Advertencia: Contenido sexual explícito.
Capítulo 9.
La música había seguido su curso en la lista de reproducción sin que la pareja pusiera atención a eso. El sillón era su refugio en esos momentos. Los brazos y los labios del otro habían sido declarados su casa oficial.
El delicado e íntimo baile en medio de la sala donde aceptaron sus sentimientos había continuado por algunos minutos más, abrazados, sin embargo cambió cuando uno tras otro los besos llegaron hasta dejarlos en la posición en la que actualmente permanecían:
Hux cuan largo era, con la espalda descansando contra el asiento, las manos afianzadas sobre la cadera de Rose que estaba encima de él y ambos prendados de los labios del otro.
El dolor en el labio, el pómulo y los nudillos se había esfumado momentáneamente, gracias a que su cuerpo estaba enfocándose en algo más importante que los rastros de la pelea.
Los suspiros salían de tanto en tanto de la boca de cada uno, lo que ayudaba a acrecentar la excitación.
Sin retirar la labor de comer de los labios del pelirrojo, los dedos de Rose se movieron de los pectorales de su esposo y llegaron a la hilera de botones de la camisa azul que la separaba de su piel. Comenzó a liberarlos uno a uno.
Él abrió los ojos, aun en el beso, un tanto sorprendido y nervioso. Rose percibió el leve cambio en él así que se echó para atrás y sostuvo la mirada unos segundos mientras dejaba al descubierto el abdomen de Hux. Sus ojos rasgados pasearon por la blanca piel con tonos rosáceos, quedándose sin aliento ante la visión. Ya había tenido oportunidad de observarlo, pero no a ese nivel de detalle, ni con la libertad que estaba sintiendo en ese instante.
— Amor… —le llamó él, como si hubiera estado aguardando ese momento para hablarle bajo ese mote de cariño. Ella sonrió encantada ante su voz suave—, no tienes que… sé que es algo delicado para ti y yo no quisiera provocarte daño de ningún tipo —se explicó parando. Rose se sintió dichosa de que él le estuviera considerando en medio de esa calurosa situación. Su esposo estaba siendo capaz de anteponerla sobre cualquier deseo y eso sólo la hacía quererlo y necesitarlo aún más.
Él la vio inclinarse y depositar un beso delicado que distaba mucho de los que hacía minutos se estaban regalando y que aun así provocó que su corazón diera un vuelco.
— Estás temblando —susurró él, subiendo sus manos a los hombros de ella cuando se dio cuenta del movimiento de su cuerpo. Estaba algo temeroso de tocarla de nuevo y que fuera a quebrarse pero tampoco podía despegar sus dedos de Rose pues no hallaba la hora de explorarla toda.
— Estoy nerviosa —confesó, acomodándole un mechón de su despeinado fleco que se había escapado al incorporar medio cuerpo—. No es por otra cosa. Estoy bien, te lo juro —le aseguró. Él la estudió por breves segundos y asintió al encontrar sinceridad en su voz.
— Yo también lo estoy… ¿Quieres que sigamos? —preguntó queriéndose asegurar de que estaba haciendo las cosas de forma correcta. Las mejillas totalmente rojas de Rose se elevaron por la sonrisa que compuso.
— Me estoy muriendo porque prosigamos con esto como no tienes una bendita idea —soltó ella, acercándose a Armitage. El aliento de Rose chocó contra su boca, erizándole la piel de vuelta—. A menos que tu no quieras y en ese caso también lo voy a respetar.
— Claro que quiero, bonita —se apresuró a decir—, pero también quiero que estés bien.
— Lo estaré —dijo antes de acercarse de nuevo y comenzar a besarlo. Hux la siguió pero tuvo que parar de nuevo porque había algo más que tenía que decirle y que seguramente arruinaría el momento.
— Ahora sólo tengo un pequeño gran problema —se mordió el labio inferior cerca de la herida y vio la ceja de Rose elevarse—. No te enojes, pero, creo que debí ir a la farmacia hace tiempo, no pensé que esto podría… bueno si lo pensé pero supuse que no iba a pasar excepto que el día de la boda… —Armitage detuvo su monólogo al darse cuenta de que estaba confundiendo a Rose y matando el momento—. Olvida eso —achicó un ojo previendo la molestia de su esposa—, lo que trato de decir es que no tengo preservativos —se lamentó en un suspiro.
— Oh, bueno, eso no es problema porque yo si tengo —comentó ella casi agradecida por la forma en la que los había adquirido.
— ¿Enserio? —exclamó él emocionado.
— Veras… Paige y Rey me hicieron un kit el día de la boda por si pasaba algo. Me metieron a la maleta ciertas cosas que podría llegar a necesitar.
Armitage soltó una carcajada e hizo la nota mental de llevar a comer a Rey y Paige la próxima vez que las viera, aunque por supuesto no les iba a decir el motivo.
— De acuerdo… —ronroneó seductor cerca del rostro de Rose y le tomó de la nuca para dirigirla hacia él— ya que estamos seguros entonces…
— Espera —le paró Rose. Hux ladeó la cabeza confundido—. Te veo en tu cuarto en cinco minutos —anunció ya bajándose de encima de él.
— ¿Qué? Pero…
— Shhh, calla y has lo que digo mi amor —ordenó Rose poniéndole un dedo en los labios y luego arrebatándole un beso antes de salir corriendo para la habitación que él mismo le había designado y que no volvería a usar porque el contador no iba a estar dispuesto a dormir sin ella un día más de su vida.
Hux se quedó unos segundos en el sillón, recobrando el aliento. Su corazón latía con violencia y el bulto de la entrepierna apretaba su ropa, reclamando ser liberado. Apagó la televisión que aun reproducía su playlist favorita, se puso de pie y fue a su alcoba, estremeciéndose en cada paso pues sentía el rastro de los labios de ella sobre los suyos.
Se detuvo frente a la otra alcoba que estaba cerrada, tentado a abrir y tomar a Rose entre sus brazos. Pero resultaba que ella había dado una orden y a diferencia de tantas veces, no iba a revelarse. Lo tenía en la palma de su mano. Se permitió fantasear con lo que fuera que ella estuviera haciendo detrás de ese muro y decidió que él también estaría listo.
