Disclaimer: Los derechos de autor de la presente obra, le pertenecen a Lora Leigh. Yo solo adapto a los personajes de Crepúsculo de Stephanie Meyer, con fines exclusivamente lúdicos o de entretenimiento.
Capítulo 9
—… Solo estoy cansada, papá. Salí anoche a cenar con un amigo y tengo todo el trabajo atrasado. Pienso que sería mejor si los chicos y tú vinierais después de que hubiera pasado toda esta lluvia.
Sabes cómo dejan mi cocina cuando fuera está mojado...
Edward escuchó cómo Bella hacía bailar a su padre al son de una canción que ni siquiera él se habría creído.
Su pequeña, sexy y sensual compañera estaba dando excusas a su padre que ni siquiera él, que no tenía experiencia con padres, habría intentado nunca.
¿Qué le hacía a ella pensar que esa voz dulce y delicada engañaba a alguien?
«¡Estás loca!», articuló él lentamente con la boca, y la ignoró cuando ella le despidió con un gracioso movimiento de su mano.
Después de dos días de sexo que deberían haberlo matado, en posiciones que no había intentado en toda su vida sexual, era incluso propenso a ser bastante parcial a su favor. Pero el tono dulce, inocente y recubierto de miel hizo que pusiera los ojos en blanco antes de que ella le mirara ferozmente con el ceño fruncido.
«¿Qué?», articuló ella con la boca, dirigiéndole una irritada mirada antes de volver su atención a la llamada que había hecho a su familia.
Considerando el hecho de que sus hermanos pertenecían a las Fuerzas Especiales, dudaba que su padre fuera tonto. Pero aquí estaba su independiente y batalladora compañera, reclinada des nuda en su cama, cubierta nada más que con una sábana, tejiendo una excusa que hacía que él se estremeciera dolorosamente.
Su pelo sedoso estaba enredado alrededor de su cara sonrojada, sus ojos color chocolate brillaban con irritación y ella tenía el valor de sentarse allí e intentar dar largas a su padre de esa forma.
«Ella estaba cansada. No le gustaba cocinar. Sus hermanos montaban líos...»
Dale un respiro. Demonios, que le diera a él fuerza, porque tenía el presentimiento de que toda la furia de un padre y sus hijos llegaría al umbral de ella, contaminando la cuidadosa trampa que Emmett tenía ahí para atrapar al Domador.
—Sí, papá, sé lo molestos que se ponen cuando tienen que esperar para hacer las cosas, pero mi patio parece ahora mismo un pantano, y no podrían hacer nada aunque quisieran. Solo quieren una comida gratis y yo estoy ocupada.
Ella estaba haciendo pucheros. Haciendo pucheros en serio.
¿Qué pasaba con la independiente mujer de «hazlo a mi manera o de ninguna» que conocía? Meneó la cabeza y se pasó los dedos por el pelo mientras intentaba pensar en formas de arreglar esto antes de que su familia se volviera un dolor de cabeza.
No paraba de ninguna forma. Se pasó la mano por la garganta, mirándola con el ceño fruncido a modo de advertencia. Sin efecto. Todo lo que consiguió fue una mirada feroz.
Esa mirada feroz endureció efectivamente su pene. Todo lo que ella tenía que hacer era pensar en oponérsele y esa carne obstinada se alzaba a la rígida vida. Maldición. Ella estaba desgastándolo.
Pero qué forma de irse.
Él habría sonreído ante el pensamiento si ella no hubiera elegido ese momento para decir papito, en ese tono suave e inocente, que iba a trabajar toda la tarde.
Fue suficiente para hacerle gruñir silenciosamente.
—Sí, papá, prometo que seré cuidadosa y cerraré las puertas y ventanas por la noche. —Esa promesa fue hecha en un tono casi automático—. Te lo prometo, los únicos animales salvajes que permitiré entrar serán de la variedad de cuatro patas. Y no es que haya visto ninguno últimamente. —Ella sonrió descaradamente ante sus palabras mientras le hacía un guiño a Edward.
