XIX. Braccialetto.
La sorpresiva y agradable visita de Bedelia Du Maurier había concluido. La rubia se retiró del consultorio, llevándose consigo una extraña sensación al haber conocido aquella jovencita que, si bien, su saber sobre ella fue por medio de palabras, al tenerla frente a frente y ver el cambio radical que emanaba Hannibal, gracias a ella, y como la propia joven era muy apegada a él, la mezcla de su pensar y sentir la había convertido en una caótica tormenta.
Los primeros pasos que dio fuera del consultorio la hicieron volver a la realidad, se giró para observar el edificio; el color carmesí de las cortinas era brillante gracias a los rayos del sol, derivando una señal sobre el dueño de ese lugar. La Doctora Du Maurier pasó saliva y sintió como esta se atascaba en su garganta, intentó expulsarla pero le fue difícil. Suspiró y dio por terminada su visita, que en el fondo, se cuestionó por qué había venido. Tal vez había sido un presentimiento, uno por conocer aquella jovencita que había cegado el pasado de Hannibal Lecter.
Elisa observaba a Hannibal a través de la barandilla, este caminaba con porte, lucía satisfecho por su visita; paró en seco y se giró para mirar a su pequeña. Ella, asustada por ello, sonrió nerviosamente en lo que fingía que buscaba libros para acomodarlos. Hannibal supo que, durante toda la visita, la jovencita había estado atenta a la conversación; no por nada dio su advertencia a Bedelia.
Era imposible ocultar la curiosidad que había nacido en Elisa por Bedelia. Nunca había surgido en conversaciones y no llegó a pensar que, más allá de la Doctora Bloom, existieran más médicos amigos de Lecter.
—¿Ya terminaste? —preguntó moviendo sus manos. Elisa negó apenada.
« Ya casi » mintió.
Hannibal sonrió por lo bajo y ella le miró mientras mordía su labio inferior, esperanzada a que no pensara que fue una indiscreta, pero se le hacía difícil, nunca había podido engañarle.
—Doctor Lecter... —llamó y él, aun sonriente, alzó su mirada— Pronto... pronto será mi cumpleaños —soltó con una gran sonrisa.
La felicidad que lucía en Hannibal disminuyó de manera veloz, no obstante, Elisa no lo notó. El anchó de sus mejillas empezó a colorearse en un tono rosado, se veía apenada y él conocía esa manía en ella. Quería algo. Lecter respiró profundo, aún mantenía una leve línea en su rostro mientras que, dentro de él, lo pensaba. Su cumpleaños no era pronto. El cumpleaños de Mischa era entrando el otoño. Sabía que tenía que seguir el protocolo, como lo había hecho estos últimos años, fingir que el cumpleaños de su adorada hermana era en el verano.
—¿En serio? —aparentó sonar sorprendido. Ella asentó veloz—. Supongo que me pedirás tu regalo —La vergüenza cubrió a la muchachita, se sostuvo de las rejas y recargó su cabeza en medio de ellas—. ¿Qué te gustaría?
Elisa apretó sus labios, fingió pensar y, ya con su idea en mente, alargó sus labios.
—Una cena —confesó divertidamente.
Elisa siempre era modesta para sus regalos, jamás le había pedido cosas materiales; con una cena era feliz, y por supuesto, Hannibal complacía sus peticiones. Una vez pasaba aquella celebración, él se disponía a darle un verdadero regalo cada vez que el otoño entraba. Elisa nunca se había puesto a pensar el hecho de un regalo especial cada otoño, ella siempre lo consideraba como una navidad adelantada, aunque en aquellas fechas también recibía regalos de parte de él. Su mente nunca conectó aquella peculiaridad, aceptaba los obsequios con mucha alegría y felicidad y, para ambos, era más que suficiente.
—Entonces así será —dijo con una amplia sonrisa.
Una vez en su hogar, Hannibal se dispuso a revisar su recetario para la futura cena. Demasiadas ideas habían llegado a su mente para complacer el deseo de su niña. En primera la Coratella Con Carciofi estaría en el menú; era el platillo favorito, después indagó más en el recetario y encontró demasiados platillos exquisitos y magistrales para la cena. Separó las recetas y después fue por su directorio. Observó a cada una de las tarjetas de presentación que había guardado, cada una de colores marfil y una que otra que resaltaba del resto con ciertos colores chillantes. Leía cada nombre y a su mente venía la clara imagen de la persona, cada acción, cada gesto, cada cosa que hubiese ofendido a Hannibal de cualquier manera.
