Rey se sentía dichosa. Se había guardado la emoción durante mucho tiempo sin poderle contar a su mejor amiga lo que había sucedido el día que ella y Ben salieron de la mansión Tico tras finalizar su boda debido que a su demandante trabajo no había permitido disponer de tiempo y a que ella quería contárselo en persona y no mediante una llamada telefónica, pues era un momento sumamente importante en su vida.
El instante incómodo con Armitage ya había pasado y mientras Rose se había encargado de ir por su avergonzado y enojado esposo, aprovechó que estaba a solas con Ben para hacerle prometer que no volvería a burlarse del pelirrojo. Cuando su ataque de risa terminó, aceptó los términos de su prometida.
Estaban sentados en la sala, frente a frente en pares. Ben le tomaba la mano fuerte, compartiendo su felicidad mientras narraba y aunque la alegría excesiva la embargaba, no podía pasar por alto lo que sus ojos veían y todo lo que emanaba de su mejor amiga y su esposo:
Armitage tenía posado el brazo sobre los hombros de Rose, abrazándola y ella estaba recargada en el pecho de él. Se daban miraditas de tanto en tanto y se sonreían. Rey pensó que eso sólo significaba que o seguían muy metidos en su papel o al fin los dos habrían aceptado sus sentimientos. Se inclinaba por lo segundo, pues no tenían la necesidad de fingir con Ben y ella.
Definitivamente tenía que ponerse al día con Rose y esperaba tener un momento a solas con ella para preguntarle. Ya inventaría algo. De mientras, decidió continuar su relato.
— Ben iba a ir a dejarme a casa, pero de pronto, tomó otro camino a la altura de la desviación hacia Jakku y dijo que quería llevarme a ver algo —volteó ella a ver a su prometido sonreír. Rose suspiró audiblemente.
— Esta señorita es demasiado intuitiva y tuve miedo de que sospechara algo o que yo fuera muy tonto para evidenciarme por los nervios y la sorpresa se viniera abajo, pero gracias a la fuerza que nada de eso pasó —intervino el abogado abrazando a Rey y depositando un beso en su frente.
Armitage lo estudió. El abogado lucía muy diferente a otras veces, y él sólo pudo atribuirle eso a que Rey estaba a su lado. Ben no se mostraba vulnerable casi nunca, excepto con ella. Podía notarse perfectamente que estaba loco por la castaña. El contador se preguntó si él lucía así por Rose ahora que ya habían aceptado su amor. Giró levemente la cabeza para ver a su esposa que estaba emocionada por escuchar el relato y la sensación que tuvo en el pecho fue indescriptible. Era como si quisiera pegarla a él y protegerla de todo y compartir todo con ella. Ya lo sabía, pero, a cada minuto comprobaba que estaba sumamente enamorado.
Y pensar que se había negado al amor, queriendo proteger su corazón.
— Fuimos al mirador de la Villa de Varykino y me hizo bajar del auto llevando el ramo en las manos. La vista era preciosa porque ya era noche y las estrellas se veían en el infinito. No sé fue… mágico.
— Mis abuelos se comprometieron ahí y en su momento lo hicieron mis padres, es como una tradición en mi familia.
— Me parece tan hermoso —intervino la de ojos rasgados—. ¿Y cómo fue? ¿Qué dijiste, Ben? —preguntó ensoñada. Armitage le miró el perfil, definitivamente Rose era una romántica, aunque al principio de todo lo ocultara muy bien.
— ¿Puedo decirlo? —le preguntó Rey bajito a su novio, y él asintió—. Dijo que… que ambos hubiéramos atrapado tanto el ramo como la liga era una señal de la fuerza y que él ya había sentido eso antes. Me dijo que ambos éramos como una diada y que quería estar siempre conmigo, se hincó y me preguntó si me quería casar con él.
Rose ahogó un gritito entre sus pequeñas manos.
— Rey me hizo el honor de aceptarme como su esposo y, por eso estamos aquí —dijo Ben con orgullo mostrando unos hoyuelos cerca de las comisuras de su boca debido a la sonrisa—. Hemos venido a contarles como amigos nuestros que son, pero también a pedirles dos cosas importantes.
Los prometidos se miraron y luego a Rose y Armitage.
— Me gustaría que fueras mi dama de honor Rosie —soltó Rey.
— ¡Oh! ¡Por supuesto! ¡Claro que si, Rey! ¡Nada me haría más feliz! —exclamó halagada conteniendo las lágrimas de emoción.
— Bueno, ahora es mi turno —comentó Ben bastante relajado—. He venido a pedirte que seas mi padrino —habló dirigiéndose al pelirrojo que reaccionó parpadeando por la sorpresa.
— ¿Qué?
— Fui tu padrino en tu boda —se encogió de hombros el corpulento joven—, hicimos buena dupla corriendo a Finn, creí que podría funcionar de nuevo, aunque esta vez no vayamos a correr a nadie… espero.
El pelirrojo soltó una risita ante el recuerdo de la golpiza que le puso al moreno y luego se recompuso con su mirada seria. Ben Solo y él habían mantenido una relación muy superficial cuando Hue vivía y se atrevía a admitir que llegó a odiarlo bastante por su forma de ser tan relajada y su humor negro que le ponía los nervios de punta. También porque su jefe y mentor le tenía aprecio. Armitage se dio cuenta que al igual que Rose había estado celoso de Ben y de lo que representaba para Hue Tico porque disputaba su afecto y aprobación paternal. No podía decir que eran los mejores amigos pero, sentía que las cosas habían cambiado aunque fuera solo un poco y que lo estuviera considerando para ese papel que él le despreció en su momento porque Rose fue la encargada de seleccionarlo como padrino, le hacía sentir bien. Armitage se tomó el tiempo para contestar, escogiendo muy bien sus palabras:
— Aceptaré, si olvidas lo que viste hace rato y si jamás en la vida lo mencionas.
Ben rompió a reír, aunque no estaba nada sorprendido de la astucia de Armitage. La mente del contador siempre iba un paso a delante, siempre tenía un plan o una estrategia, lo había visto muchas veces cuando acudía de Hue y los encontraba a ambos en calurosas juntas contables.
— Y aun así te atreves a negociar, qué valiente Hux —le felicitó bastante divertido—. Ese es el honor de un buen General. Bien, acepto la oferta —pronunció con una sonrisa torcida. Hux relajó el cuerpo al oír la respuesta.
— ¿Cuándo planean la boda? —preguntó ahora el contador pasando la mirada de Ben a Rey.