Se sentó al borde de su cama y se desabotonó los puños de la camisa que aún llevaba encima sin poder apartar de su mente el brillo de los ojos de su esposa cuando le descubrió el torso. Tenía que admitir que se sentía increíblemente bien darse cuenta que ella lo encontraba atractivo y que compartían las ganas de recorrerse centímetro por centímetro.
Posó las manos sobre el cinturón y segundos después se lo sacó tirándolo a un lado de la cama, luego se agachó para también quitarse los zapatos y los calcetines. Quedó sólo con el pantalón de vestir encima y esperó en una mezcla de nervios, curiosidad y deseo.
Se echó para atrás el cabello pelirrojo, expectante, pero ridículamente feliz. Jamás se había sentido tan seguro de sí mismo, de su cuerpo, de que su amor valía y de que podía amar a alguien dejando al lado su horroroso pasado. Rose lo había hecho posible.
El giro que habían dado los acontecimientos era total y tal como cuando decidieron su unión, no había vuelta atrás… él lo sabía. Si antes sospechaba acerca del cariño que ella le profesaba, ahora estaba seguro de que era así. Lo sentía en cada beso, lo notaba en cada mirada y no iba a renunciar a eso. Si era pronto dos meses o no para sentir todo lo que estaba experimentando no importaba. Ella se había colado entre sus venas y moría por pasar todo tipo de situaciones y experiencias, juntos.
Los profundos pensamientos del pelirrojo se detuvieron cuando la puerta de su habitación fue abriéndose lentamente. Rose apareció frente a sus ojos: llevaba el cabello recogido en su nuca, unos cuantos mechones que escapaban enmarcando su frente, los labios rojos y portaba un delicado babydoll color blanco.
Sin miedo a parecer un crío o a mostrar que estaba impresionado, abrió la boca.
— Dios mío… Rose —murmuró sin poder articular más. A ella se le encendieron las mejillas ante su comentario y avanzó hacia él.
Se encontraron en ese espacio entre la puerta y la cama. Armitage le tomó de la mano y la repasó de arriba abajo sin reservas apreciando la delicadeza y sensualidad de la prenda.
El sostén estaba hecho de encaje y aparte de que aprisionaba su voluptuoso pecho, transparentaba levemente sus aureolas.
Tuvo que tomar una larga inhalación para recordar que respirar lo mantenía vivo.
— Se suponía que esto era para la noche de bodas, pero... —comenzó ella elevando sus palmas para tomar sus hombros delgados pero fuertes. Se había ido a poner ese conjunto buscando serle más atractiva y deseable, por su reacción supo que lo había logrado. No habían tenido una noche de bodas normal por sus miedos, pero podía dejar eso atrás, lo supo cuando comenzaron a perder el control en la sala. Su cuerpo lo había reconocido. La mala experiencia había pasado. Él la quería, iba a cuidarla y era un hombre bueno. Que no hubiera alcohol de por medio hacía que todo fuera diferente. Estaba lista para entregarse— hagamos de cuenta que nada pasó ese día.
Él no dijo nada, pues se había quedado sin palabras. Rose sonrió al darse cuenta que Armitage se había preparado también quedándose sólo con ese pantalón negro que contrastaba con el color de su cuerpo de una forma deliciosa.
La decidida chica llevó sus manos sobre las mejillas de Hux, custodiadas por su barba, obligándolo a mirarla a los ojos. Tembloroso, él coló las suyas debajo de la tela transparente que su esposa llevaba puesta y las descansó sobre sus costillas, en donde percibió que su respiración era un poco más rápida de lo normal.
— Quiero que sepas de nuevo, que eres la mejor sorpresa que me ha dado la vida, Armitage —declaró ella, repitiendo lo que le había dicho cuando se estaban casando, totalmente segura de eso y de que era el hombre con el que quería compartir su vida. Los sentimientos encontrados lo alcanzaron; la sensación en el pecho del pelirrojo amenazó con llevarle de la risa al llanto. En el momento en que aconteció la boda, estaba seguro que los votos debían cumplir la labor de convencer a todos, y aun pese a eso todo lo que ella le dijo le alcanzó el alma en ese entonces, pero en ese instante se lo estaba confirmando.
Rose pensó que era gracias a él se encontraban así en ese momento, pues fue a tomar las riendas de ese matrimonio por conveniencia cuando le hizo saber sus sentimientos apenas unos minutos atrás, así que ahora era su turno; despegó sus labios nuevamente para materializar lo que llevaba rato guardando por miedo, pero su esposo, que compartía eso sin que ella supiera, se le adelantó:
— Te amo, Rose —lo dijo al fin con todas las intenciones, con toda la verdad. Armitage quería que lo supiera porque no había momento más indicado que ese. Ella tenía su corazón en las manos y podía hacer lo que quisiera… tenía el poder de hacerlo dichoso y también de destruirlo con una sola palabra. Sabía que estaba vulnerable pero no le importaba, en el fondo sabía que como él, Rose ya había elegido.
— Yo también te amo, mi cielo… —dijo de vuelta y se puso en puntas para besarlo con pasión. Él correspondió enseguida acoplando sus labios y sintiendo ese latigazo que ya antes le había recorrido el cuerpo.
Los dedos de una de sus manos, aún tímidos, fueron subiendo lentamente hasta que encontraron la curva del pecho de Rose, arrancándoles un gemido a ambos cuando comenzó a acariciar la zona. Su otra palma bajó por la cadera llegando al delgado resorte de la prenda inferior, en donde descubrió, aguardaba el empaque del preservativo y se volvió loco por ese pequeño y sexy detalle.
— Esto es mío —anunció sacándolo del lugar y sonriendo como si fuera el dueño de la galaxia.
— ¿Sólo eso, pelirrojo? —preguntó ella con cara seductora.
— No, todo lo demás también.
Se inclinó de vuelta a besar su boca roja. Rose lo tomó de las costillas empujándolo suavemente para que llegaran hacia la cama. Él entendió rápidamente y cuando sintió el borde tras de sí, se sentó y comenzó a moverse para subir de espaldas con ella siguiéndole el ritmo del beso y encima de él.
