Capítulo 3.

La diseñadora estaba segura que la cabeza no le funcionaba como debía, porque en el momento que vio a Armitage parado frente a ella, poniéndole el anillo en el dedo y hablándole de esa forma tan suave y diferente a lo que entre ellos era acostumbrado, sus ojos se posaron en sus labios y por un segundo se preguntó qué se sentiría besarlo.

Los tres vasos del whisky coreliano que había tomado de la estantería de su padre y llevado al taller, le terminaron por soltar el cuerpo más rápido de lo que pensó. La abstinencia de alcohol le estaba pasando la factura, después de dos meses de haberse prometido no probar nada.

Que hubiera roto sus propias reglas le importaba muy poco en esos momentos que se deleitaba con los labios del pelirrojo. Había conseguido pescarlo de la corbata y jalarlo hacia ella. Sorpresivamente no le apartó… y se alegraba por ello porque tenía que admitirlo, besaba muy, muy bien.

Sentía las manos de Hux quemarle sobre los lugares de su cuerpo en los que se posaban; una descansando en su cuello, la otra en su hombro.

Él tenía que admitir que no estaba pensando nada por primera vez en mucho tiempo, algo bastante antinatural en su esencia que solía analizar hasta el mínimo detalle. El tirón que lo obligó a agacharse lo había tomado desprevenido, pero sintió la curiosidad picándole la piel y por ello había terminado a merced de los labios de Rose. El pelirrojo se centraba en el golpeteo de su propio corazón, bombeando después del letargo en el que se había encontrado. El aroma de ella llegaba a su nariz, fresco y agradable… mezclado con otro olor que no distinguía porque no quería concentrarse en ello.

Hacía tiempo que no tenía contacto con alguien de esa forma y muchas veces pensó que no lo necesitaba. Rose le estaba mostrando que estaba equivocado, porque se sentía muy bien.

Hux quiso ir un poco más allá y se aventuró sin titubeos adentrando su lengua; la de ella lo recibió y en el momento en que se encontraron, de inmediato reconoció el sabor a alcohol, lo que lo hizo frenar en seco.

Tiró de Rose hacia atrás para separarse de ella y la miró, molesto.

— Tomaste —la acusó, soltándola. Ella parpadeó, aún sin saber qué pasaba. Armitage recorrió el lugar con la mirada y del otro lado de la mesa de trabajo encontró la causa de su enojo: la botella y un vaso con rastros del líquido que le había hecho efecto a la mimada jovencita. En ese momento, se sintió un estúpido. Hacía mucho tiempo que se había enemistado con el alcohol y se negaba a tomarlo por cosas que no tenían que ver con Rose, pero que le acababan de detonar gracias a que lo había besado en ese estado.

Por qué claro, no había otra forma más que el que Rose estuviera ebria para que un beso entre ambos, de forma voluntaria hubiera sucedido.

Enervado, fue hasta donde se encontraba el recipiente de vidrio. Contuvo el impulso de estrellar la botella en el piso del taller, y contuvo el aire logrando dilatar sus aletas nasales. Tomó la botella y sin mirar a la diseñadora, se dirigió a la salida, dejándola ahí, perpleja con su comportamiento.

Rose reaccionó segundos después, puesto que el beso la había dejado algo aturdida. Atinó a jalar su bolsa de mano y seguirlo, mientras se preguntaba el porqué de su cambio.

Llegó a la puerta de la tienda y se dio cuenta de que él iba más avanzado por las zancadas que daba. Maldijo internamente el hecho de que era bajita y tenía las piernas cortas. Rose jaló la puerta de cristal, sacó sus llaves y cerró con la mayor prisa que pudo. Atravesó el lugar, tambaleándose en el proceso un poco, esquivando a las personas que paseaban por ahí.

Nuevamente reconoció que no pensaba con claridad porque quería salir corriendo detrás de él, aunque no sabía muy bien para qué. De alguna forma que él hubiera cortado el contacto le irritó y sentía unas ganas enormes de reclamarle por algo, por lo que fuera.

La diseñadora llegó a la puerta que conectaba la planta baja con el estacionamiento. Vio a lo lejos al joven y haciendo acopio de todas sus fuerzas, apretó el paso para por fin alcanzarle. Encontró al pelirrojo vertiendo el contenido de la botella en el bote de basura, para después arrojar la botella vacía dentro de él. El estruendo de los vidrios colapsando contra la superficie del contenedor sobresaltó a Rose y le renovó el enojo.

— ¡Oye! ¿Qué haces? —le gritó.

— Nada de alcohol. Prohibido —dijo él tajante con esa cara que parecía sepulcral.

— No me puedes prohibir nada. Haré lo que quiera —le desafió, punteándole el pecho con el dedo índice.

— Si que puedo. Estamos comprometidos y ya te dije que no vas a avergonzarme ni te vas a burlar de mi.