— En tres meses más. Quisiéramos antes, pero tengo varios eventos ya agendados, pero así tendré tiempo para planear todo.
— Rey yo sé que eres la experta en esto, pero si necesitas ayuda, en lo que sea con gusto te ayudaré —ofreció Rose entusiasmada y queriendo ayudar en esa enorme carga a su amiga. Después de todo, ella casi ni se había preocupado por su boda porque la organizadora lo resolvió todo.
— Ya veo… y, ¿de casualidad ya tienes tu vestido de novia? —inquirió el pelirrojo ganándose miradas de confusión de los tres.
— Aún no ¿por qué? —preguntó Rey extrañada de que fuera Armitage quién le estuviera preguntando por eso.
— Bueno es que, creo que conozco a la persona adecuada para hacer tu vestido
Rose volteó enseguida a verlo y el pánico se reflejó en los hermosos ojos negros por los cuales él recorrería galaxias enteras.
— Taggie ¿qué estás haciendo?
— Tú puedes preciosa… no lo propondría si no supiera que eres la mujer perfecta para esto —le tomó una palma y se la besó.
— Pero… yo… no tengo práctica más que mi vestido y no quisiera arruinar el momento de Rey… una cosa es que esté comenzando la colección y otra que le haga su vestido para ese momento tan especial…
— No lo vas a arruinar, no digas eso… —habló con ternura. Rose sintió que su corazón latía de prisa y que pese a lo nerviosa que la ponía, también tenía la capacidad de tranquilizarle con su voz y sus palabras—. Precisamente es eso ¿no? Que tengan un vestido especial para llevar en ese momento único y qué mejor que sea hecho por ti.
— Ella ni siquiera sabe que hago vestidos de novia, nadie lo sabe…
— Bueno, pues ya es tiempo de compartirlo ¿no crees? Además, cuando vean su vestido todos van a preguntar por la diseñadora y estoy seguro que muchas querrán un diseño tuyo.
Se habían metido en la plática como si sólo estuvieran ellos dos en la habitación, olvidando a los prometidos, pero eso no los incomodó o molestó. No había necesidad de esconder nada y menos lo enamorados que estaban.
Cuando la labor de convencimiento de Hux terminó y voltearon a ver a la otra pareja, les descubrieron sendas expresiones en donde congeniaban la felicidad, emoción y la diversión.
— ¿Quieres compartir algo conmigo Rose? —preguntó Rey removiéndose al filo del sillón, expectante.
Las mejillas de su mejor amiga se colorearon de un rojo intenso, pero su cara brillaba con una luz que no le había visto nunca.
— Rey, ¿te gustaría que te hiciera tu vestido de novia?
Rose le había contado a Rey de su verdadera pasión y las dos habían terminado yéndose al comedor al taller improvisado, donde en ese momento la diseñadora le enseñaba algunos bocetos que tenía y diferentes tipos de telas, ya lista para tomar nota de todo lo que Rey le dijera acerca de cómo visualizaba su vestido soñado.
— Rose ¿por qué no me lo habías dicho? Esto es precioso… —dijo Rey admirando los dibujos de su amiga y pasando la mirada sobre los detalles.
— No me sentía buena en esto… aún tengo dudas pero… Armitage… él me ha ayudado mucho con eso. Me ha dado muchos ánimos y ha hecho que crea en mi pese al miedo. Estoy dando el paso por mí, pero él tiene gran mérito en esto.
— Me parece maravilloso que haya logrado algo así. ¿Están juntos ya? Es decir, realmente juntos. ¿Sabe que lo amas?
— Ya lo sabe, ayer se enteró.
— Con razón el cambio. Me doy cuenta cómo te mira, él también te ama.
— Lo sé, me lo dijo y también lo veo y lo siento. ¡Ay Rey esto es irreal! pero te mentiría si no te dijera que es lo que quiero y que estoy muy feliz.
— Te lo dije, era cuestión de tiempo. Necesitaban conocerse mejor y dejar de lado esos prejuicios que se tuvieron todos estos años.
— Debo reconocer que tuve todas mis barreras en alto y no quería dejarlo pasar, pero fue… —Rose se recargó el brazo en el respaldo de una de las sillas y suspiró—. Él pudo sobrepasar eso y empezar a conocernos ha sido increíble. Aun chocamos pero, hay más cosas que nos unen… es… es hermoso todo esto —contó con elocuencia.
— Estoy muy feliz por ti, porque eres feliz con él, estás más confiada en ti misma y con tu profesión —Rey estiró los brazos y la abrazó—. Tienes que decirle a Paige también, va a estar muy contenta.
— Si, tengo que contarle eso y lo de Armitage y yo… y que, ya ocupé eso que me pusieron en la maleta ese día de la boda…
— ¡Ay por dios! —exclamó la castaña—. ¡Rose! ¿Cómo fue?
El rostro de la aludida se tiñó de rojo de inmediato.
— Fue la mejor noche de mi vida.
— Cuéntamelo TODO —pidió Rey ya sentándose en una de la sillas, lista para escuchar.
Armitage lavaba los trastes que habían ocupado los cuatro para degustar el postre que los recién prometidos les habían llevado mientras dejaban a Rey y a Rose explotar en emoción. Sus grititos podían escucharse desde el comedor y él no podía evitar sentirse alegre por eso. Ya se imaginaba lo que ambas estaban hablando y sintió como las orejas se le ponían algo rojas.
Ben estaba recargado en la encimera a unos metros de él con los brazos cruzados sobre el pecho, acompañándolo en silencio.
— Se ven contentos —soltó de la nada Solo cuando otra tanda de carcajadas por parte de sus parejas se atravesaron.
— Lo estamos —dijo Armitage deteniéndose de frotar los platitos de porcelana con un trapo para secarlos—. Tenías razón, al paso que vamos no habrá divorcio.
Esta vez fue turno de Ben para sorprenderse. Curvó sus cejas y se quedó viendo al pelirrojo.
— Vaya… enserio la amas —Afirmó Ben, y no era que se asombrara por ese hecho, porque él ya lo sospechaba de antes, más bien todo recaía en que se sentía el cambio en Armitage. Incluso se estaba abriendo con él, cosa que antes fue impensada. Para él, el contador nunca representó un peligro o una competencia en su ámbito laboral porque sus profesiones eran muy diferentes y se ocupaban de cosas totalmente opuestas para Hue, sin embargo, desde el día uno sintió su aire altivo y su arrogancia cuando llegaban a coincidir y como por supuesto no se iba a dejar atinó a hacer uso de su característico sello Solo: el humor sarcástico. Incordiarlo y llevarlo al límite de fue su deporte personal varias veces y la verdad era que le daba igual lo que el flacucho pelirrojo pensara de él y que lo odiara. Pero era claro también que sin pretenderlo su trato ya era diferente.
