—¡Oh! ¡Así que era eso! —dijo el espíritu, esquivando la embestida de Elsa—. Llevaba mucho tiempo preguntándome cómo me habían conseguido dañar. ¡Ahora lo veo claro! ¡Gracias!
Elsa giró, molesta, dispuesta a golpear con un ataque circular, pero el espíritu lo esquivó con facilidad.
—Lo gracioso es que, al no saber cómo había sido, aprendí a defenderme. He pasado muchos años entrenando para perfeccionar mi técnica. ¿Que el espíritu de la velocidad ayuda? Sí, claro, pero hay que tener una buena base si quieres poder defenderte en condiciones y aprovechar bien su poder.
Elsa, mientras tanto, seguía lanzando un ataque detrás de otro, sin llegar a alcanzar a su objetivo.
—¡Buen ataque! Pero deberías relajar un poco más los hombros. Ahí te ha faltado meter un poco más de cadera para darle más fuerza, y ese movimiento no ha sido todo lo limpio que debería.
El espíritu parecía estar disfrutando aquello, como un gato jugando con un ratón. Elsa, en cambio, respiraba fuertemente a causa del esfuerzo.
Una nueva lágrima brotó de los ojos de la arendelliana y, con un rápido gesto, creó una pequeña daga. Cogió aire y se lanzó de nuevo al ataque, combinando ataques con la lanza y ataques con la daga en las distancias cortas. Sin embargo, tampoco dio resultado. El espíritu seguía esquivándola con toda facilidad mientras parloteaba sin parar.
Ttras otra tanda de ataques infructuosos, Elsa retrocedió para recuperar el aliento.
—¿Eso es todo? ¿Después de tanto postureo? —dijo Olvido, dando lentos pasos hacia ella—. Supongo entonces que me toca a mí ahora.
La arendelliana adoptó una postura defensiva, cruzando sus armas frente a ella y colocando el cuerpo de lado. Respiró hondo y se preparó para el ataque, pero el espíritu había desaparecido.
Un fuerte golpe en un costado la hizo caer, pero aprovechó el impulso para rodar y recuperar su postura.
—¿Dónde estabas mirando? —le recriminó el espíritu—. ¡Hay que estar más atenta!
De nuevo, volvió a desaparecer de su vista. Elsa dio un paso atrás intentando protegerse, pero el espíritu le dio un nuevo golpe, esta vez en el hombro, y un fuerte dolor recorrió el cuerpo de Elsa mientras caía al suelo con la armadura partida.
—En serio… tienes que prestar más atención.
Elsa intentó incorporarse pero el dolor que sintió en el hombro fue tan fuerte que fue incapaz de mover su brazo, que caía inerte a su lado.
Viéndose acorralada desató una fuerte ventisca a su alrededor y consiguió levantarse a duras penas, intentando poner algo de distancia con el espíritu. Mientras se alejaba, abrió una pequeña bolsa que llevaba en un costado y la volcó, dejando que el viento arrastrase su contenido.
—Elsa, Elsa, Elsa… —oyó la voz del espíritu—. Sabes que no tienes escapatoria, ¿verdad?
La arendelliana detectó cambios en el patrón de la ventisca y se lanzó hacia un lado. Un instante después, Olvido pasó a toda velocidad a su lado.
—¡Oh! ¡Me has esquivado! ¡Muy bien! Probemos con esto.
Elsa volvió a notar cambios en la ventisca y rodó para apartarse del espíritu, que descendió del cielo y golpeó fuertemente el suelo con la rodilla.
—¡Bien! ¡Qué interesante! —dijo antes de volver a desaparecer.
Elsa sabía que el tiempo jugaba en su contra, que tarde o temprano su resistencia fallaría, así que decidió jugar sus cartas de una vez. En cuanto detectó el cambio en el flujo del viento, hizo un gesto con la mano y toda una serie de pequeñas bolitas de hielo que flotaban por todas partes en la ventisca fueron atraídas hacia ella a toda velocidad. El espíritu apareció frente a ella y Elsa recibió su ataque como buenamente pudo: un brutal puñetazo en la boca del estómago que la lanzó volando por los aires y a punto estuvo de hacerle perder el conocimiento. Un instante después, todos aquellos fragmentos de hielo impactaron directamente contra el espíritu desde todas direcciones, desatando desgarradores gritos de dolor.
La ventisca paró a causa de la pérdida de fuerza de Elsa, que boqueaba en el suelo con dificultad, encogida. La nieve se fue asentando lentamente mientras la arendelliana intentaba recuperar fuerzas para ver qué había pasado con el espíritu. Astrid, Furia y ella habían estado acumulando lágrimas para poder realizar aquel ataque en caso de que las cosas se pusiesen muy feas, y quería saber si había tenido efecto o no.