— ¿Qué es ese discurso de avergonzarte y burlarme de ti? ¿Quién te hizo eso? ¿A qué le temes tanto?

Él le clavó los ojos, sintiéndose descubierto y herido y ella lo captó. Estaba tocando algo sensible en él… a que sí tenía sentimientos aquel tímpano de hielo.

— Deja de decir estupideces —dijo, evadiendo un tema que no iba a discutir con ella.

— Eres tan desagradable Hux —le atacó.

— Lo mismo digo —contestó ya sin mirarla pues se dio la vuelta para ir a su auto que estaba a pocos metros de donde discutían. El delgado joven sacó las llaves de su auto de la bolsa de su saco y pulsó el botón para abrir los seguros ante el escrutinio de los ojos negros acusadores de Rose, mismos que decidió ignorar antes de caer en ese círculo vicioso que era el trato entre ellos, solo para pelear.

Se subió a su vehículo, accionando el switch al girar la llave. Se estaba echando de reversa cuando vio que Rose caminaba en un leve zigzag hacia su audi y maldijo por lo bajo porque no podía dejar que ella manejara en ese estado. Y si, Rosie podía sacarlo de quicio, pero no era un insensible—. ¡Por todos los malditos Siths de la Primera Orden! —gritó, sintiendo molestia por lo que estaba por hacer. Detuvo la camioneta y bajó para ir hasta ella, parándola en su labor de buscar las llaves en su bolsa.

— ¿Qué quieres? ¡Lárgate! ¡Déjame! —Rose aventó su codo hacia atrás porque el pelirrojo le había tomado el brazo con fuerza.

— No vas a manejar así.

— A ti no te importa lo que yo haga o deje de hacer —sentenció ella. Armitage soltó audiblemente el aire por la boca, tenía ganas de gritarle, pero eso no iba a solucionar nada, comenzaba a prenderlo y comenzaba a odiar ceder para ella. Luego nivelaría de nuevo las situaciones, justo como lo había hecho aquella vez en la piscina cuando la besó muy cerca de la boca, con el sólo motivo de enseñarle que también podía jugar. Se estremeció al recordar el beso que hacía escasos minutos se habían dado, pero movió la cabeza para dejar esos pensamientos, porque había sido una tontería, un jueguito estúpido de la menor de las Tico. Optó por llamar al ruedo la poca paciencia que le quedaba y suavizó su discurso:

— Rose… no puedo dejar que manejes, enserio, no seas necia. Ni siquiera puedes caminar bien… —ella lo ignoró y volvió a rebuscar en su bolso de mano—. Piensa en Paige ¿y si te pasa algo? Suficiente tuvimos con lo de tu padre, así que, por favor, sube a la camioneta, te llevaré a casa y puedes mandar a alguien por tu auto, aquí no va a pasarle nada es una zona segura —habló despacio, pero sin dejarle un hueco para que ella le arrebatara la palabra. Aquello pareció llegarle a la jovencita, pues sus cejas que segundos antes tenían el ceño apretado en una mueca de disgusto fueron retomando su curva natural lo que hizo que él se calmara un poco.

— D-De acuerdo… sólo porque Paige se va hoy y quedé de acompañarla al aeropuerto… —asintió y trató de ver la hora en su reloj de mano, sin mucho éxito.

— ¿A qué hora sale el vuelo? —le preguntó él.

— A las once.

— Son las siete, hay que apresurarse. Anda, súbete —pidió el pelirrojo y se encaminó a la camioneta para abrirle la puerta. Ella asintió, y soltó el enojo que había sentido segundos antes. Hux la ayudó a subir ofreciéndole la mano para que se apoyase cosa que ella hizo, algo sorprendida por el gesto. Después, él rodeó el auto por la parte delantera y se trepó.

Segundos después de que él cerrara su puerta, el motor ronrroneó al ser encendido de nuevo y se pusieron en marcha por el camino hacia la mansión Tico. Rose lo miraba de reojo. Armitage sostenía con fuerza el volante, los brazos un poco tensos, pero su atención estaba centrada en el camino frente a ellos.

— ¿Podemos pasar a una tienda antes de llegar a casa? —preguntó ella, rompiendo el silencio—. Creo que necesito un café muy cargado… no quiero que Paige me vea así… —admitió. Él asintió—. Bien, gracias… —dijo, luego se mordió el labio y decidió agregar—: Por favor, no le digas nada —le pidió, preocupada.

— ¿No quieres que le diga qué tomaste o que tu tienda está cerrada desde hace meses? —ella arrugó la nariz en reflejo, incómoda.

— A-ambas…

— No le diré —le aseguró.