— A veces me pregunto si Hue planeó eso también —su compañero contador soltó una risa despreocupada. Ben alzó una ceja y se llevó una mano al mentón, como meditando las palabras de Hux. Luego agregó:
— No lo creo. Sabía perfecto que ustedes no se podían ni ver así que no tenía motivos para pensar lo contrario, aunque si creo que lo esperaba, como una ilusión de que tú y Rose, a los cuales adoraba, fueran felices. No sé, deseos personales muy extraños de Tico —se encogió de hombros.
— Si, tienes razón. Tampoco podía ser tan calculador y preciso hasta en eso.
— Pero sí lo era para muchas cosas —añadió el abogado sonriendo—. ¿Recuerdas el asunto de los casinos en Canto? —Armitage asintió ¿cómo iba a olvidarlo? Si Hue estuvo hablando con él por mucho tiempo sobre ese negocio y lo puso al frente de él—. Nadie creía que funcionaran sus negocios ahí porque ya había un montón más de competencia en ese lugar, y sin embargo le valió mucho lo que le dijeran. Fue visionario, los puso y le pegó… y se volvió más rico de lo que ya era —rio Ben recordando la cara de Pryde y Snoke cuando asistieron a la inauguración y todo fue un éxito total entre la gente rica de aquel pretencioso mundo de gente de "alta alcurnia"
— Lo que más admiraba de él era que ni teniendo todo el dinero que tenía cambió su forma de ser. Siempre fue muy sencillo.
— Bueno, para la mayoría de cosas si era así, pero acuérdate cuando se le metió la idea de comprarles una camada de fathiers a sus hijas para tenerlos de mascotas y armar carreras en el jardín.
— Ah si, lo recuerdo perfecto. Le hice saber mi negativa muchas veces, pero como era un asunto de sus hijas, poco podía hacer para convencerlo de que no comprara a esos enormes animales. Gracias a la fuerza que los permisos de protección animal no pasaron.
— Bueno, técnicamente si pasaron, pero yo lo evité. Jamás lo supo y jamás lo va a saber —confesó Ben sonriendo con tristeza.
El momento divertido se fue diluyendo hasta llenarse de una carga de melancolía en ambos.
— La verdad, lo extraño —admitió Armitage que sintió como si pasara el dedo sobre la cicatriz de aquel vacío que su -ahora suegro-, había dejado en su vida… uno casi equiparable al que sentía por su madre.
— Yo también lo extraño —coincidió Solo—. Más que un jefe, era un buen amigo para mí, pero sé que para ti era muy diferente. Se notaba de ambas partes. Él enserio te apreciaba como un hijo. Me atrevo a decir que esa fue su razón más fuerte para hacer lo de la cláusula.
— Y pensar que se cumplió lo que quería… —pensó en voz alta él. Hue lo había querido de hijo, y en eso se había convertido él por matrimonio. Ahora, admitía que le hubiera encantado que aquello sucediera bajo circunstancias normales y ante los ojos de Hue, aunque también sabía que de no haber sido así, quizás jamás en la vida hubiera sido capaz de dejar su recelo contra Rose y descubrir a la mujer que realmente era.
— ¿Y se cumplió lo que querías tú? —preguntó Ben, ya con el semblante serio, tratando de ir más allá, presionando al pelirrojo pero esta vez de forma diferente. Quería ver qué le contestaba.
— Más que eso. Ha rebasado todo lo que había pensado. Rose es todo lo que quiero y es todo lo que jamás pensé de ella —otorgó, sintiendo su amor aflorar por la chica como si tratara de un líquido cálido que le recorría el cuerpo y era impulsado por una mirada, una caricia o su simple mención.
— ¿Aunque te robe la ropa y sea desordenada?
— Incluso con eso… sí.
— Vaya, pues es oficial, te hemos perdido —dijo Ben bastante divertido, relajando los brazos y dándole una palmada en el hombro que hizo que el aludido se moviera un poco por la fuerza que el abogado ejerció.
— Más bien, ella me encontró.
Rey y Ben se marcharon al anochecer dejando al matrimonio felices por la noticia que les dieron y el buen momento que pasaron los cuatro sin que Armitage y Ben se envolvieran en dimes y diretes después del incidente donde encontraron a Hux con el vestido de novia que Rose confeccionaba.
La diseñadora sentía los ánimos renovados y como si una oleada de felicidad estuviera golpeando su puerto, ola tras ola de forma infinita.
Aquel sentimiento la movió para asaltar a Hux que estaba barriendo el comedor, tratando de levantar todos los hilos que Rose dejó esparcidos.
— Gracias —dijo Rose rodeando a su delgado esposo con sus brazos. La escena se le antojó hasta graciosa porque él le devolvía el abrazo aun sosteniendo la escoba con una mano—. Gracias por mencionar lo del vestido. Rey está muy contenta y yo también. Sé que mi confianza está en un estira y afloja pero estoy decidida. Gracias por ayudar.
Conmovido por su agradecimiento y su semblante radiante, se curvó hacia ella para besarla delicadamente.
— Sólo quiero que estés bien y que seas feliz —declaró.
— Pues lo soy, contigo.
— ¿Enserio? ¿No te arrepientes de que todo esto haya empezado de la forma en la que empezó?
— ¿Por qué dices eso? ¿qué pasa? ¿te estás arrepintiendo tú?
— No, jamás… —dijo, ahora separándose de ella para recargar la escoba en la mesa del comedor—. Es sólo que ahora que vinieron Rey y Ben y estuvieron hablando de su compromiso, vi tu cara mientras contaban cómo fue que él le propuso matrimonio y no pude evitar pensar en que la nuestra no fue la correcta y lo lamento. Me hubiera gustado que fuera algo especial para ti… para ambos en realidad.
— ¿Eso te aflige? —se puso de puntitas y posó su palma del lado que su esposo no tenía el golpe de Finn. Él se recargó en la caricia cerrando los ojos.
— Un poco si te soy sincero —soltó un suspiro abrumado—. Quizás es algo tonto pero, así me siento…
— Nada de lo que sientas es tonto mi amor —se apresuró a decirle porque no quería que pensara que no le importaba lo que le estaba diciendo. No quería que reprimiera sus sentimientos jamás, por insignificantes que le parecieran.
