Pero, para entonces, muchos de los soldados ya se habían desperdigado presas del pánico.
Los dragones, a una orden de Desdentao, los rodearon sin ninguna dificultad y les cortaron la retirada creando muros de fuego. El pelotón de Kristoff llegó apenas unos instantes después, irrumpiendo con fuerza.
El ejército aliado se apelotonó para mantenerse unido y consiguieron superar la embestida inicial. Elsa, que en ningún momento había dejado de mirar a Olvido, se las apañó para crear un muro de hielo a su alrededor, separándola del resto de la batalla y dejando el suficiente espacio como para poder luchar cómodamente. Allí de pie, con su armadura de hielo brillando a causa del sol, esperaba plantada en medio de aquella arena improvisada, desafiando al espíritu a un uno contra uno.
—¡De nada te servirá todo esto, Elsa! —le dijo el espíritu desde el dragón—. ¡Ya habéis perdido!
Con un nuevo gesto, Desdentao dio una serie de órdenes a los dragones, que se dispusieron a atacar todos juntos con sus llamas. Sin embargo, la voz de otro dragón resonó por encima de la de Desdentao: era Furia.
—Tú tienes al rey —respondió desafiante Elsa—, pero nosotros tenemos a la reina.
Los dragones, indecisos, no atacaban por miedo a contradecir a alguno de sus monarcas.
—Vamos, ¿eres el alfa o no eres el alfa? —le dijo Olvido a Desdentao, molesto—. ¡Haz que ataquen!
El dragón lo volvió a intentar, pero Furia volvió a bloquear su orden. Los dragones, en su intento por obedecer a ambos, acababan lanzando sus llamaradas al cielo, o a algún lugar desierto. Otros simplemente se quedaban mirando aquella batalla de voluntades a la espera de algún claro vencedor.
Elsa se encogió de hombros y retó al espíritu invitándole con la mano.
—¡Maldita sea! ¡Está bien! ¡Jugaré contigo! Pero sólo mientras mi rey se deshace de tu reina.
Desdentao bajó para que Olvido pudiese desmontar, y después reemprendió el vuelo y se lanzó directamente contra Furia, que le esperaba ya preparada para la batalla. Los dragones se enzarzaron en una cruenta pelea aérea de llamaradas, mordiscos y arañazos, perdiéndose en las alturas.
Con los dragones fuera de la ecuación, Elsa escuchó aliviada cómo los comandantes daban órdenes precisas, determinados a ganar aquella batalla.
—¿Y bien? ¿Quieres que solucionemos esto con una partida de cartas o prefieres…? —comenzó a decir el espíritu, pero un proyectil de hielo pasó rozándole la mejilla y creando un pequeño corte. —Como quieras…
Astrid miró para atrás y vio el campo de batalla. Todos aquellos puntitos estaban arriesgando sus vidas luchando contra el miedo a morir, contra el miedo a los dragones, contra el miedo a un ejército indestructible. No pudo evitar sentir la efimeridad de la vida. Y gracias a ellos, ella podía estar allí, escalando los muros de palacio para buscar a Hipo. Sacudiendo la cabeza para centrarse, siguió subiendo metro a metro hasta coronar aquella muralla. Había dejado su armadura atrás para facilitarle el movimiento, pero aún así le había costado más de lo que esperaba, así que se permitió unos minutos para descansar sus brazos y piernas mientras observaba con atención a su alrededor en busca de algún signo de vida. Al parecer, el espíritu había ido con todo y no había dejado ningún soldado atrás.
Aún así, Astrid fue moviéndose con cautela por el palacio, recorriendo sus pasillos vacíos, siguiendo las indicaciones que Elsa le había dado, hasta que finalmente dio con la zona de los calabozos. Allí, fue abriendo una a una las celdas hasta que dio con la de Hipo pero, para su desesperación, no le encontró dentro. Había restos de sangre seca por el suelo, seguramente de cuando intentó despegarle la cola a Desdentao, pero ni rastro de él. Aquello sólo podía significar que habían conseguido hacerse con su voluntad. Conteniendo sus lágrimas puso rumbo al campo de batalla para encontrarle entre toda aquella marabunta.
Empujada por la prisa, emprendió el camino de vuelta sin tomar ningún tipo de precaución y corrió como si su vida dependiese de ello pues, en cierto modo, lo hacía. Por eso la sorpresa fue mayúscula cuando, al girar un recodo, chocó contra la espalda de alguien, empujándole y haciéndole perder el equilibrio. La vikinga, aun pillada por sorpresa, no dudó en aprovechar aquel choque en su favor y lanzó una rápida patada que derribó a aquel hombre.
