—¿Qué? —dijo Elsa, sorprendida—. ¿Cómo lo has conseguido?

—Lo estábamos enfocando desde el punto de vista opuesto. En vez de buscar una conexión con el pasado teníamos que buscar una conexión con el presente.

—¡Anna! ¡Claro!

—Eso es. —Astrid se giró hacia la pared del Ahtohallan. —He ido remontándome en el tiempo y he conseguido encontrar el momento en el que el espíritu contactó con tu hermana.

Las imágenes de la pared mostraron a Anna en el suelo de su habitación, sentada en el suelo y abrazándose las rodillas. Elsa sintió cómo su corazón se encogía un poco.

—A partir de aquí, me resulta casi imposible seguirle la pista y ver dónde o en quién está.

—Tranquila —contestó Elsa sin apartar la mirada de Anna—. Yo puedo verlo.

Allí estaba, como la vez anterior, aquella aura negra rodeando a su hermana.

—Pongámonos manos a la obra —dijo Elsa, retirando la vista y atándose el pelo en una discreta coleta—. Remontémonos en la historia todo cuanto podamos a ver si damos con algo que nos ayude a combatirlo. Si lo perdéis de vista o no tenéis muy claro dónde se ha metido, avisadme para que os pueda ayudar a encontrar de nuevo a ese malnacido.

Astrid le sonrió y Furia se colocó al lado de la vikinga sin perder ni un segundo. Sorprendentemente, la dragona era quien mejor se manejaba con el Ahtohallan.

—Aguanta un poco más, Hipo —se dijo a sí misma Astrid, sintiendo que por fin avanzaban.

—A ver, vamos a juntarlo todo a ver si le vemos algún sentido a todo esto —dijo Astrid, frotándose la frente.

Las tres se habían dedicado a tirar del hilo del presente, adentrándose cada vez más en el pasado. Habían ido siguiendo la pista al espíritu a través de la historia, pero aún así no acababan de encontrar una línea temporal clara, ya que era difícil saber de cuándo era exactamente cada fragmento encontrado.

Con un gesto de la vikinga, las imágenes se arremolinaron en la pared y mostraron a una niña de unos diez años, de pelo plateado, que intentaba detener a un adulto corpulento, ataviado con un extraño uniforme, mientras éste cruzaba sin dificultad a través de un mercado lleno de gente.

—¡No, por favor! ¡No ha sido culpa suya! ¡Castigadme a mí en su lugar!

El adulto se deshizo de la niña con un manotazo sin ni siquiera detenerse y se pudo ver cómo arrastraba por el brazo a otro niño, un poco mayor que ella y con su mismo color de pelo. El niño intentaba desesperadamente zafarse de aquella enorme mano, sin conseguirlo.

—¡Ayn! ¡Vete de aquí! —le gritó el niño a la niña, que había quedado tirada en el suelo.

—¡No! —Ella se levantó, con esfuerzo, y siguió andando a duras penas hacia él de nuevo. —¡Eres mi hermano! ¡Y ha sido culpa mía!

El hombre arrastró al niño a una zona elevada, en medio de la calle. Allí, otro hombre vestido con el mismo uniforme, aunque mucho menos corpulento que el primero, les esperaba sentado.

—¿Qué tenemos aquí?

—Un ladronzuelo.

—¡No, por favor! ¡Mi hermana y yo tenemos hambre! ¡Y sólo ha sido una manzana! ¡Por favor! ¡Piedad!

—Iré a por el sable —dijo el hombre levantándose tranquilamente e ignorando los lloros del niño.

La gente comenzaba a arremolinarse a su alrededor. Ayn fue colándose entre las piernas de la muchedumbre hasta llegar a primera fila, donde vio horrorizada cómo el fornido hombre obligaba a su hermano a estirar el brazo encima de una especie de bloque de madera.

—¡Evest! —gritó ella, llevándose las manos a la boca, pero su grito quedó ahogado por el ruido del gentío.

El otro hombre apareció con un sable en la mano e, ignorando todo lo demás, se acercó al muchacho, que seguía llorando e implorando.

—Si te mueves será peor —le dijo pausadamente aquel hombre.

Acercó el arma y la colocó encima del dedo índice de Evest con cuidado. La hoja le causó un pequeño corte con apenas un roce.