Ella despegó su mano del lugar que estaba ocupando. Se sostuvieron la mirada por unos segundos hasta que Rose rompió el momento retirándose la sortija de compromiso que yacía junto a su alianza matrimonial y lo depositó en la palma a su esposo.
— ¿Qué me dirías? —cuestionó, dando otra oportunidad para aquel suceso por el que habían pasado meses antes, sin estar enamorados.
Extrañamente se sintió nervioso ante la forma en la que su esposa actuaba. Le tomó por sorpresa su pregunta pero supo que podía componerlo. Después de escuchar la emoción de Rey ante la proposición del abogado, él había pensado en que quizás Rose hubiera gustado de algo elaborado para su propuesta de matrimonio, y entonces cayó en cuenta de que el lugar en donde se encontraban ya era perfecto: Su nuevo hogar, ellos dos a solas, juntos, verdaderamente juntos.
No necesitaban nada más.
— Rose, eres una mujer asombrosa que me hace ser mejor persona y saca lo mejor de mí. Me gustas, te quiero y te amo y quiero compartir mi vida contigo si me aceptas. Sería el hombre más feliz si me honraras siendo mi esposa. ¿Te casarías conmigo? —sostuvo el anillo mostrándoselo y esperando su respuesta, maravillado del sonrojo que se instaló en la cara de ella.
— No importa las veces que me lo preguntes, si quiero mi amor.
Él tomó su mano y deslizó el aro de oro. Le dio un suave beso y abrazó el pequeño cuerpo de su esposa lo más fuerte que pudo.
— Gracias por dejarme hacer esto propiamente, espero que haya sido mejor esta vez.
— Fue perfecto, Taggie.
Ahí, Armitage sintió que Rose era como una de las perlas que usaba en los vestidos y que ya estaba cosida a su alma.
Lentamente la meció entre sus brazos y comenzó a moverse como si bailaran una canción imaginaria.
— Ya me di cuenta que enserio te gusta esto de bailar —dijo Rose, echándose para atrás, buscando verle la cara. Él tenía los ojos cerrados y sus labios gruesos se curvaban relajados—. La verdad jamás hubiera imaginado qur tuvieras este gusto bastante oculto, pero tengo que admitir que me gusta —ella le siguió, moviéndose de un lado al otro en el mismo lugar. Empezó a reír cuando le dio una vuelta sobre su propio eje y la volvió a apretar contra él.
— Cuando era pequeño y por alguna razón estaba triste, mi madre ponía el viejo tocadiscos del abuelo y me sacaba a bailar. Me gustaba mucho tener eso con ella. Sin embargo, es un gusto que aprendí a esconder porque las veces que mi padre llegó a encontrarnos así la regañó hasta el cansancio. Creo que le molestaba que fuéramos felices… no sé… me quedó cierto temor por eso —terminó. Quería seguir contándole pero tampoco encontró apropiado manchar ese bello momento con lo que le aquejaba.
Rose le escuchó atenta y tranquila, aunque por dentro le preocupaba. Se daba cuenta perfecto que era un tema que provocaba mucho dolor en él. Quería saber, pero tampoco lo presionaría, sería paciente hasta que él quisiera contarle.
— Lamento que haya sido así, pero tienes que saber que no necesitas esconder nada de ti. No más. No conmigo. Sé que detrás de ese contador serio y ambicioso hay mucho más, así que, déjame seguirte conociendo por favor.
Ni bien le dijo eso. Rose se dio cuenta de la magnitud de las cosas.
¿A dónde había ido esa niña mimada que tanto despotricaba en contra de Armitage? ¿En dónde reposaba la anterior Rose con aire desfachatado y poca cautela en su proceder? Oh, ella lo sabía a la perfección. La pintura del muro se había descarapelado pedazo a pedazo en cuanto descubrió que había otras gamas de colores en Armitage. Colores vibrantes.
Aquel hombre lograba esa dualidad perfecta, haciendo que su propia voz se volviera suave para él en ocasiones y que otras, apenas nuevas, le arrancara suspiros cargados de deseo.
— Ni siquiera me lo tienes que pedir. Te veo y hay algo aquí adentro que es más fuerte que cualquier cosa que haya experimentado y no puedo parar.
— No lo hagas, no pares…
El tono que Rose usó tuvo un efecto inmediato como si de pólvora se tratase, encendiendo cada resquicio de su cuerpo.
Él la tomó en brazos y la sintió aferrarse primero a su cuello y luego a su boca.
Avanzó con ella que usaba sus piernas para rodearle la cadera.
La pegó a la pared del pasillo buscando apoyarla para poder disfrutar de sus suaves y sensuales piernas. Hux coló su mano bajo el vestido negro con estampado de lunares que ella se había puesto y acarició la piel de sus muslos.
La lengua de Rose que se había unido en una danza con la de él, retrocedió cuando dejó escapar un quejido de placer.
— Tu me debes algo —le recordó su esposo pelirrojo mientras besaba la parte de sus senos que se asomaba por el escote—. Y lo voy a cobrar hoy.
— Aceptaré la sentencia, ya he sido declarada culpable —aceptó mientras disfrutaba de la sensación de los carnosos labios de Armitage sobre esa zona que exploraba.
— Así me gusta —dijo retomando su boca. Como pudo avanzó otro poco y liberó una mano para girar el picaporte de la habitación de Rose.
La cama, que no había sido usada en algunos días los recibió pulcra y hecha.
— ¿Aquí? —preguntó Rose jadeante cuando cayó encima del colchón. Él, aun parado se la quedó viendo. Los labios de su esposa ya estaban a reventar de rojos por la fricción con los suyos.
— Digamos que, es la única vez que la vamos a utilizar porque mañana mismo me voy a encargar de devolver esto a tu antigua casa. Así que… hay que dale un buen uso.
— Me parece una buena idea.
— Lo es —se encargó de quitarse la playera negra que llevaba y Rose se estremeció ante la vista de sus torneados brazos.
Hux gateó a su encuentro le levantó la falda del vestido topándose con su pantaleta de encaje.
— Parece que alguien ya tenía planeado el desenlace de la noche —inquirió con tono melódico. Ella se mordió el labio y soltó un jadeo cuando sintió que se estaba deshaciendo de la prenda.
Armitage comenzó a besar sus muslos hasta que alzó los ojos y sonrió con aire triunfal.
El contacto llegó segundos después. Su lengua húmeda chocó contra los pliegues de Rose sacándole un lamento sonoro.
— A-Armit…
— Te dije que te iba a hacer pagar.