«¡Mujer loca!», gruñó él silenciosamente, articulando las palabras mientras ella hacía girar los ojos en las órbitas. ¿Quién pen saba ella que se creía esto?
—Este no es día de hornear pan —bostezó ella después de que el sonido apagado de la voz de su padre dejara de hablar—. Además, estoy ocupada. Puede esperar un día o dos. —Se acurrucó más profundamente en las almohadas, frunciendo el ceño mientras él la miraba con fascinación casi mórbida.
Ella estaba realmente convencida de que estaba teniendo éxito. Podía verlo en su rostro. En el tono de voz de su padre él oía otra historia. No es que pudiera oír las palabras, solo el tono de alerta, la agudeza casi militar.
Iba a conseguir que le mataran. Su entrenamiento era excelente, pero tres Fuerzas Especiales del calibre de los que habían ayudado a liberar a las Castas de los Domadores del Consejo y los soldados no serían de ninguna manera fáciles de derrotar. Especialmente considerando que no podía exactamente matar a la familia de su compañera.
—Sí, papá, prometo descansar y te llamaré mañana — respondió en un tono calmante que era tan repugnantemente dulce que le hizo preguntarse si no se le iba a revolver la cena.
Tomó nota mentalmente para no ser engañado nunca por ese tono de voz.
Cuando ella colgó finalmente el teléfono, él la fulminó con una mirada severa.
—Espero que no estés convencida de que te saliste con la tuya
—gruñó él furiosamente—. Ahora tendremos a tu familia haciendo trizas el vecindario en tu búsqueda.
—No seas tonto. —Ella se rio ante su predicción—. Vendrán aquí primero. No creo que confíen completamente en ti. Algo relacionado con no ser capaces de encontrar suficiente información sobre tus antecedentes.
—Ella meneó provocativamente sus cejas sutilmente arquea das—. ¿Has sido un chico malo, Edward? ¿Ocultando los informes y cosas así?
Ella se contoneó bajo la sábana, apoyando las manos en el colchón mientras se inclinaba más cerca de él, en sus ojos danzaban luces brillantes de diversión mientras le lanzaba una sonrisita sugestiva.
—¿Debería zurrarte ahora por ser malo?
Sus cejas se juntaron en un ceño. Estaba ignorando el dolor en su pene. Necesitaba comida y una ducha o iba a sufrir un colapso por agotamiento.
—A ti te zurraré más tarde. —Él la apuntó con el dedo con un énfasis decidido—. Alguien necesita enseñarte que no se deben jugar juegos tan obvios con hombres que te conocen demasiado bien.
—Sí. Bueno. —Ella tenía el descaro de reírse de él—. No le mentí. Puede detectar mis mentiras. Todo lo que le dije era ver dad...
—De un modo tortuoso —gruñó él.
—¿Cómo piensas que logré salir de su casa? —Ella se dejó caer contra la almohada, y la almohada se apartó de sus senos y de sus pezones duros y tentadores—. Pero puedes castigarme ahora si quieres.
Ella estaba confiando demasiado en su habilidad de volverle completamente loco.
Finalmente solo lanzó las manos al aire mientras se levantaba de la cama y caminaba con andares majestuosos hacia la puerta del baño. Si iba a tener que luchar con sus hermanos, no quería oler a sexo cuando eso sucediera.
—Voy a tomar una ducha —espetó él—. Tengo la sensación de que querré estar preparado para la visita de tu familia que tendré que soportar. Y eres una alborotadora, Bella. Esto se volverá contra ti y te golpeará en el trasero uno de estos días.
—¿En serio? —El interés brilló en su mirada llena de risa— Apuesto a que hace que me moje.
Él resopló.
—No tengo ninguna duda, pequeña maliciosa.
Y antes de que su cuerpo pudiera anular a su mente, se forzó a entrar en el cuarto de baño y cerrar la puerta detrás de él antes de que, en cambio, se uniera de nuevo a ella en la cama.
Mientras entraba bajo el agua tan caliente que echaba vapor tomó nota mentalmente de ponerse en contacto con Emmett y avisarle que esperara problemas. Tenía el mal presentimiento de que había muchos en marcha.