Algunos de los nombres que leía no detonaban su apetito; en su cabeza había forjado lo solemne que debía quedar esa cena. No podía fallarle a su pequeña y a ningún paladar. Siguió inspeccionando en su directorio cuando una tarjeta blanca con azul llamó su atención, le tomó y leyó su contenido. Era de un contador, al cual había contratado hacía un largo tiempo para deducir sus impuestos; la forma del hombre llegó a su mente, recordó su manera de ser, su trató, no le había agradado mucho a Hannibal. Solo una vez requirió de sus servicios al notar ciertas irregularidades en su administración y trato. Hannibal se había decidido, aquel hombre sería el primero en formar parte del gran festín, cerró su directorio y dio comenzado a unos largos días, en búsqueda de la mejor carne para sus excéntricos platillos.
Academia del FBI - Quántico, Virginia.
Los estudiantes llenaban sus hojas con cada apunte que el maestro Graham dictaba, y este estaba absortó con su clase, tanto que había dejado de lado las dudas de los alumnos. En lo que Will hablaba, Jack Crawford entró a su sala y, siendo ignorado por todos, se dedicó a poner atención a lo que su agente impartía.
—¿Dudas? —cuestionó, una vez finalizó su discurso. Will notó como una joven, a la lejanía, alzó su mano tan pronto hizo la interrogante—. Señorita Lass —dijo mientras extendía su mano y sin mirarle. Jack prestó atención al momento.
Miriam se alzó de su lugar, llevó sus manos por detrás detonando una increíble seguridad.
—Profesor Graham —habló, Will se obligó a alzar su vista—, antes que nada excelente clase, como siempre.
—Gracias señorita.
—Y ahora mis preguntas, profesor.
—Te escuchó.
—Usted nos comenta que este asesino tiene un trastorno narcisista y esquizofrénico. ¿Cómo podemos asegurarnos que el asesino, no solo atacó a su víctima por simple impulso? ¿No se ha considerado el hecho que, ajeno a sus trastornos, el asesino tuviera una fijación por la victima?
Will se cruzó de brazos, se recargó en su escritorio y miró seriamente a su alumna.
—¿Por qué una fijación, señorita Lass?
—¿El asesino conocía a la víctima, no? —Will afirmó—. Entonces, ¿por qué guiarnos por un perfil psiquiátrico? ¿Por qué no analizar más el detalle que el asesino tenía una fuerte conexión con la victima? Y, debido a ello, cometió el asesinato.
Will juntó sus manos y las hizo sonar fuertemente.
—Perfecto señorita Lass —mencionó mientras se daba la media vuelta. Todos los alumnos observaron sorprendidos a su maestro, era raro verle así—. Excelente observación, como siempre, me deja sorprendido. Esto se llama observación, clase. Tienen que ver más allá de lo superficial, adentrarse en la mente del asesino y conocer sus motivaciones. No solo lo que te dice un perfil simple —Will acomodó sus anteojos y notó a Crawford a la entrada de su aula—. Es todo por hoy, pueden retirarse.
Los estudiantes empezaron a tomar sus cosas y Jack se recargó en el marco de la entrada y observó irse a la clase. De las últimas en salir fue Miriam Lass, a quien detuvo con un tono firme. La rubia paró en seco y observó, a uno de los mejores agentes, prestarle total atención.
—Agente Crawford —saludó, apreciándose sus nervios.
—Señorita Lass. Quiero verla en mi oficina dentro de veinte minutos.
La joven parpadeó sorprendida, lo que había escuchado le tomó desapercibida. Se dio la media vuelta y observó a su profesor, quien evitaba todo contacto visual con ellos.
—¿Sucede algo, agente Crawford? —interrogó preocupada.
—En veinte minutos, en mi oficina —recalcó con una leve sonrisa.
Miriam tragó duramente, se acomodó su mochila y salió de la sala de lecturas. Al verla irse, Jack se acercó con Will y vio lo que esté hacía, guardaba sus cosas desesperadamente.
