XVIII. Hen'na. (変な)
—Will, ya pronto entraré a la escuela —mencionó Elisa con una inmensa alegría. La jovencita se balanceaba en la silla mientras Graham le miraba, sin saber cómo responder.
—¿Tan pronto acabaron tus vacaciones? —preguntó, con un torpe movimiento de manos. Elisa movió su cabeza de arriba abajo, sin dejar de lado aquella sonrisa—. No duró nada.
Ella se encogió de hombros.
—Estoy lista —continuó.
—Me agrada verte así, tan animosa. Eso es muy bueno —dijo, mientras bajaba la taza de café que llevaba en sus manos.
—¡Gracias! —exclamó a la par que movía sus manos.
Will sonrió cálidamente, estiró su mano y meneó la cabellera castaña de la muchachita. Elisa posó una media sonrisa mientras miraba tal acción, se parecía a las mismas actitudes de su papá Jack. Todos los perros, quienes se encontraban debajo de la mesa, movieron sus colas y ambos sintieron los golpeteos de ellas en sus piernas. Después de tal acto de cariño, Elisa se agachó un poco, miró a todos los perros y comenzó acariciar sus cabezas en turnos.
—Sácalos a pasear —mencionó Will. Elisa le miró sin parar de consentir a todos—. Prepararé algo para merendar.
Ella sonrió y se alzó de la silla, golpeó a sus muslos y todos los perros le obedecieron.
—¡Vengan! —exclamó mientras se dirigía la puerta. Tan fieles, como demostraban ser, siguieron a Elisa y una vez ella abrió la puerta salieron corriendo hacía el vasto terreno que pertenecía a su amo.
Will observó cómo Elisa iba detrás de los perros y la dejó que se divirtiera con ellos. Antes de preparar la merienda, Will se acercó a su mesa, donde solía preparar sus anzuelos, y abrió uno de los cajones develando una pequeña caja envuelta en papel de regalo. Mientras miraba a esa cajita, alzó su vista hacía la ventana y observó a la feliz jovencita con sus perros. El cumpleaños de Elisa estaba próximo a llegar, por lo que se veía, ella lo había olvidado por la emoción de ir a una escuela ordinara, pero él no se había olvidado de ello. Desde hacía unas semanas le compró un pequeño detalle. Pensó mucho el comprarlo o no, como cada año que había pasado, aun así, Will siempre felicitaba a Elisa y le daba un pequeño obsequio para alegrarle su día. Sin despegar sus ojos del regalo a su mente llegó Abigail, Marlène y aquel deseo de ser una familia feliz. Graham dejó escapar un suspiro desalentador, guardó el regalo y se dispuso a preparar la merienda, esperanzado a que esas ideas pasadas quedarán en el olvido.
Ambos merendaban en el pórtico mientras los perros se disponían a cenar. Will y Elisa platicaban de cosas triviales, hasta que a la memoria de la jovencita llegó una gran interrogante.
—Will —llamó, una vez pasó su comida—. Aun es verano.
—Si... aun es verano —repitió con una confusa sonrisa.
—¿Iremos a pescar? —ante la pregunta, Will parpadeó perplejo.
—¿Pescar? —cuestionó más para él que para ella. Elisa se extrañó ante el comportamiento de él, pensando que había dicho algo incómodo. Will movió sus ojos con ella y descubrió aquella expresión—. No lo había pensado —confesó con alegría—. Este verano no hemos ido —la jovencita negó con su cabeza, mientas llevaba su merienda a la boca—, podemos ir antes de que entres al colegio.
—¡Bien! —exclamó.
Y el silencio les abrigo en ese caluroso atardecer.
Jack arribó a la residencia Graham siendo recibido por su hija y todos los perros que le seguía, ambos se abrazaron y la caminata hacía el pórtico comenzó. Will se encontraba sentado en una de las mecedoras mirando como Crawford se acercaba al lugar, rezó porque la mención de un caso no fuera a surgir.