Una mano la agarró sin delicadeza alguna por el pelo y tiró de ella hacia arriba, obligándola a levantarse. Con la respiración entrecortada, Elsa pudo ver al espíritu sangrando por varias partes de su cuerpo y con la cara desencajada por la furia.
—¡Maldita niña! ¡Se acabaron ya los juegos!
La soltó y Elsa cayó de nuevo al suelo, de rodillas. El espíritu se agachó y le puso la mano en la cabeza. Sin previo aviso, aquel dolor insoportable que sintió la vez anterior volvió a inundar su cuerpo y su mente, incapaz de hacer nada más que intentar resistir aquella fuerza que la invadía.
En su delirio, Elsa pudo ver a los cuatro espíritus frente a ella y cómo iban oscureciéndose, uno a uno, hasta que los cuatro fueron meras sombras de lo que eran.
Astrid resopló al acabar de escalar el muro de hielo que Elsa había creado y, al hacerlo, vio a su amiga totalmente sometida ante Anna, que estaba visiblemente dañada. Cuatro luces de colores revoloteaban rápidamente a su alrededor, cobrando fuerza a cada momento que pasaba. Sin pensar en nada más, Astrid bajó deslizándose lo más rápido que pudo y corrió hacia ellos, hacha en mano, dispuesta a socorrer a su amiga. El espíritu, al verla llegar, extendió su mano libre y de ella brotó un líquido verdoso que parecía deshacer todo aquello cuanto tocaba. Astrid, acostumbrada a ataques similares de algunos dragones, sacó rápidamente su escudo y se protegió con él sin dejar de correr. Sabía que su escudo no aguantaría mucho, así que puso todo su empeño en vencer aquella fuerza que la empujaba hacia atrás. Cuando consideró que ya estaba lo suficientemente cerca, ladeó el escudo para desviar el chorro abrasivo hacia un lado y se lanzó de inmediato hacia el lado contrario. Rodó por el suelo y aprovechó el impulso para dar un gran salto enarbolando su hacha hacia el espíritu, que no tuvo más remedio que retroceder para evitar perder el brazo que le unía a Elsa.
La arendelliana cayó al suelo, respirando con dificultad y Astrid se colocó frente a ella, protegiéndola con su cuerpo, en actitud desafiante.
El espíritu consideró la situación. Él también había sufrido daños, más de los que estaba dispuesto a reconocer y, en realidad, ya tenía lo que quería, así que optó por retirarse. Silbó para llamar a Desdentao, que seguía manteniendo una feroz batalla con Furia en las alturas.
El dragón reaccionó de inmediato a aquella llamada, ignorando a Furia y lanzándose en picado hacia el espíritu para recogerle. Furia, que no estaba dispuesta a dejarle escapar, lanzó un ataque al aire y lo atravesó, reapareciendo un instante después por delante de Destentao, sólo que, en vez de enfrentarse a él, voló a toda velocidad hacia el espíritu mientras preparaba el ataque más potente que podía lanzar. En cuanto estuvo lo suficientemente cerca, descargó su proyectil contra Anna. O, mejor dicho, lo intentó. En el último momento, Desdentao dio un fuerte golpe a la dragona desde arriba, derribándola y haciéndole perder el tiro. Furia rodó por el suelo estrepitosamente hasta chocar contra el muro de hielo, donde quedó tendida en el suelo, sin sentido. Desdentao, ajeno a todo, se posó en el suelo al lado del espíritu y agachó su cuerpo para facilitarle la escalada a su grupa.
—Sois insistentes, lo reconozco, pero siento deciros que ya es demasiado tarde —les dijo Olvido mientras subía a lomos de Desdentao. Las cuatro luces flotaban suavemente a su alrededor. —Y ahora, si me disculpáis, tengo que... convencer a estos pequeñines para que me presten su fuerza.
Astrid se lanzó al ataque en un intento desesperado por detenerle, pero Desdentao le lanzó un pequeño proyectil que, si bien no era muy potente, fue lo suficientemente fuerte como para derribar a la vikinga y dejarla magullada en el suelo.
El dragón batió sus alas y empezó a ganar altura poco a poco.
Hipo, desde lo alto del muro de hielo, extendió su brazo, apuntando con el arpón que salía de su brazalete. Lo había terminado a toda prisa y no había podido calibrarlo bien, así que no estaba seguro de si funcionaría o no, pero no tenía alternativa. Respiró hondo y esperó mientras Desdentao y el espíritu, ajenos a su presencia, iban ganando altura.