Una vez estuvieron a la mitad del espacioso lecho, se miraron con la certeza de lo nuevo que iban a vivir y no sólo el acto que en ese momento les hacía borbotear las ganas.
Las piedras celestes que su Taggie tenía por ojos, mostraban ese fuego que le había visto durante la que iba a ser su noche de bodas, la diferencia estaba en que esta vez ella no iba a dejar cabida a las dudas.
— Ven —Rose se estremeció ante el llamado y tomó su mano sin dudar cuando se la ofreció para que se recostara al lado de él. Percibió enseguida el delicioso aroma de su esposo, sellado entre las almohadas que los rodeaban.
Armitage localizó el cabello de la jovencita y tiró de la liga que le sujetaba, soltándole las suaves hebras y embobándose por lo atractiva que estaba. Pasó un dedo sobre su boca, maravillado por el lunar que yacía en la línea de su labio superior.
Lentamente bajó la mirada viajando por unos cuantos lunares que le encontró en cuello hasta que llegó al listón en medio del valle de sus senos y lo tiró despacio. El encaje transparente cedió y se deslizó dejando expuestos los botones que coronaban los pechos.
La delgada línea del control y la mesura se terminó.
Se lanzó intempestivo a la boca de Rose colando su húmeda y caliente lengua que fue bien recibida por la de ella, mientras le repasaba la anatomía de arriba abajo sirviéndose de ir desde la delicada clavícula femenina hasta sus muslos y de regreso con sus yemas.
Rose no se aguantó el quejido audible en el beso. Sus manos llegaron enseguida al botón del pantalón desabrochándolo y bajando la cremallera con apuro. Él con las rodillas hundidas en la cama le ayudó a sacarse la prenda momento que ella aprovechó para pasear su lengua sobre los surcos de los músculos en el estómago de él y regar besos. Segundos después lo encontró solo con un bóxer negro.
Pensó que hacía falta algo muy sencillo para que pudiera perder la cabeza porque verlo así se le hacía la escena más candente de su vida. Y no esperó más.
Siguió el caminito del vello pelirrojo que iba de su ombligo al resorte de la prenda que guardaba su virilidad y metió la mano encontrándose con ella.
Su esposo gruñó echándose para atrás al sentir los dedos apretar su miembro y comenzar a jalarlo suavemente. No disimuló su placer, mordiéndose los labios y cerrando los ojos.
— Mmm —le escuchó. Rose compuso una sonrisa de deleite. Tenerlo ahí, dispuesto para ella y reaccionando a sus caricias la estaba volviendo loca.
Continuó acariciando la punta de Hux y con la otra mano le tiró el bóxer que llegó hasta sus rodillas y quedó ahí inerte.
Ahora fue turno de la diseñadora para no disimular su sorpresa al admirar el mástil que aguardaba por ella. Cuando lo tocó de nuevo y lo sintió duro y caliente, supo que no iba a aguantar más tiempo para pedirle que entrara en ella y estaba en ese debate cuando él jadeando audiblemente decidió seguir explorando, enfocándose esta vez en su zona íntima y húmeda.
Se detuvo ahí sobre la delgada prenda blanca unos segundos disfrutando la cara de placer que Rose ponía y de la música que profería su garganta. Con el pulgar presionó el duro botón de placer para después decidirse a colar un dedo en la cavidad.
La electricidad los recorrió.
Sin dejar de acariciar el lugar, Armitage recuperó su posición inicial, acercándose a las dos montañas. Lamió la punta de una de ellas lentamente, alternándolas de tanto en tanto.
Rose se aferró a su cabello llameante cuando sintió la humedad de su saliva en su zona erógena, presionándolo para que no dejara de atenderla. Un suave pellizco la sorprendió y pronunció su nombre entrecortado:
— A-Armie… A-Arm…
Regresó a su boca al tiempo en que hacía remolinos ahí abajo, endureciéndose aún más por lo húmeda que estaba para él. Y ya no quiso esperar.
Pronto, le sacó la diminuta prenda que llevaba aferrada a la cadera con urgencia.
Armitage buscó el pequeño empaque que había dejado bajo la almohada. Colocó sus dedos en el borde a punto de abrirlo, pero antes se detuvo como buscando su consentimiento.
— Hazlo —indicó la joven recostada, sin querer perderse nada. Hux tomó su empuñadura y comenzó a forrarse con el preservativo. Rose pasó la lengua por detrás de sus dientes.
La acción se le antojó enloquecedoramente seductora.
Cuando el mástil estuvo totalmente cubierto con la protección, deslizó las plantas de los pies sobre el edredón, dejando flexionadas las piernas y su entrada expuesta para él. Armie se escurrió entre ese hueco que había abierto. Regó besos haciendo un caminito que nació del estómago al cuello de Rose y fue a tomarle las manos que estaban descansando al costado del pequeño y divino cuerpo de su mujer y se las colocó encima de su coronilla sobre la almohada, afianzando sus dedos con los de ella con fuerza, queriéndole transmitir su amor y su pasión en esa breve seña.
— Te deseo —le susurró a milímetros de sus labios, liberando su aliento caliente y delicioso sobre ellos.
Rose iba a contestar, pero sintió el miembro de Hux frotarse en su entrada y dejó de pensar con claridad. Un hambre loca se apoderó de ella que rompió el momento con un beso desesperado.
Abrió las pestañas encontrándose con los ojos decididos de su marido. Un hermoso brote rojo le explotaba la cara y el pecho.
— Y yo te necesito —le suplicó.
No hubo más palabras que anticiparan.
Gimieron a la par cuando Armitage empezó a penetrarla lentamente.
Afianzaron su agarre mientras entraba y cuando estuvo listo al tope, Rose lo soltó para enterrar sus uñas en la blanca espalda. Rodeó sus masculinos y firmes glúteos con los muslos y fue ella misma que inició el vaivén, empujándolo hacia su pelvis y marcándole el ritmo.
La siguió enseguida bañándose en el placer que la apretada entrada le producía y por sensación de sus senos rebotando contra él.
Entró suave varias veces, sintiendo por cada nervio el placer puro de la unión de sus cuerpos.
