ALUCINACIONES DE VENGANZA

Capítulo XXIX- Hojas de papel

¡Hasta que me digno a aparecer! D: Mil perdones por mi ausencia, seguro que muchos entienden las razones. Me da gusto pasarme por aquí en mis tiempos libres, me divierto mucho o me emociono mucho con las historias que puedo encontrar en los fandoms, así que si tienen alguna que me recomienden no olviden mencionarla.

¡Prometo actualizar más rápido la próxima! (Edit 2020: ¡4 años! T-T)

Besos, y saludos :3

Teen Titans no me pertenece, yo sólo utilizo a sus personajes para crear esta historia sin ningún fin lucrativo.


Capítulo XXIX- Hojas de papel

(POV Starfire)

Abrí los ojos. El hambre que tenía me incitaba a ponerme de pie, además sentía que ya había descansado lo suficiente. Levanté mi vista y di un pequeño sobresalto recordando que no estaba en mi habitación. Miré a mi alrededor pero no encontré a Robin por ningún lado. Estaba comenzando a preocuparme hasta que un vago recuerdo de él levantándose de la cama y despidiéndose de mí me calmó. Busqué la hora en su reloj y ya eran las diez de la mañana; él solía despertarse temprano, quizás estaría en el living junto a los demás.

Mi estómago rugió, se sentía como una descarga pequeña de dolor y retortijones por todo mi abdomen, como una punzada que intervenía mientras padecía un vacío y las ansias de masticar o beber algo aparecían como si llevara días sin comer. ¿Por qué tenía tanta hambre?

Volteé hacia uno de los burós de Robin y noté una bandeja encima de éste. Sonreí ante su gesto, me había dejado el desayuno: un sándwich y una taza de té. Ambos estaban ya fríos sin embargo pareció no importarme pues tan pronto me los imaginé en el paladar, me levanté con tal rapidez que ya estaba sentada devorándolos con avidez. Me enternecí cuando observé la nota que había dejado sobre la bandeja: "Te amo". ¡Robin era tan lindo!

Sentí el líquido con sabor a limón pasar por mi garganta, no estaba ni siquiera tibio por lo que ya llevaba horas ahí pero qué más daba, a mi estómago no le interesaba con tal de tener algo. Me saboreé los labios lentamente cuando acabé como si aún tuvieran la esencia del emparedado. "Ojala tuviera más".

Sin vacilar tanto me dirigí a la cocina de la Torre, debería haber algo de comer ahí. Abrí el refrigerador buscando algo que se me antojara. No había nadie en el living, todo estaba muy silencioso y eso me preocupaba, ¿habían salido o algo así?

"Star, tengo que irme, nos han citado a los demás y a mí a hablar con los encargados del peritaje. Descansa." recordé las palabras de Robin antes de salir.

Pollo, salami, tocino, ¡¿acaso no había algo dulce?!

Espera…

¿Peritaje?

Los ojos se me abrieron de par en par mientras un bowl con fruta picada se derramaba por el piso. ¡¿Peritaje?!, ¡¿y si se trataba de un forense?!, ¡¿significaba que habían encontrado los cuerpos?!

Comencé a temblar, el pánico me inundó de pies a cabeza. Hasta ahora Robin sabía la verdad, ¿pero los demás? ¿Y sí se enteraban por la policía que era una asesina?, ¿y si los obligaban a entregarme?

Tenía que irme, tenía que escapar antes de que los detectives me atraparan. Necesitaba volver a Tamaran para que me revisaran y me curaran, para que encontraran la manera de que mi cuerpo no absorbiera tanta energía que pudiera lastimar a los demás; luego podría regresar a la Tierra para limpiar mi nombre.

Si iba a hacerlo, tenía que hacerlo ahora que no había nadie.

Me metí a la boca el último pedazo de pizza fría que había en una de las bandejas y salí disparada hacia mi habitación. "¿Qué tengo que llevarme?" me pregunté dándole una ojeada rápida a mi alcoba. ¿Ropa? No, no necesitaba más que mi uniforme de batalla. ¿Recuerdos? No, tampoco; regresaría a defender mi vida. ¿Sedita? No quería molestar a mi mascota que ahora se encontraba dormida en la cama, llevarla sólo la pondría en peligro.

"¡¿Star qué estás haciendo?!" me reprendí mentalmente. No podía huir; no podía abandonarlos. Ya había hablado con Dick, tenía su apoyo y no dejaría que me lastimaran más. Tenía que ser valiente y afrontar lo que viniera.