Bella se rio mientras la puerta del baño se cerraba detrás de Edward y dejó que la calidez que le provocaba el embromarle llenara su corazón. Adoraba la expresión de su cara. Por una vez, las sombras que normalmente habitaban allí habían desaparecido. En su lugar podía haber irritación o incredulidad, pero también había visto la felicidad.
Ella le hacía feliz.
Suspiró ante el pensamiento, con una extraña satisfacción que la llenaba. El hacerle feliz no debería hacerla sentir como si es tuviera brillando desde dentro hacia fuera, pero lo hacía.
Y le hacía querer cocinar. Algo realmente increíble. Algo que haría que ese poquito de felicidad confusa llenara sus ojos de nuevo.
Ella tenía comida. Finalmente. Le había costado horas la noche pasada el convencerle de que alguien le trajera los productos básicos de cocina junto con algo de carne real, en vez de esas cosas que cocinaba en el microondas todos los días.
¡Puaj! Esas cosas repugnantes.
Ella sacudió la cabeza, se levantó de la cama y agarró el camisón y la bata mientras ignoraba el dolor entre sus muslos. Eso y el latido del deseo. Tenía la sensación de que, Calor de Aparea miento o no, se podía olvidar de que su respuesta ante él se atenuara alguna vez. La había hecho mojarse la primera vez que puso los ojos en él, y tenía la sensación de que se mojaría por él en su lecho de muerte.
Ella dejó el dormitorio, bajó suavemente las escaleras hasta el amplio vestíbulo y entró en la cocina.
Se detuvo bruscamente, sus ojos se dilataron y el terror fluyó por todo su sistema mientras sus rodillas se debilitaban.
—Bueno, parece que Edward tomó una pequeña compañera —se mofó el intruso, su pistola apuntada al corazón de ella—. Apuesto a que el Consejo se divertirá mucho con esto. Después de que eliminemos a su León, por supuesto.
El único Felino bueno es el Felino muerto.
Bella se giró para correr solo para golpearse contra un cuerpo duro que le bloqueaba el camino. El contacto envió un dolor punzante a todas sus terminaciones nerviosas, haciendo que jadeara por la conmoción mientras se apartaba del intruso.
¿Y ahora qué? Respirando agitadamente, luchó por controlar su miedo con los ojos dilatados, cuando unas manos duras la em pujaron a una silla de cocina.
—Os matará. —Ella apretó los dedos a los costados tratando de pensar, de encontrar una forma de escapar, de avisar a Edward.
—Puede intentarlo. Fallará. Hemos tenido mucho cuidado esta vez.
Ni siquiera será capaz de olernos. —Diabólico, malicioso. El más alto de los dos hombres la miraba con curiosidad mientras sostenía el arma sobre ella
—. Así que dime, ¿cómo es joder con un animal? Bella tragó saliva fuertemente.
—Pregunta a tu mujer.
Él gruñó ante eso, sonriendo burlonamente.
—No importa. —Se encogió de hombros—. Los científicos tendrán la respuesta.
Tenía que avisar a Edward.
Su mirada se dirigió a la entrada de la cocina. Él terminaría pronto y bajaría las escaleras, ajeno al peligro que le aguardaba. Incapaz de oler la amenaza.
Tragó saliva fuertemente.
El Consejo le había torturado la mayor parte de su vida, lo había tratado como a un animal, le había negado incluso las consideraciones humanas más básicas.
Nunca había comido pan hecho en casa.
Nunca había bebido café de verdad. No sabía cómo cocinar, pero por lo que sus hermanos habían dicho, muchos de los labora torios de las Castas habían sido guaridas de suciedad y abandono.
Aun así él mantenía su casa brillante, libre de polvo, y se qui taba los zapatos en la puerta. Era un hombre desesperado por vivir, por ser libre.
Un hombre que sabía cómo amar a pesar de los horrores que había conocido.
¿Y ahora estos dos pensaban que iban a usarla para matarle? No podía ser, no lo permitiría.
Ahora le pertenecía a ella. Él era su corazón, su alma, y ella no podía imaginar la vida sin él. Moriría sin él.
