ALUCINACIONES DE VENGANZA
Capítulo XXVII- El callejón de la tortura.
Hola chicos, sí, deben odiarme mucho, los he decepcionado por no actualizar rápido, y lo siento y ya sé que mis disculpas no sirven de nada. Hago esto porque me gusta, antes había perdido el interés porque tenía algunos problemas en mi vida, pero ahora que he vuelto a leer mis escritos, me doy cuenta que lo que he escrito valió la pena subirlo y me alegra que existan personas que también lo hayan disfrutado.
De verdad, me siento muy emocionada al darme cuenta de que estos proyectos me han ayudado bastante, han sacado a volar mi imaginación y que escribir es una de las cosas que más me gusta hacer en mis tiempos libres.
Sigo apenada por el tiempo que tardo pero agradezco nuevamente a quienes se toman o tomaron el tiempo para leer un pedazo de lo que he escrito. ¡Muchas gracias! Por todo, por su tiempo, sus reviews, favoritos, PM, follows, por todo su apoyo. ¡Los quiero!
Pronto volveré con todo, retomando los demás proyectos pendientes :D Linda semana.
Teen Titans no me pertenece, yo sólo utilizo a sus personajes para crear esta historia sin ningún fin lucrativo.
Capítulo XXVII- El callejón de la tortura.
(POV Starfire)
¿¡Matar!?
¿Matar?
Esa palabra me causaba horrores, náuseas y una sensación escalofriante que me perseguía por todo el cuerpo. Imágenes de charcos de sangre se avecinaban sobre mis pensamientos y casi podía oler la esencia de la muerte rondando por los rincones.
Había visto a muchas personas morir: familiares, amigos e incluso desconocidos y en todos los casos el sufrimiento se hacía presente; mucho más cuando su muerte era provocada por el frío corazón de un ser viviente; mucho peor cuando veías cómo los últimos latidos de vida de alguien a quien amabas y querías proteger le eran arrebatados para diversión de unos malditos sin alma.
Maltrato, abuso, humillación, esclavitud, tortura, gritos, desesperanza, y un último deseo: poder morir cuanto antes. Los había experimentado en cada fase y los había visto en algunos otros seres, que como yo, tuvieron la desdicha de ser "propiedad" de la Ciudadela.
Asesinar. Asesinar era sólo una palabra pero su significado y la acción no tenían un propósito reconfortante. Matar por placer era una de las cosas más repugnantes que pudieran existir entre los deseos de un ser vivo, porque creámoslo o no, cuando terminas con la vida de otro pierdes todo lo que eres, dejas de ser un persona y simplemente te conviertes en un monstruo, alguien desconocido que cualquiera podría odiar.
La gente de mi planeta se caracterizaba por ser pacíficos con los seres que vivían ahí y con la naturaleza; la paz abundaba, era como un paraíso. Sin embargo también sabían desempeñarse como guerreros; un mundo en el que la guerra era arte y que para defendernos de cualquier amenaza o invasión, lo hacíamos muy bien con todo el esfuerzo posible. La sangre podía correr tanto de los dos bandos, no nos compadecíamos del enemigo cuando teníamos bien claro las intenciones que ellos tenían sobre nosotros.
Había muertes, sí que las había, sin embargo en mi planeta eso era normal; ir a luchar por tu reino, defender a tu nación, era un gran honor que a los tamaranianos les encantaba experimentar; y dar la vida por proteger a aquellos que amabas se consideraba de suficiente valor y amor hacia ellos. Después de todo luchaban por libertad… la tierra que les vio nacer, les vería morir.
Aunque aquí en este planeta no era lo mismo, su ética era demasiado extraña a lo que había aprendido en Tamaran. La justicia por mano propia se consideraba delito, no podías llegar y matar a las personas incluso si fuera lo mínimo que se merecían. No podías salir impune por acciones como esas. No obstante, existían sujetos que lo hacían a diario y parecía que su castigo no llegaría nunca. Aun no entendía completamente las costumbres del planeta Tierra, pero me gustara o no, debía respetarlas.
Me costaba admitir que ya había matado antes, tanto a gordanianos (cuando muchas veces intenté liberarme de mi esclavitud en la Ciudadela, lo cual me causaba más sufrimiento y torturas), y ahora, cuando la luz anaranjada que me rodeó como aura desintegró a varias personas incluyendo a mi hermana.
Era un monstruo, quizás lo era desde que me convertí en esclava. No siempre fui así; existieron personas que fueron moldeándome, cada una poniendo de su parte para formar mi tan destrozada memoria, mis recuerdos, todas las sensaciones de dolor y odio que me robaron el mundo perfecto que debería permanecer mientras era una niña, la inocencia y la ilusión de la felicidad; sólo me mostraron la parte gris, cruel e injusta de la vida.