—Tienes suerte. Acabo de afilarlo.

El niño temblaba, aterrorizado, pero no podía apartar la vista.

—A la de tres. Una…

Y, sin previo aviso, apretó fuertemente el sable sobre el dedo del niño, separándolo para siempre de su cuerpo.

En el público, Ayn seguía gritando con todas sus fuerzas.

El guardia corpulento cogió entonces al muchacho, que se retorcía de dolor, y le obligó a mirarle.

—Ten presente que la próxima vez será la mano entera.

Tras eso, simplemente lo arrojó de la plataforma al suelo, deshaciéndose de él.

—Creo que de aquí deberíamos pasar a éste —dijo Elsa moviendo la mano.

Las imágenes cambiaron y mostraron a Evest y a Ayn de nuevo, esta vez en un callejón. Era de noche y Ayn dormía encogida en un rincón, arropada únicamente con sus brazos. Evest se abrazaba las piernas mientras lloraba en silencio. Su mano, torpemente vendada con unos harapos sucios, le dolía horrores. Tenía la mirada perdida aunque una pequeña llama de furia brillaba en ellos.

Sin que el muchacho se diese cuenta, una diminuta sombra, apenas un punto de oscuridad, nació a su lado lentamente. La sombra se quedó flotando suavemente, como observando a Evest, durante unos instantes. Luego se acercó un poco más a él y el muchacho, de repente, se sobresaltó.

—¿Quién ha dicho eso? —susurró, mirando a todas partes confuso.

Al descubrir aquella sombra, Evest la miró entre asustado y maravillado. Su rostro fue cambiando de expresión una y otra vez, como si estuviese conversando silenciosamente con aquel ser. Al cabo de un rato, su rostro se contrajo y las lágrimas brotaron de sus ojos de nuevo. El niño asintió un par de veces y la sombra se introdujo en su pecho, a la altura del corazón. Evest cayó dormido de inmediato.

A la mañana siguiente notó que no le dolía la mano. Con cuidado, se retiró el vendaje y no pudo reprimir un gritito de sorpresa.

—¿Qué pasa? —le dijo Ayn, acercándose.

Evest le extendió la mano para mostrarle sonriente un pequeñísimo apéndice que había crecido en su mano.

—¿Qué? ¿Cómo?

—N-No lo sé…

Evest desvió la mirada incómodo.

—Vale, ¿qué más tenemos? —dijo Astrid—. Furia, tú tenías por ahí algo más de Evest, ¿verdad?

La dragona asintió y sacudió el hocico. Las imágenes cambiaron de nuevo y mostraron a Eves y a Ayn, de adultos, abrazándose. Era de noche y estaban en medio de un bosque, iluminados por una brillante luna llena. Ella lloraba desconsolada. Él tenía el cuerpo lleno de flechas y heridas, y apenas se mantenía en pie. Le faltaban varios dedos de una de sus manos, que sangraba profusamente.

—Lo siento, Ayn… siento mucho no habértelo dicho en su momento —dijo apenas sin fuerza—. Para cuando quise hacerlo, ya era demasiado tarde. Era incapaz de controlarle...

Ella negó con la cabeza, temblando.

—¿Qué era esa cosa? —le preguntó.

—La verdad… no tengo ni idea.

Las piernas le flaquearon y cayó al suelo.

—¡Evest!

Él le acarició suavemente la cara.

—Escúchame, Ayn. No le hables a nadie de lo que has visto hoy. Te acusarían de hechicera y te ejecutarían. Lo mejor será que olvides todo esto y sigas adelante.

Tosió fuertemente y un hilito de sangre salió de su boca.

Ella, preocupada, trató de incorporarle un poco para ayudarle a respirar mejor, pero él le obligó a mirarle de nuevo, cogiéndola tiernamente por la barbilla.

—¡Prométemelo!

Ella se mordió el labio.

—Te lo prometo. Pero por favor, no me dejes…

Él sonrió, muy débil, y se dejó caer.

—Al menos hemos conseguido acabar con esos bastardos y hacernos con el control del reino…

Ella asintió, riendo, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.

—Les hemos dado una buena paliza.

Él sonrió satisfecho.

—Sigue adelante, hermanita… te... quier...

