Pasaron unos días más en el campamento esperando a que Elsa recuperase fuerzas, pues seguía teniendo fiebre y necesitaba reposo.

Hipo pasaba el día fuera, buscando a Furia. Astrid había discutido con él porque quería ser ella quien la buscase, pero el vikingo le hizo entender que tenían más posibilidades de que la dragona no saliese volando si le veía a él que si la veía a ella y finalmente, a regañadientes, aceptó quedarse cuidando de Elsa.

La comida tampoco fue un problema gracias a los conocimientos de la zona de la arendelliana. Así, Astrid hacía pequeñas escapadas para conseguir un poco de comida para el día y, después, pasaba el día con Elsa, con quien congenió bastante bien.

Hablaron mucho aquellos días: de su modo de vida, de su familia, de sus aventuras pasadas... Elsa, mucho más comedida, hablaba tranquilamente de ello desde el jergón, mientras que Astrid, mucho más enérgica, solía representar escenas enteras dando saltos y lanzando cosas entre gritos y risas.

—Dime una cosa —dijo Elsa una tarde—. ¿A ti también se te hace muy cuesta arriba el liderazgo?

—Bueno, a veces... Es una responsabilidad muy grande, y también un honor, claro, pero de vez en cuando echo de menos tener un poco más de libertad.

—Sí...

—Pero luego veo a Hipo, cómo se esfuerza y cómo, cuando está en la misma situación, sacude la cabeza, se pone erguido y suelta cosas como "el primer deber de un jefe es para con su pueblo" —por supuesto, fue representándolo a la vez que hablaba, poniendo la voz grave—. Eran cosas que decía su padre.

—Parece que fue un gran... ¿Cómo era? ¿Jefe?

Astrid rio.

—Sí, jefe. Uno de los mejores que nuestro pueblo recuerde. Es difícil estar a su altura, pero lo intentamos.

—Seguro que sois mejores de lo que creéis.

La vikinga sonrió.

—¿Y bien?— le dijo, sentándose a su lado y mirándola fijamente.

—¿Y bien, qué?

—¿A qué venía esa pregunta?

Elsa se sorprendió un poco al verse descubierta.

—Bueno... para mí fue bastante difícil todo el tema del reinado y demás. Primero por mis poderes, por la falta de control que tenía sobre ellos, y luego por mis poderes otra vez, porque cuanto más crecían más ansiaba ser libre. Luego pasó todo lo del bosque y... no sé, tengo miedo de haber usado aquello como excusa para escapar y que, al haberle cargado todo a Anna, haya sido demasiado para ella y no haya sabido llevarlo, o de que yo no haya sabido interpretar las señales y no me haya dado cuenta de que ella tampoco quería reinar. —Se quedó un momento en silencio. —Supongo que lo que realmente me da miedo es que... es que sea yo la causante de que Anna esté así.

—Vamos, no digas eso. Seguro que hay alguna explicación para todo esto. Y sea lo que sea lo que lo ha provocado, conseguiremos arreglarlo de una manera u otra.

Astrid la abrazó y Elsa se dejó abrazar, sintiendo la calidez de la vikinga y las cosquillas en la nariz del pelaje de su abrigo. Y, de pronto, lo notó.

Elsa se retiró súbitamente.

—¿Qué pasa? ¿Los detectores?

—¿Eh? N-No, no, tranquila... es sólo que estoy un poco cansada. Voy a ver si duermo un poco.

—De acuerdo, te dejo descansar entonces. Hasta luego.

Astrid le tocó suavemente la cabeza en señal de despedida y luego salió de la tienda, dejando a Elsa con el corazón desbocado.

Aquella misma noche, Elsa se despertó, sobresaltada. Se sentó y prestó atención. De nuevo, notó una ligera vibración en su interior.

—¡Hipo! ¡Astrid! —dijo con urgencia, procurando no levantar demasiado la voz—. Están cerca.

No hizo falta más.

Hipo cubrió las brasas que usaban para calentarse con arena y Astrid se dispuso a salir, hacha en mano, dispuesta a enfrentarse a cualquiera que osase acercarse demasiado.

—Astrid, espera —dijo Elsa—. ¿Cuánto tiempo necesitáis para desmontar el campamento?

Los vikingos se miraron.

—¿Cinco minutos? —contestó Hipo, mirando a Astrid.

—Cuatro si lo hacemos entre los dos.

Elsa no pudo evitar sentirse impresionada.

—Está bien, creo que puedo conseguirnos ese tiempo.

—No te sobreesfuerces, Elsa —dijo Hipo, preocupado—. Puede que no te hayas percatado, pero estos son los cuerpos de los mejores vikingos de la historia.

La arendelliana tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para contener la risa, viendo el desgarbado cuerpo de Hipo. Aunque reconocía que luchaban bien.

—No te preocupes; sólo voy a jugar un poco con ellos.

Cerró los ojos y, frente a ellos se materializó una figura de nieve, igualita a ella. Le puso su capa y, en cuanto estuvo vestida, salió corriendo.

—Con suerte, para cuando se den cuenta ya estaremos lo suficientemente lejos.

Pero los vikingos no estaban escuchando. Con una habilidad pasmosa, desataban cuerdas, plegaban telas y guardaban bártulos en total sincronía mutua. Elsa sólo pudo quedarse en un lado, tapada con una manta, contemplando fascinada (y con un poco de envidia) cómo el campamento desaparecía en un abrir y cerrar de ojos.

—¡Sí! —dijo Astrid cuando terminaron, chocándole la mano a Hipo.

—¡Creo que hemos batido el récord de Bocón!

Elsa carraspeó.

—¿Nos vamos?

—¡Ah, sí! Los lunáticos silenciosos inmortales y eso —dijo Hipo, recordando de pronto la situación en la que estaban—. Sí, ¡vámonos! Esto... ¿A dónde vamos?

—Creo que lo mejor será ir al norte, con los Northuldra. Allí podremos descansar y organizarnos. Aquí somos demasiado vulnerables.

—¿Estás en condiciones para el viaje? —dijo Astrid.

—Sí. Estos días he podido descansar lo suficiente. Gracias... a los dos.

—¡Al norte pues! ¡En marcha!

Hipo, cogió una de las dos mochilas que habían preparado, se la cargó a la espalda y empezó a andar.

—Eso es el sur —dijo Elsa, divertida.

—¡Por supuesto! —El vikingo dio media vuelta y siguió andando como si nada. —¡Norte, allá vamos!