XXI. Étrange.
Elisa sombreaba uno de los dibujos que Hannibal había realizado, ambos se mantuvieron en silencio mientras que aprovechaban los pocos minutos que quedaban de la sesión de la jovencita. Hannibal paró de dibujar y tomó su bisturí para afilar la punta del lápiz, Elisa notó sus acciones y observó por encima de su trabajo como este y con grata delicadeza hacía relucir la nueva punta. Elisa admiraba la elegancia con las que Hannibal realizaba varias cosas y una de ellas era en la cocina.
—Ya falta poco para que empiece la escuela —habló, sin dejar de afilar la punta. Elisa alzó la vista al percibir su voz—. ¿Ya estas preparada? —Preguntó al cruzar miradas, ella sonrió y afirmó rápidamente—. Me alegra.
Manteniendo su sonrisa, ella retomó su sombreado al dibujo y Hannibal terminó de afilar la punta y acomodó ambos materiales junto a su hoja. Golpeteó suavemente el bisturí y le analizó. La sesión de hoy había sido muy fría y cuando una sesión era así, Hannibal sabía las razones de ello. No quería anonadar en los detalles y sospechó que Will estaba involucrado en la actitud de Elisa. Últimamente exponía a la joven ante los casos más aberrantes que el FBI le volvía a otorgar y esto se estaba convirtiendo en una malsana costumbre.
Un suspiro surgió de él, dejó de lado el bisturí y la jovencita notó tal momento provocando que alzara una mirada confusa. Hannibal sonrió sutilmente y se alzó de su silla, alejándose del escritorio. Elisa le siguió con la mirada hasta que se detuvo frente a la puerta, miró su reloj y escuchó el llamado, abrió y recibió a Jack con una falsa sonrisa.
—Lamento la tardanza —saludó.
—De hecho, hoy llegó temprano. Pase.
—¡Papá! —exclamó Elisa al mirarle. La jovencita dejó de lado su dibujo y se alzó de la silla para recibir a su padre con un gran abrazo.
Durante la calurosa bienvenida, Hannibal ignoró el momento y se alejó de ellos para esperar que terminaran, y una vez hecho, les invitó a tomar asiento. El reporte de la cita resultó normal, cosas de alto nivel por reportar serían después.
—La próxima semana empieza el colegio —mencionó Jack mientras llevaba sus manos sobre sus rodillas—, supongo que la hora de cita se modificará.
—Es correcto —dijo Hannibal con un ligero suspiró, mientras abría su agenda. Elisa les prestaba atención—. La hora de salida coincide con el inicio de la terapia.
—¿Si habrá manera de acomodar las sesiones?
Elisa trató de agudizar el oído con sus aparatos y a la vez movía muy rápido sus ojos para confirmar lo escuchado con el movimiento de sus labios.
—Puedo ajustarlo a media hora más tarde. Siempre y cuando esto sea adecuado para ustedes al recoger a Elisa de su escuela.
Antes de responder, la jovencita golpeteó la mano de su papá y ambos le miraron. Llevaba apretados sus labios y lucía muy animosa ante el momento.
—¿Qué sucede? —cuestionó extrañado.
Elisa empezó a mover sus manos, la emoción era inevitable, comentó que su escuela estaba a menos de veinte minutos del consultorio usando la vía subterránea, también hizo énfasis en que podía caminar, pero demoraría más tiempo en llegar. Finalizó con un movimiento de brazo haciendo alusión al subterráneo e insistiendo con la idea, Jack alzó su ceja ante los comentarios y miró a Hannibal, quien se mantuvo sereno ante lo explicado. Crawford dejó escapar una risotada y miró con ternura a su hija.
—No Elisa —respondió mientras palmeaba su hombro. La felicidad se esfumó del rostro de la jovencita y rápidamente llevó su mirada con Hannibal, en busca que apoyara su idea—. No vamos a dejarte que vayas a solas por la calle. No aún.