—Buenas noches, Will.
—Hola Jack —saludó mientras tomaba su café.
—Vengo por mi hija —dijo mientras palmeaba suavemente su hombro—. ¿Qué tal se comportó?
—Elisa siempre es una buena niña, jamás se comportaría mal.
Ambos sonrieron mientras ella recargaba su cabeza en el pecho de su padre, ocultando el rojo de sus mejillas.
—Y estoy muy orgulloso de mi niña —respondió Crawford, dándole un beso en su cabellera. Ante ello Elisa alzó su mirada y sonrió ampliamente.
Jack alzó sus manos y empezó hablar con Elisa; Will examinó los movimientos, entendiendo algunos pocos en los cuales Jack le indicaba a la niña que fuera a jugar con los perros en el amplió terreno. Elisa afirmó y llamó a todos los canes para ir a jugar un rato más. Graham miró el momento sin expresión alguna y Jack amplió su sonrisa, sintiendo la incomodidad en el aire. Antes de que su amigo pudiera hablar, Will dejó de lado su taza de café y soltó:
—Elisa está emocionada por ir a la escuela, tanto que olvido su cumpleaños.
—Sí, lo hemos notado —dijo, mientras llevaba sus manos por detrás—. Creo que le haremos una fiesta sorpresa.
—¡Qué bien! Me alegro. ¿Cumplirá...? ¿Trece?
—Así es.
—¡Vaya...! Crecen tan pronto.
—Si... —mencionó con un suspiro, dio unos cuantos pasos y tomó asiento junto a él—. ¿Cómo está tu amiga?
—Isabella está bien, sigue atemorizada pero está yendo adelante.
Jack ladeó suavemente su cabeza, observó severamente a Will, quien sintió el peso de su mirada y desvió su vista hacía su terreno.
—Will, necesito comentarte algo.
Graham suspiró amargamente mientras cerraba sus ojos.
—Dime...
—Después del caso de la cara cortada —Will rió por el apodo, bautizado por Lounds—, sé que me dijiste un "veremos..."
—Y sigue en pie.
Jack llevó una de sus manos bajó su barbilla.
—Will, te necesito...
—¿Qué sucedió?
—El Destripador de Chesapeake.
El silencio cayó sobre ambos, Will volteó su cabeza, a una increíble velocidad, y sus ojos se habían agrandado de una manera espantosa. Jack se mantuvo sereno, la expresión en el rostro de Graham no le causó ninguna emoción.
—Volvió... —susurró, aun así Crawford le escuchó y afirmó.
—Siempre Will, sabemos que sus periodos para matar son irregulares y...
—Ja-Jack —balbuceó—, y-yo, la verdad no... No —soltó con increíble firmeza.
—Escucha Wi...
—No —interrumpió—. No lo haré, no ahora después de esto último.
El desaliento se hizo presente en el rostro de Crawford y Will alejó su mirada de él.
—Por favor, solo...
—Jack —le interrumpió—. Ya te di mi respuesta.
Ninguna palabra se hizo presente, el silencio volvió a cubrirles y cada quien llevó su mirada hacía Elisa, jugando con esa gran felicidad junto a todos los perros.
Antes de dejar Wolf Trap, Will detuvo a Jack, un piquete entremezclado con pena y enojo surgió por el hecho de rechazar sus suplicas de ayuda; él aún estaba listo para volver a tomar un caso como ese, necesitaba pensar, aclarar su mente e ideas por todos estos seis años sin estar en un trabajo de campo.
—¿Sabes, Jack? —mencionó, Crawford volteó a mirarle—. Si necesitas ayuda, con eso, puedo recomendarte alguien.
—¿En serio? —preguntó incrédulo. Will afirmó—. ¿Quién podrías recomendarme?
—Tengo una alumna, su nombre es Miriam Lass...