Rose estiró la mano y lo pegó más hacia ella. El nacimiento de su barba quedó a la altura de su rostro y justo encima de su nuez depositó besitos y mordiscos. Después, colocó los brazos de su cuello mientras lo lamía y sentía sus estocadas firmes.
Armitage aprovechó su nueva postura para tomarle la pierna por debajo de la rodilla y tiró levemente su extremidad hacia un lado para abrir más el espacio. Sintió que entraba aún más en ella de esa forma comprobándolo cuando ella articuló.
— ¡D-Dios! —exclamó Rose sin tapujos, volteando los ojos, arqueando la espalda dejando una curva entre su cuerpo y las sábanas. Él deslizó un brazo debajo de ese espacio tomándola de la espalda, despegándola del sitio para que ella pendiera su cuerpo y cabalgaran juntos.
— ¿Así te gusta? —le preguntó coqueto, empujando con fuerza—. ¿O quieres que pare?
— Si paras, me voy a divorciar, aunque eso implique quedarnos en la calle —soltó amenazante.
Él rio encantado de su advertencia que pretendía ser intimidante pero que entre sus quejidos sonaba vulnerable.
Siguieron así. Él empujando, sometiéndola a voluntad. Rose de mientras exploraba todo. Sus manos curiosas reconocían cada milímetro de suavidad, marcando como suyo el territorio rosáceo. Revolvía su cabello, dejaba rastros de su labial en su torax, masajeaba su trasero.
Sabía perfecto que su esposo estaba dominando casi por totalidad la situación y tuvo que hacer un esfuerzo para exigirle a sus sentidos devolverle la capacidad de pensar para tomar las riendas y cambiar eso:
— Ven aquí —anunció, retrocediendo y obligándolo a salir. Hux esperó la otra parte de la indicación, pero esta no llegó con palabras. Rose cambió en segundos la postura, haciéndolo girar y quedar por debajo de ella. Lo miró asombrada de que ese cuerpecito tuviera tanta fuerza y le hubiera volteado casi sin que él fuera consciente.
— Wow… —murmuró impresionado por la hazaña pero también porque desde su visión, el cuerpo de su esposa se admiraba aún más hermoso de lo que ahora sabía que era.
No se perdió ni un movimiento. La vio usar de punto de apoyo sus pectorales y alzar el trasero para tomar posición; su estrechez volvió a recibirlo lentamente. Rose comenzó a dirigir sin pronunciar palabra pero usando diferentes ritmos obteniendo miles de reacciones de su pelirrojo que se dejó hacer sin emitir más que jadeos.
— Me encantas —dijo ella usando una mano para recorrer los músculos de su brazo—. Me gustas como no tienes una idea —declaró con ganas de borrarle todas las dudas y saboreando verse sobre él. Su delgadez le fascinaba, su aroma, el color de su cabello, sus ojos… sus juegos sensuales, su voz segura mientras hacían el amor. El Armitage cargado de erotismo y coquetería, tan diferente del serio y tierno que tenía diariamente, la estaba matando—. Adoro tu cara seria y amo verte llegar a casa usando tu traje azul que todo este tiempo me he muerto por quitarte… eres tan condenadamente sexy mi amor… —lanzó.
— Y tú me estás volviendo loco… —reveló saboreando su voz con matices roncos.
Él estaba fascinado con las caricias, y con jugar el papel de presa, pero tenía otros planes porque era ambicioso y quería más de su mujer.
Sin decirle nada, salió de ella. Cuando vio que estaba a punto de protestar, la jaló para recostarla en la cama y le dio la vuelta dejándola de espaldas.
Rose apenas pudo reaccionar cuando sintió que las manos que su esposo usaba para hacer cuentas y balances estaban surcando sus glúteos expuestos. Sintió un apretoncito cariñoso en ellos y luego la espina dorsal advirtió que el cuerpo de Armitage la atrapaba debajo del suyo.
Volteó a verlo distinguiendo sólo su cabello revuelto porque él estaba paseando su lengua por su columna.
Rose se levantó en reacción quedando de rodillas y con la espalda recta, pegando su trasero hacia él y su falo, reclamándolo donde pertenecía. Él captó el mensaje.
Lo sintió tomarla de la cadera y dirigirla. Profirió un grito cuando la penetró de nuevo.
Liberó una de sus manos tomándole la muñeca y depositó su extremidad derecha sobre su seno pidiéndole que la tocara. Luego viró el rostro buscándolo y ahí estaba él, asechando su oído. Le acomodó el cabello hacia un lado y luego la besó.
Comenzó a moverse: primero lento, mientras mordía el labio inferior de Rose y le jugaba en masajes circulares el montículo que apenas podía cubrir con su mano. Luego, cuando sintió la lengua de ella enredarse en la suya distinguiendo el adictivo sabor de su saliva prosiguió a estocarla vigorosamente.
— Más… más —rogó ella.
— Rosie… mmm… —gimió en respuesta.
Rose volvió la cabeza al frente y cerró los ojos concentrándose en la deliciosa experiencia de sentirlo detrás de ella.
Cuando pensó que nada podía hacerle perder aún más la cabeza él inició por clamar su nombre en su oreja.
— Te amo, Rose… amo tu cuerpo… amo verte pasear por toda la casa —ronroneó sus confesiones—. Amo lo sexy que te ves cuando luces mi ropa…
Rose giró la cabeza al frente y despegó sus manos que estuvieron todo ese tiempo apretando las sábanas para ponerlas en el borde de la cabecera de la cama. El control hacía tiempo que se le había escapado, y todo lo que el susurraba la estaba llevando a otro nivel de excitación.
Ya estaba cerca.
— Taggie… y-yo… ya…
Era la señal. Él también la estaba siguiendo. Si ella llegaba él lo haría en respuesta.
Siguió en vaivén con mayor intensidad, sin dejar de hablarle al oído.
— Rose… mi Rose… me vuelves loco…—no hizo falta mas que eso. Segundos después las contracciones de Rose se hicieron presentes, elevando el placer por su envergadura. Armie dejó el seno en paz para colocar su dedo sobre el mentón de ella logrando que girara para mirarse terminar juntos en el momento exacto.
Ninguno cerró los ojos. Ninguno se avergonzó de gritar y boquear cuando el orgasmo los alcanzó, dispersándose intensamente desde sus sexos hasta la punta de sus dedos.
