Disclaimer: Los derechos de autor de la presente obra, le pertenecen a Lora Leigh. Yo solo adapto a los personajes de Crepúsculo de Stephanie Meyer, con fines exclusivamente lúdicos o de entretenimiento.


Capítulo 10

—No puedo creer que realmente te pelearas a puñetazos con mi hermano. —La expresión de Bella no estaba muy complacida esa noche, más tarde, mientras estaba parada delante de él, inspeccionando el ojo morado y el labio partido que había sacado del esfuerzo.

—Ni yo tampoco —gruñó él, haciendo una mueca mientras ella apretaba el algodón empapado en alcohol sobre la herida en su mejilla. —Era un esfuerzo desperdiciado. Tú, Bella, eres una albo rotadora. Lo he visto esta noche.

—¿Yo? —Ella se echó para atrás, con sus ojos inocentemente abiertos mientras le miraba con sorpresa— ¿Qué hice?

—Fastidias a tus hermanos. —Él atrapó sus caderas cuando ella intentaba moverse de la cama donde estaba sentado—. Desafías deliberadamente su autoridad y los mantienes continua mente preparados para el combate.

Esa lucha fue culpa tuya. Si hubieras sido un poco más comunicativa, como te animé cuando estabas al teléfono, ellos no habrían venido a la carga, determinados a proteger tu honor.

Los labios de ella se torcieron. La pequeña miserable.

—Si no te hubieras metido no hubiera habido una lucha. —Ella puso las manos en los hombros de él para evitar que le lamiera de nuevo el rasguño que había recibido de alguna forma en las actividades nocturnas.

La marca roja se extendía desde su hombro más allá de la clavícula y, aunque la punzada era irritante, no era nada compara do con el fuego que ardía en el resto de su cuerpo.

—Ningún hombre te da órdenes salvo yo —gruñó él al serle negado el acceso a su dulce carne. Se merecía algo en recompensa por los dolores y molestias que resonaban bajo su carne.

—Tú tampoco me das órdenes —le informó ella imperiosamente—. ¿Qué es lo que pasa con vosotros los chicos para que penséis que podéis?

Él suspiró débilmente, viendo la vida que se extendía ante él, constantemente asombrado o exasperado por una mujercita.

No es que no lo esperase con ansia. Pero Bella tenía el hábito de fastidiar a sus hermanos, cuando quizá debería ser menos agresiva.

Definitivamente iba a tener que hablar con ellos respecto a esto.

Ella parecía disfrutar manteniéndolos enojados.

—¿El hecho de que te metas tan fácilmente en problemas? — Su ceja se arqueó burlonamente— Bella, corazón, después de discutir esto con tus hermanos, estoy seguro de que eres un imán para los problemas.

La lucha había sido condenadamente buena. Limpia, brutal, con los puños por el aire y las maldiciones volando mientras Seth, su hermano mayor, y él procedían a destrozar la cocina.

Cuando terminaron, Bella se había ido pisando fuerte al dormitorio para hacer pucheros mientras ellos se ponían de acuerdo con una cerveza y una acalorada discusión sobre si Bella permanecería con él o no.

No es que hubiera ninguna duda de ello en lo que a él se refería, pero en los ojos de su familia había visto su amor por ella y sus miedos.

Él no era exactamente el chico de la puerta de al lado. Era un Mestizo, y casi acababa de conseguir que la mataran.

Eso sería bastante para aterrorizar a un hermano que había aceptado la responsabilidad de su cabezota hermana. Y ellos parecían aceptarles tanto a él como a su habilidad para protegerla.

La mayor parte de los hombres habrían sentido dudas. Por suerte, los prejuicios contra las Castas estaban ausentes en la familia Swan, debido al hecho de que los tres hermanos habían contribuido decisivamente al rescate de muchos de los cautivos de las Castas.

Él la atrajo entonces contra él, con el pecho contraído ante el recuerdo de la pistola de Creighton acariciando su piel, la bala demasiado cerca de extinguir el fuego que calentaba todo lo que ella tocaba. ¿Cómo podría ahora soportar la vida sin ella?

—No tenías que pelear con ellos. —Ella se reclinó contra él, su cuerpo delgado fluyendo fácilmente contra él mientras la alzaba para sentarla a horcajadas en su regazo, los brazos envueltos fuertemente alrededor de su espalda mientras sus labios bajaban a la marca que había dejado en su hombro—. Les tenía bajo control.

—Les has provocado un paro cardíaco —suspiró él —. Tu pobre padre nunca volverá a ser el mismo.

Charlie Swan, el padre en cuestión había estado totalmente decidido a llevarse a su hija a casa, a envolverla en la protección que sentía que solo él podía proporcionar. Había sido un hombre atormentado por el pensamiento de perder a la hija que tan obviamente adoraba.