—Tienes razón sobre Miriam Lass.
—No por nada te lo dije.
—Will, esto que haré puede ser algo delicado. Me gustaría que sí, existiera la posibilidad, asistieras a la señorita Lass.
Graham alzó su mirada, no detonaba ninguna expresión.
—¿Asistirla?
—Exacto.
—Si eso te sirve. Lo haré. Apoyaré a Lass si llegara a necesitar mi ayuda.
—Gracias. Sabía que podría confiar en ti.
—Siempre dices eso —dijo con una sarcástica sonrisa. Will tomó su maletín y abandonó el aula.
Oficina de Jack Crawford – Quántico, Virginia.
El llamado a su puerta hizo que Jack alzara su vista y, a través del cristal, miró a la joven académica. Con una seña le dio a entender que pasara y ella obedeció.
—Señorita Lass, gracias por venir.
—¿En qué puedo asistirle, señor? —preguntó, mientras llevaba sus manos por detrás de su espalda. Jack analizó su comportamiento.
—Señorita Lass, no tiene que preocuparse, no ha hecho nada malo.
—Lo sé, agente Crawford.
—El agente Graham me ha hablado mucho de usted.
—Espero y fueran cosas buenas.
—Pues alégrese Miriam, porque lo ha hecho. Por favor, tome asiento, necesitamos hablar.
La rubia obedeció.
—Le escuchó.
—Señorita Lass, ¿ha oído hablar sobre el Destripador de Chesapeake?
Ella pasó saliva y afirmó rápidamente.
—Por supuesto. Toda una leyenda de Baltimore.
—Exacto, leyenda —soltó en tono amargo—. Como sabrá, Miriam, el Destripador es una persona que actúa en periodos irregulares.
—Así es, su último ataque registrado fue hace cuatro meses.
—Bien, me alegra saber que está al pendiente —ella ladeó su cabeza—. Señorita Lass, la razón por la que le he mandado hablar, es para hacer uso sus habilidades.
Sin evitar su sorpresa, Miriam abrió sus ojos.
—¿Mis habilidades?
—Correcto. Vera, necesitamos una mente fresca para investigar sobre el Destripador, y el agente Graham fijó la atención en usted y me pareció perfecto para que ponga en prueba sus estudios en la academia y natas habilidades.
—Agente Crawford...
Jack alzó su mano y le interrumpió.
—Miriam, esta investigación será su prueba de fuego. Si acepta esta misión, tanto el agente Graham, como yo, estaremos para asistirle. Pero me encantaría que hiciera todo lo posible por su cuenta. ¿Acepta?
La joven tragó difícilmente, su cuerpo no se veía tensado pero sus ojos delataban sus emociones. La oferta que Jack Crawford le daba en bandeja de plata era tentadora. Demasiado para una estudiante como ella.
—Acepto, agente Crawford —respondió momentos después de meditarlo.
—Excelente, señorita Lass —continuó mientras se alzaba—. Ahora, si es tan amable, acompáñeme.
Miriam se sorprendió, se alzó con leve torpeza y siguió a Jack. Ambos salieron del BAU y subieron al vehículo del agente, rumbo a empezar su misión.
Durante el caminó, Jack buscó armonizar el ambiente entre él y la joven estudiante. Miriam se mantenía seria y sus respuestas eran leves sonrisas. A pesar de los intentos el respeto se mantuvo al margen. Llegaron al centro de la ciudad, el día era normal, con la gente yendo de un lado a otro sin parar; Miriam frunció el ceño, pensando a donde irían. Varias calles después, ella notó al resto de agentes, estacionados fuera de una contaduría. La joven tragó y observó a su nuevo jefe.
Jack estacionó el coche y le indicó a Lass que podría salir, ella obedeció y apreció mejor al equipo de agentes de Crawford. El trío vio, sin ocultar el asombro, a la joven rubia; Zeller y Price se miraron confundidos y Katz buscó evitar la intimidación.
—¿Ya revisaron? —habló Jack, una vez se acercó a ellos. Miriam iba detrás de él con actitud sosiega.
—Si —respondió Katz—. Lo dejamos listo para ti.
—Gracias. Quiero presentarle a la señorita Miriam Lass —mencionó ante la actitud curiosa de sus agentes—. Aun es estudiante de la academia, viene recomendada por Will para asistirme con el caso.
