Se arrepintió en el mismo momento en que despegaron.
Hipo y Astrid se pusieron a gritar y a moverse de la emoción de volver a montar sobre un dragón después de tanto tiempo. No es que pudiesen llegar a desviar su rumbo, pero sí que era como tener a dos moscones volando sobre sus narices. Por un momento pensó incluso en ponerse panza arriba y dejar que la gravedad hiciese el resto, pero luego recordó que necesitaba su ayuda para encontrar a Desdentao. Inspiró hondo un par de veces, les dio un gruñido de advertencia que captaron a la perfección y siguieron su camino en silencio.
Furia se dejó guíar por aquel sentimiento que la atraía hacia el alfa y durante unas horas sólo vieron agua por todas partes y diminutos riscos que sobresalían esporádicamente sobre su superficie. De vez en cuando, aprovechaban alguno de ellos para descansar antes de continuar su viaje. Finalmente, llegaron a unas tierras totalmente nuevas para ellos. Hacía frío y estaba todo nevado. Además, tuvieron que elevarse para sortear las escarpadas montañas que les bloqueaban el paso, helándose hasta los huesos.
Para cuando pudieron descender, vieron a lo lejos un fiordo, totalmente congelado, con una ciudad en uno de sus laterales. No quisieron acercarse más hasta haberse repuesto un poco del viaje; a fin de cuentas, no sabían nada de los lugareños y tampoco sabían cómo reaccionarían ante un dragón que, de pronto, aterriza ante sus ojos.
No tardaron en encontrar un riachuelo con una capa de hielo lo suficientemente pequeña como para poder romperla con facilidad, situado junto a una pequeña arboleda ideal para montar el campamento lejos de miradas indiscretas.
Nada más desmontar, Furia se sacudió, bebió con ganas en el riachuelo y levantó el vuelo sin decir una palabra. Necesitaba encontrar algo de comida de verdad.
Hipo y Astrid se miraron un poco desconcertados y se encogieron de hombros.
Montaron la tienda, encendieron un pequeño fuego y cocinaron algo mientras esperaban el regreso de la dragona.
Hipo, sentado cerca del fuego para retener algo de calor, miraba distraído su mapa, intentando situar aquella isla (¿o tal vez era un continente?) en él.
—¿Qué opinas? —preguntó Astrid desde el otro lado de la hoguera.
—Bueno, hemos estado viajando dirección este... creo... al menos la mayoría del tiempo, así que probablemente estemos por... ¿aquí?
—No me refiero a eso. Crees... —No sabía muy bien cómo decir aquello—. ¿Crees que nos podemos fiar de ella?
—¿De Furia? Sí, creo... es decir, ¿por qué no íbamos a hacerlo?
—Bueno... ella es distinta, ya sabes. Nunca ha tenido jinete, no confía en las personas...
—Y aún así nos ha traído hasta aquí.
—Sí, pero tampoco sabemos con qué propósito, y hace ya varias horas que se fue. No sabemos nada, Hipo.
—Te equivocas. Sí sabemos algo. —Hipo se levantó para sentarse al lado de Astrid. —Recuerda que los furia nocturna no pueden sobrevivir durante mucho tiempo en el frío y, más importante todavía, se enamoran una única vez en la vida. Algo le ha pasado a Desdentao, sea lo que sea, y Furia está poniendo su vida en peligro e incluso está haciendo el esfuerzo de traernos con ella, y todo para ayudarle. Si no confías en ella, confía en su amor por Desdentao.
Astrid apoyó su cabeza sobre el hombro de Hipo y suspiró.
—Puede que tengas razón.
Tras el regreso de la dragona decidieron visitar la ciudad. Pensaron que lo mejor sería que Furia se mantuviese alejada para no asustar a los ciudadanos, así que remontó el vuelo en cuanto los vikingos descendieron de su grupa a las afueras de la ciudad.
Para cuando Hipo y Astrid cruzaron el umbral de la muralla estaba ya atardeciendo. Las construcciones, robustas y empedradas, se teñían de naranja, y sólo el eco de sus pasos sobre los baldosines de la calle delataba la presencia de seres vivos. Ni siquiera en el portón principal encontraron a ningún centinela.
—¿Será una ciudad fantasma? —comentó Astrid, casi susurrando.
—¿Puedo ayudarles? —dijo de pronto una voz a sus espaldas.
Mientras se daban la vuelta poniendo distancia, Astrid se llevó la mano a su hacha, colgada de su cinturón, e Hipo sacó su espada. El corazón les latía con fuerza.
—¡Oh, disculpen! No pretendía asustarles.
Un hombre de mediana edad, con gran nariz y vestido de una forma exquisita les miraba con indiferencia apenas unos pasos más allá. ¿Cómo era posible que no le hubiesen oído llegar?
El hombre carraspeó mirando la espada. Hipo suspiró aliviado y guardó su arma.