Era por eso que cuando presencié esa sed de quitarle la vida en agonía a un ser tan repugnante como Slade, me detuve a pensar en lo que me había convertido, en mi nueva faceta que acababan de agregar al cajón de "las experiencias más horribles" y que sin lugar a dudas volvería a moldearme para crear una nueva grieta en mi ser. No sabía cuánto podría aguantar; no sabía cuándo llegaría el momento en el que caería, en el que la delgada barrera de la que me apoyaba para no ceder, se rompiera y desapareciera.
Me sentía extraña, temblaba de furia, con unas ganas intensas de tomar cualquier objeto y hacerlo estallar en pedazos, a la vez que una oleada de nervios me consumía mientras me preguntaba qué era lo que me sucedía. Sólo sentía el deseo impulsivo de atacar abiertamente con todo lo que tuviera, pensando que eso sería forma de aliviar el augurio de los problemas que llevaba encima; como si matando a Slade se fuera a detener el embrollo en el que estaba metida.
La ira era un factor que me controlaba, me hacía crispar los ojos y moldear mi boca de una forma casi espeluznante. Nunca había sucedido algo como esto, no a este grado de clavarme las uñas en las palmas de la mano de tan apretados que estaban mis puños. ¿Qué ocurría?, ¿por qué no podía controlarme?
La opresión en el pecho no me dejaba respirar con naturalidad y era casi como si las bocanadas de aire fueran mi adicción. Estaba atrapada en un escenario donde mi mente y mi cuerpo no recibían las mismas señales, donde la ansiedad sólo me hacía perder los estribos incluso antes de poder ver al sujeto que contribuyó a este nuevo disfraz que me absorbía; a esta nueva máscara que mostraba lo que no era.
—¿Dónde estás, Slade? —grité con la mirada perdida en el furor esmeralda, con el ceño fruncido y las palmas de las manos preparadas para lanzar rayos. —¿Tienes miedo? ¿Le temes al monstruo que acabas de crear?
Nadie me respondió, sólo el eco de las gotas de lluvia que se detenían en el espacio. Y el tiempo corrió lento como si todo estuviera ocurriendo externo a mí, como si fuese una figura invisible, un fantasma en otra dimensión tratando de acoplarse a un mundo nuevo.
El ensordecedor ruido de los cristales de los autos ahí estacionados, quebrándose al compás, me devolvieron a la realidad. Con horror volví a observar entre el reflejo de las ventanillas de los locales a esa luz rojiza rodeándome, tan amenazante y subordinada a la vez, incrementando su resplandor entre más furiosa estaba. Me proporcionaba una sensación de poder justo como en el laboratorio donde me tuvieron capturada, llenándome de una energía inmensa pero inestable.
Por segunda vez en el día tenía miedo; miedo a lo que pudiera causar y a quienes pudiera herir, aunque había de admitir que tenía más miedo de morir sin siquiera haber saldado cuentas con los que me habían destruido nuevamente. Esto no se quedaría así, tenía que hacerlos pagar por la herida que acababan de abrir. Tenía que detenerlos para siempre, así jamás volverían a hacer el mal…, así no lastimarían a alguien.
La lluvia no se detenía, continuaba más fuerte con relámpagos que inundaban el cielo con luces sobre las nubes grises de la noche. Con esos rayos que iluminaban las calles desiertas, cada vez que un destello lo cubría todo, podía distinguir las cosas a mi alrededor. Todo lucía solitario como en una película de terror: sin faroles encendidos debido a la tormenta; sin nadie mendigando por las calles; con un desastre en cada rincón que observaras, o por lo menos yo acababa de hacer lucir deprimentes a los carros que con vidrios rotos se interponían entre la acera.
Mi pulso aún estaba acelerado y aunque mis ojos viajaban de un lado a otro con velocidad, no lograba divisar al tipo que en esos momentos deseaba golpear fuertemente. Las sirenas habían comenzado a sonar desde lo lejos acercándose con rapidez y las luces rojas y azules no tardaron en aparecer a lo largo de una de las esquinas de esa avenida; quizás alguien los llamó debido al sonido de todos aquellos cristales de automóviles que crujieron ante mi desesperación.
Comencé a correr con toda la rapidez que me permitían las piernas (ya que no me animaba a volar), como si fuese una fugitiva después de un escape, intentando dar pasos firmes para no caer y buscando un lugar para esconderme.
¿Por qué?, ¿por qué huía de la policía? Seguramente porque ellos tan pronto me reconocieran llamarían a mis amigos y arruinarían todo mi plan de regresar a Tamaran. Aunque di por hecho que por la luz naranja que seguía rodeándome todo el cuerpo, se darían cuenta que no era humana e igual llamarían a los Titanes.
