XVII. Orthodoxe.

"EL FBI HA CAPTURADO A LA CARA CORTADA, MAS BIEN, EL DÚO CARA CORTADA."

El día de ayer en la noche, el FBI logró capturar al asesino que se dedicaba a sustraer los rostros de las mujeres locales de Baltimore, en un bar de la comunidad de Edmondson, Maryland. La captura corrió a mano del académico y agente (antiguamente retirado) Will Graham. Gracias a ello, se descubrió que el asesino contaba con la ayuda de su pareja; una mujer, a quien se ofrendaba a coleccionar los rostros de las víctimas para placer personal.

Este caso ha conmovido por completo la comunidad, quienes se encontraban en paz desde hacía seis años, después de los eventos de "El Verdugo de Minnesota."; caso por el cual, el agente Graham se decidió retirar de las labores de campo. Los asesinos se encuentran bajo custodia para pronto ser evaluados por los mejores psiquiátricos y procesados bajo la corte de Baltimore. Y, a todo esto, se nos sorprende el hecho de que el agente Graham regresará a este tipo de labores; es como si el mal augurio viniera en él. Durante la captura, se le vio muy hermético y ajeno a su entorno. Bien debe de conocer, querido lector, que el agente Will Graham posee una "habilidad" para habitar en la mente de los criminales más enfermos de esta nación; no es de sorprenderse que el FBI tenga a su lado a un sujeto como Graham, y es probable, que lo veamos aparecer en esta página por un largo periodo de tiempo, o en lo que un nuevo y perturbador caso llegue a mis oídos.

Freddie Lounds – Tattle-Crime . com – 07/09/2003


La fotografía de Will Graham, fuera del Heaven's Night, encabezaba el tópico en el sitio web de Lounds. Jack Crawford apagó su computador y dejó escapar un suspiró amargo, ante el veneno que esa mujer había propagado por la internet.


Academia del FBI – Quántico, Virginia.

Tan pronto entró a la sala de lecturas, Will recibió los elogios de sus estudiantes; el profesor Graham pidió silencio y suplicó que no hicieran tales actos. No había nada que celebrar, los asesinos estaban bajo custodia y solo ello debía importar. Acomodó sus anteojos y encendió el proyector, listo para impartir la nueva clase, como si nada hubiese sucedido.

Una vez terminada su lectura, todos los estudiantes se habían amontonado en la entrada para poder dejar el lugar. Will les miró por unos momentos, sorprendido del disturbio que se había formado y suspiró agotado. Esperó a que todos se retiraran y acomodó sus archivos para guardarlos en su maletín. Al ver como los estudiantes había dejado el aula, Graham percibió que no estaba solo, alzó su mirada y descubrió a una joven estudiante, mirándole fijamente.

—La clase ya terminó —respondió, algo nervioso por el peso de esa mirada.

—Lo sé, profesor Graham —dijo, al momento que se alzaba.

—¿Tienes alguna duda?

—Sí, pero no pertenece a la lectura de hoy.

Esa joven rubia y de carácter fuerte, llegó frente a él, y Will retiró un poco su mirada.

—No comprendo cual sea tu duda.

—Es sobre la cara cortada... —se interrumpió— bueno, sobre la pareja que hurtó los rostros de ciertas mujeres.

—Ya entiendo —soltó. Graham acomodó sus caídos anteojos y buscó no fijar mucho sus ojos azules en ella—. ¿Tu nombre es...?

—Miriam Lass —respondió, detonando una increíble seguridad.

—Oh, sí. Lass. He oído de ti.

—¿En serio? —cuestionó, no muy sorprendida.

—Si. Tienes un carácter duro —un silencio incomodo se formó. Miriam elevó suspicazmente una de sus cejas, mientras Will evadía cualquier contacto—. N-no me lo tomes a mal, y-yo...

—Entiendo, profesor Graham. ¿Podría aclararme mis dudas?

—Aclaró cualquier duda respecto a la clase vista. No ajenas a ella.

—De acuerdo profesor —dijo, con una fingida sonrisa—, sin embargo, el motivo por el que me atrevo a cuestionarle sobre dicho incidente, se debe a ciertos comentarios que han surgido.

Will no ocultó el fruncir de sus ceño y movió sus ojos hacía la joven.

—¿Qué comentarios?