Ella mostró sus ojos más tristes y Hannibal suspiró.
—Lo siento Elisa —respondió—. Comparto la opinión de tu padre.
La jovencita agachó su cabeza y resopló furiosa. Ante esa acción Jack tocó con sus dedos aquellas pequeñas manos y su hija alzó su molesta mirada.
—No quiero esas actitudes —mencionó junto a un severo movimiento de manos.
Elisa alzó sus manos y dejo a relucir esas emociones, con una severa pregunta:
«¿No confían en mí? Conozco las calles...»
—No es eso, Elisa. Las calles son muy peligrosas, no solo de noche. Lo sé perfectamente, el Doctor Lecter lo sabe.
—Tu padre tiene razón —continuó Hannibal—. La inseguridad que existe en las calles de Baltimore, son preocupantes.
Aquellas palabras lograron que Elisa se rindiera ante su petición, se acomodó en la silla y su resopló fue ligero, pero nada satisfactorio.
—Pronto se le pasara —mencionó Hannibal al abrirles la puerta del consultorio.
Jack miró a su hija, quien había ido por su bolso al perchero.
—Creo que esto no.
—Elisa entenderá, y también, pronto llegará el momento en que tendrá que dejarla andar sola.
—Y eso me temo, Doctor. La situación en esta ciudad se ha vuelto una locura.
—Entiendo. Cada cuando tenemos eventos desafortunados y, lastimosamente, no se pueden evitar.
—Por más que lo trato es imposible capturar a quienes más ponen de cabeza a Baltimore.
—¿Se refiere al Destripador? —preguntó, con un leve tono de emoción.
—Correcto.
—¿Aún investiga los incidentes? —curioseó, tratando de moderar su sentir.
Elisa se acercó a ambos y les mostró su mejor sonrisa. Jack poso su brazo alrededor de sus hombros y la apegó a él. Hannibal se admiró en como una ligera curva se mantenía en sus labios.
—Si Doctor —prosiguió—. Tengo a una agente especial al caso.
—¿Una agente especial? —Jack afirmó con su cabeza—. ¿Will no accedió a ello?
—No, pero asiste a la nueva agente.
—Entiendo... Tal vez sea lo mejor para Will, no involucrarse tanto en ese asunto.
—Le confieso que me gustaría tenerlo al frente, pero quiero respetar su decisión.
—Me parece lo correcto.
La joven miraba algo confusa a los dos adultos, había comprendido que la plática envolvía a Will, y los nervios la consumieron. Ella no le había mencionado en su sesión de hoy, ya que no quería meterle en problemas. Aquella expresión confusa hizo sonreír de manera sincera a Hannibal, dejaron de lado su conversación y se despidió de ella. Dando por finalizado aquel último día en que ella conviviría largos ratos con él.
Otra noche en vela había caído en la residencia Graham. Will se había dedicado a reparar unos viejos motores en lo que sus fieles caninos le acompañaban, acostados a su alrededor. Miró al reloj, pronto serían las cuatro de la mañana y el sueño quería dominarlo, sin embargo, él se mantenía firme. Ya no quería soñar. Dejó caer una de sus herramientas, logrando despertar a sus acompañantes.
—Lo siento —respondió avergonzado. Sus perros aceptaron su perdón y volvieron acurrucarse en las mantas.