Tomé mi rostro con frustración. ¿Por qué estaba tan aferrada a huir, a tener miedo? Inhalé y exhalé recordando lo que había sucedido ayer. Todo estaría bien, sólo necesitaba calmarme. Encontraría la manera de resolverlo sin tener que huir. Robin confiaba en mí, no podía defraudarlo…

—¿Starfire? —me interrumpieron. Di media vuelta esperando encontrarme con un Titán hasta que me acordé que sólo estaba yo en la Torre, o al menos eso pensé. Quizás no querían dejarme sola o simplemente no debí asumir que todos irían con mi novio a revisar las investigaciones.

—¡Jericho! —le mostré una media sonrisa, no sabía si tratando de disimular que estuve a punto de escapar o porque realmente no podía negarle una; este chico era tan dulce que su aura era como la luz de un pequeño y dorado sol. Sus ojos grandes y verdes me miraban con felicidad y sonreí aún más. Sin duda era bueno que estuviera aquí, su energía me transmitía paz.

—Robin me pidió que te entregara algo… —su sonrisa no dejaba de expresarse. Me hizo un gesto con la mano para que lo siguiera y salimos al pasillo.

Me cuestioné con algo de intriga qué era lo que Robin me había dejado: ¿una nueva pastilla antidepresiva o algo así recomendada por Cyborg?; ¿un nuevo traje con localizador para no escapar de la Torre?; ¿algún tipo de video motivacional con canciones tan alegres justo como la que iba tarareando el chico rubio a quien seguía por el pasillo?

"¡Espera!".

Me detuve en seco cuando me di cuenta de eso. ¿Cómo no pude notarlo antes? El aire se volvió frío bruscamente y de pronto no podía respirar. Su canción ahora sonaba tétrica e iba tan lenta que parecía hacer compás con mi ritmo cardiaco.

"Cuando era pequeño su garganta fue cortada, lo que dañó sus cuerdas vocales" escuché la voz de Raven en una de mis memorias y mi piel no podía erizarse más…

"Jericho no puede hablar".

Me abalancé hacia atrás de forma que apenas evité la cuchilla que iba dirigida a cortar parte de mi pecho y mi garganta. Caí con un golpe tan duro en mi cadera que tardé en alejarme con ayuda de mis manos, arrastrándome de espaldas hacia la pared más cercana.

No podía preguntar nada pues cuando estaba a punto de hacerlo, los ojos de quien sea que se estuviera haciendo pasar por Jericho se transformaron, no en los que veíamos cuando usaba sus poderes sino en unos totalmente negros. Su piel, su cabello, todo se había quedado opaco, sin colores presentes más que una escala de grises.

Ahogué un grito. Y un relámpago en mi cerebro me hizo llevar mis manos a las sienes. Kole, Argenta, Gnarrk y ahora Jericho. ¡Mi culpa, mi culpa, mi culpa!

—¡Corre!

No vi quién me empujó pero observé un destello en medio del corredor. Me tomaron de la mano y cegada por la luz, caminé -más bien corrí- siendo llevada casi a rastras. Mis ojos no se adaptaban bien, aunque un carcaj con flechas montado en el hombro de quien marchaba junto a mí respondió mi duda.

—¿Qué sucedió? —alcancé a cuestionar, sin embargo él parecía no querer detenerse a platicar sobre lo que pasó, sólo siguió buscando un lugar para estar a salvo.

Llegamos al living y cuando se cerró la puerta automática detrás de nosotros, Veloz soltó mi mano y empezó a teclear algo en la computadora. Yo me quedé tumbada de rodillas en las baldosas cubiertas por una alfombra tratando de asimilar las cosas.

—Accesos bloqueados —escuché al monitor responder.

—Torre Titán hablando, Titanes, ¿me escuchan?

Lo hizo repetidas veces siendo sólo la estática la que hacía eco en nuestra sala. ¿Estábamos perdidos?

Los golpes en la puerta me hicieron perder los estribos y me sorprendí al escucharme gritar. Dolía. Dolía mucho. Veloz me tomó de los brazos intentando calmarme pero yo no podía abrir los ojos y apenas si escuchaba su voz. Algo me estaba lastimando, lo sentía en la opresión del pecho.

—¡Oh, no!

Su exclamación me avisó que debería abrir los ojos, aunque cuando lo hice lo único que percibí era cómo dos figuras se reincorporaban traspasando el suelo, tomando forma cuando ya estaban completamente en el living. Una tercera entidad lo golpeó lanzándolo a una de las paredes de mi costado.