—No me gusta fiarme de ello, y es por eso, que recurro a usted para que pueda aclararme mis dudas.

—¿Qué comentarios? —insistió, molesto esta vez.

—¿Ha oído de Freddie Lounds y su web, el Tattle Crime?

Ante la pronunciación de ese nombre, Will suspiró amargamente y retiró sus anteojos. Miriam observó, un tanto preocupada, a su profesor, sabiendo que había obrado mal.

—Señorita Lass —mencionó Graham con una sonrisa poco amistosa—, le daré una recomendación, si quiere llegar a ser una agente en el FBI —la joven se vio de manera rígida—. Evite ese tipo de periodismo sensacionalista; los altos mandos detestan que los futuros agentes guíen sus instintos en ese tipo de artículos.

El agente tomó su maletín y anteojos, miró una última vez a su alumna y esa gran sonrisa fue su despedida. Miriam Lass tragó difícilmente y en cuanto la presencia de su maestro, estuvo a punto de desaparecer, esta le detuvo.

—¡Profesor Graham! —llamó, y él evitó girarse—. Lamento mi imprudencia, por lo que le he cuestionado, pero ello, se debe a que debería estar al pendiente de lo que se dice de usted en esos lares. No es bueno que ensucien su imagen.

No hubo mención por parte de él, un golpe al marco se escuchó, estremeciendo un poco a la joven, y salió del lugar. Miriam Lass exhaló amargamente, tomó sus cosas y ella también se marchó, en búsqueda de continuar sus clases.


Jack Crawford escuchó la puerta de su oficina abrirse, alzó su mirada y vio a un alterado Will acercarse a su escritorio.

—¡¿Qué fue lo que escribió?! —demandó, tan pronto dejó caer sus manos en la madera, creando un eco escandaloso.

—Will...

—No. ¿Qué fue lo que escribió esa víbora?

—No importa lo que esa mujer haya escrito.

—Sí, sí importa. Entra a esa maldita página de internet —ordenó, apuntando a aquella enorme caja a un lado de Jack.

Crawford suspiró agotado y obedeció a Graham, quien no paró de balancearse gracias a su ansiedad. El sonido de las teclas se llevó aquel eco que Will creo y el ambiente lució un poco apacible, Jack se alejó de la computadora y le hizo una seña al agente para que leyera lo que Freddie Lounds había publicado en la web. Will no desperdició ni un segundo y se acercó a leer el reportaje, y al empezar, Jack observó la furia que emanaba en él, entre cada línea que leía. Al terminar Graham golpeó el computador y Jack alzó ambas cejas.

—Es propiedad del FBI, si lo rompes, lo pagas.

Will se alejó del escritorio y llevó una de sus manos a su rostro. La ira sobre él era intolerable, quería patear y golpear todo a su alrededor, pero sabía que era inútil.

—¡Es maldita de Lounds! —exclamó alterado. Jack suspiró agotado—. ¡Te juro que cuando la tenga frente a mi...!

—No gastes tu tiempo y energía en alguien que no lo merece.

—No, no Jack... Yo...

—No es la primera vez que Freddie Lounds escribe cosas sobre ti —interrumpió—, ya habías liado con ello.

—Lo sé Jack, es solo que, cada vez que sucede algo esa mujer tiene que hacer insinuaciones sobre mí y... y lo detesto.

—Yo también detesto que hable de ti, de esa manera impertinente. Bien tienes que saber que debemos ignorar todo lo que ella publique.

Graham dejó caer su brazo y respiró profundamente. Jack tenía razón, y él mismo había impartido consejos sobre ignorar ese tipo de columnas, ladeó su cabeza con suavidad mientras posaba sus ojos en Crawford.

—Sí, así debe ser —finalizó con una leve e insatisfactoria sonrisa.


Hospital para Criminales Dementes – Baltimore, Maryland.

Hannibal caminaba junto a su colega, la Doctora Alana Bloom, por el ancho pasillo del instituto más peligroso y de alta seguridad de Baltimore. Ese hospital contaba con todo tipo de gente cuyos crímenes eran considerados los más atroces y jamás imaginados por cualquier ser humano común. En ocasiones Hannibal se admiraba que su "alter ego" aun no fuese descubierto y de no caer en este desastroso sitio. Era demasiado inteligente para ser capturado. Ambos doctores detuvieron sus caminar y quedaron frente a una enorme puerta de caoba. Alana observó a su mentor y este, como el caballero que era, se destinó a realizar el llamado. Esperaron unos momentos y fueron recibidos por el director del lugar, el Doctor Frederick Chilton.