Nuevamente el silencio los invadió. La chica apretó la mandíbula mientras sentía cómo se le formaba un nudo en la garganta. Aún no había podido sacar todo lo llevaba consigo. Él la había interrumpido en su llanto y después había sucedido aquel beso…

Rose reprimió las ganas de llevarse los dedos a la boca, recordando el rastro que los labios del pelirrojo habían dejado sobre los de ella.

— ¿Hue lo sabía? —soltó él de pronto, sacándola de ese agradable recuerdo en el que se había centrado. Les tocó un alto y él se aventuró a mirarla, no quería admitirlo, pero quería indagar. No podía quitarse la imagen de esa chica altanera, quebrada en su propio taller.

— N-Nadie lo sabe, más que tú —confesó Rose y volteó a verlo también. Él apartó la mirada segundos después con el justo pretexto de que la luz roja había cambiado dándoles el siga, pero la verdad era que, los ojos de ella le provocaban tristeza y ya tenía suficiente con la propia.

— Revisé los reportes hoy y vi los números rojos. Por eso vine… no esperaba encontrarte y menos, así como estabas.

Rose ya no pudo aguantar las lágrimas y se tapó la boca para contener el sollozo.

Armitage apretó los labios. La estaba haciendo llorar nuevamente.

Se le hacía increíble que Rose tocara tantas heridas que él llevaba consigo en un solo día. El recuerdo fugaz de su madre y su llanto pasó frente a sus ojos. Ahí residía la incomodidad que sentía al ver a las personas romperse, pues él nunca pudo hacer nada por ella cuando su padre la humillaba, la maltrataba y le hacía llorar. Ni de niño, ni de adolescente y sabía que esa sería la cruz que cargaría para siempre.

Giró el rostro hacia su copiloto después de comprobar por los espejos que no había nadie detrás de su vehículo y la encontró escondiendo la cara, volteada hacia la ventana. Él, despegó la mano de la palanca de velocidades en donde en realidad solo iba posada, porque la camioneta era automática. No se atrevió a tomarle la mano, pero si aprisionó su muñeca con sus dedos. El contacto con la piel de Armitage la hizo sobresaltar.

— Está bien Rose, estarás bien. Es un bache. Saldrás. He visto negocios caer y levantarse —le concedió. No podía compararlo con otra cosa y evitar inclinarse al asunto laboral, porque no era nada experto en otro tipo de relaciones, pero lo que le decía era la verdad. Él y Hue se habían hecho cargo de muchísimas empresas, grandes o pequeñas que estaban en la quiebra, y las habían sacado. Sabía cómo era construir algo de la nada.

— ¿Y si ya no quiero esto? ¿Y si… no me llena?

Él se quedó en silencio pensando. Con que por ahí iba la cosa. No la soltó, quería instarla a hablar para que sacara eso que llevaba dentro y porque quería saber qué era exactamente lo que le aquejaba y le había escondido a todos.

— ¿No era lo que querías hacer? —cuestionó. Rose pareció recomponerse, moviéndose en su lugar. Sintió la invitación del contador a desahogarse, y quizás él no era la persona indicada, o no lo sabía, pero llevaba mucho tiempo cargando con eso, sola, porque nunca quiso ser una molestia para Paige o para su padre.

— Mamá era diseñadora también —comenzó, con la voz aún quebrada—. Conoció a mi padre cuando eran jóvenes y ella comenzaba con su tienda y él le llevaba la contabilidad. Después de un año, se casaron y se embarazó de Paige a los meses. Cinco años después llegué yo. Ella… dejó a un lado su sueño por concentrarse en nosotras. Quería que una de sus hijas pudiera construir lo que ella no. Paige no lo hizo, porque se inclinó a la administración, pero yo sí. Le saqué el talento y me enseñó muchas cosas. Amaba esos momentos con ella, con la cinta métrica, haciéndonos vestidos, patronando… escogiendo texturas de telas… —Rose hizo una pausa, escogiendo sus palabras, las lágrimas bajaban por sus prominentes pómulos—. Murió antes de que yo pudiera elegir una carrera, pero sabía lo que quería, siempre lo supe desde pequeña. Quise dedicarme a esto por ella y esa añoranza que tenía a esos momentos, porque esto me acercaba a su recuerdo. No voy a decir que fue su culpa, porque me gustaba, solo que quise seguir sus pasos exactos. Ella soñaba con algo como lo que es Millie. Ropa de alta costura en pasarelas de moda y yo… bueno… mi sueño siempre fue ser diseñadora de vestidos de novia —los ojos comenzaron a aguársele de nuevo—. Y no es su culpa. Pensé que debía hacer lo que ella en vida no pudo. Pensé que estaba bien cumplir su sueño y eso alegraría a papá y a Paige… pero terminó por no llenarme y lo estuve reprimiendo por años… y ahora no puedo seguir diseñando nada porque ya no puedo con esto, estoy harta y no puedo evitar sentir que soy una mal agradecida y mala hija… siento que le fallé. Mi vida es un desastre y en realidad, soy una cobarde.