Rose que se dejó caer lánguida sobre el colchón. Apretó los ojos, queriendo conservar lo más que pudo los rastros de su espasmo compartido.
Armitage se tumbó al lado de ella, y posó el brazo en su pecho percibiendo el alocado tambor en el que se había convertido su corazón.
Se quitó el condón, le hizo un nudo y dejó que cayera al suelo. Rose lo miraba desde su lado de la cama, con media cara enterrada en la almohada.
Ambos pensaron que hacer el amor con la persona que amaban era la gloria.
Ya extrañando el calor de su cuerpo, Armitage abrió los brazos para mostrarle el espacio que tenía destinado a ella que aceptó gustosa el refugio.
El sudor perlaba ambas caras y estaban algo despeinados, pero era una imagen muy hermosa la que se topaban en medio de esa cama.
La risa de Rose llegó primero y fue seguida por la de él.
Ninguno creía la suerte con la que ya estaban bendecidos. Las emociones se exacerbaron en ese momento como en una especie de montaña rusa repleta de curvas, subidas, bajadas. La jovencita sintió cambiar su ánimo de un momento a otro y escondió la cara anticipando las lágrimas que ya le brotaban.
Eso alertó a su esposo que sintió que iba a morirse por hacerla llorar. Su historia personal con el dolor y la tristeza salió a flote nuevamente.
— No llores amor, por favor… no llores… —le limpió los pómulos y besó su frente decidido a curarla con su amor.
— Es que estoy muy feliz y no puedo evitarlo…
— ¿Segura? ¿No es por algo más?
— Si, lo juro —pronunció con la voz algo cortada—. Ya no tengo miedo, Armie… sé que esto va a salir bien porque me amas tanto como yo a ti… ahora te tengo a mi lado…
— Si mi hermosa… estoy aquí —le despejó la cara con cariño y talló su nariz contra la de ella, perdido—. Te amo tanto como ambos quisimos negarlo y sucumbimos.
La besó, sin saber exactamente qué más hacer. Quería salir corriendo, apretarla a él, besarla para siempre, protegerla y gritar, pero decidió que podía empezar con disfrutar de tenerla entre sus brazos en ese momento y después, juntos descubrirían como seguir caminando día a día.
— ¿Te puedo pedir un favor, preciosa? —se despegó del abrazo para mirar sus ojitos chispeantes y la curva de su boca elevarse.
— El que usted guste mi serio y sexy contador —contestó animada dejando el llanto y concentrándose en las líneas que aparecieron alrededor de los ojos de Hux develando su felicidad.
— No vuelvas a decirme Armie… me gusta más como suena ese apodito pretencioso que me pusiste
— Oh, Taggie… —la risa que salió de su garganta logró cosquillearle la piel—. te amo
Yacían abrazados en la cama. Se habían pedido una pizza para cenar que decidieron llevar a la alcoba acompañados también por una botella de vino. Armitage no tomaba, pero la ocasión era sumamente especial así que decidió que podía permitirse una copa y nada más antes de que terminara como el día de su boda, aunque ahora ya no habría ningún inconveniente por eso.
Estaban enroscados en los brazos del otro regalándose suaves besos y miles de sonrisas embobadas. Se había tomado la noche para platicar y disfrutarse.
— Lamento lo de ayer —se disculpó él recordando que se había comportado como un adolescente al meterse a su cuarto nada más llegó del trabajo—. La verdad es que Solo fue a verme y me dijo lo del plan de Finn… los celos me cegaron. Pensé que no me querías decir porque sentías algo por ese idiota… sentí que te estorbaba.
— Ahora entiendo tu actitud. Sabía que algo pasaba, y de hecho estaba por decirte cuando llegaste, pero no me diste oportunidad.
— Soy un idiota, lo sé. Perdóname, no volveré a comportarme de esa forma.
— Tienes que confiar más en mí. Jamás iba a suceder algo de nuevo con Finn y jamás lo hará, sólo puedo verte a ti.
— Ahora lo sé, pero el Armitage de hace unas horas era un miedoso de lo peor. Y aun ahora no me gusta la idea si te soy sincero, pero si eso hace que Snoke y Pryde se refundan en la cárcel más rápido entonces te apoyaré —apoyó la cabeza en la de ella mientras Rose le acariciaba la mano con su pulgar.
— Gracias por entenderlo. A mí tampoco me agrada, menos cuando te hizo esto —se incorporó para señalarle la mejilla que ya estaba adoptando un color violeta.
— Voy a hablarle a Phasma y a avisarle que trabajaré desde casa —anunció.
— Me parece perfecto, así podremos acompañarnos un rato. Tengo pensado ir a medio día a la casa de Poe y acabar con esto. Hablaré con Finn. Sólo tengo que convencerlo, Ben se ocupará de lo demás una vez que acepte.
— ¿Crees que quiera ayudarte?
— Estoy segura de que si, no por que sienta algo por mi, porque no lo creo, más bien pienso que represento un capricho para él. Me idealiza porque hace mucho tiempo que no estamos juntos. La Rose que conoció ya no existe y jamás va a regresar —reflexionó y le externó. Hux pudo sentirse un poco más tranquilo por lo que le decía. Le sonaba totalmente lógico que Finn estuviera encaprichado con Rose después de tanto tiempo. Eso explicaba todas las locuras que había hecho—. Sé que no tengo la vida resuelta, pero tengo estas inmensas ganas de hacer, de diseñar, de volver al ritmo… y todo esto ha sido gracias a ti, me hiciste creer en mi y te lo agradezco.
— Eres una mujer increíble Rose, y sé que lograrás tu sueño. Yo estaré aquí para verte hacerlo y compartirlo si así me lo permites. Me rehusaba, pero al final, fue inevitable no amarte como lo hago.
— Ay mi amor —soltó creyendo que todo eso era un sueño—. También me fue inevitable enamorarme de ti…
Estuvieron otro rato en cama, expresándose su amor. Luego cenaron y se dieron un baño juntos para después volver a la cama y entregarse de nuevo sin reservas.
Más tarde, se acomodaron juntos, arropándose entre las sábanas y con sus cuerpos.
