El tiempo pareció detenerse para todos.
Elsa se quedó completamente inmóvil, rígida, sin respiración, incapaz de asimilar lo que acababa de pasar. ¿Cómo debía sentirse? ¿Cómo debía reaccionar? ¿Qué debía hacer? Su mundo acababa de cambiar para siempre, y lamentablemente esta vez un acto de amor no lograría arreglarlo. Sintiendo cómo se le nublaba la visión a causa de las lágrimas, fue relajando lentamente sus músculos y se dejó caer en el suelo. Su dolor era tan grande, tan insoportable, que simplemente desconectó para no sentir nada. Cerró los ojos y se abandonó a la oscuridad.
—¡Pfew! ¡Por qué poco!
Elsa abrió los ojos por puro instinto, sin ser apenas consciente de ello.
—¡Oh, pobre Anna! Uf… ¡Qué forma tan horrible de morir! Suerte que me he podido librar.
Elsa vio una sombra con forma humanoide dando pequeños golpes con el pie al cuerpo de su hermana mientras cuatro pequeñas luces le orbitaban suavemente.
—En fin… ¡A otra cosa, mariposa!
La oscuridad de su interior desapareció por completo, reemplazada por una súbita furia que le recorrió el cuerpo entero. El dolor, la frustración, el cansancio… todo desapareció. Se puso en pie con ayuda de Astrid, que acababa de llegar a su lado, aunque Elsa apenas reparó en ella. En su mente sólo existía una cosa: eliminar a aquel engendro.
—Vamos, acabemos con él de una vez —le dijo Astrid apretando con fuerza su hacha.
—¡No! —contestó Elsa con brusquedad, bloqueando a la vikinga con la mano—. No os metáis en esto.
Su tono, aparentemente sereno, destilaba un odio tan profundo que hizo que Astrid no fuese capaz de replicar. Retrocedió hasta encontrarse con Hipo. Un frío glaciar se extendió con rapidez en el ambiente y los vikingos pudieron sentir cómo se les entumecían los músculos, por lo que se alejaron un poco más para evitar congelarse.
Elsa, con el cuerpo echado para alante y la cabeza gacha, extendió los brazos hacia atrás, inspiró profundamente y, después, arañó con fuerza el aire lanzando sus brazos hacia delante en una cruz perfecta. De sus dedos salieron unos finísimos hilos de hielo que se acoplaron para formar una red que avanzaba a toda velocidad. La sombra no tuvo tiempo de reacción y sólo pudo cubrirse con los brazos.
Aquella red le atravesó sin hacerle ni un rasguño, puesto que Elsa no había utilizado ninguna lágrima para crearlas.
—¡Qué susto me has dado, Elsa! ¡Por un momento pensé que había llegado mi fin!
Para cuando la sombra se dio cuenta de que aquellos hilos se habían enredado en las luces de los espíritus del bosque ya era demasiado tarde. Intentó cortarlos a toda prisa, pero antes de llegar a rozarlos siquiera, la poderosa descarga de magia que Elsa había lanzado a través de los hilos golpeó con fuerza a los espíritus, liberándolos de sus ataduras.
—Ayudadme, por favor —pidió Elsa.
Las luces volaron rápidamente hasta ella, colocándose en su espalda. Entonces, lentamente fueron introduciéndose en el cuerpo de la arendelliana. El símbolo de la flor de los cinco espíritus apareció en la frente de Elsa, brillante.
—¡Venga ya! —se quejó la sombra.
Elsa abrió los ojos y salió disparada a toda velocidad hacia el espíritu, impulsada por una súbita ráfaga de aire, mientras una espada de hielo se materializaba en sus manos justo a tiempo para asestar una poderosa estocada. La sombra la paró con sus brazos desnudos sin dificultad.
—Vaya… me esperaba más, la verdad —dijo un tanto decepcionado—. No es que haya estado mal, pero...