«Piensa, Bella. —Sus ojos se movieron a su alrededor mientras los otros dos la observaban estrechamente—. Avísale. ¿Cómo podrías avisarle...?»
Olor. Él podía oler la excitación. Podría oler el miedo.
En lugar de aplastar el horror que la recorría, el terror que nublaba su mente debía darles rienda suelta. Tenía que avisarle...
Edward salió de la ducha y se secó rápidamente antes de ponerse unos pantalones de deporte limpios e ir a la puerta para decirle a Bella que la ducha ya estaba libre.
Entró en la habitación y frunció el entrecejo ante la cama vacía durante un largo segundo antes de alzar la cabeza lenta mente con un olor nuevo y molesto que alcanzaba sus fosas nasa les.
Miedo.
Podía olerlo, agudo, como una advertencia, sobre el rastro de la esencia única de Bella. Pero no había nada más. Ningún otro olor se filtraba por la puerta del dormitorio que le diera una idea de lo que le esperaba escaleras abajo.
Ella era su compañera, y él podía sentir el peligro que la rodeaba latiendo en el aire.
Sacó el teléfono móvil de debajo de la cama y marcó la alerta de problemas antes de ocultar el dispositivo bajo el colchón y dirigirse al tocador.
Sacó una de las armas más pequeñas de un cajón antes de quitar el protector del adhesivo de la ligera pistolera que se adhería a la piel.
Pegándolo al costado de la pistola, ancló el arma en la parte baja de su espalda antes de ponerse la camisa.
Agarró el arma de repuesto de la parte de arriba del tocador y comprobó la munición antes de moverse hacia la entrada.
Haciendo una pausa escuchó cuidadosamente. No había luces pero no las necesitaba. Y no sabía qué o quién estaba abajo, pero no era un Mestizo.
No había ni una mísera oportunidad de que un Mestizo pudiera disfrazar su olor con tanta eficacia. Pero a veces, raramente, ciertos humanos podían hacerlo.
Los Domadores sabían cómo. Era difícil, a veces casi imposible, pero se podía hacer.
Mientras se movía hacia las escaleras inhaló cuidadosamente. No olió ningún aroma de Casta o de humano aparte del de Bella y su miedo. Era aplastante, imperativo. Pero junto con ello había un aroma estéril curiosamente hueco. Como si algo hubiera limpiado. Y otro, no tan fresco, como si algo estuviera sangrando a pesar de lo que hubieran usado para disfrazar la maldad que lo llenaba.
Sus labios se movieron en un frío gruñido.
Había dos, y uno de ellos estaba nervioso, cauteloso. Quizá no tan seguro como el otro. Ese era débil. Cometería un error.
Cuando Edward comenzó a bajar las escaleras depositó el arma extra en un escalón, lo bastante cerca como para saltar y recuperarla si la necesitaba.
Si entraba armado sabrían que había sido consciente de ellos y lo cachearían, usando a Bella para que se quedara quieto mientras le quitaban el arma oculta.
—Bella, te dejaste las luces apagadas —dijo en voz alta mientras entraba en el vestíbulo—. Ahora basta de juegos. ¿Dónde estás?
Él mantuvo la voz juguetona, burlándose mientras se movía hacia la cocina, donde su olor era más fuerte. Se paró en la entrada, colocando las manos en las caderas mientras contemplaba la escena.
Todo en su interior se tensó de miedo mientras luchaba por presentar una actitud despreocupada. Podía sentir el gruñido que crecía en su pecho, la mandíbula que se apretaba con la necesidad de probar la sangre.
Los dos hombres estaban parados a cada lado de ella, uno con su arma colocada amenazadoramente contra su piel. Ella no hacía ningún sonido, pero él podía ver las lágrimas brillando en su rostro, sus labios moviéndose.
«Lo siento tanto...»
—Bueno, lo admito, no había pensado que fuera realmente posible. —James Creighton sacudió la cabeza mientras chasqueaba la lengua
—. Y encontrarte tan descuidado. Tus Domadores eran menos rigurosos de lo que yo pensaba durante tu estancia en los labora torios.
