XX. Unconscious.

No había momento del día donde Elisa no resaltara su brazalete. Aquel plateado adorno había cautivado a la jovencita, lo consideraba su mejor regalo de cumpleaños y aun le faltaban más por recibir. Ni Jack ni Bella volvieron hacer mención alguna del obsequio que el Doctor Lecter le había otorgado a su hija. Aquella cena transcurrió con normalidad para la festejada y el anfitrión, y los Crawford solo se miraron con recelo el resto de la noche.

Elisa se encontraba en su cama jugueteando con su pulsera, Bella esperaba paciente a que ella terminara de contemplarlo y una vez bajó el brazo miró a su madre con una sonrisa. Bella correspondió secamente esa acción y la jovencita lo notó, frunciendo su ceño. Ella movió sus manos preguntando lo serio de su actitud.

—Nada, amor —respondió mientras se alzaba y tomaba las sabanas. Elisa se acomodó y miró fijamente a su madre—. Veo que te gustó mucho el regalo que te dio el Doctor Lecter —ella asentó veloz—. ¿Por qué?

—Es bonito —mencionó con una gran sonrisa, la cual Bella correspondió difícilmente.

Terminó de arropar a Elisa y tomó asiento a lado de ella, posó sus manos sobre la de su hija y le alzó suavemente para mirar al brazalete. Aquel objeto era hermoso, un diseño que ella nunca había visto. Acomodó su brazo y una sonrisa fue su respuesta, Elisa correspondió algo asustada.

—Descansa —dijo, mientras le daba un beso en la frente. La joven ensanchó sus mejillas y se acomodó en la cama para embarcarse en el mundo de los sueños.

Bella se alzó de la cama, apagó la luz y dejó entreabierta la puerta para que la luz del corredor entrara en la habitación y Elisa cayó rendida.


Residencia de Will Graham – Wolf Trap, Virginia.

La imagen de un bosque en la obscuridad de la noche y abrigado con la tenue luz de la luna hizo perturbar a Will, quien miraba a su alrededor cual animal indefenso. Las respiraciones agitadas junto al subir y bajar del pecho del agente resonaban en ese gigantesco lugar. Percibió por el rabillo del ojo un rápido movimiento tras los árboles, y girando sobre su propio eje, intentó vislumbrar a quien se movía sobre las hojas. Le fue imposible hasta que el meneo de las copas se detuvo. Él también paró y tragó difícilmente; sentía su cuerpo temblar y como un frío lo invadía, pasó una de sus manos sobre su rostro e intentó mantenerse sereno. Will se armó de valor y comenzó a caminar por la boscosa senda, en búsqueda de la salida, pero a cada paso que daba un estruendo era escuchado a sus espaldas. Echaba un vistazo por el rabillo de su ojo, una silueta negra y amenazadora le seguía con cautela, parecía reconocer esa figura, no obstante, siguió adelante e ignorando a su cazador.

El aire le faltaba a Will, sus pasos se volvían torpes y su visión nublosa. El quebrar de las hojas se escuchaba cercas de él. Estaba cercas. La desesperación invadió a Graham y cayó al suelo. El puñado de hojas que amortiguó su impactó rugió alrededor. Los ojos de Will se movían con desesperación, el poco brillo que emanaba le hizo ver esa figura espantosa a su lado.

Era aquella entidad que le perturba con frecuencia, ese ser que poseía dos cornamentas y un desnaturalizado cuerpo, le miraba con gracia. Will resopló, le fue imposible defenderse y el resto de su vista se tornó en negro, hasta escuchar su despertador.

Abrió sus ojos y su blanquecino techo le recibió. Miró a sus alrededores, estaba en su habitación, sus perros dormían bajo su cama, como era la costumbre, y notó como el sudor empapó su camisa. Suspiró amargamente y se dispuso a levantarse para vivir el día de hoy.


