—¿Que nos están atacando?

La adrenalina recorrió su cuerpo y, completamente despejada, se puso en pie. Se oían gritos y golpes, gente corriendo y dando órdenes.

—Quédate dentro —le pidió.

Olaf se retiró a un rincón, asustado, y Elsa salió de la tienda a toda prisa.

—¡Elsa! —Astrid e Hipo salieron de la oscuridad y se reunieron con ella. —¿Qué está pasando?

—No lo sé, pero vamos a averiguarlo. ¡Galerna!

El espíritu no respondió a su llamada. Era la primera vez que pasaba aquello y se sintió desconcertada. Probó a llamarla un par de veces más con el mismo resultado.

Quien sí apareció fue el espíritu del fuego, que se colocó en su hombro.

—Perfecto —dijo la arendelliana—. Necesitamos ver. ¿Podrías prender la copa de los árboles?

La salamandra se puso en pose de "déjamelo a mí" y, después, saltó de su hombro y se perdió rápidamente en la oscuridad. Un instante después, todas las copas estaban en llamas, iluminando el campamento entero.

En uno de los flancos vieron soldados de Arendelle luchando ferozmente con los northuldra, que, con su propio estilo de lucha, plantaban cara a espadas y escudos con palos y piedras.

—¿Cómo nos han encontrado? —dijo Hipo, sorprendido—. A nosotros nos costó horrores saber dónde estaba el campamento, y eso que nos estabas guiando tú.

Elsa se mordió el pulgar, visiblemente irritada. Su incertidumbre interna, la situación con su hermana, la desaparición de Galerna, el ataque sorpresa... se estaban juntando demasiadas cosas que no acababa de entender y sentía cómo la frustración iba creciendo en su interior.

De pronto le cambió la cara.

Sin decir una palabra se abalanzó sobre Hipo, derribándole y poniéndose sobre él, rebuscándole por el cuello, los bolsillos, las mangas, el pelo...

—¡Uo, uo, uo! —protestó el vikingo, desconcertado—. ¿Qué estás haciendo? ¡Ay! ¡Me haces cosquillas!

Ajena a sus comentarios, siguió examinando al vikingo hasta que se quedó conforme, momento en que se lanzó sobre Astrid, repitiendo el proceso. La vikinga, curiosamente, se dejó hacer sin oponer resistencia.

Al no encontrar nada, Elsa se levantó y maldijo. Y entonces vio el hacha de Astrid en el suelo. La cogió con urgencia y la revisó minuciosamente, revisando cada centímetro de ella. Y entonces lo vió. Un pequeño gusano, encajado en un resquicio entre la hoja y el mango, completamente quieto. Lo cogió con cuidado y se lo mostró a los vikingos.

—Por esto nos han encontrado.

—¿Qué demonios es eso? —dijo Hipo, poniendo cara de asco.

—Una larva de Hoods. Los padres pueden detectarlos a kilómetros.

Elsa estaba temblando de ira. Anna había ido demasiado lejos.

—Elsa... yo... —dijo Astrid, sintiéndose culpable— no tenía ni idea. No era mi intención. La debieron colocar cuando luchamos con ellos en...

—No —la cortó Elsa—. No es culpa tuya.

Colocó al insecto a un lado, con cuidado de no hacerle daño, y se levantó para mirar a su alrededor. Con una explosión de hielo, dejó fuera de combate a varios soldados de Arendelle. Sabía que era cuestión de tiempo antes de que volviesen a ponerse en pie, pero con suerte podrían ganar el tiempo suficiente como para escapar.

—¡Olaf! —El aludido salió de la tienda, mirando desconfiado hacia todas partes. —Tenemos que escapar de aquí. Ya sabes lo que tienes que hacer.

Olaf asintió con gesto grave.

—Ten cuidado...

El muñeco de nieve le dio un rápido abrazo y salió corriendo en dirección opuesta a los soldados.

Elsa se volvió hacia los vikingos.

—Sé que no es vuestra guerra, pero nos vendría bien tener dos pares de manos más. Necesitamos evacuar el campamento.

Mientras hablaba, congeló a un pequeño grupo de soldados de Arendelle que se había acercado a ellos.

—Por supuesto —dijo Astrid que, sintiéndose utilizada, tenía ganas de desquitarse.

Sin esperar a nada más, la vikinga se lanzó hacha en mano hacia un grupo de soldados que estaban empezando a rodear a varios northuldra.

Hipo se dispuso a seguirla, pero Elsa le cogió del hombro.

—Espera, Hipo. ¿Crees que podrías llegar a los gigantes de tierra? Nos vendría genial su ayuda.

—Por supuesto.

Dio media vuelta y salió corriendo todo lo rápido que pudo. No estaban muy lejos, así que no tardaría mucho en regresar.

Elsa, sin perder ni un segundo, silbó y oyó el relinchar del espíritu del agua cerca. Se abrió paso, con ganas, quemando parte de la ira que sentía, hasta llegar a él. Después lo congeló y montó en su lomo.

Cabalgó por el campamento, dejando un reguero de cuerpos congelados. Parecía que estaban consiguiendo repeler el ataque sin demasiados problemas: Astrid luchaba con fervor, e incluso se podría decir con alegría, contra varios soldados a la vez, y los northuldra también se desenvolvían bien pese a ser un pueblo pacífico. Y, aún así, Elsa sentía que algo no iba bien, aunque no sabría explicar qué era exactamente lo que fallaba. Sin tiempo para reflexionar, simplemente se dejó llevar, ayudando a todo aquel que quedaba a su alcance.

—¡Cuidado ahí abajo!

Gritó Hipo, llegando a lomos de un gigante de tierra.