Él mantenía una mano en el volante, con la otra seguía tomando la muñeca de Rose y miraba de entretanto al frente, pero no se había perdido ni un detalle y que ella le hubiera contado todo eso hacía que la viera un poco diferente y comprendiera ciertas cosas. Siempre se había preguntado cómo una chica que lo tenía todo podía mandar al traste su vida por andar en fiestas y bebiendo y cómo podía tener ese horrible carácter. Pero la clave se la acababa de dar ella. Lo tenía todo y sin embargo se sentía vacía y buscaba escapatorias, porque le era más fácil que enfrentar su realidad. Hux pensó que quizás no eran tan diferentes, simplemente cada uno había escogido la droga que le adormilaba los problemas.

Se daba cuenta que todos cargaban con su propio lado oscuro. Ella enserio la estaba pasando mal, pero también se estaba inclinando por un camino demasiado accidentado que la llevaría a un lugar sin salida. Y él no era nadie para frenar aquello, pero sentía esa necesidad de hacerlo. Se convenció que era porque iban a llevar a cabo todo ese circo de la boda.

— Siempre puedes cambiar de giro… —dijo él, sin atreverse a ir más profundo.

— No lo sé… no estoy muy segura de eso —negó, acongojada. Sabía que el alcohol le había soltado la lengua, junto con sus ganas de sacar aquello de su sistema, porque de otra forma nunca hubiera hecho de Hux su confesor y ya comenzaba a sentir un poco de vergüenza—. No creo que pueda volver a empezar… no soy buena en lo que hago… —admitió, dolida por su propio concepto de sus capacidades.

— Lo que yo piense o diga no te hará cambiar de opinión, pero tienes que pensar en lo que quieres hacer… lo que realmente quieres hacer. Es lo único que puedo decir. Nunca es tarde, Rose. Tu padre te hubiera apoyado, y Paige lo hará también.

— Si… g-gracias —finiquitó ella, sin querer ahondar más de lo que ya en todo ello. Armitage se dio cuenta y soltó su agarre del brazo de la chica para regresarlo a la palanca.

Continuaron un tramo más en donde el único sonido que los acompañaba era el del cambio de velocidades de aquella máquina donde iban sentados. En un punto, Armitage se orilló en una calle, para ir a la pequeña tienda que estaba en el paso.

— ¿Cómo quieres tu café?

— Emm, cargado, sin azúcar, un botecito de crema… por favor.

— ¿Algo más?

— No… gracias —él le asintió.

Rose siguió con la mirada el andar del contador. Había resultado una tarde demasiado extraña. Recordó la sensación de seguridad que la embargó cuando se lanzó a sus brazos a llorar y el corazón le dio un vuelco. El beso, la pelea, la plática… ellos juntos en un carro hablando… ¿significaba algo? ¿podía esperar algo así de su "matrimonio"? De alguna forma él le había reconfortado. Rose se daba cuenta que le costaba verla mal, no creía que fuera exclusivo con ella, sino en general, pero, sus palabras, aunque cautas, le habían llegado. Donde antes no le importaba Armitage, ahora se volvía un misterio. El delgado y alto joven, podía enojarse, explotar, gritar, pero cuando algo le ponía tenso lo veía doblar las manos y reconocía en él una capacidad muy interesante de ver las cosas de otra manera. Su padre siempre le dijo que el pelirrojo era un sobreviviente, aunque nunca supo por qué pensaba así de él y a ella nunca le interesó preguntar porque sentía celos de que su progenitor lo estimara tanto siendo él un simple empleado. Sin embargo, comenzaba a notar que había algo… algo muy dentro aguardando por ser descubierto.

Armitage volvió breves minutos después, con dos vasos. Le pasó su café a Rose y unas galletas de chocolate. Se llevó el mismo su termo a los labios y prosiguieron el camino, compartiendo en silencio la golosina y los pensamientos y suposiciones que tenían del otro.

— Oye… emm, Rey me pidió la lista de invitados, le he mandado los míos, pero, supuse que querías invitar a alguien, así que, en cuanto me des los nombres, ella podría anexarlos y enviar las invitaciones.

— Esta bien así. De todas formas, es como dijiste, no tengo amigos —ya estaba, lo había soltado. Extrañamente sintió que debía puntualizarlo. Ella le había contado de sus temores, él estaba devolviéndole el favor. Simplemente eso—. Aunque ya te ahorré el trabajo y ya me conseguí unos testigos, aun así la cosa del padrino sigue siendo tuya.

— ¿Ah sí? Pero si acabas de decir que no tienes amigos —lo miró confundida.