—Perdón —dijo el vikingo—. Ella es Astrid y yo soy Hipo. Hemos viajado desde tierras lejanas para encontrar a un... amigo. Creemos que podría estar por aquí.
El hombre, con la mirada perdida, no parecía reaccionar.
—Comprendo —dijo de pronto—. En tal caso, les aconsejo que vayan a la plaza central y pregunten por allí. Suele haber bastante gente y será más fácil que encuentren a su amigo. Sólo tienen que seguir recto por esta calle y darán con ella.
—Gracias.
Ambos se pusieron a andar, pero pronto notaron que aquel hombre les estaba siguiendo. Y no sólo él. Conforme fueron adentrándose en la ciudad fueron encontrando a más y más personas, y todas acabaron siguiéndoles a cierta distancia en su camino hacia la plaza. Y, sin embargo, sólo sus pasos resonaban en las calles.
Astrid e Hipo, tensos, sólo necesitaron una mirada. Se juntaron un poco más, listos para desenfundar sus armas en cualquier momento.
—¿Sigues estando seguro de esto? —dijo Astrid.
—Sí.
Cuando llegaron a la plaza, vieron que por las otras calles que llevaban a ella también se había ido congregando gente, bloqueando las calles. Las personas que les seguían les fueron empujando y acabaron en el centro de la plaza, completamente rodeados.
—Vale... —susurró Hipo.
—¿Qué hacemos ahora?
—Déjamelo a mí...
Hipo carraspeó.
—¡Hola! Esto... ¿qué tal? Soy Hipo y esta es mi compañera, Astrid. Estamos buscando a un amigo. Bueno, he dicho amigo pero es prácticamente un familiar. El caso es que ha desaparecido y creemos que podría estar por aquí. Se llama Desdentao, es negro, con la boca muy grande, tiene alas... y es... un dragón. ¡Pero no debéis tenerle miedo! Es bastante simpático o, al menos lo era cuando vivíamos juntos... —una ola de tristeza invadió a Hipo, que se perdió un momento en sus recuerdos—. En fin, ¿alguien le ha visto por aquí?
Nadie dijo nada. Nadie se movió. Todos seguían mirándoles fijamente, con miradas vacías e inexpresivas.
—¿Nadie? —repitió la pregunta, un poco desesperanzado.
De nuevo, silencio.
—Está bien, en ese caso creo que lo mejor será que nos vayamos, ya sabéis, a buscar por otro lado y eso.
Astrid e Hipo retrocedieron, pero la muchedumbre se apretó un poco más para bloquearles el paso.
—Lo lamento, pero no podemos dejar que os vayáis —se oyó una voz a lo lejos.
De pronto, se formó un pasillo por el que apareció un joven fuerte y rubio a lomos de un reno.
Ambos fueron acercándose despacio, sin emitir ningún sonido, majestuosos, poderosos. La gente se inclinaba a su paso y, a juzgar por las vestimentas, debía de tratarse de alguien importante.
Finalmente llegaron a su altura y pudieron constatar que se trataba de un hombre bastante apuesto y de cara amistosa. Sin embargo, tanto sus ojos como su rostro estaban carentes de toda expresión.
—No queremos causar ningún problema —dijo Hipo, intentando mantener un tono de voz cordial.
El joven desmontó y se acercó a ellos, mirándolos fijamente con aquellos ojos vacíos.
—Veo fuerza en vosotros.
—¿Gracias?
—Os brindaremos el honor de servir a nuestra causa.
Dio un paso hacia ellos tendiéndoles ambas manos.
—¿Causa? ¿Qué causa? ¿De qué estás hablando?
Astrid, cansada, liberó su hacha y se la paseó de una mano a otra.
—Vale, ya está bien. Dejadnos marchar. Ahora.
Sin embargo, el joven dio otro paso hacia ellos.
—Yo de ti no daría otro paso... —aconsejó Hipo.
En el momento en que sus pies empezaron a moverse, Astrid lanzó un rápido y contundente ataque contra el cuerpo del rubio. Procuró dar con el plano de la hoja para no abrirle en canal, pero no escatimó en fuerza. El joven ni siquiera intentó protegerse, recibiendo el impacto de lleno y quedando tumbado en el suelo, inmóvil.
Astrid apenas le prestó atención y su mirada se paseó por la muchedumbre, esperando que en cualquier momento se lanzasen a por ellos. Pero nadie se movió.
—Dejadnos marchar —repitió la vikinga amenazante.
Hipo, para dar fuerza a sus palabras, sacó su espada y la encendió, estallando en llamas.
Pero nadie reaccionó.
—¿Nada? ¿Ni un simple "oh"?
—Oh, cállate —dijo Astrid irritada—. ¿Qué vamos a hacer ahora?
El joven rubio se removió en el suelo y se puso en pie, como si nada hubiese pasado. Les tendió de nuevo las manos cordialmente y caminó hacia ellos sin ninguna dificultad.