Alrededor del mediodía, Will notó como el auto de Jack Crawford estacionaban en su patio. Paró de armar su anzuelo y miró a sus perros mover sus colas y deseosos por cruzar el umbral de la puerta. Abrió esta y todos los canes salieron corriendo hacia ese lugar. Por la puerta del copiloto bajaba Elisa, quien al ver a todos los que le recibían, se hinco para abrazar a cada uno de los perros.

—Hola Will —saludó Jack.

Este respondió con un simple asentimiento y observó a Elisa, quien alzó su mano para saludar. Una sonrisa surgió.

—¿Cómo va todo? —preguntó, regresando su mirada con él.

—Bien, todo va marchando bien.

—¿Y cómo va Miriam Lass?

—Debo decir que muy bien, está muy enfocada en su trabajo y muestra un total compromiso.

—Me alegra saber ello. La chica Lass tiene potencial.

—Y mucho.

En ese momento, Elisa terminó de saludar y acariciar a los perros y se acercó a dónde estaban ellos.

—¡Will, mira! —exclamó mientras alzaba su brazo, dejando a relucir su brazalete. Graham le miró extrañado.

—Qué bonito —dijo con una torpe sonrisa al igual que un movimiento de manos. La joven sonrió y se dirigió al pórtico de la casa—. ¿Regalo de cumpleaños? —le preguntó a Jack.

—Así es. Cortesía del Doctor Lecter.

Will no ocultó su impresión.

—¿Se lo regaló el Doctor Lecter?

—Si —dijo, con cierta incomodidad. Él lo notó pero decidió mantenerse callado—. Vendré por Elisa a las seis, ¿te parece bien?

—Claro, no hay problema.

Jack se despidió de ambos y retomó hacia Baltimore, en lo que Will pensaba en la actitud de este.


Dentro de casa, Elisa miraba como Will terminaba de armar su anzuelo. La jovencita estaba a su lado, inmóvil, solo el parpadear de sus ojos delataba el hecho de que había alguien vivo junto a él. En ocasiones, la luz del sol que entraba por la ventana iluminaba el brazalete de ella, y le llamaba la atención. Hubo momentos en lo que Will observaba detenidamente aquella pieza, era de una calidad impecable, digno de Hannibal Lecter, pero que no entendía las razones de porque ese obsequio.

—¿Cómo pasaste tu día? —curioseó, en lo que descansaba unos momentos. Elisa volvió en sí y le miro.

—Bien —dijo con una gran sonrisa.

—¿Tuviste muchos regalos? —ella asentó veloz—. Me alegra que disfrutaras tu cumpleaños.

—El Doctor Lecter me hizo una cena —confesó con una increíble felicidad. Will no se sorprendió—. Y me regaló el brazalete.

—Vaya, siempre te regala cosas muy lindas —Elisa sonrió—. Me alegro por ti. —Will terminó de armar su anzuelo, ambos lo contemplaron y él parecía estar conforme con el resultado—. ¿Te gusta? —preguntó con cierta ansiedad.

« Si. Me gusta como los haces. »

—Gracias —soltó con una media sonrisa—. Nadie había alagado mis anzuelos.

—Son lindos.

—Que bien —dijo mientras se daba la media vuelta y se agachaba para buscar algo en su cajón. Miró el regalo que tenía preparado para Elisa y por momentos medito en dárselo o no. La jovencita miró extrañada a Will y esperó a que este hiciera algo; nada paso, hasta que tocó su brazo. Graham volvió en sí, miró a la chica y sacó la caja envuelta en colores neón—. Feliz cumpleaños.

Elisa ensanchó sus labios en lo que miraba el regalo y a Will. Alzó sus manos y tomó la caja, preguntó si podía abrirlo a lo que él asentó y vio como desenvolvía la envoltura para revelar su pequeño y modesto regalo.

—Espero y te guste, no están bonito como el que te dio el Doctor Lecter, pero lo hice con buenas intenciones.

—¡Un anzuelo! —exclamó maravillada e ignoró sus palabras. Sacó el objeto y lo miró con gran emoción. Era un anzuelo adornado con una cabeza de pez rosado, en la boca se distinguía el gancho y estaba envuelto en plumas en colores fucsia y celeste—. ¡Gracias Will!

