—Bienvenidos al bosque encantado —dijo Elsa cuando, un par de días después, alcanzaron los monolitos de la entrada.

Los vikingos no pudieron reprimir un escalofrío al cruzar la linde del bosque.

—¿Cómo vamos a encontrar a tus amigos aquí? Parece un bosque muy grande y dijiste que eran nómadas.

—¡Oh! No te preocupes por eso.

Elsa silbó y, unos instantes después, una ráfaga de aire que parecía tener vida propia les revolvió el pelo y los ropajes, emitiendo un sonido muy agudo.

—¿También tienes magia de aire? —preguntó sorprendida Astrid.

—Os presento a Galerna, el espíritu del aire —contestó Elsa, riendo—. Galerna, ¿sabes por dónde están los Northuldra?

La ráfaga de aire se agitó y silbó.

—Ya veo. De acuerdo. ¿Te importaría ir y avisarles de que vamos para allá?

Galerna se agitó todavía más.

—Gracias.

Y la ráfaga de viento se perdió, dirección norte.

—Vaya... eso ha sido una pasada —dijo Astrid fascinada—. No esperaba que fuesen así los espíritus, la verdad... Estoy deseando conocer al resto de espíritus.

—Los conoceréis en cuanto lleguemos. Excepto Galerna, el resto deberían estar con los Northuldra, protegiéndoles. No es que Galerna no sepa defenderlos, pero es la más rápida de todas y es más útil como vigía y mensajera.

—¿Crees que seguimos estando en peligro? —preguntó Hipo.

—Creo que vale más ser precavidos. No sabemos lo que está pasando en Arendelle y, aunque no creo que llegasen a encontrar a los Northuldra en su propio bosque, no está de más tomar medidas, por si acaso. ¿Qué? — dijo de pronto, incómoda ante la mirada de Astrid.

—No, nada... —contestó la vikinga, sonriendo y cogiéndole la mano—. Seguro que fuiste una reina estupenda.

Elsa no supo qué contestar y sonrió agradecida, sintiendo una agradable sensación en el estómago.

—Deberían estar por aquí —dijo Elsa unas horas después.

Estaban en una zona del bosque muy espesa, con altos matorrales que les rodeaban y les bloqueaban la visión.

—¡Elsa! —dijo alguien de pronto, a sus espaldas.

—¡Ah!

Astrid, asustada ante la repentina presencia de un muñeco de nieve, reaccionó sin pensar y le dio una patada en la cabeza, mandándola por los aires a los brazos de Hipo, que se quedó mirándola, extrañado.

—¡Hola!

Sorprendido al ver que hablaba, le lanzó la cabeza a Astrid.

—Vosotros debéis de ser los compañeros de Elsa que comentaba Galerna.

Astrid le devolvió la cabeza a Hipo con un "¡yo no lo quiero!".

—Espero que os sintáis cómodos en el bosque. Es un poco frío, pero sus gentes son muy cálidas.

Hipo se la devolvió de nuevo, con un "¡yo tampoco!".

Elsa atrapó la cabeza en pleno vuelo y la devolvió a su sitio.

—Chicos, os presento a Olaf.

—¿Olaf tu amigo? —preguntó Astrid con los ojos como platos—. ¡Nunca dijiste que fuese un muñeco de nieve!

—Oh... ¿Sorpresa?

Elsa les dedicó una sonrisa divertida.

—Ha sido un buen juego —dijo contento, Olaf, cogiendo de las manos a los vikingos y tirando de ellos—. Venga, tenéis que conocer al resto.

Se dejaron guiar por el muñeco de nieve y llegaron al campamento Northuldra, donde se vieron rodeados, para alivio de los vikingos, de personas normales y corrientes que saludaban efusivamente a Elsa o daban la bienvenida educadamente a los vikingos.

Una anciana con un tosco bastón se abrió paso entre la multitud.

—¡Yelena! —dijo Elsa, feliz, cogiéndole la mano.

—Bienvenida, Elsa. Y bienvenidos. Somos Northulda, el pueblo del Sol, y esperamos que os sintáis como en casa.

Hipo y Astrid hicieron una pequeña inclinación de cabeza, agradecidos.

—Seguro que tenéis muchas cosas que contarnos, pero esperemos a la noche mejor: Ryder y Honeymaren todavía no han vuelto, y el grupo de recolectores tampoco.

—Gracias, Yelena —contestó Elsa.