Unos ojos fríos y grises como el acero miraban desde una pálida cara.
Una gorra negra cubría su cabello rubio, pero Edward recordaba su color muy bien.
Su cuerpo ancho y muy musculoso aparecía relajado, pero Edward podía ver la tensión. El otro hombre no estaba ni de lejos tan confiado como parecía.
Y su compañero estaba aterrorizado.
—La peste de tu hombre está empezando a sangrar a través de lo que usaras para cubrirle —informó a Creighton fríamente—. Está asustado.
Los ojos de Creighton se entrecerraron cuando Edward se negó se negó a responder a su aguijonazo. Su vista se desvió levemente al otro hombre.
—La buena ayuda es tan difícil de encontrar. —Él sonrió fría mente—. Pero lo hizo lo suficientemente bien como para evitar que nos detectaras antes de que el momento fuera el apropiado.
Edward asintió con todos los signos de una atención distraída mientras echaba un vistazo a Bella.
—¿Y qué queréis esta noche, muchachos? —preguntó manteniendo su voz comedida, sin amenaza.
Conocía a Creighton mejor de lo que el otro hombre se pensaba. Era fácil jugar con él, manejable en un pequeño grado, y vivía al filo mientras luchaba por escapar tanto de los soldados de las Castas como de los del Consejo.
Creighton era básicamente un cobarde. Cuando los laboratorios fueron atacados por fuerzas gubernamentales e independientes para rescatar a las Castas que guardaban allí, había desertado de la lucha en vez de arriesgarse a que le capturaran. Ahora era considerado un criminal por ambos bandos.
—Solo la chica. —Creighton se encogió de hombros desdeñosamente—. Tan pronto como te elimine puedo usarla para un pequeño canje.
Deberías haber permanecido lejos de mi culo, Edward. Pero ya que eres tan insistente, ahora me ocuparé de ti y me aseguraré mi regreso a las filas del Consejo con tu preciosa compañerita.
—El Consejo está disuelto, Creighton. —Edward lo miró compasivamente —. No hay nadie con quien negociar. Una rica risilla llenó el aire.
—¿Realmente crees eso, Edward? —preguntó él sacudiendo la cabeza—. No es necesario que te preocupes, chico León. Todavía están ahí.
Bien escondidos y seguros, pero ahí a pesar de todo.
—¡Cállate, Creighton! —siseó su socio— Mátale y terminemos con esto.
Bella parpadeó y su mirada se volvió salvaje ante la exigencia. Maldición. Ella era el elemento imprevisible, no esos dos bastardos.
Y no había ni una maldita cosa que pudiera hacer salvo rezar porque su sentido común ganara la batalla.
—Tu chico es un poco impaciente, Creighton —se burló Edward mientras se recostaba contra el marco de la puerta y cruzaba los brazos sobre el pecho mientras los miraba—. ¿Un poco mandón también, verdad?
El ego de Creighton era legendario.
—¡Cierra la boca, Tim! —escupió él— Lo tengo bajo control.
—¿Estás seguro de que no es un coyote? —Edward señaló al bueno y viejo Tim, con sus desvaídos ojos color avellana llenos de miedo y largo cabello marrón oscuro— Tiembla como uno.
La sonrisita de Creighton era burlona, chirriando en los nervios de Edward mientras el tambor de su arma se deslizaba contra la sien de Bella en una fría caricia.
—Servirá —le aseguró Creighton mientras le miraba fríamente.—. Lamentablemente no hay ninguna recompensa por tu cabeza. Pero supongo que voy a tener que matarte de todas formas. Si simplemente me hubieras dejado en paz, muchacho, yo habría hecho lo mismo.—Él sacudió la cabeza con pena fingida —. Aunque algunos de las Castas nunca aprenden. Solo un poco más. Solo unos pocos segundos más.
Podía oler la furia de Emmett y de otro Mestizo en la puerta trasera. Pero también podía oler el olor aplastante de la furia en la puerta delantera. Furia humana. La furia de un padre.
Mierda.