—Me alegra saber que te gustó.

« ¿Iremos a pescar? » preguntó animada.

—Te lo había prometido, y hoy, es un excelente día para ir al lago.

Elisa no contuvo su emoción y comenzó prepararse para ir a pescar. Will sonrió lánguidamente, suspiró y también se alistó para ir a su lugar favorito.


Al fijar su vista en las ondas formadas en el agua, el recuerdo de su sueño golpeó a Will abruptamente. Sacudió su cabeza y miró de reojo a Elisa, quien estaba a sus espaldas, esperando paciente a que algún pez mordiera su deslumbrante y llamativo anzuelo. En esta ocasión sus sueños no involucraban ni a Abigail, ni Marlène, ni a ella. Solo eran él y ese ser, pero hubo algo en su interior que le hizo recordar el hecho de que esa rareza jamás se había atrevido a herir a Elisa. La joven tenía su barbilla recargada en su mano y esperaba paciente a que su caña se moviera y Will enfocó la mirada en aquella pulsera. Durante esos momentos, Elisa pudo sentir el peso de la mirada, se giró y descubrió al incauto de Will, quien parpadeó lentamente para despistar su curiosidad.

—Está tranquilo —dijo, al momento que pasaba su mano sobre su rostro—. Es algo normal.

—Ok... —respondió volviéndose acomodar en la misma posición.

El silencio volvió a caer sobre ellos, y mientras cada quien pensaba en lo suyo, un movimiento en la caña de Elisa la hizo reaccionar. Dio unos cuantos pasos hacia atrás y tocó la espalda de Will, quien rápidamente vio como ella sostenía firmemente la caña que comenzaba a sacudirse.

—¡Ya cayó uno! —exclamó, al momento que soltaba la suya para acercarse ayudar a Elisa.

Ambos sostuvieron la caña, Will guio a Elisa para poder atraer al pez que no se dejaba tan fácilmente. El forcejeó fue intenso y los dos lograron alzar la caña y ver el pez, de tamaño considerable, sacudirse incontroladamente.

—¡Lo hiciste!

Elisa miró a Will con una radiante sonrisa, una felicidad incontrolable. El último verano en que había ido a pescar no había logrado obtener algún pez, y dio por hecho que ese día había logrado su captura gracias al anzuelo que Will le había obsequiado.


BAU - Quántico, Virginia.

Miriam Lass colocó sus manos sobre su nuca, las frotó suavemente y un suspiro amargo surgió. Miró a los archivos y fotografías que tenía sobre el escritorio, el Destripador de Chesapeake se había convertido en un dolor de cabeza para la joven agente. Se alzó de su silla y fue en busca de un café para calmar su agotamiento.

En la máquina expendedora, esperaba pacientemente a que su café americano terminara de caer en el vaso, cuando a sus espaldas escuchó un jovial saludo. Asustada se giró y descubrió a Beverly Katz.

—¿Te asuste? —Preguntó divertida, la joven Lass negó rápidamente—. Perdóname, no era mi intención.

—No hay problema —respondió, al momento que tomaba su café.

—¿Cómo va todo? Te notó algo estresada.

—Quiero creer que bien. Sigo analizando los modus operandi del Destripador.

—Entiendo —dijo mientras preparaba un vaso para café—. ¿Sabes? No deberías presionarte tanto. Entiendo que es tu primer caso formal en el FBI, pero a veces es bueno solicitar ayuda —Miriam observó con una línea plana en sus labios—. Consulta a Will —finalmente reveló—. Él ya tiene su experiencia en esto, será buena orientación.

—Yo… bueno, no me gustaría importunar al profesor Graham —mencionó mientras sus dedos golpeteaban el vaso.

—No lo importunas, créeme. Es verdad que Will es… algo reservado en esto, pero su asesoramiento te será útil —Beverly tomó su vaso y le dio un leve sorbo—. Y cualquier duda forense, sabes dónde encontrarnos —finalizó con una amigable sonrisa.

