—¡Por qué no has vuelto a por Hipo! —estalló Astrid, abalanzándose sobre la dragona, que se deshizo de ella con facilidad—. ¡Estaba allí mismo! ¡Podríamos haberle salvado!
La dragona le miró a los ojos y luego, triste, negó con la cabeza.
—¡Venga ya! ¡Eres un dragón! Podrías haberles dado una buena paliza tú sola.
Furia levantó su ala izquierda y le mostró a Astrid cuatro profundos surcos que recorrían su cuerpo. Las heridas tenían una costra de dudoso color, pero la dragona parecía encontrarse bien.
—¿Desdentao? —dijo Astrid, reconociendo aquellas marcas.
La dragona asintió y se dejó caer al suelo, hecha un ovillo.
—No puede ser... —negó con la cabeza—. Desdentao nunca haría eso...
—Y, sin embargo, lo ha hecho —contestó Elsa desde su rincón, todavía con la mirada medio perdida.
—No, Elsa, tú no conoces a Desdentao. Él no...
—Conozco a Anna —le cortó—. Ella nunca me haría daño, pero no es ella misma, al igual que no es Desdentao quien toma las decisiones.
—¿De qué estás hablando?
Furia incorporó su cabeza, interesada.
Elsa suspiró y les contó todo lo que había descubierto.
—Entonces Hipo...
—Sí... es muy probable que lo hayan sometido...
—No... —dijo Astrid—. No pienso permitirlo. No dejaré que sea una marioneta más a manos de vete tú a saber quién.
La vikinga se levantó y se dispuso a salir de la cueva, decidida, pero un súbito bloque de hielo bloqueó la entrada por completo.
Furia dio un respingo, mirando incrédula a Elsa. Luego se acercó con cautela a la pared y la tanteó con la pata, asegurándose de que era algo real.
—¡¿Qué estás haciendo?! —se giró Astrid, enfadada.
—Evitar que hagas alguna tontería.
—¡Abre ahora mismo!
Elsa se mantuvo quieta en su rincón, mirándola.
—¡Abre!
Ante la negativa de la arendelliana, Astrid enarboló su hacha y la descargó con furia contra aquel muro de hielo una y otra vez, asustando a Furia, que volvió a su rincón. Pese a los fuertes golpes de la vikinga, apenas consiguió hacer unas pequeñas marcas en el hielo. Viendo que aquello no tenía efecto, se fue derecha hasta Elsa, le agarró con fuerza la ropa a la altura del pecho y la obligó a levantarse, reteniéndola contra la pared.
—Quita esa maldita pared, ya.
Elsa la miró a los ojos.
—No.
Astrid, desesperada, apretó los dientes y los puños.
—Si quieres golpearme, adelante, pero incluso si pierdo el conocimiento ese muro seguirá ahí. No voy a permitir que hagas semejante estupidez.
Dando un grito, Astrid soltó a Elsa y, de nuevo, se enfrascó en la ardua tarea de abrirse paso a hachazos, quemando toda su rabia. Finalmente, agotada, se dejó caer de rodillas y lloró. Elsa se acercó a ella, con cautela, y se sentó a su lado. Le pasó un brazo por encima de los hombros y la atrajo hacia ella, y Astrid se dejó arrastrar. La arendelliana la abrazó y le acarició el pelo con ternura, y durante un rato sólo se escuchó el crepitar del fuego y los sollozos de la vikinga.
—Sé que es duro —le dijo Elsa con suavidad cuando estuvo más tranquila—. Todas aquí tenemos a alguien importante allí, esperándonos, pero tenemos que pensar en algo. No podemos ir a lo loco o acabaremos atrapadas... o algo peor.
Sintió una punzada de dolor en las sienes.
Astrid se incorporó. La imagen de Hipo desfilando con una mirada vacía y obligado a realizar quién sabe qué atrocidades la destrozaba.
—No quiero que sea un peón más para su ejército...
—¿Ejército? —preguntó Elsa, confusa.
—Sí...
Astrid relató su descubrimiento a Elsa, que cada vez se mostraba más y más preocupada.