—¡Veloz! —grité desgarrándome más la garganta. Argenta lo golpeaba con uno de sus rayos y mi amigo parecía ya no moverse. Las lágrimas comenzaron a amontonarse en las comisuras de mis ojos.

Salté de mi posición para ayudarlo pero alguien me agarró fuertemente por el cuello. Jericho me sujetaba con tal fuerza sobrenatural que podía asegurar que en cualquier momento me lo rompería. La oscuridad se abalanzaba por las orillas tratando de llevarme a su lugar de origen y luego logré a percibir aquellas luces blancas debajo de nosotros formando figuras extrañas y envolviéndonos en su interior. La intensidad era mucha, mis ojos ardían y mi cuerpo gritaba de dolor.

La carne parecía desprenderse de mis huesos, mis pensamientos eran tantos y tan diferentes. Podía escuchar muchas voces, incluyendo la mía; todas gritando cosas incoherentes, cosas que no entendía debido otra vez a mis gritos. El portal que se abría alrededor de nosotros se hizo tan real que los seis caímos en un vacío, en un hoyo en donde el ensordecedor naranja que se mostraba en las orillas me recordaba algo: yo también tenía poder.

Ya no aguantaba. Fueran quiénes fueran ya no me harían daño. Mi fuerza volvió a multiplicarse y con una sensación de bienestar y poder fusionadas, me dejé envolver por los rayos de un sol inexistente en esa dimensión. La calidez me volvió una completa desconocida y desprendí toda mi desesperación en torno a mí.

Acaricié el brazo con el que Jerico me estaba asfixiando y una quemadura hizo que me soltara mientras chillaba de dolor. No quería hacerles daño, seguían siendo los cuerpos de mis amigos y no quería cometer el mismo error que con la Hermandad del Mal. Desprendí mi poder haciendo que las ondas los alejaran de mí sin que los quemara.

Me acerqué a Roy, quien seguía inconsciente, como pude y confiando en que el aura naranja estaba controlada, lo abracé. Seguíamos cayendo, no sabía a dónde íbamos, ni por qué, pero el frío me pegaba en la piel, el aire se volvía tan sofocante y maloliente que terminé cerrando los ojos ante una enorme carga, un gran cansancio.


Las celdas eran tan miserables, todas y cada una de ellas guardaban a prisioneros, desde los más patéticos hasta los más peligrosos de Jump City. Algunos los reconocían y tan pronto los veían caminando por los pasillos acompañados de guardias, comenzaron a mirarlos con una cara de desagrado. Los odiaban, ellos tenían la culpa de que los encerraran en ese repudiado lugar.

Después de todo los Jóvenes Titanes no eran bienvenidos en un sitio como ese.

Raven no pareció inmutarse en lo más mínimo, sólo caminaba tratando de contener esos nervios que se la comían por dentro por sentir tantas emociones negativas en un solo lugar. Los escalofríos empezaban a ser más frecuentes pues conforme más avanzaban, el nivel de maldad aumentaba. Los sentimientos de aquellas personas encarceladas estaban causándole una gran migraña.

Llegaron a otra sección de la prisión, la cual estaba más resguardada y había diferentes paneles. Cruzaron por un pasillo en donde no había ninguna ventana o puerta, sólo la que estaba al final del mismo. No sabían por qué los habían llamado a un lugar como ese.

Robin iba a la cabeza, parecía ser que se estaba guardando la información para él solo. Cyborg trató de no romper el silencio con una de sus bromas, no era el momento ni el lugar, además no estaba el chico verde que se reiría para disfrazar también los nervios que sentía ante tal glaciar de situación.

Pasaron uno, dos, tres cuartos hasta encontrar una cámara de Gesell. Se detuvieron los tres Titanes por un momento, sorprendidos por lo que veían a través del cristal. No podían creer lo que estaban viendo: una camilla en ese cuarto pequeño y un montón de aparatos que conectaban a una persona moribunda. Si no fuera por el parche creerían que era un anciano solamente. Se quedaron boquiabiertos, asustados, con un gran hueco dentro de ellos, algo que absorbía esa seriedad y la convertía en inseguridad, tristeza y desconcierto.

"¿Qué ha pasado?" se preguntaron los tres.

Antes de poder digerirlo, los guardias les pidieron que entraran y cuando lo hicieron cerraron muy bien la puerta. Ellos aún incrédulos se acercaron hasta la camilla preguntándose cómo había podido pasar eso.