—Sabía que no vendría —susurró Zeller. Jack le miró severamente.
—Miriam, por favor, sígame.
—Si —respondió con tono de soldado.
Al pasar entre el equipo, Miriam mostró su mejor sonrisa. Los tres respondieron y les siguieron con la mirada hasta desaparecer en el umbral de la puerta. Al entrar al lugar, Miriam sintió el ambiente pesado, el resto del forense se hizo a un lado ante la presencia de Crawford y este pidió que el dejara a solas. Miriam se acercó al agente y frente a ellos estaba el cuerpo mutilado del dueño de la contaduría. La joven reprimió su asombro, sabía que el Destripador de Chesapeake no tenía una piedad con sus víctimas pero, por primera vez, veía una obra de este asesino.
El cuerpo yacía recostado en el escritorio; la sangre escurría por la madera; en su espalda llevaba insertado un atizador, casi le cruzaba su cuerpo y la expresión en el rostro del hombre delataba el horror que había vivido.
—Señorita Lass —llamó Jack, ella volvió en si—. Su primer paso, es analizar el cuerpo y sacar sus conclusiones.
Ella afirmó y se acercó al cadáver, examinó con detalle, descubriendo como la parte frontal de su espalda estaba abierta.
—Se llevó los riñones —soltó, ocultando su asombro—. Hay una abertura en el vientre. ¿Puedo moverlo? —Jack asentó. Ella sacó unos guantes, se los colocó y movió el cuerpo para examinar su frente—. Le abrió enteramente; sacó su hígado y pulmones. Es probable que lo matara antes de esto.
—Bien. Continua.
—El atizador… no lo entiendo. Lo encajó después de terminar, eso es seguro, sino le estorbaría —dijo con una sonrisa nerviosa, la cual Jack respondió ligeramente—. Es como un castigo —afirmó—. Buscó castigarlo.
—¿Eso cree, Miriam?
—Si. Estoy cien por ciento segura. ¿Por qué no usar el atizador para terminar de matarlo? Esto es algo personal.
—¿El Destripador conocía a la víctima?
—Es muy factible. Pero me gustaría verificarlo.
—¿Cómo?
—Con el archivo de otras víctimas. Quiero encontrar un patrón.
—Me agrada su idea, señorita Lass —dijo Crawford con un tono sorpresivo.
El resto de la semana fue activa para Hannibal. A su lista había sumado cuatro víctimas, cada uno de ellos con algo que había repudiado por sus modales hacía él. Su última víctima, la que sumaría la quinta, era una joven farmacéutica; yacía en el suelo, con su cuello degollado, y la sección alta de su espalda con dos cortes preciso. Hannibal empacaba lo que había sustraído de órganos cuando detuvo lo que hacía y fijo su atención en el rostro de la joven. Sus ojos, color verde claro, salían casi de su órbita; delataban el horror que había vivido. Llevó su frívola mirada a sus mejillas y descubrió lo carnosas que lucían. Apretó sus labios y sintiendo curiosidad, colocó de nueva cuenta sus guantes, y apretó las regordetas mejillas. Su presión jugaba entre lo delicado y lo tosco; analizaba el molde de carne que eran y, sintiendo su pasión por la cocina fluir, decidió llevarse esos trozos de carne para formar parte de un espléndido platillo que su mente había imaginado al jugar con esas mejillas.
Miriam entró a la oficina de Jack, quien se ponía su saco, listo para partir. La joven se vio serena ante aquel acto y con su típica actitud, saludó a su jefe.
—Lamento interrumpir, agente Crawford.
—Miriam, por favor, llámame Jack. Compartiremos mucho tiempo en el trabajo, así que, mejor empecemos a forjar confianza.
—De acuerdo, Jack. Lamento irrumpir, pero ¿me gustaría saber si puedo tener acceso a los informes de los últimos cinco años, con respecto al Destripador?
—Tienes acceso ilimitado —reveló una vez terminó de acomodar su saco—. Ya di al orden.
—Gracias… ah, yo, estaré aquí un rato más y…
—Puedes tomarte un descanso. Esta semana ha sido agotadora, con las dos víctimas encontradas.
—De acuerdo.
—No ha habido señales en estos días.