—Doctora Bloom, Doctor Lecter —saludó con una soberbia sonrisa—. Por favor, pasen.

—Gracias Doctor Chilton —respondió Alana con una linda sonrisa. Hannibal saludó con un leve asentimiento.

—Gracias por venir —continuó, una vez entraron, y cerró la puerta.

—Nos sorprendió tu llamado —Confesó la Doctora Bloom mientras se giraba para verle.

—¡Oh! No es nada de qué preocuparse; es sobre el dúo de asesinos que el FBI capturó.

—¿Hay algún problema por ello? —interrogó Hannibal.

—Yo no lo llamaría problema, Doctor Lecter, yo lo llamaría un pequeño inconveniente —dijo en lo que se acercaba a ellos—. Revisamos sus perfiles psicológicos y, al tipo lo mandaremos directo a prisión, la mujer se quedará aquí.

—¿Por qué? —Cuestionó Alana mientras fruncía su ceño—. Ambos son pacientes acordes al psiquiátrico.

—No lo creo, Doctora Bloom. Al hombre le reevaluamos y nos parece más acorde a la prisión estatal. La mujer es quien perfila mejor para este lugar.

Alana se mantuvo con la misma expresión y movió su rostro para observar a Hannibal, quien detonaba una increíble serenidad, no se veía alterado por el cambio a los perfiles.

—¿Y por qué no se nos informó sobre la revaluación?

—Se les está informando, Doctora Bloom —respondió Chilton, a la par que sonaba su bastón contra el suelo. Alana apretó sus labios, se veía furiosa—. Esta tarde se llevaran al preso a la estatal.

—¿Cómo llegaron a esas conclusiones? —demando ella.

—Fácil. Por favor, tomen asiento en lo que les explico —ambos obedecieron y esperaron a que el Doctor Chilton siguiera sus pasos—. La señorita Collins, es una persona manipuladora y una sociópata de grado, casi avanzado. No necesito de grande acciones para que su pareja hiciera tales actos por ella. Con respecto al señor Trevor, sabemos que es un asesino forjado bajo el manejo de la señorita Collins; no había antecedentes, no perfila como un asesino psicópata o de peligro para la gente a su alrededor. Solo fue un títere bajó una excelente mente calculadora.

Chilton sonrió satisfactoriamente, el largo de su sonrisa era increíble y los pequeños hoyuelos que se forjaron cerca de la comisura de sus labios parecían fascinantes ante ambos doctores. Alana no se mostró convencida del análisis de su colega, ella volteó con Hannibal, ahora mostrando una calma seriedad, y llevó su mano hacía su barbilla.

—Si lo cree conveniente, Doctor Chilton, aceptó el cambio al perfil.

La Doctora Bloom no ocultó el gran abrir de sus ojos, estaba sorprendida ante la decisión de Hannibal, y si bien le conocía, él detestaba que modificaran los perfiles psicológicos de la gente que llegaba a tratar.

—Me maravilla escucharlo de sus labios, Doctor Lecter. ¿Usted Doctora Bloom? —interrogó al mover sus ojos hacía ella. Alana parpadeó en una velocidad sorprendente, momentos después, ladeó su cabeza y un leve "si" surgió de su boca—. Bien, todo ha quedado claro.

—Supongo... —soltó Alana, mientras se alzaba de la silla. Hannibal observó a su compañera, con aire de preocupación. La joven Doctora salió de la oficina y dejó ambos hombres solos.

—Lo tomó mejor de lo que pensé —dijo Chilton. Lecter se volteó a verle.

—El hecho de realizar un nuevo perfil, sin nuestro consentimiento, fue muy irresponsable, Chilton.

—¡Por favor, Hannibal! —Exclamó con descaro—. No es la primera, ni la última vez, que lo hago —Lecter se acomodó en la silla y analizó a su colega, de una manera muy peculiar—. Conozco esa mirada —dijo, entre cerrando los ojos.

—Y yo conozco tus trucos. ¿Cuál es tu verdadero plan?

—¡Oh, me ofende Doctor Lecter! —soltó mientras se alzaba de su silla.

