—Vale —dijo Elsa, intentando ordenar sus pensamientos—. Primera pregunta: ¿dónde está Anna?

—La tienes delante.

Elsa hizo que el hielo subiese un poco más.

—No, en serio. Ésta es tu hermana. Yo de ti me andaría con cuidado.

—Está bien. En ese caso, ¿quién eres?

El espíritu se paró a pensar.

—Supongo que puedes llamarme Olvido.

—¿Olvido? ¿Qué clase de nombre es ése?

—¡No me acuerdo!

Estalló en carcajadas ante la atónita mirada de Elsa.

—Chiste malo, perdona... —dijo tranquilizándose, con una lagrimilla en los ojos—. Es una larga historia que tengo con la historia, ¡valga la redundancia! —contestó divertido con su juego de palabras—. La historia la escriben los vencedores y, a veces, se olvidan de incluir a los vencidos.

—¿Es lo que te pasó a ti?

—Sí, pero no quiero aburrirte con mis problemas.

—No, por favor. Insisto.

—No, no. En serio, es una historia muy aburrida.

Elsa pensó que sería mejor dejar aquella conversación para más adelante. Había muchas otras cosas que quería preguntar y no quería perder demasiado tiempo.

—Está bien... Olvido —cedió—. ¿Qué narices eres?

—¡Vamos, Elsa! ¡No me dirás que no reconoces a uno de los tuyos cuando lo ves!

—¿Eres un espíritu? ¿Cómo los espíritus del bosque?

—¡Claro! ¿No pensarías que eran los únicos espíritus que había, verdad?

Elsa guardó un incómodo silencio.

—Oh, vaya... Bueno, supongo que es normal. Al fin y al cabo, los espíritus nunca solemos ligarnos a nada ni a nadie... mejor dicho, casi nunca.

—Entonces, ¿qué eres? ¿El espíritu de la posesión o algo así?

—¡Oh, no, no! ¡Por favor! Ese tío es asqueroso, aprovechándose de sus pobres víctimas sin darles la oportunidad de defenderse siquiera...

Elsa se cruzó de brazos, esperando a que siguiese.

—No creerás que te voy a decir cuál es mi poder, ¿verdad? ¡Estaría en un lío si lo hiciese!

El hielo fue subiendo poco a poco.

—¡Oye, oye! ¡Recuerda que estás congelando a tu hermana! Si me matas, la matarás a ella, tenlo presente.

Elsa detuvo el hielo. No estaba segura de que aquello fuese cierto, pero tampoco quería arriesgarse.

—Entonces, ¿Anna está aquí?

—Sí, por supuesto, aunque no puede verte ni oírte.

—Déjame hablar con ella.

Su tono no admitía réplica. El espíritu lo pensó durante unos instantes.

—Está bien... supongo que un pequeño diálogo con tu hermana no hará ningún daño...

Astrid siguió a duras penas al pelotón a través de la muralla del castillo hasta llegar al patio de armas. Allí, aquellos soldados, marcharon hasta ocupar su lugar.

—¡Decimoquinta unidad, completa! —gritó alguien.

Astrid se asomó para ver mejor y se quedó sin respiración. El patio de armas estaba completamente abarrotado de soldados. La vikinga había participado en muchas batallas, algunas multitudinarias, y jamás había visto tantos soldados juntos. Todos quietos, inmóviles, mirando al frente como si fuesen estatuas. Y allí, supervisándolos a todos, estaba el rubio con su reno.

—Vale... hora de volver.

Intentó retroceder, pero un brazo surgido de la nada la intentó agarrar con fuerza por el cuello. Por suerte, Astrid fue más rápida y consiguió bajar la barbilla para bloquearle el acceso a su garganta. Si no lo hubiese hecho, hubiese estado en verdaderos problemas.

El soldado, sin emitir ningún sonido, forcejeó con ella para reducirla pero Astrid, acostumbrada a las trifulcas, le lanzó un par de codazos, uno por cada lado, y aprovechó la momentánea distracción para zafarse de aquel brazo.

Cara a cara ya con el soldado, se lanzó enarbolando su hacha hacia él y, de un golpe seco, le hundió el casco, dejándolo fuera de combate. Y entonces supo que había cometido un tremendo error. Pese a que la vikinga intentó sujetarle, el cuerpo del soldado cayó al patio de armas llamando la atención de todos los soldados allí presentes.