—Venga, venga, venga, venga… —susurró Hipo, impaciente.
Por fin, vio un tiro claro y, sin dudarlo, presionó un resorte y el arpón salió volando por los aires en dirección a Desdentao, atravesándole la membrana de la cola que no debería estar allí y dejando tras de sí la estela de una cuerda que ahora unía al dragón y al vikingo.
—¿Lo he conseguido? —dijo incrédulo Hipo—. ¡Lo he conseguido!
Hipo levantó los brazos en señal de victoria.
Desdentao dio un fuerte coletazo y el vikingo se vio lanzado al suelo por la fuerza del tirón que sintió en el brazo. Recomponiéndose rápidamente, agarró con fuerza la pequeña cuerda y se la enroscó en las manos para evitar que se soltase. Después, tiró fuertemente de ella.
—¡Campeón! ¡Tienes que resistir! ¡¿Me oyes?! —le gritó mientras el dragón seguía revolviéndose en el aire.
Hipo fue zarandeado varias veces, pero siempre encontraba la forma de levantarse y seguir tirando mientras seguía hablando con su amigo.
—¿Qué estás haciendo? —recriminó el espíritu al dragón—. ¡Déjate de tonterías y vámonos de una vez!
Desdentao obedeció e Hipo fue elevándose poco a poco junto a ellos. Aprovechando la gravedad, fue dando tirones con todo su peso y, por fin, notó cómo aquella membrana cedía un poco. Desdentao se frenó, aturdido.
—¡Vuela, maldito! ¡Vuela!
Hipo no cesó de tirar.
—¡Vamos, campeón! ¡Ya casi lo tenemos!
La cola se fue despegando, cada vez más rápido, hasta que prácticamente estaba suelta y, cuanto más despegada estaba, más confuso estaba Desdentao a causa de la pérdida del control que el espíritu ejercía sobre él, de modo que empezó a volar mucho más erráticamente.
—¡Te quiero, campeón! —le gritó Hipo justo antes de flexionar sus brazos, levantando su cuerpo, para dejarlo caer fuertemente —. ¡Vuelve con nosotros, por favor!
La falsa cola cedió ante aquel último tirón, separándose por completo y esfumándose en una voluta de humo.
Hipo cayó al suelo, rodando. Dado que la cuerda era larga en realidad estaba relativamente cerca del suelo, así que apenas le dolió la caída. Tumbado boca abajo en el suelo, levantó la vista para ver a Desdentao, que sacudía la cabeza mientras volaba dando bandazos de un lado a otro mientras su mente se iba liberando poco a poco de la influencia del espíritu e iba recobrando la consciencia de sí mismo. Olvido, que a duras penas conseguía sujetarse sobre el dragón, sintió cómo sus manos resbalaban de la silla y su cuerpo se precipitaba al vacío.
Aquello iba mal, muy mal. El espíritu vio de nuevo la caída que estaba sufriendo y supo que, probablemente, sería mortal. Le dolía prescindir de aquel cuerpo, puesto que era de la realeza, pero pensó que todavía tenía en su poder al rey Kristoff, así que decidió abandonar a Anna y transportarse a cualquier otra marioneta de todas las que tenía. No estaba seguro de qué pasaría si permanecía allí cuando ella muriese, pero no estaba dispuesto a averiguarlo. Se concentró e intentó buscar al humano más cercano a su alcance para transportarse a él, pero no encontró a nadie.
—Pero, ¿qué…?
Miró a su alrededor, desde las alturas, y entonces lo comprendió todo. El ejército aliado se había dejado rodear con el único propósito de separarle a él del resto de su ejército, manteniéndolos a una distancia lo suficientemente lejana como para evitar que pudiese escapar como lo estaba intentando ahora. Además, el muro de Elsa le había bloqueado la visión de todo esto y, a la vez, se había ido expandiendo a medida que su ejército iba alejándose, evitando que recuperasen el terreno ganado.
—¡Maldita seas, Elsa! —gritó mientras caía, acompañada por la luz de los espíritus del bosque, que revoloteaban a su alrededor.
El viento le revolvía el pelo, la gravedad tiraba de él sin tregua, el pánico se apoderó de cada parte de su ser. Probó una y otra vez a localizar alguna de sus marionetas hasta que, presa de la desesperación, gritó con todas sus fuerzas.
El cuerpo de Anna golpeó el suelo con un golpe tan seco que estremeció a todos los presentes, que no pudieron hacer más que mirar con el corazón encogido aquel fatal desenlace.