No es que Edward entendiera la dinámica de la familia, pero en tendía la necesidad de proteger, la necesidad de amar a la diminuta mujer que sostenía en sus brazos. Ella era su luz. Su mundo.

No podía ser menos para alguien que la amara.

Él la apretó más fuerte contra él, sintiéndola mecerse contra la erección que tiraba de sus suaves pantalones, mojando la tela con el calor húmedo de su sexo.

Ella no usaba bragas bajo el camisón. Las manos de él alisaban la tela hasta que atraparon el dobladillo y lo alzaron, y sus manos asieron su trasero liso y desnudo.

Un gemido se ahogó en su garganta ante la sensación de ella deslizándose contra él, acelerándose la respiración, el olor del calor femenino llenando la habitación.

—No me abandones, Bella. —No pudo detener las palabras antes de que cruzaran sus labios mientras la sostenía, la elevaba y apoyaba su espalda en la cama mientras se alzaba sobre ella.

—No tengo intención de abandonarte, Edward. —Sus ojos brillaban con emoción, con hambre—. Te lo dije, te amo. Y no lo digo a la ligera. Ni a cualquiera.

Él tocó su mejilla, su garganta se contrajo mientras luchaba por superar la confusión, la incredulidad de que esta mujer pudiera amarle.

Ese Dios, en toda su generosa misericordia, finalmente le había adoptado y le había dado este regalo que nunca había pen sado que pudiera tener. Algo, alguien, que siempre pudiera llamar propio.

—Sin embargo, la próxima vez que comiences una pelea con tus hermanos te zurraré —gruñó él mientras la cabeza de ella se alzaba y sus labios encontraban el brote endurecido de su pezón y lo mordisqueaba juguetonamente.

—Suena divertido. ¿De cuántas peleas estamos hablando antes de que consiga el postre que me merezco?

Él gimió cuando las uñas de ella se deslizaron por su abdomen antes de que sus dedos se engancharan en la cinturilla de sus pantalones de deporte y empezaran a bajarlos lentamente.

—Eres una alborotadora —dijo él ásperamente mientras salía de la cama y se desnudaba rápidamente.

El vestido de ella pasó volando a su lado mientras él salía de los pantalones. Cuando se enderezó ahí estaba ella, sobre sus manos y sus rodillas, extendiendo la lengua para lamer la protuberante cabeza de su pene.

El cabello marrón de ella ondulaba alrededor de su rostro, sus ojos café claro brillaban con emoción y hambre. Eran tan brillantes como el chocolate más puro y brillante, y más preciosos que el oro para él.

Su lengüecita rosa vaciló de nuevo sobre la cresta de su erección, dejando un rastro de fuego alrededor de la sensible caperuza mientras él se tensaba por el placer que se disparaba desde su pene a cada una de las terminaciones nerviosas de su cuerpo. No pensaba que el placer pudiera ser mejor —hasta que sus labios se separaron, su cálida boca se abrió para aceptar la cabeza de su pene en las húmedas profundidades.

Edward contempló cómo la estirada y enrojecida cresta de su erección desaparecía entre sus labios, su lengua acariciaba la parte oculta con un placer tan increíble que se preguntaba si podría soportarlo.

Sus manos se enredaron en el pelo de ella, apretando fuerte mente mientras un gruñido estrangulado llenaba su pecho y escapaba de sus labios cuando ella empezó a chuparlo con hambriento abandono.

Sus movimientos eran dubitativos, inocentes. Estaba matándolo.

Ella alzó la vista hacia él, con la risa y la excitación brillando en su mirada mientras su lengua acariciaba, su boca lo dibujaba, su mano traviesa subía lentamente por su muslo hasta que rodeó sus testículos con dedos sedosos y placer destructivo.

—Mocosa —gruñó él luchando por respirar. Por el control.

Su lengua estaba latiendo como un dolor de dientes, la necesidad de derramar el exceso de hormona en la boca de ella lo volvía salvaje.

Podía saborear la especia, sentir su efecto en él, sentir su pene apretándose más, la necesidad de liberarse se convertía en un placer casi agonizante.

Y todavía su boca se movía sobre él. Lametones lentos y deli cados, caricias profundas y que le delineaban hasta que un gruñido puramente animal escapó de él.

Edward apretó sus manos en el pelo de ella, la empujó hacia atrás cuando sintió el pulso de la lengüeta justo bajo la caperuza de su pene.

—Suficiente.

—Hum. Estoy hambrienta. —Ella se lamió sensualmente los labios, sus labios llenos e hinchados—. Quizá quiero más.

Ella se rio, un sonido bajo y dulce, cuando él la empujó contra la cama y le abrió los muslos mientras bajaba sus hombros entre ellos.

No había tiempo para preliminares. Tenía que saborearla. Probar la delicada seda líquida de su sexo antes de volverse loco. O besarla.

Si la besaba no habría espera. Estaba cabalgando demasiado cerca del borde, el hambre de ella se elevaba tan rápidamente que su aroma se le estaba subiendo a la cabeza.