Miriam asentó delicadamente y Beverly se retiró, dejando sola a la joven.


Al regresar a la oficina, Miriam observó todo el papeleo apilado ordenadamente sobre la mesa. Por momentos medito las palabras de la agente Katz, luego recordó las palabras de Crawford al decirle que Will estaba abierto para ser su guía en este camino. Otro suspiro llegó y descanso sus brazos sobre la mesa y volvió a observar las fotografías de los atroces crímenes adjuntados al Destripador.

Era sorprendente el duro estómago que Miriam demostraba ante lo que plasmaban aquellas imágenes. Tenía dos semanas analizando al Destripador sin crear algo nuevo en el informe, nada que no fuera novedoso para el jefe. Siguió mirando las fotografías hasta que detuvo la vista en una, la cual, había visto infinidad de veces. La fatídica y exuberante muerte de Cassie Boyle. Había leído el reporte del incidente, la chica murió rápidamente, sus pulmones fueron extraídos y su cuerpo empalado en las cornamentas de un alce disecado, en medio de los bosques. Anexaron el incidente al Destripador, ya que estaba también adherido a un imitador de Jacob-Hobbs. Miriam tenía sus dedos sobre la fotografía, la miró detalladamente y su mente realizó ciertas conexiones. Tomó los archivos de aquel caso, que en su tiempo Will Graham llevó, y se preparó para el día de mañana pedir asesoría a su profesor.


Al siguiente día todo marchaba con la neutralidad de siempre. Will impartía sus lecturas en la academia, sus alumnos estaban atentos a cada palabra que su profesor vociferaba, y entre cada una de ellas, Miriam se escabulló para escuchar aquellas clases que había dejado de asistir en estas semanas.

En la otra parte de la academia, Jack llevaba consigo a Elisa. La jovencita no había parado en contar su hazaña sobre su pesca, recibiendo lo elogios de su padre a cada oportunidad dada. Bella había salido por asuntos laborales y Jack, cual padre nervioso, no gustaba de dejar a Elisa sola en casa, aunque en veces ella quería que se le diera esa libertad, pero disfrutar un rato en la academia de FBI tampoco no era una mala opción.

Elisa pidió permiso a Jack para dar una vuelta por los campos de entrenamiento y Jack, que debía asumir sus labores, le otorgó el permiso siempre y cuando mantuviera sus límites. Ella asentó muy segura de cumplir lo prometido y salió de la oficina de su padre para hacer su recorrido. Ella ya conocía muchas partes del lugar, podía ir y venir con facilidad; desvió su camino hacia los campos para dirigirse a las oficinas forenses, y una vez llegó, su presencia sorprendió al equipo de Crawford.

—¡Elisa! —Exclamó con una sonrisa Beverly, quien parecía jugar naipes con Brian—. ¡Hacía mucho que no te veía!

—Ya creciste más —continuó Zeller al verla acercarse a ellos.

La joven sonrió y les saludó. El día pintaba aburrido para los agentes, y entre sus juegos de naipes invitaron a Elisa, haciendo el juego más simple para ella. Durante el juego, Beverly notó su brazalete y ella le comentó sobre su nuevo apreciado objeto.

—¿El Doctor Lecter te lo dio? —cuestionó Zeller, sin poderlo concebir.

Ella asentó con su tan usual sonrisa.

—Es muy bonito —dijo Beverly mientras extendía su mano para que Elisa acercara más su brazalete. Una vez extendió el brazo, ella observó el plateado objeto y lo vio maravillada. Giraba el brazo de Elisa y en un momento, notó algo que llamó su atención. En una parte de atrás, algo escondido, estaba un grabado, era una letra. La letra M. Beverly se reservó, no quería cometer un error y soltó el brazo de Elisa para sonreírle y felicitarle por su cumpleaños.


La sala de lectura estaba cubierta en oscuridad, las diapositivas se cambiaban cada vez que Will terminaba sus ensayos y cada imagen era peor que la anterior. Will mostró una nueva fotografía, una que Miriam había visto en sus informes recientemente.