—No dejen que continúe —la voz de Slade se oía tan vieja como su debilitado cuerpo. No parecía haber envejecido cinco o seis años sino unos treinta. Su piel parecía una hoja arrugada y algunas quemaduras le dejaban ver la carne roja de sus músculos. Algo muy malo sucedía, pensaron.

—Me engañó, la engañó a ella y a todos ustedes —tosió con dificultad—. Mi hijo, Joseph, que no luche, no quiero que muera.

—¡Tienen que matarla antes de que él logre… —gritó y abrió los ojos sorprendido, una punzada le recorrió el cuerpo, tembló como nunca y su mano comenzó a sentirse pesada. Un frío le recorrió la espalda y con dificultad pudo ver cómo su piel se caía en pedacitos como si se tratara de escarcha.

Ellos se quedaron tan perplejos y atemorizados como las autoridades. Un grupo de médicos entró de inmediato, no sabían qué enfermedad causaba eso, no sabían cómo ayudarlo y no soportaban ver cómo una persona se deshacía como una montaña de polvo.

Sus últimas palabras fueron una petición de muerte. ¿Irónico, no? Él era un mercenario, uno de los mejores y ahora resultaba que les pedía a los héroes matar a alguien. Uno de los mejores y resultaba que terminó siendo el peón de alguien más.


(POV Robin)

Cualquier cosa que hubiera visto en el pasado no se comparaba con esto. Era terrorífico, inexplicable; el pánico hacía que los nervios se alborotaran; la desesperación y la asfixia me arrastraban con una fuerza etérea hacia la salida mientras me cubría los labios con mi guante.

El hueco en el estómago se hacía más grande conforme lo que acababa de ver se digería dentro de mi cabeza. Me sentía mareado, lleno de náuseas, con el ritmo cardíaco inestable y con un malestar a la altura de la frente.

La lógica no dejaba de obligarme a preguntar cómo era que había envejecido; peor aún, cómo se había desvanecido como una hoja quemada por el sol cuando era aplastada. Vi a mis amigos igual de perdidos, asustados, sin color en el rostro. Nadie sabía cómo reaccionar ante tan espectáculo de irrealidad macabra.

¿Acaso era un tipo de ilusión, una farsa o una broma de mal gusto?

Los escalofríos iban y venían como descargas eléctricas, por suerte y aún seguía en pie. Quería parecer firme, con valor como para afrontar esto, como si pudiera mantener la situación bajo control, pero incluso a mí me afectaba de una manera tan gradual. No podía ni hablar para tranquilizar a los médicos de la habitación quienes continuaban con exclamaciones de asombro, de horror y grandes interrogantes que todos naturalmente nos planteamos desde el inicio.

Slade había muerto, se había desvanecido; todo frente a nosotros que creerlo se había hecho una tarea tan difícil, tan incrédula que nos quedamos pasmados alrededor de tres minutos en los que –al menos yo- estuvimos luchado contra las cavilaciones en torno a esta desintegración espontánea.

Todo hubiera seguido en el mismo ambiente de no ser porque el comunicador sonó en medio de tanta incertidumbre. Contesté aferrándome a ese sonido como si fuera mi única salida para desenfocarme de las cenizas esparcidas en aquellas impecables sábanas de la camilla.

Ojala me hubiera quedado en la Torre. Esta vez fue como un golpe bien certero en el pecho; como si alguien me robará el aire y me impidiera seguir respirando. ¿Por qué demonios la había dejado sola? La había recuperado después de creer que estaba muerta, después de creer que nunca la volvería a ver, ¿cómo era posible haberla dejado sola nuevamente?

Fuera como fuera me olvidé de Slade. Caminé de forma apresurada sin decir nada hacia la salida. Mis amigos entendieron que se trataba de algo malo por eso no dudaron en seguirme. Necesitaba llegar pronto a la Torre; la desesperación sólo hacía más grande mis ansias y mi culpabilidad, en este momento deseaba tanto poder tener los poderes de Chico Flash. Sólo tenía una pregunta rondando en mi mente: ¿podría abrazarla de nuevo?


(POV Nathan)

Estuve esperando por varios días en aquel refugio. No pude separarme del pequeño y además los policías me habían confiscado la motocicleta con la excusa de que no traía la licencia para conducir y que era menor de edad. ¿Y ellos qué sabían si era menor de edad o no? Digo, en una epidemia de personas idiotizadas como zombies no era común que antes de huir te preocuparas por si llevabas la licencia o tu identificación; aunque realmente estaban en lo correcto, sólo tenía 17 y papá no me llevó a sacar la licencia por miedo a que usará su preciado auto y lo chocara. Papá era un completo idiota.