—Tienes un plan —mencionó mientras le seguía con la mirada—, y no uno muy bueno.

—Es verdad. El potencial psicológico de esa mujer, me otorga un excelente punto como directivo del lugar pero...

—Siempre hay un pero —interrumpió con una mordaz sonrisa, la cual Chilton acompañó.

—Es cierto, siempre lo hay. Mi pero es que, a pesar de tener a una demente más, no satisface mis necesidades como médico, ¿lo entiendes, verdad?

—No te es interesante como paciente. La tendrás cautiva en este lugar para tu reputación.

—Exacto —respondió con una enorme sonrisa.

—Un poco dogmático tu método, ¿no?

—No soy el único que lo hace. ¿Verdad, Hannibal?

Lecter miró apaciguado a su colega, quien su sonrisa llegaba de oreja a oreja. Hannibal se alzó de su asiento y con un leve movimiento de cabeza se retiró de la oficina de Frederick Chilton, sin intimidarse por aquellas palabras.


Alana esperaba a Hannibal fuera de la institución mientras daba vueltas a la entrada principal. Con su cabeza llena de interrogantes, no percibió una cabellera ondulada y rojiza merodeando por la zona del psiquiátrico. Entre más la joven Doctora Bloom se adentraba en sus pensamientos, más se acercaba aquella persona hacía donde ella se encontraba.

—¿Usted trabaja para el FBI, cierto? —interrogó, volviéndola a la realidad.

Alana se dio la media vuelta y descubrió a Freddie Lounds, con una larga sonrisa adornando aquel cínico rostro que la caracterizaba como la reportera más amarillista y sin escrúpulos de Baltimore.

—¿Qué diablos hace aquí? —contradijo Alana, con una ira formándose en su pecho.

—Una vuelta por el vecindario. ¿Usted es la Doctora Bloom, correcto?

—No hablaré contigo.

—¿Por qué? ¿Por mi columna sobre Will Graham?

Alana desvió su mirada y dejando que Lounds se regocijara con su sentir. Ante ese momento, Hannibal salió del lugar contemplando la escena frente a él. Su colega dejó escapar un agradecido suspiro y se dirigió hacia él.

—Qué bueno que llegas —susurró, estando a menos de veinte centímetros de él.

—¿Freddie Lounds? —inquirió. La pelirroja reportera alzó su agraciado rostro.

—Gusto en verle, Doctor Lecter.

—Esa víbora anda arrastrándose por acá —dijo Alana en voz baja. Hannibal movió sus ojos con ella y apreció la rabia en su rostro. Lounds era un ser despreciable para la gente del FBI.

—Ve al auto, no tardaré —animó con una grata sonrisa.

—¿Pero…?

—No te preocupes.

Alana se dejó cautivar por la sonrisa y elegancia que siempre emanaba Hannibal. Ella obedeció a su mentor y se dirigió al coche, no sin antes mirar con rabia a la descarada reportera. Freddie miró de reojo a la Doctora Bloom y, una vez quedaron solos, ella alzó su rostro a la par que sus rizos se ondeaban con el ligero aire frio que recorría el lugar.

—Me sorprende verla por estos lares, señorita Lounds. Supongo que busca información del dúo de asesinos, o, como usted les bautizo, la cara cortada.

—Solo fue un pequeño homenaje a la película —confeso con sorna.

—Interesante.

—Mi visita no tiene nada que ver con ellos dos, ya conté lo que se debía informar.

—¿Y por qué nos agracia con su presencia?

La reportera no evitó ensanchar su sonrisa.

—Vine a investigar, algunos detalles sobre Will Graham.

Hannibal alzó ambas cejas ante la revelación de Lounds.

—Me temó que este lugar no es el indicado, señorita Lounds. Necesita ir a la academia del FBI. Graham labora ahí.

—No vengo por un reporte simplón de él, vengo por un reporte psiquiátrico.

—Will Graham no ha sido evaluado por estas instalaciones. Me temo que perderá su tiempo, como suele hacerlo —Ahora ella alzó sus cejas—. Leí su reportaje, me apena decir que me he leído varios reportajes de su página web. Graham es un nombre habitual en su sitio.

—Hago mi deber, Doctor. Ambos sabemos "la peculiaridad" del agente Graham. Es algo que no puede ser ignorado por cualquiera, especialmente los agentes del FBI.