Pasearon un rato por el campamento, saludando a sus habitantes y haciendo las presentaciones oportunas. Vieron que se trataba de gente sencilla y agradable, afanados en sus quehaceres, e Hipo sintió una punzada de nostalgia recordando su poblado: se parecían más de lo que hubiese podido imaginar.

También conocieron al espíritu del fuego, que quedó encantado cuando Hipo le enseñó su espada llameante, al espíritu del agua, al que Elsa congeló para que pudiese acompañarles, y a los gigantes de tierra, que montaron a los vikingos en sus hombros. Se les congelaron hasta las pestañas, pero las vistas de las que disfrutaron bien lo valían.

Por la noche, todos los Northuldra se congregaron en torno a una gran hoguera. Allí, Elsa les contó todo lo que había sucedido en su ausencia, y una arruga de preocupación fue apareciendo en la frente de Yelena a medida que la arendelliana hablaba.

Hipo también aprovechó para preguntar por Furia y Desdentao pero, como esperaba, nadie había visto nada parecido a un dragón.

—Sin duda, son noticias inquietantes —dijo Yelena, tomando la palabra—, pero el bosque siempre nos ha protegido, y seguirá haciéndolo. Descansemos esta noche y meditemos todo esto, que no es poco.

Los Northuldra entendieron aquello como una disolución de la reunión, pues la gran mayoría se levantaron y se dispersaron.

Hipo se quedó un rato más junto a las llamas, taciturno. Además, estaba jugueteando con unas ramas y unos trozos de tela.

—¿Nuevo juguete? —preguntó Astrid.

—Supongo... —contestó él sin muchas ganas.

La vikinga se asomó y vio cómo Hipo intentaba colocar un pequeño arpón en un brazalete, aunque no acababa de entender muy bien para qué.

—Interesante... ¿Qué es?

Hipo no contestó.

—Vamos —le dijo Astrid, dándole un empujoncito con su hombro— encontraremos a Furia y a Desdentao, ya verás. Además... —se acercó un poco más a él para susurrarle— esta noche tenemos la tienda para nosotros dos solos.

La idea de recuperar la intimidad con su mujer le animó.

—¡Qué sueño tengo! —dijo estirándose descaradamente y guardando el invento en el que estaba trabajando.

Astrid rio, le cogió de la mano y tiró de él para levantarle.

Elsa vio como ambos abandonaban el calor del fuego en dirección a su tienda, entre risitas, y sintió una punzada de dolor que la desconcertaba. Cogió un palo y se dedicó a golpear los troncos en llamas de la hoguera entre enfadada y triste, perdida en sus pensamientos.

—¿Qué te ocurre? —preguntó de pronto una voz a su lado, sobresaltándola.

Era Honeymaren. Estaba tan absorta que no se había dado cuenta de que la northuldra se había sentado a su lado, mirándola fijamente.

—¡Ah! Hola. Qué susto... ¿Desde cuando llevas ahí? —intentó cambiar de tema.

—Elsa... —Honeymaren se cruzó de brazos.

Elsa suspiró, aceptando su derrota.

—Es que... es que no lo sé.

Y era verdad. No acababa de entender todo lo que estaba sintiendo.

Honeymaren, leyendo el desconcierto en su cara, la abrazó con cariño.

—Cuando no sabes qué hacer, nosotros decimos que te dejes guiar por la vida.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Supongo que es una forma de decir que hagas caso a lo que tu instinto te dice.

—¿Y cuando tu instinto no te dice nada?

—Entonces hay que estar atenta para cuando llegue el momento en que te diga qué hacer.

Elsa seguía confusa, pero se sintió un poco mejor.

—El instinto no sé, pero voy a hacerle caso al cuerpo y voy a dormir. Estoy cansada.

—Claro, buenas noches. Y recuerda que me tienes aquí para lo que necesites.

—Gracias. —Elsa le apretó la mano con cariño. —Buenas noches.

Llegó a su tienda y encontró a Olaf profundamente dormido, ocupando todo el espacio. Lo retiró con cuidado de no despertarle y se tumbó en su jergón, intentando no pensar en nada. No le fue difícil, pues entre el cansancio del viaje y el estado de ánimo pronto quedó dormida, pero los sueños traicionaban su tormenta interna.

Soñó con dragones y con gigantes, con sombras y con espíritus, con vikingos y northuldras... sueños agitados, de imágenes rápidas que pasaban ante sus ojos y que la incomodaban. Por eso, cuando cerca del amanecer sintió que alguien la zarandeaba con urgencia, casi sintió alivio.

—¡Elsa, despierta! ¡Elsa!

La arendelliana abrió los ojos. Era Olaf.

—¡Nos están atacando!