—Voy a comerte por completo —gruñó un segundo antes de lamer la seda desnuda y plena de jarabe de sus pliegues íntimos—. Cada centímetro de ti, Bella. Hasta que tu sabor impregne cada fibra de mis sentidos.

Ella respiró ásperamente, la carne de su vientre se convulsionaba mientras él la miraba con ojos entrecerrados. Podía ver tanto ahí. Cada ondulación de carne cremosa se correspondía con el nivel de su excitación.

Su lengua rodeó su clítoris antes de que lo atrapara entre los labios, observando cómo su estómago parecía convulsionarse. Mientras lo sorbía movió los dedos a los pliegues empapados de su sexo, abriéndolos hasta que pudo insertar un dedo dentro de las profundidades ardientes.

Ella se sacudió contra él, sus caderas se retorcieron, se acercaron a la penetración mientras sus jugos cremosos comenzaban a fluir.

—¡Oh, Dios, Edward!, me estás volviendo loca —gritó desesperadamente, con su vagina ondulándose alrededor de su dedo—. Deja de torturarme así.

Él canturreó el placer ante su sabor. Dulce. Adictivo. La em pujó más cerca del borde de su liberación, con su dedo introduciéndose profundamente dentro de ella, acariciando las sensibles profundidades mientras ella se alzaba hacia él.

—Sádico. —Su áspera acusación estaba repleta de placer—. Jódeme, Edward. No hagas que tenga que matarte.

Él habría sonreído si no estuviera tan consumido por el hambre de ella.

—Edward… —Su medio grito fue seguido por la contracción de su vagina alrededor de su dedo, su vientre se contrajo—. Pagarás por esto. —Sus rodillas se doblaron, sus pies apretaron el colchón mientras se alzaba para acercarse

—. Juro que te haré pagar...

Él le dio lo que necesitaba. Tras añadir otro dedo a las profundidades acogedoras de su vagina comenzó a moverlos en su interior usando sus labios, su lengua y la succión de su boca para llevarla más alto, para enviarla a fragmentadas explosiones de éxtasis.

Ella se arqueó hacia él, gritando su nombre mientras él se elevaba rápidamente sobre ella, alzándola, presionando su pene dentro del convulsionado tejido de su vagina mientras apretaba los dientes contra el placer.

Ella estaba tan apretada. Tan caliente. Seda líquida. Crema ardiente como la lava.

Él agarró su cadera con una mano, bajando su peso al codo del brazo opuesto mientras sentía sus piernas envolverse alrededor de él.

Su vagina se contrajo alrededor de él, diminutas agitaciones de sensación, caricias apretadas y erizadas sobre su erección mientras él entraba en ella, primero con embestidas cortas y desesperadas y luego duras estocadas mientras empezaba a tomarla con toda la fuerza y desesperación del hambre que surgía en su interior.

Sus labios bajaron a los de ella, su lengua se introdujo en su boca mientras ella se movía bajo él, se abría para él, lo tomaba con gritos estrangulados y ondulaciones aún más apretadas de su sensible vagina.

Ella era el éxtasis. Ella era la vida.

El ritmo de sus empujes aumentó cuando la hormona pasó de su lengua al sistema de ella, calentándolos más a ambos, enviándolos precipitadamente al orgasmo.

Cuando él sintió su liberación comprimiendo sus testículos, la extensión bajo la caperuza de su pene empezó a engordar, irguiéndose firme y acaloradamente y cerrándole a él fuertemente en su interior.

Unos estremecimientos violentos la sacudieron mientras sus brazos se apretaban alrededor del cuello de él, y su cabeza se giró cuando sus labios encontraron sin dudar la marca que la identificaba como su compañera mientras él comenzaba a inundarla con su semen.

Un placer violento, sobresaltado. Una unión diferente a cual quiera que pudiera haber con conocido. Y Bella. Siempre Bella. El centro de su vida.

—¡Oh, Dios! Dime que eso de la lengüeta no se va con el celo — jadeó ella cuando recobraron la cordura para respirar—. No estaría complacida.

—¿Supongo que tendrías que hacerme daño? —Él se rio suavemente entre dientes mientras rodaba sobre su costado, atrayéndola contra su pecho mientras suspiraba de alegría.

—Tendría que hacerte mucho daño. —Ella suspiró.

—Pero todavía me amarías. —Era mejor que lo hiciera.

—Siempre te amaré. —Ella pellizcó su pecho antes de echar la cabeza para atrás y sonreírle llorosamente—. Siempre, Edward. Puede que no seas el chico de la puerta de al lado, pero el Mestizo de la puerta de al lado es mucho mejor.

La risa de él era suave y contenta. Su alma estaba llena.

Él no era completamente humano. Pero tampoco era un animal. Era un Mestizo, un Mestizo que había encontrado su compañera y su vida.


Colorín colorado...