Su mano cayó inerte al suelo y la luz de sus ojos se apagó, abandonándose al descanso eterno.

—¡Bien, casi lo tenemos! —dijo la vikinga, ignorando la emotividad de la escena que acababan de presenciar—. Volvamos un poco más atrás.

Hizo un gesto con sus manos y el Ahtohallan les mostró a los dos hermanos, un poco más jóvenes, dentro de una tienda de campaña. Ambos vestían armadura. Ella cargaba con un robusto arco a sus espaldas y él portaba una espada a su cintura.

—Estás muy raro últimamente, Evest…

—Ayn, no empieces…

—¡No! ¡Sé que te pasa algo! ¿Es por la presión de liderar la revolución? ¿Temes que no lo consigamos?

—¡No! ¡Claro que no!

—Entonces, ¿qué es?

—No es nada…

—¡Vamos!

Ella se quedó con los brazos cruzados, esperando una respuesta, pero él simplemente la ignoró y se centró en revisar un mapa que había sobre una improvisada mesa. Ayn suspiró, decepcionada.

—A veces me da la sensación de que no eres tú mismo… desde que te acabó de crecer el dedo —dijo triste, mirando la mano de su hermano, enfundada en un discreto guante.

Él hizo un aspaviento con su mano, sin ni siquiera mirarla. Ella apretó los puños.

— Te dejo para que sigas hablando solo… comandante.

—Creo que te has pasado un poquito —dijo Elsa, poniendo una mueca.

Astrid se frotó la cabeza con el ceño fruncido.

Furia movió ligeramente su pata y las imágenes cambiaron. De nuevo estaban en el bosque, aunque sólo se veía a Evest, andando impaciente de un lado para otro. Portaba un papel en la mano que leyó de nuevo antes de arrugarlo con furia y lanzarlo a un lado.

Un ruido se escuchó entre la maleza.

—¡Ya era hora! —dijo él.

Ayn salió de detrás de un árbol, apuntando con su arco a Evest.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó él.

Ella, por toda respuesta, disparó a la pierna de su hermano.

—¡Eh! —se quejó él, sin que su cuerpo apenas se inmutase —. ¿A qué viene esto?

Ayn ya había cargado su arco y disparó de nuevo. Esta vez la flecha le alcanzó en el pecho. Estaba segura de haberle perforado un pulmón. Apretó los dientes, intentando contener las lágrimas, y cargó de nuevo su arco.

—Está bien… —dijo él—. Ya veo que no me has hecho venir para hablar.

Evest se arrancó las flechas sin apenas pestañear y desenfundó su espada. Ayn consiguió acertarle dos veces más antes de que éste consiguiese llegar hasta ella. Le lanzó varias estocadas, pero Ayn, acostumbrada a la batalla, las repelió con bastante facilidad y le dio un fuerte golpe en la cabeza con el arco.

—Si fueses mi hermano sabrías que siempre he sido mejor luchadora que tú —dijo ella.

Evest gruñó desde el suelo.

—Sabes que tu hermano también está aquí, ¿verdad? Si me matas a mí le matarás a él.

Ayn, con el arco ya tenso, dudó durante un instante, momento que Evest aprovechó para levantarse apoyándose en una mano y dando una fuerte patada a su hermana en el lateral. Ella maldijo para sí misma por su falta de cuidado y se intentó levantar lo más rápido que pudo, pero no fue suficiente. Su hermano se colocó a horcajadas sobre ella y le dio un puñetazo en el rostro, dejándola mareada. Sintió como sus manos tanteaban su cuello y ella intentó evitarlo mientras el mundo le daba vueltas y más vueltas.

—¡Evest! —dijo, respirando con dificultad—. Si es verdad que estás ahí dentro... ¡por favor, perdóname! ¡Siento mucho todo lo que ha pasado!

Tras esas palabras fue Evest quien se frenó durante un momento. Ayn no se lo pensó dos veces y, desenfundando una daga que llevaba en el cinturón, le rebanó varios dedos de la mano, incluyendo aquel dedo falso que jamás debió volver a crecer. Evest aulló agarrándose la mano y retrocediendo. Ayn se levantó de un salto y empuñó de nuevo su arco, cargando un nuevo proyectil en él. Apuntó a su hermano y vio cómo una extraña sombra con apariencia humana aparecía a su lado, saliendo del cuerpo de Evest. Sorprendida y asustada, disparó contra aquella cosa, pero la flecha simplemente lo atravesó.