Aquel motor ya no necesitaba más arreglos, nunca tuvo nada más por ser reparado. Suspiró agotado, se alzó del suelo y fue en busca de una cerveza a su nevera. Al dar un gran trago, tomó asiento en el comedor, se quedó mirando a la nada mientras su mente parecía ir a una velocidad admirable, como un tren a punto de chocar con una pared. Sacudió su cabeza, dio otro trago y decidió ir por su teléfono cuando uno de sus perros se alzó repentinamente. Will se extrañó ante la acción de su amigo y este miraba hacía la entrada principal sin mover ni un musculo.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Su canino se mantuvo firme y un ligero gruñido surgió de él, Will llevó su mirada hacía donde apuntaba y fue cuando un ruido hizo que su perro comenzara a ladrar. Ante la acción de su fiel amigo, el joven Graham distinguió su pistola sobre la mesa, la tomó y trató de acomodarse en un punto ciego de su casa, para no ser distinguido por quien estuviera afuera. Arrinconado junto a una ventana, Will tenía una mirada hacía la entrada de su casa; su perro no había parado de ladrar y los demás se fueron uniendo al llamado, preocupado más a su amo.
Will se asomó un poco, sus cortinas no ayudaban a una buena vista, sin embargo, apreció algo ahí. Algo yacía asechando a su puerta y mientras sus perros aumentaban sus ladridos, Graham se dispuso a ponerse en guardia y defender su casa. Buscando no ser visto, logró colocarse junto a la entrada de su casa y bajó la puerta notó una sombra con movimientos irregulares. Quitó el seguro a su pistola, les pidió a sus perros que guardaran silencio y aquella sombra comenzaba a moverse, alejándose de la entrada principal.
No pudo negar su sorpresa al contemplar como esta sombra desaparecía y, momentos de lucidez llegaron a él, abrió su puerta y descubrió a la oscuridad adornar su porche. Encendió la luz y no había nada fuera de lugar ahí. Salió, el frío de la noche golpeó en su piel y buscó en todas partes a quien estuviera de merodeador en sus tierras, pero solo estaban él y sus perros.
Alana escuchó a la lejanía el sonido de su teléfono, pensó que estaba soñando, sin embargo, el sonido fue volviéndose más claro hasta que logró despertarla y difícilmente se acercó a contestar el tan inesperado llamado a altas horas de la noche.
—¿Hola? —respondió adormitada.
—Lamento despertarte...
—¿Will? —preguntó confusa.
—Sé que es muy temprano, o tarde, depende como lo mires...
La Doctora Bloom alzó su pesada mirada a su reloj y descubrió que eran las 4:10 AM.
—Es temprano. Mi despertador suena al cuarto a las cinco y no logro despertar, sí que tu llamada fue más efectiva —Will dejó escapar una leve risa—. ¿Qué sucede?
—No lo sé... Me gustaría saberlo.
Un silencio les abrigo. Alana posó su cara sobre la almohada y, entre la realidad y el sueño, medito que responder.
—En cuarenta minutos estoy allí.
—Serán veinticinco, no hay tráfico a estas horas.
—Que gracioso...
—Te veo en un rato.
Y ambos colgaron.
Alana llegó en el tiempo que Will le había estimado y quedó sorprendida. Al estacionar su coche, contempló el inicio del amanecer; era hermoso y capturaba la solitaria belleza de Wolf Trap. Will yacía en su pórtico, esperando paciente por su llegada.
—¿Qué ha pasado? —preguntó mientras se acercaba a él.
—Alguien estuvo aquí —respondió sin mirarle.
—¿En tu casa?
—Sí.
—¿Pero...?
—¿Cómo? No lo sé.
—Will, ¿estás seguro de lo que dices?
—Alguien estuvo parado aquí —dijo apuntando al pórtico—, espiándome. Mis perros ladraron como locos y miraron por todos lados.
—¿No habrá sido algún animal? —indagó confusa.
Graham parpadeó unos segundos, pensando en la pregunta de su amiga, pero no encontraba respuesta a ello.
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—Aquí hubo alguien... o algo —soltó lo último muy extrañado—. Vi su sombra. Cuando abrí la puerta no había nadie.
Alana arqueó su ceja ante las palabras de su amigo, caminó hacia el pórtico y analizó el lugar en búsqueda de algún rastro sospechoso. Todo lucía normal. Se cruzó de brazos y dio la media vuelta para observar a Will, quien había quedado confuso con su reacción y sus palabras mencionadas.