—Señorita Lounds, acépteme este consejo, por un tiempo evite a Will Graham. No hay nada interesante en él.

—No aun, Doctor Lecter.

Hannibal parpadeó ligeramente ante la confiada respuesta de la joven pelirroja.

—Buenas tardes, señorita Lounds —finalizó con una ligera sonrisa.


El camino fue un ambiente pesado para Alana y Hannibal, este dejó a su colega en Quántico y dirigió su destino hacía su oficina, había citas pendientes y debía cumplir. Llegando a la calle donde su consultorio se encontraba, Hannibal percibió una conocida figura, frenó su coche y, al salir de este, Hannibal descubrió a Bella Crawford esperándole fuera de su consultorio. Ambos adultos se miraron. Lecter reveló, en la mirada de Bella, que lo que ella tenía que decir no sería algo bueno ni satisfactorio para él. Cerró la puerta de su coche y se dirigió hacia la mujer de Jack.

—Bella, buenas tardes.

—Buenas tardes, Doctor Lecter.

—¿A que debo su visita? ¿Todo se encuentra bien?

Ella apretó sus labios y el sonido de su respiración caló en los oídos de Lecter.

—No Doctor. Necesito hablar con usted.

—Por supuesto Bella, por favor —dijo mientras extendía su mano—, pase.

Ella agradeció sutilmente y siguió el camino que Hannibal le indicó. Las puertas del consultorio de Lecter fueron abiertas; sus siguientes pacientes tendrían que esperar ya que debería atender primero a Bella, consciente de que su plática era con respecto a Elisa.

—Si es tan amable Bella, tome asiento —indicó mientras movía una de sus sillas frente a su escritorio. Bella aceptó el gesto y obedeció—. Dígame, ¿en qué puedo ayudarle?

—Es sobre Elisa —soltó. Hannibal desabrochó uno de los botones de su sacó y se preparó para tomar asiento.

—¿Le ha sucedido algo? —Cuestionó, cada palabra detonaba un increíble interés—. ¿No ha tenido mejoría?

—Ha mostrado una buena mejoría.

—Me alegra escucharlo —dijo con una sonrisa aliviada.

—Pero no estoy aquí por ello, Doctor.

—¿Entonces? ¿Qué es lo que pasa?

Bella desvió su mirada y comenzó a hurgar en su bolso. Hannibal miró solemnemente a la mujer hasta que apreció como en sus manos aparecía una hoja en cuatro dobleces. Abruptamente ella se detuvo, mordió su labio inferior y se veía en busca de la mejor manera para afrontarle.

—Doctor Lecter —habló—, Elisa colorea mucho.

—Lo sé.

—Usted interactúa con ella de esa manera, ¿verdad?

—En efecto. Me sirve para armonizar más la terapia.

Ella ladeó rápidamente su cabeza.

—Nunca nos ha enseñado lo que Elisa realiza, ¿cierto? —Lecter ladeó su cabeza suavemente—. ¿Acaso son cosas inquietantes? —preguntó mientras alzaba la vista. Hannibal se mantuvo serio.

—Nunca me han solicitado sus dibujos —argumento, de una manera cordial y a la vez dolosa, provocando que Bella sintiera el golpe de sus palabras.

—Es su deber decirnos sobre lo que pasa en la terapia.

—Es verdad, siempre defino mi reporte de los resultados ante usted y Jack, no obstante, ustedes como padres de Elisa, deben de solicitarme cualquier cosa que se realice en la terapia —dijo con una leve sonrisa. Bella dejó escapar un amargo suspiro y colocó aquella hoja sobre el escritorio, dándole el punto de la razón a Lecter.

—Esto lo dibujo Elisa hace unas noches —mencionó mientras golpeteaba lo hoja—. Lo vi por casualidad, y lo que hizo me dejo alterada.

Ante esas palabras Hannibal tomó la hoja y le desdobló, revelando el oscuro y perturbador dibujo

que Elisa había realizado. Por unos momentos Hannibal admiró el toque oscuro y mórbido que la niña había plasmado; sus más terribles pesadillas eran expresadas de esa manera y, aunque sus trazos no eran los mejores, el color decía mucho más.

—¿Cuestionó a Elisa por ello?

