntando con su dedo índice hacia la hoja.
Hannibal le tomó y observó la palabra que se le dificultaba.
—Has pronunciado palabras más largas y complejas —Elisa hizo un leve puchero—. Está no es tan difícil; observa mis labios y repite después de mí. Efímero.
—E... —cerró su boca y apretó sus labios— E...
—Bien —ánimo—. Observa, efímero.
—Efí... —pausó y respiró profundamente— Efí-me-ro —pronunció.
—¡Excelente! —Exclamó con una gran sonrisa—. ¿Vez como si podías?
Ambos sonrieron, Elisa pareció recuperar su confianza, se acomodó en la silla y apreció lo que Hannibal estaba dibujando.
—¿Castillo? —preguntó, apuntando al papel.
Lecter observó a su creación, y sin deshacer su sonrisa, tomó el papel y lo colocó para que Elisa pudiera verlo. Ella miró fascinada el dibujo. En definitiva era un castillo, dibujado con increíble detalle, ya que ella podía apreciar los detalles exquisitamente difuminados en el ladrillo y el tejado. Y acuñado sobre una alta montaña, sombreada de manera profunda y cubierto por una gran bosque, matizando las copas de los árboles; quedó fascinada ante lo plasmado en el papel. Elisa adoraba el talento que Hannibal tenía para dibujar; admiraba muchas cosas de él, pero la cocina era su preferida.
—¿Te gusta?
—Hermoso —expresó maravillada.
—Gracias. Me alegra saber tu opinión, eso me motiva.
« ¿Es dónde solía vivir? » preguntó con mucha curiosidad.
Hannibal se sorprendió que aún recordara aquellas conversaciones, de cuando era una pequeña niña. Muchas veces ella le decía que vivía en un castillo y Hannibal, contento por sus confesiones, le decía la verdad, que él alguna vez llegó a vivir en uno.
—Así es —respondió, con aire nostálgico—. Cuando era un niño, vivía aquí.
« ¿Y dónde está el castillo? »
—Lituania.
Elisa se mostró confusa. Hannibal alzó su mano, indicándole que le esperara un momento, se alzó y caminó hacia uno de sus libreros en busca de un libro. Lo encontró, le tomó y regresó a su lugar, buscando una página en especial; una vez la encontró le enseñó a la niña.
—Aquí está Lituania —dijo, apuntando a un mapa de la región de Europa del este; entre Bielorrusia y Polonia.
Elisa se acercó y miró el mapa, descubriendo que era un país, un tanto pequeño.
—¿Nació ahí? —Hannibal afirmó con un leve movimiento de cabeza—. ¿Es bonito?
—Hermoso. Recuerdo que el castillo estaba rodeado del más hermoso y magistral bosque teñido en un cautivador verde; en invierno la nieve adornaba las copas de los árboles. Era un espectáculo fascinante.
Elisa le observaba con plena atención, Hannibal posó su mirada y la nostalgia le abrigo. Por momentos, estuvo a punto de cuestionarle si recordaba su primera primavera e invierno, pero logró controlarse.
« Algún día, ¿me llevaría ahí? » preguntó, sin ocultar su alegría.
Hannibal suspiró junto con una sonrisa, ¿cuántas promesas le había hecho a la pequeña en todos estos años? Y muy pocas había cumplido.
—Por supuesto, Elisa.
Ella sonrió sin negar su alegría, puso su mirada en el libro y se dedicó a observar el mapa y leer un poco sobre Lituania. Hannibal no dejo de mirarla, dentro de él sintió una pequeña punzada, pensó que la nostalgia era la culpable y buscó no dejarse llevar por ella, pero sabía que Mischa no había vuelto a contemplar su amada Lituania en años y debía dar fe a su palabra.
Residencia de Will Graham – Wolf Trap, Virginia.
Era viernes. Todos los perros del joven Graham se encontraban en el porche de su casa, jugando con Elisa. Will yacía sentando en su comedor mirando al archivo que le entregó Jack; observó con gran detalle cada fotografía. Leyó el informe forense y reafirmaba su teoría: La vanidad. Escuchó como la puerta se abría, veloz cerró el legajo y vio como entraba Elisa con todos sus perros.
—¿Todo bien? —preguntó mientras la niña le miraba. Ella afirmó y cerró la puerta.