Los perdí unas cuantas cuadras después gracias a que el fulgor rojizo desapareció y pude meterme a un callejón que conectaba con otros varios. Seguí corriendo cuidando no tropezar con bolsas de basura pues ahí mucho menos había luz. Encendí en una de mis manos un starbolt para observar mejor el camino y sin darme cuenta realmente a dónde iba, terminé llegando a un pasadizo sin salida.
Lo recordaba muy bien, era el lugar en donde habíamos atrapado a Cinderblock justo cuando apareció Slade después de que los Titanes llegáramos de Tokio. Podía apreciar algunas marcas de la pelea que tuvimos en este sitio y parecía traerme un gran recuerdo que me ponía nostálgica. Aquí peleé junto a mis amigos contra el sujeto de cemento y piedra como una superheroína, pero ahora no era más que una fugitiva que quería borrar el pasado. Me di cuenta que a partir de ahora nada sería igual. Había cambiado -es decir, me habían cambiado-, y no existía retorno que me devolviera a la normalidad.
Una risa, unas voces, un murmullo que cada vez se hacía más fuerte y ocasionó que tapara mis orejas antes de caer de rodillas, me dejaron helada. Esas voces, esos sonidos inentendibles, los reconocía. El pánico volvió a acecharme, la piel se me erizó y un profundo dolor en la cabeza me hizo gritar con tormento.
No sólo escuchaba la risa de Slade sino también reconocí la de mi hermana, quien sólo repetía mi nombre con voz monótona y luego reía de forma sardónica. Algunas de las otras voces sabía de quiénes eran y algunas otras eran tan extrañas; lo único que podía entender era que no estaban contentas.
Esos gritos me habían perseguido desde aquella batalla con Robin en la azotea; aquella en la que me hicieron creer que mi novio era quien estaba peleando conmigo y que se había aliado con Slade. Él nunca me haría daño, no de aquella forma como Madame Rouge lo hizo cuando empezó a atacarme, y ahora que lo recordaba ella había hecho que inhalara un gas violeta, probablemente fue eso lo que me causó todas aquellas alucinaciones; seguro dejarme en este estado de paranoia era parte del plan.
¡Malditos! ¡Me hicieron sufrir! ¡Me hicieron sentir insegura, con ideas de que en cualquier momento las sombras me atacarían y me llevarían hacia su oscuridad! Y ahora, ahora sentía lo mismo. Las voces me traspasaban, me herían y me gritaban al mismo tiempo como los alaridos de criaturas sin paz, sin alma.
No debía dejar que me quebraran, que me alteraran o que me controlaran; no eran reales, nadie era real.
"¡No voy a dejarlos arruinar mi vida!".
Me levanté y aún con la lluvia que no paraba, me mostré fuerte y decidida. Era hora de acabar con ellos.
Perseguí las sombras esperando que en una de esas mostraran a sus verdaderos habitantes. No lo hicieron pero qué más daba, no me importaba atacar con fuerza; saciar mi sed de tranquilidad. Golpeé paredes, lancé rayos estelares, ¡todo fuera por callarlas de una maldita vez! Estaba hecha una paranoica que no conseguía dejar de escuchar a sus enemigos lanzando miles de maldiciones al aire.
Antes de poder darme por vencida una fuerza me lanzó contra la pared. Me levanté con dificultad y gracias a uno de los relámpagos que se presentaban en el cielo logré ver la figura de un hombre que llevaba aquella máscara bicolor que tanto deseaba destruir.
No sabía si era real; en este punto ya no entendía qué lo era. Las voces se habían callado, sin duda en ellas estaba la de mi hermana y la de Cerebro que ahora estaban muertos gracias a mí, sin embargo también escuché la de Slade, ¿qué tal si sólo era una alucinación de su persona, tal cual como sucedió con Robin cuando el desquiciado puso un gas alterado en su máscara?
"¿También maté a Slade?".
No lo sabía pero iba a averiguarlo.
Me acerqué corriendo a la silueta de mi enemigo y le di un puñetazo en el rostro, aunque antes de que impactara en su apática máscara él lo bloqueó con la palma de su mano. Me quedé helada, su fuerza era mucho más que la mía; quizás eran los estragos que dejaba aquel resplandor anaranjado de antes, podría ser que tomara mi energía y me hiciera sentir tan poderosa sólo por un par de minutos, y después que desaparecía también lo hacía parte de mi poder. O siempre existía la posibilidad de que sí fuera una alucinación y mi mente me estuviera engañando.