—¡Venga ya! ¡Deberías tener al menos un par de costillas rotas! —se quejó ella.
—Esto no me gusta, Astrid... —comentó a su lado Hipo, que vio cómo la muchedumbre adoptaba la misma postura.
Ambos se pusieron espalda con espalda y alzaron sus armas dando a entender que atacarían a cualquiera que se acercase a ellos, pero a nadie parecía importarle lo más mínimo. Avanzaban paso a paso, sin prisa, cerrando bien el círculo sobre ellos.
Hipo fue el primero en tener que lanzar un ataque. Con su espada flamígera dio con el plano contra los brazos desnudos de un hombre de mediana edad que estaba ya demasiado cerca, haciéndole girar sobre sí mismo y cayendo al suelo. El olor a carne quemada no tardó en extenderse.
—Vamos, por favor... —dijo, más para sí mismo que otra cosa.
—Te dije que no era buena idea —comentó Astrid a su lado, justo antes de apartar a otra persona a la fuerza.
Pero no pudieron hablar mucho más. La gente se amontonaba para llegar hasta ellos, pisándose unos a otros, y ellos apenas daban a basto para repelerlos.
De pronto, un hombre de gran tamaño apareció entre la muchedumbre con los dedos de sus respectivas manos apretados y juntos, delante de su pecho. Su tamaño casi doblaba el de ellos y avanzaba sin ninguna dificultad entre aquel mar de cuerpos.
Hipo dio un codazo a Astrid para llamar su atención sobre aquel hombre.
—¿Ariete caliente?
—Ariete caliente.
Ambos giraron para que Hipo quedase justo frente a aquella mole y, en cuanto estuvo lo suficientemente cerca, roció las ropas del gigantón con resina inflamable. No pudo evitar suspirar al pensar que prefería la saliva del Pesadilla Monstruosa, pero aún podía dar gracias de haber encontrado un reemplazo para su arma que no dependiese de los dragones. Tras eso, simplemente acercó la hoja flameante de su espada y la resina estalló en llamas, convirtiendo al hombre en una bola de fuego.
Y, sin embargo, no dejó de andar hacia ellos.
—¡Vamos! ¡Se supone que deberías salir corriendo para abrirnos un camino!
—Toda resistencia es inútil —dijo el rubio, que se mantenía en pie a escasos metros de ellos, contemplando la escena—. Si no queréis venir por las buenas, tendremos que hacerlo por las malas.
—¡¿Se supone que esto es por las buenas?! —gritaron ambos a la vez.
El carácter relativamente pacífico de la muchedumbre dio entonces un cambio radical, volviéndose mucho más violento y salvaje. Las personas dejaron de simplemente recibir los golpes a esquivarlos y atacar, y ambos pronto comprendieron que, pese a que aquellas gentes no eran luchadoras, no podrían salir de allí.
—Él es la clave —dijo Astrid, señalando al rubio—. A él no se acercan. Tenemos que hacernos con él.
Hipo asintió y ambos dedicaron todo su esfuerzo en llegar hasta aquel hombre, que permanecía impasible pese a ver cómo sus vecinos iban cayendo uno a uno.
—¡Ahora! —gritó Hipo cuando estaban a escasos metros del rubio.
Astrid no se lo pensó dos veces y cogió fuertemente su hacha mientras Hipo se agachaba. Después, se puso a rodar sobre sí misma, repeliendo a la gente de su alrededor y abriendo momentáneamente un camino hacia el hombre. Hipo aprovechó aquellos escasos segundos para salir disparado hacia él y colocarle su espada en el gaznate.
—Haz que paren.
Astrid, un poco mareada aún, se colocó detrás de él y le retorció con fuerza un brazo, evitando así que intentase escapar o defenderse.
El joven no dijo nada, pero la gente no se acercó a ellos.
Astrid le arrastró a la fuerza, abriéndoles un camino hasta que consiguieron salir de la plaza. En ese momento, viendo que las calles estaban despejadas, le dio un fuerte golpe en el costado y le soltó, y ambos aprovecharon para salir corriendo de allí.
—¿Qué narices acaba de pasar? —dijo Astrid, todavía confusa.
—No tengo ni idea, pero será mejor que nos mantengamos alejados de aquí.
En cuanto salieron de la ciudad, Furia descendió del cielo a su encuentro.
—¡A buenas horas! —dijo Astrid irritada—. ¡Habíamos quedado en que nos rescatarías si la cosa se ponía fea!
La dragona se quejó y adoptó una postura de ataque.
Hipo se puso en medio de ambas, con las manos listas para separarlas.
—Vamos a calmarnos un poco. Seguro que Furia tiene alguna razón para no habernos ayudado.
—¡Casi morimos ahí dentro, Hipo! ¡No podemos fiarnos de ella!
La dragona no quiso escuchar nada más. Dio media vuelta y alzó vuelo, dejándoles allí.
Ambos pudieron ver entonces restos de sangre de Furia en la nieve.
