Hipo corría cojeando detrás de su esposa, pero ella no parecía haberle escuchado siquiera. Desde que Furia salió volando, la joven vikinga sentía la urgente necesidad de disculparse con ella y andaba con prisa hacia el campamento, completamente perdida en sus pensamientos. Estaban atravesando una arboleda nieve a través y, pese a no ser una capa especialmente gruesa, sí era lo suficientemente alta como para que a Hipo le costase seguir el ritmo con su pierna metálica.
—¡Astrid!
Hipo resbaló y cayó de espaldas sobre la nieve virgen.
—Oh, estupendo...
Se incorporó un poco y vio cómo Astrid seguía impasible su camino. Hipo se recostó sobre la nieve de nuevo.
—¡Aaaaaaahhhhhhhhhggggg!
Se desquitó pataleando y dando golpes al aire, liberando un poco de la tensión y la frustración que sentía. Después respiró muy hondo, dejando que el frío le inundase por dentro, y soltó suavemente el aire formando una espesa columna de vaho. Repitió el proceso varias veces mientras su mente se perdía entre las estrellas que ya asomaban en el cielo, la desaparición de Desdentao y la discusión entre Astrid y Furia.
Ya más tranquilo, tensó su cuerpo y se levantó de golpe, encontrándose cara a cara con una figura encapuchada.
La sorpresa fue mutua, pero Hipo fue el primero en reaccionar. Sacó su espada flamígera e intentó prenderla, pero el aceite que usaba se había agotado después de la lucha en la ciudad. El vikingo maldijo para sus adentros.
El encapuchado, por su parte, tampoco se quedó de brazos cruzados. Hipo todavía estaba maldiciendo su mala suerte cuando, con un gesto de sus manos, el suelo entero se congeló. Si no fuese por la plantilla antideslizante de la prótesis de Hipo, hubiese caído de espaldas de nuevo. Aún así, le resultaba difícil mantener el equilibrio.
Su adversario no dudó y dio un salto hacia él. A mitad de vuelo, una espada de hielo apareció de la nada en su mano y descargó con ella un fuerte golpe sobre Hipo, que consiguió a duras penas mantenerse en pie tras repelerlo con su arma.
El vikingo rebuscó rápidamente entre sus bolsillos hasta dar con un recambio de aceite para su espada. Tras repeler otra estocada, consiguió insertar la pequeña cápsula dentro de la empuñadura de su espada y activarla justo cuando el encapuchado lanzaba un tercer ataque.
El repentino calor quebró la espada de hielo e hizo retroceder al encapuchado, que se tomó un momento para crear una nueva espada y reconsiderar la situación. Hipo, por su parte, aprovechó el respiro para trazar un círculo a su alrededor con su espada y fundir la fina capa de hielo que le impedía mantenerse en pie correctamente.
Ambos se miraron, atentos a cada movimiento. El vaho salía a bocanadas de ambos, que jadeaban a causa del esfuerzo.
El encapuchado empezó a moverse en círculos, e Hipo prefirió mantenerse en su posición, donde podía apoyar ambas extremidades sin caer para aplicar más fuerza a sus ataques.
La respiración del encapuchado se cortó de pronto e Hipo se preparó para el rápido y directo ataque que le lanzó: una estocada a la cara que consiguió desviar con su espada. El encapuchado aprovechó la fuerza del propio esquive para rodar sobre sí mismo y realizar un ataque circular que Hipo consiguió esquivar por los pelos, dejándole un pequeño arañazo en la nariz. Sin embargo, el encapuchado no dejó de girar y le lanzó una potente patada que le dio de pleno en el hombro, derribándole.
Hipo intentó recomponerse y levantarse, pero el encapuchado era más rápido que él y se le abalanzó con un pequeño puñal de hielo en la mano. Sin embargo, no llegó a tocarle. Una figura apareció de la nada y embistió al encapuchado con un poderoso placaje. Era Astrid.
Ambos rodaron por la nieve hasta dar con un árbol. Astrid se llevó la peor parte y se quedó durante unos instantes sin respiración. El encapuchado se lanzó sobre ella, pero la vikinga consiguió cogerle las muñecas y abrazar su cuerpo con sus piernas antes de que llegase a hacerle ningún daño.
Aprovechando la velocidad del encapuchado, Astrid rodó por el suelo y se puso encima de él. O, mejor dicho, de ella. Con el movimiento de la pelea su capucha se deslizó y dejó ver el rostro de una mujer joven, muy rubia y con una larga coleta que le caía de lado. Sus ojos azules e intensos penetraban a Astrid llenos de furia, y sus mejillas, rojas, contrastaban fuertemente con la palidez de su piel.
—¡Suéltame! —le espetó, forcejeando.
Astrid notó que estaba temblando.
—Ya, claro, para que nos lleves de vuelta a la ciudad con tus amigos los raritos, ¿no? —Astrid le devolvió la mirada, ceñuda—. Ni lo sueñes.
Sus palabras parecieron desconcertarla, pues relajó un poco su cuerpo. Sin embargo, tras unos instantes sacudió la cabeza, negando para sí misma, y abrió las manos. De ellas salieron un par de rayos azules que obligaron a Astrid a retirarse.
La muchacha jadeaba fuertemente y, a duras penas, consiguió ponerse en pie.
Hipo se colocó al lado de Astrid, listo también para continuar luchando, pero no hizo falta. Aquella desconocida se desplomó ante sus ojos.