— Oh dios —susurró, cerrando con fuerza los ojos, convulsionándose en cada lengüetazo que sentía sobre el pequeño botón que él atendía. Sus manos, buscando donde aferrarse se enterraron contra la sábana.
Armitage se deleitó ahí abajo en la cavidad del adictivo sabor de ella. Totalmente loco por los sonidos que emanaban de su boca y las maldiciones que ya estaba propinando al aire.
Sin dejar el sitio, elevó una mano para colarla bajo el vestido y acariciarla sobre el sostén.
— ¿Quieres ayudarme un poco, mi amor? —le dijo alzando la cabeza de entre sus piernas. Rose asintió aún con los ojos cerrados—. Me encanta que seas tan complaciente —comentó él para regresar a lo suyo.
La jovencita despegó las manos de la sábana apenas, pues el ritmo que había comenzado a cambiar abajo, hacía que quisiera retorcerse. Como pudo jaló el vestido y se lo sacó encima.
Volvió a buscar un punto de apoyo y esta vez decidió alcanzar la cabellera llameante de Hux, enterrando sus uñas en los surcos de sus hebras, instándolo a continuar en su clítoris.
— Ya estamos en desventaja mi amor —le anunció, momento en que él paró para darse cuenta que Rose también se había quitado el brassier.
— Eres una diosa —le dijo, embelesado por todos los milímetros de su anatomía.
Llevó sus pálidas manos al botón de su pantalón desabrochándolo y comenzándolo a bajar. Rose se incorporó para acariciarle los brazos mientras se desvestía.
Cuando la mezclilla salió volando, Rose se encargó de bajarle la última prenda que la separaba de su virilidad y al develarla quedó a la altura perfecta para lo siguiente que quería probar.
Arrodillado, a merced de ella, llevó la cabeza hacia atrás cuando los labios de Rose se posaron sobre su longitud.
Movió su pelvis lentamente para llevar el ritmo con ella que lo tomaba del trasero y subía y bajaba sus manos de tanto en tanto hasta su espalda media.
Se atrevió a enderezar el cuello y enfocar su mirada hacia abajo. Se sostuvieron el contacto. Él boqueaba ahogándose en el delicioso pero agonizante deseo mientras ella se encendía aún más de verlo así.
El pelirrojo se echó para atrás, incapaz de llenarse solo de ella de esa forma. Se encorvó buscando su boca, haciéndola acomodarse nuevamente ahora para recibirlo.
— Esta vez no traigo preservativos en la cadera —comentó colando su lengua en la boca de Armitage, cerrando los ojos por la electricidad que sentía cada vez que él empujaba la suya y se rozaban despacio.
Él llevó su mano debajo de la almohada donde reposaba el cabello negro y sedoso de Rose y sacó el paquetito.
— Y decías que yo estaba tratando de provocar algo —rio Rose verdaderamente extasiada.
— No creerías que te me ibas a escapar. No ahora que ya soy tu esposo en toda la extensión de la palabra.
Rose no pudo evitar sentir que el corazón se le llenaba.
— Te amo… te amo demasiado y me encanta escucharte decir este tipo de cosas. Amo que seas mi esposo —le dijo quitándole el empaque del condón, mismo que se llevó a la boca para abrirlo por uno de los extremos.
— Te amo, mi preciosa Rose —le dijo, despegándose del cuerpo de su esposa para exponerse a ella.
Despacio Rose colocó la funda sobre la carne dura de la virilidad que él le ayudó a desenrollar lentamente.
Ya listo, con una mano se apoyó de la cama y la otra inició un viaje cauteloso del vientre de Rose hasta su seno derecho. Se agachó a morderle suavemente uno de los pezones y luego se colocó totalmente encima.
Rose lo tomó de la nuca reclamando su presencia sobre sus labios. Un beso dulce, llegó. Los labios rodantes entre los del otro transmitiendo en ese momento todo el amor, la dicha y el deseo que sentían.
Mientras lo besaba lo sintió colocarse en su entrada y comenzar a abrirse paso. Se despegó de su fuente incesante de besos nuevos y lo miró.
Todo su apuesto rostro era un poema sensual: su boca entre abierta exhalando su delicioso aliento, su cabello revuelto y su manzana de Adán subiendo y bajando cada vez que tragaba saliva mientras la penetraba.
El tope de la cavidad se presentó y entonces ella hizo la súplica indirecta:
— Te deseo.
Y él comenzó de todas las formas y velocidades habidas y por haber mientras volvía a hacer el recorrido que una noche anterior había hecho por sus rincones, dejando su firma en besos que quemaban, impregnándola de su olor.
Rose ya no podía pensar. Si su primera vez había querido poner en igualdades de condiciones el momento, esta vez no estaba cerca de poder, su mente estaba embotada en el placer que sentía.
— Te amo, Rose… te amo —susurró él en su lóbulo, lamiéndolo dulce.
Escucharlo pronunciar de esa forma su nombre lograba excitarla aún más. Usó sus piernas para pedirle que profundizara las estocadas con las que la tenía sometida y hundió sus uñas en su espalda suave sintiendo cómo sus omóplatos sobresalían.
Esta vez él tomó las riendas de la situación y Rose se dejó hacer cambiado de posición al gusto de Armitage que la penetró de lado y por detrás, pasando sus dedos sobre sus pechos apretándolos y susurrándole todos sus bajos deseos al oído.
Los gemidos rasgaban las gargantas y el cuarto, como música que salía del roce de un arpa.
El pelirrojo pensó que Rose si se había tomado muy enserio su papel y penitencia porque le había cedido el control y él no podía estar más agradecido por ello.
Le besó absolutamente todos los lunares que se topaba por los cuadrantes que recorría, descubriendo que amaba todos y cada uno de ellos. Agradeciendo su suerte y el favor de lo que sea que hubiera hecho que Rose hubiera perdido la cabeza por él.
Apenas era su segunda vez, pero se sentía como si hubieran tenido más, pues las emociones burbujeaban con más fuerza que nunca, con la claridad y la complicidad que solo dos amantes plenamente entregados podían darse.
Su sonrisa de satisfacción ya era permanente pues estaba conociendo lo que le hacía temblar o gritar, donde le gustaba que le besara y donde acariciar con delicadeza o rudeza.
Era un acto brillante y maniáticamente sensual darse cuenta de la forma en la que a ambos les gustaba hacerse el amor y cómo juntos se podían perder y encontrar en sus brazos de un momento a otro.
Se empujó a ella mientras sentía sus delicadas manos atreverse a tocar zonas que una noche antes no exploró.