No importaba cómo, era demasiado real para mí. Cuando intenté dar un par de pasos hacia atrás para volverlo a atacar, él me propinó una patada que me hizo rodar en el suelo hasta chocar contra unos contenedores de basura. Parte de la espalda volvió a dolerme pues me había golpeado con una de las esquinas de esos depósitos rectangulares de residuos.
Seguía sin poder ver bien debido a la oscuridad del callejón y a la incontenible lluvia. Lo único que me daba un poco de visibilidad eran los relámpagos de la tormenta, sin embargo con ella mantener los ojos bien abiertos se volvía una tarea ardua.
Un golpe en la cara me mandó a estampar de nuevo contra el suelo húmedo manteniendo mi piel en contacto con los charcos de agua, con una mejilla muy adolorida y una nariz goteando sangre. No podía dejar que me humillaran de esta manera.
—¡Qué débil eres! —pude escucharlo. Quizás se encontraba a dos metros de mí y es que era tan difícil reconocerlo a causa de tanta oscuridad. Aun desconocía si se trataba sólo de mi mente; necesitaba con desesperación saber si esto era realmente sólo una batalla con mi imaginación. —¡Supongo que por eso eras el anzuelo para que atrapáramos a los Jóvenes Titanes! ¡Eres sólo la inútil que provocará muertes! ¡Vaya que eres una heroína!
—¡CÁLLATE! —la furia volvió a apoderarse de mis acciones y la fuerza regresó a mí como una descarga. Volé hacia él y le lancé varios golpes que para mi suerte lograron dañarlo y lo alejaron de mí. Escuché como caía al suelo y esta vez logré formar una mueca de satisfacción. Se arrepentiría por haber mencionado aquello.
—¿Koriand'r, sientes eso? Estoy orgullosa de ti, hermanita, por fin eres una guerrera de Tamaran, ¡reclamas vidas sin titubear! —su voz me dejó en shock. Podía oír el eco de sus palabras pero no la veía por ningún lado.
—¡Tú estás muerta! —le grité con la culpa encima, temblando por mis actos hacia ella. Y con una cara de horror dije lo que tanto temía: —¡Yo te asesiné!
—Y lo que sentiste fue magnífico ¿no? Saber que los que te hacían daño no volverían a hacerlo jamás debió ser muy placentero. ¡El sabor de la muerte es exquisito!
No, esto no podía estar pasando, ¿por qué seguía escuchando su voz? Las sombras ya no deberían perseguirme; yo era más fuerte que ellas.
—*¿Matar? Ella sólo asesina porque así son sus impulsos. Yo tenía familia, esposa y unos hijos que seguramente te odian por matar a su padre* —una nueva voz; esta vez no logré reconocerla inmediatamente, hablaba en otro idioma. Era un gordaniano, quizás uno de los vigilantes que había matado cuando intenté escapar de La Ciudadela.
—¡Eres un monstruo!
—¡Eres igual a mí! ¡Eres igual a todos nosotros!
—¿Por qué no te eliminas?
—¡Por fin te das cuenta de quién eres: no una heroína, eres peor que eso, eres la escoria que nosotros creamos!
—¡Cállense! ¡Déjenme en paz! —corrí, como al principio, huyendo de mi propio pasado, de mi yo interno. Ya no me importaba si Slade estaba vivo o muerto; ya no pelearía con él porque tenía algo más importante que hacer y era callar a esas voces a como diera lugar.
Sólo había un modo de hacerlo. No podía parar. No podía pensar con exactitud y había algo que no entendía todavía, ¿por qué seguía viviendo?
Mis piernas ya no avanzaban, la pelea me había dejado cansada y las voces se incrementaban, se volvían más fuertes, no podía con ellas. Me detuve a tomar un poco de aire, el pecho me dolía y la ropa mojada no hacía más que pesar sobre mi cuerpo dañado.
Escuché los pasos de una persona que corría hacia mí; era Slade, seguro venía a adherirse a las torturas mentales que ya me tenían derrotada y harta, con lágrimas en los ojos ante tal suplicio.
Sólo quería que esto acabase; sólo quería que terminara.
Se detuvo y antes de poder evitar que volviera a lanzarme un golpe y derribarme, sus brazos me rodearon fuertemente. Escuché sus sollozos y sentí su respiración en una de mis orejas. No era Slade y no era ninguna de aquellas figuras de la noche a las que había asesinado. No, él era el chico que me había salvado tantas veces; el que compartía su dolor con el mío; el que me odiaría en cuanto supiera lo de mis manos manchadas de sangre.
Las voces se detuvieron en cuanto supe quién era y ahora no podía dejar de llorar a causa del alivio. Ya no me importaba lo que yo hubiera hecho en el pasado; no me importaba lo que hubiera cometido hacía unas horas; sólo me importaba estar junto a él y poder abrazarlo una vez más antes de morir.