—El Destripador de Chesapeake —soltó con tono amargo. Aquellas palabras fueron un sabor a bilis en su boca—. Creo que no necesita una presentación formal —Will se dio la media vuelta, recargó su cuerpo en el escritorio y miró a sus oyentes—. La víctima, Theresa Davis; veintitrés años y era una joven y tranquila farmacéutica. Como pueden apreciar su cuello fue degollado y en la sección alta de su espalda cuenta con dos cortes precisos. Se sustrajo sus riñones y, algo nuevo, la carne de sus mejillas.

Miriam agachó el rostro, no estaba impactada por lo que se demostraba en las imágenes, era una vergüenza por no descubrir al asesino. Will siguió hablado, analizando el patrón del Destripador y la joven agente prestó atención a cada palabra. Durante quince minutos que se le dedico al análisis, nadie pareció tener preguntas y ante ello dio por finalizada su lectura. Encendió las luces y todos se retiraron, en lo que él guardaba sus cosas. Una vez el aula quedó vacía, Will acomodó sus anteojos y alzó su vista al proyector, mirando la fotografía.

—Me sorprende que no tenga preguntas, señorita Lass —mencionó. Miriam, quien aún estaba en una silla, se sorprendió por ello.

—Realmente tengo muchas, profesor Graham.

Will se dio la media vuelta y le miró.

—La escucho.

Miriam se alzó y bajó del lugar para acercarse a su maestro. Y con una carpeta en mano la colocó sobre el escritorio y la abrió para hacer relucir la fotografía de Cassie Boyle. Will alzó las cejas pero no hubo expresión alguna.

—Usted manejó este caso.

—Correcto.

—Esto lo unieron como un imitador de Jacob-Hobbs. Usted hizo un reporte en el cual cree que es el Destripador.

—No creía, sé que fue él. El estilo, la extirpación de órganos… fue él.

Miriam alzó su mirada al proyector y observó aquel cadáver.

—Discutir un perfil, sería totalmente en vano. Lo que quiero saber, si es que puede orientarme, es ¿el por qué castigarlos de esa manera?

—Lamento informarle, señorita Lass, que me es imposible darle esa respuesta. Mis conjeturas son, que quien se haya topado con el Destripador, hubo algo en ellos que le enfureció.

—¿Le enfureció? —Cuestionó con una torpe sonrisa—. Todo lo que he analizado, todo lo que he visto… No encuentro un factor.

—No te demerites tan pronto. Yo he estado seis años detrás de él y no logró empatizar con su mente. Es un misterio que, con cada acción que realiza, siempre me perturba. Aun así, por ser un misterio, no quiera decir que no lo resolveremos —Will bajó su mirada con ella y la joven volteó a mirarlo—. Vas por buen camino.

Ella sentó suavemente y, por el rabillo de su ojo, notó una presencia en el lugar. Se giró y descubrió a una joven chica, paralizada y mirando a la fotografía en el proyector. Al notar el cambio en Lass, Will fijó su mirada a donde ella la tenía y con horror descubrió a Elisa. Alterado buscó apagar el proyector y, sin éxito, se acercó a ella y la tomó de los hombros. Will exclamó varias palabras, no se oía furioso pero si preocupado, y al no recibir una respuesta alzó sus manos y las movió a la par que hablaba. Elisa movió sus ojos hacía Will, ninguna expresión se formaba en su rostro, solo su piel había palidecido.

—¿Qué haces aquí? —insistió. Ella respondió que visitaba el lugar. Will agachó su rostro y resopló de manera preocupada—. Señorita Lass, por favor, apague el proyector.

La rubia obedeció y comenzó a guardar sus archivos para retirarse. Tomó todo y se acercó a la salida, despidiéndose educadamente de su maestro y Elisa observó a la rubia, que nunca había visto. Will no respondió y al percibir la lejanía de esos pasos, miró a Elisa, tenía una preocupación genuina, cual padre preocupado por su hijo.