—¡Ay! —dijo desde el suelo.
—¡¿Hipo?!
El aludido se dio la vuelta, sorprendido.
—¡Astrid!
La vikinga le cogió del brazo y se lo retorció detrás de la espalda, inmovilizándole.
—¡Ay, ay, ay ay! —se quejaba él—. ¿Se puede saber qué estás haciendo?
—Digas lo que digas, no voy a creerte, espíritu.
—¡Au, Astrid! ¡Eso duele! ¡No soy el espíritu!
—Sí, claro…
—Astrid, en serio. ¡Ay! ¡Me vas a partir el brazo!
Astrid, sin aflojar ni un ápice, se las apañó para bajar su cabeza hasta el suelo y ponerla a la altura de la de Hipo. Sus ojos conectaron de inmediato y Astrid perdió todas sus fuerzas durante un instante. Era él. Era Hipo de verdad. Sintió su olor, su tacto, su mirada... y en aquel momento tuvo la certeza de que jamás querría estar con nadie más que no fuese con él.
Con el corazón desbocado, le liberó de la inmovilización y le estrujó entre sus brazos con toda su fuerza, haciendo que su marido se quejase una y otra vez. Después, libre ya de aquel abrazo estrangulador, ambos se fundieron en un profundo y apasionado beso.
—Menos mal, menos mal, menos mal… —decía ella una y otra vez, abrazándole.
Hipo le acarició la cabeza con ternura mientras sus emociones afloraban en forma de lágrimas.
—Pero, ¿cómo? —preguntó ella, retirándose.
—Bueno, primero me encadenaron por las muñecas. Era muy incómodo, la verdad, y me daban poca comida para...
—Sí, todo eso lo sé.
Hipo la miró extrañado.
—Ya te lo contaré —contestó sacudiendo la mano en el aire—. Lo último que supe de ti es que habías escapado y habías intentado quitarle la cola a Desdentao.
—Vaaaaaaaale… —Todavía tardó unos instantes en recomponerse de la sorpresa. —Pues después de eso me encadenaron por el tobillo.
—¡Ja! —exclamó Astrid, entendiéndolo todo de repente—. ¡Pata de pollo!
—Pata de pollo —confirmó él, señalándose la pierna—. Costó un poco, pero al final conseguí sacar la pierna de allí.
Ambos se echaron a reír.
—Al escuchar todo el movimiento de tropas y, después, quedarse todo en silencio, decidí aprovechar para escapar y echar un vistazo. Y aquí estoy.
Astrid le abrazó de nuevo.
—Aquí estás…
Él hizo el amago de devolverle el abrazo, pero algo le frenó. Incómodo, se rascó la cabeza.
—Sé que igual no es el momento, pero… necesito saberlo. ¿Elsa…?
Ella le miró con los ojos brillantes, sonrientes y llenos de amor.
—No te preocupes.
—Que no me preocupe, ¿por qué? Es decir, ¿es un no te preocupes en plan lo tengo ya todo claro o es en plan todavía no lo tengo claro pero aún así…?
Astrid silenció el aluvión de preguntas con un beso tierno, dulce y sentido.
—Entonces… ¿cómo debo interpretar esto?
—No te vas a callar hasta que te conteste, ¿verdad?
—Sólo quiero entender...
Hipo se encogió de hombros y Astrid suspiró. Luego acercó su cuerpo más a él, le rodeó el cuello con sus brazos, quedando sus caras muy cerca la una de la otra, y le miró a los ojos durante unos instantes antes de empezar a hablar.
—Te quiero a ti y sólo a ti, Hipo Horrendo Abadejo, y no hay nada más que entender ni que explicar.
Hipo, lleno de felicidad, la abrazó y la besó con ganas.
—¿Y bien, cuál es el plan? —preguntó Hipo, separándose.
—De momento volver al campo de batalla a ayudar.
—¿Está allí Desdentao?
Astrid reconoció en su marido aquel brillito especial en sus ojos.
—¿Qué piensas a hacer?
—Alguna locura, probablemente… —se encogió de hombros.
Definitivamente, era Hipo.
—En ese caso, no perdamos ni un momento. —Astrid le cogió de la mano y tiró de él con fuerza, contenta. —¡Por aquí!
Y ambos corrieron, felices, hacia la muerte y la desesperación de la guerra.