La espada de Elsa estalló repentinamente en llamas que envolvieron a la sombra. Ésta se vio obligada a retroceder antes de que se cerrase el círculo de fuego a su alrededor.
—Eso está mejor.
Elsa se lanzó de nuevo al ataque con otro poderoso y rapidísimo ataque, más incluso que el anterior. La sombra pudo bloquearlo de nuevo, pero la arendelliana no le dio tregua y siguió atacando una y otra vez, incrementando más y más su velocidad, buscando cualquier rincón o fisura en aquella defensa impenetrable. A medida que atacaba, a medida que se acostumbraba a la magia de los espíritus del bosque, sus ataques se volvieron más rápidos y certeros, y la sombra pronto empezó a tener serios problemas para defenderse. Finalmente, Elsa consiguió colar un rápido puñetazo en la guardia de la sombra, impactando directamente sobre su rostro y lanzándole con fuerza hacia atrás hasta estamparse contra el muro de hielo que les rodeaba.
—¡¿Qué?! —dijo la sombra atónita al sentir un dolor tremendo en su ser.
Elsa se limitó a lanzarse de nuevo a por él, ajena a cualquier otra cosa que no fuese aquella pelea a muerte, y la sombra se apartó justo a tiempo de evitar otro golpe que hizo temblar los cimientos de aquel grueso muro.
El espíritu no entendía cómo era posible que un golpe desnudo consiguiese afectarle de aquel modo, pero le quedaba claro que debía tomarse aquella batalla en serio si quería sobrevivir. Antes de que Elsa volviese a la carga, decidió tomar la delantera y aprovechó los poderes del espíritu de la corrosión para lanzar una ola de ácido contra ella. Sin embargo, ella se lanzó impasible hacia aquel muro de destrucción, atravesándolo como si nada gracias a un escudo de roca que la envolvió por completo durante unos instantes. Nada más poner un pie de nuevo en el suelo, saltó hacia la sombra dispuesta a lanzar una fuerte patada. Olvido la esquivó y contraatacó con unas enredaderas que atraparon los pies de la muchacha con la esperanza de frenarla un poco, pero ella se deshizo de ellas con una rápida llamarada sin ni siquiera inmutarse para lanzarse una vez más contra el espíritu. La sombra golpeó con su mano en el suelo hasta llegar a la tierra que había debajo de la nieve. De allí surgió una gran cantidad de arena que se arremolinó sobre él, girando a toda velocidad y produciendo un agudo y mortífero sonido. Con un gesto, aquel remolino salió volando directo hacia Elsa, que simplemente se rodeó de agua para mojar la arena y hacer que cayese de nuevo al suelo, inutilizando el ataque.
—Vale… Ya me has cabreado...
El espíritu dio una fuerte palmada y, luego, separó sus manos lentamente, como si le costase horrores. Entre ellas se formó un estallido eléctrico y se materializó un látigo de varias colas. Con él, lanzó un ataque tras otro contra Elsa, creando unos poderosos rayos que impactaron contra el suelo y contra el muro, creando grandes explosiones allá donde caían. Elsa apenas podía esquivarlos, pero aún así se mantenía serena.
—Acabemos con esto de una vez —dijo con voz siniestra la sombra, sintiéndose en ventaja.
Levantó el látigo con ambas manos y lo descargó con fuerza hacia Elsa. De él, salieron decenas de rayos que se dirigieron a toda velocidad hacia la arendelliana. Justo cuando estaban a punto de alcanzarla, una corriente de aire se interpuso entre los rayos y ella y redirigieron toda aquella tormenta eléctrica de vuelta a su origen. Los rayos golpearon con fuerza a la sombra, que cayó al suelo con grandes agujeros en su cuerpo.
Olvido tuvo que hacer grandes esfuerzos para mantener a los espíritus que tenía sometidos en su interior. Las partes de su cuerpo que todavía quedaban enteras se reconfiguraron para recuperar la forma humanoide, aunque ahora era mucho más pequeño que antes. Si jugaba bien sus cartas, todavía podría salir victorioso de aquella situación.