—Esto no me gusta nada —dijo la arendelliana, mordiéndose el pulgar y paseando inquieta por la cueva. El fiordo estaba congelado y los caminos prácticamente intransitables, pero aún así sentía que estaba pasando por alto algo importante.
La vikinga, viendo cómo Elsa se perdía en sus pensamientos, se acercó a Furia.
—Furia... perdóname. Siento mucho, bueno... todo. No debería haber dudado de ti, ni cuando estuvimos en la ciudad ni hoy.
La dragona golpeó la nuca de la vikinga con su cola, resoplando.
—¡Ay! —se quejó Astrid, llevándose las manos a la cabeza.
Luego, Furia, apoyó su cabeza suavemente contra el cuerpo de Astrid, que le devolvió el gesto abrazándola.
—¿En paz, entonces?
La dragona asintió suavemente con la cabeza y ambas se quedaron así, reconfortándose mutuamente durante unos instantes.
—No te preocupes, les traeremos de vuelta, ya verás.
Astrid y Furia miraban hacia todas partes, encogidas del frío y maravilladas a la vez.
—¿Cómo has dicho que se llama este lugar?
—Ahtohallan —contestó Elsa, con prisa.
—¿Y qué estamos haciendo aquí?
Pero Elsa, de nuevo, no contestó. Astrid y Furia se miraron. La vikinga se encogió de hombros y ambas la siguieron.
La arendelliana las guió a través de una maraña de pasillos de hielo, hacia las profundidades de aquel glaciar. Los dientes de Astrid castañeaban y Furia estaba empezando a coger cierto color azulado en la piel y, sin embargo, Elsa avanzaba como si nada.
Finalmente llegaron a una sala amplia, con una temperatura mucho más soportable, donde se detuvieron.
—Es aquí.
Astrid miró a su alrededor y sólo vio las paredes de la habitación.
—Vale... ¿Y ahora qué?
—No lo tengo muy claro... —confesó Elsa—. La única vez que he estado aquí sabía exactamente lo que buscaba y fue todo muy directo.
—¿Y qué viniste a buscar la última vez?
—La verdad sobre el pasado del bosque encantado...
Una luz se iluminó en la pared y apareció la cara del rey Runeard.
—¡Por las barbas de Odín! —exclamó Astrid, maravillada—. ¿Quién es?
—Mi abuelo. Es una larga historia.
—Se parece un poco a mi tío Brufasio, ¡pero con menos kilos!
Otra luz se iluminó en la pared, al lado de la primera, mostrando al familiar de Astrid.
—¡Oh, guau! —se sorprendió de nuevo Astrid—. Viéndolos uno al lado del otro, no se parecen tanto.
Furia se acercó y, al hacerlo, una nueva luz apareció mostrando a Desdentao. Gruñó a Astrid y señaló con la cabeza aquella imagen.
—Sí, perdona Furia. Será mejor que nos centremos. —Se giró entonces hacia Astrid. —¿Qué es lo que buscamos?
—Hay algo que no me quito de la cabeza de lo que me dijo el espíritu. Dijo que lo habían borrado de la historia, o algo así. Y si ese es el caso, aquí en el Ahtohallan deberíamos ser capaces de encontrar algo. O, al menos, eso espero.
—Está bien, ¡manos a la obra!
Las tres se enfrascaron en la ardua tarea de explorar el pasado, aprendiendo los mecanismos del funcionamiento del Ahtohallan por ensayo y error. Dedicaron varias horas a, simplemente, aprender a visualizar el pasado de seres a los que conocían directamente, y otras tantas para visualizar el pasado de cualquier otro ser. Sin embargo, esta última opción era muchísimo más compleja que la anterior y requería de muchísima concentración. Además, la cantidad de información era abrumadora: los recuerdos de millones y millones de seres descansaban allí y ni siquiera sabían cuántos años debían remontarse en la historia.
—Es imposible... —dijo Astrid, agotada.
Habían salido al exterior para comer y descansar, en el campamento que habían montado en una pequeña cueva formada por las rocas del Ahtohallan. Elsa y Astrid estaban dando buena cuenta de la cena junto al fuego, y Furia sobrevolaba el mar Oscuro, dándose algún chapuzón de vez en cuando para atrapar algún pez despistado.
