—¡Casados! ¿Te lo puedes creer?

Astrid sonrió. Ya hacía medio mes desde la ceremonia e Hipo seguía tan emocionado como el primer día.

—Anda vuelve aquí, que hace frío...

El joven obedeció sin rechistar. Se sentó junto a ella en la improvisada cama y se tapó hasta la cintura. Después sacó un mapa, desgastado ya de tanto uso, y lo extendió sobre su regazo para examinarlo.

—Es increíble que no te separes de él ni un momento.

—¡Por supuesto! —dijo con cierto orgullo—. ¿Y bien? ¿Dónde deberíamos ir ahora?

Habían estado recorriendo las islas conocidas más remotas en busca de nuevas tierras, disfrutando así, de aquella manera tan peculiar, de su luna de miel en soledad. Viajar resultaba más fácil cuando contaban con dragones, pero eran vikingos y la navegación corría por sus venas, por lo que tampoco les costó demasiado adaptarse a viajar de aquella guisa.

—¿Ya estás pensando en irte? ¡Si acabamos de llegar!

—Sí, pero es que aquí no hay nada...

—Estoy yo...

Astrid recorrió el brazo de Hipo suavemente con el dedo.

—Pero es que queda tanto por ver, tanto por descubrir... Cuando volvamos a la aldea estaremos ocupados procurando que los clientes de Bocón no se saquen los dientes a puñetazos, o que Patapez y Patán no se abran la cabeza por cualquier chica. ¡Tenemos que aprovechar!

La muchacha suspiró.

—Está bien. ¿Qué te parece si al menos esperamos... no sé... quince minutos? ¿Veinte?

Hipo puso los ojos en blanco, teatralmente.

—Bueno, creo que podré esperar.

Guardó el mapa y se acomodó bajo las sábanas. Astrid se acercó más a él, hasta que sus cuerpos quedaron completamente pegados, y comenzaron a besarse lentamente. Sin separar sus labios, Astrid fue escalando el cuerpo del vikingo hasta acabar encima de él. Sus pies rodearon la pierna de Hipo y ella reprimió una risita.

—¿Ya te vas a meter con mi pierna?

—¡Es que es minúscula! —rio ella de buena gana—. Es como la pata de... no sé, de un pollo. ¡Es demasiado fina para sujetar tanto peso!

—Que sepas que mi pierna es una pierna vikinga de pura cepa —dijo él, abrazando su cuerpo y haciéndola rodar hasta quedar encima de ella—. ¡Mira todo el peso que soporta a diario!

Hipo la besó con pasión y Astrid le correspondió mientras sus manos acariciaban la espalda desnuda de su amado. De pronto, el joven creyó escuchar un suave batir de alas y paró en seco.

—¿Qué pasa?

—Shh.

Pusieron toda su atención en los sonidos que les envolvían, pero sólo escucharon el más absoluto silencio.

—Perdona, me lo debo haber imaginado. Por un momento me ha parecido escuchar un dragón.

Astrid sonrió. Sabía lo mucho que echaba de menos a Desdentao: exactamente lo mismo que ella a Tormenta. La sola idea de volver a verlos hizo que un agradable hormigueo recorriese su cuerpo.

Hipo colocó suavemente su mano sobre la cara de su esposa y la besó con ganas, recorriendo sus labios y su cuello.

—Para.

Esta vez fue Astrid quien escuchó el batir de las alas.

De nuevo, sólo el silencio hizo acto de presencia.

—Habrá sido... no sé, ¿el viento? —comentó Hipo encogiéndose de hombros, antes de retomar su intimidad.

Y, de nuevo, aquel flap-flap tan característico hizo acto de presencia.

—¡Oh, por el amor de los dioses!

Astrid salió del jergón y vistió rápidamente su cuerpo; cogió su hacha y salió de la tienda de campaña seguida de Hipo, que estaba colocándose torpemente su camisa.

Usando su mano como visera para tapar la luz del Sol, examinaron el cielo en busca de cualquier señal que indicase la presencia de un dragón, pero sólo encontraron unas blancas, brillantes y esponjosas nubes.

Astrid suspiró, bajando su hacha.

—Espera —dijo Hipo, poniendo su mano sobre el brazo de la joven y dando unos pasos al frente, con la mirada fija en el cielo.

Se llevó los dedos a la boca y silbó.

Se escuchó una pequeña explosión y, de una de las nubes que quedaban justo en dirección al Sol, apareció la silueta de un dragón que volaba hacia ellos.

—No puede ser... —susurró Hipo, mientras el corazón se le aceleraba.

El dragón descendió a toda velocidad hasta aterrizar justo frente a ellos, levantando una polvareda que les obligó a retirar la vista.

Cuando pudieron abrir los ojos se encontraron cara a cara con la furia diurna.

—¡Furia! —dijo alegre Astrid, que soltó el hacha y corrió a abrazarla, ignorando los gruñidos de la dragona.

Hipo no pudo ocultar su decepción. Por supuesto, se alegraba de ver a Furia, pero no era a ella a quien echaba de menos. Se reunió con ellas y se percató de que la dragona estaba realmente cansada. Le acercó su mano en señal de bienvenida, colocándola sobre la cabeza pero sin llegar a tocarla mientras, inconscientemente, revisaba de nuevo los cielos en busca de alguna señal de Desdentao.

—Hola...

Estaba buscando la forma de preguntar por su amigo, pero no le dio tiempo a decir una palabra. Furia abrió sus fauces y empezó a emitir un sonido gutural mientras su cuerpo se sacudía espasmódicamente. Poco a poco, algo fue emergiendo de su interior y lo escupió sobre el suelo, lleno de babas.

—Puaj... —dijo Hipo—. ¿Qué es esto?

Procurando tocar lo menos posible, cogió aquello y lo sacudió un poco para limpiarlo y poder ver mejor de qué se trataba.

Hipo y Astrid se miraron preocupados: era la prótesis de la cola de Desdentao.