Los desbordantes latidos los fueron arrullando. Así, rendidos pero con el pecho lleno de felicidad se quedaron dormidos.
A la mañana siguiente, Rose se despertó con una nota sencilla en el lado de la cama que pertenecía a su esposo y que estaba vacío.
"Buen día, preciosa… te amo…"
Sonrió al descubrir la pulcra caligrafía que no le había conocido y se desperezó con ganas de alcanzarlo. Antes de eso, decidió meterse a la ducha para asearse.
Una vez fuera del baño fue a su ahora ex cuarto para buscar una muda de ropa, decantándose por un vestido negro con lunares blancos y se arregló con un poco de maquillaje.
Cuando entró al comedor que ya era más su taller que otra cosa, lo encontró hablando por teléfono y tecleando detrás de su portátil. Se había puesto una playera negra y pantalones de mezclilla y había tomado asiento frente donde ella tenía su máquina de coser.
Rose se quedó mirándolo, recargada en el marco de la entrada. Lo encontró sosamente atractivo y encantador en su modo contador casual.
— No Phas, ya te dije que no me encuentro bien no es por otra cosa —dijo.
— A mi no me engañas pelirrojo, sé que te quieres quedar ahí con Rose para vivir la luna de miel que no tuvieron —lanzó la asistente.
— Ves demasiadas novelas. Sólo van a ser dos días —rebatió él sin querer soltar nada.
— Ya dime… ¿están planeando algo especial?
— Eso no es de tu incumbencia —agregó algo exasperado. Rose se acercó riendo bajito y él notó su presencia.
— Tengo que dejarte, mándame los reportes y reprograma las juntas. Estamos en contacto —antes de que su rubia amiga siguiera molestándolo, le colgó, dejó el teléfono a un lado y se puso de pie para estrechar a Rose y besarla.
— Buenos días, preciosa ¿dormiste bien?
— Si... ¿por qué no me despertaste cuando te levantaste? Esperaba verte a mi lado, aunque encontré tu nota y me alegró el día.
— Estabas muy dormida y no quise que madrugaras tanto.
— Te hubiera acompañado ya que estás desde temprano trabajando.
— Es como si estuviera en la oficina, debo cubrir mi horario. Gracias a la fuerza que me pude coordinar con Phasma para que me enviara algunas cosas por la nube.
— Me pareció que no se tragaba el cuento de que te sentías mal.
— Es demasiado imaginativa. Sospechaba que estábamos viviendo la luna de miel que no tuvimos.
— Y casi le atinó.
— Lo sé.
— ¿Cómo está tu cara? Déjame ver —le tomó el rostro y revisó su mejilla.
— Me duele un poco y el moretón va a cambiar de colores en estos días. Es inevitable —suspiró, aceptando su suerte
— Bueno, al menos tus nudillos ya no están tan rojos. Pero tu labio sigue hinchado.
— Eso no es por el golpe, sino gracias a ti —comentó juguetón.
— Oh… me declaro culpable. Propongo no besarte de aquí hasta que sane.
— Ah no, eso no —negó con la cabeza, rehusándose a volver a pasar por el castigo de no sentir sus labios—. Suficiente tuve que soportar que no me besaras después de la boda hasta ayer —rodeó a la chica de la cintura y la jaló—. No me vas a volver a hacer eso.
— Con que te morías por besarme y no hiciste nada al respecto… vaya, vaya pelirrojo —él se puso totalmente rojo de inmediato, cosa que a ella le parecía tan tierna.
— Tanto como tú también lo querías, no te hagas y no me cambies la conversación —se defendió.
— De acuerdo mi amor. Habrá besos, pero delicados no quiero que se te abra la herida de nuevo.
— Bueno, puedo aceptar esa oferta —comentó más conforme y comenzando a ejercer el acuerdo al darle un beso de piquito.
— ¿Desayunamos? —preguntó animada su esposa.
Prepararon juntos sus alimentos enfrascados en una plática coqueta que consistió en rememorar ciertos momentos de la noche anterior. Se declararon su amor de tanto en tanto, y los besos tampoco se hicieron esperar.
Rose sentía como si estuviera en la pasarela de la semana de la moda en París y Armitage en una convención sobre impuestos y declaraciones patrimoniales. Justo como niños en una dulcería.
Después de que desayunaron, ocuparon sus lugares para seguir sus trabajos:
Rose sentada consiendo y a punto de terminar el primer vestido de su colección y Armie detrás de su laptop, con sus balances.
Sólo se escuchaban las teclas de la computadora y el ruido que hacía Rose con las tijeras cuando cortaba algún hilo. El silencio se instaló entre ambos pero no era incómodo.
Sin que el otro fuera consciente, se miraban por algunos segundos. Rose estudiando la cara concentrada de su esposo y él admirando la mueca que hacía cuando estaba cosiendo.
De esa forma, las horas pasaron y pasada de la una de la tarde, Rose anunció que iría a casa de Dameron para encontrarse con Finn.
— ¿Segura que quieres ir sola? Puedo hacerme un espacio. Diablos este programa es una cosa atroz —se quejó cuando vio que no le cuadraba un número. Armitage movió sus ojos celestes de su libro de contabilidad que trabajaba en Excegol a ella.
— Taggie, tienes mucho trabajo. No te preocupes, le avisé a Poe que iría para que esté presente. Además, Finn no va a hacerme nada. Me tiene miedo.
— Yo también te lo tendría, si hubiera golpeado a tu guapo esposo —ella soltó una carcajada que lo contagió. Ese ya era su sonido favorito—, lo digo enserio, eres una pequeña fierecilla.
— ¿Difícil de domar? —se acercó a él y le besó la mejilla.
— Un poquito. Pero soy todo un domador de leones, así que no representa problema.
— Me encanta esta faceta tuya en donde eres sarcástico y amoroso —depositó un beso en su sien—. Quédate tranquilo.
— De acuerdo, ve mi cielo y ten cuidado. Cualquier cosa márcame e iré por ti.
— Confía en mí —le pidió antes de abandonar la habitación.
— Eso hago —aseguró—. Te amo.
— Te amo pelirrojo. Suerte en tu trabajo. Te veo más tarde.
Poe daba gracias al cielo por no estar en el lugar de Finn.