—He escuchado de ella.
—¡Oh! —exclamó—. Ha llegado a tus oídos.
—Si. Excelente empeño académico, carácter duro, toda una proeza para el FBI —Will sonrió incómodo—. ¿Pero, en serio me estas recomendando a una estudiante?
—Tiene mucho potencial, como académico, debo ver quiénes serán los próximos agentes para el FBI. Puede asistirte en este caso, será un buen reto para ella, hacer valer sus habilidades...
—Entiendo Will, lo considerare.
Graham dio unas leves palmadas al techo de vehículo, dando fin a esa petición, sintiendo un peso menos sobre sus hombros. Se despidió de los Crawford, ambos de él, y fueron rumbo a casa mientras Will veía desaparecer el coche en la vereda rumbo a Baltimore.
Residencia de Bedelia Du Maurier – Baltimore, Maryland.
—Te vez cansado —mencionó la Doctora Du Maurier a su colega y, en ocasiones, paciente Hannibal Lecter, quien sonrió ante sus palabras.
—Confieso que, estas últimas noches, han sido agitadas.
Bedelia, quien miró el platillo que Hannibal había traído consigo, alzó ambas cejas y se mostró reservada ante la revelación de su colega.
—¿Vino tinto? —preguntó al alzar su cabeza y mostrar su mejor sonrisa.
—Me encantaría —afirmó sonriente.
La rubia se dio la media vuelta, se dirigió a su almacén y buscó la mejor botella, sabía que debía complacer las papilas gustativas de su invitado, no podía decepcionarlo. Una vez llegó con la botella se dirigió a su alacena y buscó las mejores copas de cristal que tenía. Sirvió la primera copa y se la entregó a Hannibal, gustó le dio un tragó y el sabor de aquel vino fue deleitable para su paladar.
—Excelente cosecha.
—Gracias —Bedelía se recargó en la alacena y se dispuso a preparar su vaso de vino—. ¿Hay algo que quieras contarme? —interrogó, en tono médico. La sesión había comenzado.
—¿Concebiste el incidente de la cara cortada? —ella afirmó suavemente—. Will Graham resolvió el caso.
La Doctora alzó su mirada, la sorpresa le había invadido y era inevitable ocultarla. Bedelia no era una persona de conocer las noticias en sitios sensacionalistas, ella conocía la información de fuentes fidedignas, sin el amarillismo que ahora utilizaban; el hecho de escuchar el retorno de Graham, le había impactado, esperaba todo menos ello. Para ella no era una sorpresa el retiro de las labores de campo del agente, sabía que Hannibal lo estaba llevando al límite, y más al arruinar su vida con matar a la mujer que amó y desaparecer a la joven Hobbs, que quería como una hija.
—No lo sabía —reveló, llenó su copa y bebió.
—Así es. También volvió hacer un paciente regular —confesó Hannibal, siguiendo los pasos de su colega. Ella no dejo de mirarle en ningún momento.
Bedelia bebió de golpe su copa mientras su mente analizaba lo que le acaba de ser dicho. Hannibal disfrutó de aquel tragó y llevó sus ojos marrones a la rubia, quien llenaba su copa, sintió el peso de la mirada, se detuvo y observó, con la mejor serenidad que pudo, a Lecter.
—¿Más vino?
Aún sonriente Hannibal extendió su vaso y ella procedió a servir.
—Veo que te ha impactado lo que te he dicho.
—Es verdad —dijo al terminar de llenar su copa—. No pensé que Will Graham retornará, debió ser un milagro.
—Los milagros son figuraciones, la insistencia fue la verdadera detonante.
—¿Jack Crawford?
—Exacto.
—Lo logró —continuó, admirándose de tal acción—. Y también tú, al tenerlo como paciente, una vez más.
—Sera interesante —confesó Hannibal con una peligrosa sonrisa—. Hay mucho por descubrir, sin embargo, la cena se enfría.