—¡Está bien! ¡Está bien! —dijo la sombra con una rodilla apoyada en el suelo y sujetándose la tripa con una mano—. ¡Tú ganas!
Elsa no mostró piedad. Se lanzó de nuevo a por él y le dio un rodillazo tremendo en plena cara, lanzándole rodando hacia atrás. Aquel ataque superó su capacidad de aguante y de su maltrecho cuerpo se escaparon algunas luces de colores. Su cuerpo volvió a encoger.
—¡Por favor, Elsa! ¡Ten un poco de compasión!
Esta vez fue una patada en el costado la causante de que más luces abandonasen el cuerpo del espíritu.
—Te lo ruego… para ya… —pidió con la voz entrecortada.
Sabía que ya no tenía posibilidad de vencer.
Elsa, en cambio, no parecía dispuesta a parar, así que el espíritu decidió jugar su última baza.
—Sabes que no puedes matarme, ¿verdad? Si me matas ahora, renaceré de nuevo en algún corazón débil. Créeme, lo he visto con otros espíritus a los que me he cargado… Sin querer, por supuesto. Cosas de ir aprendiendo sobre tus poderes, ya sabes. A lo que voy es a que, si morimos, tarde o temprano todos renacemos de nuestro elemento, y si de algo está el mundo lleno es de debilidad así que, por favor, detengamos esto ahora. Si lo haces, prometo que me iré de aquí y no volveré nunca más.
Elsa levantó sus brazos y una gran cantidad de agua, fuego, tierra, aire y hielo se arremolinaron sobre ella hasta formar una imponente criatura semejante a un leviatán.
—Elsa, por favor… Por favor…
La sombra no podía apartar la vista de aquella criatura que abría sus fauces lentamente, dispuesta a abalanzarse sobre ella en cualquier momento. Por eso no vio a Astrid, deslizándose sigilosa tras su espalda hasta conseguir tocarle con un pequeño frasco cristalino. Apenas un instante después, la sombra desapareció y el frasco lucía una profunda oscuridad. La vikinga se dio prisa en cerrar el frasco.
—En ese caso, lo mejor será no matarle, ¿no crees, Elsa? —dijo Astrid con sorna.
Elsa se mantuvo quieta durante unos instantes, con el leviatán flotando sobre su cabeza, mientras buscaba desesperadamente a la sombra para acabar con ella. Después reparó en Astrid y, entendiendo lo que acababa de pasar, recuperó el control sobre sí misma.
—Pero, ¿de dónde...?
—Los espíritus del bosque —contestó la vikinga—. Conseguimos recuperarlos del castillo, pero mientras veníamos hacia aquí empezaron a vibrar y, cuando estábamos mirando qué pasaba se nos cayeron y… bueno, se liberaron y se quedaron los frascos vacíos. El caso es que pensamos que valía la pena probarlo.
Astrid se encogió de hombros y Elsa no pudo evitar que se le escapase una pequeña risa de incredulidad mientras caía de rodillas, agotada. El leviatán se deshizo lentamente.
—Menos mal... —dijo Elsa, casi sin fuerzas—. Pensaba que no conseguiría aguantar.
—Lo siento —continuó Astrid—. No quería precipitarme y arruinarlo todo.
Al otro lado del muro, los gritos de victoria del ejército aliado se extendieron como un incendio. Por fin había acabado todo.
Los espíritus del bosque salieron lentamente del cuerpo de Elsa y se materializaron en sus formas habituales, acercándose a la arendelliana para ofrecerle todo su cariño.
—Anna… —recordó de pronto, sintiendo el peso de la realidad.
Con ayuda del espíritu del agua y de Astrid, se puso en pie y, torpemente, avanzó con el corazón en un puño hacia el lugar en el que yacía inerte su hermana.