—¿Ayn? —dijo Evest con un hilo de voz—. ¿Eres tú?

Ella rompió a llorar. Aquel sí era su hermano, el de verdad.

—¡Huye! ¡No puedes enfrentarte a él!

Pero ahora que por fin le había recuperado no estaba dispuesta a dejarlo atrás. Cargó una nueva flecha y se esforzó en apuntar a través de las lágrimas que caían sin parar. La sombra, sabiéndose invencible, avanzó hacia ella lentamente. Ella disparó y, esta vez, la flecha se clavó en el pecho de la sombra produciendo un destello brillante y arrancándole un silencioso aullido a aquel ser.

Los dos se quedaron desconcertados, tanteándose mutuamente. Después, ella volvió a cargar su arco a toda prisa, pero para cuando estuvo en condiciones de disparar la sombra ya había huido hacia la profundidad del bosque, perdiéndose en la oscuridad.

Ayn cayó de rodillas, temblando, y se acercó a su hermano.

—¿Qué acaba de pasar? —dijo Elsa—. ¿Cómo ha conseguido dañar al espíritu?

—¡Hipo! —exclamó Astrid—. ¡Él lo sabía!

Furia y Elsa miraron interrogantes a la vikinga, que les mostró lo que había visto apenas unas horas antes. Además, para su tranquilidad, esta vez pudo ver a Hipo encadenado de nuevo, y con un vendaje en la cabeza. ¡Estaba vivo! Astrid no cabía en sí de felicidad y sintió cómo sus fuerzas se renovaban, motivándola para seguir adelante.

—Vale, entonces sabemos que el espíritu puede hacer crecer miembros amputados y que todos parecen tener relación con algún suceso traumático del pasado. En el caso de Evest fue su dedo, y en el de Desdentao, su cola.

—Y, además, debe haber algún tipo de resentimiento o algo así relacionado con eso —apuntó Astrid—. Tanto Evest como Desdentao reaccionaron a las disculpas de Ayn e Hipo, que fueron los causantes de sus miembros perdidos.

—Sí, pero… ¿y Anna? Ella está entera de la cabeza a los pies.

—¿Tal vez pueda darse otro tipo de materialización? —contestó la vikinga, encogiéndose de hombros—. ¿Recuerdas ver algo fuera de lugar cuando la viste?

Elsa hizo memoria, intentando buscar en sus recuerdos algo que no cuadrase con Anna.

—¡La corona! —exclamó.

Entonces, usando la magia del Ahtohallan les mostró cómo Anna portaba su corona incluso con el pijama.

—La corona… —repitió, más despacio, desanimada.

—Eh, ¿qué pasa?

Elsa, sin prestar atención, se dedicó a observar el pasado de Anna, descubriendo todos los problemas con los que había tenido que lidiar su hermana, cómo había ido acumulando tensión, cómo había discutido una y otra vez con Kristoff, cómo había ido sintiéndose cada vez más sola y cómo, incapaz de aguantarlo más, había sucumbido a los susurros de la sombra.

—Ha sido por mi culpa…

—¿De qué estás hablando? ¿Cómo va a ser tu culpa?

—Anna lleva esa corona por mí. Yo delegué en ella la responsabilidad del reino y no he podido estar con ella, pese a que me necesitaba…

—Tú también has tenido tus problemas.

—Pero…

Elsa sabía que Astrid tenía razón, pero aún así no podía evitar sentir aquella punzada de culpabilidad. Se mordió el labio sin saber qué contestar.

Furia se acercó a Elsa y le dio un suave empujón con su cabeza. Elsa agradeció el gesto con una caricia sobre su cuello.

—Conseguiremos traerlos de vuelta a todos —dijo Astrid—. Además, no se trata de buscar culpables, si no de encontrar soluciones. Ya sabemos más o menos cómo liberarlos de la influencia del espíritu. Ahora sólo tenemos que averiguar cómo lo hizo Ayn para dañarle.

Elsa inspiró hondo y sacudió la cabeza.

—Tienes razón —dijo más animada—. Venga, vamos a revisarlo de nuevo.