—No. Fingí no conocer su dibujo, pero me apena creer que Elisa tiene sospechas de que he espiado en su mesa de dibujo.

—Es un sitio personal para ella. No debió hacerlo.

—Doctor Lecter, Elisa es mi hija y estoy preocupada por ella. Sus recaídas cada vez son peor y ello me preocupa.

—Es algo natural en pacientes con largos periodos de terapias; los retrocesos suelen ser duros, preocupantes, pero ellos nos sirven para evaluar mejor la condición del paciente —Ella observó seriamente a Lecter, cada palabra que mencionó no le convencía en lo absoluto—. Siempre he estado para Elisa, Bella. He hecho lo mejor para que salga adelante.

—¿Qué ha dibujado Elisa con usted? —inquirió, sin deshacer su tono duro.

Hannibal bajó la mirada y un ligero suspiró fue la respuesta. No podía negarse ante la petición realizada, Bella figuraba como su madre y ella, al solicitar el expediente, tenía todo el derecho, al ser Elisa una menor de edad. Lecter se alzó de su escritorio y fue en busca de los archivos. De su impecable archivero selecciono la sección de a la A, a la C. "Crawford, Elisa" figuró y le tomó. Hannibal colocó el archivo sobre su escritorio y le abrió con recelo y delicadeza. Sacó varios papeles de dibujo, los cuales algunos ya tenían sus años, y extendió la mayoría delante de ella. Bella Crawford examinó todas las hojas, varios de los dibujos de su pequeña concretaban desde que tenía los ocho años; cada dibujo era peculiar, en algunos las imágenes de corderos muertos eran el atractivo y, con el paso de los años, Elisa creaba ciertas figuras deformadas y monstruosas. Pocos de sus dibujos representaban la alegría de su vida, algunos venían ella y Jack, en cada vacación de verano o evento en casa, otros delataban como es que Elisa veía a Jack, Will y el Doctor Lecter, marcándolo a cada uno como un padre de diferente índole. Pero fuera de esos inocentes dibujos, los horrores que ella plasmaba era lo que habitaba en lo más recóndito de su mente. Algo que Lecter no había podido erradicar.

—Mis intenciones con esta interacción es para que Elisa desahogue sus temores y pesares. Han funcionado en gran mayoría.

—¡Debió enseñarnos esto! No es normal que una niña dibuje este tipo de cosas.

—En el caso de Elisa, es considerado normal, es la manera que ella escogió. Y es lo mejor para ella.

—¿Por qué usted lo dice?

—Bella, soy el psiquiatra de Elisa —mencionó en un tono frívolo y directo.

Bella Crawford observó preocupada a Hannibal Lecter. La mujer llevó su mano sobre su rostro, evitando que las lágrimas cayeran sobre sus mejillas. Ella estaba preocupada por su niña, cuestionándose los métodos del Doctor Lecter, por ello lo había confrontado pero algo era verdad, Bella no era una psiquiatra como él. Si Hannibal creía quera lo mejor para ella, debía serlo, ¿verdad?

—Bella —volvió hablar, en un tono más apacible. Ella alzó su mirada—. Entiendo que este preocupada, es la madre de Elisa y me pongo en su lugar, yo también me preocuparía si mi hija dibujara cosas fuera de su edad, pero debe entender que, si es la mejor forma para que Elisa libere esos fantasmas con los que ha luchado por seis años, debe hacerlo. Es parte de su proceso de recuperación.

—Ti-tiene… tiene razón, Doctor Lecter —confesó, con un nudo en su garganta.

Hannibal sonrió para sus adentros, admirándose que al fin había dominado a la persona que mayor celaba su unión con su pequeñita. Podría considerar una victoria a esa guerra silenciosa que Bella Crawford le había declarado, desde que adoptaron a Elisa. Un victoria, pero la guerra aun no era vencida y Hannibal haría todo lo posible porque nadie lo alejara de su niña. Ella era su adorada hermana, no hija de los Crawford. Lecter tomó unos pañuelos y se los dio a Bella para que limpiara las lágrimas que recorrían sus mejillas junto al maquillaje de sus ojos. Ella los aceptó y con un cruel suspiró miro a Lecter.

—Solo quiero que mi hija sea feliz.

—Y lo será Bella, ella será plena y totalmente feliz —dijo, con una enorme sonrisa dibujándose en su rostro.


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