Lecter extendió su mano hacía el platillo y Bedelia suspiró, en parte, había atrasado ese momento. La Doctora Du Maurier mostró su mejor sonrisa y fue en busca de la vajilla para comenzar la cena que su invitado había preparado.
Bedelia contemplaba el platillo que tenía frente a ella; la Saltimbocca, un plato de origen italiano, adornaba su comedor junto a una ensalada de albahaca. No se había dignado a probar la carne, que figuraba ser de ternera junto con jamón, Bedelia solo degustó los vegetales que acompañaban la colorida carne.
—¿No te ha gustado? —inquirió Hannibal, sin despegar la vista de su plato mientras cortaba tranquilamente la carne.
—Sí, si —respondió con algo de nervios la rubia, tomó su cuchillo y tenedor y cortó, lentamente, su carne—. Todo luce espléndido.
—Gracias —alzó la mirada, una sutil sonrisa se dibujaba en su rostro, ansioso porque comiera su platillo.
La mirada intranquilidad que Bedelia detonaba no era complicada de distinguir, ingirió un bocado y una falsa sonrisa fue su respuesta. Hannibal fingió satisfacción. Al pasar la carne, la Doctora Du Maurier imploró en sus adentros que fuese perdonada por lo que había hecho, una vez más, no había podido evitarlo.
—Supongo que tú visita no solo era para informarme el retorno del agente Graham —soltó.
—Supones bien. Hay algo más detrás de esta visita.
—Es por ella, ¿verdad?
Las emociones positivas que acompañaban a Hannibal se difuminaron lentamente y Bedelia quedó asombrada ante el cambio de humor.
—Si —respondió con un tono severo—. Es por ella.
La rubia alzó sus cejas, a la par que tomaba un poco de verdura con su tenedor, no era ninguna novedad, durante estos seis años, aquella jovencita se había vuelto el tema principal de sus conversaciones.
—¿Aún está en terapia?
—Por supuesto.
—¿Ha mejorado?
—Va excelente. En ocasiones sufre recaídas, pero las sabe manejar de una manera sorprendente, personalmente, me tiene fascinado el cómo puede sufrir algún incidente y pronto seguir adelante —Bedelia ladeó su cabeza con suavidad—. Siempre me sorprende. Es una pequeña muy inteligente.
—Lo sé, siempre me lo dices —dijo con una sonrisa. Hannibal le observó, en su rostro una sonrisa orgullosa fue su respuesta y retomó a su cena. Bedelia bebió de su vino para controlar sus nervios —. Pronto entrara a la escuela media.
—Vaya, que rápido llegó el momento.
—Ira a una escuela normal, estoy algo nervioso por ello, pero confió en que Mischa sabrá adaptarse a ese nuevo ambiente.
Hannibal cortó un pedazo de su carne, llevó el alimento a su boca y le degustó. Bedelia le observó seriamente, en su mano tenía su copa de vino y le agitaba con delicadeza, durante estos años la Doctora Du Maurier había aprendido que cada palabra que le hiciera entender a Lecter, que aquella niña no era su hermana, eran vacías y sin valor para él. Bedelia solo se limitaba a escucharlo y seguir aquella ilusión que Hannibal se había concebido.
Las memorias de estos últimos seis años cruzaron por su mente al igual que los escalofríos recorrían su cuerpo. Aquel delirio por su hermana cegó a Lecter por completo, la jovencita no se llamaba Elisa, había apropiado su sordera como si la pequeña Lecter hubiese nacido con ella, el castaño de su cabello era algo temporal, pronto volvería ser rubio, y presumía de sus habilidades en la pintura como una herencia de familia. La felicidad y el orgullo no cabían en Hannibal Lecter, eso le quedaba claro. Bedelia Du Maurier suspiró, bebió de su copa y para ella la cena había terminado.