Mi familia era tan aburrida y tan antisocial que me preocupaba que hubieran salido de viaje; digo, sólo era por trabajo pero cómo era que aceptaron ir, se perderían tan pronto como bajaran del avión. Por suerte me habían dejado aquí aunque no sabía si eso era bueno o malo por esta situación, y tenía que admitirlo, sí quería conocer Nueva York.

No era el mejor hijo que se pudiera desear. Era un chico promedio que aún estaba en la etapa de la rebeldía, o eso es lo que diría mamá. No era como mi hermana que se la pasaba metida en los libros y cada cena hablaba de lo espectacular que le iba en la universidad, ni tampoco era como papá, amante –dependiente- del trabajo, pegado sólo a la computadora y con tantas hojas con cálculos en mano. Mamá era un poco menos complicada, no se la pasaba consumiendo libros ni era fan de su empleo, sin embargo la gastronomía la mantenía ocupada; eso no me disgustaba, en realidad me encantaban sus platillos cada vez más diversos –si no pregúntenselo a mi estómago-, aunque odiaba cuando se presionaba tanto por una receta que le salía mal en cada intento, era como desatar el infierno.

Miré a tanta gente consternada, inquieta y con una preocupación enorme por saber qué sucedía. ¿La mayoría sabía lo que estaba pasando en realidad?, ¿yo sabía lo que estaba pasando? Ethan se acurrucó a mi lado mientras observaba detenidamente a su oso de peluche. Aunque me dejasen ir no había podido dejar a este niño aquí solo con toda esa multitud, no quería que se asustara más de lo que estaba, además Starfire me dijo que lo cuidara y ayudara a encontrar a su madre; bueno, en realidad me dijo que se lo dijera a los Jóvenes Titanes y dado que no los había ubicado en este refugio, no me costaba nada intentarlo.

—¿Cuándo volverá Starfid… —se trababa en la última sílaba, aun no podía pronunciar bien el nombre.

—No te preocupes, ella fue a buscar a tu mamá —le dije tratando de terminar ahí la conversación para no fastidiarla y decirle cosas que no debería. Él continuó hablando y a veces lo veía tan calmado que me preguntaba si tenía la edad que aparentaba tener al ver las caricaturas para preescolar: —¿Ella también buscará a tu mamá?

—Mmm… —me quedé pensando en qué responderle. Apenas iba a decirle que mi madre se había quedado en casa de la abuela…, iba, porque justo cuando las palabras estaban a punto de salir las luces se apagaron y casi se me salió el corazón del susto.

Unos gritos de pánico se escucharon haciendo eco en el gran gimnasio de la secundaria que se estaba usando como albergue a causa de esta situación. Las ventanas del mismo estaban cerradas por lo que sin electricidad el lugar se quedó completamente a oscuras. Las linternas no tardaron en aparecer y aun así la gente seguía asustada.

Un chirriante rasguño en el techo, como de un metal crujiendo, resonó en todo ese gran espacio. El silencio acaparó la atención de las personas, y fuera un trueno, fuera el viento o cualquier otra cosa, todos nos quedamos quietos como esperando a que algo con tentáculos saliera a nuestras espaldas y nos hiciera correr hacia afuera.

Abracé a Ethan, quería decirle que todo iba a estar bien pero hasta yo sentía en el aire ese tono de suspenso que cualquiera sentía en una película de terror. La atmósfera era tan densa y tantas respiraciones juntas tornaban la espera eterna. Los gritos volvieron a escucharse tan pronto comenzó a temblar la tierra. Unos estruendos rompieron el silencio, el pánico hizo que una estampida de gente saliera corriendo del gimnasio sin embargo el resplandor rojo que se mostraba afuera los devolvió hacia adentro más asustados. "¿Qué fue lo que vieron para regresar?".

El suelo volvió a estremecerse, esta vez mucho más fuerte, tanto que en el techo aparecieron algunas grietas y el sonido de concreto cayendo era tan insoportable. Los oídos me dolían, se sentían tan sensibles y me desorientaban; lo único que atiné a hacer fue taparle las orejas a Ethan porque seguro que sangrarían con tanto bullicio.