—Pero es probable que aparezcan más víctimas. Cuando el Destripador ataca, tiene un alto número de víctimas; dos han sido una burla.
—Esperemos que solo fuesen dos, Miriam.
—Sí, sí, discúlpeme.
—Está bien. Yo tengo que retírame, hoy es un día especial y necesito llegar a mi casa lo más pronto posible.
—¡Oh claro! Tenga un buen día, Jack —despidió la joven con una gran sonrisa.
Residencia de Hannibal Lecter – Baltimore, Maryland.
Todos los platillos lucían perfectos. La Carne al Horno, la Coratella con Carciofi, La Carne asada con Canela y Azúcar Morena, los Ñoquis de Calabaza con cebolla a caramelizada, los Champiñones a la cerveza, Papas al Horno, Ensalada de Berros y de poste una Tartaletas de Manzana. Todo era perfecto para la cena de esta noche.
Hannibal colocó los platillos en un pequeño carrito y lo condujo directo a su comedor. En la mesa se encontraban sus invitados, la familia Crawford, ansiosos por la cena que se dispondría como regalo de cumpleaños para Elisa. Ella no ocultó sus ansias, en veces tomaba sus cubiertos y jugaba con ellos hasta que Bella le detenía, su respuesta era una sonrisa nerviosa. Hannibal apareció en escena y todos miraron asombrados los platillos que traía.
—Todo esto —habló mientras movía sus manos—, forma parte de tu regalo, Elisa.
La jovencita veía maravillada como cada comida figuraba un increíble color y aroma.
« ¡Gracias Doctor Lecter! » respondió sin ocultar su felicidad.
Al ver esa sonrisa, la satisfacción creció en el pecho de Hannibal. Esa alegría que ella detonaba era más que necesaria para él.
—Doctor, este año se ha lucido —reveló Jack, su asombro era inevitable.
—Si Doctor —continuó Bella—. Esto debió haber sido costoso para usted.
—No se preocupe Bella, mientras sea para Elisa, no tienen por qué preocuparse.
Sirvió a sus comensales y dio por inicio la cena de cumpleaños.
Al degustar el postre, Hannibal se alzó de su asiento y se excusó por unos momentos, los Crawford se miraron extrañados, sin embargo, continuaron degustando de las Tartaletas. Unos minutos después, Hannibal regresó con una pequeña cajita envuelta en un elegante papel marrón claro y un moño verde olivo adornado con una figura de laurel. Elisa observó sorprendida el momento, él se acercó a ella, se hincó a su lado y con una cálida sonrisa, colocó el regalo frente a ella.
« Esto es para ti. »
« ¿Para mí? » cuestionó con una divertida sonrisa.
« Así es. »
Elisa miró a sus padres, luego a Lecter y al final la caja. Le tomó, sin ocultar su curiosidad, y le abrió con calma. Al retirar la envoltura descubrió un joyero negro. Parpadeó confusa por un segundo y aun sonriente, le abrió para descubrir un brazalete plateado. La sorpresa se dibujó en el rostro de la joven, observó a Hannibal y luego a la pieza.
—¿Qué es? —preguntó extrañado Jack. Ambos le ignoraron
«Puedes sacarlo » continuó sonriente Hannibal.
Elisa obedeció y sacó el brazalete, alzándolo en el aire. Sus padres miraron asombrados la pieza; su gruesa forma y su seguro redondo era un diseño poco inusual en estos días.
—Doctor Lecter —llamó asombrada Bella—. ¿Es un brazalete…?
—Así es —le interrumpió.
—¿Es de plata?
—Plata pura —corrigió.
—Doctor, ese brazalete debió costarle demasiado.
—No se preocupe por ello, Bella. Es un regalo que tenía planeado para Elisa en cuanto lo vi. Es perfecto para ella —Hannibal alzó sus manos y le pidió la pieza a la joven. Ella, sin negar su alegría, se la entregó y vio como removía el seguro para colócaselo en su muñeca izquierda. Una vez terminó, Elisa movió su mano agitando el brazalete para buscar un acomodo en su delgado brazo.
Ella le alzó más para mostrárselo a sus padres, quienes no podían ocultar el asombro que les había abrigado. En cambio la alegría regocijaba en Hannibal por devolverle a su pequeña su apreciado brazalete.
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