—Este fue un momento realmente malo para venir a llamar, Creighton. —Edward meneó la cabeza, casi sintiendo ahora pena por el otro hombre—. ¿Sabes?, es noche de pan.
Él echó un vistazo a Bella, rezando porque ella captara el mensaje. Ella parpadeó, con el asombro y una oleada de miedo renovado brillando en sus ojos.
—¿Noche de pan? —Creighton se le quedó mirando con confusión— ¿Qué tiene que ver el pan con nada? ¿Te ha podrido la libertad el cerebro?
—Tristemente para ti, creo que sí puede tener que ver.
La puerta trasera saltó hecha astillas mientras la alarma de la casa empezaba a sonar. Bella, bendito fuera su dulce corazón, no era ninguna tonta.
Antes de que Creighton pudiera pararla se lanzó al suelo, rodando bajo la mesa mientras sus pies golpeaban las rodillas de Tim cuando Edward se dejó caer, sacó el arma de su espalda y disparó al Domador.
La puerta delantera explotó mientras Creighton se caía y Edward se arrojaba bajo la mesa de la cocina, con su cuerpo cubriendo el de Bella, y dejando que Emmett y quien demonios estuviera gritando como loco se ocuparan del otro hombre.
—Te dije que no iba a funcionar. No puedes jugar con hombres que te conocen tan bien, Bella —gruñó él, recordándole su advertencia cuando había hablado antes con su padre. La empujó más bajo la mesa, forzándola a que se colocara detrás de él, abrigándola entre su cuerpo y la pared mientras ella luchaba por hacerle a un lado.
Emmett y Jasper estaban en el suelo, con las armas alzadas y preparadas, mientras tres Navy SEALs bien entrenados irrumpían en la habitación con las armas desenfundadas y la muerte brillando en sus ojos.
—Maldición, Edward, déjame salir antes de que destruyan la casa —gritó Bella en su oído—. La harán trizas.
—Mejor a la casa que a mí —gruñó él, manteniéndola en su lugar mientras unas figuras vestidas de negro se pararon delante de la mesa, seguidas por un par de piernas enfundadas en vaqueros.
El padre. Demonios.
—Mira, me gusta esta casa más que la mía. —Ella golpeó su hombro antes de poner las rodillas en su espalda y empujar—. Y van a arruinarla.
—Maldición, quédate en tu sitio, mujer —gruñó él—. Puedo reconstruir la casa, y aunque puedo matar a esos bastardos por ti, realmente preferiría permanecer a salvo. Si te da lo mismo — gruñó él en tono burlón.
—Idiota.
—Mocosa.
—Bueno, al menos ella está viva —dijo una voz burlona arrastrando las palabras cuando tres Navy SEALs se acuclillaron para mirar bajo la mesa.
Unos ojos extraordinariamente similares a los de Bella le dé volvieron la mirada. Rápidamente se dieron cuenta del hecho de que él no iba a permitirla todavía moverse, y que ella estaba muy contenta de estar donde estaba, a pesar de los insultos.
—No podéis disparar a mi futuro esposo.—Ella finalmente logró arrastrarse y pasarle.
Dando un suspiro, Edward miró el suelo mientras Emmett se ponía lentamente en pie.
—¿Están esos asnos sangrando todavía en el suelo de mi cocina? —Bella salió de debajo de la mesa justo delante de él, encarándose con sus hermanos con las manos en sus caderas— ¿Por qué están sangrando en mi suelo?
—Echa la culpa a tu novio de ahí debajo. —El más ancho de los cuatro hombres la enfrentó directamente, bajando su negra cabeza para gruñirla, con la cólera iluminando sus ojos—. Él les disparó. No nosotros. ¿Y desde cuándo demonios es esta tu casa?
—Desde que yo dije que lo era. —Edward la puso detrás de él, con sus instintos llameando ante la furia del otro hombre hacia su compañera.
Esto no era aceptable.
—¿Y quién demonios eres tú? —La violencia rabiaba en la expresión del hermano. Una violencia que sería mejor que dirigiera a algún lugar que no fuera Bella.
—Su compañero… —Su fría sonrisa no mejoró en nada el anuncio.
Se desató el pandemónium.