Había visto la escena de lejos, pero igual le pareció sumamente dolorosa. La cachetada que le había dado Rose a su amigo, le volteó la cara, más de lo que él pudiera considerar normal, pero no podía culparla. Finn se había estado comportando como todo un idiota y aunque fuera su mejor amigo, reprobaba su actitud totalmente, incluso le había pedido que buscara un lugar para quedarse porque no iba a soportar sus arranques y que lo metieran a él en problemas.
Él miraba desde la cocina a sus dos amigos que estaban de pie en la sala. No quería estar más cerca porque era algo que no le correspondía atestiguar, aunque a juzgar por los gritos de Rose iba a enterarse de absolutamente todo, sin embargo tampoco iba a salirse de la casa porque Rose le había pedido que estuviera por si Finn se ponía pesado y necesitaba de su intervención. Se metió a la app de mensajería y decidió enviarle un texto a Kaydel para saber cómo le estaba yendo.
— ¡Eso fue por Armitage! —le aclaró después de lanzarle la cachetada—. Eres un idiota Finn, un completo idiota y cobarde que ataca a espaldas. No puedo creerlo.
— Rose, cálmate —pidió, con la mano sobándose la mejilla que recibió el impacto.
— No, no voy a calmarme ¿en qué estabas pensando? —bramó ella agitando los brazos, demandando una explicación.
— ¿Sabes si quiera que tu esposo me dio una patada el día de tu boda? ¡Me la debía!
— Claro que lo sé y me molestó muchísimo no haber sido partícipe de eso porque yo misma te hubiera dado una golpiza que jamás olvidarías.
— Trataba de hablar contigo, pero él y Solo no me dejaron —Rose movió la cabeza en negativa.
— Ya basta Finn. Enserio. La Rose que tu conociste no existe más. Ya no soy esa chica miedosa, que duda, que complace a los demás, que no decide por sí misma. Estuvimos separados un año, tú hiciste tu vida y yo también. Debes aceptarlo. Esto solo es un capricho y no podemos volver a lo que era antes. Necesito que dejes de molestarme y hacerme la vida imposible.
— Entonces ¿prefieres a un tipo que se casó contigo por tu dinero que a mí? Rose, te está utilizando. Él jamás podría quererte. Quiere quitarte todo.
— Al que están utilizando es a ti. ¿Eso fue lo que Snoke y Pryde te dijeron?
— ¿Cómo sabes que ellos…?
— Déjame preguntarte algo. ¿Te hicieron quedarte a cargo de sus finanzas en Bespín y Hoth?
— ¿Quién te dijo eso? —sus ojos se desorbitaron.
— Finn, Snoke y Pryde le han robado a mi padre por años, además de que están metidos en algo serio de lavado de dinero. Me parece que tu llegada aquí les hizo más fácil las cosas. Ben, Armitage y yo necesitamos detenerlos.
— No puedo creerlo… ellos me dijeron que Armitage quería quitarte todo y que incluso eso incluía dinero de ellos.
— Esos desgraciados te lavaron la cabeza y no puedo creer que tú les hayas creído. Están desesperados tratando de hacer algo porque cuando Armitage y yo nos casamos pudimos impedir que la herencia pasara a ellos por una cláusula que dejó mi padre en su testamento.
— Entonces… ¿Te casaste para proteger tu dinero? ¿Es eso? Rose, Armitage no va a regresarte nada, él va a dejarte en…
— No te atrevas a difamar a mi esposo —le advirtió punteándole el esternón—. No lo conoces, no sabes cómo es él, así que deja de decir que me está utilizando porque evidentemente no sabes nada.
— ¿Y tú si lo conoces? —le retó molesto y eso lejos de provocarla le dio un motivo de alegría.
— Si, lo conozco —contestó mostrando su perlada sonrisa.
Finn la estudió y no le fue difícil adivinar lo que pasaba, porque aunque ya no conociera a la nueva Rose, el brillo en sus ojos la delataba.
— Lo amas ¿no es cierto? Lo veo en tu cara —le dijo, sintiendo que se desgarraba pero que también su rabia y su capricho llegaban a su fin.
— Si —asintió sin titubear—, y él me ama también, por eso te pido que no vuelvas a agredirlo y también que me ayudes —su tono demandante cambió a uno suave pero decidido—. Snoke y Pryde te han estado usando y mintiendo. Ben cree que estás en serios problemas pues visto por la ley parece que tu has accedido a ayudarles en sus negocios sucios.
— No, Rose, jamás haría algo así. Yo no sabía…
— Te ofrecemos protección a cambio de todo lo que sepas. ¿Qué dices?
— Necesito que me expliques todo desde el principio, porque no estoy entendiendo nada.
— De acuerdo —ella estuvo de acuerdo, así que tomó asiento en la sala de la casa de Dameron, siendo imitada por Finn, frente a ella—. Escucha con atención…
Cuando Rose llegó a la casa encontró a su esposo cocinando. Él le explicó que había encontrado el error en su balance y que se había apurado a terminar sus pendientes.
Comieron despacio y Rose le platicó a su esposo con detalle su encuentro con Finn. El pelirrojo se sintió orgulloso de escuchar que ella le había pegado una cachetada, vengándolo y que le aclaró que no podría quererlo. También le dijo que él había adivinado sus sentimientos por él y que estaba segura de que jamás los volvería a molestar.
Al final había conseguido convencerlo y le pasó el contacto de Ben para que se pusieran manos a la obra.
Lavaron los platos juntos y luego ella le dijo que seguiría su trabajo.
— ¿Te falta mucho con el vestido? —le cuestionó yéndose a sentar a su lado y observando que lo que antes había sido un pedazo de tela había sido transformado por sus bellas manos en una prenda casi terminada.
— No, pero necesito mi maniquí para colocarlo y hacer algunos ajustes. La otra vez no me lo pude traer porque pesa mucho. Desventajas de ser tan pequeña —se quejó.
— Si quieres podemos ir a la tienda por él, estoy libre puedo ayudarte con algo.
— Umm... —canturreó rodeándolo para apreciar su figura.
— ¿Qué haces? —preguntó el contador sin entender a su esposa.
— ¿Sabes qué? Tengo una mejor idea.