—Tenemos hambre.
—Ok. Dales de comer y preparare algo para nosotros.
Elisa ladeó su cabeza y fue en busca de la bolsa de croquetas. Will se alzó de su lugar y fue a su cocina. Los perros rodearon a la jovencita y ella dejó escapar algunas risas, preparó los platos y todos los canes comenzaron a comer. Elisa tomó asiento en el comedor, observó de reojo a Will y luego prestó atención en el legajo que estaba en la mesa. Desde que había llegado a la casa de Will, notó como éste no despegaba su mirada de esa carpeta y en el fondo sintió curiosidad. La niña estiró sus dedos y sustrajo unas pocas hojas de su interior y, para su sorpresa, vio una fotografía de una mujer sin piel en su rostro. Una escalofrío recorrió su cuerpo, quedó horrorizada ante esa imagen; ella sabía que su padre y Will trabajaban buscando asesinos, o como solían llamarlos ante ella, hombres malos. Pero al ver esa fotografía el miedo la abrigó horriblemente.
Will siguió preparando todo para una cena sencilla, y mientras iba y venía por vasijas, distinguió como Elisa curioseaba en sus archivos. Maldiciéndose por dejarlos tan a la vista, aventó todo y fue corriendo hacia ella. Elisa se perturbó más ante el escándalo y giró para mirar a Will guardando todo el contenido en la carpeta.
—Elisa —llamó severamente. La joven se asustó y alzó su mirada, distinguiendo un rostro severo.
—Lo s-siento.
—No vuelvas a tomar este tipo de archivos, ¿De acuerdo? —ella afirmó rápidamente—. Gracias.
Will tomó el legajo y lo acomodó en su pequeño librero. Elisa no hizo mención alguna y espero a que la cena estuviera lista.
Los dos comieron sin ningún tipo de plática. Elisa no pudo borrar esa imagen de su rostro, y Will lo sabía. Lo que no sabía era como lograr que ella lo olvidara. Entre tanto pensar, Will bajó sus utensilios y miró a la niña, ella movió sus ojos y también le observó.
—¿Sabes? —comenzó con un torpe movimiento de manos. Elisa decidió leer sus labios y percibir lo poco de su voz—. Eso que viste, es un infortunio de la vida y...
—Está muerta —afirmó.
—Si...
—¿Quién la mató?
—Es lo que tratamos de averiguar.
—¿Tú lo encontrarás? —preguntó.
Will tragó difícilmente, dio un tragó a su bebida y pasó con dificultad.
—Eso intento.
—Me alegro —dijo y continuó comiendo.
Jack llegó por Elisa, ella junto a los perros lo recibieron, y apreció como Will caminaba desganado.
—¿Qué tal el día?
—Bien —fingió.
Jack notó las emociones y llamó a Elisa.
« ¿Podrías dejarnos un momento a solas? »
Ella afirmó y se llevó a los perros alrededor.
—¿Sucede algo?
Will rascó su cabeza y miró preocupado a Jack.
—La segunda mujer, ¿murió en el trayecto al hospital?
—Así es. ¿Alguna idea?
—Tengo una muy vaga idea, pero no dejo de lado lo que te dije.
—Vanidad.
Y Will ladeó su cabeza.
—Pronto atacará —soltó, muy angustiado—. ¿A quién? No lo sé, pero lo hará.
—Seguiremos avanzando Will. Y necesito que me acompañes a la primera escena del crimen.
Will suspiró profundamente, miró al anaranjado cielo y lo pensó por unos momentos.
—De acuerdo. Iré.
Y Jack sonrió satisfecho por su respuesta.
Heaven's Night – Edmondson, Baltimore, Maryland.
La noche era pacífica, el bar estaba relajado, con poca clientela, e Isabella cantaba majestuosamente. La luz del escenario provocaba que su rostro brillará cuál joya recién pulida; su dulce voz no era solo un bálsamo para uno de los clientes, el reflejo de su pulido rostro era la cumbre de su máximo gozo. Era el último que conseguiría para forjar la juventud y el placer que necesitaba a su apreciada vanidad.
N/A:
Muchas Gracias por leer. Se agradecerán sus comentarios, criticas que me ayuden a mejorar, opiniones y/o sugerencias :3