—Will, ¿todo está bien?
—¿A qué te refieres?
La Doctora Bloom apretó sus labios y parecía meditar las palabras que diría.
—Si tu estas bien —confesó, no muy animosa de decir ello.
Aquellas palabras habían dejado perplejo a Will, sacudió un poco su cabeza, luego rascó su nuca y caminó hacía ella, cuestionándose la interrogante expuesta.
—No lo sé...
El resto de la mañana se volvió incomoda hasta que ambos tomaron rumbo a sus trabajos en el BAU. Alana trató de animar el ambiente, sin embargo, dejó plantado en Will la semilla de la incertidumbre con forme a lo que había experimentado esa noche. No dejo de pensar que tal vez todo había sido producto de su imaginación, como Alana lo había dado a entender, aun así, él sabía que quien estuvo en su casa había sido alguien, o algo, real.
Miriam Lass se acercó a él tan pronto su clase había finalizado y tratando de mostrar una buena cara, Will le sonrió, pero la joven notó lo agotado en él.
—Supongo que no está de humor para resolver mi duda.
—¿Por qué crees eso?
—Por su cara.
—Ignora eso. Así luce siempre —bromeó.
—Puedo venir más tarde u otro día si le parece...
—Puede atenderte, Miriam —dijo mientras se recargaba en su escritorio—. ¿Qué necesitas?
La joven suspiró y de sus archivos sacó una fotografía, la cual le entregó y Will observó sin mucho interés.
—¿Alguna vez pensó si el Destripador fuera una persona experta en la disección?
—Lo llegué a considerar —comentó, al ver los cortes limpios en ambas imágenes.
—¿Pero solo lo considero?
—Su perfecta extracción de órganos nos da a entender que es una persona con conciencia en la disección.
—Bien, he estado analizando estos dos casos —continuó la joven mientras se acercaba—. El primero ocurrió hace nueve años y este fue el último ataque. Ambas víctimas tenían algo en común, el mismo seguro médico —Will arqueó su ceja y miró a la joven—. He estado investigando a profundidad los casos que sean del Destripador y ellos dos compartían el mismo seguro, el mismo hospital para ir a consultas.
—¿Estas insinuando que el Destripador es alguien del personal médico?
—Mi posible teoría —dijo con una victoriosa sonrisa.
—Nada mal, señorita Lass.
El corazón de Elisa latía a una velocidad increíble, hoy era el día, ese día que ansiaba desde que las vacaciones de verano habían comenzado. Esperaba paciente a sus padres, quienes aún se mantenían desayunando y sentían la ansiedad que irradiaba en ella. La jovencita tenía sus labios apretados y no dejaba de mirarlos.
—No desesperes —mencionó Jack en lo que daba un trago a su café. Bella miró a su hija y sonrió ante la emoción que yacía en ella.
—Ya casi terminamos —dijo. Elisa asintió felizmente.
Cumpliendo la rutina matutina, Elisa arrastró a sus padres hacía el auto para que la dejaran en su nuevo colegio. El camino se sintió eterno para la joven y sus padres no dejaron de mirar la emoción que ella emanaba. Llegaron al nuevo colegio y Elisa contempló a todos los estudiantes que llegaban y se adentraban al edificio.
—¿Lista? —preguntó su padre. Ella se mantuvo mirando y ellos le observaron con cierta preocupación—. ¿Elisa?
Ella tragó sintiendo sus nervios fluir y ante el llamado de su padre, reacción y volvió a mostrar su animosa sonrisa.
—¿Lista? —repitió.
Movió su cabeza con un si mientras la emoción volvía a cubrirla, se despidió de sus padres, quienes le desearon lo mejor en su primer día, y Elisa inició una nueva etapa de su vida.
Hannibal escuchó el llamado a la puerta de su oficina, miró la hora y supo que aún no era el tiempo de sus pacientes. Curioso se alzó de su silla y atendió descubriendo a su compañera la Doctora Bloom.
