Hipo y Astrid se encontraban en el campamento. Era de noche y el cielo reflejaba infinidad de estrellas, aunque la creciente luz del amanecer iba borrándolas poco a poco. Habían pasado la noche haciendo turnos de guardia, tapados juntos con mantas, pero en aquel momento los dos estaban despiertos a causa del intenso frío que sentían. Y, sobretodo, estaban hambrientos. No habían pegado bocado en toda la noche porque, por miedo a ser encontrados, habían preferido no encender el fuego, y con las prisas tampoco habían llevado comida que se pudiese comer sin cocinar.

Las tripas de Hipo rugieron y Astrid rio, pero Hipo pudo leer la tristeza en su rostro.

—Vamos, no te preocupes. La encontraremos y podréis arreglar las cosas.

No habían vuelto a saber nada más de Furia. Al volver al campamento no la encontraron allí, ni tampoco notaron rastro alguno de que se hubiese acercado siquiera.

Un movimiento a sus espaldas les sobresaltó y, al darse la vuelta, vieron a la desconocida con la que habían luchado apenas unas horas atrás de pie, agarrándose débilmente a la tienda de campaña.

—Me habéis salvado...

—Tus pasos sonaban —dijo por toda respuesta Astrid, encogiéndose de hombros y colocándose las mantas.

—Gracias... —Por su gesto, pareció entender perfectamente a qué se refería la vikinga.

La joven dio unos pasos hacia ellos, débilmente, e Hipo se levantó para sujetarla antes de que cayese.

—Vamos, deberías volver dentro a descansar. Tenías mucha fiebre.

Ella negó, e Hipo la acompañó hasta sentarse al lado de Astrid. Después, extendió sus brazos y unas luces brillantes aparecieron flotando. Un instante después, salieron volando en todas direcciones. El esfuerzo hizo que, incluso sentada, se tambalease un poco.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Hipo mientras Astrid sujetaba, desconfiada, a la mujer.

—Detectores. Con ellos podremos saber si se acerca alguien. Si no encendéis la hoguera vais a morir de frío.

Los vikingos se miraron, decidiendo qué hacer. Finalmente, el frío pudo más que la desconfianza e Hipo se encogió de hombros y se dedicó a prender la hoguera. Su calor reconfortante hizo que tanto Astrid como Hipo se acercasen más a ella, aliviados.

—¿No vienes? —preguntó Astrid, frotando las manos delante del fuego.

—No, aquí estoy bien. Por si no lo habéis notado, tengo poderes de hielo, así que el frío no es un problema para mí.

Hipo ni siquiera estaba escuchando, puesto que ya había sacado las pocas mazorcas que les quedaban y las estaba preparando para cocinarlas.

—Soy Elsa, por cierto.

—Yo soy Astrid, y él es Hipo.

—¿Puedo preguntaros qué hacéis en Arendelle?

—Hemos venido a buscar a Desdentao —dijo Hipo mientras cocinaba—. Es un dragón negro, un poco cabezota y amigo nuestro que ha desaparecido y, por lo visto, parece que está por aquí.

—¿Un dragón? —sonó entre incrédula y alarmada.

—Tranquila, Desdentao no es peligroso —la tranquilizó Astrid, sonriendo.

—¿Tienes idea de dónde podría estar? —preguntó Hipo con interés—. No puede volar por sí mismo por... bueno, por un accidente que sufrimos hace unos años, así que alguien debe de habérselo llevado.

Elsa puso cara de preocupación.

—Si alguien se lo ha llevado, creo que sé quién puede ser.

Hipo paró un momento y la miró fijamente, interrogante.

—Seguramente haya sido... mi hermana.

Elsa acompañó semejante declaración con una ligera sonrisa de culpa.

—¿Tu hermana? —Hipo no daba crédito—. Tu hermana... Así que tienes una hermana. ¿Ella también tiene poderes, no sé, de fuego o algo así? ¿Y para qué querría tu hermana un dragón?

Astrid le dio un codazo en el costado que le cortó la respiración.

—¿Cómo te va a contestar si no te callas?

Elsa sonrió con tristeza.

—Todo empezó hace tres meses, pero debo remontarme un poco más en el tiempo para que entendáis mejor lo que está pasando. Al menos en parte, porque ni yo misma lo sé.

»Anna y yo somos de la familia real de Arendelle. Yo reiné primero pero, por mis poderes, acabé haciéndome cargo del bosque encantado junto a los Northuldra. Sí, sé que suena a cuento —comentó al ver las caras de los vikingos— pero os aseguro que es real.