Hannibal había desahogado su sentir, ella era la única persona que podría expresar todo lo que llevaba dentro de él sobre su pequeñita. Bedelia parecía no parpadear y se admiraba de controlar el temor sobre ella. Lecter imponía terror con su mentalidad.
—Fue una agradable cena, Bedelia.
—No te hubieras molestado por traer la cena —dijo con una sonrisa.
—Para mí nunca es molestia servir una maravillosa cena, lo sabes —Ella mantuvo su incomoda sonrisa—. Siempre será un placer poder servirte mis mejores platillos.
—Me honra saberlo.
Hannibal sonrió y Bedelia desvió su mirada hacía su reloj, pasaban de las diez y media.
—Es hora de irme —soltó Hannibal—. Gracias por esta noche.
—Un placer —mencionó en lo extendía su brazo para conducirle hacía la puerta.
Ambos caminaron, Bedelia tomó el abrigo del perchero y se lo entregó a Hannibal, agradeciendo la cortesía de su colega.
—Espero y pronto puedas visitarme —confesó Lecter, en lo que ella abría la puerta—, ya sea en mi hogar o en mi consultorio, sabes que siempre eres bienvenida.
—Gracias, lo considerare. Buenas noches Hannibal.
—Buenas noches, Bedelia.
Lecter salió del hogar de la Doctora y se dirigió a su vehículo para volver a casa. En cuanto el coche desapareció en la primera calle, Bedelia cerró la puerta, colocó el seguro y sintió a estómago revolverse. Los nerviosos salieron a flote y, a paso torpe, se dirigió a su baño, dispuesta aliviar aquella desesperante urgencia por vomitar.
Residencia de los Crawford – Baltimore, Maryland.
Elisa coloreaba en su pequeña mesa, sus dibujos pronunciaban su felicidad, no expresaban su clásica oscuridad y horror, se había mantenido al margen de realizar tal desahogo desde que su madre le descubrió y fue cuestionada por Hannibal en su última sesión.
Aun recordaba la sorpresa que se llevó cuando le mostró su dibujo de aquella entidad inhumana que en ocasiones se engendraba en sus sueños. Hannibal no se mostraba molesto, un leve aire de decepción detonaba en su rostro, se había sentido mal, le había ocultado algunos dibujos pero no porque ella quisiera, simplemente, no estaban listos para mostrárselos. No hasta que su madre los descubrió. Elisa paró de colorear y un suspiró surgió, dejó de lado la crayola y al girarse miró como su madre estaba bajó el dintel de la puerta, ella sonrió nerviosamente y Elisa respondió con una delgada línea.
« Hola cariño. » saludó.
« Hola mamá » respondió desanimada. « ¿Qué pasa? »
Bella entró a la habitación, se acercó y tomó asiento junto a ella, miró de reojo su nuevo dibujo, un colorido bosque con una pequeña y feliz hada, nada que pudiera preocuparle.
—Corazón —habló junto con el movimiento de manos. Elisa prestó atención—. ¿Estás molesta conmigo?
La joven parpadeó confusa por unos momentos y si respuesta fue negar con su cabeza.
—¿Por qué?
—Por lo que platique con el Doctor Lecter.
Ella volvió a negar en lo que se acomodaba en la silla para volver a colorear y a Bella le dolió esa indiferente respuesta de su hija. Elisa nunca se había molestado con sus padres, entendía que se preocupaban por ella y lo apreciaba, pero sus dibujos eran algo privado, algo que solo compartía con Hannibal y nadie mas. Toda esta situación le había incomodado. Bella llevó sus manos a las de su hija, Elisa miró sorprendida y apreció el rostro angustiado de su madre.
—Lo siento —mencionó, con un nudo en su garganta—. No era mi intención, exponerte de esa manera, solo que… —se detuvo y contuvo las lágrimas mientras Elisa se asustaba por lo que pasaba. Bella alzó su mirada y, con unas gotas recorriendo sus mejillas, observó a su hija— Me preocupo por ti, corazón. Sabes que te amo y quiero que seas la niña más feliz del mundo.