Rose no sabía cómo explicarlo, pero una conexión misteriosa se había abierto entre ellos. Estaba concentrada en el placer que él le provocaba pero también notaba el efecto que tenía sobre él, erizándole donde iba tocando, dilatando sus pupilas por la excitación… obteniendo la repetición de su nombre en esa engrosada voz en respuesta a sus jadeos.
Aquel acto, más que la culminación de sus deseos, era la máxima expresión de lo que sentían por el otro, que las palabras ya no podían comunicar, pero que ese nuevo lenguaje que estaban definiendo si lo llenaba.
Mientras aguantaba mordiéndose el labio, concentrando ahí la poca cordura que le quedaba un gemido diferente se le escapó de la boca a Armitage y ella se dio cuenta de lo que precedía.
— No pares… no pares —rogó sintiendo que estaba por saltar del precipicio de la gloria.
Él obedeció, buscó su mano enlazándole los dedos como lo hizo mientras culminaban su primera vez, y se enfocó, dándole lo último que tenía lo más rápido que pudo.
Cuando la explosión le nubló el juicio, sus labios gritaron el nombre de su esposa que se aferró a su pecho terminando al mismo tiempo que él.
Rose se giró, rodeó la cintura de Armitage con un brazo y descansó su cabeza sobre los pectorales de su esposo.
— No quiero dormir jamás separada de ti —le confesó, ya cerrando sus ojos, comenzando a sentir que el cansancio la tomaba.
— Ni yo…
Lo último que sintió ella fue la sonrisa de su adorado pelirrojo sobre su coronilla.
Finn había meditado todo desde que Rose lo visitó en casa de Poe. Lamentaba decir que tenía sentido y que sus jefes eran todas unas fichitas.
Como ella le había dicho, Snoke y Pryde sólo lo habían usado, aprovechando que era bastante visceral y dramático con sus reacciones. No se enorgullecía, pero tenía que admitirlo.
El joven ya no sabía que le dolía más: Que hubiera sido un títere en aquel juego macabro, que lo convencieron de participar vendiéndole el papel del "héroe" o que le quedaba claro que había perdido cualquier posibilidad de recuperar a Rose porque ya estaba más que enamorada de su engreído esposo.
Tamborileaba los dedos sobre el escritorio, y alternaba la mirada entre la pantalla y la puerta de la oficina de Snoke. Las instalaciones estaban vacías. Se había asegurado de volver entrada la madrugada para poder hurgar las carpetas de la computadora personal de su jefe en busca de sus asuntos incriminatorios.
La pantalla iluminó su rostro salpicándole una luz azul y la casilla de la contraseña apareció de inmediato.
El sudor perlaba su frente, pues sabía que estaba corriendo un gran riesgo al estar ahí entre la penumbra tratando de profanar información.
Después de que Rose le convenció de unirse a esa locura donde le prometían salir ileso, telefoneó a Ben Solo, el serio y ávido "abogángster" como él le gustaba llamar, pues aquel corpulento hombre tenía unos métodos nada convencionales en cuanto a las leyes. Él le explicó con detalle el plan.
Para su sorpresa, Beaumont, el ingeniero en sistemas de la oficina de Snoke y quién resultó ser el espía de Ben, se contactó con él antes de que llegara al lugar, para otorgarle la clave de la computadora del desfigurado viejo, la cual se grabó de inmediato.
Tragó saliva y movió la mano sobre el teclado. Las yemas de sus dedos temblorosos pulsaron las letras, una a una:
orden66
Pulsó el enter.
El cursor que indicaba que el sistema estaba cargando comenzó a girar hasta que el escritorio se materializó. Nervioso, conectó el cable del puerto de la laptop a su teléfono y comenzó a meterse a las carpetas de documentos. Ben le había dado indicaciones específicas de lo que necesitaba y se decantó por encontrar algo de esa índole, aunque tampoco estaba muy seguro de conseguir eso tan puntual. Dudaba que Snoke le diera nombres a sus archivos que evidenciaran sus malas y bajas prácticas y tampoco quería quedarse ahí metido toda la noche.
Estaba explorando un listado de archivos cuando una llamada entró a su teléfono, haciendo que casi le diera un infarto. Era el abogado.
— Estás tardando. ¿Qué tanto haces? —le cuestionó con su voz gruesa.
— No tengo tiempo de revisar, pero Beaumont me dijo que él suele usar demasiado esta carpeta de archivos que te estoy mandando en este momento —anunció viendo en la pantalla del teléfono el traspaso.
— Lo estoy recibiendo —le dijo Ben—. ¿Alguien te vio entrar o te siguió?
— No. De verdad tuve mucha cautela y me fijé. Además, dudo mucho que esos dos vejestorios vengan aquí en un martes cualquiera a la una de la mañana y si fuera así tendría muy mala suerte.
— Bien. Termina entonces. Kin se va a encargar de borrar tu presencia de las cámaras por si se les ocurre revisarlas. No debemos dejar ni un rastro así que te sugiero no tocar nada que puedas mover y te evidencie.
— De acuerdo. Ya va en ochenta por ciento. Ya casi.
Se quedó en silencio, viendo avanzar la barra de carga en la ventana emergente y dio un gran bostezo.
— Ni se te ocurra quedarte dormido, Storm —le reprendió Ben del otro lado de la línea.
— Por supuesto que no, es sólo que, esta silla en verdad es cómoda. Siempre he querida una de este tipo para mi, además siento que da poder —comentó recargando su espalda y pasando los brazos detrás de la cabeza en una pose muy relajada—. Si, definitivamente necesito una de estas sillas para mi oficina. Lástima que ya no vaya a ser posible meterla en la requisición de equipo y materiales del próximo mes.
— Noventa por ciento —anunció el abogado.
— Si, si ya vi. Estoy listo para salir de aquí.
— Espera mis instrucciones.
— Si, si, tú eres el líder supremo ya lo sé.
La transferencia de información se completó de forma rápida y Finn agradeció a la fuerza que Beaumont se hubiera encargado de conseguirles el internet más veloz y más caro del espacio.
Finn que aún estaba relajado en la silla de cuero de su jefe, se sobresaltó cuando el ruido de una de las puertas de la oficina se escuchó a lo lejos.
Atinó a jalar el cable USB que había estado utilizando, y bajó la pantalla de la laptop sin poder ya apagar debidamente el equipo. Una puerta más se escuchó ahora más cerca. Quien quiera que fuera, se estaba dirigiendo hacia ahí.
— Hay alguien Solo —dijo quitando el alta voz y susurrando contra el teléfono.