Con un sólo rugido, el gigante creó un pasillo perfecto para la huida. Los northuldra aprovecharon la oportunidad y se lanzaron a la carrera hacia las profundidades de la oscuridad del bosque.

Un sonido, agudo y creciente, apareció de repente. Astrid e Hipo lo reconocieron de inmediato.

—¡Todo el mundo al suelo! —gritó Astrid.

Un dragón, oscuro como la noche, apareció de la nada a toda velocidad y soltó una potente explosión morada contra el pecho del gigante de piedra en el que Hipo se encontraba. El gigante se tambaleó y cayó de rodillas mientras su pecho entero se desmoronaba. Hipo consiguió a duras penas mantener el equilibrio, agarrándose fuertemente a la cabeza del coloso.

Elsa se asustó. Jamás había visto semejante poder como para dañar a un gigante de tierra y aquello le puso los pelos de punta.

—Vamos —le dijo al espíritu del agua, con la voz temblorosa.

El caballo se dio la vuelta y se dispuso a salir corriendo, pero una gruesa red les cayó encima, atrapándoles. El peso era asfixiante y apenas podía moverse. Intentó levantar la red con magia, creando gruesos pilares de hielo desde el suelo, pero por alguna razón se rompían al tocarla sin apenas moverla. Viendo que esto no surtía ningún efecto, se las apañó para sacar una de sus manos por un agujero y defenderse congelando a varios de los soldados que se les echaron encima.

Hipo vio como la sombra del dragón se acercaba al gigante abatido, despacio, hasta que la luz del incendio lo iluminó.

—¡Desdentao!

El vikingo, emocionado, dio un paso hacia él con la mano extendida, pero el dragón no dio muestras de reconocerle. Entonces, Hipo vio que, sobre su lomo, había una persona. Una mujer, joven, pelirroja, con cierto aire a Elsa.

—Vamos, campeón. Soy yo.

Pero Desdentao ni siquiera le miró.

Hipo se fijó en su cola, en el lugar donde estaba antes su prótesis, y se sorprendió al ver que parecía restaurada, como si jamás hubiese sufrido ningún daño. Si no fuese porque tenía la certeza de que no había más furias nocturnas en el mundo, habría dudado de que aquel fuese Desdentao.

—¿Qué le has hecho? —inquirió el vikingo.

La mujer sonrió. Parecía satisfecha por algo, pero no contestó. En vez de eso, sacó de entre sus ropajes un pequeño frasco cristalino, lo abrió e indicó al dragón que se acercase más. Hipo pudo ver cómo, en el interior del gigante, una gema de color ámbar parecía palpitar. Cuando ya estuvo lo suficientemente cerca, colocó la boca del frasco sobre la gema y, un segundo después, la gema había desaparecido y el frasco lucía un brillante tono amarillento.

Hipo decidió pasar a modo vikingo y, respirando hondo, se dispuso a saltar sobre el dragón, pero una fuerte sacudida le frenó. El gigante estaba desmoronándose.

—¡Espera, espera, espera! —dijo Hipo, sujetándose como podía.

Finalmente consiguió dar un pequeño salto hacia el vacío, dejando atrás a la montaña de rocas que caían sin control, y desplegó las alas artificiales que tenía en su traje dispuesto a derribar a la mujer que se alejaba con Desdentao. Pero para el dragón fue fácil esquivarle y recuperar un poco de altura para quedar fuera de su alcance.

—¡Desdentao! ¡Campeón! —gritó Hipo mientras planeaba hacia el suelo.

Pero el dragón siguió su camino sin ni siquiera mirar atrás.

Una figura apareció ante Elsa.

—¡Kristoff!

El aludido se agachó y la miró con unos ojos vacíos.

—Gracias —le dijo al fin—. Sin tu ayuda, nunca hubiésemos conseguido atrapar al espíritu del agua.

—¡¿Qué?!

Pero el joven ya no le estaba prestando atención. Sacó un pequeño frasco cristalino, lo abrió y colocó la embocadura sobre el caballo, que relinchaba con desesperación. Apenas un instante más tarde, el espíritu del agua había desaparecido y el frasco brillaba con un suave tono azulado.

Elsa intentó detener a Kristoff, que ya se estaba retirando, pero todo el peso de la red que antes soportaba el espíritu del agua caía ahora sobre su cuerpo y apenas podía respirar. Los soldados de Arendelle la rodearon, dispuestos a acabar con ella, y Elsa no pudo evitar preguntarse si aquel sería su final.

Con la vista un poco nublada, vio como el hacha de Astrid destelleaba mientras acababa con los soldados que le quedaban más cerca. Después, con una serie de precisos cortes, logró crear un agujero por el que tirar de Elsa, liberándola.

La arendelliana, tumbada en el suelo, tomó una buena bocanada de aire, sintiendo cómo el aire volvía a hinchar sus pulmones y como la vida volvía a ella.

Hipo, que las había visto desde el cielo, aterrizó unos metros más allá y fue corriendo a su encuentro, listo para la batalla, pero los soldados se replegaron todos a una. Su misión había concluido.

—¿Estás bien? —preguntó Astrid a Hipo.

—Sí... No... No sé... —el vikingo andaba de un lado a otro, ceñudo—. He visto a Desdentao, pero no era él. Estaba raro... no sé cómo explicarlo, pero necesita nuestra ayuda.

—Para eso hemos venido —le consoló Astrid, colocándole una mano en el pecho.

Los vikingos notaron un repentino frío y cómo se les escarchaba la ropa.

Elsa, tumbada boca arriba y con un brazo cubriéndole la cara, lloraba discretamente. Después, apretó los puños con fuerza y liberó toda su ira.

—¡ANNA!

Fue todo cuanto dijo, pero su voz reverberó por todo el bosque dejando un silencio absoluto tras su paso.