— Pues no, pero Phasma vio tu paquete esta mañana y no me la pude quitar de encima y terminé por contarle todo porque le pareció muy raro que estuviéramos saliendo. Así que ella y su novio van a ser mis testigos. Prefiero eso a que me pongas a alguna de tus amigas presuntuosas —Rose estaba abriendo la boca para protestar cuando él la interrumpió—. Debiste decirme que ibas a mandar esa cosa a mi oficina ¿qué pretendes con eso?

— Genio de las matemáticas, quiero que pienses en lo que te dijo Phasma. Es muy extraño que estemos comprometidos desde hace seis meses y nadie sepa nada de mi. Snoke o Pryde no tardan en hacerte una visita para encontrar el hilo negro en todo esto. Me sorprende bastante que no razones cosas tan básicas como estas, tu tan calculador que eres.

— Arg… —soltó, volteando los ojos—. Vaya que el café está haciendo efecto y bajándote esa borrachera que sólo provoca que hagas tonterías.

— ¡Ay, no es para tanto! y si te refieres al bes…

— Ya sé que gustas de jugar con la gente —la interrumpió no dando cabida a que lo mencionara—, así que hagámonos un favor ¿quieres? —argumentó, irritado. Las enormes puertas de acero de la casa de Rose se abrieron en ese momento pues el guardia de la caseta de vigilancia, los reconoció—. Lo del taller nunca existió —puntualizó mientras seguía la trayectoria de la rotonda con el volante, frenó y la miró severo.

— Si así lo quieres, así será —Hux se sorprendió de que Rose hubiera aceptado sin más lo que le había dicho. Sus ojos negros y furiosos no lo volvieron a mirar y aquella tregua que habían mantenido pareció esfumarse. La diseñadora se bajó y cerró de un portazo sin el mínimo de remordimiento. Se encaminó a la puerta de la casa en donde Paige estaba parada, esperándola.

— ¿Te trajo Armitage? ¿Y tú auto? ¿Está todo bien?

— Si, no te preocupes, mandaré por él. Sólo coincidimos en el centro comercial y hablamos un rato de los por menores de la boda y se nos hizo tarde para regresar por mi carro. Es todo. ¿Ya tienen todo listo?

— Casi, Bodhi está terminando de empacar mi maleta, creo que traje demasiada ropa para lo poco que estuve.

— Bueno, pero, me alegra que uses lo que te he diseñado.

— Y respecto a eso, lamento no poder haberte acompañado a tu tienda, me hubiera gustado ver lo nuevo que tienes en mente. Mamá estaría orgullosa —Rose le dio una sonrisa un tanto forzada a su hermana, poniéndose nerviosa porque quisiera indagar más, así que decidió cambiar el tema.

— En otra ocasión será. Me hubiera gustado irme contigo un tiempo, para despejar la cabeza de todo esto de papá. Ni siquiera he podido llorar por él lo suficiente con todo este asunto de la boda.

— Aún podrías… encárgale todo a Rey… o puedo quedarme otros días —le dijo tomándola de la mano.

— No Pai Pai, debo estar aquí, Snoke y Pryde no tardan en enterarse y sospecho que van a hacer hasta lo imposible por averiguar la falsedad en esto. Además, la remodelación de los casinos necesita de tu supervisión. No te preocupes por mí, estoy y estaré bien… nos vamos a ver dentro de unas tres semanas para la boda de todas formas.

Paige la abrazó con fuerza.

— Rosie… has dejado las fiestas y el alcohol… ¿verdad? —la mayor de las Tico la escudriñó con una mirada preocupada y acunó su rostro con las manos—. Sé que desde que me casé las cosas entre nosotros son diferentes, porque no vivo aquí, pero puedes contarme lo que sea hermana, no te voy a juzgar, te voy a ayudar en lo que necesites —soltó Paige sintiéndose culpable por no estar con ella como cuando eran chicas y se contaban todo y se acompañaban en lo que fuera. Rose sabía que las palabras de Pai eran genuinas y sentía su amor, pero no podía contarle, no se atrevía.

— Tranquila. Lo entiendo. Además, hablamos casi diario y yo ya llevo dos meses sobria —mintió, aun sintiendo el sabor del café en su lengua, que disfrazaba un poco el otro—. Aparte de que cierto prometido mío me acaba de prohibir el asunto de la diversión… ya sabes, es un amargado.

— Te está cuidando Rose —le dijo su hermana, haciendo que ella se detuviera a pensarlo fugazmente, pero sabía bien que no se trataba de eso.

— No, Pai, se está cuidando a sí mismo —afirmó—. Vamos con Bodhi y ayudémosle al pobre a poner todo en orden dentro de las maletas. Seguro está batallando con eso.

— Es muy probable —sonrió la mayor, adentrándose en la enorme casa con su hermanita.


El pelirrojo botó las llaves de su auto y de su casa al plato dispuesto en la mesita de centro para tal fin y se tumbó en el sillón de su sala. Cerró los ojos por unos minutos, pensando en todo lo que aconteció ese día. Había sido todo apabullante.