Tenía miedo de que algo me cayera encima, fue por eso que traté de alejarme de los lugares con grietas aunque con la oscuridad que había podría caerme con el niño en brazos. Observé de reojo el resplandor de fuego que salía por esas grietas como cuando el claro de la luna atravesaba las ventanas, pero esto era otra cosa, era como si varias franjas de luz intensa de color rojo o naranja iluminaran el extenso gimnasio. Y no sólo eso era lo sorprendente puesto que cuando miré con más atención unas figuras negras descendían de aquellos fulgores y se movían con tal rapidez hacia la obscuridad. "¿Qué son esas cosas?".

Un grito aterrador se hizo parte de otros más. Eran diferentes a los de antes, éstos sonaban desgarradores y me ponían los nervios de punta. Ojala papá estuviera aquí y me dijera qué hacer, ojala mamá estuviera abrazando a mi hermana y a mí, pero no era así. Estaba solo con un niño así que tendría que pensar como papá, como mamá y ser al mismo tiempo como su hermano mayor. Teníamos que escondernos y salir de aquí antes que las sombras nos atraparan.


(POV Robin)

El resplandor entre blanco y naranja que se esparció por toda la sala, cegaba por tanta intensidad. Cyborg trató de ver con su ojo biónico sin embargo no dijo nada después de un rato. Sólo estábamos nosotros tres y me sentía preocupado por no ver ni una cabellera pelirroja rondando por el salón.

Este destello me traía sensaciones desagradables. No logré conectarlo con algo más, no hasta que observé a Raven, su cara mostraba una angustia tan auténtica que se me erizaron los vellos del brazo cuando pude ver en sus ojos lágrimas. Los guturales alaridos confirmaban sus alarmantes sospechas, las cuales se escondían entre sus más profundas pesadillas.

Si esto era verdad era mejor ponernos a salvo, sobre todo a ella. Cyborg aún no parecía descubrir nuestra teoría aunque esperaba lo peor cuando el piso comenzó a crujir, cuando los enormes ventanales terminaron de romperse y miles de vidrios rotos se esparcieron por la arena de la isla.

—¡Hay que correr, Robin! —me gritó con voz ronca pero ya era tarde, el destello nos hizo cerrar los ojos y sólo permitir que los oídos fueran presentes de la aparición de un monstruo.

La luz blanca se volvió totalmente roja, como sangre en el resplandor de la luna. Un temblor bajo nosotros destruyó objetos y dejó pisos de la Torre con huecos. Estábamos en el suelo, aferrándonos de lo que nos pudiéramos agarrar para no caer en una de las tantas grietas.

La voz de Roy me puso alerta, estaba gritando de dolor, ¿era acaso…?

Quise ponerme de pie e ir a ayudar a Veloz, sin embargo los temblores no me permitían estar de pie y acercarme.

—¡¿Roy, dónde estás?! —Cyborg se atrevió a caminar intentando seguir el origen de los alaridos que continuaban. Él se detuvo cuando la voz de Raven nos pidió que no nos acercáramos al portal, sonaba asustada, casi podía percibir sus respiraciones entrecortadas.

—¡Ayuda!

Se detuvieron por un segundo mis latidos: —¡¿Star?! —. ¡Ella también estaba ahí! Salí corriendo hacia la luz rojiza alcanzando casi a entrar en ella hasta que una barrera me lanzó a uno de los extremos y sentí una roca golpear mi espalda baja lo que me hizo quejarme del dolor.

El portal disminuyó su fulgor apagándose, extinguiéndose como la llama de una vela con el soplo del viento. Tan pronto como desapareció la luz y el extraño dibujo en el suelo, vi a mi novia y a mi compañero desvanecidos en el piso. Los tres los auxiliamos y no sabíamos cómo reaccionar. Raven me dio una mirada de alivio, parecía que nuestra teoría sólo fue una mala premonición. Así era hasta que un destello que se veía desde unos de los ventanales rotos captó nuestra atención. El mismo resplandor de fuego de hace rato se hacía presente, al inicio era pequeño aunque en pocos segundos creció abarcando la zona de una manzana entera.

Tenía que ser una maldita broma. Todo había mejorado, ¿cómo era posible conectar lo de la Hermandad del Mal con aquella luminosidad? ¡No tenía sentido!

Sus cuernos aparecieron surgiendo de entre las penumbras de una de tantas dimensiones que quizás conquistaba. Los ojos rojos y penetrantes en su frente le daban la apariencia de un total monstruo. Su piel, su gran tamaño y su maldad me hacían sentir una gran impotencia. Sólo me preguntaba: ¿esta vez saldríamos con la misma suerte que la última vez?

—Mi padre ha regresado.