— Escóndete ahora y pon el teléfono en silencio. Voy a colgarte. Esperaré tu llamada en cuanto salgas de ahí y si te descubren Storm te prometo que vas a tener mi protección.
— Maldición, Solo, dijiste que no había muchas probabilidades de que esto pasara.
— Son matemáticas Finn, siempre hay un margen de error. Espero que no se trate de eso esta vez.
El abogado colgó la llamada. Entre la oscuridad Finn tuvo que pensar rápido entre esconderse en el baño, bajo el escritorio o en el armario.
Hacía días que Enric tenía un extraño presentimiento que le estaba quitando el sueño y provocaba que las ojeras, producto de tantos años de trabajo, se estuvieran haciendo más notorias día con día.
Encima estaba irritado porque pretendía trabajar desde su casa para ver si así el sueño llegaba a él cuando se dio cuenta de que había olvidado la carpeta de archivos que necesitaba, sobre su escritorio. Aquel papeleo era de suma importancia, por no decir algo incriminatorio. Por eso, no quiso correr riesgos, y nervioso e irritado, se trasladó a su lugar de trabajo.
Todo estaba en un silencio casi absoluto ahí, de no ser porque las cámaras de seguridad emitían cierto sonidito al girar en su propio eje para alcanzar varios ángulos y captar todo movimiento. Alguna vez había considerado eso excesivo, pero ahora que estaban en un juego sucio, debía admitir que la idea de Snoke de colocarlas había sentado de perlas.
Caminó por el pasillo que llevaba a su oficina y pasó frente a la puerta de la de Snoke. Se detuvo y la miró en silencio, meditando. Algo en su interior le dijo que sería una buena idea echar un vistazo dentro.
Abrió la puerta de la oficina y encendió enseguida la luz. Escaneó con su mirada azul el lugar que no parecía tener algo fuera de lo común.
Estaba ya dándose la vuelta para salir cuando por el rabillo del ojo captó una luz que parpadeaba al costado de la laptop de Snoke, indicando que esta no estaba apagada.
Pryde ladeó la cabeza y se acercó al escritorio. ¿Snoke la había dejado así?
Elevó entonces la pantalla, pero aquel aparato le pedía una contraseña que no poseía por más socios que él y su desfigurado amigo fueran.
Se giró estudiando ya todo y tratando de recordar si había visto los objetos del escritorio en otra posición que delatara la presencia de alguien en el sitio.
Sus sentidos se dispararon al igual que la adrenalina, aunque no tenía miedo. Más bien, se estaba relamiendo por descubrir lo que estaba pasando.
Desconfiado fue al armario el cual abrió intempestivamente encontrándose sólo con sacos colgados.
Volteó ahora a clavar la vista a la puerta cerrada del baño y se tomó un momento para pensar. Se sentía demente y perseguido, y eso le dictaba que revisara ahí también. Aunque fueran disparates, no se iba a quedar con la duda.
Alargó la mano ya acercándose y alcanzó el picaporte. Estaba por girarlo cuando la luz del edificio se cortó dejándolo a oscuras.
— ¡Maldición! —exclamó furioso.
Olvidó por completo lo que estaba haciendo. Sacó el teléfono y encendió la lamparita del flash para ir hacia su oficina por los documentos que buscaba. Para él sería inútil ponerse a revisar y encontrar el problema con la luz.
Reportaría el suceso temprano para que algún empleado de mantenimiento fuera a ver y le recomendaría a Snoke que no dejara su computadora encendida por si las dudas. Finn Storm podía ser su empleado pero a Pryde aún le hacía dudar un poco esa confianza ciega que Snoke le tenía.
Finn soltó al fin el aire y se atrevió a respirar. Había estado a punto de ser descubierto de no ser por el apagón, que sospechaba, había sido provocado para salvarle el pellejo.
Lentamente y haciendo el menor ruido, deslizó la ventana del baño, que era, para su fortuna, más grande de lo normal. Se trepó a la taza de baño para darse impulso y subió al quicio.
— ¡Maldita sea Finn, ese tipo va a vernos! —reclamó Poe cuando vio que su amigo se asomaba hacia afuera.
— Cállate y ayúdame a salir antes de que venga —le reprendió con los dientes apretados, tratando de modular las ganas de gritarle.
— De nada por salvarte el pellejo cortando la luz eh —soltó recriminándole.
— Sabía que habías sido tú.
— Pues sí, ¿Quién más? Vi que entró hace varios minutos y cuando me di cuenta que no salías pensé lo peor. Esperaba darte algo de tiempo con eso.
— Sirvió. Gracias. Y ya, dame una mano —luego te hago las reverencias que quieras.
Poe asintió y lo ayudó a salir.
Una vez abajo, Dameron y Storm corrieron unas cuadras de distancia donde estaba estacionado el auto del dueño del club de playa.
— De verdad que no sé por qué me presto a estas cosas. Creí que tenía el dinero suficiente como para no meterme en problemas y tener una vida tranquila pero desde que regresaste no hemos parado por líos Finn y este es uno muy grande, no sé por qué acepté a hacer esto contigo…
— Dameron, cierra la boca y arranca, AHORA —ordenó Finn, mirando sobre su hombro.
— Dime que pudiste conseguir algo y que todo esto no va a ser en vano Finneas.
— No me digas así —le advirtió volteándose furioso—. Y si, Solo recibió los archivos, ahora recemos porque eso sirva y no se den cuenta que dejé la computadora encendida.
— ¿Es enserio? —soltó Poe al tiempo en que le pisaba al acelerador.
— Solo me tiempo de bajar la pantalla, pero mañana inventaré algo o le diré a Beaumont, no sé… pero ya está, ahora el abogado hará su trabajo y que sea lo que la jodida fuerza quiera.
Poe tomó aire.
— Tengo un mal presentimiento sobre esto —declaró.
Snoke entró como todos los días a su oficina. Dejó su portafolios sobre el escritorio y tomó asiento en su cómoda silla de cuero negro mientras mentalmente repasaba todo lo que tenía que hacer y los movimientos que le ordenaría a Finn en las cuentas bancarias.
Le molestaba en demasía que el asunto estuviera tomando un ritmo angustiosa y desesperadamente lento. Él sabía esperar, pero no veía el momento para borrarles la jodida sonrisa de satisfacción a Ben Solo y a Armitage Hux y por supuesto, dejar en la ruina a las jovencitas Tico, y de paso, obtener esa parte del dinero que su envidioso amigo Hue jamás le dio por los aportes en ideas que le hizo de jóvenes.