Abrió los ojos y clavó la vista en el techo blanco. El acostumbrado silencio de su departamento lo saludó. Ladeó levemente su cabeza para pasar la mirada azulada por los muebles de la habitación y la tristeza que Rose se había encargado de activar, le recorrió el cuerpo.

A veces, pero sólo a veces, cuando se encontraba en momentos como ese, le pesaba haber elegido una vida como la que llevaba. Trabajaba todo el día para mantenerse ocupado, para que apretada agenda no diera paso a amistades o relaciones. Pero la verdad era que a veces extrañaba no tener a nadie que lo esperara. Y era donde se cuestionaba sus decisiones, aunque siempre terminara por apartar los pensamientos.

Todo él era una contradicción andando, pero podían más esos temores que se le habían encarnado en el corazón desde pequeño.

Sin embargo, en escasos días iba a tener que compartir su intimidad con una mujer a la que solo le había conocido lujos, excesos y un genio de los mil siths. Aunque, ese día había podido ver otra parte de ella lo que lo llevaba a preguntarse qué más escondía en ese pequeño cuerpo de 1.50 metros de altura.

Se llevó los dedos a los labios. Todo el camino de regreso había pensado en el beso que compartieron. Y se molestó consigo mismo por ello porque sabía perfectamente que Rose sólo había hecho tal cosa por el alcohol en sus venas.

No obstante, el beso no era lo único que le taladraba o que había marcado esa tarde. Verla a ella tan rota en su taller y sentirse indefenso ante ello, queriéndola proteger fue una revelación muy grande que no sabía si quería asumir. La vulnerabilidad que ella escondía, los temores que le contó, destapándole los propios sin saber.

Creyó que la soledad lo curaría, pero no fue así, porque evadía todo, elegía protegerse. Catalogaba a la gente, como lo había hecho con la mujer que ahora tenía de prometida. Era más fácil eso, verle los defectos, pensar que no podía con ellos y seguir en lo suyo, pero era un animal herido, escondido en las sombras.

Una sed peligrosa comenzó a escocerle la lengua y agradeció haberse puesto una barrera entre él y el vicio de beber.

Todo por ella… o más bien por él.

Desde que tuvo memoria, su padre era un alcohólico que se la pasaba maltratando a su madre y a él.

Poco recordaba de cuando era pequeño, más que los mimos y las palabras amables de su madre, su cercanía con ella y su amor. Nada de Brendol Hux, y quizás había bloqueado todo eso por lo que representó.

Cuando tuvo diez, las cosas fueron diferentes, porque ahí comenzó a darse cuenta de que lo que vivían era un horror. Hubo un día que en medio de una pelea entre ellos se metió a encarar a su padre, recibiendo la golpiza que le atormentaba en sueños, aún al presente.

Muchas veces se preguntó por qué ella no lo había dejado y se había escapado con él. Suponía tantas cosas: la educación que recibió, que no tenía trabajo, que lo quería proteger y darle una buena vida… si acaso hubiera podido tener un mejor razonamiento y decirle que era suficiente que ambos estuvieran juntos lejos del monstruo que tenía por padre. Pero era inútil cuestionar todo eso porque nunca sabría, era una causa perdida.

El día del accidente, Brendol iba tomado y su madre lo acompañaba, como siempre. Le habían dado la noticia mientras estaba en la universidad, en clase de contabilidad con Hue Tico.

La policía le dio los detalles: el auto se había salido de la carretera y dado a un barranco. Se había destrozado. Su madre fallecida por el impacto… y el único sobreviviente, aunque muy grave, había sido él: El maldito culpable. Fue entonces que descubrió que la vida no era justa.

A partir de ese momento todo cambiaría y volcaría toda su atención sobre su profesión. Para él, en ese accidente no sólo se había ido su mamá. Ahí mismo había muerto su padre y él mismo. Mantuvo eso a raya.

Se había prometido no desviar sus atenciones con nadie más, después de todo, sólo se tenía a él mismo y si saldría adelante sería por él, aunque la excepción había sido su profesor Hue, quién fue el único que se le acercó cuando la catástrofe lo golpeó. De ahí en fuera, no necesitaba nada más. No más amigos, ni parejas. El amor no le había servido a su madre jamás, al contrario, la había llevado a su propia destrucción.

Alguna vez leyó en un libro que el hijo de un abusador estaba destinado a ser uno, y había cerrado el asunto. No sería como él. Se negaba a ello.

Soltó el aire, las costillas le dolieron. Pensó en dormir, pero sabía que soñaría con sus padres al haber revivido el pasado, así que lo descartó. Tenía pendiente escombrar la habitación que estaba dispuesta por despacho y que nunca ocupaba para tal efecto. Decidió que era momento de hacer espacio para que la insufrible Rosie pudiera llevar sus cosas pronto. Aquello lo calmaría y lo cansaría al mismo tiempo, lo que le aseguraba un descanso sin pesadillas de por medio.