— ¿Seguro que le avisaste a Rose y Armie que íbamos a venir, Ben? —le cuestionó Rey al llegar a la entrada del hogar del nuevo matrimonio.
— Tuve mucho trabajo y se me olvidó, pero no creo que haya problema.
— ¡Ben! ¿Qué tal que los agarramos en mal momento?
— ¿Tú crees? De todas formas es mal momento venir cuando Storm le dio una paliza ayer.
— Ay no… esto fue una mala idea. Me dejé llevar por el entusiasmo. Mejor vámonos y volvemos otro día —expresó la castaña, bastante consternada por su error.
— No cielo, ya estamos aquí y trajimos esa tarta como presente. Propongo que toquemos, aunque sea para saludarlos, sirve y les decimos que nos enteramos de lo de ayer y quisimos venir a verlos.
— Bueno, pero solo un ratito. Si alguno se encuentra indispuesto les daremos otro día la noticia ¿De acuerdo?
— Lo que tú digas mi cielo.
Rose abrió la puerta y no reprimió el grito cuando vio a Rey y a Ben ahí. Las amigas se abrazaron con fuerza y ella los hizo pasar olvidando totalmente como había dejado a Armitage en el comedor…
— ¡Qué linda sorpresa, chicos! ¡Me alegra tanto verlos y que hayan venido a vernos! —exclamó pasándolos al departamento.
— ¿No llegamos en mal momento? —se atrevió a preguntar Ben.
— No, para nada —abanicó con la palma la de ojos rasgados—. ¿A qué debo este honor? Vaya incluso trajeron un postre, esto es serio —los miró elevando las cejas y tomando la caja de cartón que Ben le ofrecía.
— Venimos porque hay algo que queremos contarles, a ti y a Armitage —prosiguió Rey apretándole la mano a su prometido y recibiendo un asentimiento cariñoso de su parte.
— Claro, pasen por aquí —les indicó el camino, yendo en punta—, Armie y yo estamos en el comedor que ahora es mi taller y…
Fue demasiado tarde cuando ella lo recordó.
Ben fue el primero en ver a Armitage parado a un lado de la máquina de coser de Rose, revisando su celular y llevando un vestido de novia encima de su ropa.
El pelirrojo alzó la vista y supo que estaba muerto.
Entonces la gran carcajada de Ben inundó el lugar. Se le saltaron las lágrimas y se tomó el abdomen debido al esfuerzo.
— Rey, cielo, creo que me he quedado sin padrino, pero tú ya ganaste una dama de honor —chilló entregado a la risa.
Rose ignoró la escena por un momento al escuchar tal declaración que sólo significaba una cosa.
— ¡Dios mío, Rey! ¿se van a casar? —exclamó Rose sin prestar atención a que Ben se agarraba de una silla partido entre risotadas y que Armitage estaba a punto de explotar de lo rojo que se había puesto.
Su mejor amiga sonrió encantada y le mostró su mano donde descansaba su bonito anillo de compromiso.
— ¡Oh, Dios! ¡Chicos que maravillosa noticia! —soltó y se giró para ver a su esposo que tenía las manos cruzadas sobre el pecho—. ¡Taggie, van a casarse! —profirió Rose radiante por Ben y Rey.
— Qué encantadora noticia —comentó componiendo una falsa sonrisa que apretaba con toda la fuerza que podía. Incapaz de seguir siendo objeto de burla del abogado, decidió retirarse y fiel a su estilo dramático y sarcástico, se excusó—. Si me disculpan, estaré indispuesto lo que me resta de vida —anunció agarrando el vuelo delantero de la falda para no pisarlo—. Se quedan en su casa —les dijo a la nueva pareja de prometidos.
Rey se mordió el labio lamentándose y sin saber que decir mientras Ben se tapaba la boca ahogando su incontrolable ataque.
Armitage abandonó el comedor arrastrando la cola del vestido tras de sí.
— Ay, no… —susurró Rose preocupada por el tono que había empleado su esposo y sintiéndose culpable de que lo hubiera visto así—. Denme cinco minutos y estamos de vuelta. Pasen a la sala por favor y sírvanse una rebanada del postre que nos trajeron.
Se fue corriendo tras él mientras la risa de Ben rebotaba por las paredes.
Rose entró a la habitación y lo encontró ahí, todo avergonzado pero aun ataviado con la prenda.
Lo abrazó dulcemente tratando de calmarlo.
— Perdóname mi cielo… todo es mi culpa —admitió con pena—. Lo único que puedo decir en mi defensa es que te ves muy sexy.
Armitage la miró y notó esa expresión de ojitos de porg en ella que lo mató.
— Rose… —se detuvo y suspiró—, ¿ves que si te amo demasiado?
— Lo sé, Taggie… y enserio te lo compensaré —le pestañeó y mostró su sonrisa.
— Oh por supuesto que si preciosa, me lo vas a compensar e iré pensando en tu penitencia.
Rose asintió acercándose para quitarle los alfileres de la espalda a su pelirrojo y dispuesta a cumplir con ese castigo que sospechaba, iba a provocarle más gusto que sufrimiento.
Llegó el momento que todos esperábamos. Quiero decir que no soy nada buena haciendo este tipo de escenas y me costó DEMASIADO, pero hice lo mejor que pude y espero que les gustara como quedó. Existen muchas escritoras a las que les admiro esa capacidad de hacer lemons ricos en narración, sensuales, eróticos y sexys, espero algún día llegarles a los talones. Pido disculpas por adelantado ante cualquier incoherencia que encuentren en esa escena.
Fuera del trabajo que me costó, me alegra llegar a esta parte. La idea inicial era que durante la noche de bodas no iba a pasar nada, ni siquiera lo que pasó, pero pasa que estos dos decidieron llegar al altar enamorados y yo no contaba con eso, y para mi era algo pronto que sucediera, además de que, quería que pasaran mas tiempo juntos y se conocieran otro poco y bueno, ahora si fue inevitable e impostergable, pero soy muy feliz de que al fin ambos estén verdaderamente juntos y en todos los sentidos.
Entramos a la recta final. Si mis cálculos no me fallan, faltarán dos capítulos a menos que ellos decidan otra cosa xD
Gracias por leer.