»Anna entonces pasó a ser la reina en Arendelle. Se casó con Kristoff y, la verdad, ambos son mucho mejores reyes de lo que lo fui yo. Son muy cercanos y el pueblo les adora. A mí me cuesta un poco más eso de acercarme a la gente.

»Al principio manteníamos la misma relación que siempre: nos mandábamos cartas, nos veíamos cada dos por tres... pero el bosque es muy grande y, en ocasiones, tenía que irme durante largas temporadas a zonas lejanas a descubrir por qué el río bajaba con poco caudal o a apaciguar a los gigantes de tierra.

—¿Gigantes? —dijeron al unísono los vikingos.

—Bueno, vosotros tenéis dragones y nosotros gigantes —contestó divertida.

»El caso es que, sin apenas darnos cuenta, nos fuimos distanciando. Cada vez teníamos más obligaciones y menos tiempo para vernos.

»Este año el invierno está siendo especialmente crudo en el norte. Las cosechas no nos han ido muy bien y hemos tenido que trabajar muy duro para conseguir el suficiente alimento como para pasar el invierno. En todo ese tiempo no tuve noticias de Anna y en un principio pensé que sería porque en Arendelle las cosas tampoco estaban funcionando bien: había reportes de robos, escasez de comida... Supuse que estaría muy ocupada gestionando todo eso pero, aún así, le seguí escribiendo en cuanto tenía oportunidad.

»Cuando pasó más de un mes sin tener respuesta me preocupé y fui a verla. Y la encontré... cambiada. No sé cómo explicarlo. Se comportaba de una manera muy fría, muy distante. Apenas cruzamos unas palabras antes de que me despachase, dejándome con la palabra en la boca.

»Volví al bosque, preocupada, y allí recibí la visita de un amigo, Olaf, que me confirmó que Anna estaba muy rara. Una semana después regresé a Arendelle para hablar con ella, pero entonces no pude ni siquiera verla. Por supuesto, seguí insistiendo, pero fue inútil.

»En las últimas visitas noté que había más silencio del habitual, pero estaba tan preocupada por Anna que no le di demasiada importancia.

»La última vez que fui, hace dos semanas, llegué dispuesta a verla a toda costa. Primero los sirvientes me pidieron que me marchase, pero me negué. Luego llegó la guardia real, a la que tampoco hice caso. Finalmente llegó Kristoff a lomos de Sven.

—¿Un tipo rubio y fuerte a lomos de un reno? —dijo Hipo.

—Veo que ya le habéis conocido —Elsa sonrió con tristeza—. En ese caso, no hace falta que os explique lo que pasó a continuación...

»Conseguí salir de allí a duras penas y, usando mis poderes de hielo, congelé el fiordo entero para inutilizar sus barcos y recrudecí el invierno para bloquear los caminos. Sé que algo están tramando, pero no sé el qué, así que preferí limitar sus movimientos lo máximo posible para evitar que hagan alguna estupidez.

»Desde entonces, las tropas del reino me persiguen e incluso he tenido que luchar a muerte con algunos de ellos. Aunque, en realidad, esto no es del todo cierto. La única que puede morir en este caso parece que soy yo, ya sabéis.

Hipo y Astrid la miraron sin entender.

—¡Oh! Perdón. Pensaba que como ya habíais luchado contra ellos os habríais dado cuenta. Por lo visto, les hagas el daño que les hagas, son capaces de regenerarse por completo. En uno de nuestros enfrentamientos, le corté un brazo por accidente al teniente Mathias, que se quedó en el suelo, desangrándose. Sin embargo, la siguiente vez que me encontraron, allí estaba, como si nada. Y lo mismo con muchos otros soldados.

Un escalofrío recorrió la columna de Hipo. ¿Cómo iban a vencer a un enemigo al que no se podía ni siquiera matar?

—Llevo huyendo desde entonces, buscando la forma de llegar hasta Anna para poder hablar con ella, pero pasar tanto tiempo sola y con un enemigo incansable me ha pasado factura. Sobretodo no poder dormir por tener que estar pendiente de los ataques. Es decir, si saltasen estando dormida podría no enterarme, y en ese caso mi vida correría peligro. Pero tal vez ahora que nos hemos encontrado la cosa pueda cambiar...

Hipo y Astrid sonrieron.

—Cuenta con nosotros.