Se incorporó en el sillón y se quitó el saco y la corbata. Remangó la camisa hasta los codos y se sacó los zapatos y calcetines. La sensación de la duela de madera fría, bajo sus pies le fue devolviendo el control.

Fue hasta el cuarto a trabajar y observó sus pocas pertenencias ahí. Puso las manos en jarras y antes de que los recuerdos volvieran a hacerle mella en la cabeza, decidió comenzar a mover todo.


— Buenos días —murmuró Hux, entrando a la oficina y recibiendo de vuelta el mismo saludo de sus subordinados. Se sentía con energías renovadas. En efecto, el haber hecho aquella pequeña limpieza lo había agotado. Sin sueños, sin pesadillas que lamentar. El ejercicio matutino también lo ayudó a relajar esos músculos tensos de sus hombros, por lo menos por unas horas.

Llegó al escritorio de Phasma, listo para escuchar el despliegue de su agenda del día y los pendientes por resolver, sin embargo, cuando la miró se dio cuenta que estaba algo nerviosa.

— ¿Qué…?

— Snoke…—le susurró—, está en tu oficina. No quiso esperar en la salita.

— Maldito viejo —soltó bajito. Le había contado a Phasma el detalle de que aquellos dos vejestorios, Enric y Snoke, planeaban quedarse con todo, para que fuera sus oídos y sus ojos en la oficina, por si intentaban algo raro entre su personal. Era poco frecuente que le hicieran visitas alguno de los dos, pero con el pretexto del fallecimiento de Hue, seguro que había acudido a ponerse al día con él. Además de que ya habían recibido la copia del testamento, seguro que el tipo estaba sondando el ambiente. El pelirrojo le asintió y sin más entró a su oficina.

— Buenos días —saludó, mientras Snoke giraba el cuello. Armitage caminó hasta su lugar y desabotonó su saco antes de sentarse en su silla giratoria. Se dio cuenta que Snoke dejaba con sumo cuidado el retrato de Rose en el lugar que había dispuesto para él sobre el escritorio.

— Buenos días, Armitage —contestó. Sus ojos azules lo escudriñaron hasta que se sentó. Seguramente buscando un indicio de sorpresa o miedo en su mirada, pero no iba a obtener eso de él—. Encontrarme esto fue una agradable sorpresa —señaló con el índice la fotografía—. No sabía que tenía una relación con la menor de las Tico, en el funeral no los vi convivir —lanzó, esperando el movimiento del contador. Armitage se prometió agradecerle a Rose el detalle de su foto. Vaya que había tenido toda la maldita razón.

— Me conoces, Snoke. No me gusta ser tan público y menos con cosas personales —posó sus ojos en el retrato de su prometida y sonrió levemente, valiéndose de una de sus mejores actuaciones, aunque debía admitir que la jovencita se veía muy guapa en esa imagen—. Pero, ya que estamos hablando de esto, quisiera hacerte saber que pronto le va a llegar la invitación a nuestra boda —Snoke alzó las escasas cejas que tenía percibiendo el regocijo en la cara del muchacho.

— Ustedes sí que no perdieron el tiempo… —comentó, incisivo.

— Bueno, uno de los últimos deseos de Hue, fue que no suspendiéramos nada por él —mintió e hizo una nota mental de contarle todo ello a Rose, por si acaso—. Consideramos prudente esperar un mes después de su fallecimiento, ya que en realidad fui a pedir su mano hace seis —las palabras se sentían extrañas, pero le fluían con naturalidad, como si en verdad todo ello hubiera sucedido.

— Ya veo… pues, me alegra mucho por Rosie y por ti, son una linda pareja —una mueca parecida a una sonrisa apareció en el desfigurado rostro del viejo.

— Te agradezco el cumplido —asintió—. Y ahora, imagino que no has venido aquí a hablar de mi vida personal, así que me gustaría escucharte —le dijo enlazando las manos sobre su escritorio y centrando su atención en él. Snoke se acomodó en su asiento, irguiéndose.

— La verdad es que, pasaba por aquí cerca y decidí hacer una breve visita. Desde que mi querido amigo Hue nos dejó, no he tenido noticias acerca de los negocios que Enric y yo encabezamos y me surgió la breve curiosidad de preguntar si, seguiremos a cargo de ellos, como hasta ahora.

— Y ¿por qué tienes esa duda? —le preguntó, también queriendo indagar el verdadero motivo de la visita.

— Me preguntaba si, Hue te habría dejado otras indicaciones a ti.

— Las mismas que a ustedes. Mi labor aquí es la misma.