Snoke estaba convencido que de no ser porque unieron su intelecto y Hue lo aprovechó, no se hubiera vuelto tan malditamente rico. Habían sido sus ideas de negocio y jamás le dio el crédito.
La pantalla de la computadora le recibió y tecleó su acostumbrada contraseña sacada de un viejo libro en donde el villano -al cual sobraba decir que admiraba-, había logrado jugar en dos bandos al mismo tiempo para después ejecutar la orden 66 contra los que los Jedis a los cuales había utilizado con habilidad.
Cuando lo que el monitor le mostraba cambió, su sorpresa fue mayúscula: Una ventana emergente flotaba frente a sus ojos mostrando la carpeta de sus documentos.
— ¿Qué demonios?
— Snoke —le llamó Pryde entrando a su oficina—, oye, vine anoche a la oficina para…
— Espera —le paró con un dedo—, ¿tu hiciste esto? —preguntó señalándole el escritorio virtual—. ¿Tú entraste a mi computadora?
— Ni si quiera tengo tu contraseña. Justo iba a decirte que entré y vi la luz parpadear, la dejaste encendida.
— Jamás dejo la computadora encendida, no soy idiota —dijo casi ofendido por lo que él le comentaba.
— ¿No habrá sido un descuido?
— Enric —pronunció su nombre y le dedicó una mirada furiosa. Fue que Pryde cayó en cuenta.
— Maldición. Ahora tiene sentido. Mientras estuve aquí cortaron la luz, imagino que así escaparon. La pregunta es quién lo hizo.
— Tengo un par de candidatos en mente, así que hay que revisar las cámaras, seguro que está el registro de cuando entraron, antes del apagón.
El viejo empresario no llegaría a compartir sus sospechas con su cómplice. Ventress, su sagaz asistente entró a la oficina con la cara desencajada y aquella reacción no era muy propia de verle.
— Jefe, lamento interrumpirlo, pero lo buscan… —anunció, pasando la mirada de uno a otro—, bueno, en realidad a los dos los buscan…
— ¿Quién? —preguntó Enric adoptando una pose de superioridad.
— La policía.
Snoke y Pryde se miraron.
— Parece que muy pronto descubriremos al infiltrado de anoche —soltó el desfigurado hombre con sarcasmo.
Snoke sabía que las noticias habían volado en cuestión de horas en aquella ciudad. Para esa hora Ben Solo se estaría regocijando por su aparente victoria sobre ellos, al igual que el pelirrojo y la insufrible Rose Tico.
Su abogado Chriss Trawn le había hecho una visita ni bien él le llamó para explicarle que la policía lo había sacado a él y a Pryde de su oficina con una orden de aprensión por el delito de enriquecimiento ilícito y lavado de dinero. Por cómo se veía la cosa no parecía que tuvieran las de ganar, pero, el abogado le prometió hacer todo por sacarlos bajo fianza o pelear una sentencia justa, aunque eso requería tiempo.
Los habían separado a él y a Enric poniéndolos en diferentes alas. Aunque agradecía tener una celda exclusiva, porque no estaba dispuesto a convivir con la podredumbre de esa espantosa y asquerosa prisión.
— Cornellius Snoke, tienes visita —le anunció el guardia abriendo la reja y dejándolo pasar.
Se preguntó si se trataba de su abogado aunque no lo creía posible. Apenas lo había visitado horas antes.
Lo llevaron a los cubículos de visita donde se disponía de una separación de un grueso vidrio entre el visitante y el detenido.
Casi larga una carcajada cuando se encontró al hombre del otro lado. Snoke tomó asiento en el incómodo banco que le ofrecían y ambos descolgaron el teléfono para poder escucharse con claridad.
— Vaya, vaya, qué agradable visita Armitage Hux… así que todo fue plan tuyo. Te felicito.
— No en realidad. Esta vez no puedo llevarme todo el crédito —dijo en falsa modestia observando al tipo. La rabia bullía dentro de él al recordar que ese vejete se decía amigo de Hue.
— Crees que ganaste ¿no?
— Bueno, es claro que yo no voy a estar detrás de las rejas durante años por cometer actos ilícitos.
— Claro, claro. Hue te entrenó muy bien y tu fungiste como el perfecto perrito faldero que representabas para él —soltó en tono burlón mientras se sostenía la mandíbula apoyando el brazo sobre la mesita que era parte del cubículo—. El desgarbado don nadie, pobretón y sin futuro pelirrojo. El chico que quería un lugar en una familia adinerada porque despreciaba a la suya pues estaba rodeada de la porquería. Claro que puedes estar contento, ahora que lo has obtenido todo. Dime ¿qué se siente estar viviendo ese sueño ahora que Rose y tu están tan enamorados? ¿Crees que su estúpido amor pueda superarlo todo? Porque yo tengo mis dudas.
Hux sabía que le estaba provocando y no quiso darle el gusto, así que hizo acopio de su mejor sonrisa irónica.
— No sé a qué demonios te refieres y no me interesa. Pronto tú y Pryde se van a refundir en este lugar, maldito par de Rathtars.
— Oh… dudo que no te importe porque podremos estar aquí y podrán sentenciarme, pero no te vas a escapar porque he dejado tu secreto mejor guardado para el último acto.
— Ay Snoke, es evidente que estar encerrado te hace decir disparates.
— Has querido borrar tu pasado pelirrojo, pero jamás has podido desprenderte en tu totalidad de él… —dijo con el tono cargado de veneno. Una extraña sensación corrió por la espina dorsal de Hux y rezó internamente porque no se tratara de lo que estaba pensando. Nadie podía saberlo, no había manera. Entonces Snoke pegó su horrible y desfigurado rostro al aparador que los separaba.
— ¿Qué diría Rose cuando se entere que todos estos años le mentiste a su padre?
Tiró la colilla de cigarro sobre el pavimento y la apagó con el zapato. Sus ojos siguieron el trayecto de la bella jovencita de cabello negro y baja estatura del supermercado a su audi. Sonrió bastante complacido. Las fotos en las revistas de chismes no le hacían justicia a lo hermosa que Rose Tico era en persona y a decir verdad, por primera vez en toda su vida, sintió que el inútil de su hijo había hecho una buena elección.
Los Tico eran gente de dinero por lo que llegó a investigar y eso le convenía.
— Ya va siendo tiempo de una bonita reunión familiar —susurró Brendol Hux sin quitarle la mirada a su nuera.
Gracias infinitas a las chicas que leen este fin que ya se volvió cada vez mas largo, pero ya casi. Estamos a nada del desenlace.
Abrazos fuertes!
*huye*