—Oh, mierda... —dijo para sí misma al verse descubierta.

Después, salió corriendo con todas sus fuerzas sin mirar atrás.

El espíritu cerró los ojos y la cabeza de Anna cayó inerte hacia delante. Después, la joven abrió los ojos, parpadeando con dificultad.

—¿Elsa?

—¿Anna, eres tú?

—¡Elsa! —contenta, intentó acercarse a su hermana, pero se encontró con que no podía mover su cuerpo a causa del hielo—. ¿Qué es esto? ¿Qué está pasando?

—Lo siento, Anna, pero es algo necesario.

Anna pareció entender.

—Lo siento yo, Elsa.

Grandes lagrimones rodaron por sus mejillas.

—¿Cómo sé que eres tú? —dijo Elsa, desconfiada.

—No lo sé... —contestó sin parar de llorar.

Elsa se quedó pensando durante unos momentos.

—¿Cómo murieron madre y padre? —preguntó, apretando los puños.

—Elsa... —dijo Anna.

—Dime cómo fue.

Anna suspiró, triste. Era un tema que evitaban tocar.

—La gente cree que murieron en el mar del Sur, ahogados, pero en realidad murieron en el mar Oscuro buscando el origen de tu magia...

Habían guardado celosamente aquel descubrimiento que hicieron tiempo atrás, compartiéndolo sólo con sus más allegados.

—Oh, Anna...

Emocionada, Elsa se acercó a ella y le secó las lágrimas con sus manos.

—Tranquila, te traeré de vuelta sea como sea...

Apoyó su frente en la de su hermana y, de repente, a Anna se le escapó una risita.

Elsa se retiró de inmediato.

—¡Lo siento, no he podido contenerme! ¡Pff... jajajaaja!

Elsa, entre irritada y confusa, respiró hondo intentando frenar su ira.

—Maldito seas... ¡Déjame hablar con mi hermana!

Pero el espíritu no parecía estar escuchando, ocupado como estaba en reírse.

—Ay, Elsa... —dijo al fin, tranquilizándose—. Vamos, ¿a qué viene esa cara? No te habrás enfadado, ¿no? ¡Vamos! ¿Dónde está tu sentido del humor? ¡Ha sido genial!

Elsa no pudo aguantarlo más.

—Se acabó —dijo, y se dispuso a usar sus poderes para congelar por completo a Anna.

—Sí, en eso estamos de acuerdo —contestó el espíritu—. Me encantaría seguir jugando contigo pero, por desgracia, tengo cosas más urgentes que hacer y el tiempo apremia.

Como quien se sacude el polvo, el espíritu se deshizo de la gruesa capa de hielo que le aprisionaba ante la atónita mirada de Elsa.

Hipo flaqueó y apoyó su rodilla en el suelo.

—Duele, ¿verdad? —dijo la voz.

El vikingo intentó no prestarle atención, pero era algo muy difícil.

—Es normal, después de tanto tiempo a su lado, y ahora quiere irse con la primera rubia que se le pasa por delante.

Hipo negó con la cabeza.

—Volver a casa sin ella, ¿te imaginas? Tener que explicarle a toda la aldea dónde está Astrid... No quiero ni imaginar la serie de rumores que correrán sobre ella... y sobre ti. "Es tan mal amante que su mujer le abandonó en el viaje de novios por una mujer", "¿Hipo? Sí, es el jefe de la aldea, pero mejor no salir con él si no quieres acabar aborreciendo a los hombres". ¡Qué cruel puede llegar a ser la gente, ¿verdad?!

Las imágenes de todo cuanto le relataba la voz cobraron forma en su cabeza, sin poder evitarlo. El vikingo sacudía la cabeza una y otra vez, tapándose los oídos, pero la voz resonaba dentro de su cabeza.

—No, no, no... —decía una y otra vez.

—¿Qué pensaría de ti tu padre si aún estuviese vivo? ¿Y qué pensará de ti tu madre?

La imagen de su padre, decepcionado, apareció en su mente, e Hipo apenas pudo soportarlo.

—No te preocupes —le dijo la voz—. Yo me encargaré de todo por ti. Sólo tienes que relajarte y dejar que yo me haga cargo. Eso es...

La luz de los ojos de Hipo se fue apagando lentamente.

—Pero, ¿cómo...?