—Alana, que agradable sorpresa
—Hacía mucho que no pasaba por aquí —respondió con una gran sonrisa—. ¿Cómo has estado?
—Todo ha ido de maravilla, pero por favor, pasa —dijo mientras se hacía un lado y su colega se adentraba.
—Gracias.
—¿A qué debo tu visita? —continuó al cerrar la puerta.
Alana se dio la media vuelta y poco a poco su sonrisa fue desvaneciéndose.
—Tiene que ver con Will.
—¿Qué sucede? —preguntó sin ocultar su curiosidad.
—Me habló esta mañana y me dijo que alguien estuvo merodeando su casa. Fui y al verle… —se detuvo, dejó caer sus brazos y un largo suspiró surgió—. Está actuando de una manera muy extraña, Hannibal. ¿Alguna vez registraste alucinaciones? ¿Psicosis?
—Sabes que no puedo revelar esos detalles, Alana. Tratado de confidencialidad.
—Es verdad, lo siento… Es solo que estoy preocupada por él.
—Por favor —ofreció mientras movía una silla y ella se sentó—. Entiendo tu preocupación, Alana, sin embargo, Will ha regresado a sus sesiones. No te preocupes por él —siguió mientras ponía sus manos sobre sus hombros—, haré todo lo que este en mis manos para que salga adelante.
Elisa caminaba algo cohibida por los pasillos hasta que encontró su nuevo salón de clases, entró y descubrió a un chico y una chica, sentados hasta la parte de atrás, platicando muy animosamente. La jovencita los miró y ellos, al sentir el peso de su mirada, voltearon a la entrada y la descubrieron. Ella se apenó y tomó asiento en las bancas de enfrente, ambos chicos la miraron y se extrañaron.
—¿Es nueva? —preguntó la chica a su amigo.
—Creo que sí.
Los dos no dejaron de verla, notaron como limpiaba su pupitre y sacaba su libreta para esperar la clase. Los chicos se miraron suspicaces y con unas cejas alzadas. La chica le hizo una seña a su amigo, ambos se alzaron de sus sillas y se acercaron a Elisa, quien sintió sus presencias.
—¡Hola! —Exclamó la joven de larga cabellera castaña y ella volteó—. Eres nueva, ¿verdad?
Por unos segundos, Elisa le contempló; era una chica un poco más alta que ella con piel aperlada, unos ojos color café claros y largas pestañas, y su cabello era azabache recogido en una coleta. Curiosamente llevaba un papel en la mano el cual protegía celosamente. Parpadeó perpleja y luego afirmó.
—Así nos imaginamos que eras nueva —continuó el chico, a quien también. Era un poco más bajo que la chica, de una complexión delgada con cabello café claro y sus ojos eran azules claros.
—¿Cuál es tu nombre? —insistió la chica quien recargó sus hombros en su pupitre mientras sonreía.
—Elisa —respondió nerviosa.
Los dos continuaron observándola. Ella se puso nerviosa ante su comportamiento, hasta que de la nada, la chica se alzó de su posición y llevó sus manos a su cintura.
—Mucho gusto, Elisa. Bienvenida a la secundaria. Él es Josh Collins y yo me llamo Audrey Gideon —presentó con gran armonía.
—Mucho gusto… gracias por la bienvenida.
—No es nada. Si quieres unírtenos en el receso, nos encantaría tenerte ahí, ¿verdad, Josh?
—Claro, siempre es bueno tener alguien nuevo en el club.
Los dos se sonrieron y volvieron a mirar a Elisa, quien respondió a sus sonrisas. Y mientras eso pasaba, la joven llevó su mirada al papel que Audrey cuidaba, notando algo que llamó su atención, un encabezado llamativo y que la había llenado de curiosidad:
"El Destripador de Chesapeake ha vuelto."
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