—Lo soy —dijo en un tono de voz firme—. También te amo.
Bella sonrió al escuchar esas palabras y al par sentía un peso menos. Elisa se soltó de sus manos y las llevó a su rostro para limpiar las lágrimas que caían, la risa nerviosa de su madre por unos momentos le preocupo, sin embargo, llevó sus manos al rostro de su hija y la inundo de besos en sus mejillas. Elisa sonrió y se dejó consentir por su madre, hasta que, el llamado a la puerta hizo que Bella parara y miraba quien llamaba.
—¿Me perdí de algo? —preguntó Jack con una sonrisa.
Aun con su sonrisa, Bell desvió un poco el rostro y terminó de limpiar sus lágrimas, Elisa sonrió al ver a su padre y le saludó con gran afecto. Jack entró en la habitación y curioso observó a su mujer, pasando sus dedos por sus mejillas.
—¿Estás bien, Bella?
—Sí, si Jack —dijo mientras se alzaba para verle—. Perfectamente.
Crawford contempló el rostro de su mujer, el rojizo de sus ojos le había delatado.
—¿Estabas llorando?
—No, no…. Elisa y yo, teníamos una conversación de madre a hija.
Jack alzó sus cejas y miró a ambas, en lo que su mente figuraba que podrían haber hablado.
—De acuerdo. Cosas de chicas, yo no me meto.
Bella y Elisa sonrieron. Jack no estaba enterado de lo sucedido, su mujer había manejado todo por su cuenta, evitando que este se involucrara, y deseo que las cosas fueran así.
—Llegaste temprano —continuó Bella.
—Sí, pero es probable que regrese más tarde a la oficina.
—¿Por qué?
Él suspiró y miró a Elisa, quien estaba atenta a sus labios.
—Cosas de alto nivel.
—Entiendo.
—Pero bueno, en lo que estoy aquí, tenemos que hablar con cierta personita.
Elisa sonrió.
« ¿Hice algo? » Preguntó curiosa.
« Para nada » expresó Jack con una amplia sonrisa. « Se acerca una fecha especial. »
La jovencita se extrañó.
« ¿Fecha especial? »
—¿En serio lo olvidaste? —Cuestionó divertido y Elisa se encogió de hombros—. ¡Tu cumpleaños!
Ella abrió sus ojos de par en par y quedó perpleja por unos momentos. Había olvidado su cumpleaños, realmente lo había hecho.
—Mi cumpleaños… —mencionó.
Jack se acercó a ella y le plantó un beso en su frente.
—Estas tan emocionada por la escuela que olvidaste tu cumpleaños.
—Cierto…
—¿Ya pensaste lo que vas a querer de regalo?
Elisa miró a su padre y negó rápidamente, Jack sonrió y le mencionó que no se preocupara, que cuando ella ya tuviera en mente su regalo les comentara. Bella interrumpió el momento para que ambos se alistaran para cenar, ambos dijeron que si, y los Crawford dejaron la habitación de su hija, quien se mantuvo pensativa con respecto a su treceavo cumpleaños.
Consultorio de Hannibal Lecter – Baltimore, Maryland.
Lecter se encontraba en su escritorio, revisando algunos archivos de sus pacientes, cuando el llamado a su puerta le tomó por sorpresa. Observó su reloj y descubrió que no era hora de cita. Extrañado se alzó de su silla y se dirigió a su puerta, al abrirla se llevó la sorpresa de ver a Bedelia Du Maurier.
—Hola Hannibal —saludó cortésmente.
—Bedelia, que agradable sorpresa, pasa.
La rubia aceptó la invitación y, al poner el primer pie sobre ese lugar, varias sensaciones llegaron a ella. Bedelia no ocultó su curiosidad y observó el particular consultorio de su querido colega.