— Claro, claro… la mano derecha —pronunció entrecerrando los ojos. Hux creyó por un momento que le leía el cerebro—. Aunque eso va a cambiar pronto ¿no? Cuando te cases —soltó, mordaz.

— Bueno, las obligaciones de un esposo son diferentes a las de un prometido, eso es evidente —dijo sin darle ningún dato que pudiera usar en contra.

— Evidentemente —asintió, enterrando las manos en las rodillas—. Entonces Enric y yo seguiremos en lo nuestro. Pensé que con todo esto quizás quisieras que el despacho llevara el balance de Hoth y Bespín.

El contador pensó lo más rápido que pudo. Era una maldita trampa todo para sacarle información, pero no iba a cometer algún error tan fácil, aunque le acorralara. No había hablado con Ben, quizás Snoke y Enric lo intuyeron, porque ciertamente no se soportaban, pero no era idiota. Si le decía que quería quitarles el poder de la administración de esos dos centros comerciales, evidenciaría que se les estaba investigando. Hablarle al insufrible Solo, fue la segunda nota mental de la mañana.

— No, no. Eso les corresponde a ustedes y yo ya tengo demasiado trabajo acá como para encima adjudicarme otro poco en donde lo han hecho tan bien. Hue lo quería así y creo que debemos seguir trabajando de esta forma. A menos que alguno de los dos tenga un inconveniente por ello… —aquello era como una estira y afloja entre ellos, tratando de ver quién cometía el desliz primero.

El viejo amigo de Hue Tico se dio cuenta de que no iba a obtener más del contador que lucía despreocupado con esa maldita sonrisa de autosuficiencia que él le quería borrar.

— Ninguno, Amitage, me complace que estemos en la misma sintonía —concedió el viejo y delgado empresario y se puso de pie. Hux lo imitó—. Me retiro entonces para no interrumpir más tu mañana. Seguimos en contacto —dijo, comenzando a caminar por donde había llegado.

— Claro… saludos a Enric —contestó el pelirrojo siguiéndolo con la mirada hasta que cerró la puerta tras de sí.

Minutos después, Phasma entró con su agenda en mano y algunas carpetas. Los pendientes del día comenzaron, pero él no pudo evitar sentir que esos dos iban a tramar algo y que tenían que estar muy atentos todos. Tendría que hablar con Rose y con Ben a la brevedad.


Snoke esperó hasta estar en su auto. Le indicó al chofer que condujera de regreso a su casa y después tecleó el contacto de Enric en el teléfono. Ni siquiera había dado el segundo timbrazo cuando le contestó.

— ¿Y bien? ¿Qué averiguaste? —le preguntó su amigo, algo impaciente.

— Hoth y Bespín siguen siendo nuestros y no creo que sepan nada aún de eso, pero la gran revelación es que Armitage se va a casar con Rose dentro de poco.

— Vaya… qué conveniente. ¿Crees que sea por lo del testamento o en verdad van en serio?

— No tengo idea, cometimos el error de no prestarle mucha atención al alzado del pelirrojo —reflexionó, puesto que jamás pensaron que él representara un peligro, hasta ahora.

— ¿Entonces qué sigue? ¿Mandarlo a matar? —Snoke soltó una fuerte carcajada. Enric frunció el ceño del otro lado de la línea.

— Me sorprende que te quieras exponer a ese grado.

— ¿Y qué sugieres entonces? ¿Preguntarles directamente? vel tono de Pryde hizo que Snoke se molestara un poco. A veces su amigo podía ser un gran idiota que tenía que tomarse un tiempo para recalcular sus estrategias.

— Tranquilízate y enfócate —le regañó—. Ya hemos quitado a un novio de Rose del camino antes y justamente es la pieza que nos está faltando. Creo que lo podemos regresar para que se ensucie las manos por nosotros, sin tener que recurrir a la violencia… a ese grado.

— Pues a mí me sorprende más que quieras arreglar todo como si se tratara de una novela —se defendió Pryde.

— Si seguimos tu idea sólo conseguiremos que nos vinculen por el asunto del testamento, así que ya olvídate de eso. Lo que necesitamos es tiempo y retrasar esa boda o impedirla, lo que sea. Regresar a Finn a escena para que cree un disturbio entre estos dos, nos lo va a dar, por lo menos el suficiente.

— ¿Y crees que tu aprendiz quiera volver a este pueblo?

— No le voy a preguntar, trabaja para mí. Yo lo puse donde está y lo puedo quitar, aunque nada de eso será necesario. Cuando le llegue la noticia de que su ex prometida está por contraer nupcias, va a querer venir a reclamar lo suyo.

— Espero que funcione —dijo Enric algo irritado de que no pudieran usar sus métodos y tener que dejar todo a la loca cabeza de Snoke.

— Lo hará. Te llamaré pronto —colgó y buscó en el móvil el número de Finn.


La boda va a retrasarse un poquito nada mas jajajaja perdón xD