—Entiendo tu confusión, no te creas. Debo darle las gracias al espíritu de la degradación por ayudarme a escapar.

Elsa miró a su alrededor con urgencia, buscando.

—No, no está aquí —dijo señalando con los brazos abiertos a la habitación—. Está aquí —continuó, señalando su cuerpo.

—¿Eres el espíritu de la degradación?

El espíritu se masajeó el entrecejo con los dedos, irritado.

—No... No lo soy. Pero en cierto modo lo soy. ¿Me sigues?

Elsa lo miraba con el ceño fruncido, intentando comprender.

—¡Por todos los espíritus! Yo no soy el espíritu de la degradación, pero tengo sus poderes. Al igual que los poderes de otros espíritus como el silencio o la vida.

—¡¿Y cómo quieres que lo sepa si no me dices cuál es tu poder?!

El espíritu sonrió, comprendiendo.

—Buen intento, quinto espíritu.

Elsa maldijo para sus adentros.

—Bien, dejémonos de bromas.

El espíritu chasqueó los dedos y Elsa se vio súbitamente atrapada por una planta enredadera, sin poder moverse.

—Como ves, me he hecho con unos cuantos espíritus menores pero necesito cazar a la gran ballena, hacerme con el premio gordo, ya sabes. Sin embargo, tus queridos amigos parece que se están protegiendo detrás de algún sortilegio y no consigo llegar hasta ellos, por lo que no me queda más remedio que usar el puente para hacerlo.

Elsa intentaba liberarse de sus ataduras, pero aquella planta era realmente resistente. El espíritu se colocó frente a ella y le puso la mano en la cabeza.

—Y ahora, con tu permiso... ¡Empecemos!

Elsa sintió un torrente de dolor en su cabeza que fue extendiéndose poco a poco a través de su cuerpo. Intentó resistirse, pero era demasiado.

—¡Oh! ¡Ya los veo! ¡Hola, pequeñines! ¡Es la hora de jugar! Vamos, ¡venid a mí!

Elsa empezó a delirar; ya no sabía qué era real y que no. Oyó un fuerte estruendo y vio un dragón blanco, de brillantes escamas, irrumpir en la habitación por un enorme agujero de la pared.

—¡Otra vez tú! —gritó Anna, entre sorprendida y molesta.

El dragón le dio un fuerte coletazo para retirarla y, sin esperar a nada más, cogió con sus fauces a Elsa, la lanzó sobre su espalda y salió volando mientras la muchacha intentaba sujetarse a su grupa para no caer.

La arendelliana tardó todavía unos instantes más en recomponerse lo suficiente para ver que no se trataba de ningún sueño y que aquello estaba pasando de verdad. El gélido viento sobre su cara y la remisión del dolor ayudaron. Entonces vio a Astrid corriendo, desesperada, con una horda de enemigos a sus espaldas.

—¡Allí! —señaló débilmente.

Pero el dragón ya había iniciado un rapidísimo descenso en picado para coger con sus garras a la vikinga.

—¡Furia! —exclamó sorprendida—. ¡Cuánto me alegro de que estés bien!

La dragona remontó el vuelo y ganó altura rápidamente para dejar atrás las flechas de los arqueros y salir de allí lo antes posible.

—¿Dónde está Hipo...? —preguntó la vikinga, pero la voz murió en su garganta.

Vio a su marido a través de una ventana, postrado en el suelo y agarrándose la cabeza. Se estaban alejando de él.

—¡Está allí! ¡Furia! ¡Elsa! ¡Hay que dar la vuelta!

Pero la dragona no varió su rumbo ni un ápice.

—¡Furia, por favor! ¡No podemos dejarle allí!

Las lágrimas afloraron en sus ojos.

—¡Elsa, hay que volver! ¡Por favor!

—¡No! —dijo instintivamente la arendelliana, agarrándose más fuerte aún a la dragona, con los ojos cerrados. La sóla idea de regresar se le hacía un mundo.

—¡No, Furia, vuelve! ¡Vuelve, tenemos que rescatarle! ¡Le están haciendo algo! ¡Le duele! ¡Furia! ¡Elsa! ¡Por favor...!¡Hipo! ¡Estoy aquí, Hipo! ¡Aguanta! ¡Hipo! ¡HIPO!

Con el corazón partido, Astrid forcejeó incansable mientras era arrastrada hacia la oscuridad de la noche.