—¿Hay más libreros? —inquirió mientras volteaba a verle. Lecter cerró la puerta y le observó con gracia.
—Así es. Por favor, toma asiento.
Bedelia le obedeció y al dar los pasos hacía los sillones un ruido, proveniente de la sección alta, llamó su atención. Se detuvo y con un giro de 180° descubrió a una jovencita, sentada en el piso y acomodando varios libros. Se podría decir que el corazón de Bedelia aceleró a una velocidad increíble al mirar esa cabellera castaña, arreglada en dos trenzas, y una vestimenta en overol.
Hannibal descubrió el sentir de la rubia, una sonrisa se apoderó de sus labios y se dirigió a ella, quien al sentir que venía, bajó su mirada para observarle.
—No pensé que estuvieras en sesión —dijo, ocultando sus emociones.
—De hecho, no lo estoy.
—Es ella —soltó, con increíble severidad.
—Así es —respondió sonriente—. ¡Elisa! —llamó.
La joven, al percibir su voz, movió su cabeza y miró a Lecter junto a una hermosa mujer rubia, la cual, jamás había visto. Extrañada por su presencia, se alzó y se acercó a la barandilla para verles mejor. Tantos años, tantas pláticas, demasiadas palabras y elogios provenientes de Hannibal, al fin Bedelia conocía a la pequeña. Ambas se miraban con mezcla de confusión y extrañez. Ambas eran extrañas, ambas sintieron esa sensación invadirles y, a pesar que Bedelia la conocía perfectamente, ese momento había sido incómodo para la dos.
Hannibal movió sus manos, comenzó hablar con Elisa y prestó atención a lo que decía, Bedelia miró el momento, sin comprender que le decía. La joven se alejó del barandal y caminó hacía los escalones, al empezar a descender Hannibal se acercó a ella para asistirle, y una vez en planta baja, tomó su mano y la condujo hacía su colega, quien observó el momento con admiración.
—Bedelia, déjame presentarte a… —pausó y la rubia le observó con cierta preocupación— Elisa Crawford —soltó, ella notó lo difícil que fue pronunciar esas palabras.
—Mucho gusto —saludó—. Me alegra conocerte —Elisa frunció su ceño, miró a Hannibal y, moviendo sus manos, pareció preguntarle algo. Lecter se mantenía sonriente y le respondió a la pequeña—. ¿Qué dijo?
—Me preguntó porque le alegraba que le conocieras, le dije que eres amiga mía y he platicado de ella contigo.
—¡Oh! —exclamó—. Sí, Hannibal y yo somos amigos, desde hace mucho tiempo. Me ha contado mucho sobre ti.
Ella sonrió y Bedelia notó como se apegaba a él.
—Elisa es algo reservada con gente que no conoce, solo sale tiempo.
—Claro.
Elisa miró a Hannibal y habló con él, Lecter respondió algo severo y al final ella afirmó con su cabeza. Se volteó a mirar a la Doctora Du Maurier y se despidió con un leve asentimiento de cabeza y una sonrisa. Elisa se dio la media vuelta y regresó a la parte alta para terminar con los libros que acomodaba.
—¿Pasó algo?
—No, como te digo, al no conocerte prefiere reservarse. ¿Vino?
—Por favor.
Hannibal se dirigió a su almacén y Bedelia clavó su mirada en ella. Elisa sintió el peso de su mirada y, llevando sus trenzas detrás de sus orejas, le miró, sonrió sutilmente y buscó algún libro para entretenerse en lo que ella estaba aquí.
Bedelia tomó asiento en uno de los sillones, Hannibal llegó con dos copas y, al entregarle la suya, se acercó a su oído y le susurró:
—Elisa lee los labios a la perfección, te pido, que escojas bien tus palabras.
La rubia tragó y, dibujando su mejor sonrisa, afirmó ante la rigurosa petición de Hannibal Lecter.
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