—¡Es peor que buscar una aguja en un pajar!
La vikinga se recostó en el suelo, con el pelo despeinado. Elsa tuvo que retirar la mirada al sentir cómo su corazón se aceleraba.
—A veces lo mejor es desconectar durante un rato para refrescar la mente. No tiene sentido que nos pasemos la noche entera ofuscadas, agotándonos y frustrándonos.
La vikinga gruño, disconforme y frustrada.
Furia volvió y se sacudió el agua sin miramientos, salpicando a las dos jóvenes e ignorando sus protestas. Luego, la dragona prendió su pira de madera y se tumbó al lado, temblando, para recuperar calor. Astrid recordó las palabras de Hipo, recordó que Furia estaba jugándose la vida al permanecer tanto tiempo en aquel lugar tan frío, y sintió un profundo respeto hacia ella.
—Será mejor descansar —suspiró la vikinga, tumbándose de lado y tapándose con una manta.
—Sí... —contestó Elsa, luchando contra sí misma—. Buenas noches.
—Buenas noches.
Elsa se tumbó y se revolvió, incómoda. Se puso de espaldas al fuego y a la vikinga e intentó dormirse, pero una vocecita en su cabeza no paraba de molestar.
—Astrid... —le sususrró—. ¿Estás dormida?
—No —contestó desde el otro lado de la hoguera—. ¿Qué pasa?
—De verdad... siento mucho haberte besado el otro día.
Astrid notó un cosquilleo por el estómago al recordarlo y, a la vez, se sintió mal por haberlo notado.
—No te preocupes por eso —contestó, restándole importancia.
—No debería haberlo hecho. La verdad, no sé qué me pasó. Y siento que aquello hiciese que Hipo y tú discutieseis —dijo Elsa, incapaz de controlar el torrente de sentimientos que sentía—. Os aprecio mucho y me siento mal por todo lo que ha pasado. Es la primera vez que me siento así y, la verdad, ni siquiera sé cómo enfrentarme a ello. Y puede que no quieras hablar del tema y que simplemente quieras olvidarlo, pero siento que debo disculparme y sincerarme, y que debemos hablarlo para dejar resuelto el tema.
Astrid no dijo ni una palabra.
—Di algo, por favor... —pidió la arendelliana.
Astrid se incorporó.
—Elsa...
No sabía cómo empezar.
—Adelante. Suéltalo. Estoy lista.
La vikinga suspiró. Igual aquello también servía para aclararse ella misma.
—Me gustó.
Elsa se quedó desencajada mientras sentía cómo su corazón se aceleraba.
—¿Qué? —contestó, incrédula.
—El beso que me diste, me gustó. No te lo sé explicar bien, pero me hiciste sentir cosas. Y eso me tiene confusa, no te lo voy a negar. Pero... no quiero que te hagas ilusiones ni darte falsas esperanzas. Es decir, quiero a Hipo con toda mi alma y no quiero perderle por nada del mundo. Nuestro vínculo es algo sagrado para mí y sé que necesito aclararme, pero siempre le daré prioridad a él por encima de todo y de todos... Lo siento, Elsa.
Aquellas palabras le dolieron a Elsa más que cualquier otra cosa. Sin importar cuánto creyese que estaba preparada o cuántas veces había imaginado cómo sería su rechazo, ver apagada la pequeña llama de esperanza que todavía conservaba dolía más de lo que hubiese podido imaginar.
—Venga...
Astrid se acercó a ella y la abrazó, y entonces Elsa se dio cuenta de las lágrimas que brotaban de sus propios ojos.
—Siento no poder ofrecerte más que mi amistad —le dijo la vikinga.
Elsa negó con la cabeza.
—Sólo con eso ya he ganado todo un tesoro —le contestó, dejándose abrazar un poco más. Luego, respiró hondo, soltó aire poco a poco y se separó de Astrid. —Me alegro de haberlo hablado contigo.
Y era verdad. Pese al dolor que sentía en su corazón, también se sentía mucho mejor.
—Yo también —contestó Astrid—. Y ahora, a dormir, que mañana tenemos una historia que destripar.