—Elisa —llamó—. ¿Vienes sola?

—Estaba con Bev.

—¿Dónde está Beverly?

—Afuera.

Will apretó sus hombros.

—Elisa… lo que viste… lo que viste es…

—Lo sé —respondió en un tono serio—. Está muerta.

Graham le miró, estaba sorprendido ante la actitud seria que Elisa demostraba en esa situación, la cual no era la primera vez que pasaba, y Will se admiraba con torpeza su ineptitud para evitar que ella viera este tipo de cosas, las cuales no era buenas para ella.


Ambos guardaron el secreto. Uno más. No se hablaría del tema nuevamente y nadie debería saber la mala suerte que Will llevaba consigo para exponer a Elisa a esos momentos. Sin embargo, Will no se sentía bien consigo mismo. En casa, conciliar el sueño fue algo dificultoso y, para su desgracia, al lograrlo aquellas pesadillas seguían siendo protagonizadas por ese ser y ahora se sumaba Elisa.

Quería protegerla. Quería salvarla. No quería que el destino fuera cruel como lo fue con desaparecer a Abigail y matar a Marlène, pero esa entidad evitaba que él se acercara a Elisa. Le obligaba alejarse de ella.

—¡Suéltala! —gritó, al momento que abría los ojos.


Hannibal tomó su abrigo, estaba consiente que Will no se presentaría a su sesión, no obstante un llamado a la puerta de su consultorio le hizo regresar el abrigo al perchero.

—Bienvenido Will —saludó al abrir la puerta. Un ojeroso Will le miró.

—Gracias —respondió sin ánimos al pasar. Hannibal no se sorprendió por su estado—. Hice una estupidez —confesó tan pronto oyó el cerrar de la puerta.

—¿A que te refieres?

—He sido un inconsciente. Un irresponsable.

—¿A qué se debe esto, Will?

Él se giró y con su cansada vista miró a Hannibal.

—¿Estamos en sesión, verdad?

—Por supuesto. Nada saldrá de estas cuatro paredes.

—Bien… Esto tiene que ver con Elisa —y las alarmas en Hannibal se encendieron—. Soy un idiota que no la sabe cuidar… ¿Sabes que en veces va a mi casa?

—Si.

—Bueno, he tenido la mala fortuna que ella miré fotos de los casos que me han asignado.

—¿El caso de la cara cortada? —interrogó curioso.

—Sí, ese.

—Solo has resuelto ese.

—Ayer fue a la academia, Jack la llevó —continuó ignorando lo dicho—. Estaba en lectura, tenía fotografías, obvio… De repente estaba ahí —Hannibal frunció su ceño—. En la entrada y mirando la fotografía… Estaba inmóvil, no decía nada.

—Will —llamó—. Por favor, detente y tranquilízate —Graham obedeció y, con una angustia terrible, le miró—. Has expuesto a Elisa a material delicado del FBI.

Él quedó confuso, no supo si era una pregunta o afirmación.

—Se está volviendo una costumbre —soltó al dejar caer sus brazos—. Quiero evitarlo, pero parece que me empeñó a que suceda.

—Will, ¿estas consiente que Elisa lleva una terapia debido a la violencia a la cual fue expuesta?

—Lo estoy, por un demonio, ¡lo estoy! Y luego están esos sueños… Dios, los sueños…

—Sigues recayendo.

—Los sueños son lo peor… trato de defenderla, trato de salvarla y… y no puedo… no puedo.

Will cayó en el sillón y llevó ambas manos sobre su rostro, evitando que las lágrimas por su impotencia fluyeran. Hannibal observó con curiosidad y fascinación a su paciente. Extrañaba estas terapias.

—¿De quién quieres defenderla, Will?

—De ese monstro, que me arrebató a Abigail y Marlène…

Hannibal arqueó su ceja, sin emitir emoción por lo débil que Will se veía. Tomó un pañuelo y se lo entregó y así Will limpió las pocas lágrimas que recorrían sus oscuras ojeras y coloradas mejillas.


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